Sally: jajaja buen análisis. Hermione solo quiere ayudarlo, recuerda que ella cree que Draco no la quiere de compañera.

Vic Black: Sí, van poco a poco. Ten en cuenta que no hace mucho que se odiaban

Sandra S D: Muchas gracias! Siempre anima saber que gusta lo que escribo. Te parecerán cortos, pero para mí son muy largos. Nunca había escrito capítulos de 3000 palabras, es la primera vez que lo hago


Otro capítulo más! En este hay varios invitados sorpresa :)


Capítulo Ocho

Visita indeseada


Se acercaba la hora de que Granger apareciera en la chimenea del recibidor de su mansión, como cada tarde.

Tras otros tres intentos en su biblioteca, ella por fin se había rendido. En ninguno de sus libros sobre criaturas mágicas había referencias a las compañeras de las Veelas.

Draco mojó de nuevo su pluma, escribiendo la última idea que se le había ocurrido para el proyecto de ley que estaba preparando Granger sobre el trato justo de las criaturas mágicas.

Cada vez que pensaba en esa palabra no podía evitar arrugar la nariz. Criatura.

Como si él no siguiera siendo el mismo de siempre, tan humano como el día que nació.

El puto Ministerio de Magia no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Por mucho que él tuviera sangre Veela seguía siendo humano, no había cambiado nada.

Bueno, casi nada. Hermione Granger apareció en su mente y sacudió la cabeza.

No, no podía estar pensando en ella todo el día. Todavía no conseguía entender cómo no se dio cuenta de que Granger era su futura compañera durante los años que estuvieron juntos en Hogwarts. Siempre pendiente de ella, acercándose para insultarla y siguiendo todos sus movimientos... incluso conocía sus tics nerviosos y la había visto tantas veces en la biblioteca que sabía cuáles eran sus libros favoritos.

Las señales estaban ahí, pero él no había sabido verlas. Se había limitado a odiarla, tal y como le habían inculcado en su familia. Ella era un ser humano inferior y necesitaba que se lo recordaran, y él se encargó de hacerlo durante años.

Draco suspiró, apoyando la frente sobre el pergamino y cerrando los ojos. Si hubiera actuado diferente, si no la hubiera tratado así... a lo mejor ella estaría dispuesta a darle una oportunidad.

Pero Granger lo único que quería era descubrir una forma de romper el vínculo que ahora los unía.

Por su puerta entreabierta entró el rugido lejano de unas llamas, señal de que la chimenea se había activado. Draco abrió los ojos y giró la cabeza, mirando el reloj que había en la pared.

Todavía faltaban quince minutos. No podía ser Granger, y su madre estaba en la Madriguera, visitando a Molly Weasley. Otra vez.

Extrañado, se levantó y salió de su cuarto, recorriendo el largo pasillo y descendiendo las escaleras.

Vio tres figuras cuchicheando junto a la chimenea y apretó los puños, intentando contener la rabia.

—Ya no sois bienvenidos aquí. Fuera.

Pansy, Theo y Blaise dieron un respingo al escuchar su voz y lo miraron fijamente, con sus ojos muy abiertos y algo asustados.

—Draco. Joder, andas como un fantasma. No te hemos escuchado acercarte.

Él ya había bajado todas las escaleras y estaba justo delante de ellos, con los ojos entrecerrados.

—Fuera —repitió, señalando la chimenea.

Theo levantó las dos manos.

—Espera, espera un momento. ¿No vas a dejar que te lo expliquemos?

—No tenéis nada que explicar. Me ha quedado todo muy claro después de más de dos meses sin saber nada de vosotros.

—Draco, no seas así. Sabes que teníamos miedo —murmuró Pansy, con lágrimas en los ojos.

—¡Yo también! ¡Pasé un mes entero encerrado en el sótano del Ministerio, joder! ¡Y después pensaba que iba a morir en Azkaban!

Pansy se cubrió la cara con las manos, sollozando, y Blaise pasó un brazo por sus hombros para consolarla.

—Intentamos escribirte, tío. Pero nuestras lechuzas volvían con las cartas sin abrir. No tenías permitido aceptarlas.

Draco apretó los dientes, paseando la mirada entre sus tres antiguos amigos.

—Me abandonasteis.

Pansy sacudió la cabeza con fuerza.

—¡No! No digas eso.

—Podríais haberme visitado.

—¿En Azkaban? Lo intenté, Draco. Pero solo podías tener una visita al mes, y tu madre quería ir a verte —murmuró Theo, suspirando.

Draco chasqueó la lengua.

