hadramine: gracias :)
Majo 1989: muchas gracias!
Sally : jajaja si, los del ministerio no saben lo que se les viene encima con Hermione xD
SD Sandra D: Jaja sí, les toca hablar a solas
Monica: Me alegro de que te esté gustando tanto! :)
NoraCg: yo también adoro a Hermione! Y no puedo contestar a tu duda, sigue leyendo :P
Parejachyca: jajaja intento actualizar, pero no puedo hacerlo más de una vez a la semana. Tengo poco tiempo para escribir con el trabajo :(
Capítulo Cinco
Otra oportunidad
Draco suspiró. Estaba muy cómodo, demasiado. Estiró una mano, disfrutando de la suavidad de las sábanas.
Espera... ¿sábanas de seda?
Abrió los ojos lentamente. Lo primero que vio fue su mesita de noche, donde había un vaso de agua pero no estaba su varita. Al mirar hacia arriba, observó el dosel blanco de su cama.
Pestañeó con confusión, mirando a su alrededor, y de pronto lo comprendió.
No había sido un sueño. Realmente había salido de Azkaban, y ahora estaba en su cuarto.
Y Hermione Granger lo había tocado.
Draco se llevó la mano a la mejilla, recordando cuando ella le había acariciado ahí durante el juicio. Hacía semanas que no se sentía tan bien, y todo gracias a que Granger se había acercado a él.
Resopló, frotándose la cara con las manos y sentándose en la cama.
—¡El amo se ha despertado por fin!
A Draco no le dio tiempo de contestar, el elfo desapareció con un crujido. Poniendo los ojos en blanco, se levantó y entró en su cuarto de baño, encendiendo el grifo del agua caliente.
En cuanto la enorme bañera de mármol estuvo llena, se metió en el agua. El aroma a lavanda siempre le relajaba, por lo que cerró los ojos.
Estaba muy cansado.
Cuando le faltaba poco para quedarse dormido otra vez, unos golpes en la puerta le despertaron.
—¿Draco?
—Ya voy —contestó, terminando de lavarse el pelo.
Salió del baño envuelto en su bata verde oscura y vio que su madre estaba sentada en el borde de su cama, que ya estaba hecha.
Narcissa esperó hasta que él se sentó a su lado y lo miró a los ojos.
—¿Sigues enfadado?
Él apretó los dientes, entrecerrando los ojos y evitando la mirada triste de su madre.
—Potter y tú me habéis traicionado, los dos. No volveré a confiar en vosotros nunca más.
Narcissa resopló, poniéndose de pie hasta estar frente a él. Sujetó su barbilla con una mano, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Escúchame bien. Si pensabas que tu madre te iba a dejar morir, estabas muy equivocado. Harry tan solo me ha ayudado y le estoy muy agradecida. Estás vivo y libre, y eso es lo único que me importa.
Draco se rio sin ganas.
—¿Vivo? ¿Durante cuánto tiempo, madre? Sabes lo que me pasará si ella no me acepta, y sabes que será mucho más doloroso que morir en Azkaban.
—Tienes que darle tiempo. Ella te ha ayudado y está dispuesta a seguir haciéndolo.
—Porque ahora me ve como una criatura, solo soy un proyecto más para Granger. ¡Liberar a los elfos domésticos y a la Veela Malfoy! —rugió él, levantándose y mirando a su madre con ojos furiosos.
Ella se estremeció y Draco pestañeó varias veces, confundido. Se acercó despacio a su madre hasta abrazarla.
—Lo siento, no quería asustarte. Nunca perderé el control contigo, madre —susurró, apoyando la frente en su hombro.
Narcissa le rodeó con sus brazos, sonriendo.
—No puedes enfadarte tanto o te transformarás. Tienes que tener cuidado —respondió en voz baja.
Draco asintió y ambos se separaron, pero Narcissa sujetó una de sus manos.
—Creo que ha llegado el momento de que leas el libro que escribió Giorgio Malfoy —dijo, saliendo de su cuarto con él y caminando por el pasillo del ala este.
Los ojos grises de Draco se abrieron más y arqueó sus cejas.
—¿Él escribió un libro? ¿Mi antepasado Veela?
—Sabía que su hijo y sus futuros descendientes tendrían problemas al tener su sangre, por lo que dejó por escrito todos los secretos que tan solo las Veelas conocen.
—¿Y por qué nunca he visto ese libro?
