N/A: volví!
Brick: las mejores vacaciones de mi vida!
Yo: pero si no me fui de vacaciones.
Brick: yo sí!
Yo: ¿Fuiste tú quien se llevó mi auto sin permiso? ¡Yo pensaba que algún idiota me lo había robado!
Brick: eh, sobre eso...
Un par de elefantes con aspecto de ser agentes de la ley aparecen al lado de Brick, esposándolo.
Agentes: ¡hemos encontrado al ladrón!
Yo: ¡Llévenselo, oficiales!
Brick: ¡espera! ¿qué hay del capítulo que estamos presentando hoy? No estarás pensando en presentarlo sin mí, ¿verdad?
Yo: ah, vamos a lo nuestro. Nuevo capítulo arriba!
Brick: disfrútenlo!
Yo: y Brick, espero que disfrutes tus vacaciones en la prisión los siguientes días.
Brick: pero si te dejé una nota! ¡Noooooo!
Agentes: no intentes nada, estas esposas tienen Antídoto-X, y están electrificadas. Ahora, camina!
Butc: ¡Sí! ¡Mi turno de usar el auto! ¡Adiosito!
yo: ¡hey! ¡Allí está su cómplice! ¡Atrápenlo!
Agentes: no nos pagan lo suficiente para esto...
Yo: mientras, aquí está el siguiente episodio! Disfrútenlo y comenten!
Capítulo 21
-No puedo creer que este lugar siga en pie. Creía que lo hicimos volar cuando peleamos con los fooplicados de los demás.
-Bueno, pensé lo mismo, Yin, pero parece que algunas cosas resisten el paso del tiempo... y los golpes.
Yin y Yang acababan de dar, una vez más, con aquel sitio abandonado, actualmente en ruinas tras su última batalla.
A pesar de toda la destrucción y el polvo, extrañamente una de las tiendas permanecía en pie y, al fondo, una desvencijada y vieja máquina, con señales de haber visto tiempos mejores, permanecía relativamente intacta.
-¿Cómo ésta sobrevivió a la batalla?
-¿Y cómo voy a saberlo?
Era la máquina que el conejo había intentado utilizar, con aquella enigmática línea de letras.
Presionó los mismos botones, y sucedió exactamente lo mismo. El mismo renglón de letras blancas llenó el centro de la vieja pantalla.
-¿Lo ves? ¡Ni siquiera funciona!
-No, Yang, no creo que esté rota exactamente. Creo que, más bien, está bloqueada.
-Uh, ¿ya habían virus informáticos en la época de los cavernícolas? No lo sabía.
-Ni yo, pero tenemos que intentar sacar algo de esta cosa.
La coneja hizo a un lado a su gemelo, estudiando el código con atención.
-"GRITETIENDESSOLLEIDECAVALEBINEESBACAELA..." –recitó la coneja, pensativa.
Un par de instantes después, presionó un par de botones, y las letras comenzaron a reordenarse. Una amplia sonrisa de reconocimiento se extendió por su rostro, al tiempo que una oración con sentido tomaba forma ante sus ojos.
"EL TIGRE SE LAVA BIEN LOS DIENTES ECDAC BIA EL ..."
De repente, continuaron apareciendo más letras: "ASUNGE"
Cuando la coneja terminó de ordenar las letras, la oración decía:
"EL TIGRE SE LAVA BIEN LOS DIENTES CADA BIA SEGÚN EL E C..."
-Sigue siendo una oración sin sentido –acotó Yang, decepcionado-. ¿Qué significa eso?
-Aquí faltan letras –observó su gemela-. Pero una letra está de más. La C, ¿es eso?
Antes de que ella tocara ningún botón, dicha letra se borró de la pantalla, hasta que, de repente, una a una, todas las letras comenzaron a desaparecer, siguiendo a la primera, frente a su desconcierto.
-¿Qué hice? ¡Detente!
Cuando gritó, extrañamente, el proceso de borrado se detuvo, siendo la E la única letra que aún permanecía en mitad de la pantalla.
-¡Oh, ya lo entendí! –saltó el conejo azul-. ¡Debe ser alguna clase de adivinanza!