—Estuve un mes en la celda del Ministerio.

—No nos atrevemos a poner un pie ahí, tío. Nos da miedo que, al vernos, se lo piensen mejor y nos manden a Azkaban a nosotros también —confesó Blaise en voz baja.

Draco dio unos pasos hacia ellos y los tres contuvieron el aliento.

—Hace bastante que salí de Azkaban. Llevo muchos días aquí metido, sin nada que hacer... pero ninguno de mis supuestos amigos se ha dignado a aparecer.

—Sabíamos que ibas a estar enfadado —susurró Pansy, limpiándose las lágrimas.

Draco resopló, lanzándoles una mirada de odio, y los tres se encogieron. Alzó una ceja al verlo.

—¿Me tenéis miedo?

—No, pero... no queremos cabrearte tanto como para que te transformes —contestó Theo, observando las manos de Draco con nerviosismo.

Sus uñas habían empezado a alargarse.

—Ya no soy un humano para vosotros, ¿verdad? Ahora soy una criatura peligrosa que os asusta, por eso habéis tardado tanto en aparecer por aquí —gruñó Draco con voz grave.

Su rostro se oscureció y toda su piel empezó a hormiguear. Apretó los dientes, sabiendo que iba a transformarse si no se tranquilizaba.

De repente las llamas de la chimenea se alzaron de nuevo, rugiendo y cambiando a color esmeralda. Granger salió de ellas, sacudiéndose la chaqueta.

Los tres Slytherin la miraron fijamente, boquiabiertos. Ella levantó la vista, dando un paso atrás al verlos. Sus ojos se posaron en Draco y frunció el ceño al ver que estaba furioso.

—¿Draco? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —preguntó, caminando hacia él hasta que estuvo a su lado.

Él se pasó una mano por el pelo, suspirando. El aroma de Granger era mejor que una poción calmante, sus uñas estaban volviendo a la normalidad y la rabia dentro de su cuerpo disminuía al tenerla tan cerca.

—No es nada —contestó en voz baja, volviendo a mirar a sus amigos.

Los tres se habían quedado sin palabras.

—Entonces... ¿Es cierto lo que dijeron en El Profeta? —preguntó Pansy, pestañeando varias veces y mirando de reojo a Granger.

Draco puso los ojos en blanco.

—No leo esa mierda desde que me mandaron a Azkaban.

—Yo sí, y es cierto. Aunque no deberíais creer los artículos que publica Skeeter, se ha inventado muchas cosas. Draco no es ninguna amenaza —respondió Hermione, presionando la carpeta que llevaba en el brazo contra su pecho.

Blaise seguía con la boca abierta, incapaz de comprender que ella entrara en la mansión de su amigo con tanta tranquilidad, como si fuera algo habitual.

—Así que ella es tu... —empezó Theo, tragando saliva.

—Sí —le cortó Draco.

—Pero si ella es una... una... una hija de muggles —susurró Pansy, mirando a sus otros dos amigos en busca de apoyo.

Hermione entrecerró los ojos.

—¿Eso es todavía un problema para ti, Parkinson? —preguntó con voz dura.

Blaise se rio, sacudiendo suavemente a Pansy para que se callara.

—Claro que no, Granger. Esas ideas estúpidas ya no le importan a nadie.

—Ella es igual que nosotros, Pansy. Su sangre es la misma y no pienso permitir que le faltéis al respeto. Lo único que ha hecho Granger es ayudarme, no como vosotros.

El labio inferior de Pansy empezó a temblar. Cerró los ojos y corrió hacia Draco, lanzándose sobre él y rodeando su cuello con los brazos.

—Lo siento mucho, Draco. Perdónanos, fuimos demasiado cobardes para ir a verte. Lo siento —murmuró, sollozando sobre su pecho.

Draco se tensó, pero sus hombros se relajaron al escucharla. Levantó un brazo, apoyándolo en la espalda de su amiga.

—Está bien, Pansy. Lo solucionaremos —murmuró, agachando la cabeza y hablándole en el oído.

Hermione los observaba con curiosidad. Había sentido una especie de retortijón en el estómago cuando ella se abalanzó sobre Draco, pero decidió ignorarlo.

Theo se aclaró la garganta.

—Bueno, Granger. Creo que estaría bien empezar de cero. Soy Theo, un placer —dijo, dando un paso hacia ella y ofreciéndole su mano.

Hermione lo miró, y después miró a Draco, que ya había soltado a Pansy. Él asintió.

—Creo que podré soportarlo, Granger. Adelante.

