VictoryReed: Me alegro mucho de que te haya gustado :) aún quedan muchos capítulos de esta historia y los dos tienen que pasar por muchas experiencias juntos (y por separado), espero tener más tiempo libre para seguir escribiéndola porque es mi favorita de todas las que he escrito hasta ahora
IsaMalfoy256: Muchas gracias! :)
Omi Bio: Jaja gracias!
Giulianacontesso: a mí también
Marycielo Felton: Hola! Todos mis fics siguen en proceso y los actualizo siempre que puedo :) todavía quedan muchos capítulos para el epílogo jaja, y la verdad es que aún no he decidido como va a terminar. Me alegro de que te esté gustando
Sé que ha pasado bastante tiempo desde la última actualización. Mi vida ha sido un caos total este último mes y no he tenido tiempo para escribir, pero ya he conseguido terminar otro capítulo.
Espero que os guste :)
Capítulo Catorce
El sauce
A la mañana siguiente Draco no necesitó ayuda para levantarse. Había recuperado todas sus fuerzas y se sentía mejor que nunca.
Los dos bajaron las escaleras y Hermione empezó a preparar el desayuno. Draco frunció el ceño, mirando la tetera fijamente. Nunca había intentado preparar té sin magia. Al verlo, ella sonrió.
—Tienes que ponerla en el fuego y esperar a que el agua hierva. Después tan solo hay que echar el té —explicó Hermione, encendiendo el fogón con un golpe de su varita.
Él puso los ojos en blanco y metió la tetera bajo el grifo. Todavía estaba de mal humor por lo que había pasado la noche anterior.
Escuchó los pasos de alguien por el pasillo y se giró justo a tiempo para lanzarle una mirada de odio a Ginny.
Ella se detuvo en el umbral de la puerta de la cocina, levantando las manos.
—No me mires así, Malfoy. Es justo como mirabas a Hermione cuando estábamos en Hogwarts.
Draco entrecerró los ojos y chasqueó la lengua, dándole la espalda.
Ginny y Hermione intercambiaron una mirada, y la segunda tuvo que desviar la mirada para no reírse.
Harry no tardó en entrar y sentarse al lado de su novia.
—Jamás imaginé que algún día Malfoy me prepararía el desayuno —bromeó, levantando las cejas.
Draco dejó la tetera sobre la mesa dando un golpe demasiado fuerte.
—Sigue soñando, Potter —murmuró, pasándose la lengua por los dientes.
Harry le dedicó una pequeña sonrisa y él puso los ojos en blanco, sentándose justo frente a ellos.
Hermione levitó la comida hacia la mesa y se sentó junto a Draco.
—¿Vais a ir a la Madriguera hoy? —preguntó, mirando a sus amigos.
Ambos asintieron.
—Tengo que empezar a preparar todo lo que me voy a llevar a Hogwarts —dijo Ginny, arrugando la nariz.
Draco resopló y ella le lanzó una mirada de odio.
—¿Deseando perderme de vista, Malfoy?
—No veo el momento.
Hermione suspiró, dándole un codazo.
—No seas borde, Draco.
Él apretó los labios, pero bajó la mirada a su desayuno y no dijo nada más.
Una vez que Harry y Ginny se marcharon, Draco suspiró y apoyó la espalda en su silla.
—Yo también voy a marcharme. Quiero ir a casa y pasar un rato con mi madre.
Hermione asintió, sintiendo un pequeño nudo en la garganta al pensar que iba a pasar el día sola.
—Si necesitas algo, avísame —contestó, poniéndose de pie y agitando la varita para limpiar la cocina.
Draco asintió y salió de aquella habitación, subiendo las escaleras para cambiarse de ropa. Volvió a bajar poco después y, al asomarse al salón, vio que Hermione estaba sentada en uno de los sillones con un libro en su regazo.
—Me voy ya, Granger.
—Vale, hasta luego.
Ni siquiera lo había mirado, algo no iba bien. Draco arrugó el entrecejo.
—¿Quieres venir a comer con nosotros?
Ella levantó la mirada al instante.
—¿Puedo?
