Caro2728: Sí, ella siempre luchando contra las injusticias.
hadramine: Sí, empieza lo bueno jaja
Majo 1989: espero que la espera haya merecido la pena!
Micaela Malfoy: Gracias :)
SD Sandra D: el momento ha llegado! jaja
Gibel: me alegro de que te esté gustando ^^
Sally : me alegro de que te rías tanto XD
NoraCg: a mí también me encantan los fics donde uno de ellos es una veela, por eso estoy escribiendo este :P
Vic Black: aquí lo tienes!
Monica: Sí, ha llegado el momento de volver a verse
SD Sandra D: Tres promesas? Que yo sepa solo hicieron dos, y Harry ha roto una de ellas.
Diana: Lo sé, hay pocas historias sobre veelas. Casi todas las que yo he leído están en inglés, en español apenas hay. Espero que disfrutes de esta!
Capítulo Cuatro
Al descubierto
Hermione estaba en el salón de Grimmauld Place, tumbada sobre la enorme alfombra verde oscura y rodeada de libros abiertos.
Ya se había leído el que encontró Harry, junto con otros dos que había en la biblioteca de la familia Black y cuatro más que había cogido prestados de la biblioteca de Hogwarts, con el permiso de la directora McGonagall.
Y solo habían pasado dos días desde que se enteró de lo que le estaba pasando a Malfoy.
—¿Estás lista? Ya es casi la hora —murmuró Harry, entrando en la habitación y observando el desorden que había creado su amiga.
—Sí —respondió ella, terminando de anotar en una libreta lo último que acababa de leer sobre las Veelas.
Era algo que le iba a ser muy útil en el juicio. Si Malfoy seguía sin querer colaborar, no le quedaría más remedio que hacerlo.
Hermione cerró la libreta y la guardó en su bolso de cuentas, poniéndose de pie. Harry ya estaba echando polvos flu sobre la chimenea.
—A Malfoy no le va a gustar esto, te lo advierto —comentó él, arrugando el entrecejo.
—Me da igual. Quiera o no, lo voy a sacar de ahí.
—¿Y después?
Hermione miró fijamente a Harry, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.
—No lo sé. No puedo ser su... su...
—Lo sé.
—Pero no puedo dejar que muera.
—Lo sé, Hermione. Buscaremos la forma de arreglar esto, seguro que hay algo que podamos hacer.
Ella asintió, sujetando la mano derecha de Harry y apretándola con cariño. Al menos no estaría sola, él siempre estaba ahí para apoyarla en todo.
Harry le dedicó una sonrisa tranquilizadora y los dos atravesaron juntos las llamas verdes.
Draco estaba otra vez en su pequeña celda, en la décima planta del Ministerio de Magia. El guardia lo había dejado ahí en cuanto llegaron, sin darle más explicaciones, y él estaba convencido de que estaba soñando.
Bueno, más bien era una pesadilla. Pronto se despertaría y vería que nadie iba a revisar su condena y que seguía encerrado, rodeado de dementores y a punto de morir. Reprimió un escalofrío y se acurrucó más en la esquina donde estaba sentado, envuelto en la manta que había encontrado sobre su antiguo colchón. El frío de Azkaban calaba hasta los huesos y parecía imposible volver a entrar en calor.
Escuchó pasos y levantó la cabeza, mirando fijamente al guardia mientras se acercaba y abría la puerta de su celda.
—Ya está todo preparado, Malfoy. Vamos.
Draco hizo una mueca cuando el hombre lo ayudó a levantarse, y se apoyó en su brazo para poder caminar por el pasillo. Cerró los ojos y suspiró al ver otra vez las enormes puertas de madera de la sala del Wizengamot. Ojalá se despertara pronto y muriera de una vez por todas.
El guardia abrió una de ellas y la atravesó, sin soltarlo. Draco volvió a abrir los ojos y recorrió las gradas con la mirada. Su madre volvía a estar en el banco del público, junto a tres pelirrojos. Ron Weasley, su hermana, y una mujer mayor que recordaba haber visto en la Batalla de Hogwarts. Sería su madre, pero Draco no sabía su nombre.
¿Qué demonios hacían los Weasley ahí? ¿Y por qué la señora Weasley estaba hablando con su madre?