-pero ¿sobre qué? Hmm, será mejor que cuidemos lo que decimos aquí a partir de ahora, no vaya a ser que la última letra que queda desaparezca. Además, tengo el presentimiento de que nos está tratando de decir algo.
-¡Bueno, no tenemos todo el tiempo del mundo!
De pronto, la pantalla brilló, y una oración nueva apareció en la pantalla, completando la original.
"EL TIGRE SE LAVA BIEN LOS DIENTES CADA DÍA, SEGÚN EL TIEMPO CONVENIDO".
-¡Sí! ¡Al final esa cabeza hueca tuya resultó útil!
-¡Oye! ¡No tengo la cabeza hueca!
SU hermana se levantó del asiento, golpeando su cráneo ligeramente con su puño, obteniendo un ruido hueco como resultado, lo que le sacó una sonrisa.
-¿Eso te dice algo?
-Chiwa.
De golpe, un video en blanco y negro empezó a reproducirse frente a sus ojos y, si bien se notaba que la calidad no era exactamente la mejor, era lo suficientemente buena como para permitirles oír con claridad el audio.
Había lo que parecía ser una habitación llena de cachivaches difícilmente reconocibles, pero pudieron entrever una especie de estantería con algún rollo de pergamino o algo parecido. Frente a dicha estantería, alguien acababa de sentarse en canasta, alguien voluminoso y con una especie de traje de combate blanco. Una serie irregular de rayas grises y negras parecían cubrir horizontalmente sus brazos, cruzados sobre un vientre ancho. El rostro parecía felino; bueno, tenía bigotes, pero estaba borroso.
-Uno, dos tres... probando... ¿Se escucha? ¡Buenos días, Vietnam! ¡No, eso no era! ¡Ah, ya sé! ¡Buenas noches, América! ¡Bienvenidos al concierto de jazz del año!
-¡Deja de jugar con mi grabadora, mocoso impertinente! ¿ya limpiaste mis cosas?
-¡Uh, ese loro me tiene harto! ¿Cuándo te vas a dormir la siesta? En fin, tengo poco tiempo. Uh, supongo que debí pensar en algo mejor para la contraseña de esta cosa. ¡ya sé, lo pondré en una oración! ¡Sí! ¡Soy un genio!
-Esto es ridículo –se quejó Yang, hastiado-. ¿Qué se supone que debemos ver?
-¡Shh! ¡se pone interesante!
Ambos permanecieron de pie delante de la máquina, expectantes.
-Si alguien encuentra esto, una de dos: o eres un villano malvado con deseos de conquistar el mundo; o eres un caballero Woo-Foo en entrenamiento, ansioso de salvarlo. Si eres un villano, ¡no te saldrás con la tuya! Hmm, supongo que no importa, igual ya has llegado hasta aquí. Pero si eres un caballero Woo-Foo, ¡felicitaciones! ¡El camino recién comienza para ti! –carraspeó, mientras una serie de interferencias y gemidos cubrían el audio, tras un grito y una puerta cerrándose con estrépito-. ¡Bien! ¡Finalmente se duerme ese anciano! No me cae mal, en serio, incluso fue lo suficientemente amable como para prestarme su grabadora. Jeje, bueno, tomar prestada su grabadora, pero se la devolveré pronto, lo juro. Antes que nada, soy un caballero Woo-Foo, ¡recién graduado de su séptimo nivel! No, no es la cosa más divertida del mundo, si eso es lo que estás pensando. Estuve a punto de morir varias veces. Pero bueno, ya estoy aquí, y eso significa que mi tiempo ha llegado. Y el tuyo también, ¡amiguito o amiguita! –dándose la vuelta, toqueteó algo en el estante a su espalda, antes de volverse hacia la cámara una vez más-. ¡Puedo verlo ahora! ¡Son los libros perdidos de la luz y la oscuridad, amigos míos! No, no tengo tiempo para decir mi nombre, de todos modos la historia lo olvidará; sólo deben saber esto: en un futuro no muy lejano, estos rollos serán encontrados; ¡todo será paz y amor, o el caos y la destrucción reinarán por siempre! Uh, soy pésimo con la poesía, en serio. ¡Pero oye, aquí tienen una pista! ¡No están donde viven los que buscan! ¡Veo un valle, el Valle sagrado! ¡También veo un bosque con un castillo! ¡Un pantano! ¡Oh, por el amor del foo! Ojito, ojito, ¿dónde están esos libritos? ¡maldita sea! ¿Por qué estas cosas mágicas nunca funcionan cuando las necesitas? –se escuchó un golpe, luego un grito proveniente del mismo ser que se encontraba frente a la pantalla-. ¡No, no otra vez! ¡Veo una escena terrible! ¡La noche más oscura caerá!
