33

Jamás me fui

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DOS MESES MÁS TARDE.

Sasuke

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—¡Soplaré y soplaré y tu casa derribaré! ¡FUAAAAA!

—¡Aaaaah!

No aparté la vista de escenario envuelto en curiosidad. Aunque el cuento me lo sabía de memoria —tras leerlo cada semana— a los tres niños disfrazados de cerditos gritar y acobijarse en el cartón que daba función a la casa dibujada en alusión a ladrillos resistentes. Y el que interpretaba al lobo soplar sin parar, intentando derribar la supuesta casa de ladrillos. De fondo la narrativa seguía, otro niño de no más de doce años, leer el siguiente fragmento del cuento.

—El lobo sopló y sopló, pero la casa nunca se derribó. Enfurecido y hambriento, decidió meterse en la chimenea —Y mientras narraba en la esquina del pequeño escenario, el niño que interpretaba al lobo se subía a un conjunto de sillas bien sujetas, con una sonrisa socarrona en los labios se preparó—, pero al intentar bajar ¡Se llevó una inesperada sorpresa!

—¡Aaaah! ¡Quema! ¡Quema!

Reprimí una risa cuando el niño se cayó al suelo, amortiguado por colchonetas adornadas por hierbas y corrió al bosque refunfuñando. La reducida audiencia se rio quedamente y algunos lanzaron exclamaciones de asombro.

El niño narrador sonrió de oreja a oreja, sujetando el guion en sus manos y hablando más fuerte mientras detrás se desarrollaba el desenlace de la historia.

—Tiempo después mamá cerdita fue a visitar a sus hijos y descubrió que sus tres hijos habían construido casitas de ladrillos. Los tres cerditos aprendieron la lección: "En el mundo nada llega fácil, por lo tanto, debemos trabajar duro para lograr nuestros sueños".

Trabajar duro para lograr nuestros sueños.

Aquella frase hizo eco en mi mente durante la ovación de pie, mientras el telón cerraba la participación. Me puse de pie uniéndome a los aplausos barriendo con la mirada al grupo de hombres y mujeres con caras sonrientes y expresiones de felicidad en sus semblantes; todos ellos venían a probar suerte e indagar un posible candidato para incorporarse a la familia.

Cuando comenzaron a dispersarse y platicar con los cuidadores, sentí un tirón en mi pantalón. Me topé con unos ojos negros que me miraban desde abajo, mostrándome su dentadura carente de un diente. Le di unas palmadas en la cabeza.

—¡Viniste! ¡Viniste!

Antes de que pudiese algo al respecto, los demás niños vinieron corriendo a mí, rodeándome sin dejar una salida para una escapatoria. Jalándome de los brazos, eufóricos ante mi presencia. Traté de no perder el equilibrio y detenerlos o caeríamos todos.

—¿Qué te pareció la obra? ¿Quedó fantástica? —me preguntó Kai, una niña de diez años cuya característica principal eran sus risos castaños que ahora estaban cubiertos por un intento de dibujo de un árbol, y vestida de café.

—Pero ¿qué dices? Si solamente fuiste un árbol —reclamó Tetsu, el lobo feroz. Llevándose una mano a su pecho en un ademán—. Sasuke-san seguramente no quitó los ojos de mi magnifica actuación.

—¿De cómo te caíste en vez de aterrizar de pie? —inquirió Yuu, el narrador que sonrió burlón ante el rostro rojo de Tetsu—. A eso le llamo verdadera improvisación.

—¡Oye!

Alterné mi mirada divertida en todos que no paraban de reír a costa de Tetsu.

—¿Por qué te sentaste hasta atrás? —Volvió a preguntar Ria— ¡Incluso te reservamos un asiento en primera fila!

Me jalaron hasta el dichoso lugar en primera fila, la silla que estuvo vacía todo el tiempo. Pegado en el respaldo de la silla, una hoja blanca tenía escrito con letra irregular y grande «reserva especial» y un dibujo. O más bien un garabato de...

—¿Este es mi rostro? —No pude evitar preguntar un tanto divertido detallando los garabatos negros. Agarré la hoja alternando mi vista en los tres—. Es...

—¿Tu vivo retrato? —Ria asintió varias veces.

—¿Hermoso como yo? —Tetsu mostró esa típica sonrisa suya.

—¿Revolucionario? —Yuu parecía más emocionado que los demás.

Esperando una respuesta, no apartaron sus ojos de mí. Centré mi vista en el dibujo carraspeando en busca de las palabras adecuadas.

—Iba a decir que-

—¡Niños, no hostiguen a Sasuke!