Theo levantó las dos cejas.

—¿Necesitas su permiso para estrecharme la mano?

Hermione volvió a mirarlo con mala cara.

—No, pero tu amigo siente dolor si otro hombre me toca. Por eso no quiero hacerlo.

Theo abrió mucho los ojos, sorprendido.

—Oh... vaya, no lo sabía.

Hermione suspiró, todavía dudando, pero finalmente alargó su mano y sacudió la de Theo. Draco apretó los labios, pero no dijo nada.

Ella volvió a mirarlo, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.

—¿Ha dolido?

—He sentido algo parecido a un pinchazo, pero no duele. Es soportable —contestó Draco, encogiéndose de hombros.

Hermione suspiró, aliviada, y estrechó la mano que ahora le estaba ofreciendo Blaise. Pansy también se acercó a saludarla.

—Gracias por sacarlo de allí, Granger —dijo ella, sonriendo.

Hermione correspondió a su sonrisa.

—No fue nada. Estoy segura de que Draco hubiera hecho lo mismo por mí.

Sus tres amigos volvieron a mirar hacia Draco, dedicándole una mirada llena de incredulidad.

—Lo habría hecho. Tal vez no habría sido tan amable como ella, pero no la habría dejado morir allí —se defendió él, arrugando el entrecejo.

Hermione le dedicó una gran sonrisa y el corazón de Draco se aceleró.

—Es demasiado raro ver que ahora os lleváis bien —murmuró Theo, sacudiendo la cabeza.

Blaise estaba justo al lado de Hermione, con sus ojos oscuros fijos en Draco. Levantó una mano y recorrió el antebrazo de ella con dos dedos, acariciando su piel.

Draco se estremeció, jadeando, y Hermione dio un paso atrás.

—¿Qué haces? —preguntó, enfadada. —¡Acabo de decir que siente dolor!

—No me lo creía, necesitaba comprobarlo —murmuró Blaise, todavía con sus ojos clavados en Draco.

Ella bufó y corrió hacia Draco, cogiendo una de sus manos.

—¿Estás bien?

Él suspiró, entrelazando sus dedos y asintiendo.

—Ahora sí.

Hermione sonrió, girando la cabeza y mirando a Blaise con mala cara.

—Lo siento, tío. No volveré a tocarla, lo juro —dijo él, levantando una mano.

Draco apretó la mandíbula. Tenía ganas de darle una paliza, pero el calor de la mano de Granger calmaba su enfado.

—Entonces eres mitad Veela —murmuró Pansy, sin poder despegar los ojos de sus manos unidas.

Draco asintió.

—Y necesitas estar cerca de ella para sobrevivir.

—Hasta que encontremos una solución, sí. Pero me gustaría que siguiéramos siendo amigos después de eso —contestó Hermione, moviendo la cabeza para mirarlo.

Los ojos grises de Draco la observaron un momento y después volvieron a fijarse en sus tres amigos.

—¿Alguna pregunta más? —dijo, levantando una ceja.

Los tres negaron con la cabeza.

—Bueno, nosotros... será mejor que nos marchemos. Vendremos a verte mañana, Draco. ¿Te parece bien? —preguntó Blaise, mirando a sus dos amigos con intensidad.

Theo y Pansy miraron un segundo a Draco, y después a Blaise, asintiendo.

—Sí, vámonos. No deberíamos haber venido sin avisar. Hasta mañana, Draco.

Sin decir nada más, los tres atravesaron las llamas verdes y desaparecieron.

Draco suspiró, cuadrando los hombros.

—¿Por qué estabais discutiendo cuando llegué? —preguntó Hermione en voz baja.

—No los veía desde la Batalla de Hogwarts, Granger.

Los ojos de Hermione se agrandaron.

—Ya veo —murmuró, mirando a su alrededor y suspirando.

Draco tenía los ojos fijos en el cuadro que había detrás de ella. Era un retrato de su abuelo y estaba mirando a Granger con desprecio, arrugando la nariz cada vez que ella hablaba.

—Esto... Draco... ¿Me devuelves mi mano?

Él bajó la mirada a sus manos entrelazadas un momento. Se sentía tan natural estar así con ella que ni se había dado cuenta. La miró a los ojos y vio que ella estaba esperando. Frunció el ceño y soltó su mano, dando un paso atrás.

Hermione sonrió.

—¿Nos vamos? ¿A dónde te apetece ir hoy?

Draco chasqueó la lengua, volviendo a mirar sobre su hombro en dirección al cuadro.

