Monica: Gracias! :)
Guest: Muchas gracias!
SD Sandra D: Estoy escribiéndola, así que dadme tiempo jaja. Por ahora solo tengo 3 capítulos
Maria Sandi: Muchas gracias :)
Majo 1989: A mí también me encanta Draco como Veela, por eso he decidido escribir sobre él. Espero que te guste!
Gibel: Te entiendo, a mí también me encantan jaja
Micaela Malfoy: intentaré actualizar al menos una vez en semana :)
shi no hime: tres asesinatos, pertenencia a los mortífagos, intento de homicidio... sí, veinticinco años. Pobre Draco :(
Muchas gracias por todos los reviews! No esperaba tanto interés en esta historia, y por supuesto que la seguiré escribiendo.
Capítulo Dos
Azkaban
Habían pasado dos semanas, y la foto de Draco Malfoy saliendo esposado de la sala del Wizengamot todavía podía verse pegada en algunas de las ventanas de las tiendas del Callejón Diagon.
Todos estaban celebrando que el asesino de tres inocentes estuviera ya encerrado en Azkaban, pero Harry sentía un nudo en el estómago cada vez que veía esa imagen. Malfoy bajando la mirada y marchándose sin protestar era algo que no tenía sentido. Al menos era inocente de uno de los crímenes, por lo que Harry sabía, pero se había declarado culpable igualmente.
¿Por qué?
Harry suspiró y alzó su varita, tocando la gran verja metálica que rodeaba la Mansión Malfoy. Nadie había vuelto a ver a Narcissa desde el juicio de su hijo, y no podía evitar preocuparse por ella. Al fin y al cabo le debía la vida, y si podía ayudarla lo haría.
Se escuchó un crujido y un pequeño elfo apareció tras la verja, mirando a Harry con desconfianza.
—Mi ama no quiere recibir visitas —murmuró, retorciendo una de sus orejas con nerviosismo.
—Dile que Harry Potter ha venido a verla.
Los ojos marrones del elfo se abrieron como platos.
—¿Harry Potter? ¿El amigo de Dobby?
Harry asintió y el elfo desapareció. Pocos segundos después, las verjas se abrieron permitiéndole el paso.
Tras un suspiro, empezó a caminar por el sendero de piedra que llegaba hasta la puerta principal de la mansión. Aquel lugar le traía muy malos recuerdos, pero necesitaba saber cómo estaba Narcissa para quedarse tranquilo.
Ella estaba de pie junto a la puerta, esperándolo. Llevaba el pelo rubio recogido en un moño, tenía grandes ojeras bajo sus ojos azules y estaba mucho más pálida que la última vez que la había visto.
—¿A qué debo esta inesperada visita? —preguntó la mujer en voz baja, sin mirar directamente a Harry.
Él subió las escaleras hasta llegar a su lado y colocó una mano sobre uno de sus hombros. El cuerpo de Narcissa se estremeció y una lágrima resbaló por su mejilla.
—Vengo para ver si puedo ayudarte de alguna forma.
Narcissa levantó la mirada y sus ojos brillaron con esperanza.
—¿Me harías un favor?
—Lo que sea —respondió Harry, asintiendo.
Apenas había tratado con aquella mujer, pero sabía que no era una mala persona y que no le pediría algo imposible.
—Entra, hablemos —dijo ella, apretando su mano y alejándose por uno de los pasillos.
La puerta principal se cerró tras él y Harry reprimió un escalofrío, siguiendo a Narcissa por un oscuro pasillo. Los retratos de la pared lo siguieron con la mirada, pero ninguno dijo nada. Al pasar por una de las habitaciones, vio que el suelo estaba lleno de cenizas y las paredes completamente negras.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó, preocupado.
—Oh, hubo un pequeño incendio. Lo provoqué yo misma hace unos días, no te preocupes.
Todavía olía un poco a quemado. Harry observó aquella sala mejor y vio que había un candelabro de cristal destrozado en el suelo de mármol blanco, y en aquel momento reconoció ese lugar. Era donde Ron, Hermione y él habían estado cuando Bellatrix los interrogó, y donde Hermione fue torturada mientras ellos dos estaban en el sótano, escuchando sus gritos sin poder hacer nada por ella.
Narcissa se detuvo unos metros después, abriendo una puerta de madera blanca. Al entrar tras ella, Harry vio que estaba sentada en un sillón rojo y que el elfo estaba dejando una bandeja llena de té y pasteles en una pequeña mesita de caoba.