La voz de una de las cuidadoras se escuchó cerca, los tres temblaron deliberadamente y compusieron su mejor expresión de niño-he-roto-nada cuando la mujer se plantó frente a ellos, poniendo sus manos en jarras asustándolos. Se escondieron detrás de mí, asomando únicamente sus cabezas con cierto temor y nerviosismo.

—Pero, Rika-san... queremos jugar con él —se quejó la niña colgándose de mi brazo.

—Nada de peros, vayan a cambiarse. —Eso último lo susurró, apoyando las manos en sus rodillas y calmándose—. Hay muchas parejas aquí que vinieron a ver sus obras ¿no les gustaría platicar un rato con ellos?

—¡Sí!

Y como la mayoría de los niños corrieron detrás de la cortina para quitarse los trajes con los que actuaron. Me quedé contemplando el dibujo preguntándome quién de todos fue el ingenioso para realizar mi retrato. Incluso abajo me pareció ver una cara de un perro y una flecha dirigida a un nombre "Hunter". Sí, debí traerlo, intuí que lo extrañarían.

—Discúlpalos, Sasuke, ya sabes que son muy inquietos —se disculpó Rika apenada.

Doble la hoja en cuatro partes y lo metí en mi bolsillo trasero.

—Hoy parecen más animados que de costumbre.

Rika suspiró.

—Han esperado este evento por mucho tiempo, tienen la esperanza de que alguna de las parejas se fije en ellos —dijo mirando a su alrededor. Imité su gesto detallando a las parejas jóvenes que charlaban con algunos de los niños quienes parecían desbordantes de felicidad—. Sabes que está clase de eventos es así, vienen las parejas a visitar a los pequeños, así eligen a quien más les agrade.

No dije nada. Me limité a escucharla porque parecía querer desahogarse de alguna forma. Apartados de la muchedumbre que comenzó a formarse, las demás cuidadoras que estaban atentas y respondían a las preguntas de las parejas jóvenes. De los niños jugar por aquí y allá, platicando de trivialidades con ellos, sonriendo radiantes.

—En estos eventos siempre espero que todos se vayan con buenas familias —siguió diciendo.

El mismo pensamiento pasó por mi mente mientras caminaba por los pasillos el orfanato rumbo a dónde dejé la motocicleta estacionada. Recordando las primeras veces que visité este lugar pensando al principio que Ryu me envío a una casa de apuestas que resultó ser un orfanato que su predecesor fundó hace décadas.

Al principio sospeché que era formaba parte de sus negocios turbios, sin embargo, a medida que los visitaba y conocía a los cuidadores y directora del orfanato, descubrí que simplemente era un acto altruista y no era una simple fachada. Con el paso de los días, sin darme cuenta, les acogí un cariño especial a algunos niños, especialmente a ese trío: Ria, Tetsu y Yuu. No querían ser adoptados por separado lo cual la situación se complicaba de sobremanera.

Dejé escapar el aire por los pulmones dejando ir mis pensamientos.

—¿Te vas? —Escuché la voz de la directora tan cerca. Al voltearme, la encontré bajando por las escaleras de la entrada envuelta en su traje gris y gabardina café, con el cabello rubio amarrado en su típica coleta baja y lentes rojos que adoraban sus ojos mieles suspicaces.

—Tsunade.

Utilizar mi voz cada vez se volvía de cierta forma más cómodo. Recordé como al principio me costó adaptarme a mi nueva habilidad que solamente estaba atrofiada y no supiera utilizarla debidamente. Ahora simplemente me adecuaba a la situación sin pensarlo realmente evitando estresarme. Todo salía natural.

—Pensé que te quedarías al final —comentó acercándose, yo era unos centímetros más alto que ella, normalmente me rallaba la estatura con sus tacones, pero hoy parecía más gentil con su apariencia—. Incluso preparé un lugar para ti en la mesa de la cena, que decepción.

—Tengo un compromiso en la tarde —me excusé imaginando sus expresiones de berrinches a que no estuviera con ellos, aunque estarán ocupados tratando de agradarles a las parejas—, me disculparé con los niños luego.

—Deberías, se estarán quejando el resto de la semana —divagó divertida apoyándose en uno de los coches, cruzándose de brazos bajo la gabardina que la cubría del frío de finales de otoño—. Lo compensarás extendiendo la clase de piano la próxima vez.

Sonreí de lado. No era ningún sacrificio para mí, las clases de piano que les impartía a los niños siempre me distraían. Asentí estando de acuerdo ante la proposición de la directora. A simple vista parecía una mujer fría y calculadora, pero en realidad era una persona con carácter temperamental y de buen corazón, no por algo era la directora del orfanato.

—Para ser una ex-yakuza eres muy amable —comenté al aire.

