SD Sandra D: jaja lo entiendo, pero poco a poco!

Majo 1989: Aquí tienes un poquito más! De nada :)

Monica: Sí, me encanta ese momento de Draco, y me rompe el corazón un poquito.

Yue Yuna: Muchas gracias!

Sally : No llores! Todavía sigue vivo! Aunque no le queda mucho tiempo al pobre...

alae sheziss: Me alegro de que te guste


Otro capítulo más! Es hora de que Hermione se entere de lo que está pasando, no creéis?


Capítulo Tres

Rompiendo promesas


Era viernes, y Hermione estaba en la terraza de una de las cafeterías muggles que había cerca del Ministerio de Magia. Le gustaba tomarse una taza de té tras terminar el trabajo mientras leía alguno de sus libros favoritos, aunque no podía tardar mucho en volver a casa o Harry se preocupaba.

Peter y Jane Granger no vivían en Inglaterra, aunque habían recibido la visita de dos sanadores y un desmemorizador en su casa de Australia. Entre los tres, consiguieron devolverles todos los recuerdos que Hermione había borrado, y ellos no se lo pensaron dos veces antes de coger un avión para ir en busca de su hija.

A veces, cuando iba de visita a Australia, Hermione todavía lloraba al ver a su madre sentada en el sofá, apoyando la cabeza en el hombro de su padre. Había pensado que nunca volvería a ver algo así, y que ellos no la perdonarían si supieran lo que les había hecho. Pero no, Peter y Jane cogieron un vuelo a Londres una vez que recuperaron sus recuerdos y la abrazaron en cuanto la vieron en el aeropuerto, asegurándole que entendían por qué lo había hecho y que no estaban enfadados con ella. Pero le hicieron prometer que nunca volvería a hacer algo así.

Se quedaron unos días con ella y Harry, hasta que volvieron de nuevo a Australia. Los mortífagos habían destrozado la antigua casa de los Granger, por lo que decidieron quedarse allí. Tenían un buen trabajo y su hija podía conseguir un traslador siempre que quería para ir a verlos.

Hermione bebió otro sorbo de té, pasando una hoja del libro que tenía apoyado en la mesa. Estaba decidida a aprobar una ley que ayudara a las personas mitad humanas, en honor a su antiguo profesor Remus Lupin. Los hombres lobo merecían tener los mismos derechos que los humanos, al igual que los elfos domésticos.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro al acordarse de lo que le había contado Harry hacía dos semanas. En la Mansión Malfoy ahora los elfos domésticos eran libres. Con suerte, pronto ocurriría lo mismo en todo el país.

Hermione apoyó la barbilla en una de sus manos, suspirando. Pensar en aquella mansión le llevaba a acordarse de Draco Malfoy, que llevaba ya un mes encerrado en Azkaban. Tras el caos de su juicio Ron se había marchado, encogiéndose de hombros y diciendo que era culpa del propio Malfoy, pero Hermione y Harry se habían acercado a hablar con el ministro Kingsley para decirle que sabían que era inocente en el caso de la muerte de su antiguo director, Albus Dumbledore.

El ministro les respondió que no podía hacer nada. Si Malfoy se había declarado culpable y no quería aceptar el testimonio de ningún testigo le tocaba sufrir la condena máxima.

Pero había algo que no encajaba.

Hermione había notado que Malfoy se había puesto muy tenso cuando ellos tres entraron en la sala, y que parecía estar deseando salir de allí cuanto antes. No parecía enfermo, más bien parecía… asustado y muy nervioso. Y, cuando volvió, estaba tan serio como siempre y no se inmutó al declararse culpable.

Algo se le estaba escapando, aquello no había sido normal. Hermione tampoco podía olvidar cómo lloraba Narcissa cuando los guardias se llevaron a su hijo esposado. Harry había ido a verla y decía que estaba un poco más animada, pensando en la forma de pedir la revisión del juicio de Malfoy.

Pero iba a necesitar una buena razón para solicitar eso y que el tribunal del Wizengamot estuviera de acuerdo. No era nada fácil.

Hermione se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza, intentando dejar de pensar en eso. Las criaturas mágicas la necesitaban más que nunca, no podía perder el tiempo divagando sobre el juicio de un antiguo enemigo.

Porque eso era Draco Malfoy, un antiguo enemigo. No los identificó cuando estuvieron atrapados en la mansión de su familia. Con una sola palabra suya los habrían entregado a Voldemort y tanto Hermione como Harry y Ron habrían muerto… pero él dijo que no los reconocía, que no estaba seguro.

Mentira.

Sabía perfectamente que eran ellos tres, pero no quería que murieran. Y, gracias a eso, consiguieron escapar con la ayuda de Dobby.