—Podríamos ir al Londres muggle. Allí seguro que no nos persigue ningún periodista y estamos más tranquilos.

Hermione pestañeó, asintiendo.

—Sí, es una buena idea. ¿Has estado alguna vez?

Draco sacudió la cabeza.

—Conozco un sitio que es famoso por sus pasteles de chocolate —propuso ella.

Él sonrió y volvió a mirarla. Granger ya se había aprendido alguno de sus gustos.

—Vale.

Hermione empezó a andar hacia la chimenea y cogió un puñado de polvos flu, girando la cabeza y mirando a Draco con una ceja levantada.

—Adelántate tú, Granger. Yo iré en un segundo.

Ella asintió, lanzando los polvos sobre las llamas y desapareciendo.

En cuanto estuvo solo, la sonrisa se borró de su rostro. Draco arrugó el entrecejo y cerró los puños, dando cinco pasos grandes hasta estar frente al cuadro de su abuelo Abraxas.

—La amenaza sigue en pie, abuelo. Una palabra, una sola contra ella, y te convertiré en cenizas.

Miró a su alrededor, fijándose en el resto de cuadros de esa sala y en los que había por el pasillo del fondo.

—Eso va por todos, no lo olvidéis —añadió en voz alta.

Su abuelo frunció el ceño, pero no contestó. Ninguno de los cuadros había vuelto a hablar desde que Draco les informó de que Hermione Granger iba a empezar a venir a la mansión y debían tratarla con respeto.


Hermione suspiró al aparecer en el Caldero Chorreante. Apoyó la espalda en la pared junto a la chimenea para esperar a Draco y volvió a suspirar.

¿Qué era lo que había sentido al ver a Pansy abrazándolo de esa forma? ¿Envidia? ¿Celos? ¿Tristeza?

Sacudió la cabeza, apretando los labios. No, nada de eso. Draco era su amigo, parecía mentira lo bien que se llevaban últimamente y valoraba mucho todo lo que le contaba sobre las Veelas, y sus sugerencias para mejorar el borrador de la ley en la que estaba trabajando.

Draco la escuchaba, era el primero que lo hacía. No se aburría cuando ella hablaba sin parar sobre leyes mágicas y atendía a cada una de sus palabras, aportando ideas nuevas si se le ocurría algo. Hermione se había acostumbrado a llevar una carpeta morada cuando iban a verse donde apuntaba todo lo que hablaban. Ya tenía más de veinte folios llenos de posibles mejoras para la ley y estaba muy agradecida por su ayuda.

Su mente volvió al momento en que ella había cogido su mano para calmar su dolor, recordando cómo se le había subido el corazón a la garganta cuando Draco entrelazó sus dedos. Era la primera vez que lo hacía, y ese gesto tan cariñoso la había dejado sin palabras. Y había notado que a sus tres amigos les había pasado lo mismo.

¿Sería Draco así de cariñoso con Pansy y sus otras amigas? ¿O era así con sus ex-novias?

No le dio tiempo de seguir perdida en sus pensamientos, Draco apareció entre las llamas y en dos segundos estaba a su lado.

Extendió la mano izquierda, donde llevaba un trozo de pergamino enrollado.

—Hoy he estado trabajando en esto, Granger. Échale un vistazo cuando puedas.

—¿Qué es? —preguntó ella, aceptándolo.

—Más ideas para tu ley.

Hermione lo miró a los ojos, sintiendo como su corazón se aceleraba.

Ahí estaba otra vez. Siempre tan atento, tan dispuesto a ayudarla. Los demás pensaban que esa ley era una estupidez, pero Draco no.

Una gran sonrisa se extendió por su rostro sin poder evitarlo.

—Gracias, Draco.

Él asintió, caminando hacia la puerta que conectaba ese pub con una de las calles del centro de Londres.

Hermione se apresuró a seguirlo y salió tras él. Draco llevaba uno de sus trajes, como casi todos los días, y no desentonaba entre los muggles. Parecía un trabajador más.

Recorrieron la calle juntos, muy cerca pero sin tocarse. Hermione maldijo entre dientes al notar que volvía a estar nerviosa, últimamente se sentía así cada vez que estaba a solas con él.

Lo miró de reojo, sonriendo al ver que sus ojos grises se iban fijando en todo con curiosidad. Las matrículas de los coches, la ropa de los muggles, las cabinas de teléfonos...

Estaba tan distraída que se chocó con alguien.

—¡Mira por dónde vas! —gritó el hombre, de mal humor.