Ella dio un pisotón en el suelo desafiándome con la mirada.

—Eres muy astuto, mocoso. —Y ahí estaba su verdadera personalidad—. Da gracias que Ryu te respalda, porque si no...

Me encogí ligeramente de hombros.

Lo sabía muy bien, que incluso las apariencias engañaban. Nunca imaginé que Ryu tendría bajo su cargo un orfanato establecido con todas de la ley, no existía nada turbio en esto. Al igual que la presencia de Tsunade, no conocía la historia a fondo, pero a lo que escuché de una de las cuidadoras fue la mano izquierda del antiguo jefe del Clan Hiryū, y cuando este murió, decidió retirarse.

¿Cómo lo consiguió sin que le mutilaran un dedo o una oreja? Mis teorías vuelan mucho al respecto como todo en mi vida.

—¿Estás escuchándome? —preguntó indignada ante mi falta de atención.

En realidad, no.

Me monté sobre la moto poniéndome el casco negro, ella me dio unos toquecitos en la cabeza y alcé la visera protectora para verla mejor.

—Regresa con cuidado y la próxima vez quédate más tiempo ¿entendido?

Le sonreí de medio lado ante su intento severo de amenazarme.

—Que miedo das —dije sarcástico.

—¡Mocoso impertinente! ¡Si supieras que hice mientras estaba activa no serías tan grosero!

—"Nos vemos" —gesticulé con una mano bajando la visera y encendiendo la motocicleta.

—¡No utilices tus señas para huir de mí!

Fue lo último que escuché mientras me perdía en la hilera de árboles que conformaban la entrada del orfanato.


Estacioné en la acera frente a la cafetería. Cargué conmigo el casco mientras ingresaba al lugar, el característico sonido de la campana no se hizo esperar y los meseros rápidamente se movilizaron para atenderme. Especialmente aquella cabellera rubia que apareció en un santiamén posicionándose frente a mí con libreta en mano.

Ino sonrió radiante saludándome con un ademán. Recordé con cierta gracia la reacción que tuvo la primera vez que hablé frente a ella.

Sucedió dos semanas después constante esfuerzo en hablar y no trabarme, ya rara vez lo hacía. Según Mía la confianza que obtuve al interactuar con los niños del orfanato me siguió hasta la cuidad y lo implementaba en mi día a día. Así que, armado de valor y sabiendo que era cruel de mi parte retrasarlo más tiempo, terminando mi turno en el restaurante crucé la calle y me adentré a la cafetería.

Inmediatamente el mesero más cercano se acercó a mí, Kenzo, al reconocerme, abrió su boca y me dejó plantado tras correr por Ino avisándole que había llegado. Al parecer no era la única que estaba preocupada por mi vistosa ausencia.

Ino llegó corriendo con medio sándwich a medio comer. Estando frente a mí trago grueso y tosió.

—¡Por el amor de...! ¿Sabes cuán preocupada he estado en este último mes? ¡Será tu culpa si me salen canas verdes!

Escuché un poco culpable sus reclamos. Los mensajes no bastaron en absoluto para apaciguar su preocupación.

Suspiró y se hizo a un lado la coleta de caballo, evidentemente enfadada.

—Te lo dejaré pasar si me dejas buena propina. —Y de nuevo no perdía la oportunidad para venderme. Sonreí de lado divertido por su actitud, observándola sacar su libreta y lapicero de su mandil negro alrededor de su cintura—. Sé un buen amigo y colabora, de esta no te salvas ¿Ordenaras lo de siempre?

Y mientras le quitaba la tapa a su lapicero, aspiré con fuerza preparándome mentalmente. Con la emoción tildando en mi pecho y cierta euforia, separé los labios y dije:

—Que el café sea con leche, se me antoja algo dulce.

—Café con leche será... —Ino asintió mientras anotaba en la libreta, pero bastó un segundo para que se quedara completamente estática. Y alzará de sopetón su vista a mí, con una expresión incrédula y que no pudiese creer lo que acaba de escuchar.

Agitó su cabeza varias veces y se frotó sus orejas con cierta insistencia.

—U-Un momento ¿acaso tú...? —murmuró, y luego comenzó a reírse nerviosa—. No imposible que fueras tú quién habló.

—¿Qué te hace pensar que es imposible? —inquirí divertido.

Libreta y lapicero cayeron al suelo. Ino se llevó las manos a su boca ahogando una exclamación de asombro. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras esbozaba una sonrisa repleta de felicidad. Tomó rápidamente mis manos y se acercó más a mí.

—¿En verdad? ¿En verdad estás hablando?

Parecía que ella no lo aceptaba.

—Estás escuchando mi voz, Ino.