Un instante después, la pantalla fue cubierta de rayas de interferencia, con ruido incluido.
-¡Nooo!
Ambos conejos gritaron al unísono, temerosos de que aquel viejo trozo de chatarra se desconectara ante sus ojos.
Por suerte para ellos, la imagen volvió a ser nítida una vez más, aunque ahora el felino en la pantalla tenía ambos ojos morados, como si acabaran de golpearlos con un palo.
-¡Eso dolió! Pero bueno, ¡será mejor que te apures, quienquiera que seas! ¡Esto es todo, hasta la próxima!
Con eso dicho, la pantalla volvió a quedar en negro, y la máquina se desconectó finalmente, volviendo a quedar envueltos por el silencio.
-¿Eso es todo? –Yang fue el primero en reaccionar, ofuscado-. ¿Un valle sagrado? ¿Un bosque con un castillo? ¿Un pantano?
Furioso, el conejo azul se abalanzó sobre el armatoste, comenzando a golpearlo.
-¿Ni siquiera el nombre de un país o de una ciudad? ¿Un continente? ¡nada! ¿Eres la cosa más tonta que he visto!
-¡Yang! ¡Detente! ¿Qué estás haciendo?
SU hermana intentó sujetarlo, pero ya era tarde. Tanto el armatoste como el conejo en su parte superior fueron arrojados por los aires, estrellándose contra una pared. La máquina explotó, estallando en cientos de pedazos humeantes, antes de que los cortocircuitos iniciaran un incendio que comenzó a extenderse a toda velocidad por el local.
-¡Yang! ¿Estás bien?
Yin corrió hasta donde yacía su hermano, quien tenía varios chichones del tamaño de sus ojos en toda su cara.
-¡Nunca más volveré a confiar en un videojuego de la época de los cavernícolas!
-¡Eso ya no importa! ¡Tenemos que salir de aquí!
En cuanto pudo conseguir que su hermano se levantara sobre sus dos pies, ambos salieron corriendo, siendo perseguidos por las llamas.
-¿Dónde están los bomberos cuando más los necesitas?
-¡Estamos en un área abandonada, Yang! ¡No hay bomberos aquí!
-¡Pero alguien tiene que haber visto el humo!
-¿Nosotros?
-¿No sabes ningún hechizo de agua para estas situaciones?
-¡No conozco ninguno!
-¡Chiwa! –gritaron ambos al unísono, llegando hasta un callejón, a diez metros del fuego.
De repente, alguien gritó por encima de sus cabezas.
-¡oigan ustedes dos, par de tontos!
En cuanto los conejos miraron hacia arriba, se encontraron con un villano familiar.
-¿Carl? ¿Qué estás haciendo aquí?
-¡Estaba a punto de preguntarles lo mismo! Mis últimas investigaciones me trajeron a este sitio, donde se supone que había una máquina antigua con información sobre los libros perdidos. ¡Pero supongo que todo mi trabajo duro ha sido en vano!
-¿Puedes apagar el fuego sí o no?
Fue Yin quien hizo la pregunta, mientras el brujo cucaracha sacaba su amado control remoto mágico de algún sitio, y lo dirigía hacia el incendio, que ahora estaba a solo cinco metros.
-¡naturalmente!
Presionó un botón en su control, y de repente se abrió un enorme agujero en el suelo frente a ellos, de donde emergió un tanque con una boca gigante en su parte superior. En lugar de una bala de cañón, comenzó a disparar un chorro de agua que impactó contra el fuego, aunque sin conseguir mejores resultados.
-¿Por qué no se apaga? ¡Debería apagar fuego normal!
-¡Ahora lo recuerdo! –dijo Yin, con urgencia en su voz-. ¡utilicé un hechizo de fuego contra Lina la última vez!
