lovetherock: Muchas gracias :)

Sandra S D: Entiendo que te guste mucho la historia y comprendo que quieras más capítulos, pero no me gusta sentirme presionada ni que me metan prisa. Si no actualizo es porque no tengo tiempo y no puedo, escribo estas historias simplemente porque me gusta hacerlo y compartirlas con todxs vosotrxs. Siempre intento actualizar una vez a la semana, pero tengo una vida aparte de escribir aquí y a veces pasan cosas que no me dejan tiempo libre o me quitan las ganas de escribir. Espero que lo entiendas.

Vic Black: A ver lo que pasa ahora...

MicaelaMalfoy: Gracias a ti por leer!

HarleySecretss: Está bastante cabreado, sí xD

LizzyMalfoy92: ¿Y qué más pruebas quiere Draco para darse cuenta de que Hermione siente lo mismo? Jaja los dos no se dan cuenta de nada


Capítulo Diez

Confesiones


Las llamas alrededor de sus manos estaban aumentando y las dos bolas de fuego eran cada vez más grandes.

Hermione se mordió el labio inferior, todavía muy sorprendida porque él la había llamado por su nombre. Era la primera vez.

—Nadie va a morir.

Miró a su alrededor y vio su varita a lo lejos, justo detrás de Draco.

—¡Accio!

La varita voló hasta su mano y ella se giró, apuntando a esos dos hombres.

—Incarcerous.

Unas cuerdas salieron de la punta de su varita, atándolos de pies y manos.

Los dos miraban a Draco con sus ojos llenos de terror. Tenían varios cortes sangrantes en el rostro y los brazos. Marcas de sus garras.

Hermione agarró la varita con fuerza, girando la cabeza para encarar a Draco otra vez. Sus ojos plateados parecían perforarla, pero no se había movido. Seguía agitando sus preciosas alas, manteniéndose a un metro de altura.

—Confía en mí. No merece la pena que vuelvas a Azkaban por su culpa.

Draco gruñó, inclinándose hacia delante y planeando hasta estar justo a su lado. Aterrizó junto a ella y cerró los puños, haciendo que las llamas desaparecieran al instante.

—Necesito que paguen por lo que te han hecho.

—No me han hecho nada, has llegado justo a tiempo.

—Tienen que pagar, Granger. Te han tocado sin tu permiso —insistió él, sin despegar su mirada de aquellos hombres y enseñándoles los dientes.

Hermione se fijó en sus colmillos, más largos de la cuenta y afilados. Ella asintió, apuntando a uno de ellos otra vez.

—Obliviate.

De su cabeza empezó a salir una especie de humo verde que la varita de Hermione fue absorbiendo. Recuerdos.

Cuando se sintió satisfecha con el resultado apuntó al otro e hizo lo mismo, hasta que los dos tuvieron la mirada perdida en la lejanía y dejaron de intentar escapar.

—¿Qué has hecho? —preguntó Draco en un susurro, arrugando el entrecejo y acercándose más, hasta que sus brazos se rozaron.

—Pensaba borrarles tan solo el recuerdo de haberte visto, para que no te delaten... pero lo he borrado todo. Ya no recuerdan ser magos ni haber ido a Hogwarts.

Draco miró a Hermione un momento, y después desvió su mirada hacia aquellos hombres. Una sonrisa torcida curvó sus labios.

—Perfecto, Granger. Puede que eso sea mejor que la muerte.

Ella se encogió de hombros y arrugó la nariz, llevándose una mano al cuello. Todavía le dolía, ese hombre la había agarrado con demasiada fuerza.

Draco volvió a fruncir el ceño y chasqueó la lengua.

—Mejor nos vamos de aquí.

Hermione chilló cuando él se agachó un poco, colocando uno de sus brazos alrededor de sus piernas y levantándola. Su otro brazo le sujetó la espalda y Hermione se ruborizó cuando tuvo la cabeza contra su pecho.

—Espera! Accio! —gritó ella, apuntando hacia todo lo que había esparcido por el suelo.

La bolsa llena de comida y sus cosas flotaron hasta su regazo y, sin decir nada, Draco alzó el vuelo y no se detuvo hasta estar entre las nubes. Hermione cerró los ojos, asustada. Iba demasiado rápido, era tan terrorífico como ir en una escoba.