Finalmente gritó tan fuerte mientras me abrazaba, me quedé plantado en la entrada sin saber cómo manejar su ataque de alegría. Todas las personas a nuestro alrededor voltearon a nosotros intentando saber el motivo del alboroto, que bochornosa situación.

—¡Ino, comportante! —gritó el jefe del local irritado.

—¡No lo haré! ¡Esto amerita una celebración, jefe! ¿Acaso no lo escuchó? —siguió gritando dando saltitos.

—¿Escuchar qué cosa? —siguió preguntando Ray desde la barra.

—¡Sasuke habló! ¡Por fin está hablando!

En un abrir y cerrar de ojos no tuve ni idea de cuantas personas estaban casi encima de mí, los meseros que consideraba conocidos y el mismo jefe celebrando con Ino mi reciente vocabulario. Incluso el jefe insistió en invitarme mi pedido, que días como estos no esperaba que volviesen a repetirse nunca más.

Regrese de mi recuerdo al percatarme de que Ino me hacía señas.

—Ino hablando a Sasukeee ¿acaso estás en la luna? —preguntó intrigada.

Negué con la cabeza intentando centrarme.

—¿Ya llegó Juugo? —cuestioné y barrí con la mirada el restaurante. Él sobresalía ente toda la gente que me pareció extraño no reconocerlo de inmediato.

—Está en la terraza. Te llevaré tu café en un momento.

Asentí agradeciendo su cortesía y fui directo al lugar que me indicó. Pocas veces visité la parte de arriba pues solamente iba de paso por el café, y la única vez que lo hice fue con...

Me detuve en medio de las escaleras aspirando con fuerza. Últimamente sus recuerdos parecían perseguirme incluso en sueños, y aunque intentara olvidarme por completo de ellos, insistían en instalarse en mis retinas. Cada momento algo me hacía recordar a Sakura, ya fuera voluntaria o involuntariamente, cada día la recordaba.

Ojalá no fuera así.

Tuve que fingir que no estaba distraído mientras me sentaba frente a Juugo en una de las mesas pegadas al barandal. El gran hombre de casi dos metros parecía quedarle pequeño el lugar, pero se acoplaba bien. Me miró entre sus gafas o eso parecía, con él nunca se sabía nada en particular.

—Sasuke. —Sus saludos tan parcos como siempre y casi robóticos—. ¿Han descubierto algo?

Una de las razones principales de nuestras reuniones era estas: intercambiar información.

Al principio no quise saber nada relacionado con los Hyūga, Sakura y mi padre; pero tras pensarlo detenidamente y al enterarme que a Itachi le quitaron el caso, las sospechas y esa sed en encontrar la verdad volvieron a mí. No importaba si Sakura y yo ya no estábamos juntos, los Hyūga estaban involucrados con mi padre y esto si me competía. Sakura solamente estaba en medio de esto.

O esa mentira me dije para sentirme mejor y esconder la verdad con la que involucraba mi corazón apenas sanando por los acontecimientos que casi me trastornan.

Decidí hacerlo y junto a Itachi investigábamos en secreto. Sus superiores no debían percatarse de nada y yo iba ocasionalmente a las casas de apuesta que pertenecían a Ryu para interactuar con los jugadores civiles e intentar obtener información en particular. Sea legal o no ya no interesaba, lo único que buscaba era acabar con esta mierda de una vez por todas.

—No es tan fácil. Nadie parece saber algo, pocas personas se involucraron con Kizashi o niegan saber su paradero —contenté expresando el descontento en mi voz—. Lo único que sé es que lo vieron cerca del territorio de los Hyūga a eso de una semana.

Juugo asintió, pareció analizarlo.

—Pondré a más guardias en la zona que nos divide. Tenemos que atrapar a Kizashi para obtener ese CD, la vía factible ya no está de nuestra parte —dijo Juugo e inmediatamente supe a qué se refería.

—No es necesario involucrarla —le advertí con un tono de voz severo. No permitiría de nuevo que Sakura estuviera involucrada en lleno.

Ni si quiera me detuve a analizar este pensamiento.

Juugo me miró largamente.

—Bien.

Lo acepté a medias. Hasta ahora Ryu, en la lejanía, evitó involucrarla. Cuando Juugo aparecía frente a mí me obligaba a desplazar la necesidad de preguntarle quién se encontraba vigilando a Sakura en esos momentos. Sin llegar a requerir mis cuestionamientos, en ocasiones él comentaba al aire que estaba segura con uno de sus compañeros.

Claro, además el guardaespaldas puesto por la policía la seguía a todos lados ¿qué más segura podía estar? Con eso bastaba a serenarme de cierta manera, aunque me repetía constantemente que no debería importarme. Pero lo hacía, carajo, y eso era lo peor.