De repente, le llegó un aroma dulzón y levemente ácido que solo había olido en una ocasión, hacía algo más de un mes. Todo su cuerpo se tensó de inmediato y buscó con ansiedad entre la gente, hasta que vio a las dos personas que estaban sentadas en el banco de los testigos.
Draco rechinó los dientes mientras el guardia le ayudaba a sentarse en la silla que habían colocado dentro de la jaula y la cerraba con un movimiento de varita.
Potter era un maldito traidor y lo pagaría muy caro. Estaba ahí sentado, evitando mirar hacia la jaula, y con su mejor amiga a su lado.
Hermione Granger.
Joder.
Draco suspiró. Simplemente por poder olerla ya se sentía un poco menos débil.
—Señor Malfoy, estamos todos aquí reunidos de nuevo para realizar la revisión de su condena. La Señorita Granger presentó un recurso hace dos días y ha sido admitido.
Draco entrecerró los ojos, mirando hacia el banco de los testigos con furia. Si tuviera su varita... los mataría a ambos. ¿Cómo se atrevían a hacerle eso?
Hermione no pestañeó, respondiendo a su mirada con la misma intensidad.
—¿Hay algo que quiera decir antes de comenzar? —preguntó la misma mujer rubia de la otra vez, que volvía a estar sentada al lado del ministro.
McGonagall también estaba allí, observando a Draco con los labios fruncidos.
Él suspiró, sacudiendo la cabeza.
—Rechazo todo esto. Llevadme de vuelta a Azkaban —contestó con voz rasposa.
Un murmullo se extendió por la sala, pero Hermione se puso de pie antes de que nadie pudiera contestar.
—No vas a rechazar esto, Malfoy. Me ha costado mucho conseguirlo —dijo, acercándose a la jaula.
Draco frunció el ceño y su rostro se oscureció.
—Lo que sea que te ha dicho Potter, es mentira. Aléjate de mí —gruñó entre dientes, apretando los puños.
Hermione lo ignoró y miró hacia donde estaba el tribunal.
—Draco Malfoy mintió en el juicio.
—¡Cállate, Granger! ¡Yo no he pedido nada de esto! —gritó Draco, enfadado.
—¡No, cállate tú!
Draco se quedó congelado al escuchar su respuesta y Hermione aprovechó la oportunidad.
—Tiene sangre Veela y no quería que nadie lo supiera, por eso se declaró culpable —prosiguió, girándose para mirar hacia las gradas. —Y, según parece, yo soy su compañera.
Draco se levantó de un salto, agarrándose a los barrotes de la jaula para poder mantenerse de pie.
—¡Eso es una puta mentira! —rugió con furia.
Hermione giró la cabeza y lo miró, haciendo que Draco se estremeciera por culpa del contacto visual. Se acercó un poco más, recorriendo los pocos metros que todavía la separaban de la jaula, y los ojos de Draco centellearon con un brillo peligroso.
—Si te acercas más, te haré daño —le advirtió con voz grave.
Ella ignoró la amenaza y dio cuatro pasos más, hasta que estuvo cara a cara con él.
—¿De verdad vas a hacerme daño? —preguntó en voz baja, levantando su mano derecha y acercándola a los barrotes.
—¡Basta! ¡Señorita Granger!
Hermione pestañeó, mirando de nuevo hacia donde estaban los miembros del Wizengamot. Varios de ellos estaban de pie, algunos con los rostros muy pálidos, y tres aurores habían sacado sus varitas y apuntaban hacia Draco. Los dos guardias de la puerta también las tenían en la mano y se estaban acercando muy despacio hacia ellos. Narcissa estaba muy pálida y la señora Weasley le estaba susurrando algo en el oído.
—Tranquilos, sé lo que hago —dijo, volviendo a mirar a Draco.
Sus ojos grises la miraban fijamente con odio. Perfecto.
—¿Eres peligroso, Malfoy? ¿Me vas a atacar?
Draco apretó la mandíbula, como si estuviera intentando no contestar, y movió la cabeza de un lado a otro sin dejar de mirarla. Hermione metió la mano dentro de la jaula, acercándola al rostro de Draco. Él jadeó y echó la cabeza hacia atrás, evitando el contacto.
Quería dejar de mirarla, pero simplemente no era capaz. No podía ni pestañear.
—¿Soy tu compañera?
Draco asintió en silencio.
