Una invitación había acabado con su buen humor aquel día. Es que no podía disfrutar de su victoria con felicidad y Akeno dándole sexo oral. ¡No! ¡Tenían que reunirse en Lilith con el mugroso equipo de Vali! Tenía que presenciar como Rias y Vali estaban juntos, independiente de si salían o no.

—Siempre podemos no ir, cariño.

—Me tientas Akeno, me tientas. Pero es un llamado del Amo Sirzechs.

—¿Por qué ir?

—Me lo he preguntado desde que la invitación llego. Así que vístete, vamos.


Había días en los que de nuevo tenía esa sensación de no querer levantarse, de quedarse allí en su cama haciendo nada. Le pesaba la soledad, pero no por haberse ido a vivir sola, eso ya lo había manejado, pero la terrible soledad qué sentía por parte de su familia y hasta por parte del que era su novio le habían herido en formas poco conocidas para ella.

En los últimos días su nobleza, después de que junto con Vali, la habían ido a sacar del hospital, trataban de mantenerse en contacto con ella, por las mañanas y después de que saliera de la escuela. Su teléfono sonó, eran ellos —bueno está vez era Koneko—.

¿Señorita Rias?

—Si, soy yo Koneko.

¿Qué tal su mañana?

—Bien, supongo. A penas me iba a levantar —quitó las cobijas de su cuerpo y saltó de la cama directo a su clóset para buscar la ropa que usaría ese día.

No lo haga de nuevo —se refirió al asunto de su intento suicidio, con su "familia" aquello era un asunto tabú, no se hablaba de ello. Era un secreto, uno que solo era conocido por sus padres, nadie fuera de ello, ni siquiera su hermano lo sabía. Grayfia sabía que pasaba algo, incluso la había instado a hablar, pero ella no quería hacerlo. En cambio, su nueva familia, aquella que había formado con sus piezas malditas, le habían dado la confianza y espacio para hablar, desahogarse y vivir su enfermedad, sin miradas de rechazo o asco—. Si se va yo me sentiría muy sola, después de todo fue la señorita Rias quien me salvó. Me sentiría mal si yo no pudiera salvarla —los ojos de Rias se nublaron, y Koneko notó como aguantaba un gemido—. Lamento si la hice llorar.

—No es nada pequeña, es solo que no estoy acostumbrada a que digas esas cosas.

Supongo que tampoco a que desayunemos juntas —Rias frunció el ceño tomó uno de sus polos de algodón que últimamente usaba—. El señorito Ikal dijo que hoy era un buen día para desayunar con usted y pasó por nosotros y ahora estamos llegando a su departamento —Koneko le colgó y Rias abrió los ojos sorprendida, tomó unos jeans, su ropa interior y corrió al baño.


Era obvio que no cabrían en la cocina-comedor de la chica, entonces todos movieron los sofás de la sala y terminaron sentándose en el suelo.

—Esta cosa se ve extraña, estás seguro de que no va a cobrar vida y lanzarse a mi cara —Vali vio con extrañeza la bebida que el chico les había dado.

—No te quejes de mi atolito, que mi abuelita me enseñó a hacerlo y me queda igual que a ella —Vali soltó una carcajada y bebió un poco.

—Bueno, sigo vivo así, supongo que es seguro.

—¡Vamos diablo! Es delicioso, es de chocolate así que está delicioso, como chingados no —todos se soltaron a reír, era un buen momento para todos, para todos excepto para Rias, quién de un momento a otro, había dejado de reír y se levantó para salir corriendo a su habitación, el corazón le latía con fuerza descomunal, su garganta estaba seca, un vacío se había instalado en su estómago y el tiempo parecía haberse detenido por un momento. Ella estaba bien, debería de estar bien, ella era fuerte debía de ser fuerte.

Todos la vieron con preocupación, sin embargo, Vali intervino y evitó que fueran tras de ella.

—¡Pero está mal! —le riñó el Dragón Malvado, pero él se mantuvo con su rostro impasible.

—Déjenla un rato.

—No entiendo cómo te metes en esto si no sabes nada de la señorita Rias —pero él si entendía el punto de Koneko y muy probablemente sabía que si se descuidaba un poco lo mandaría volando al otro lado del departamento, así que solamente sonrió y se sentó en las escaleras.

