El protocolo nunca le agradó, así que estar encerrada en la casa de sus padres deambulando mientras realmente podría estar en algún lugar perdido de México, le sacaba los nervios; pero sus padres (su horripilante y frustrada madre que había sido cambiada por Svetlana, una chica unos doscientos años más joven que ella) le habían negado su ferviente deseo, y aunque estaba al cuidado de la Nobleza Lucifer —aquello le reconfortaba un poco, no lo iba a negar— se sentía frustrada, aburrida y sola.

Extrañaba las tardes que pasaba junto a Vali, las comidas que hacían entre miradas cómplices, roces accidentales, abrazos por la espalda y pequeños besos.

—Señorita Rias, estoy a-bu-rri-da.

—Yo también Kuroka.

—¿Realmente no le molestarla que usará al Rojo para tener bebés? —ella asintió. Si era sincera desde hacía mucho tiempo, en cuestiones de índole amorosa, Issei le había dejado de importar.

—¿Por qué quieres tener bebés?

Kuroka hizo un mohín, realmente no tenía un porque, solo lo había deseado, era lo que el instinto le decía y ella quería cumplirlo.

—Quizá para quererlo como a mí no me quisieron.

Rias sonrió a medias y suspiró, con tranquilidad se acercó a Kuroka y la abrazó—. Yo te quiero —había tomado la costumbre de abrazar con fuerzas a todos, había aprendido de la mala manera que a veces todo lo que necesitabas era un abrazo para recomponer el alma, y Kuroka acepto gustosa aquel abrazo.

Dos golpes en la puesta de la habitación hicieron que ambas se separan, la puerta de abrió y allí estaba Svetlana.

—Rias, querida, es hora de cenar —ella sonrió agradecida y asintió.

—Ahora mismo bajo.

La dulzura de aquella mujer en un principio le había perturbado, pero después descubrió que se trataba de una mestiza de un demonio de clase baja, quizá era de una tercera o cuarta generación. Una mestiza que en algún momento huyó al mundo humano y experimentó un sinfín de cosas, una de ellas fue volverse docente de preescolar y para eso había que tener mucha paciencia, paciencia que le había servido para entender que la vida de un demonio normal era estúpidamente cruel, vacía y llena de una espera de algo que en ocasiones nunca llegaba, cosa que por fortuna ella había sufrido a una corta edad.

Ella misma le había contado su historia en una de las primeras noches en que había vuelto a la casa de sus padres, sola y sin muchas ganas de quedarse, pero no había encontrado intersemestrales para tomarlos y no tener que estar haciendo nada en el Inframundo, tampoco tenía los créditos suficientes como para ir de intercambio, ella misma le había alentado, sin malicia alguna, que siguiera sus sueños y cumpliera sus metas, metas que no tenían que durar menos de cinco años (el tiempo exacto que tardaría en terminar el grado general de medicina), que no necesitaba mantenerse unida a una pareja e incluso le había dicho a su padre aquello.

Hasta la fecha nadie más que su madre, Sirzechs y Grayfia sabían de su intento de suicidio y de su depresión, nadie había notado que, casi religiosamente, había hecho una rutina malabárica para seguir el tratamiento farmacológico y no parecer una loca, le dolía, pero tener a la nobleza entera le había calmado, le había dado deseos de mantenerse allí sin sentir que necesitaba huir. Aunque las palabras de Svetlana la habían animado a quizá compartir aquello con su padre.


Todos se encontraban en la mesa, la mitad de ellos parecían incómodos e igual de aburridos que ella. Aburridos por qué se habían acostumbrado a una rutina estrambótica de entrenamientos realizada por Ikal, quien había tenido que viajar a México para cumplir una currícula en su trabajo, demostrar que seguia teniendo el mismo nivel que los guerreros de otros pueblos, realmente tenía que romper ese aburrimiento.

—Señorita Rias, ¿Dónde se encuentra el joven Ikal? —preguntó Lint.

—En México, participando en su versión local de los Juegos del Hambre.

—Así que no habrá entrenamiento por un rato —Rias negó, y como meses anteriores se dedicó a hacer una papilla su comida antes de decidir que ya no era un buen alimento—. ¿Y el señorito Vali? —se oyeron gemidos de asombro, hablar de Vali era casi un tema tabú, pero a ella no le importaba en lo más mínimo.

—En Boston. Uno de sus maestros en la universidad le propuso acompañarlo a cubrir un par de guardias a su hospital.

—Así que es por eso que el amo Valí no contesta ningún mensaje.

—Si, según me dijo iba a estar en Pediatría.

—Hija.

—¿Si padre?

—¿Qué es lo que hace ese chico?

—Eh, uhm, estudia Medicina, digo es un año más grande que yo, él está en Harvard y creo que uno de los médicos del hospital lo tomó como pupilo y pues justo ahora está, bien, supongo.

—Me intriga que seas la única que...

—Puedo conseguir un intercambio —cortó de tajo las palabras de Akeno—. La sargento dijo que podrían, en aras de estrechar los lazos políticos, aceptar a alguien en algún colegio militar, o mi se... la Dama de la muerte me dijo que podría ir a Boston —ni siquiera levantó la mirada, realmente no quería tener esperanzas, se había hartado de esperar todo con ilusión.