Él se sentó en el sillón que había frente a ella y aceptó la taza que le ofreció el elfo, sonriendo al fijarse en que llevaba una pajarita puesta. Los Malfoy ahora tenían elfos libres, a Hermione le iba a encantar enterarse de eso.
Narcissa se aclaró la garganta y Harry fijó sus ojos verdes en ella.
—Acompáñame a Azkaban cuando vaya a visitar a Draco.
Él frunció el ceño y dejó la taza de té sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Tal vez puedas ayudarme a que entre en razón.
Los ojos de Harry se entrecerraron.
—¿Por qué mintió? Parecía que quería ir a prisión, por más vueltas que le doy no consigo entenderlo.
—¿Sabes que mintió? —preguntó Narcissa, sorprendida.
Harry asintió.
—Yo estaba allí la noche que Dumbledore murió y sé que él no lo hizo. De hecho, estaba bajando la varita cuando... ya no importa. Pero no fue él, fue Severus Snape.
Narcissa suspiró, bebiendo un sorbo de té.
—Severus hizo un Juramento Inquebrantable porque yo se lo pedí. Prometió ayudar a Draco, asesinando a Albus si él no era capaz de hacerlo.
—Y Dumbledore lo sabía todo. De hecho le quedaba poco de vida, él mismo le pidió a Snape que acabara con su vida para que Draco no tuviera que hacerlo.
La taza tembló en las manos de Narcissa, pero consiguió controlarla.
—¿Cómo sabes eso?
—Vi unos recuerdos de Snape antes de... antes de la batalla —explicó Harry en voz baja.
Narcissa asintió y, tras dejar su taza junto a la de Harry, se levantó. Agarró sus dos manos y se agachó, mirándolo con ojos suplicantes.
—¿Vendrás conmigo? No puedo ir sola, yo...
—Por favor, levántate —pidió Harry, sintiéndose muy incómodo al tenerla casi arrodillada ante él.
Se puso de pie, ayudando a Narcissa a incorporarse, y la abrazó cuando vio que estaba llorando otra vez.
—Iré contigo, Narcissa —susurró Harry.
Ella apoyó la cabeza en su hombro y suspiró.
—Te lo agradezco, Harry.
Los dos habían empezado a llamarse por su nombre cuando Harry consiguió sacar a Narcissa de las celdas del Wizengamot sin tener que enfrentarse a un juicio.
Harry nunca había visitado Azkaban y esperaba no volver a tener que hacerlo, aunque seguramente no podría evitarlo.
Hacía seis semanas que había empezado su entrenamiento para ser auror (le ofrecieron esa oportunidad pocos días después de la derrota de Voldemort y ni siquiera le exigieron terminar sus estudios en Hogwarts) y lo más probable era que, una vez que fuera auror, tuviera que llevar a más de un criminal a la prisión mágica.
El siniestro edificio estaba aislado en mitad del océano y solo se podía acceder a través de la Red Flu. Nada más llegar, había sentido el frío adentrándose por cada poro de su piel. Los dementores se mantenían en la parte de fuera, pero su influencia se notaba por todas partes. Había luces demasiado brillantes en el techo de todos los pasillos y los guardias vestían de negro.
Uno de ellos les recibió en cuanto salieron por la chimenea y comprobó sus varitas antes de dejarlos pasar. Narcissa se sujetó a su brazo derecho y Harry la miró de reojo, sintiendo lo nerviosa que estaba. Ella asintió y los dos empezaron a caminar hacia la verja tras la que estaban las celdas del ala este, donde tenían a los mortífagos.
No llegaron a entrar, otro guardia los guió hacia una puerta de metal y se quedó junto a ella.
—El prisionero os está esperando dentro, tenéis media hora —les informó, apartándose y abriendo la puerta.
Harry tragó saliva y Narcissa se agarró más fuerte a él antes de atravesarla.
Estaban en una habitación cuadrada, con dos velas en cada pared. Justo en el centro había una pequeña mesa de metal y tras ella estaba sentado Draco Malfoy. Sus manos estaban apoyadas sobre la mesa, y Harry se fijó en que tenía marcas rojas en las muñecas, señal de que había llevado esposas durante mucho tiempo.
Justo delante de él había otras dos sillas, esperando ser ocupadas por ellos.
Pero, por mucho que Harry y Narcissa se habían mentalizado, no estaban preparados para ver a Draco así.
