Aclaración: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia de caperucita, obviamente, no me pertenece, pero si las locas cosas que pasan por aquí.

Advertencia: Escenas violentas, lenguaje soez, posible sexo explícito (que sé que les gusta cochinillos XD) y si hay algo más, iré avisando.

Historia corta (creo), Algunos personajes OoC.

Mí Zorro Feroz

§

Hinata estaba desorientada cuando comenzó a despertarse.

¿Qué día era?

¿Cómo había llegado a la cama de nuevo?

Ella abrió los ojos y no vió un techo de madera, sus cejas se fruncieron intentando identificar lo que era. ¿Roca? ¿Tierra?

Mientras parpadeaba un ruido de agua correr le llegó a los oídos. Ella se movió un poco y se dió cuenta que no estaba en su casa o en la cabaña de su abuela. No estaba en ningún lugar que conociera. Hinata observó lo que parecía ser una pequeña cueva, el lugar suficientemente grande para que entrara unas cuantas grandes camas. Ella bajó la mirada a donde estaba acostada y se dió cuenta que no era una cama normal, sino que en vez de tener un colchón, tenía pieles. Hinata pasó sus dedos por las pieles, eran suaves y acolchonadas. Ella jamás había visto o sentido una piel tan lisa y cómoda.

Volvió a ver las paredes de tierra, notando su capa roja colgada cerca de lo parecía la abertura, aunque no estaba segura ya que estaba tapada con otra piel. Eso la hizo tensarse, y por primera vez que se había despertado, mirar su vestimenta. Su vestido marrón desgarrado ya no estaba y tenía una enorme camisa blanca en su lugar. Hinata tocó la tela, era mucho más suave que sus vestidos y de mejor calidad.

¿Quién, que viviera en una curva, tendría el dinero suficiente para pagar esa clase de camisas?

Pero se quedó quieta al recordar quién había sido su salvador y de lo había tenido que salvarla. Peor aún, recordó lo que el joven rubio había hecho con el cazador. Su estómago se revolvió y se movió a gatas fuera de las pieles. Llegó justo al borde cuando su estómago decidió que no podía seguir reteniendo nada. Vómito sólo agua, que era lo único que tenía su estómago y se sintió enferma y sucia, todo a la vez.

Se pasó la mano temblorosa por los labios cuando terminó, sintiendo la garganta agria y el estómago revuelto. Aún así, no podía hacer que su cabeza dejara de repetir una y otra vez la imagen.

El rubio había arrancado la cabeza de A, ese era el ruido de desgarro que ella había escuchado. Pero no contento con eso, él, de alguna forma, había abierto su pecho y ella justo miró, cuando sacaba su corazón con una de sus manos sangrientas mientras la otra tiraba de las tripas.

Hinata había degollado a gallinas, las había pelado y preparado para cocinar. Pero esa imagen había sido mucho para ella. Demasiado para su cerebro.

Se sintió mareada y se levantó tambaleante. Su corazón golpeaba sobre su pecho con fuerza, ¿qué pasaba si se había librado de un monstruo para entregarse a otro peor? Sus pies la guiaron a dónde estaba colgada la capa que había sido de su padre y apoyó las manos en la pared rugosa e intentó controlar los jadeos que era su respiración.

—Mujer..

Hinata saltó cuando escuchó la voz profunda y gruñona en su espalda. Se volteó, asustada de ver al mismo rubio de nuevo. Estaba vez por lo menos tenía pantalones, se dijo mentalmente cuando vió que llevaba unos holgados. Su torso seguía desnudo, mostrando un pecho musculoso y marcado, no era exagerado, más bien era proporcionado con su altura. Ella media algo de 1,70 metros, el rubio debería llegar a 1,90 como mucho. Hinata tragó saliva cuando su mirada cayó en su rostro, su ceño estaba fruncido mientras la miraba con una mueca. De su cabello caían gotas de agua, que bajaban por sus sienes, a sus mejillas con tres extrañas marcas de bigotes, y luego a su torso desnudo.

Él habló, pero ella estaba demasiado concentrada en su cuerpo para escucharlo. Cuando el rubio dió un paso hacía ella, Hinata se encogió, pegando su espalda a la pared de tierra. El chico zorro frunció más el ceño y volvió a hablar, lentamente.

—¿Bien?

Hinata parpadeó, él... ¿Él le estaba preguntando si estaba bien?

Las rodillas de ellas se golpearon juntas cuando su mirada intensa y celeste como un cielo en verano, bajo por su cuerpo. Fue muy consciente de que la camisa llegaba hasta la mitad de los muslo y se sintió demasiado expuesta. Nunca, jamás, había estado al frente de un hombre con tan poca ropa, a menos que se contará las veces que su padre le había bañando cuando era niña y estaba enferma. Sus manos se apretaron dolorosamente en el borde la camisa, su cuerpo sufriendo un temblor cuando su mirada subió por sus piernas de nuevo para terminar en su rostro.