—Porque está escondido. Sería peligroso si alguien de fuera de la familia lo leyera, es mejor que esas cosas no se sepan —contestó Narcissa, apretando su mano.
Entraron juntos en el antiguo despacho de Lucius Malfoy y Narcissa se acercó a un espejo cuadrado. Tocó la superficie del cristal con su varita tres veces, recitando unas palabras, y tras eso su mano atravesó el cristal como si fuera agua.
—Ahí dentro también está tu varita y la de tu padre. Tú eres un Malfoy, con tan solo decir el encantamiento podrás atravesar el escudo y cogerla —explicó mientras sacaba un pequeño libro de ese escondite.
—No puedo tocar mi varita, madre. Sabrán si lo hago —respondió Draco, cruzándose de brazos.
—Si algún día estás en peligro y la necesitas, no dudes en usarla. Sigues siendo tú, mi hijo, a pesar de lo que diga ese tribunal de ineptos.
Draco sonrió, cogiendo el libro que su madre le estaba ofreciendo.
—Puedes empezar a leerlo, pero Harry me dijo que vendría temprano a por ti. Tienes papeleo que hacer en el Ministerio— comentó Narcissa, dirigiéndose a la puerta del despacho.
Draco resopló, arrugando la nariz al pensar en Potter.
—Sé amable con él, Draco— pidió ella antes de cerrar la puerta.
—No lo mataré. Se puede considerar afortunado —respondió él, abriendo el pequeño libro plateado.
Era como un diario escrito en italiano. Las páginas estaban envejecidas y la tinta un poco descolorida.
Draco frunció el ceño y se sentó en uno de los sillones, con sus ojos fijos en el libro.
Hermione estaba en su despacho, en la cuarta planta del Ministerio de Magia. Sobre su mesa había varios libros abiertos que había estado leyendo la noche anterior junto a la chimenea. Harry y Ginny se habían quedado dormidos en el sofá de al lado, hasta que ella los despertó y los tres se fueron a dormir.
Estaba escribiendo en un pergamino, muy concentrada, cuando sonaron dos golpes en su puerta. Hermione dejó la pluma sobre la mesa y suspiró.
—Adelante.
La puerta de madera se abrió y entró Draco Malfoy. Llevaba uno de sus trajes negros y tenía mucho mejor aspecto que el día interior. Su pelo estaba recuperando el color rubio y volvía a estar limpio y lacio, peinado hacia un lado. Todavía tenía ojeras bajo los ojos y estaba pálido, pero no tanto como antes.
Hermione disimuló la tensión que sentía, cuadrando los hombros y tratando de ser profesional.
—Siéntate, Malfoy. ¿Quién te ha traído?
—Potter ha venido a recogerme —contestó él, con la mirada baja y sentándose en una de las sillas que había frente a su escritorio.
Ella siguió observándolo. Parecía bastante enfadado, tenía los puños apretados y sus ojos grises clavados en el suelo.
—¿Cómo estás?
Silencio. Hermione se mordió el labio con nerviosismo.
—No tenías derecho a hacerme esto. Ni tú, ni Potter —gruñó él de repente.
—Pues yo te veo mucho mejor que ayer, y además ya no estás en prisión. Deberías estar contento.
—Potter ha respondido lo mismo —murmuró Draco, poniendo los ojos en blanco y resoplando.
Hermione suspiró, sacando varios folios de una carpeta roja. Los colocó delante de él, sobre la mesa, y le acercó una pluma.
—Tienes que rellenar esto, tenemos que registrarte como semihumano. Supongo que prefieres que lo haga yo, pero si no te puede atender alguno de mis compañeros.
—No. Al menos sé que tú, la gran defensora de las criaturas mágicas, no vas a juzgarme —contestó Draco con voz burlona.
Ella apoyó la espalda en su silla, esperando. Él torció los labios y sacó un papel del bolsillo de dentro de su chaqueta, dejándolo en la mesa.
—¿Te han hecho las pruebas? —preguntó Hermione, mirando ese papel con curiosidad.
Draco asintió.
—¿Y bien? —insistió ella.
Él ladeó la cabeza, mirándola por primera vez.
—Según los análisis, soy un 50% Veela.
Hermione jadeó, abriendo mucho los ojos.
—¡Eso es muchísimo! He visto el registro de tu padre y él solo es un 35% Veela —dijo, cogiendo el papel y leyéndolo muy rápido.
—Lo sé. Supongo que los genes son más fuertes en mi caso —contestó él, encogiéndose de hombros.