Que aún no era capaz de ser del todo indiferente. Lo fingía bien, sí, pero en el fondo lo sabía.

No había dejado de amarla ni un segundo estando lejos de ella. Una verdad que odiaba con todo mi ser ¿para qué amarla? De nada me servían estos sentimientos mezclados convirtiéndose en un revoltijo perfecto de confusión, ahora lo canalizaba bien y me permitía detenerme y pensarlo mejor. Manteniendo la cabeza fría...

Siendo objetivo...

Mi vista me traicionó en el peor momento en que pensaba en ella. Ladeé la cabeza a la calle y pude reconocerla entre toda la muchedumbre. Esa habilidad de encontrarla en un santiamén seguía gravada en mi mente. Me enderecé de la silla y no aparté la mirada de ese punto.

Sentí varias cosas. Dolor. Tristeza. Nostalgia... y, entre todo mi mar de agobio, una recóndita alegría, pero demasiado ligera.

No creía que después de casi tres meses por fin la viese, aunque sea de lejos.

Y allí estaba ella, en compañía de quién parecía ser Hinata, una chica rubia y una niña menor. A pesar de la distancia logré ver parte de su rostro.

Sakura.

Estaba sonriendo. Se veía bien. Y yo aquí con estos sentimientos dolorosos hacía ella, preguntándome cuando acabaría por arrancármelos por completo y dejaría de sentir el dolor carcomiéndome por amarla y no poder estar a su lado porque ella así lo quiso.

La misma furia y dolor que sentía al pensar en que todo fue una mentira de su parte volvió a mí, susurrándome en el oído que debía ir ahora mismo a topármela y reclamarle a voz viva, que escuchara el rencor que se formó en lo profundo de mi ser y estuviera consiente del daño que ocasionó.

Pero no valía la pena, o más bien, no me sentía preparado para el enfrentamiento, aunque me haya puesto de pie convencido de que sí lograría hacerlo. Solamente me quedé con un paso a medio estar y siguiéndola con la vista hasta que se perdió junto a sus amigas en la heladería que estaba más adelante.

—¿Sabías que ella estaba en los alrededores? —Mi voz sonó más ruda de lo que pretendía.

Juugo, que siguió mis acciones, volvió su vista a mí enarcando apenas una ceja.

—No. Es una coincidencia. —Miró su reloj—. Pero supongo que no es tan descabellado. Hace poco terminó sus clases de danza.

—¿Clases de danza? —murmuré confundido. A pesar de tener la fuente de información de la vida de Sakura frente a mí todo este tiempo, siempre evité preguntarle sobre ella. Y si sabía algo era porque Juugo lo comentaba y yo pretendía no prestarle atención.

—Su clase comienza a las cinco y termina a la siete.

Aspiré con fuerza dirigiendo mi vista a la calle al local dónde vi a Sakura desaparecer. Me senté nuevamente justo en el momento en que me percaté de la presencia de Ino a nuestro lado, por su expresión supe que presenció mi pequeño desvío ante la presencia lejana de Sakura.

—Si es todo lo que tienes que decirme por ahora, me retiro. —Juugo se levantó sin esperar respuesta mía, al parecer tenía prisa—. Ryu-sama regresará pronto y todo debe estar en orden.

Partió sin mirar atrás, lo seguí con la mirada hasta que se perdió escaleras abajo. El café fue puesto en frente a mí e Ino se dejó caer en el asiento vacío, observándome con sus expectantes ojos azules, esperando algo.

—¿Te encuentras bien?

Debí suponer que se debía a que también se percató de lo que yo veía. Mi vista seguía puesta en la heladería. Asentí sin fijarme en su rostro, repentinamente me sentí ansioso a verla de nuevo cruzando esa puerta. Una sádica sensación de reconocimientos y cobijo que me daba el sólo verla.

Ino suspiró fuertemente.

—No permitas que esto te haga flaquear. Sakura no merece que le tengas consideración, fue despiadada contigo.

Sí, realmente lo fue con todo lo que dijo con respecto a mí, que me autocompadecía de mi vida debido a mi discapacidad, de lo inútil que me hice a mí mismo al limitarme de muchas formas al abrir los ojos y caminar sin propósito alguno.

Sin embargo...

—Tenía razón.

—¿Eh?

Finalmente aparté la vista de la calle y la dirigía a Ino. Le dediqué una mirada seria.

—Sakura tenía mucha razón en algunas cosas que dijo.

—¿La razón? —Parecía muy indignada, negando con la cabeza observándome como si hubiese perdido la cabeza—. Explícate que no comprendo ¿en qué parte, según tú, tuvo la razón?

