Nota:
Entreguen su corazón a las letras y a las Artes. Siempre pueden pasar cosas inesperadas ...
En un principio Petra había entrado silenciosa mirando a los lados con cautela. Había creído que era la única en la sala de música, cubierta en penumbras con los instrumentos reposando en las esquinas, pero enseguida se dio cuenta de que no lo era. A sus oídos llegó la tenue melodía del piano, de ritmo acompasado y letárgico que parecía mecerte suavemente dentro de la canción. No podía imaginarse que alguien estuviera tocándolo a esta hora; era demasiado temprano y las puertas del conservatorio abrían recién una hora después. Ella había llegado antes porque quería practicar su rutina, mas no esperó encontrarse con esta visión.
En medio de la sala, solo con un pequeño haz de luz que era lo único que iluminaba el lugar, el piano se mostraba hermoso y solemne junto a su pianista. Quien lo ejecutaba era un hombrecillo que Petra solo visto en pocas ocasiones, cuando pasaba de aula en aula recogiendo papeles o de casualidad viéndolo caminar lentamente por los pasillos; en una ocasión recordó que lo pilló limpiando diligentemente el escritorio de la sala de la profesora Hanji. Por un momento, mientras pensaba en ello, sus ojos y oídos se concentraron completamente en él. Su pelo era oscuro como sus ojos, los cuales relucían una emoción que cualquier artista calificaría como esa que solo puede aparecer cuando se está haciendo algo en lo que se pone completa dedicación; no era de gran estatura,
Y vaya que lo hacía bien.
Sin pensarlo mucho ella se acercó más para oír mejor. La melodía que tocaba este sujeto era algo que nunca había escuchado en ninguna clase de concierto. Era simplemente melancólica, un poco triste. Petra podía imaginarlo.
En la noche estrellada se caían las estrellas y otras se apagaban. El sol simplemente no salía y por eso alguien en el punto más alto de una casa solitaria tenía que conformarse con la débil luz de luna. No hacía frío, excepto por una brisa que llegaba de vez en cuando, cada vez que alguien pensaba en su desventura. Las estrellas seguían cayendo como llanto; cristales de lágrimas que se derramaban por la pintura oscura del fondo.
Soledad y penumbra.
Emoción y tristeza.
Consuelo en la confidencialidad de la noche.
¿Qué era esto? La señorita Ral sintió que se echaría a llorar como una niña pequeña en cualquier momento. Su pecho le dolía, había en su interior algo que no podía explicar y le oprimía, le ardía. Cuando menos lo supo dos gruesas lágrimas cayeron de sus ojos y ella no podía dejar de mirar al hombre que había creado esa maravillosa melodía que había logrado mover hasta el punto más recóndito de su alma.
No sabía qué hacer para deshacerse de este sentimiento, por lo que, en su torpeza, avanzó hasta tropezar por accidente con una serie de atriles que han sido colocados específicamente para que nadie pudiera toparse con ellos. No supo lo que hizo hasta que el sonido de los atriles cayendo como dominós reemplazaron la canción del piano.
Y él dejó de tocar.
⎯ Maldita cuatro ojos, ya te había advertido que…
Levi Ackerman había mascullado con molestia al escuchar el desastre producido que interrumpió su momento con el piano. Él acostumbraba llegar más temprano que el resto para poder tocarlo sin que nadie estorbara, por lo que cuando descubriera quién había sido el insensato que se atrevía a joderle la mañana…
Oh, no es Hanji.
Levi se encontró con la vista de una jovencita que tenía un rostro desesperado al tratar de recomponer los atriles que se había caído. Él creyó haberla visto un par de veces, mientras recorría los pasillos y visitaba las aulas; recordó que siempre había visto como alguien de buen trato y dulce compostura. Ackerman se sintió levemente culpable por haberla mirado de forma tan arisca cuando sus ojos se encontraron. Ella quizás solo estaba perdida.
⎯ Uhm… ¿puedo ayudarla en algo? ⎯ Frunció el ceño inconscientemente al hablarle. En definitiva, no estaba acostumbrado a estas cosas.
Petra, en medio de estar arreglando su incidente, escuchó la voz del sujeto y sintió que algo en su interior brincaba. Su sonido era exactamente como se lo imaginó: firme y quizás malhumorado, pero suave. Contuvo las lágrimas de nuevo.