Había perdido mucho peso y su piel estaba casi translúcida, se podían ver venas marcadas en su rostro y en sus manos. Tenía los ojos hundidos, sin brillo y enmarcados por profundas ojeras, y los labios muy agrietados. Su pelo parecía ser blanco en vez de rubio platino. Lo tenía algo más largo y le caía sobre la frente, desordenado y sucio. Pero lo peor era su mirada, enfocada en sus manos y completamente vacía. Se estaba retorciendo los dedos y murmuraba algo entre dientes, como si no se hubiera dado cuenta de que no estaba solo.
Narcissa jadeó y se separó de Harry, corriendo hacia la mesa y sujetando las manos de Draco con cuidado entre las suyas.
—¿Draco?
Al escuchar aquella voz, él levantó la mirada y recorrió el rostro de su madre con sus ojos grises, deteniéndose en su ceño fruncido y sus labios rojos. Seguía tan hermosa como siempre, aunque parecía estar triste.
—Madre —susurró, apartándose para toser.
Narcissa intentó contener un sollozo y rodeó la mesa, atrapando a Draco en un abrazo. Él tardó un poco, pero rodeó la cintura de su madre con los brazos y apoyó la cabeza en su pecho, suspirando.
Harry tragó saliva y se llevó las manos al pelo, tirando de alguno de sus mechones negros con frustración. Draco Malfoy había sido un cabrón en el colegio y había hecho cosas horribles, pero no se merecía estar así. Parecía que apenas le quedaban fuerzas.
Lentamente, se acercó a la mesa y se sentó en una de las sillas, cruzándose de brazos y observando a los dos Malfoy en silencio.
Cuando Narcissa se tranquilizó, se separó de Draco y besó su frente. Él volvió a abrir los ojos y vio una figura por el rabillo del ojo. Giró la cabeza y se sorprendió al ver que no estaban solos.
—¿Potter?
Harry asintió, torciendo los labios. Draco sujetó los brazos de su madre, apartándolos de su cuerpo, y la miró a los ojos.
—¿Por qué has venido con Potter?
Narcissa suspiró y levantó una mano para acariciar su mejilla, pero Draco volvió a alejarse como si su toque lo quemara.
—¿Por qué? Probablemente esta va a ser la última vez que nos veamos... ¿Por qué está él aquí? —preguntó con voz ronca, arrugando el entrecejo y entrecerrando los ojos al mirar a Harry.
—Tu madre no quería venir sola y me pidió que la acompañara —dijo él, intentando defenderse.
—¿Querías verme? Si vas a burlarte, adelante. Disfruta tu momento.
Harry se apretó el puente de la nariz, resoplando.
—No estoy aquí para eso.
—Ya veo... sabes que va a perder pronto a su hijo y pretendes sustituirme, ¿no, Potter? Te encantaría tener una madre por primera vez en tu vida.
—¡Draco! ¡Ya basta! —chilló Narcissa, golpeando la mesa.
Tanto Harry como Draco se sobresaltaron al escuchar el ruido metálico. Draco gruñó, desviando la mirada hacia el techo y cruzándose de brazos. Narcissa le dedicó una última mirada de advertencia y se sentó al lado de Harry, apoyando los codos sobre la mesa.
—¿Estás comiendo algo?
Una sonrisa burlona curvó los labios de Draco.
—Como si eso importara, madre. Sabes que voy a morir pronto, da igual que me alimente o no.
—¿Por qué mentiste, Malfoy? —preguntó Harry, clavando sus ojos verdes en él.
Draco chasqueó la lengua.
—No es asunto tuyo.
—Draco, no puedes seguir así. Tienes que decírselo, seguro que ella te dará una oportunidad.
Él entrecerró los ojos y apretó los labios, mirando a su madre con frialdad.
—No quiero hablar del tema, y menos delante de Potter.
—¿Qué es lo que pasa? ¿De qué estáis hablando? —dijo Harry, confundido.
—Cuéntaselo, hijo —suplicó Narcissa en voz baja, extendiendo un brazo hasta que pudo acariciar una de las manos de Draco.
Él guardó silencio un momento, mirando de reojo a su antiguo enemigo y pensando en si merecía la pena gastar saliva en explicarle lo que le pasaba.