—Tal vez no conozco a Rias, pero sí sé que es lo que se siente tener depresión, crisis de ansiedad y tener que levantarse todos los días a las seis de la mañana a desayunar para tomarte una pastilla de diazepam por qué si no todo el progreso que lleves en ese año se va a la mierda —escondió su cabeza entre sus rodillas, le costaba abrirse ante las personas, estar con Rias a solas era sencillo, pero con el resto se sentía ahogarse—. Una mierda que se va, pero regresa entre los mejores y los peores momentos, una que puede llegar a las tres de la mañana o al mediodía.

No iba a ponerse más sentimental frente a todos así que se levantó y fue a la habitación de Rias, tocó la puerta y después abrió.

—¿Qué tal todo?

—¡No es justo!

—Nunca lo es Rias.

—Yo, yo, ¿Qué hice mal? He tomado la medicación, he ido a las terapias, yo...

—Date tiempo Rias, no van a ocurrir milagros de la noche a la mañana. No te culpes por estar enferma, date tiempo para sanar, para quererte y para descansar.

Vali la rodeó entre sus brazos y se mantuvo en silencio con ella hasta que pensó que era suficiente. La soltó lentamente, y bajo la mirada debería de admitir que desde la otra noche e incluso desde unas semanas algo en su mente había cambiado, algo había surgido y se negaba a aceptar que fuera amor o algo como esas niñerías. Pero la idea de volver a probar esos labios, que tenían un sabor entre sandía y granada, le hacía sentir que el corazón se le escapaba por la garganta. Rias se puso de puntitas y cuando sus labios estaban a punto de unirse ella desistió, una pequeña parte de su ser se había decepcionado, pero lo entendía, no la iba a forzar, ni tampoco se iba a quejar por aquello.

—Baja cuando te sientas mejor —dejó un beso en su coronilla y deshizo por fin el abrazo—. ¿Quieres que me quede? —ella negó y bajo la mirada—. Llamaré a tu hermano, le diré que...

—No llegaremos tarde, solo necesito un momento para respirar y lavarme la cara. Enseguida bajo.


La idea de promover la paz en medio de un torneo era extraña para todos, solo faltaba que los metieran en una casa e hicieran un reality show al mero estilo de Jersey Shore. Aunque la idea había pasado por los labios de Serafall, él se había negado, ni Rias ni Vali necesitaban aquello, así que no los había apoyado, pero algo se había salido de control.

—¿Entonces Vali consiguió que los mesoamericanos se unieran?

Él también asintió sorprendido, pero aquella noticia no era la más sorprendente.

—A cambio de que el clan Lucifer renaciera —tragó duro y continuó—, y ciertas personas apadrinan a Vali.

—¿Su dios de la guerra?

—Ahora los sacrificios humanos suenan muy buenos, en comparación de sus padrinos —Azazel no estaba muy convencido de continuar—. La muerte apadrinando al diablo. En eones aquello no pasaba.

—Eso no ha pasado nunca —Michael miraba asustado a la nada—. Ella no se mete con nadie. Solo hace su trabajo y...

—Ella no es la destrucción y él no es el diablo —por primera vez en siglos no solo era Michael quien estaba allí, todos los arcángeles, también los cuatro reyes demonios y los gobernantes de los Caídos, por lo que las palabras de Azrael descolocaron a todos.

—¿A qué te refieres con eso hermano? —por su trabajo Azrael rara vez hablaba, así que cuando lo hacía se trataba de algo muy importante.

—Los heraldos de la muerte lo sabemos, Morrigan sabe que ellos están unidos y las Moiras ha unido sus hilos —todos miraron al ángel asustados.

—¿Es una profecía?

—Así es. Ellos deben estar juntos. Nadie se debe entrometer, si la torre actúa ellos se romperán. Si no le hacen caso a Morrigan, si no siguen el camino que La Dama les muestre, todo caerá.

—Azrael, hermano.

—El niño también es uno de los nuestros, sangre de nuestra sangre Michael —el ángel de la muerte desapareció.


25-09-2019