Hermione sintió un brazo rodeando su cintura y contuvo el aliento al sentir el cuerpo de Draco pegado al suyo. Se había acercado y la estaba sujetando en actitud protectora, mirando a ese hombre con muy mala cara.

—Vamos, Granger. Los muggles son unos maleducados —murmuró, tirando un poco de ella.

Hermione se rio suavemente, pensando en que el Draco que recordaba de su infancia habría dicho algo muy distinto.

—Sí, lo sé. Yo solía ser mucho más maleducado contigo —añadió él, adivinando sus pensamientos.

—Eso ya está en el pasado.

La mano de Draco siguió en su espalda, empujándola suavemente y manteniéndola a su lado hasta que llegaron a la pastelería. Hermione intentó no darle importancia, esperando que él no pudiera escuchar los latidos desbocados de su corazón.

Draco abrió la puerta y se apartó, dejándola pasar primero.

Mierda, encima era todo un caballero. Bajó la mirada, sabiendo que sus mejillas debían estar rojas.

Se sentaron en una mesa cerca de las ventanas y Hermione suspiró, apoyando la espalda en la silla mientras intentaba tranquilizarse.

Draco era su amigo y llevaban poco más de dos semanas viéndose a diario. Pero ella no se sentía así cuando estaba con Harry o Ron, ni siquiera cuando le gustaba Ron había sentido algo parecido.

Él se aclaró la garganta y Hermione levantó la mirada.

—¿Qué quieres tomar?

—Aquí también vendrán a atendernos, Draco. No hace falta que te levantes.

El entrecejo de Draco se arrugó.

—¿Los camareros muggles lo llevan todo a la mesa ellos mismos?

Hermione asintió, conteniendo la risa.

—Pero... ¿Y cómo les queda tiempo para limpiar y ordenarlo todo? —preguntó Draco en voz baja, muy extrañado.

—Son muy eficientes, ya lo verás —contestó Hermione, riendo entre dientes.

Draco se cruzó de brazos, mirando a su alrededor con atención.

—¿Puedo verlo ahora? —preguntó ella, dejando el pergamino sobre la mesa.

Él asintió.

Hermione jadeó al empezar a leer. Había decenas de anotaciones, y en cada una estaba apuntado el número de página y la línea de su proyecto de ley al que hacía referencia.

Leyó en silencio durante unos segundos, asombrada.

Al levantar la vista del papel, vio que Draco estaba observando la pizarra donde tenían escritas las especialidades que tenían disponibles esa tarde.

—Draco, esto es... le has dedicado mucho tiempo —murmuró, conmovida.

Él se encogió de hombros.

—Quiero ayudarte, es lo menos que puedo hacer.

—No me debes nada.

—No lo hago por eso, Granger. De verdad quiero ayudarte, me gusta tu forma de pensar y ya era hora de que alguien intente cambiar las cosas en el Ministerio —contestó él, apoyando los codos sobre la mesa y acercándose más a ella.

Hermione no pudo evitarlo. Sonrió y extendió una mano, colocándola sobre la suya.

—Gracias, de verdad.

Draco miró un segundo su mano, y luego a ella. Su rostro había cambiado y sus mirada ahora era fría.

—De nada, Granger.

Ella suspiró, sospechando que estaba usando la Oclumancia otra vez.

—¿Qué les apetece tomar? Oh, perdón por interrumpir —comentó la camarera, mirando sus manos unidas sobre la mesa.

Hermione dio un salto, apartando la mano al instante, y Draco observó con los ojos entrecerrados a esa mujer tan inoportuna.

Últimamente Granger lo miraba de una forma diferente y, aunque intentaba controlarse, estaba empezando a tener algo de esperanzas.

Tal vez ella podría darle una oportunidad si se lo pedía, pero le asustaba intentarlo. Si le decía que no, sería demasiado difícil aceptarlo.

Y también tendría una muerte aún más dolorosa que la que le esperaba.

Tras pedir el té y un trozo de tarta para Draco, Hermione suspiró.

—¿Quieres acompañarme mañana cuando vaya a la biblioteca del Ministerio? He pedido permiso para visitarla, tal vez allí tengan libros que nos ayuden con nuestro problema.

Y las esperanzas de Draco volvieron a hacerse pedazos. No, a ella nunca se le pasaría por la cabeza la idea de ser su pareja.

Resopló, asintiendo y desviando la mirada hacia el reloj que estaba colgado detrás del mostrador. Cada día estaba empezando a sentirse más cansado, su salud estaba empeorando otra vez. Parecía que los relojes estaban marcando su tiempo límite y con cada tic la muerte estaba un segundo más cerca.