—¿Tu padre también puede transformarse?
—Sí, pero hay algunas diferencias entre él y yo.
Hermione asintió, asumiendo que Malfoy no iba a explicárselas aunque se lo preguntara. Volvió a dejar el papel sobre su mesa, poniéndole el sello de su departamento. Draco suspiró y empezó a escribir en el formulario, rellenando todos sus datos.
—¿Y tu varita? —preguntó ella.
Él levantó un segundo la vista, mirándola a los ojos, y volvió a concentrarse en los papeles.
—Está en casa. Mi madre la tiene guardada en un lugar seguro.
—La recuperarás, Malfoy.
—Lo dudo.
Hermione guardó silencio, debatiendo internamente todas las preguntas que le quería hacer. Draco suspiró.
—Si tienes algo que decir, adelante, Granger.
—¿Me odias?
La mano izquierda de Draco se desvió, dejando una línea de tinta sobre el papel. Él maldijo en voz baja y Hermione agitó su varita, borrando lo último que había escrito.
—No —respondió Draco, sin apartar la vista del papel y volviendo a escribir.
—Puedes mirarme, Draco. No voy a volver a usar lo del contacto visual, pero me gustaría que fueras sincero.
Sus ojos grises se fijaron en ella, recorriendo su rostro lentamente.
—¿Te molesta que te llame Draco?
Él negó con la cabeza.
—¿Y a Harry? ¿Lo odias?
Draco entrecerró los ojos.
—Me gustaría acabar con él lentamente por lo que ha hecho, pero no. Ya no odio a nadie.
—¿Qué es lo que ha hecho?
—Traicionarme.
Hermione arrugó el entrecejo, algo confundida.
—Me hizo una promesa, Granger. Y no la ha cumplido.
—¿Promesa? ¿Qué promesa?
Draco apretó la mandíbula antes de contestar.
—Tú no debías enterarte de nada de esto.
Hermione puso los ojos en blanco, inclinándose sobre su mesa.
—No te entiendo, la verdad. Si yo no me hubiera enterado, seguirías encerrado en Azkaban. ¿No es mejor así?
Draco bajó la mirada y firmó en la parte baja del folio, empujándolo hacia Hermione. Ella resopló, sabiendo que él no iba a contestarle.
—Hoy mismo completaré tu registro y ya podrás hacer vida normal.
Draco alzó las cejas con una sonrisa falsa en el rostro.
—¿Vida normal? —repitió con voz grave.
—Bueno, casi normal. Estoy trabajando en una nueva ley a favor de las criaturas mágicas más inteligentes, Malf... Draco. Cuando consiga que la aprueben, volverás a ser considerado un ser humano y podrás usar tu varita.
Él se cruzó de brazos, desviando la mirada hacia la única ventana de la habitación.
—Si hemos terminado, iré a buscar a Potter para poder volver a casa —murmuró entre dientes, poniéndose de pie.
Justo cuando abrió la puerta del despacho, escuchó unos pasos y su voz.
—¡Malfoy! ¡Espera!
Él se dio media vuelta, bajando la mirada al suelo y suspirando.
—¿Qué quieres?
Hermione frunció el ceño, golpeándolo suavemente en un brazo, y Draco dio un respingo.
—Entiendo que estés enfadado, pero tan solo intento ayudarte. No seas tan borde.
Los ojos grises de Draco la observaron con desconfianza.
—Lo siento. Necesito tiempo para aceptar todo lo que ha pasado, Granger.
Hermione se quedó sin aliento al escuchar a Draco pidiendo disculpas. Era algo que, desde que lo conoció en Hogwarts, había pensado que jamás pasaría.
—No importa. Oye... ¿Es incómodo cuando te toco? ¿Duele? —preguntó ella cuando fue capaz de hablar otra vez, preocupada por la reacción que acababa de ver.
—No.
—Ayer, cuando Harry me abrazó en el juicio, parecía que te costaba respirar.
Draco apartó la mirada de ella, apoyando la espalda en el marco de la puerta, y Hermione se fijó que era mucho más alto de lo que recordaba.
—Ver que otro te toca sí es doloroso. Mi padre no me había avisado de eso —comentó en un susurro, vigilando que las personas que pasaban por el pasillo no estuvieran pendientes de su conversación y evitando mirar a Hermione.
—Oh, no tenía ni idea. Intentaré tener cuidado.
