HarleySecretss: Me alegro mucho de que te esté gustando tanto!
giulianacontesso: hasta hace nada se odiaban y apenas tenían relación, es normal que todo vaya despacio
VicBlack: Sí, fue triste :(
FenilBenceno: los dos tienen que darse cuenta de muchas cosas...
Sally : Blaise fue un poquito cabrón, sí jaja
MicaelaMalfoy: Aquí tienes otro capi :)
NoraCg: jajajaja lo sé, es frustrante pero es lo normal. Los dos están confundidos, hasta hace poco no se llevaban bien y ahora están aprendiendo a aceptar su nueva amistad... todo va cambiando poco a poco
ariadnne123: Me alegro de que te guste :)
Little Hope: Sí, no voy a abandonar esta historia
Otro capítulo más! Espero que la espera haya merecido la pena, este capítulo es más intenso. En siete o diez días uno nuevo!
Capítulo Nueve
Reconectando
Cuando los tres atravesaron las llamas verdes se encontraron con Draco sentado en el sillón que había en la esquina de la habitación, esperándolos. Tenía una copa de whisky en la mano y entrecerró sus ojos al verlos.
—¿Desde cuándo desayunas eso? —preguntó Pansy, dando unos pasos hacia él.
Theo y Blaise cruzaron una mirada antes de seguirla.
Draco se bebió de un trago lo que le quedaba en el vaso, dejándolo sobre la mesita que había a su izquierda.
—Desde que estoy jodido —respondió en voz baja, observando a Pansy mientras ella se sentaba a su lado.
—¿Y Granger? —preguntó Theo con voz temblorosa, cambiando su peso de un pie a otro.
Draco lo miró fijamente, dedicándole una sonrisa que le dio escalofríos.
—Viene por las tardes. Hoy no está aquí para salvaros.
Pansy resopló, poniendo los ojos en blanco.
—No necesitamos que nos salve, Draco. No nos vas a hacer daño.
Él giró la cabeza hacia ella, frunciendo el ceño.
—¿Estás segura? —preguntó, levantando una ceja.
Pansy suspiró.
—Deja de intentar asustarnos.
Blaise se aclaró la garganta.
—Sí, para ya. No va a funcionar —añadió, mirando a su amigo rubio sin pestañear.
Draco se pasó la lengua por los dientes, cruzándose de brazos y apretando los puños.
—Si me vais a volver a abandonar, prefiero que lo hagáis ya.
Pansy sacudió la cabeza, moviéndose en su sillón hasta que pudo sujetar una de las manos de Draco entre las suyas.
—No vamos a dejarte, no volveremos a hacerlo. Estamos aquí y queremos ayudarte.
Él arrugó la nariz y apartó la mano de ella bruscamente, resoplando.
—No os creo.
Theo y Blaise se sentaron en el sofá que estaba a la derecha de Draco y el último suspiró.
—Nos lo merecemos, pero Pansy no miente. Solo hemos venido para estar contigo y saber si podemos hacer algo por ti.
Draco recorrió sus tres rostros con la mirada antes de hablar.
—Empezad por tratar con respeto a Granger a partir de ahora.
Los tres asintieron con firmeza.
—¿Qué vas a hacer, Draco? Ella no te ha aceptado todavía... ¿no? —preguntó Theo en un susurro.
Draco dejó salir un suspiro, apoyando la espalda en el sillón de terciopelo.
—No... y empiezo a pensar que no lo hará nunca.
—¿Y por qué no? Debería considerarse afortunada, después de todo eres un Malfoy. Formas parte de una de las familias más antiguas de toda Gran Bret...
Pansy dejó de hablar ante la mirada helada que Draco le lanzó.
—¿Crees que le importa eso? Solo soy el chico que la humilló durante años, burlándose de ella tan solo porque sus padres eran diferentes. ¿Piensas que se va a plantear estar conmigo después de todo lo que ha pasado?
—Nada es imposible, tío —dijo Blaise en voz baja.