—Supongo que ya da igual... La familia Malfoy tiene un antepasado Veela, Potter. El padre de mi tatarabuelo era una Veela, es un secreto que pocos conocen. Mi padre y yo tenemos sangre Veela, aunque podemos llevar vidas humanas normales. Nuestra sangre solo reacciona cuando encontramos a nuestra compañera o cuando sentimos peligro, así que podemos controlarlo y no transformarnos.
Harry pestañeó varias veces, intentando comprender lo que estaba escuchando.
—¿Y qué tiene eso que ver con que estés tan mal?
—Mi lado Veela se despertó hace unas semanas, el día de mi cumpleaños.
—Se está muriendo, Harry —susurró Narcissa, sollozando.
—Sí, creo que no me quedan muchos días de vida —confirmó Draco, encogiéndose de hombros.
—¿Qué? ¿Por qué? Sé que estar en Azkaban es duro, pero muchas personas han estado años aquí encerradas y, que yo sepa, nadie ha muerto desde hace mucho. El Ministerio se encarga de que los prisioneros reciban un trato justo, dentro de las circunstancias —dijo Harry, estremeciéndose al sentir otro escalofrío por culpa de la presencia de los dementores.
Draco resopló, arqueando una ceja.
—El trato es deplorable, Potter, y la comida una puta mierda. Pero sí, supongo que un humano normal puede sobrevivir. Yo no.
—¿Te importaría explicarme por qué? —insistió Harry, frunciendo el ceño.
Draco apretó la mandíbula y desvió la mirada. Sí, le importaba, y no pensaba hacerlo.
—Ha encontrado a su compañera, y estar lejos de ella le está matando. Las Veelas necesitan a sus compañeras para sobrevivir, si les rechazan o están demasiado lejos enferman y mueren a las pocas semanas —explicó Narcissa con tranquilidad, apretando suavemente la mano de Draco que tenía atrapada entre las suyas.
—¿Tu compañera? ¿Cuándo la encontraste?
Draco guardó silencio y su madre contestó por él.
—El día del juicio.
Los ojos de Harry se abrieron con sorpresa y miró a Narcissa.
—¿Quién es?
—Eso no importa. Si lo supiera me rechazaría, así que estoy condenado de todas formas. Al menos esto acabará pronto o eso espero, porque me siento como una mierda —dijo Draco, volviendo a posar su vista en ellos.
Harry levantó una ceja.
—¿Quién?
—Tu amiga —susurró Narcissa.
—¡Madre! —rugió Draco, poniéndose de pie de golpe.
Estaba tan débil que se tambaleó. Harry no tardó en estar a su lado y sujetarlo para que no cayera al suelo.
—¿Hermione? —preguntó en un susurro, palideciendo mientras ayudaba a Draco a volver a sentarse.
Narcissa asintió y Draco se sacudió, obligando a Harry a soltarlo. Él empezó a andar alrededor de la pequeña habitación, intentando tranquilizarse.
—Relájate, Potter. Ella nunca se enterará —murmuró Draco entre dientes, cubriéndose la cara con las manos.
—¿Por eso mentiste en el juicio? ¿Para que te encerraran aquí y mantenerte lejos de ella? —preguntó Harry, girándose para mirarlo.
Draco no dijo nada y eso le confirmó sus sospechas. Enfadado, Harry regresó sobre sus pasos y apretó los puños, mirándolo con odio.
—¿Una sangre sucia no es digna de ser tu compañera, Malfoy? —gruñó, arrastrando las palabras con rabia.
Draco entrecerró los ojos sin contestar y Narcissa negó con la cabeza.
—Harry, querido, te estás equivocando. A mi hijo hace mucho que todo el tema de la sangre no le importa... desde que se dio cuenta de que el Señor Tenebroso no era como él pensaba.
—¿Y cuándo fue eso? —preguntó Harry, volviendo al lado de Narcissa.
—Cuando tuve que aceptar su marca y me obligó a hacer y ver cosas que no le deseo a nadie, ni siquiera a ti —murmuró Draco, levantando la manga de su camiseta de rayas grises y blancas para que pudiera ver su Marca Tenebrosa.
La calavera y la serpiente seguían en su antebrazo, casi tan negras como el primer día. Harry hizo una mueca y se sentó de nuevo junto a Narcissa, suspirando.
—¿Entonces?
Draco puso los ojos en blanco y volvió a cubrirse el brazo antes de contestar.
—Sabes perfectamente que Granger me odia tanto como yo la odiaba a ella. Nunca me perdonará por todo lo que le hice, y aunque fuera capaz de hacerlo, no me lo merezco. Lo mejor que puedo hacer por ella es dejarla en paz, y es lo que pienso hacer.