Torcí la boca al pensar en ello.

—De que me auto compadecía y me tenía una profunda lástima debido a mi discapacidad. —Contemplé por un momento las pulseras como si encontrara en ellas la paz que pedía mi corazón—. Yo, que repudiaba a que la gente me tratara con lástima, sin darme cuenta me convertí en lo que odié por mucho tiempo. Y no me percaté de nada hasta que Sakura me lo dijo.

—Sasuke...

—Y lo sabes —La interrumpí antes de que dijera algo—. En ocasiones no nos damos cuenta de nuestros propios defectos hasta que alguien más nos lo dice.

—No eran defectos —rebatió con evidente molestia.

—Lo eran y ese afán estaba acabando lentamente conmigo —seguí insistiendo.

Ahora que lo sabía con claridad no podía detenerme a pensar más en esos sentimientos que me tuvieron preso la mitad de mi vida, que fueron instalándose en mi ser poco a poco, y sin darme cuenta, formaban parte de mi día a día como una rutina más. Un clavo que no quería deshacerme porque me resultaba familiar, y hasta cierto punto, cómodo. Sentirme cómodo en mi desdicha a pesar de que me estaba matando, sentirme cómodo en mi miseria al tener miedo a lo desconocido.

Así fue.

Pero en este instante no quería volver, no me sentía capaz de soportarlo. Además, se sentaba bien tener estar cierta movilidad en mis acciones no impulsadas por el temor y compasión, sin mirar a mi alrededor y pensar que los demás me juzgaban por mi discapacidad.

Tomé el café de sopetón dejándole el pago en efectivo y me despedí de Ino con un golpecito en el hombro. La dejé en la terraza para encaminarme a mi motocicleta en la vereda.

Permanecí estático dudando al montar la motocicleta, con el casco entre mis manos apretándolas fuertemente ante el impuso de bajarme e ir directamente a la heladería. Seguramente Sakura seguiría en la heladería, el momento perfecto para enfrentarla de una vez por todas y dejar atrás todos mis sentimientos por ellas. Por completo, sin remordimiento alguno.

Bajé el casco, sin apartar la vista. Unos momentos más de duda, me resigné y me lo coloqué antes de arrepentirme. Me convencí una y otra vez que no era el momento indicado para entrar en otra crisis, que no me trabaría al hablar frente a ella y quedaría en vergüenza.

Sí, eso era.

Me convencí mientras encendía la motocicleta y me incorporaba al tráfico de la tarde.


En casa Hunter me recibió como de costumbre, abalanzándose a mí y olfateando mis ropas, seguramente percibió el aroma de los niños. Lloriqueó como si estuviese reclamándome que no lo llevé con él. Pero al ir en motocicleta me fue imposible.

—Ya llegaste —Mamá salió de la sala sosteniendo unas fotografías. Sospeché que estaba colocando nuevos portarretratos—. ¿Cómo te fue hoy en el orfanato?

Abrí mi boca para hablar, pero no salió nada. Y no fue porque lo intentara y no pudiese, más bien porqué no quise hacerlo.

Hasta ahora no había hablado frente a mamá e Itachi. Sentía que sería desvergonzado de mi parte que después de todo lo que sufrieron llegara yo y de pronto pudiese expresarme con palabras. Me retraía al pensarlo y luego me convencía de que estaba bien, que mamá más que nadie lo deseaba. Ya transcurrieron un par de meses y ella lo sabía.

¿Para que hacerla esperar?

Mamá siguió con lo suyo sin percatarse de mi lucha. Me sentí culpable, ella siendo siempre comprensiva y dejándome mi espacio. Pero a este punto ya estaba cansado de intentar fingir y seguir llegando una vida que ocultaba mi propia felicidad. Estaba eufórico de que pudiera escuchar mi voz, entonces ¿cuál sería la reacción de mamá? Intenté imaginarla, no pude.

Extendí mi mano y a llevé a mi pecho, acercándome a la sala dónde mamá acomodaba las fotos.

—Me puse a limpiar el estante, ya estaba un poco sucio —comentaba al sentirme detrás de ella—. ¿Tienes hambre? Justamente terminé de preparar la cena, hice estofado ¿o se te antoja algo más?

Siguió preguntando y luego volteó a mí esperando ver una gesticulación de mi parte. Ablandé mi semblante y sonreí por debajo.

—El estofado está bien, mamá.

Su espectador de como el rostro de Mikoto cambió de una mueca serena a una totalmente sorpresiva. Llevándose las manos a su rostro cubriendo su boca y la exclamación muda que emitieron sus labios, con sus ojos empañados de lágrimas que amenazaron en derramarse, no, ya se estaban derramando.