Hermione volvió a suspirar, llevándose la taza a los labios y levantando la vista. Casi se atragantó al ver que, por el fondo de la calle, una lechuza negra estaba volando hacia ella.

Sacó varias libras de su monedero lo más rápido que pudo y las dejó sobre la mesa, bebiéndose lo que le quedaba de té de un trago.

Sujetando su libro, se alejó por la calle, hacia un pequeño callejón que no quedaba muy lejos. Escuchó a la lechuza volando por encima de ella, ululando con irritación.

—¡Aquí no! ¡Allí! —susurró Hermione, mirando a su alrededor con nerviosismo y señalando el callejón.

La lechuza obedeció y se adelantó. Hermione resopló al llegar hasta ella. Deberían entrenar a las aves para que no entregaran sus mensajes en lugares públicos a plena luz del día. Cualquier muggle alucinaría si la viera cogiendo un trozo de pergamino de la pata de aquella lechuza.

En cuanto lo desató, el animal picoteó uno de sus dedos suavemente y Hermione la reconoció.

—¡Shadow! ¿Qué haces aquí? ¿Harry necesita mi respuesta ya o puede esperar a que vuelva a casa?

La lechuza sacudió la cabeza, volviendo a alzar el vuelo. Era la nueva mascota de Harry, y tenía una personalidad muy parecida a Hedwig.

Hermione sonrió, desenrollando el pergamino mientras la veía alejarse. Pero su sonrisa desapareció al leer el mensaje.

Hermione, te necesito. Ven cuanto antes, tenemos que hablar de algo importante.

Harry

¿Sería algo grave? Seguramente sí, sino Harry habría esperado a más tarde para contárselo.

Hermione arrugó el entrecejo y empezó a caminar hacia el punto de aparición que había más cerca de allí. Necesitaba volver a la casa que compartía con su mejor amigo.


Harry le mandó una lechuza a Hermione nada más llegar a su hogar, el número 12 de Grimmauld Place. Con la ayuda de Hermione y Ginny, poco a poco se estaba deshaciendo de los objetos oscuros y arreglando las habitaciones, y ya empezaba a parecer un hogar.

Subió hasta el segundo piso y entró en la biblioteca de la familia Black. Hermione había leído bastantes libros cuando estuvieron viviendo allí mientras buscaban los horrocruxes, pero él apenas le había prestado atención a aquella habitación.

Harry caminó entre las estanterías llenas de polvo, buscando algún libro que hablara sobre criaturas mágicas. Tras veinte minutos, uno de ellos le llamó la atención.

—Animales o humanos, por Lyra Black —leyó en voz alta, observando la portada verde oscura del libro.

¿Sería esa mujer una antepasada de Sirius? Probablemente sí, luego tendría que subir al tercer piso y comprobarlo en el tapiz donde se podía ver el árbol genealógico de la familia Black.

Escuchó el crujido típico de una aparición a lo lejos, señal de que alguien acababa de materializarse en su casa, y dos segundos después una voz femenina muy conocida.

—¿Harry?

—¡Aquí arriba!

Los escalones de madera crujieron, y sonaron pasos por el pasillo. Poco después, Hermione entró por la puerta y frunció el ceño al ver a Harry sentado en un sofá negro, con un libro en su regazo y muy concentrado en la lectura.

—¿Qué haces en la biblioteca?

—Necesito buscar información —respondió él, pasando las páginas del libro con rapidez.

Hermione se acercó a su lado, mirando con atención lo que estaba haciendo, y arrugó la nariz al ver que se detenía en el capítulo sobre las Veelas.

—¿Por qué te interesan las Veelas de repente, Harry? —preguntó con curiosidad.

Harry ignoró su pregunta.

—¿Qué sabes sobre ellas?

Hermione suspiró, sentándose junto a él.

—Todavía no mucho, la verdad. Sé que suelen ser hembras, pero a veces hay machos. Pueden mezclarse con los humanos, de hecho creo que hay varias parejas Veela-humano en el registro del ministerio, aunque todavía no me han dado acceso y no he podido verlo.

—¿Sabes algo sobre lo que pasa cuando encuentran una pareja? —preguntó Harry, sin levantar la vista del libro.

—¿En serio esto era tan urgente, Harry? Me has asustado con ese mensaje, pensaba que te pasaba algo malo —protestó ella, cruzándose de brazos y resoplando.

—Por favor —pidió Harry en voz baja, mirando a su amiga con intensidad.

Hermione puso los ojos en blanco.

—Está bien… creo que las hembras pueden estar con todas las parejas que quieran durante su vida, pero los machos solo tienen una. Si la encuentran, será su compañera para siempre y no podrán vivir sin ella.

Harry se llevó una mano a la sien, suspirando lentamente.