—¿A Boston para que puedas revolcarte a gusto con Vali? —soltó su madre con veneno, apretó la quijada y tratar de ignorarlo, o hacerla sentir mal y al resto también.

Sus instintos pacifistas le decían que lo dejara por la paz, pero esa pequeña parte, que recién había descubierto vengativa y pesimista, le invitaba a burlarse de su madre. Miró a su padre y a Svetlana, le rogaba a Satán que ella no terminará igual de loca que su madre, ambos la miraban expectantes, y luego miro a su madre, un pequeño gruñido salió de si garganta y luego una risita hipócrita.

—Apuesto a que deseas eso con todo corazón, pero me temo los planes son distintos y mi primera parada será el Massachusetts General Hospital Psychiatry, la Sertralina ya no está haciendo efecto y la depresión se está volviendo una constante en mi vida, otra vez, y ellos dijeron que un heraldo no sirve de nada si muere.

El silencio reinó en la habitación y ella salió del comedor.

—Es buen momento para entrar en pánico —había una clara jerarquía con Ikal al frente, seguía Vali y después Rias; la siguiente al mando era Kuroka, pero ella también parecía estar al borde un ataque de pánico. No querían enterarse de nuevo cuando todo estaba de la mierda con su amo en el hospital a unos cuantos cubículos del de Rias.

—Nadie entrará en pánico, gatita. Pequeña Lint, ¿podrías ir a charlar un poco con la señorita Rias? —miraron la naturalidad del Dragón Malvado para tomar las riendas de la situación—. El jefe mencionó que algo así pasaría, primero tiene que adaptarse al tratamiento, yo lo llamaré y veré que es lo que tenemos que hacer.

Aun se mantenían en silencio, sin saber que decir y por parte de Grayfia, quien como siempre se mantenía estoica ante la familia, solo podía mirar todo desde la lejanía. Koneko se acercó a su hermana en busca de calmarla, no les convenía tener a más miembros inactivos en la nobleza. La pequeña caballero de Rías se levantó y copió sus pasos, mientras que Crom Cruach salía con un rumbo desconocido.

—Estoy segura que sólo está fingiendo.

Más de uno se enfadó por el comentario de Akeno, incluso la misma Grayfia que había visto con detalle las limpias marcas en las muñecas de la chica, la ropa que se veía levemente que había dejado de quedarle, los cabellos que se habían quedado en el cepillo y la religiosa rutina de Rias, todo aquello producto del tratamiento con antidepresivos. Kuroka se levantó con los dientes apretados y dispuesta a golpear a la medio ángel caído, pero se vio detenida por su hermana menor.

—No sabes absolutamente nada —todos se asustaron por la fría y venenosa voz de Vali, que apareció de la nada y completamente vestido de blanco con una apariencia no muy amigable—. Tienen suerte que mi guardia haya acabado hace veinte minutos.

Se miraron entre sí y Grayfia fue la valiente que se separó de los Gremory e hizo una seña de que lo siguiera, si ella se ponía de lado de alguien iba a hacerlo del lado de donde la heredera se encontrara a salvo.


Cuatro golpes exactos se escucharon en su puerta, no había querido dejar entrar a Lint, pero esos golpes eran un código establecido entre ella Vali, no tenía ganas de ilusionarse pero aún así, se levantó del diván y caminó con pereza a la puerta. Su pulso se aceleró nada más tocar el pomo, si no era él, realmente se iba lanzar por el balcón.

—Te dije que no te metieras en problemas —no pudo evitar notar su voz cansada pero aun así se encontraba con esa pequeña sonrisa que le llegaba hasta los ojos, esa que solo le dedicaba a ella.

—Tiendo a meterme en problemas cuando no hay nada que hacer —no pudo evitar abrazarlo, justo como lo había necesitado hace un par de noches donde solo se había dedicado a llorar, harta de desear que el tratamiento funcionará como debería, y de estar medio olvidada en su propia casa—. Ya no puedo.

Él también paso sus brazos por la espalda de la chica y la atrajo aún más, la abrazó fuerte, porque de cierta forma él también se había acostumbrado a ella y había sido la guardia más pesada en su vida, no sabía si era porque más de una vez se sintió muy, muy, muy inútil, por las hormonas de todas las mujeres parturientas que había tenido que ver o si solo era el sueño y cansancio hablando por él.

—¿Quieres oír palabras vacías, la cruel verdad o como casi entro en pánico en una sala de expulsión con una mujer dando a luz frente a mi?

Debía de admitir que le sorprendía la franqueza con la que le hablaba y el cruel humor negro que podía aplicarse a si mismo, le atraía y realmente deseaba ser como él en aquel aspecto, no ser una débil llorona que necesitaba de un héroe para salvarla.

—Tú siendo partero creo que es una historia más apropiada para este momento —Vali negó y la soltó.

—Un pajarito me dijo por allí que no habías comido —torció un poco la boca.

—¿Tengo que comer realmente?

—Si quieres morir por inanición no, pero te juro que yo me comería un elefante entero. ¿Qué tal si misteriosamente todos nos desaparecemos para comer en un pequeño restaurante que Ikal me mostró una vez en Puerto Vallarta —el carraspeo de Grayfia los saco de su perfecto mundo creado en menos de cinco minutos.

—Me temo que tienen que sufrir estar aquí, chicos —ninguno de los dos estaba satisfecho, pero al menos se encontraban juntos.


15-11-2019