—Pues claro que puedes, Granger. Pero sé que no te gusta estar allí.
—Ya te dije que, mientras no me acerque a esa sala, no me importa.
Draco se cruzó de brazos.
—Tengo varios asuntos privados que tratar con mi madre, pero mientras podrías quedarte en la biblioteca o en los jardines.
Los ojos de ella se iluminaron.
—Adoro esa biblioteca.
—Lo sé —dijo él, sonriendo.
Hermione correspondió a su sonrisa y dejó el libro a un lado, levantándose. Cogió su abrigo del perchero y un puñado de polvos flu, lanzándolos sobre la chimenea.
—Mansión Malfoy —dijo Draco, y las llamas verdes los envolvieron a ambos.
En cuanto aparecieron en el recibidor, él sujetó una de las manos de Hermione y caminó hacia el pasillo de la derecha, recorriendo con la mirada los cuadros de sus antepasados.
Todos tenían los ojos cerrados y estaban fingiendo estar dormidos, menos el último de ellos.
El de su padre.
Lucius Malfoy le dedicó una mirada de odio a Hermione, pero afortunadamente ella no se dio cuenta. Draco abrió una de las puertas de la biblioteca y se giró hacia ella.
—Vendré a buscarte en un rato. Si te apetece ir a otro sitio, puedes hacerlo. Rinny te ayudará si lo llamas.
Hermione asintió con los ojos muy abiertos.
—¿Puedo ir a donde quiera? —repitió, asombrada.
Draco le dedicó una sonrisa burlona.
—Ya hemos dejado claro que confiamos el uno en el otro, ¿no?
Ella también sonrió y sus mejillas se sonrojaron.
—Respecto a esa segunda cita, Granger —dijo él, dando un paso hacia delante.
Ella tuvo que levantar la barbilla para mirarlo a los ojos.
—¿Sí?
—Dijiste el lunes, pero... ¿qué tal esta noche?
Hermione asintió, aún ruborizada.
—Llamaré para reservar una mesa en el restaurante muggle que te comenté.
Él frunció el ceño y la sonrisa de Hermione se amplió. Abrió su bolso y sacó algo de metal con forma rectangular, mostrándoselo.
—Esto es un teléfono, Draco. Los muggles los utilizan en vez de las lechuzas y a mí me encantan. Es mucho más rápido, aunque no funciona si hay magia cerca. Por ejemplo, aquí no tengo cobertura —explicó, tocando unos botones y haciendo que una parte del aparato se iluminara.
Draco observó aquel objeto con curiosidad y ella se acercó más, enseñándole la pantalla.
—¿Lo ves? Aquí guardo el número de Harry, él tiene otro. Y Ron puso un teléfono en el cobertizo de la Madriguera hace unos años para poder hablar con Harry, pero ahora casi nunca lo utiliza.
—Entonces, si yo tuviera uno... ¿Podría hablar contigo siempre que quisiera? —preguntó él, levantando las cejas.
—Sí, pero si estoy en el Ministerio no funcionará. En la casa Black tampoco, ni aquí.
Draco arrugó la nariz.
—Entonces no sirve de mucho.
Hermione se rio, ladeando la cabeza.
—La verdad es que yo solo lo utilizo para hablar con mis padres y mis primos.
Los ojos de Draco buscaron los suyos.
—Nunca me has contado lo que pasó con tus padres, Granger.
Ella suspiró.
—Esta noche podemos hablar de ellos.
Él asintió, retrocediendo sobre sus pasos.
—Voy a buscar a mi madre. A las doce servirán el almuerzo en el porche que hay en la parte trasera del jardín.
Hermione pestañeó mientras Draco desaparecía por las puertas de la biblioteca.
Se encogió de hombros y caminó por el pasillo central, buscando en los estantes alguno de los libros que quería leer.
Draco estaba algo distante desde la interrupción de Ginny, pero esperaba que volviera a actuar como siempre aquella noche.
—No fui capaz de resistirme, madre.
—Tranquilo, Draco.
Él sacudió la cabeza.
—No puedo perder el control con ella, pero cuando me tocó...
—No pasa nada si la besas.