-¿Atacaste a tu amiga con una bola de fuego? ¿Y eso qué? ¿No haces esas bolas de fuego todo el tiempo?
-Bueno, no era exactamente Lina, sino una copia de ella. Pero no, no utilicé una bola de fuego normal. Mezclé la energía oscura con fuego y creé calaveras de llamas. ¿Qué tal?
-¡Soy demasiado joven para morir convertido en conejo a la parrilla!
-Está bien, ustedes –Carl habló con la voz más calma que pudo reunir, dirigiéndose particularmente a la coneja-. Entonces, sólo tenemos que hacer lo contrario.
-¿Qué quieres decir?
De repente, el tanque reemplazó sus ruedas por patas de metal, mientras el resto de su estructura era cubierta por una armadura de roca. A una orden de Carl, la máquina se plantó con firmeza frente a ellos, reteniendo las llamas unos instantes más.
-¡necesito que convoques esa energía oscura tuya! ¡Yo tengo el agua, tú la oscuridad! ¿Entiendes?
-¡Entiendo!
-¡A la cuenta de tres! ¡Tres, dos, uno...!
-¡Oscuridad foo!
-¡A toda potencia!
Mientras el tanque acorazado de roca explotaba, su creador le envió su última orden: consiguió expulsar una bomba hecha de agua a gran presión, mientras Yin creaba dos manos de energía oscura, que rodearon el agua y los restos de la máquina en pedazos, al tiempo que invocaba un campo de energía, con el que protegió a los tres de las explosiones.
Las llamas intentaron avanzar hacia ellos, pero cuando Yin los liberó del campo de energía, a la vez desató la bomba acuática de Carl, abriendo las manos de oscuridad y empujando su contenido con todas sus fuerzas, observando anonadada cómo la energía misma se fusionaba con el agua, antes de envolver al fuego, provocando una última explosión.
Los tres volaron por los aires, aterrizando al otro lado del callejón, el cual se partió en pedazos por la onda de choque.
-¿Lo hicimos? –Carl preguntó, yaciendo a su lado, con tantos moretones como los conejos.
-¡Lo hicimos! –chillaron los conejos.
-No puedo creer esto, pero Carl, ¿por qué nos salvaste? –Yang se veía contento, pero aún así, no conseguía quitarse las sospechas de encima.
Más tarde, los tres se encontraban de camino a casa del villano.
-Eh, bueno... ¿Porque soy un buen samaritano?
-No lo sé –Yin era la menos convencida de los dos-. No es habitual que tú nos ayudes.
-¿Qué pretendes?
Carl flotó sobre sus cabezas, mirando para otro lado con nerviosismo mal disimulado.
-¿Buscando la ubicación de las reliquias perdidas, Carl? ¿Es así?
La pregunta de la coneja rosa dio en el clavo, porque Carl no tardó en ponerse colorado, delatándose.
-¡Ya lo había dicho antes, de todos modos!
-¡Lo sabía! ¡No se puede confiar en alguien como tú!
-Bueno, hermano, ni que fuera para tanto.
-AL menos alguien tiene un poco de sensibilidad aquí.
La sonrisa agradecida de la cucaracha, sin embargo, no duró.
-Quiero decir, no es como si supiera cómo encontrarlas, ¿verdad?
-¡Oh, por el amor del mal! ¡Y aquí estaba pensando que por fin había conseguido abrir sus corazones!
-¡Somos los buenos, no tú! –se exaltó Yang.
-No somos exactamente unos santos. –Yin se cruzó de brazos.
-Miren, podemos ayudarnos entre nosotros y sacar beneficios mutuos. ¿Qué tal eso?
-Explícate –exigieron al unísono.
-Es simple. –Sacó su control remoto, convocando el familiar televisor encantado-: ¡Observen!
En la pantalla se proyectaron imágenes de los conejos haciendo cosas imposibles.
-¡Las infinitas posibilidades! ¿Sólo piénsenlo!
Los conejos fijaron sus ojos en las increíbles escenas que capturaban su asombro. Se vieron a sí mismos construyendo castillos y ciudades en el agua y en el aire, curando enfermedades sin cura, venciendo toda clase de monstruos, incluso había una escena de ellos siendo aclamados por millones de seres que gritaban sus nombres y aplaudían.