Draco chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
—Esto sí. Ni siquiera le gusta venir a esta casa, le trae recuerdos de... de lo que le hizo mi tía. Pero lo hace por mí, intentando ayudarme y hacer que me sienta mejor. Granger sigue como siempre, tratando de salvar a todo el mundo —gruñó entre dientes, dejando caer hacia atrás la cabeza y fijando su mirada en el techo.
—Te equivocas.
Draco miró de nuevo a Theo, arqueando una ceja.
—¿En qué me equivoco?
—En muchas cosas. ¿Es que no has visto cómo te mira? Jamás la vi mirar así a esos dos idiotas, Weasley y Potter.
—Y además tiene una actitud muy protectora contigo —comentó Blaise, asintiendo.
Draco apretó los labios, recordando el momento en que Granger se había interpuesto entre él y sus amigos al verlo tan enfadado. Y después había corrido a su lado cuando sabía que estaba sintiendo dolor.
—Yo también soy protector con ella. Es normal, tan solo soy su nuevo proyecto. Una criatura mágica que la necesita. Granger está acostumbrada a proteger a los débiles —murmuró, encogiéndose de hombros.
—Te equivocas otra vez, Draco. Esa chica protege a las personas que quiere con uñas y dientes.
Él arrugó el entrecejo. ¿Las personas que quiere?
¿Eso significa que Granger...? No, no puede ser. Imposible.
—Estáis equivocados, pero no importa. Muy pronto os daréis cuenta —contestó, poniéndose de pie.
Cada vez le costaba más levantarse y caminar era agotador. Estaba cansado, muy cansado. Por las mañanas le costaba abrir los ojos y volvía a tener ojeras bajo sus ojos grises.
Unos días después, Draco estaba sentado en una de las salas favoritas de su madre. Tenía vigas de madera en el techo y estanterías llenas de libros y recuerdos familiares. A Narcissa siempre le había gustado comprar algo en cada país que visitaban, y tenían decenas de objetos de cada viaje que habían hecho los tres juntos. Cada verano iban a un sitio diferente, hasta que Lucius acabó en Azkaban y el Señor Tenebroso obligó a Draco a aceptar su marca. Aquel verano tras su quinto año en Hogwarts fue una pesadilla.
Pansy estaba sentada no muy lejos, leyendo un libro y mirando a Draco de reojo. Sus tres amigos iban a verlo todos los días, aunque aquella mañana solo había aparecido ella.
Suspirando, Draco se levantó y caminó hasta un mueble de madera oscura. Abrió el primer cajón y sacó un trozo de pergamino, cogiendo una pluma con su otra mano. Escribió un par de frases mientras su amiga lo observaba en silencio.
—Dark —susurró, mirando hacia la ventana que tenía frente a él.
Tan solo unos segundos después, un enorme búho real entró por ella y se posó en su hombro.
—Llévale esto —pidió Draco, atando el pergamino en una de sus patas.
La lechuza picoteó sus dedos con cariño antes de alzar el vuelo, volviendo a salir por la ventana abierta.
—¿A quién le escribes? —preguntó Pansy con curiosidad.
—A Granger —dijo él, volviendo a sentarse donde estaba antes y cerrando los ojos.
—¿Y qué le has dicho? —insistió ella.
—Que no venga hoy.
—¿Por qué?
—Necesito descansar... Estos últimos días no estoy durmiendo bien.
Pansy entrecerró los ojos, alzando una ceja. Conocía a Draco demasiado bien y sabía que estaba mintiendo.
—Voy a dormir, Pansy. Nos vemos mañana —se despidió él, incorporándose lentamente y saliendo de la habitación.
Pansy se fijó en que apretaba la mandíbula con cada paso que daba, como si le resultara doloroso andar. En cuanto Draco se perdió de vista, resopló y apretó los puños.
Él se estaba rindiendo, pero ella no pensaba hacerlo. Si nada cambiaba, ella misma iría a hablar con Granger y le contaría la verdad.
Dos golpes suaves sonaron en la puerta de su dormitorio.
—Adelante —dijo Hermione, girándose para ver a Ginny entrando a su cuarto con una bandeja entre las manos.