—¿Y si no puedo parar?
Narcissa sonrió, sujetando el rostro de su hijo entre sus manos.
—Respira hondo y escúchame. Por mucho que te domine tu sangre Veela, jamás harías algo que hiciera sentir incómoda a Hermione. Te lo aseguro, Draco. Tu padre perdió el control un par de veces al principio, pero siempre se detenía sin que yo tuviera que pedírselo. Tú también lo hiciste el día que la abrazaste, ¿verdad?
Draco asintió. Recordaba muy bien aquella tarde, cuando había dejado de ocluir a petición de Granger.
—En cuanto te diste cuenta de que ella estaba asustada, te alejaste. Todo irá bien, no te preocupes más por eso.
Él suspiró y se sentó en uno de los sofás. Su madre no tardó en estar a su lado.
—Aparte del beso interrumpido, ¿Qué tal fue todo anoche?
Draco arrugó la nariz al pensar en la maldita novia de Potter.
—Ella dijo que está dispuesta a intentarlo. Primero quiere que salgamos un tiempo, para ver si somos compatibles. Si todo va bien, aceptará ser mi compañera.
—Eso es un buen comienzo, Draco —dijo Narcissa, sujetando una de sus manos y dándole un apretón cariñoso.
Él dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo.
—Estoy intentando no ilusionarme.
—Hacía mucho que no te veía tan feliz —comentó ella, sonriendo.
Draco resopló.
—Estos dos últimos años no eran difíciles de superar. Cualquier cosa es mejor que tener a un loco viviendo en tu casa y amenazando a tu familia.
Narcissa apartó uno de los mechones rubios de su frente, suspirando.
—¿Has leído ya la carta de tu padre?
El rostro de Draco se endureció.
—No.
—Deberías hacerlo. Hace más de un mes que me la dio para ti.
—No me interesa saber lo que piensa de Granger.
—Dale una oportunidad, Draco. Tu padre solo quiere que seas feliz.
—¿Sí? ¿Eso es lo que quería cuando decidió seguir al Señor Tenebroso y meterlo en nuestras vidas? —siseó él, levantando la manga izquierda de su jersey negro.
Su madre hizo un gesto de dolor al ver la Marca Tenebrosa.
—Cometió muchos errores, pero ha aprendido de ellos.
—Sabes que él estuvo en la batalla del Departamento de Misterios. ¿Y si hubiera atacado a Granger? ¿Y si ella hubiera muerto aquel día?
Narcissa apretó la mandíbula.
—Tu padre nunca atacó a esos niños, Draco. Aquella noche solo levantó su varita contra la Orden del Fénix.
—Y acabó en Azkaban, y yo tuve que aceptar esta marca para que tú y yo siguiéramos vivos —gruñó entre dientes, volviendo a cubrir su brazo izquierdo.
—Tienes mucho resentimiento dentro, hijo. Te sentirás mejor cuando seas capaz de perdonarlo.
Draco se puso de pie, sacudiendo la cabeza.
—No sé si podré. Necesito estar solo un rato, madre. Granger está en la biblioteca y Rinny servirá la comida a las doce.
—Me acercaré a saludarla —contestó Narcissa, asintiendo.
Draco la miró una última vez y salió de aquella sala, dirigiéndose a las escaleras. Necesitaba pensar, y solo había un lugar donde se sentía completamente seguro en aquella mansión.
—Hermione, querida.
No pudo evitar dar un pequeño respingo y buscó a la dueña de aquella voz con la mirada.
—¡Narcissa! Hola, no te he escuchado entrar —contestó, bajando de la mesa donde se había sentado para leer un libro sobre la primera guerra mágica.
La mujer sonrió, moviendo una mano con aire ausente.
—Puedes sentarte ahí, Draco siempre lo hace. Parece que cualquier sitio es mejor que uno de los sillones de la biblioteca —comentó, poniendo los ojos en blanco.
Hermione correspondió a su sonrisa.
—¿Me acompañas fuera? Rinny me ha dicho que ya está todo preparado —añadió Narcissa, deteniéndose junto a ella.