-¡Serían más que héroes, serían salvadores del mundo!
-¡Chiwa! –exclamaron.
-¿Todas las cosas injustas en el mundo se acabarían gracias a ustedes! ¡Enfermedades! ¡Hambre! ¡Pobreza!
-Oye, oye, espera un segundo, -lo detuvo la coneja, mientras elevaba sus manos en el aire-. ¿Desde cuándo te preocupan esas cosas?
-Sí, Carl. El malvado genio cucaracha, ¿un héroe? ¿Me golpeé la cabeza durante esa pelea ahí atrás?
-Vamos, ¿qué tiene de malo que quiera hacer algo bueno por una vez?
-¿Eso en qué te beneficiaría a ti? –Yin fue directa al grano.
-Seré humilde, ¡lo prometo!
-Qué quieres, ¿hacer que tu madre te trate mejor? Quiero decir, ni que vayamos a ser como los reyes magos una vez que consigamos estas reliquias o lo que sea –opinó Yang.
-¡Sólo quiero dos simples cosas! Primero, que mi estúpido hermano mayor desaparezca. Segundo, tapar los soles por al menos un par de meses. No pido que sea permanentemente, verán que no soy quisquilloso.
-¿nada más? ¡Vaya! ¡Y aquí estaba pensando que nos pedirías convertir a tu madre en un sirviente zombi o algo así! –Yang se rió, aunque obviamente seguía sin estar convencido.
-No pido un milagro, pero después de que cumplan mis humildes deseos, ya no necesitaré depender de mi madre otra vez. Es un trato justo, ¿no les parece?
-No hay trato –saltó Yin, evidentemente descontenta.
-¿Qué? ¿Por qué?
Los tres se sorprendieron al notar que Yang y Carl habían hablado al unísono.
-Por favor, no creerás que nos convertiremos en una especie de dioses cuando tengamos las reliquias en nuestras manos –aclaró, bastante molesta.
-¡Tiene razón! –se apresuró a respaldarla su hermano-. No podemos simplemente ir por ahí cumpliendo los caprichos de la gente sólo porque tengamos la capacidad para hacerlo.
-¡Yang! ¡eso es tan maduro viniendo de ti!
-No lo presiones.
Carl, mientras tanto, hizo desaparecer el televisor encantado, y continuó flotando en dirección a su casa, siendo seguido de cerca por los conejos, que no le sacaban el ojo de encima.
-¿Por qué me siguen?
-No lo sé, ¿por qué lo estamos siguiendo, Yin?
-Oh, no tengo idea. ¿El que nos ayudara a salir del paso sin un solo pelo quemado tendrá algo que ver con eso? Nunca está de más hacerle compañía a alguien que sólo tiene las mejores intenciones, ¿verdad?
-Carl nunca tiene las mejores intenciones, Yin.
-¡sarcasmo, Yang!
Esta vez, la sorpresa fue debido a que la coneja y la cucaracha habían hablado al unísono.
-Uh, definitivamente tenemos que dejar esta rutina. ¡En serio, no es gracioso!
-De todos modos, Carl, es demasiada coincidencia que aparecieras allí en el momento justo.
Yang adoptó una postura seria, aunque su hermana se esforzaba por no sonreír.
Minutos después, se encontraban frente al castillo modificado para servir de hogar a la familia de su Némesis.
-¡carl, llegas tarde para el almuerzo! –se escuchó la quejumbrosa voz de su madre-. Espera, ¿trajiste amigos a visitarnos?
-¡Puedo explicarlo, madre!
-¡No lo hagas! –su enojo no tardó en evaporarse, como si una hoya de agua caliente a presión se liberara-. ¡Carl, nunca traes a tus amigos a casa! ¡Prepararé dos platos extras!
Los conejos se tragaron su propia réplica sobre ser los "amigos" de Carl; obviamente, tenían tantas ganas de estar ahí junto con ellos como el brujo cucaracha. Bueno, el sentimiento era mutuo por una vez, aunque fuera negativo.