Un sonido emitió y yo me asusté cuando se doblegó y comenzó a llorar. ¿Qué le sucedía? Me acerqué preocupado a ella tomándola entre mis brazos.

—¿Mamá? ¿Te encuentras bien?

Ella asintió sin parar. Rodeándome en un abrazo hundiendo su cabeza en mi cuello, me quedé sin saber cómo reaccionar ante esta situación. Me centré en devolverle el abrazo intentando contener mi propio llanto, el nudo de mi garganta amenazaba a explotar. Alcé los ojos y aspiré con fuerza varias veces.

—M-Me dijiste mamá... por fin lo dijiste —susurró audible sin dejar de sollozar—. No sabes cuanto esperé este momento, Sasuke.

Demasiados años, y a pesar de sentirme culpable de haberle traído tal desdicha en el pasado, también me sentí aliviado de traerle esta felicidad que reflejaba sus ojos al separarse de mí. Sin dejar de mirarme y acariciar mi rostro. Diciendo que estaba orgullosa de mí por haber superado esa barrera y pudiera expresarme con libertad.

Asentí sintiendo mis lágrimas sobre los labios que escurrían hasta mi barbilla y mamá se encargaba de limpiar con sus dedos. Me sentí de nuevo ese niño pequeño en busca de la protección de su madre.

La puerta principal se abrió y de ahí entró Itachi junto con Izumi. Mi hermano fue el primero en aparecer y al principio nos miró extrañados ante la inusual situación. Entonces extendí mi mano a él y le sonreí diciéndole:

—Ya estoy de vuelta, Itachi.

Dejó caer el maletín que traía en su mano y se quedó estático. Apretó los dientes mientras esbozaba una sonrisa llena de alegría y sus ojos negros también se llenaban de lágrimas. Detrás de él Izumi se llevó las manos a la boca y sus ojos expresaron que sonreía. Finalmente, Itachi pasó sobre el maletín y nos envolvió en un fuerte abrazo, estrujándonos con fervor y riéndose.

—Bienvenido, Sasuke —dijo con toda la emoción al borde.

Y en medio de la sala, lloraron de felicidad mientras me abrazaban. No pude hacer más que compartir el sentimiento y asegurarles con mis palabras que jamás volvería a dejar de hablar, que haría todo lo posible para no caer de nuevo en mis mismos errores. No pararon de asentir y decirme que estaban felices de tenerme de regreso.

Me sentí amado. Querido. Aceptado.

Me sentí de nuevo yo, como si nunca hubiese perdido la voz.


MES Y MEDIO ANTES

—El hecho de que no hayas hablado por muchos años siendo consciente, no quiere decir que no lo hicieras de otra forma. —Escuché que decía el psiquiatra, un profesional recomendado por Kakashi para tratar y llevar a cabo mi rehabilitación en el habla. Sentado detrás de su escritorio con las manos entrelazadas sobre las notas—. Tengo entendido que hablas en sueños.

—E-Eso... —carraspeé intentando no tartamudear y poder expresarme con claridad, aún parecía arrastrar las palabras—... parece ser verdad. M-Mi hermano me lo con-fesó hace poco.

—Escucha con atención —Se acomodó sus lentes—, lo que causó tu mutismo selectivo fue derivado al trauma que sufriste cuando era niño. Tu cerebro no pudo soportar el impacto emocional del acontecimiento, lo que obligó a tus factores internos sellarse por completo, o por lo menos que fueras consciente. Por lo que me dijiste, recientemente hubo otro impacto emocional igual de fuerte que provoco que tu cerebro mandara correctamente las señales en conjunto a tu cuerpo. No fue un problema físico, más bien emocional.

Me toqué la garganta distraídamente ante la explicación que ya sabía, pero escucharlo de nuevo me traía un amargo recuerdo.

—¿P-Por eso puedo hablar?

Asintió cruzándose de brazos.

—Debido a que parte de tu cerebro y cuerdas vocales se estimulaban mientras dormías, tu voz se ejercitó todos estos años sin que te dieses cuenta. Así que con el tratamiento y rehabilitación necesarias pronto no tendrás problemas para hablar correctamente —aseguró moviendo su lápiz sin dejar de mirarme—. No debes tener miedo, podrás hacerlo.

Quise confiar en su dictamen, en verdad que sí. Aún la confianza flaqueaba en mi ser no me creía capaz, sentía que en cualquier momento de nuevo se bloquearía mi voz y el temor a no volver a hablar me asaltaba causándome cierta ansiedad. Pronto me detenía de sopetón y me repetía que lo lograría.

