—Siempre pensé que tu primer trabajo sería con tu madre, no con Issei.
Rias se sobresaltó al entrar y encontrarse con Azrael, ahora que lo pensaba había sido un impulso estúpido, pero creyó que era tan correcto, se sentía correcto, pero no debió de hacerlo, sin embargo, la estupidez de los argumentos de Issei la había hecho enfurecer y había terminado por dictar su sentencia.
Ahora que lo pensaba con calma, los pelos se le ponían de punta, aunque quisiera negarlo Issei era estúpidamente poderoso y había odiado que sacará a Riser a colación, podría también haberle reclamado el poco cuidado que él había tenido tiempo después, por qué aún resentía su muerte ciertamente también la odiaba, no sabía si era por su culpa o la de él pero había terminado siendo tan dependiente de él que casi olvida que tenía poderes igual de espectaculares.
Y luego estaba el asunto de los mesoamericanos, tal vez no era tan real que los apoyaban al cien por ciento (solo los señores de la muerte lo hacían), y temía por lo que pasará si iba directo a por ellos. Sabía justo lo que iba a decir cuando intentó debatirle: él era capaz de anteponerse a todo lo que viniera —y temía que así lo hiciera—, ¿y si de verdad provocaba una guerra?
—¿Qué es lo acongoja a tu alma, mi joven heraldo?
—Issei.
—Si cumple con tus condiciones no morirá, no por tu culpa al menos. Su tendencia a meterse en problemas no le augura una vida muy larga.
—¿Y si por lo que dije planea atacar a los mesoamericanos?
—Tezcatlipoca es alguien de temer, y sus ejércitos también, además, ellos invocan a la misma muerte al campo de batalla —Rias bajó la mirada.
—¿Provoqué una guerra? —el ángel sonrió guardando sus manos en las bolsas del pantalón de su fino traje.
—La guerra no surge de una advertencia, sino de la reacción ante ella —se acercó hasta tocar la mejilla de Rias—. Nadie puede saber la reacción de los demás hasta que esa decisión esté tomada. Si él lo desea terminará muerto.
—No quiero una guerra.
—Nadie la quiere mi niña, pero al final siempre termina ocurriendo.
—¿Y qué hay del estúpidamente grande poder que tiene?
—¿Ese mismo que causaría su muerte —sonrió con gracia y continuó— y la de todos en el mundo? —hizo un ademán menospreciándolo—. ¡Eres un heraldo de la Muerte, Rías! Él podrá tener el más grande, colorido y vistoso traje que le brinda energía, pero tú cariño —puso las manos en sus hombros, brindándole calma y consuelo, ese que únicamente conocía otro heraldo—, tú tienes el poder sobre su vida, literalmente, tienes la capacidad de, con un suspiro, matarlo, por qué no se necesita más que eso, y si él quiere seguir con sus locos instintos de generar peleas y enemigos a dónde vaya, es tu deber traer equilibrio.
—¿Entre qué?
—El poder.
Despertó de sobresalto, su camisa se encontraba casi empapada de sudor. ¿era real todo lo que paso? Por alguna razón un helado sudor recorría su espina dorsal, ¿Lo había amenazado? ¿de verdad lo había hecho? Justo en ese momento no importaba mucho todo el amor que tuviera por Rias o cuan malo malísimo fuera Vali, eso se había vuelto personal.
Se levantó, y aunque no quería, cambió su camiseta.
¿De verdad lo había amenazado de muerte? ¡Pero si él la amaba! ¿o no? ¿Era válido decir que últimamente ya no? Debería de serlo, ella ya no quería nada él y él... Infiernos, por qué era tan difícil.
Con desgana fue a la cocina a intentar robarse algo, un sándwich de mantequilla de maní o algo por el estilo, quería estar en paz con todos y no encontrarse con alguien porque juraba que explotaría, pero al parecer el destino no era tan benevolente con él y se encontró con el sujeto que nunca dejaba a Rías ni a Vali solos.
—Largo —le dijo antes de que empezará a hablar y el sujeto alzó las manos en son de paz.
—Perdón, creo que estás en tus días, lamento molestarte —apretó los puños enfadado y luego clavó la mirada en el chico, que descubrió lo miraba con gracia.
—Me enteré de la tormentosa vida amorosa de Rias, ni en las telenovelas es tan melodramática y vulgar (por ti, claro) una vida, y claro con nulo sexo, creía que se habían dado un arrimón por lo menos, ¡Pero incluso solo le decías Presidenta! —el chico suspiró decepcionado, no entendía por qué, pues había tenido nulo contacto con él, poco sabía de su vida y dudaba mucho que entendiera lo que le pasó para estar en ese punto con todas.
—¿Qué quieres?
—Avanza, no te estanques, la vida es demasiado corta como para encularte con alguien —Issei se quedó quieto, esperando a que el chico le explicara algo—. Por cierto, soy Ikal, un heraldo de la Muerte.
Se quedó perplejo.
¿Heraldo de la Muerte?
—Y busca un psicólogo o algo así, que en el mundo sobrenatural hay por montones, es muy redituable esa área. Ocupa esa energía que usas para hacerle a la mamada con los pechos y ponte las pilas cabrón, que a las niñas bien no le gustan los hombres vulgares que andan gritando, palabras más o palabras menos, "Ese culito es mío, solo para cogérmelo" —se quedó mirando al sujeto por unos segundos.
—No me conoces —respondió simplemente.
—Te conozco más de lo que crees, niño, la muerte sabe quién eres —sonrió de lado a lado y decidió que era un buen momento para demostrar una de sus habilidades que tenía, y se desvaneció en polvo.
Apretó el puente de su nariz e intentó calmarse, sabía y había notado los deslices que Venelana tenía regularmente con el resto de su harén, todas le temían, excepto una, su preciosa Svetlana, quién tenía la paciencia de un santo, aunque no le sorprendía dado su ascendencia y últimamente su cercanía los había puesto en riesgo, aun así no la iba a dejar por nada del mundo.
—¿Querías hablar conmigo? —Svetlana era la única que no pasaba su tiempo en el territorio Gremory o en el Inframundo si quiera, ella prefería pasar tiempo en Inglaterra como docente de Psicología en alguna universidad de la que no recordaba el nombre.
—Si.
—¿Y bien? —ella misma lo había citado, en cierta forma temía un poco por su relación, pues era la única que realmente había sido por mutuo acuerdo y no con fines de treguas hipócritas.
—Nunca he tenido la intención de meterme con la familia que tienes con Venelana, sin embargo creo que estaba vez debo hacerlo, al menos por Rías.
—¿Qué pasa con ella? —su instinto hizo que temiera por ella, sabía de la procedencia de su mujer y la relación estrecha que tenía con la muerte, así que temía lo peor.
—No sé, sinceramente, pero ella huele a... muerte, como si ya no estuviera viva —la sangre se le fue a los pies e intentó levantarse para ir corriendo con su hija, pero Svetlana lo detuvo—, y ese mismo aroma siempre ha rodeado a su nobleza, el asunto es que de un tiempo para acá se ha vuelto demasiado fuerte.
—¿Qué quieres decir?
—Tu niña tiene un don especial, estoy segura que ella lo sabe, así que antes de hacer cualquier locura pregúntale.
04-03-2020