Ella sonrió al verla sentada en su escritorio, como siempre. Hermione tenía un bolígrafo muggle enredado entre sus rizos, sujetando su pelo en una especie de moño, y una montaña de pergaminos en un lado de la mesa. Su estantería estaba repleta de libros sobre criaturas mágicas desde que había empezado a trabajar en el ministerio, y todavía más desde que ocurrió lo de Malfoy.
—He hecho té, Hermione. ¿Quieres un poco? Estás aquí encerrada desde que llegaste, tómate un descanso y hazme un poco de caso.
Hermione sonrió, dejando lo que estaba leyendo sobre la mesa y haciendo hueco entre sus papeles y carpetas para la bandeja. Ginny correspondió a su sonrisa, dejando el té ahí y sirviendo dos tazas.
—¿Hoy no has ido a pasar un rato con Malfoy? —preguntó, sentándose en el borde de la cama con una entre sus manos.
Hermione negó con la cabeza, cogiendo la otra taza y cerrando los ojos para disfrutar del olor dulzón del té floral que siempre preparaba Ginny.
—¿Y Harry? ¿No está?
—No. Se ha ido a hablar con Narcissa —comentó Ginny, bebiendo un sorbo de su taza.
—Es raro la semana que no va a verla —comentó Hermione, suspirando.
—Lo sé. Es una relación extraña, pero a los dos les viene bien. Lo que no he conseguido asumir todavía es que esa mujer se lleve ahora tan bien con mi madre.
Hermione se rio suavemente, sacudiendo la cabeza.
—Han cambiado muchas cosas desde que terminó la guerra.
—Sí, es un alivio ver que todos están intentando pasar página y olvidar todas esas estupideces que nos separaron —contestó Ginny, asintiendo.
—Es una buena forma de asegurarse de que algo así no vuelva a pasar.
—No lo sé, Hermione... En cualquier momento podría aparecer otro loco que consiga seguidores y empiece a intentar tomar el poder otra vez.
—Si alguna vez pasa, el Ministerio estará preparado. Ahora nos tiene a todos nosotros —dijo Hermione, sonriendo al pensar en que Harry y Ron estaban destacando cada vez más entre los aurores de su rango.
Ginny sonrió, dejando la taza de té en el suelo y tumbándose en la cama con las manos extendidas.
—No me puedo creer que la semana que viene tenga que volver a Hogwarts sin vosotros.
Hermione sonrió, levantándose y caminando hacia ella.
—Te irá bien, Ginny. Y estarás con Luna.
—Algo es algo —murmuró ella, arrugando la nariz.
Hermione reprimió una carcajada y se acercó a la puerta de su cuarto, abriéndola.
—¿Te apetece una cena diferente?
Los ojos de Ginny se iluminaron.
—¿Ese indio al que fuimos el mes pasado? Pero no tienen servicio a domicilio, Hermione... y no sé cuánto tardará Harry en volver.
—Iré a por la comida, necesito estirar las piernas. Hay un punto de aparición muy cerca así que no tardaré.
—De acuerdo. Yo pondré la mesa mientras —comentó Ginny, poniéndose de pie de un salto.
Las dos bajaron las escaleras de Grimmauld Place y Hermione salió por la puerta principal, poniéndose una chaqueta marrón y perdiéndose entre las oscuras calles de Londres.
Draco abrió un ojo. Acababa de escuchar algo, como si alguien estuviera llamando a su puerta.
Volvió a cerrarlo y se giró hasta estar de lado, abrazándose a su almohada. No pensaba levantarse hasta que fuera de día.
—¿Malfoy?
Draco gruñó al escuchar la voz del pesado de Potter. La puerta crujió un poco al abrirse.
—¿Puedo pasar?
—Tú mismo, Potter —dijo, suspirando.
Harry entró en el gigantesco cuarto de Draco, observándolo todo con ojos curiosos. Siempre había pensado que habría un gran despliegue de colores Slytherin en esa habitación, pero casi todo era blanco. Hasta los muebles.
Rodeó la gigantesca cama hasta que pudo ver su rostro y se detuvo justo delante de él.
Draco abrió los ojos, mirando a Harry con mala cara. Él tenía el entrecejo arrugado.
—¿Qué quieres?