Hermione asintió, girando sobre sus talones. Volvió a dejar el libro en el estante, mordiéndose el labio inferior.
—Puedes seguir leyendo después, o puedes llevártelo a casa y volver a traerlo cuando lo hayas terminado.
Los ojos de Hermione se abrieron más.
—¿No te importa?
Narcissa resopló, agarrándose a su brazo y ladeando la cabeza para mirarla mientras salían de la biblioteca.
—Por supuesto que no, Hermione. Salvaste la vida de mi hijo y estaré eternamente en deuda contigo.
—Ninguno de los dos me debéis nada —dijo ella, arrugando el entrecejo.
—Solo espero que puedas perdonar mi comportamiento en el pasado —murmuró la mujer, arrugando la nariz. —Sé que mi familia no se portó bien contigo, pero si has sido capaz de perdonar a Draco tengo esperanzas de que también puedas perdonarme a mí.
Hermione sujetó una de sus manos, mirándola a los ojos.
—No hay nada que perdonar, Narcissa. Todo está olvidado.
Narcissa volvió a sonreír, apretando su mano.
—Tan amable como Harry, los dos sois un encanto. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes y nos hubiéramos conocido mejor antes.
—Todo pasa por una razón —dijo Hermione, dejando salir un largo suspiro.
Narcissa asintió.
—Pienso lo mismo.
Las puertas traseras de la mansión se abrieron solas y las dos descendieron la pequeña escalinata de mármol. Hermione vio a lo lejos el porche de madera, con una enorme mesa en el centro.
—¿Dónde está Draco? —preguntó, mirando a su alrededor.
Narcissa apretó los labios.
—Seguramente esté en el sauce, es su lugar favorito para pensar. Le diré a Rinny que lo avise.
Hermione se detuvo antes de subir las dos escaleras del porche y miró hacia la derecha, donde se veía el gran sauce no muy lejos.
—No hace falta, yo iré a buscarlo. Me gustaría hablar contigo después, Narcissa. Hace tiempo que quiero hacerte preguntas sobre las Veelas.
Ella desvió la mirada, cruzándose de brazos.
—Lo sé, llevo bastante tiempo evitándote. Draco me pidió que no te contara nada y no se me ocurrían más excusas para no hablar contigo.
Hermione la miró fijamente al escuchar sus palabras.
—¿Él no quiere que hables conmigo?
—Quería —corrigió Narcissa, aclarándose la garganta. —Hay ciertas cosas que solo la compañera de una Veela debe saber, Hermione... supongo que puedes entenderlo.
Ella asintió, sintiendo que el nudo de su estómago se aliviaba un poco. Llevaba tiempo pensando que la madre de Draco no toleraba su presencia y por eso nunca la veía cuando visitaba la mansión.
—Si hay cosas que no puedes responder, lo entenderé.
Narcissa le dedicó una pequeña sonrisa.
—Entonces hablaremos cuando quieras. Estoy segura de que encontrarás a mi hijo sentado en una de esas ramas —murmuró, señalando el gran árbol.
Hermione se rio entre dientes.
—Sí, ya lo he visto alguna vez así.
Narcissa le dio la espalda para entrar en el porche acristalado y Hermione volvió al camino de piedra que serpenteaba entre las flores, siguiéndolo hacia la zona norte del jardín.
Y, tal como había dicho su madre, Draco estaba sentado en una de las ramas del sauce con la espalda apoyada en el tronco y un trozo de pergamino en su mano.
Tenía la mandíbula apretada y parecía enfadado, pero levantó la mirada al escuchar sus pasos y su rostro se suavizó. Dobló el pergamino por la mitad y lo guardó en uno de sus bolsillos, bajando de un salto al suelo.
—Granger.
—La comida ya está preparada y tu madre me envía a buscarte.
Draco asintió, desviando la mirada y pasando la lengua por sus dientes.
—¿Qué te pasa? —preguntó Hermione en voz baja.
Él sacudió la cabeza.
—No es nada. Tan solo una estúpida carta que mi padre me escribió al enterarse de que había salido de Azkaban.
Hermione jadeó, sorprendida.
—No sabía que dejaran enviar cartas desde allí.