—¿Qué es lo que está haciendo, señorita Granger? ¿Qué tiene que ver todo esto con el juicio? —preguntó uno de los miembros del Wizengamot.
—Pronto lo entenderán todos. Las Veelas no pueden mentir a sus compañeras, al mirarlas a los ojos ven sus almas y les resulta imposible hacerlo. Mientras mantenga el contacto visual, Malfoy solo puede decir la verdad —explicó Hermione, con sus ojos fijos en los de Draco.
Ella tampoco estaba pestañeando. Draco cuadró los hombros y Hermione supo que, si las miradas pudieran matar, ella ya estaría muerta.
—¿Cómo demonios sabes eso? —preguntó él, agarrando los barrotes con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Hermione le dedicó una pequeña sonrisa.
—Déjame tocarte, por favor.
Draco no respondió, pero volvió a acercar su cuerpo a los barrotes y Hermione puso una mano sobre su mejilla. En cuanto ella rozó su piel, cada célula de su cuerpo reaccionó y un escalofrío le recorrió la espalda. Él aguantó la respiración y sus ojos grises se abrieron al máximo. Mierda, otra vez iba a transformarse.
—Solo quiero ayudarte —susurró ella.
—¿Por qué? Yo no soy nadie para ti.
—Porque quiero pensar que tú harías lo mismo por mí si las cosas fueran al revés.
Draco resopló, colocando una mano sobre la suya. La de Granger era suave y pequeña, y toda su sangre estaba ardiendo bajo su piel por estar tan cerca de ella.
—Esto va a ser mucho peor que lo que me esperaba en Azkaban —contestó en un susurro, sintiendo que todo su cuerpo empezaba a hormiguear.
Hermione negó con la cabeza, mirándolo fijamente.
—Todo saldrá bien.
Draco gruñó, alejando su mano. Sus uñas se estaban alargando y no quería arriesgarse a hacerle daño a Granger. Con la otra destrozó la camiseta gris y blanca que llevaba puesta. Los trozos de tela cayeron al suelo y él apretó los dientes con fuerza.
Al menos el dolor no era tan horrible como la primera vez, y parecía estar sucediendo más rápido. Sintió que la piel de su espalda se desgarraba y consiguió no gritar. Sus enormes alas se extendieron todo lo que pudieron dentro de la jaula, rodeando su cuerpo.
Hermione jadeó al ver las plumas plateadas por el rabillo del ojo, pero no dejó de mirar a Draco. Sus iris también estaban cambiando, volviéndose brillantes y plateados, y su mandíbula se afiló.
Ella movió el dedo pulgar, acariciando su mejilla para intentar tranquilizarlo. Su piel ahora era tan suave como el terciopelo.
Ninguno de los dos se había dado cuenta, pero varias personas habían chillado y los periodistas que había en la sala no paraban de hacer fotos. Narcissa tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados, enfadada con los malditos fotógrafos, y Harry era de los pocos que seguía sentado. Confiaba plenamente en Hermione.
—¡Es una Veela! —gritó la mujer rubia del tribunal, asustada.
—No. Tiene sangre Veela, que es diferente. Pero sigue siendo humano —respondió Harry, levantándose y mirando a aquella mujer con mala cara.
Su mirada se cruzó con la de Narcissa y ambos se dedicaron una sonrisa.
—Que traigan una dosis de Veritaserum. Esta vez, el acusado no podrá mentir —propuso uno de los miembros más antiguos, señalando con su cabeza a uno de los guardias.
Antes de que se moviera, Hermione habló.
—No es necesario, esto es tan efectivo como el Veritaserum. Ahora mismo, Draco Malfoy no puede mentir.
Sus miradas seguían conectadas y Draco estaba respirando muy deprisa. Seguía mirándola con mala cara, pero estaba empezando a tener mejor aspecto. Su piel estaba recuperando algo de color y las ojeras se estaban difuminando.
—¿Es eso cierto? —preguntó Kingsley.
—Contesta a su pregunta, por favor —susurró Hermione.
Draco cuadró la mandíbula. Le resultaba muy difícil negarse a algo si se lo pedía ella, y parecía que Granger lo sabía. Seguramente ya lo sabía todo sobre las Veelas... estaba bien jodido.
—Sí, es cierto. No puedo mentir —admitió entre dientes.
—Hazle las preguntas, Hermione —murmuró Kingsley, volviendo a sentarse.