—Exacto… aunque el libro lo explica en más detalle. Una vez que la han visto, las Veelas macho morirán si su compañera los rechaza, o si pasan demasiado tiempo lejos de ella.

—Tiene sentido, son criaturas muy fieles. Estoy deseando trabajar con alguno de ellos y poder ayudarlos —susurró Hermione, asintiendo.

Harry la miró fijamente sin decir nada, hasta que ella arrugó el entrecejo.

—¿Qué pasa?

—¿Sabes que hay humanos que tienen sangre Veela, Hermione?

—Sí, claro. Ya te he dicho que pueden aparearse con los humanos y tener hijos.

—Agh, no digas esa palabra —pidió Harry, haciendo una mueca de asco.

—¿Por qué me haces todas estas preguntas, Harry? ¿Qué pasa? —preguntó ella, poniendo una mano sobre su hombro.

—He conocido a alguien que es parte Veela. Tiene un antepasado Veela, y toda su familia tiene sangre Veela.

Los ojos de Hermione se abrieron más y brillaron con emoción.

—Seguro que su familia sale en el registro. Los mitad humanos también tienen problemas, la ley actual no les considera humanos y a veces intentan quitarles sus varitas… me encantaría entrevistarlo, su opinión me serviría de mucha ayuda. Incluso podría ser mi testigo cuando presente el proyecto de ley ante el Wizengamot...

—Espera, Hermione. Para un momento —dijo Harry, quitándose las gafas y cerrando el libro.

Apoyó la espalda en el sofá y suspiró, limpiándolas con el borde de su camiseta. Se las volvió a colocar y, al mirar a Hermione, vio que ella tenía una sonrisa burlona en el rostro.

—Eres un mago, Harry. Hay un hechizo para eso.

—Siempre se me olvida, es la costumbre —contestó él, encogiéndose de hombros y sonriendo.

Los dos se rieron, Harry sabía que a Hermione también le pasaban esas cosas. Ambos se habían criado con muggles, sin saber nada del mundo mágico hasta que les llegó la carta de Hogwarts, y no siempre se acordaban de que llevaban una varita en el bolsillo.

—Tú también conoces a esa persona —susurró Harry, volviendo a ponerse serio.

—Dime quién es.

—Es alguien que tuvo un juicio hace poco, donde se declaró culpable cuando probablemente no lo es. Hoy he ido a visitarlo con su madre.

Hermione se llevó una mano a los labios, sorprendida.

—¿Malfoy? ¿Malfoy es mitad Veela?

—No sé si es mitad Veela, o un cuarto Veela… no tengo ni idea. Pero tiene sangre Veela, eso seguro.

—¿Y por qué te preocupa tanto eso? Hasta que salga de Azkaban, no podré hacer nada por él… al menos la nueva ley ya estará aprobada para entonces.

—Se está muriendo, Hermione. No te he contado toda la verdad… Narcissa lo está pasando fatal. Y Malfoy no acepta nuestra ayuda.

—¿Se está muriendo? —repitió Hermione, dirigiendo su vista al libro que Harry tenía en su regazo. Tres segundos después, jadeó al entenderlo. —¿Ha encontrado a su compañera? No pueden negarle el derecho a verla aunque esté allí encerrado.

—Él no quiere verla, no quiere que ella lo sepa. Cree que no se merece la ayuda de nadie y que es mejor así.

—¡Pero eso es horrible, Harry! Estoy segura de que, si ella presenta un recurso, el Wizengamot aceptaría la revisión de su sentencia. Si sabes quién es, podríamos ir a hablar con ella.

—Eso estoy haciendo —murmuró Harry, apretando los labios.

Hermione se quedó callada un minuto entero, su rostro perdiendo el color poco a poco.

—¿Estás bromeando?

—No, Hermione. No bromearía con algo así —dijo él, sacudiendo la cabeza.

—¿Yo? Pero… ¿Cómo es posible? No… no puede ser.

—Lo mismo pensé yo cuando me enteré.

—¿Estás completamente seguro?

—Sí. Narcissa me lo dijo, y Malfoy lo confirmó.

Hermione asintió, sintiendo lo rápido que le latía el corazón. ¿Ella era la compañera destinada de Draco Malfoy? Parecía una broma del destino.

Pero tenía que hacer algo. No podía dejarlo morir allí, solo y asustado.

Se levantó del sofá, apretando los puños con decisión.

—Vamos, Harry.

—¿A dónde vamos? —preguntó él, poniéndose de pie y siguiendo a su amiga.

—A hablar con Kingsley. Y trae ese libro, quiero leerlo bien —dijo ella antes de salir de la biblioteca.

Harry cogió el libro de Lyra Black y salió corriendo tras su amiga, bajando las escaleras.