—Tu madre dice que llevas todo el día aquí metido, desde que vino Parkinson a verte esta mañana.
—Sí, y pienso seguir durmiendo así que lárgate.
Harry bufó.
—¿Qué te pasa, Malfoy? ¿Estás empeorando otra vez?
Un gruñido sordo resonó en el pecho de Draco y Harry puso los ojos en blanco.
—Tienes que hablar con ella de una maldita vez, dile lo que sientes. Hermione ha cambiado en estos últimos meses, habla mucho de ti y...
Harry se quedó callado cuando Draco se incorporó de golpe con los ojos muy abiertos.
—¿Qué pasa?
Él no contestó. Se puso de pie sobre el colchón y desvió la mirada hacia el balcón de su cuarto, respirando cada vez más rápido. Harry se fijó en que sus uñas se estaban alargando y retrocedió unos pasos, hasta que su espalda chocó con la pared.
—¿Qué demonios ocurre, Malfoy?
Draco apretó los puños y cerró los ojos, jadeando. Sus enormes alas plateadas salieron de su espalda, destrozando la camiseta de su pijama.
—Ella está en peligro —murmuró con voz grave, saltando al suelo.
A Harry no le dio tiempo de asimilar sus palabras. Draco agitó sus gigantescas alas y salió disparado, atravesando el cristal.
Harry corrió hasta la ventana, pisando los trozos de cristales y saliendo al pequeño balcón de piedra. Miró hacia arriba, viendo su figura alada desapareciendo entre las nubes.
Sacó su varita y cerró los ojos, pensando en un recuerdo feliz. Su patronus salió de la punta y el enorme ciervo de luz flotó ante él, esperando sus instrucciones.
—Ron, parece que a Hermione le ha pasado algo. Nos vemos en Grimmauld Place, no tardes.
El ciervo se alejó a toda velocidad, flotando en dirección a la Madriguera. Harry apretó los dientes y salió del dormitorio a toda prisa, en busca de Narcissa.
Esperaba que Malfoy se estuviera equivocando y que Hermione estuviera bien. Además... ¿Cómo podía saber eso? ¿Acaso era capaz de leer su mente?
Hermione guardó el cambio en su bolsillo y sonrió, despidiéndose de aquel camarero. Salió de nuevo a la calle, con la bolsa llena de comida india en una de sus manos, y empezó a caminar en dirección a la que era su casa desde hacía meses.
Aquella noche la ciudad estaba muy solitaria, aunque no estaba exactamente en el centro de Londres. La casa Black se encontraba algo apartada, en un barrio de las afueras. Al atravesar un callejón, le dio la impresión de que alguien la estaba siguiendo. Metió la mano derecha en su bolsillo, sujetando su varita con fuerza, y se detuvo de golpe.
Al girarse, no había nadie. Estaba completamente sola, igual que en su camino hacia el restaurante. No se había cruzado con otro ser humano, solo con un par de gatos que vivían en la calle de al lado.
Hermione suspiró, sacudiendo la cabeza. Su mente todavía estaba en alerta constante e iba a ser difícil dejar de vivir así, vigilando su espalda a cada momento. Soltó su varita y siguió andando. En menos de diez minutos estaría compartiendo una cena deliciosa con Ginny.
Al girar en una esquina, sintió una sensación muy extraña recorriendo su cuerpo. De repente, fue como si el tiempo se congelara. Sus piernas no respondían, era incapaz de moverlas. Hermione jadeó, intentando mover sus brazos. Tampoco pudo hacerlo.
—Menuda suerte tenemos, Jack. Es la mismísima chica de oro.
Hermione se estremeció al escuchar esa voz burlona y levantó la mirada. Frente a ella estaban dos hombres, uno tenía una sonrisa malvada en el rostro y el otro la miraba fijamente.
—¿Qué me habéis hecho? —preguntó ella en voz baja, sorprendiéndose al ser capaz de hablar.
—¿Te gusta? Es una nueva maldición que hemos inventado. Paraliza todas tus extremidades, pero sigues pudiendo mover la cabeza. Es muy útil para asaltar a los muggles.