Él alzó una ceja, y ella se dió cuenta que no había contestado a su pregunta. Se mordió fuertemente el labio para salir del estupor y al fin poder hablar. Por lo menos hasta ahora no le había atacado, se consoló.

—Yo...—, tartamudeo, el chico zorro ladeó la cabeza hacia un lado. Si ceño se había borrado y ahora la miraba curioso—. Yo estoy bien—, dijo al fin en un susurró.

El rubio movió de nuevo su cabeza hacía el otro lado y ella se tapó la sonrisa con una mano. Él se parecía a un perrito del pueblo, uno que a ella le gustaba acariciar y cada vez que le hablaba él hacía esa misma expresión. Su cuerpo se relajó un poco, el muchacho no parecía violento, por lo menos por ahora.

De la nada, la naríz del rubio se arrugó e hizo un ruido en el fondo de su garganta. Hinata volvió a tensarse. Bruscamente, él giró sobre sus talones y se fue de la cueva. Hinata frunció el ceño con la mirada clavada en el movimiento de la piel cuando cayó de nuevo, dejándola sola en esa clase de recámara.

Pero así como se fue volvió, en sus manos llevaba un balde de madera que salpicaba un poco de agua y unos trapos en su brazo y seguía haciendo esos ruidos molestos desde su pecho. Hinata lo observó, con curiosidad más que con miedo, cuando él se dejó caer de rodillas a un lado de la cama y sumergió la tela en el balde para pasarla por el suelo.

Hinata se mordió el labio cuando se dió cuenta que él estaba limpiando su vómito, su cara se sintió caliente y dió unos leves pasos hacía su dirección. En cierto modo se sintió culpable cuando escuchó lo que murmuraba una y otra vez:

—Sucio... Sucio... Sucio... Limpio tiene que ser.

Hinata se siguió acercando, sus piés desnudos, sin sus botas era mucho más silenciosa. Se dió cuenta que él chico zorro no hablaba del todo bien, como si no supiera algunas palabras y ella no pudo con su curiosidad. Se acercó hasta que la columna del chico zorro se tensó, curvado como estaba mientras fregaba el suelo de piedra. Él hizo un ruido raro, pero Hinata identifico la advertencia.

—Yo.. lo siento— tartamudeo.

El chico giró un poco su rostro y la miró por sobre su hombro. No tenía una expresión agresiva, y Hinata inclinó su cabeza un poco su cabeza a un lado para verlo mejor. El rubio volvió la mirada al frente y ella escuchó su suspiró cuando dejó el trapo en el balde. Él se levanto con un salto, Hinata se asombró con su facilidad ya que ni siquiera había usado las manos. Él se puso de costado y señaló el suelo.

—¡Limpio!— exclamó con una sonrisa, como si estuviera muy orgulloso de él mismo.

Hinata no pudo evitar la sonrisa, si ella no hubiera presenciado lo que le había hecho a A, pensaría que era muy tierno. Pero Hinata sabía que bajo esa ternura había un enorme Zorro con garras y cola, un ser que podía destripar a alguien sin miedo.

Ella siguió observándolo cuando se llevó las manos a sus finas caderas y él mismo miró satisfecho el suelo de roca.

Su propia expresión cambio cuando vió la sonrisa del muchacho. Era una tan llena de luz que le parecía algo extraño. Tal vez estaba siendo demasiado desconfiada, después de todo ese chico zorro la había salvado ¿no?

Ese rubio había matado a A por ella, la había librado de algo que sería peor que la muerte y cualquier otra cosa. ¿Y qué si lo destripó? A caso si no ella misma no hubiera tenido la misma fuerza ¿no lo habría hecho?

Ella lo habría hecho para salvarse... Pero el muchacho lo hizo por ella.

Tragó cuando sintió que un nudo se formaba en su garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas. Él pareció escuchar el ruido porque la miró curioso. Su sonrisa se borró cuando vio sus ojos cristalinos y se movió, como si quisiera hacer algo para evitar el desborde pero sin tocarla. Pero ya era demasiado tarde, Hinata estaba llorando a lágrima viva.

Ella actuó por puro instinto y se lanzó hacía él y lo abrazó.

—Gracias—, murmuró apretándose contra él.

No sólo agradecía que le haya salvado de A, sino que la cuidará cuando había sido niña. Porque estaba segura que ese cachorro que la guió a la cabaña de su abuela, no era otro más que el mismo hombre que la rodeó con fuertes brazos y la apretó un poco más contra él.

Continuará...