En la cocina, un Herman furibundo iba y venía de un extremo al otro de la habitación, gritando órdenes a mansalva: a su alrededor, los restos de sus guarniciones se amontonaban desordenadamente por todas partes, realizando todo tipo de tareas; algunos atendían a los heridos; otros, preparaban tumbas improvisadas para los caídos; los menos, como Charles, se ocupaban de ayudar a su jefe a preparar el almuerzo.
-¡Carl, mi estúpida excusa para un hermano menor! ¿Cómo te atreves a desaparecer para el almuerzo?
-Veo que nuestra querida madre te ha mantenido ocupado, ¿eh?
-¡Ocupado es una palabra suave! ¡Si no estuviera a punto de desmayarme de agotamiento, te rompería la cacerola de mamá en tu estúpida cabeza!
-¡Señor! –Charles y su pequeño escuadrón, menos de una decena ahora, se le acercaron, con urgencia en sus expresiones-. ¡necesitamos ayuda! ¡Es una emergencia!
-¿Qué pasa ahora? ¡Más heridos graves? ¿Más bajas?
-¡En realidad, se trata de la comida! ¡Está a punto de quemarse!
-¡Por el amor del mal! ¿Es que tengo que hacerlo todo yo?
El furibundo general saltó para apagar las hornallas, justo un instante antes de que toda la comida se convirtiera en carbón.
-ya está. ¡Eso era tan difícil?
De repente, el chico hormiga superdesarrollado, y con un ego a su nivel, sufrió una cucharada de su propia medicina... eh, de su propio descuido. Hubiera gritado como una niña, pero la enorme olla, del tamaño de dos elefantes adultos, fue más rápida, y si no fuera por su armadura blindada, probablemente el golpe lo habría matado.
-¡Jefe! ¿está bien?
Charles entró en pánico, pero era evidente que, a menos que tuviera la fuerza de Herman, ni el ejército al completo podría levantar la olla hirviente de encima de su general, ahora inconsciente.
-¡Necesitamos ayuda!
Este pequeño accidente se habría convertido en una tragedia, sino fuera porque alguien pareció escuchar las súplicas del segundo al mando.
De repente, la enorme olla hirviente comenzó a flotar en el aire, ante una audiencia sorprendida.
-No te angusties, Charles, ni que Herman fuera a morir o algo así. Quiero decir, esa quemadura dolerá durante semanas, pero no debería ser para tanto.
Yin acababa de levitar la olla mágicamente, depositándola cuidadosamente en la mesada.
-Nunca creí que diría esto, pero Carl, ¡eso fue delicioso! ¡No sabía que tu madre fuera tan buena cocinera!
-Yang, ella no hizo nada. Y Carl, ¡tu hermano cocina terrible!
-Charles hizo casi todo, en serio –atajó el susodicho, echándole una que otra mirada de reojo al segundo al mando de su hermano, quien seguía atendiendo a sus camaradas en una esquina-. ¡Y no conocen la cocina de mi madre!
-¿En serio? Porque sospecho que no cocina a menudo –opinó Yang.
-¡Claro que ella no cocina a menudo, alcornoque! ¡Yo soy quien siempre lo hace!
Un incómodo silencio se instaló entre ellos.
Acababan de levantar la mesa, y la madre de Carl, siempre ansiosa, no había dejado de pincharlos sobre qué estaban haciendo en su casa; bueno, había intentado mantener una conversación civilizada, pero se la pasaron callados la mayor parte del tiempo, en parte porque los tres preadolescentes consideraban que la mujer mayor no tenía cartas en el asunto (no tenía por qué enterarse de los antiguos rollos perdidos, según carl y Yin, y bueno, había pensado que las patas de los conejo serían bonitos adornos en su salón, así que no, Yang tampoco consideró que su amabilidad fuese verdadera); en parte, para alivio de nuestros protagonistas, porque el hermano Herman se la pasó inconsciente toda la comida.
Ahora, no obstante, casi todos dormían la siesta (Herman seguía inconsciente, así que no era como si tuviera elección).
-Bueno, excepto hoy, por lo que parece –Yin hizo una tentativa de sonrisa, pero falló y su mueca no tardó en convertirse en un ceño fruncido.