—Yo tampoco lo sabía, Granger. Parece que es solo si te veo, por lo que puedes hacer lo que quieras cuando yo esté lejos.
—Lo tendré en cuenta —contestó Hermione, asintiendo y mordiéndose el labio inferior mientras pensaba. —Para recuperarte del todo necesitas pasar tiempo cerca de mí... ¿verdad? —preguntó en voz baja.
Draco asintió. Tenía los brazos cruzados y estaba mirando en dirección al pasillo.
—He pensado que podría ir a recogerte cada tarde, y podemos tomar el té juntos en el Callejón Diagon. Creo que podríamos ayudarnos mutuamente. Me vendría bien tu opinión para el proyecto de ley que estoy preparando, y a ti te ayudará tenerme cerca.
—Como quieras —respondió él, dando un paso atrás para alejarse un poco de ella.
Su olor dulce cubría cada rincón de esa habitación, y Draco no sabía si eso podría provocar que se transformara otra vez.
—No creo que tardes mucho en volver a sentirte completamente bien. Podemos intentar ser amigos y llevarnos bien, tal vez eso sea suficiente.
Draco hizo una mueca.
—¿Amigos? —repitió, apretando los labios.
—Estoy dispuesta a empezar de cero y olvidar el pasado, Malfoy. Quiero decir, Draco —dijo Hermione, ofreciéndole su mano derecha.
Draco miró su mano fijamente, y luego a ella.
—¿Después de todo lo que te he hecho? ¿Quieres ser mi amiga?
Hermione asintió.
—Ni siquiera me he disculpado contigo —añadió él, arrugando el entrecejo.
—No espero que lo hagas. Te perdono igualmente —respondió ella, encogiéndose de hombros.
Draco cogió aire muy despacio, poniendo los ojos en blanco. Dio dos pasos hacia ella y cogió su mano, estrechándosela con fuerza. Hermione jadeó, pero no apartó la mirada de la suya.
—Los Gryffindors sois siempre tan... —murmuró Draco, sacudiendo la cabeza. —Gracias, Granger —dijo, soltando su mano.
Hermione se quedó mirándolo fijamente con atención y él le dedicó una sonrisa burlona.
—No voy a transformarme solo porque me hayas tocado.
—¿Y por qué ayer sí?
—Porque fue la primera vez.
Ella asintió, pensando en su libreta con toda la información sobre las Veelas que estaba en su mesita de noche. Necesitaba apuntar todo lo que habían hablado para recordarlo.
—Iré a la Mansión Malfoy a las cuatro.
Draco torció los labios hacia abajo, dando varios pasos atrás.
—De acuerdo —dijo, saliendo de la habitación y cerrando la puerta tras él.
Mientras caminaba hacia los ascensores para ir en busca de Potter, pensó en lo que ella le había propuesto.
No, pasar un rato juntos cada día no era suficiente. La única forma de no morir era que ella se uniera a él como su compañera... pero si Granger no sabía ese detalle, él no pensaba decírselo. No quería su lástima, ni que aceptara solo por sentirse culpable.
—Es muy raro todo esto —comentó Ron mientras troceaba su filete.
Hermione suspiró. Los tres estaban comiendo en la cafetería del Ministerio.
—Lo sé. Esta mañana cuando llegué había cinco reporteros esperándome en el Atrio, entre ellos Rita Skeeter.
—Esa arpía nunca se cansa —gruñó Harry, clavando el tenedor en su sándwich con rabia.
—Al menos sé que no va a escribir nada que sea mentira. Si lo hace, sabe que le contaré a todo el mundo que es una animaga no registrada y que acabaría en Azkaban.
Ron y Harry cruzaron una mirada y sonrieron, mirando con ojos brillantes a su amiga.
—A veces das miedo, Hermione —comentó Ron, bebiendo un poco de agua.
—Es cierto. Deberías haberte apuntado al entrenamiento de aurores con nosotros, se te daría genial —añadió Harry, asintiendo.
Ella correspondió a su sonrisa.
—Prefiero estar en donde me necesitan más.
—Hermione Granger, expandiendo la P.E.D.D.O. por todo el mundo mágico —dijo Ron con voz burlona, haciendo que Harry se riera.
Ella resopló, dándole una patada por debajo de la mesa.
—¡Ay! ¡Estaba bromeando! —se quejó Ron, apartándose de la mesa para que no pudiera volver a golpearlo.