Sus brazos la sujetaban con firmeza y suavidad al mismo tiempo, y su calor corporal la envolvía, protegiéndola del frío. Cuando se relajó un poco, abrió los ojos.

Todo era un borrón a su alrededor, estaban volando a toda velocidad. Se concentró en observar su rostro, bastante diferente a cuando estaba en su forma humana.

El color de sus ojos era increíble, le asustaba y le fascinaba a la vez. Era exactamente el mismo que el de sus alas, que se agitaban en su espalda y rasgaban el aire mientras planeaban. Toda su piel era blanca, aunque sus labios no habían perdido el color. El contorno de su mandíbula se había afilado, lo que le hacía parecer más temible. Pero Hermione nunca se había sentido en peligro al estar cerca de él, al contrario. Su presencia le transmitía tranquilidad y seguridad, lo sintió el mismo día de su segundo juicio, cuando se transformó delante de todos.

—Draco.

Él disminuyó la velocidad al escuchar su voz, mirándola a los ojos.

—¿Cómo me has encontrado?

Draco apretó la mandíbula, mirando de nuevo al frente.

—Hablaremos de eso cuando estés bien.

—Estoy bien —contestó ella, arrugando el entrecejo.

Él negó con la cabeza y volvió a volar muy rápido, apretándola más contra su pecho. Hermione cerró los ojos, concentrándose en su propia respiración y en los latidos del corazón de Draco para tranquilizarse.

Sintió que estaban descendiendo antes de lo que esperaba y, al abrir los ojos, vio que estaban sobrevolando los jardines de la Mansión Malfoy.

Draco atravesó una ventana rota y la soltó con suavidad. Ella se puso de pie, dejando la bolsa en el suelo y observando a su alrededor.

—Reparo —murmuró, apuntando a la ventana.

Cada uno de los trozos de cristal volvieron a su sitio y, en pocos segundos, estaba como si nunca se hubiera roto.

—Iba camino de Grimmauld Place. Tengo que volver, Ginny estará preocupada —comentó mientras se daba la vuelta.

Draco la observaba sin decir nada, apretando los puños y clavándose sus propias uñas.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, confundida.

—Tienes... tienes marcas —gruñó él entre dientes, haciendo un movimiento con la cabeza para señalar su cuello.

Hermione se llevó la mano a la garganta y recordó todo lo que había pasado. Todavía estaba en shock y no había reaccionado, pero el peso del asalto de esos hombres cayó sobre ella de golpe. Jadeó, sintiendo como las lágrimas se acumulaban en sus ojos.

—Me... me siento sucia —susurró, intentando no llorar.

Los ojos de Draco centellearon y un rugido resonó en su pecho.

—Puedes usar mi baño. Lávate, traeré ropa de mi madre para ti.

—De verdad, debería irme —insistió ella, pensando en Ginny y en Harry.

—Potter sabe lo que ha pasado y aquí tengo varias pociones que te quitarán esas marcas. Cuando estés bien, podrás irte —contestó él, plegando las alas en su espalda y abriendo la puerta de su habitación.

Al quedarse sola, Hermione suspiró. Sacó de nuevo su varita y la agitó, conjurando su patronus. Se quedó boquiabierta al ver que la figura azulada que flotaba alrededor de ella no era su nutria, sino una enorme águila.

Al ver sus alas extendidas, le recordó a las alas plateadas de...

Hermione sacudió la cabeza, mirando al águila fijamente.

—Harry, estoy bien. Draco me ha encontrado y pronto volveré a casa. No os preocupéis por mí.

El águila dio una vuelta más alrededor de ella, atravesando el cristal de la ventana y perdiéndose entre la oscuridad de la noche. Hermione se quedó contemplándola unos segundos, escuchando cómo su corazón latía a toda velocidad.

Su patronus había cambiado. ¿Cuándo había ocurrido?

No conseguía recordar la última vez que lo utilizó, pero estaba segura de que había sido antes de la Batalla de Hogwarts.

Resoplando, dio unos pasos hacia la puerta que había señalado Draco y la abrió. Un enorme baño de mármol blanco la esperaba detrás, las luces se encendieron solas en cuanto ella entró.