El psiquiatra me canalizó con una especialista en rehabilitación. Se presentó como Mía, una mujer entrada a los treinta, redondita y bastante cálida, esa fue mi primera impresión. Anteriormente trabajó con niños que sufrieron un padecimiento similar.

—Puedes decirme Mía, estaré encantada de ayudarte.

Las visitas con el psicólogo fueron sustituidas a las visitas a la clínica, cuatro veces por semana, encerrándome en una habitación leyendo unos cuentos infantiles.

No fue nada fácil. Al principio mis palabras eran largas y llenas de tartamudeos, incomprensibles a mis oídos. Fueron varias las ocasiones en que los libros quedaban azotados contra la ventana y salía por la puerta para volver unos minutos después e intentarlo de nuevo. Sabía que si no ponía de mi parte nada mejoraría.

Solamente yo podía cambiar mi propio mundo.

Mía siempre fue amable y soportó mis desplantes cuando me negaba a leer tras trabarme, me incitaba a seguir leyendo y escuchaba atentamente. Corrigiéndome cuando decía una palabra mal, con una paciencia envidiable. Nació un nuevo monje, pensé varias veces al ver su dedicación que llegaba a sorprenderme.

—*Las personas grandes aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás os dicen: '¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?'. En cambio, os preguntan: '¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?'. Sólo entonces creen conocerle.

Un aplauso en la estancia y una expresión llena de alegría me regalo Mía, sentada a mi lado en el banquito verde, el mío era rojo. La habitación estaba vacía y el eco de mi voz culminó.

—¡Muy bien, Sasuke! Pudiste leer todo el fragmente sin tartamudear.

Sin darme cuenta sonreí un poco, por primera vez en mucho tiempo lo olvidé por completo. Avanzando paso a paso, pero con seguridad.

—Ahora... —Su sugerencia me tomó con la guardia baja—, ¿Qué te parece leer frente a otras personas?

Tragué grueso. No me sentía preparado para ello, sin embargo, lo estuve.

El día que visité el orfanato el clima era nublado y frívolo. Y, a pesar de ello, dentro se sentía una calidez infinita.

—De causalidad ¿eres Uchiha Sasuke? —La directora me preguntó si acaso era el chico que Ryu recomendó y asentí con la cabeza. No creía que todos los que conocía Ryu tuvieran el mismo nombre que yo.

Y así, poco a poco fui involucrándome con ellos, al principio parecieron un poco renuentes ante mi visita, no tardaron en involucrarme en sus juegos, sobre todo los más pequeños.

La tercera visita fue cuando tomé el valor de leerles un cuento, los reunieron en el salón recreativo y mi voz sonó en toda la estancia mientras leía el patito feo. Sin ninguna traba, sintiendo una verdadera paz al ser espectador de las reacciones sinceras de los niños disfrutando de la narrativa. A pesar de que al principio me costaba y tuve que ensayar en casa varias veces, todo salió mejor de lo que esperaba. Los niños jamás me juzgaron.

Luego vino el valor de tocar el piano frente a ellos al ver el viejo piano en la esquina de aquella habitación, varios niños se emocionaron al verme tocar el piano e insistieron en que les enseñara, tanta fue su insistencia que la directora, Tsunade, terminó aceptando que les diera clases unos días a la semana por la mañana.

Contaba de mucho tiempo libre después de decidir no regresar a la universidad y sólo mantener el trabajo con Iruka, así que me la pasé ocupado con el orfanato y mis visitas a la clínica.

Sintiéndome más vivo que nunca.


Hola! Hola!

: Extracto del cuento del El Principito.

Sé que este capítulo fue corto, pero quería mostrar específicamente la parte de Sasuke, dónde está sanando poco a poco y aceptándose nuevamente. Dejando detrás sus defectos que parecían carcomerle y la venda en sus ojos cayéndose, aún falta un paso más para que por fin se sienta por completo libre.

No fue un capítulo revelador, pero vemos parte de lo que se vendrá. Sasuke está investigando por cuenta propia en las casas de apuestas de Ryu el paradero de Kizashi para dar con el CD. ¡El dichoso CD! Tanta calumnia por algo así. *risa* está avanzando la historia, pretendía publicar este capítulo con la parte de Sakura pero iba a quedar muuuuy largo y pesado, así que decidí dividirlo en dos, entonces se vendrá la perspectiva de Sakura también.

Apareceré más pronto de lo que creen *risas* así que estén atentas. ¡MILAGRO QUE ACTUALICÉ TEMPRANOOOOO!

En fin ya sé que les comen las ansías, pero si meto todo de sopetón y sin haber justificado ciertas cosas se sentiría raro, hice el borraron y no me gustó como quedó. Así que *gritos*

¡Nos leemos pronto!

Alela-chan fuera.