—¡Las criaturas mágicas no son ninguna broma, Ron! ¡Es un asunto muy serio! ¡Llevan siglos siendo maltratadas y tratadas como seres inferiores! —gruñó Hermione, enfadada.
Ron puso los ojos en blanco y Harry negó con la cabeza, sonriendo.
—Dobby estaría orgulloso de ti, Hermione. Por cierto... ¿Vas a recogerlo ahora? —preguntó, mirando a su amiga.
Ron frunció el ceño y Hermione se mordió el labio inferior.
—Sí, a las cuatro.
—No entiendo por qué estás tan empeñada en ayudarlo. Malfoy no se lo merece —protestó Ron entre dientes.
Hermione lo miró fijamente y Harry se llevó una mano a la frente, suspirando. Su amigo nunca aprendería a pensar antes de hablar.
—¿Y si fuera al revés, Ron? ¿Y si yo fuera mitad Veela y necesitara a Malfoy para sobrevivir? Querrías que él me ayudara, ¿verdad?
Ron chasqueó la lengua, asintiendo.
—Pues ya sabes por qué lo hago —añadió ella, cruzándose de brazos.
—Está bien, no te enfades conmigo —murmuró él, levantando su varita y levitando las tres bandejas ya vacías hacia la zona de la barra.
Los tres se levantaron y Ron se despidió, besando a Hermione en la mejilla. Cuando se marchó, Harry se acercó a ella.
—Si me necesitas, llámame —susurró, sujetando una de las manos de Hermione y apretándosela con cariño.
Hermione asintió, sonriendo.
—Tranquilo, Harry. Malfoy no va a hacerme daño.
—Me preocupa que pierda el control contigo cerca.
—No creo que pase, siempre que está cerca de mí parece no tener emociones. ¿Y si es un oclumante? —preguntó Hermione, empezando a comprender la actitud fría de Draco.
—Probablemente lo sea. Nos vemos en casa, Ginny y yo vamos a preparar una de las recetas de Molly —comentó Harry.
Hermione asintió, viendo a su amigo alejarse hacia los ascensores. Suspiró y volvió a su despacho, recogiendo su bolso antes de bajar a la octava planta.
Una vez en el Atrio, entró en una de las enormes chimeneas con llamas verdes y cerró los ojos.
—Mansión Malfoy.
Al aparecer en el recibidor de la gigantesca mansión, Hermione sintió un escalofrío. Enseguida escuchó la voz de un elfo doméstico.
—¡Señorita Granger! El amo Malfoy está en el jardín.
Ella asintió, siguiendo al elfo por uno de los pasillos y sonriendo al ver el traje azul que llevaba puesto.
—¿Cómo te llamas?
—¡Rinny!
—Eres un elfo libre, ¿verdad?
—¡Sí! Rinny es libre desde que murió el Señor Tenebroso.
Hermione arrugó la nariz. Odiaba que se refirieran a Voldemort así.
Rinny abrió una enorme puerta de madera y señaló hacia el jardín.
—El amo Malfoy está allí leyendo, en el sauce.
Hermione abrió mucho los ojos al ver que aquel lugar estaba lleno de todo tipo de flores y plantas. Parecía un laberinto infinito con paredes de todos los colores y olores imaginables. Asintió y bajó los tres escalones de mármol, empezando a caminar por el sendero de piedra que recorría el gigantesco jardín.
Al acercarse al único sauce que había, vio que Draco estaba sentado en una de las ramas, con un libro pequeño en su regazo. Él se tensó en cuanto sintió su olor y cerró el libro de golpe, guardándolo en uno de los bolsillos interiores de su traje.
—Hola, Draco.
Él asintió, bajando de un salto.
—No me he dado cuenta de la hora, si no te habría esperado junto a la chimenea. No debe gustarte venir aquí —dijo, sacudiendo su traje y caminando hacia ella.
Hermione se encogió de hombros.
—No me importa. Mientras no pase cerca de esa... de esa habitación, me da igual estar aquí.
—Ya no existe.
—¿Qué? —dijo ella, pestañeando.
—Madre la redujo a cenizas cuando entré en Azkaban, y los elfos la sellaron con su magia poco después. Es imposible entrar en ella.
Hermione asintió, muy sorprendida. Draco pasó junto a ella, en dirección al interior de la mansión, pero se detuvo de repente. Al girar la cabeza para mirarla, Hermione vio que su rostro había perdido el color y que sus manos estaban temblando.
—¿Quién... quién te ha besado, Granger?