Hermione dejó salir un suspiro tembloroso y cerró la puerta, empezando a quitarse la ropa. Más lágrimas cayeron por sus mejillas mientras ignoraba la gigantesca bañera y se metía en la ducha, abriendo el grifo.

El agua caliente relajó sus músculos y ella cerró los ojos, usando el jabón para frotar su piel con demasiada fuerza. Se sentía sucia, marcada. Aquellos hombres la habían tocado, y podrían haberle hecho cualquier cosa si Draco no hubiera aparecido. Probablemente hasta estaría muerta, y todo por un despiste estúpido.

Bajó la mirada y vio que también tenía marcas rojas en su cintura, donde uno de ellos la había sujetado. Metió la cabeza bajo la ducha, dejando que el agua aplastara sus rizos y se llevara parte de su ansiedad.

Hermione escuchó un 'pop', y se giró de golpe, asustada. Sobre el lavabo acababan de aparecer varias piezas de ropa perfectamente dobladas, seguramente obra de Rinny. Volvió a cerrar los ojos y empezó a lavar todo su cuerpo por tercera vez.

No conseguía quitarse esa sensación desagradable de su piel.


En cuanto salió de su habitación, Draco escuchó unos tacones resonando por el pasillo.

—¡Draco!

Su madre apareció, corriendo hacia él con sus ojos azules llenos de pánico. Draco dio unos pasos hacia ella y la rodeó con sus brazos cuando la tuvo cerca.

—Estoy bien, Madre. Estamos bien —corrigió, pensando en Granger.

Ella se alejó un poco, sujetando su rostro entre sus manos.

—¿Qué ha pasado? No puedes salir de aquí sin ir custodiado, si el Ministerio se entera...

—No se enterarán, nadie me ha visto —respondió él, frunciendo el ceño.

Narcissa bajó la mirada, recorriendo el pecho desnudo de su hijo con la mirada y fijándose en sus alas.

—Rinny.

El pequeño elfo apareció al instante junto a ella.

—El amo Draco ha vuelto —saludó, inclinándose levemente.

—Deja de llamarme amo —gruñó Draco, cruzándose de brazos y acercándose a una de las ventanas para distraerse.

Su entrecejo se arrugó al ver un águila hecha de humo azulado sobrevolando el sauce en dirección sur. ¿De quién era ese patronus y qué hacía allí?

—Necesito que traigas dos de mis camisas y las dos faldas de cuando era joven, y lo dejes todo en el baño de Draco. Pero que ella no te vea hacerlo, es mejor no molestarla ahora.

El elfo asintió, desapareciendo con un chasquido.

—¿Cómo sabes...? —empezó Draco, pero su madre lo interrumpió.

—Estaba en la entrada esperando noticias de Harry o tuyas y os he visto llegar volando. Se está duchando, ¿verdad?

Draco asintió, volviendo a desviar la mirada.

—¿Qué es lo que ha pasado?

—Si hablo de ello, no me voy a tranquilizar nunca —confesó Draco en voz baja, cerrando los puños otra vez.

Narcissa avanzó hacia él, colocando una mano en su pecho, justo donde tenía el corazón.

—Respira, Draco. La has encontrado a tiempo y solucionaremos este... pequeño desastre.

Draco resopló, mirando a su madre a los ojos.

—Necesito algunas de mis pociones, ella... ella tiene... las necesito.

—¿Las que tú mismo creaste?

—Sí.

Narcissa suspiró, apartándose.

—Ve a por ellas. Hablaremos cuando Hermione se haya marchado, te estaré esperando.

Tras una última mirada, Draco empezó a recorrer el pasillo en dirección a la planta baja, donde estaba su estudio de pociones.

Desde cuarto curso, lo había usado para experimentar y practicar todo lo que aprendía en Hogwarts. Era el mejor en esa clase, solamente Granger conseguía igualarlo algunas veces y le gustaba practicar las pociones que iban a hacer en el siguiente curso para intentar superarla.

Draco sacudió la cabeza, intentando no pensar en esos recuerdos. Estaba tan claro... había tenido a su compañera delante de sus narices todos estos años, siempre había habido algo que le hacía fijarse en ella. Aunque creyera que era simplemente porque la odiaba por ser una sangre sucia, en el fondo siempre había sospechado que había algo más. El resto de hijos de muggles no le molestaban tanto como ella, ni vigilaba sus movimientos como hacía con ella desde que la vio por primera vez en aquella clase de pociones con Snape.