⎯ Oh, no se preocupe, estoy bien. ⎯ Se las arregló para conseguir terminar con los atriles y le dedicó al hombrecillo una amable sonrisa. ⎯ Yo debería disculparme, entré sin avisar e interrumpí su práctica…
⎯ No practicaba. ⎯ Levi le cortó de repente, olvidando por un momento la cortesía. ⎯ No me interesan esas cosas ridículas de conciertos y desvelarse con tal de aprender una canción que otros ya tocaron hace varios años exactamente igual que otros más.
Petra se encogió por un segundo. ⎯ Ya… veo. ⎯ Pero se recompuso rápido. ⎯ En todo caso, quiero disculparme por molestarlo al tocar… Es solo que… su música produce sonidos que nunca antes había escuchado.
En el fondo de su ser, Levi se dijo que ella era alguien especial; varias veces había escuchado cumplidos sin sentido a su forma de tocar, pero era la primera vez que alguien le había confesado que nunca escuchó nada parecido. A pesar de que, como bien él sabía, toda la música se parecía y era imposible ser original ya que casi todo ya se había inventado, él se arrepintió conmovido de que alguien le dijera algo como eso.
Pero al final, solo miró a otro lado con un levísimo aire que podría definirse como cohibición.
⎯ Ah ...
Entonces, Petra sintió una sonrisa que se le escapaba al notar la actitud del pianista. No solo su música era curiosa, sino también él.
⎯ Mi nombre es Petra Ral, señor. Estudio aquí como violinista, ingresé este año. ⎯ Le extendió la mano para saludar y le dedicó su mejor sonrisa. ⎯ Yo… decidí llegar más temprano este día para concentrarme en una nueva composición… Fue por eso que entré sin pensar que podría haber alguien más.
Levi "unos segundos en la mano de Ral. Era limpias, sin duda, por lo que la estrechó sin miedo. Luego de eso asintió lentamente.
⎯ Levi Ackerman. Puedes llamarme Levi.
⎯ Entendido señor… Levi.
El susodicho asintió de nuevo. En eso, ambos se dieron cuenta de que los rayos del sol se colaban por las cortinas mucho más que antes. Eso decir que el conservatorio se abriría en cualquier momento y cada uno volvería a sus andanzas de siempre, sin saber que el otro existía.
Y sin embargo, ambos pensaban que nunca volverían a verso por los pasillos de la misma forma.
(…)
⎯ Ahora, Arlert. Empieza con la primera estrofa y veremos quién continúa a medida que los otros van llegando.
Eran clases de Literatura y Lengua. Las ventanas de la sala daban un día perfectamente soleado y relajante, con el sonido de los pájaros desde afuera y las hojas meciéndose con el viento. Aun así todos los alumnos del conservatorio se hallaban encerrados cada quien en su propio asunto. Esta vez, se trataba de una de las marginales sesiones con el profesor Erwin Smith, quien se empeñaba en hacer entender los poemas más sublimes y al mismo tiempo conseguir que existiera más gente a la que le gustara unirse a la afición de nutrirse con letras.
En este momento, quizás por malicia de la suerte, el joven Arlert se encontró como el único en la sala con su profesor. Ayer estado estado más, pero no era la primera vez que alguien abandonaba las clases de Literatura.
Al notar que era probable que se convirtiera en el exclusivo estudiante de este día, Armin sintió un extraño malestar en las entrañas. En verdad, parecía ser el único que se lo tomaba enserio. Por esto, dudó antes de seguir las indicaciones que el señor Erwin le dio.
⎯ Vamos Arlert, ⎯ el profesor le dio una pequeña sonrisa tranquilizadora, opuesta a su usual rostro solemne ⎯ Estoy seguro de que tienes algo muy interesante que contar.
Armin tragó saliva desde su asiento. ¿Él podía decir algo interesante?
Durante un segundo experimento pequeños fragmentos de su vida pasar ante sus ojos. Supo muy bien que desde pequeño le gustaron los libros, y pasaba horas contando anécdotas de caballeros y aventuras épicas a sus amigos mientras recostaban sus cuerpos por el pasto del campo en una tarde tranquila del pueblo. Luego había anhelado vivir las mismas experiencias increíbles que los personajes que leía, pero tuvo que resignarse al entender que eran aspiraciones infantiles. Entonces, ya más grande, más maduro, descubrió que sí podía vivirlas tanto como quisiera… Escribir las hermosas palabras que acaparaban la mente cada vez que veía algo que la conmovía fue su salida para cumplir ese sueño.