A Harry no se le escapó un detalle bastante importante.
—¿La odiabas? ¿Ya no?
Draco negó con la cabeza, apartando la mirada.
—Es una sabelotodo insoportable, pero hace casi dos años que dejé de odiarla. Ya no pienso que los hijos de muggles sean una amenaza para el mundo mágico, aunque eso no significa que ahora me gusten. ¿Lo entiendes, Potter? ¿Vas a callarte de una vez?
Harry apretó los labios, mordiéndose la lengua para no contestarle. No podía esperar palabras más amables que esas de Draco Malfoy, y le había sorprendido mucho todo lo que estaba escuchando.
—Hermione trabaja en el Departamento de Criaturas Mágicas del Ministerio de Magia. Ella tampoco va a volver a Hogwarts en septiembre a terminar los estudios.
Draco asintió, arqueando una ceja sin entender a dónde quería llegar Harry.
—Estoy seguro de que sabe bastante sobre las Veelas y si se entera de esto querrá ayudarte. Aunque hayas sido un completo gilipollas durante años, ella sabe perdonar. Podríamos intentar buscar una solución para que tú puedas sobrevivir, a lo mejor no hace falta que estéis juntos como... como una pareja —comentó Harry con voz temblorosa, sintiéndose muy incómodo.
—No, Potter. Pero gracias por la oferta —respondió Draco con sarcasmo.
—Pero debiste sentir algo especial al verla de nuevo... ¿No la quieres como compañera? ¿Ni siquiera quieres hablar con ella?
La mirada de Draco se ensombreció.
—No.
Los tres escucharon dos golpes en la única puerta que había en la habitación, señal de que su tiempo de visita ya había terminado. Harry se levantó y le ofreció un brazo a Narcissa, que no podía dejar de llorar mientras miraba a su hijo. Alguien agarró su muñeca izquierda y se giró muy sorprendido, encontrando el rostro demacrado de Draco a pocos centímetros del suyo.
—Necesito que me prometas dos cosas, Potter. Quiero que cuides de mi madre por mí, no la dejes sola. Ahora no tiene a nadie.
Harry asintió, conmovido por sus palabras. Draco entrecerró los ojos antes de seguir hablando.
—Y no puedes decirle ni una palabra de lo que hemos hablado hoy a Granger.
—Pero...
—Ni una palabra, Potter. Prométemelo —insistió Draco, apretando su muñeca.
Harry escuchó un sollozo de Narcissa y cerró los ojos, suspirando.
—De acuerdo, Malfoy.
Draco asintió y lo soltó, rodeando a su madre con los brazos y besándola en la mejilla.
—No te dejes llevar por la tristeza, madre. Vive por mí, por nosotros. Padre sobrevivirá si lo sigues visitando cada semana, y con suerte dentro de unos años podréis volver a estar juntos.
Narcissa se llevó las dos manos al rostro, ocultando sus lágrimas, y Draco la estrechó con más fuerza entre sus brazos.
—Siempre te querré —susurró muy bajo, para que solo ella lo escuchara.
—Te quiero, Draco. Eres el mejor hijo que una madre puede desear, y lamento que tengas que pagar por nuestros errores —respondió ella, también en voz baja.
Harry los observaba en silencio, pensando en que necesitaba conseguir un libro sobre las Veelas cuanto antes. Quería entender el comportamiento de Malfoy, estaba seguro de que no era normal que una Veela no quisiera ni intentar hablar con su compañera.
La puerta se abrió y ambos se separaron.
—Hora de volver a tu celda, Malfoy —comentó uno de los guardias, caminando hacia ellos.
Agitó su varita y unas esposas aparecieron alrededor de las muñecas de Draco, que jadeó al sentir que sus heridas se abrían de nuevo. Sujetándolo de un brazo, el guardia empezó a andar hacia la salida sin mirar a las otras dos personas que estaban allí.
Draco giró la cabeza y miró por última vez a su madre, sonriendo. En cuanto desapareció, otro guardia entró en la habitación para guiar a Harry y Narcissa hacia la salida.
Mientras caminaban por el pasillo de piedra hacia la única chimenea de ese lugar, escuchando los pequeños sollozos de Narcissa, Harry pensó en las dos promesas que le había hecho a Draco Malfoy.
Solo pensaba cumplir una.