—Deberíamos silenciarla también, Matthew —comentó el otro, frunciendo el ceño y levantando la varita.
—No, a ella no. Quiero escuchar su voz.
Hermione apretó los dientes cuando el hombre sonriente se acercó a ella, metiendo las manos en sus bolsillos.
—Veamos que tienes por aquí... una bolsa con algunos galeones que nos vendrá genial, unas llaves y... tu varita —dijo, sacándola y lanzándola lo más lejos posible.
Hermione abrió la boca, preparada para gritar.
—Si haces ruido no saldrás de esta con vida —le advirtió el hombre, poniendo un dedo sobre sus labios.
Ella sintió una oleada de pánico recorriendo todo su ser. Estaba completamente indefensa, y todo por haberse relajado un momento.
—¿En qué estás pensando? —preguntó el que se llamaba Jack, colocándose al lado de su amigo.
Matthew bajó la mirada por el cuerpo de Hermione, levantando una ceja al volver a mirarla a los ojos.
—Parece que tienes un cuerpo bonito, señorita perfecta. No sé por qué lo escondes tras esa ropa muggle —murmuró, bajando la cremallera de su chaqueta.
Hermione cerró los ojos con fuerza, intentando controlar su respiración. Tenía que convencerlos de que la dejaran irse.
—Si me soltáis ahora, no le diré a nadie lo que ha pasado.
—¿Soltarte? —repitió Matthew, riendo entre dientes. —Jamás pensé que caería en mis manos la hija de muggles más famosa de Gran Bretaña, y no pienso desperdiciar una oportunidad así.
—Apuesto a que todavía es virgen —comentó el otro, colocándose detrás de Hermione y empezando a quitarle la chaqueta.
—¡Soltadme!
—Te lo advertí. Silencius.
Hermione jadeó al sentir que se quedaba sin voz y Matthew volvió a sonreír. Escuchó como su bolsa llena de comida india caía al suelo y sintió unas manos en su cintura, empezando a levantarle la ropa.
—No va a ser rápido, sangre sucia. Nos gusta tomarnos nuestro tiempo con esto —susurró el hombre que estaba a su espalda, sujetando su garganta con ambas manos para que no pudiera moverse.
Hermione pestañeó y varias lágrimas cayeron por sus mejillas. No quería llorar, pero se sentía muy débil. Solo había estado tan indefensa en una ocasión, cuando fue torturada por Bellatrix.
Las manos de aquel hombre subieron por su espalda, buscando el cierre de su sujetador.
Hermione cerró los ojos, pidiendo que todo terminara lo más rápido posible.
Escuchó algo rasgando el aire y las cuatro manos desaparecieron de su cuerpo. Los dos hombres gritaron y ella abrió los ojos, viéndolos tirados en el suelo y haciendo gestos de dolor.
—Malditos hijos de puta —gruñó alguien a su lado, con su voz rezumando odio.
Hermione giró la cabeza y sus ojos se abrieron como platos al ver a Draco. Estaba transformado en Veela y tenía las dos varitas de aquellos hombres en la mano. Utilizó una para liberar a Hermione del conjuro y después las partió por la mitad, tirando los trozos de madera a los pies del que se llamaba Matthew.
Agitó las alas, elevándose un metro en el aire con sus ojos plateados fijos en ellos. Eran tan brillantes que parecían estar hechos de mercurio líquido, ningún humano tenía unos ojos así. Hermione se secó las lágrimas, sintiendo un gran alivio al ver que ya podía moverse. Volvió a levantar la mirada y se quedó sin aliento al ver que las manos de Draco parecían tener luz propia. Empezaron a surgir llamas de su piel, hasta que tuvo una bola de fuego en cada palma de su mano.
Draco gruñó y levantó una, preparado para lanzarla contra esos dos hombres. Hermione reaccionó y se colocó delante de él.
—¡Draco! Espera, no lo hagas. Deja que yo me encargue de esto —pidió, mirándolo a los ojos.
Sus iris plateados la contemplaron un segundo y pareció enfurecerse más todavía.
—Apártate, Hermione. Van a morir —sentenció con voz grave.