Sin embargo, apenas se enfrentó al papel en blanco y la pluma entintada, sintió una especie de sano terror y las letras, las oraciones, los bellos ensayos, le parecieron algo demasiado difícil de alcanzar o poder expresar. Simplemente quedaba en blanco, esperando que al día siguiente algo pudiera suceder para quitarle su impotencia a la hora de escribir. Así es que lentamente las clases de Literatura se le antojaron una pequeña pesadilla de la cual aun en medio de todo no quería librarse.
Porque le gustaban los libros, y quería escribir.
⎯ Profesor Erwin… Yo… olvidé hacer la tarea que encargó.
Mentira. Ayer estuviste tirando a la basura una docena de papeles.
⎯ Y aceptaré el castigo, porque confieso que estuve desconcentrado.
Obviamente él no se lo creerá.
Después de todo, Armin era inteligente; en efecto, Erwin le miró con una repentina severidad, su cara de "comandante", como solían llamarle todos.
Le habló desde su alzada figura colocada delante del pizarrón que solo tenía escrita la fecha.
⎯ Arlert, debo suponer que sabes que este es un conservatorio especial.
El mencionado asintió y recitó las palabras que enseñaban a todos:
⎯ Este es un Conservatorio de Artes. Hay espacio para que el que quiera se inscriba y se desarrolle en cualquier espacio de las seis artes clásicas que eligiese… Yo curso las partes del arte de las letras, Literatura… Otros prefieren ir a escultura oa teatro…
⎯ Veo que lo sabes bien. Ahora, mi pregunta es… ¿te gustaría estar allá afuera con los bailarines o quizás encerrado en otra aula rodeado de gráficos?
El joven sintió el peso de sus palabras, aunque sabía bien su respuesta.
⎯ No señor.
Erwin finalizó asegurándose de que Armin lo mirara bien, de que notara la convicción en su mirada.
⎯ Entonces no temas. Entrega tu corazón a las letras y verás que tu voz saldrá por sí sola.
Entonces, Arlert se dejó contagiar por el entusiasmo de su maestro. Algo en su interior se agitó queriendo salir.
Se puso de pie. ⎯ ¡Sí, señor!
El otro asintió despacio. Luego le dijo: ⎯ Ven aquí…
El estudiante obedeció y escuchó lo siguiente. ⎯ Cierra los ojos, muchacho, y no los abras por nada del mundo. Después, solo habla.
Armin hizo lo que pidió. Pronto, se enfrentó a la oscuridad en sí mismo. En cierto modo entendía este ejercicio del señor Smith; te hacía entender que estabas solo y tus pensamientos eran tuyos y de nadie más, por lo que podías decir lo que quisieras, sin miedo alguno…
¿Qué podía decir él?
Con lentitud abrió la boca. Creía que ya podía sentirlo, sabore las palabras que tantas noches se le sitio amontonado lo bajo de su lengua y le causaban insomnio. Podía hacerlo… tenía que decirlo…
⎯ "Es ... un campo ... un campo hermoso".
"Se extiende hasta el infinito porque escapa de nuestra vista, nos hace entender que la inmensidad puede existir y nos dice, con arrogancia ante nuestras cabezas débiles: ¡son tontos, porque creen que sus vidas valen más que la mía! Hasta que no se alcanza a ver y, al final, desembocan en otro paisaje todavía más deslumbrante? Quizás… quizás de verdad somos demasiado tontos para verlo… Hasta el pequeño insecto nos sobrepasa…
"Por eso ... vivimos encerrados en muros enormes que nos imponemos ... nos hacen sentirnos chiquitos ... y como ganado nos criamos. Pero, déjame decirte, que al ver los pájaros brillar, ¿no quiere decir que si, como tú, valle, dijiste, toda la creación es tan impresionante, nosotros no podemos serlo?
"Así, bajo mi cabeza ante ti, valle, que me haces dejar la arrogancia. Pero ... mientras viva ... te haré recordar que los humanos ... somos tan valiosos como las aves que surcan el cielo."
Calló. Bajó la cabeza y apretó más sus párpados, no queriendo salir de la burbuja que había creado para sí. Se atrevió a abrir uno de sus ojos, después, decidió abrir el otro. Pronto se encontró de nuevo en la realidad.
⎯ Creo… que pude haber dicho algo mejor. ⎯ Lo primero que dijo lo hizo riendo con nerviosismo y se encogió de hombros.
Erwin, por su parte, se realizó realizado. Miraba a su alumno con orgullo.
⎯ Sabía que tenías, en verdad, muchas cosas que contar.