Ella asintió, exhalando despacio. Estaba muy nerviosa, no sabía lo que pasaría en cuanto rompiera el contacto visual.
—¿Has matado a alguien alguna vez, Draco?
Él se encogió al escuchar su nombre dicho por ella y sus alas plateadas temblaron.
—No.
Se oyeron jadeos en las gradas, pero Hermione los ignoró.
—¿Qué pasó con Albus Dumbledore? ¿Y con los dos muggles que encontraron cerca de tu casa?
Draco apretó los labios, cerrando y abriendo los puños. Sus propias uñas se le estaban clavando, pero no le importaba.
—Lo intenté, el Señor Tenebroso me lo había pedido. Tenía que hacerlo, o nos mataría a mi madre y a mí... pero no pude. Snape lo hizo por mí, él fue quien mató a Dumbledore aquella noche.
Varias personas empezaron a cuchichear entre ellas mientras Draco seguía hablando.
—No tengo ni idea de lo que pasó con esos muggles. Supongo que algún mortífago los asesinó antes de entrar en mi casa, y los dejó allí.
—¿Por qué los dejaste entrar en Hogwarts?
—Tenía que hacerlo. No podía fallar, mi vida y la de mi madre estaban en juego.
Hermione asintió, sintiendo que le escocían cada vez más los ojos. Pero no pestañeó.
—¿Y a nosotros? ¿Por qué no nos identificaste cuando nos capturaron? Nos reconociste, pero no dijiste nada.
Draco tragó saliva.
—Sí, sabía quienes erais... pero no podía hacer eso. Os habrían matado a los tres, y Potter era el único que podía derrotar al Señor Tenebroso. Habría sido el fin para todos.
—¿Entonces, aunque te unieras a los mortífagos, no apoyabas su causa?
—Tras lo que pasó en el Departamento de Misterios, cuando mi madre me lo contó... no quería apoyar a un loco al que le parecía bien matar a niños de quince años. Pero me obligaron a recibir la marca tenebrosa y todo empeoró. Las cosas en las que había creído durante toda mi vida... eran una gran mentira.
Hermione tragó saliva, recordando cuando ella y sus amigos se enfrentaron a los mortífagos en quinto curso. Y Lucius Malfoy estaba entre ellos.
—¿Y los intentos de asesinato? ¿Katie y Ron? —preguntó, sin dejar de mirar a Draco.
Una lágrima estaba cayendo por su mejilla, pero no quería moverse. Draco alzó una de sus manos y la limpió con suavidad, evitando que sus garras rozaran la piel de Hermione. Ella suspiró, revivir todo eso le resultaba bastante doloroso. Tenía una cicatriz en el costado como recuerdo de esa batalla en el Departamento de Misterios.
Draco hizo una mueca antes de responder, bajando el brazo de nuevo.
—El collar y la botella no eran para ellos, eran para Dumbledore. No pretendía hacer daño a nadie más.
—Gracias por decir la verdad —susurró Hermione, intentando sonreír.
—No me has dejado otra opción, Granger —murmuró Draco con fastidio.
Hermione pestañeó y se alejó un paso, dejando de tocar a Draco. Él jadeó y se agarró a las barras de acero más fuerte, mirando a su alrededor.
—Todos lo habéis oído, Draco Malfoy es inocente. No es un asesino y lo que hizo fue bajo amenaza. Exijo que se le deje en libertad enseguida, tal como se hizo con su madre —dijo Hermione, mirando a los miembros del tribunal.
—¡Silencio! —exigió la mujer rubia, golpeando su mesa.
Todos los que estaban hablando se callaron. Algunos miraban a Draco con curiosidad, otros con miedo... y otros no podían ocultar el odio que mostraban sus rostros.
—¿Los dos testigos confirman lo que ha dicho el acusado? —preguntó Kingsley.
Hermione asintió.
—Sí, todo es cierto. Yo vi con mis propios ojos a Draco Malfoy cuando intentó matar a Dumbledore, pero no fue capaz. Y también sé que nos reconoció aquél día en su mansión, cuando decidió no delatarnos —dijo Harry, caminando hasta ponerse al lado de Hermione.
Pasó un brazo por su cintura y ella apoyó la cabeza en su hombro, suspirando.
Ambos escucharon un jadeo por detrás y se giraron, viendo que Draco tenía una mano sobre el pecho y estaba respirando con dificultad. De un salto, Harry se alejó de su amiga.