—Y no dejan. Se la dio a mi madre y ella me la dio a mí hace unas semanas.
—¿Y no la habías leído hasta ahora?
El rostro de Draco se volvió frío otra vez.
—No me interesa nada de lo que él tenga que decirme.
Hermione tragó saliva al escuchar el tono grave de su voz. Estaba realmente enfadado.
—Odiarlo no es la solución.
Él entrecerró sus ojos grises.
—Hablas como mi madre.
Hermione dio un paso atrás y Draco cerró los ojos, alargando un brazo y sujetando una de sus muñecas para que no se alejara más.
—Eso ha sonado muy borde. Lo siento, estoy cabreado y no debería pagarlo contigo.
Ella lo miró a los ojos y supo que estaba ocluyendo otra vez.
—¿También te cuesta más controlar tu rabia?
Draco asintió, dando un paso más hacia ella y entrelazando sus manos de forma ausente, como si fuera algo que hubiera hecho cientos de veces. El corazón de Hermione se saltó un latido.
—Desde mi cumpleaños me cuesta controlar todas mis malditas emociones, pero tú me ayudas a calmarme —murmuró, bajando la mirada hasta clavarla en sus ojos marrones y sonriendo al ver que sus mejillas enrojecían.
Hermione se aclaró la garganta, intentando ocultar sus nervios.
—¿Por qué te gusta tanto este árbol? —preguntó, cambiando de tema para distraerlo.
La sonrisa de Draco se amplió.
—Porque es mi árbol.
Ella resopló, poniendo los ojos en blanco.
—Todos los árboles de este jardín son tuyos.
—No lo entiendes, Granger. Este sauce me pertenece, lo plantaron el día que nací y está conectado a mí. Es muy parecido al que hay en Hogwarts, pero solo es violento si siente que estoy en peligro. Cuando el Señor Tenebroso estuvo viviendo aquí sus hojas se volvieron de color oscuro, casi negro, y no dejaba que ningún mortífago se acercara por aquí. Era el único sitio donde podía estar solo durante los veranos.
Hermione cogió aire y lo soltó lentamente, observando el sauce con atención. Era cierto que se parecía al que había en su antiguo colegio, pero no era tan grande.
—Pues ahora sus hojas están muy verdes —comentó, levantando una de las pequeñas ramas que llegaban hasta el suelo y examinándola.
—Hacía años que no tenía tan buen color —admitió Draco en voz baja.
—¿Y por qué crees que es?
Él arqueó una ceja, dedicándole una pequeña sonrisa.
—Le influye mi estado de ánimo, Granger.
Justo lo que sospechaba. Hermione dejó de respirar, soltando las hojas y volviendo a mirarlo a los ojos.
—Eso significa... significa que...
—Que hacía mucho tiempo que no era tan feliz como ahora —terminó Draco por ella, dando otro paso más y levantando su otra mano para atrapar uno de sus rizos entre sus dedos.
Hermione contuvo la respiración, incapaz de desviar la mirada. En ese momento, sus ojos grises tenían un brillo metálico alrededor del iris que le resultaba enigmático.
—Y tú eres la única culpable —añadió él en un susurro, bajando la mirada a sus labios.
Parecía que quería besarla, pero no se acercó ni un centímetro más. Hermione se mordió el labio inferior, recordando que él ya lo había intentado la noche anterior. Tal vez ahora le tocaba a ella.
Colocó su mano libre en el pecho de Draco y lo escuchó soltando el aire a través de los dientes. Su aliento mentolado le acarició el rostro y ella reunió todo su coraje, poniéndose de puntillas y cerrando los ojos.
Fue como si el tiempo se detuviera en cuanto sus labios entraron en contacto. Una chispa de electricidad recorrió toda su piel, despertando cada una de sus células y haciendo que Hermione lo sintiera todo con mucha más intensidad. Él tardó medio segundo en reaccionar, pero enseguida sus labios se amoldaron a los suyos y respondió al beso.
Draco soltó su rizo y enredó su brazo alrededor de ella, empujándola hacia él para tenerla más cerca. Rompió el beso y apretó los dientes, juntando sus frentes.