—¿Qué le vas a decir? Malfoy ya ha sido condenado, Hermione.

—No fue un juicio justo y todos lo saben. Además, no creo que nadie se atreva a contradecir a la bruja más inteligente de su generación —comentó ella, sonriendo con arrogancia.

Harry correspondió a su sonrisa, dejando salir una pequeña risita.

—¿Vas a usar tu influencia? Estoy harto de oírte decir que nunca lo harías.

—Tendré que hacer una excepción por esta vez. ¿Dónde has puesto los polvos flu? Tenemos que darnos prisa, Harry. Malfoy podría morir en cualquier momento —contestó Hermione, que ya estaba en el salón y buscaba una pequeña bolsita con la mirada.

—Aquí —dijo Harry, sacándola de una caja de madera que había sobre un mueble.

Hermione puso los ojos en blanco.

—Deberías dejarla cerca de la chimenea, para cuando haya una emergencia como ahora.

—Estás perdiendo tiempo en regañarme, Hermione.

—Mierda, tienes razón —gruñó ella, cogiendo un puñado del polvo oscuro y echándolo sobre la chimenea.

Enseguida aparecieron unas llamas verde esmeralda y Hermione entró en ellas gritando.

—¡Ministerio de Magia!

En cuanto desapareció Harry la siguió, haciendo lo mismo.

A Kingsley le iba a encantar esta visita.


Draco estaba tumbado en el fino colchón de su celda, mirando el techo mientras intentaba ignorar los gritos y las risas de los presos que estaban en las celdas más cercanas a él. Muchos de los prisioneros se volvían locos con el paso del tiempo, y agradeció mentalmente que él no fuera a pasar allí el tiempo suficiente para que le ocurriera lo mismo.

Ya estaba empezando a hablar solo, y todas las noches tenía pesadillas donde revivía aquella mañana en la que vio a su tía torturando a Hermione Granger, o las dos veces que el propio Señor Tenebroso usó la maldición Cruciatus sobre él.

Siempre se despertaba sudando y jadeando, con el corazón a punto de salirse de su pecho. Esperaba que su padre no lo estuviera pasando tan mal como él… Al menos, le quedaba el consuelo de que Lucius ya sabía lo que era estar en Azkaban.

Suspiró y se sentó, mirando por la pequeña ranura en la pared de piedra que mostraba el océano Atlántico. Su celda tenía una ventana, si es que se le podía llamar así, y algunos días tenía la suerte de poder sentir la brisa en el rostro, o gotas de lluvia si presionaba la mano contra esa abertura.

Hacía dos días que ya no era capaz de ponerse de pie solo y sabía que pronto estaría muerto, pero no le importaba. Era lo mejor, no quería tener que vivir así y sufrir el rechazo de su compañera. Había leído que esa muerte era mucho peor.

Siguió observando el mar hasta que vio pasar una figura negra y encapuchada muy cerca, volando entre la bruma. Un frío intenso invadió todo su cuerpo y Draco contuvo el aliento, alejándose todo lo que pudo de aquella ventana y cayendo al suelo. Putos dementores, ojalá supiera cómo lanzar un patronus y les pudiera obligar a alejarse de su celda. Aunque, pensándolo mejor, era una gilipollez si no tenía su varita.

Escuchó un golpe y se giró, asustado. Tras los barrotes estaba uno de los guardias, mirándolo con desprecio.

—Levanta, Malfoy. Tienes que acompañarme.

—¿Por qué? —preguntó él, intentando incorporarse.

El guardia chasqueó la lengua y agitó la varita. La puerta de su celda se abrió y él entró, agarrando uno de los brazos de Draco. Cuando consiguió ponerse de pie, el guardia no lo soltó y lo obligó a caminar junto a él.

—Nos toca dar un paseo hoy.

—¿Qué? —preguntó Draco, muy confundido.

En Azkaban no se daban paseos, tan solo dejaban salir de su celda a los prisioneros para darse una ducha cada dos o tres días.

—Eres muy afortunado. Alguien ha conseguido que acepten revisar tu sentencia y nos están esperando en Londres.

Draco frunció el ceño, no muy seguro de si había escuchado bien.

—¿Revisar? ¿Londres?

—¿Es que te has quedado sordo? Sí, y te recomiendo que lo cuentes todo esta vez si quieres pasar menos años aquí —gruñó el hombre, saludando con un gesto de su cabeza a otro guardia que les había abierto la puerta de salida.

Draco tragó saliva, todavía sin entender bien lo que estaba pasando. El guardia lanzó polvos flu sobre la única chimenea de Azkaban y entró en ella sin soltar a Draco.

Él miró hacia atrás, y le dio tiempo de ver la mirada de odio que le estaba lanzando el otro guardia antes de que todo se volviera negro a su alrededor.