Hermione aprovechó ese momento para fijarse mejor en su cuerpo, ahora que ya no tenía que mirarlo a los ojos. En el pecho tenía cuatro cicatrices que lo atravesaban por completo. Hermione frunció el ceño y miró de reojo a Harry, que también estaba observando a Draco con la mandíbula apretada.
Claro, aquel conjuro con el que Harry le atacó sin saber lo que era. Draco sobrevivió, pero le habían quedado esas cicatrices.
El jurado estaba debatiendo todo lo que habían escuchado en susurros y Narcissa se retorcía las manos con nerviosismo. Pasaron unos minutos en completo silencio, hasta que Kingsley volvió a ponerse de pie.
—Hemos decidido cambiar la condena del acusado. No tendrá que volver a Azkaban, pero pasará dos años en periodo de prueba. Un auror se encargará de comprobar todos los días que está en su domicilio, y solo podrá salir acompañado por un trabajador del ministerio.
—Me ofrezco para ser ese auror —dijo Harry, levantando la mano.
Draco resopló, murmurando algo entre dientes. Hermione entendió algo parecido a "ese maldito Potter me las va a pagar".
—¿Podrá ser cualquier trabajador del ministerio? —preguntó ella.
Kingsley asintió.
—Sí, Hermione. Incluso tú podrás acompañarlo cuando necesite salir.
—Que traigan un formulario 1026-D. Hermione Granger y Draco Malfoy deben firmarlo para que quede constancia de que están unidos como compañeros.
Hermione palideció.
—Yo no... no he aceptado ser su compañera.
Escucharon a alguien atragantarse y Hermione se giró, asustada. Draco se había puesto completamente blanco, sus labios se estaban volviendo azules y parecía estar ahogándose.
—Sa-sabía que esto se-sería mucho pe-peor —consiguió decir con voz ronca, jadeando.
—¡No! Espera, no me refería a eso —dijo Hermione, corriendo hacia la jaula.
Sujetó una de sus manos a través de los barrotes, apretándosela con suavidad.
—No te estoy rechazando, Malfoy. Solo digo que no quiero ser tu compañera por ahora. Primero necesitamos hablar sobre muchas cosas, y a solas —añadió, mirando a su alrededor mientras su entrecejo se arrugaba. —Tengo algunas condiciones y muchas preguntas.
—Condiciones —repitió Draco, volviendo a respirar con normalidad poco a poco.
—Sí. ¿Puedes aceptar eso? —preguntó Hermione, mirándolo a los ojos.
Draco desvió la vista y asintió.
—Estoy bien. Tranquila, Granger.
Ella suspiró con alivio y giró la cabeza hacia donde estaban los miembros del Wizengamot. El Ministro se aclaró la garganta.
—Draco Malfoy, le declaramos inocente de todos los cargos. Sin embargo, formó parte de una organización criminal y utilizó una maldición imperdonable, por lo que estará bajo vigilancia durante dos años. Cualquier movimiento en falso y volverá a Azkaban. ¿Lo ha entendido? —preguntó Kingsley, observándolo con rostro serio.
Draco asintió, poniendo los ojos en blanco.
—Al ser una criatura, a partir de ahora tiene prohibido usar una varita. Será confiscada y podrá recogerla algún familiar.
Hermione abrió mucho los ojos.
—¡Pero eso no es justo! ¡Él es humano, necesita su varita!
—¡Silencio! —exigió la mujer rubia, mirando a Hermione con mala cara.
Narcissa se puso de pie y miró directamente al Ministro de Magia.
—Yo recogeré todas sus cosas —dijo, asintiendo.
—Lo mismo se aplica a partir de ahora a su marido, Señora Malfoy. Cuando Lucius salga de prisión, no podrá utilizar su varita.
Narcissa se cruzó de brazos, resoplando con suavidad. Hermione estaba furiosa, apretando los puños y mirando al tribunal mientras se mordía la lengua para no decirles todo lo que pensaba.
—No importa, Granger. Las leyes mágicas son así.
Al escuchar ese susurro, ella se giró para mirar a Draco con fuego en los ojos.
—Las leyes pueden cambiarse, Malfoy.
Harry sonrió. Malfoy no tenía ni idea de lo que Hermione era capaz de hacer, ni el Wizengamot tampoco.