—Joder. Sabía que pasaría.
Hermione abrió los ojos, jadeando al ver las gigantescas alas plateadas alrededor de ellos. Ni siquiera las había escuchado. Miró a Draco a los ojos con gesto preocupado y vio sus iris plateados fijos en ella.
—¿Estás bien?
Él asintió, volviendo a sonreír.
—Transformarme ya no me resulta doloroso.
Ella bajó la mirada hasta su pecho, sonriendo al ver que su jersey seguía intacto.
—Mi hechizo ha funcionado.
Draco soltó su mano y alzó su barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos otra vez. Hermione jadeó al sentir sus afiladas uñas rozándole la piel.
—¿Tú también lo has sentido, Granger? —preguntó en un susurro.
Ella asintió y Draco cerró los ojos, gruñendo suavemente. Volvió a inclinar la cabeza y reclamó sus labios en un beso mucho más intenso que el anterior. El corazón de Hermione latía a toda velocidad, alterado por todas las emociones que estaba sintiendo a la vez.
Él dio varios pasos hacia delante, haciendo que ella caminara hacia atrás hasta que su espalda estuvo contra el tronco del árbol. Ella levantó su otra mano y la hundió en el pelo rubio de Draco, suspirando al sentir lo suave que era.
Lo escuchó jadear sobre sus labios ante el contacto y su lengua recorrió su labio inferior, pidiendo permiso. Hermione separó los labios y Draco colocó la mano en su nuca, enredándola en sus rizos y tirando suavemente hasta que ella alzó un poco más la barbilla.
Cuando profundizó el beso, Hermione pensó que se iba a desmayar. No podía recordar dónde estaba ni quién era, solo que no quería que ese beso terminara nunca.
Y Draco se sentía aún más perdido. Jamás había sentido algo parecido al besar a alguien, era como si Granger fuera todo lo que siempre había querido. Su sabor era adictivo y no pudo evitar suspirar entre sus labios cuando sus lenguas se rozaron. Estaba seguro de que podría besarla eternamente, hasta el fin de los tiempos, y ni así sería suficiente. Todo su cuerpo temblaba y sus alas los habían envuelto de forma protectora a ambos, haciendo que el aroma de ella fuera mucho más intenso.
Pero tenía que parar. Granger se estaba quedando sin aliento y él también.
Rompió el beso por segunda vez, rodeándola con sus brazos y jadeando suavemente sobre sus labios. Sonrió al escuchar su respiración alterada y abrió los ojos. Ella todavía los tenía cerrados.
—Eso ha sido...
—¿Intenso? —ofreció Draco, rozando su mejilla con la nariz.
Hermione asintió, abriendo finalmente los ojos.
—Sí, muy intenso. Nunca había sentido nada igual.
—Yo tampoco.
Ambos sonrieron y Hermione desvió la mirada a su pelo rubio, peinándolo con los dedos.
—Tu madre nos está esperando.
Draco gruñó entre dientes, poniendo los ojos en blanco. Sus alas se apartaron, plegándose tras su espalda, y él dio un paso atrás, pero volvió a sujetar una de las manos de Hermione.
Ella estaba con la mirada fija en sus manos unidas, sorprendida por lo gentil que podía ser con sus garras. No la había arañado ni una vez las veces que había estado transformado en Veela cerca de ella, pero podía recordar las profundas heridas que le hizo a aquellos dos hombres.
—Vamos —murmuró Draco, apretando su mano.
Hermione volvió a levantar la vista, asintiendo. Él apartó las ramas del sauce y ella dejó de caminar al ver las hojas. Ahora eran de un verde claro muy intenso, mucho más que hacía unos minutos.
Volvió a mirar a Draco y vio que él tenía una sonrisa burlona en el rostro.
Hermione se rio suavemente y apretó su mano, siguiéndolo por el camino de vuelta al porche.
Él no fue capaz de dejar de mirarla hasta que llegaron junto a su madre. Siempre había pensado que su recuerdo más feliz era el de la primera vez que se había subido en una escoba, pero supo que a partir de ahora sería el de aquel primer beso con ella.