Vuelve. Vuelve y mátalos. A los dos.

Draco apretó la mandíbula e ignoró a la voz de su conciencia, que seguía exigiendo venganza.


Hermione se miró en el espejo. Tenía los ojos rojos de tanto llorar y la ropa de Narcissa era demasiado sofisticada para ella.

No estaba acostumbrada a llevar algo tan elegante, pero la falda y la camisa eran justo de su talla.

Abrió la puerta del baño y vio a Draco apoyado junto a su chimenea, con varios frascos en una mano. Volvía a ser humano y se había cambiado de ropa, poniéndose uno de sus trajes negros.

Hermione se ruborizó al pensar que ese era su cuarto, y que él se había vestido allí mientras ella estaba dentro del baño.

En cuanto sus miradas se cruzaron, ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas otra vez. Sollozando, corrió hacia él y apoyó la cabeza en su pecho, agarrándose a su camisa con las dos manos.

—Gracias, Draco. Me has salvado.

Él no dijo nada. Estaba totalmente quieto, con sus ojos grises fijos en ella.

—Aunque no puedes salir de tu casa sin estar acompañado, y has usado una varita. Sé que no podrán rastrearla porque la has roto, pero... ¡Te has arriesgado a acabar en Azkaban! —añadió ella, levantando la cabeza y golpeándole suavemente en el pecho con un puño. —Si alguien te hubiera visto, o si esos dos hubieran contado lo que ha pasado, ni siquiera yo habría podido sacarte de allí otra vez.

Draco pestañeó varias veces, frunciendo el ceño. Hermione volvió a apoyar la frente en su pecho, rodeándolo con sus brazos.

—Pero te agradezco que te hayas saltado las normas, no sé que habría pasado si no hubieras aparecido.

—¿Eres bipolar, Granger? —preguntó Draco con voz burlona.

Ella se rio con suavidad, golpeando de nuevo su pecho. Cogió aire un par de veces antes de dar dos pasos atrás, sonriendo.

Los ojos de Draco bajaron hasta su cuello y su rostro se ensombreció. Hermione tragó saliva y miró de reojo su ropa sucia, que llevaba en una mano.

Él se acercó y, cuando volvió a mirarlo, vio que sus ojos estaban cambiando de color, volviéndose plateados.

—No te transformes otra vez, Draco —susurró, sin saber qué hacer para tranquilizarlo.

Él negó con la cabeza y cogió la ropa de Hermione, alejándose un poco y levantando el brazo. Su mano derecha estalló en llamas y ella jadeó, llevándose las manos al rostro. En cuestión de segundos la ropa había desaparecido y solo quedaba un pequeño rastro de cenizas a los pies de Draco.

—¿Puedes usar tus poderes sin estar en tu forma Veela?

—Eso parece. No lo sabía... hay muchas cosas que he descubierto hoy —admitió Draco, dando unos pasos hacia ella y mostrándole los dos frascos que llevaba en la otra mano. —Esta te ayudará a relajarte, y esta otra hay que echarla sobre tus heridas. Se curarán al instante.

Hermione asintió, caminando hasta el sofá que había junto al balcón y sentándose en él, con las dos pociones en sus manos. Tenía muchísimas preguntas, pero decidió dejarlas para otro momento. Tras quitarle el tapón a la azul, se la bebió de un trago. Al mirar a Draco, él tenía una expresión inescrutable.

—¿Te la bebes sin preguntar lo que es?

—Confío en ti —respondió ella, encogiéndose de hombros.

Los labios de Draco se curvaron en una pequeña sonrisa y dio unos pasos, agachándose delante de ella.

—Déjame que te ayude con esto —pidió en voz baja, cogiendo la poción de color rojo que parecía ser un poco pastosa.

Hermione suspiró y apartó sus rizos aún mojados de su cuello. Draco echó un poco de esa poción en sus dedos y los levantó, hasta tocar la zona donde estaban esas marcas rojas.

Era una sensación rara, como si quemara un poco, pero no llegaba a doler. Hermione no dijo nada mientras él extendía esa pasta roja por su garganta.

—Hará efecto en cuanto se absorba.

Hermione asintió, bajando la mirada y levantando un poco su camisa por el lado derecho.

—También tengo un poco aquí —susurró, mostrándole los moratones que tenía en la cadera.

Escuchó a Draco gruñir, pero no habló mientras aplicaba un poco más de la poción en esa zona.

—¿Alguna herida más? —preguntó, levantando la mirada.

Hermione negó con la cabeza, sonriendo al sentir como el dolor estaba desapareciendo.

—Gracias.

Él asintió, volviendo a tapar el frasco y guardándolo en uno de sus bolsillos.

—¿Cómo se llama? —preguntó Hermione, intentando recordar si había leído sobre esa poción en algún libro.

—No tiene nombre. La inventé hace un par de años.

Los ojos de Hermione se abrieron mucho y Draco se apresuró a explicarse.

—La he probado muchas veces, no es peligrosa.

—No es eso, ya te he dicho que confío en ti. ¿Creas tus propias pociones?

—Los veranos aquí eran aburridos —contestó él, encogiéndose de hombros mientras se levantaba.

Hermione desvió la mirada hacia la bolsa blanca, donde estaba la comida india que debería estar cenando con Ginny. Le parecía tan lejano... pero no había pasado ni una hora desde que la había comprado.

Volvió a mirar a Draco, fijándose en las oscuras ojeras que había bajo sus ojos y en que sus manos temblaban, aunque intentara disimularlo cerrando los puños.

—Estás debilitándote otra vez, ¿verdad? —preguntó, mirándolo a los ojos.

Draco chasqueó la lengua, desviando la mirada a la chimenea.

—No importa.

—Claro que importa, Draco. Si una hora al día no es suficiente, deberías habérmelo dicho. Podrías venirte unos días a Grimmauld Place, no creo que a Harry le importe y hay habitaciones de sobra. Así estarás cerca de mí más tiempo y podremos seguir investigando juntos la forma de romper el vínculo. Somos amigos y quiero ayudarte, yo...

—Ya basta —gruñó Draco, dando unos pasos atrás y sacudiendo la cabeza con fuerza.

Hermione pestañeó, sin poder entenderlo.

—¿Qué pasa? ¿No quieres que te ayude?

—¿Amigos, Granger? Eso es lo único que puedo ser para ti, ¿verdad? No hay forma de romper el vínculo, deja de decir eso.

Hermione palideció, estrujando la falda de Narcissa entre sus dedos.

—¿Por qué no me lo dijiste? He leído más de treinta libros intentando buscar una solución... ¿y ahora dices que no existe? ¿Qué hemos estado haciendo todas estas semanas? ¿Perdiendo el tiempo? —preguntó, poniéndose de pie y mirándolo con mala cara.

Draco suspiró, sacudiendo la cabeza y sujetando uno de sus brazos.

—No puedo hacer esto, Granger. No puedo seguir así —murmuró mientras la obligaba a moverse, saliendo al pasillo.

La luz de la luna iluminaba los retratos de sus antepasados, que los observaban con curiosidad mientras pasaban.

—Es imposible, y prefiero pasar el tiempo que me queda con mi madre —añadió Draco, deteniéndose frente a la chimenea de la entrada.

—Pero entonces... vas a morir, ¿no? —preguntó ella en un susurro, con voz temblorosa.

Draco le pasó la bolsa llena de comida. Hermione le había lanzado un conjuro al salir del restaurante y todavía estaba caliente.

—Acepté mi muerte hace muchos meses —dijo él, encogiéndose de hombros.

Dio unos pasos atrás, dando media vuelta y mirando hacia el pasillo principal de la mansión.

—Gracias, por todo. Espero que el Wizengamot apruebe tu ley... deberían escucharte.

Empezó a alejarse y Hermione sintió que la rabia le quemaba las venas.

—¡Ni siquiera lo has intentado!

Los pasos de Draco se detuvieron.

—¿Intentar el qué?

—Yo... yo... —murmuró Hermione, titubeando.

Él volvió a avanzar hacia ella, hasta que sus rostros estuvieron solo a unos centímetros.

—¿Intentar el qué, Granger? —repitió, entrecerrando los ojos mientras la miraba fijamente.