Se hallaban actualmente en el pasillo, camino de las habitaciones de los villanos, pero Carl parecía reticente a dejarlos proseguir.
-¿Vamos a la habitación de Herman? ¡Apuesto a que tiene un montón de armas raras y chucherías para mirar!
-Yan, no creo que sea una buena idea. La última vez que nos metimos con sus cosas, casi hacemos volar este lugar por los aires.
-¿Te acuerdas? ¡Carl, tú estabas allí!
-¡Sí! –Yin sonrió, compartiendo la expresión de su gemelo-. Recuerdo que Herman estaba organizando una especie de subasta del mal o algo así, ¡y entonces nos dimos cuenta de que estaba intentando hacerse con el Libro Prohibido!
Esta vez, los tres compartieron una carcajada, disfrutando de un raro momento de improbable amistad, recordando aquel episodio del pasado, uno de los pocos en los que no habían terminado golpeándose entre sí.
-Ejem. –Carl les hizo callar con un gesto-. Lamento decirte esto, yang, pero no, no vamos a husmear a la habitación de mi hermano. Vamos a la mía.
Sin otra palabra, abrió el camino, llevándolos a su cuarto, cosa que, en realidad, era menos sorprendente de lo que se imaginaban los conejos.
-Uh, no te ofendas, pero aquí no hay nada interesante –Yang se cruzó de brazos, aburrido.
-Esta vez, tengo que estar de acuerdo contigo, hermano.
Su juicio no era desacertado, al menos en parte. Carl no guardaba armamento raro en su cuarto, ni reliquias de la antigüedad, ni estatuas de oro, ni nada remotamente tan llamativo, por lo demás cursi, según sus propios parámetros.
-Ya sé, no tengo armas antiguas ni nada semejante. Tampoco se encontrarán con estatuas a mí mismo por aquí. En serio, mi hermano tiene que salir más a menudo.
-¿Qué? ¿Cómo es eso? –Yin pareció interesarse por su complejo de hermano-menor-echo-a-un-lado.
-No importa. Tenemos mejores cosas que hacer que fisgonear entre armas viejas y armaduras oxidadas, o limpiar las patéticas estatuas de mi hermano.
Carl encendió la bombilla con su control remoto, antes de indicarles que lo siguieran hasta la esquina sur.
-¡Contemplen mi tesoro!
-¿Dónde? ¡Yo sólo veo una pared vacía! –dijo Yang, exasperado.
-¡Esperen y verán! ¡Ahora, comprueben la gloria de mi tesoro!
Carl presionó un botón de su control remoto varias veces, pero nada cambió.
-¡Oh, cierto! ¡Cambié la contraseña el otro día!
Presionó una serie de botones, y entonces la pared se abrió, dando paso a una habitación oculta.
-¡Es aquí!
-¡Chiwa!
Se toparon con una estancia casi tan grande como la sala central de su dojo.
Carl los condujo por el medio. A su alrededor, un montón de cachivaches, desperdigados de cualquier manera, les daba la bienvenida.
-Este lugar me recuerda a nuestro sótano, Yang.
-Seguro. ¿Qué es este lugar, tu laboratorio secreto?
-Algo así –fue la simple respuesta de Carl.
Habían bolas de cristal rotas sobre un estante cerca del techo, una escalera de trabajo, las partes de una vieja computadora, el lente de un telescopio, entre otros artefactos, los cuales yacían ocultos bajo montones de cortinas polvorientas. En la esquina opuesta, se alineaba una pequeña biblioteca de cuatro estantes, junto a un viejo televisor sin su pantalla, que sería al menos de los años 80.
-Ahora veo de dónde sacó lo del televisor encantado –observó Yang, hablando en susurros.
-No toquen nada, ¿bien?
Siguieron al dueño de la habitación, encogiéndose de hombros ante su petición.
-No tienes de qué preocuparte. No me entusiasma precisamente quedar atrapada en una telaraña.
Carl revolvió algo en el tercer estante, hasta que descubrió lo que parecía ser un viejo pergamino.
-¡Tienes rollos antiguos aquí? –Yin se sintió repentinamente intranquila, y miró al brujo con sospecha-. No estarás intentando replicar nuestros rollos Woo-Foo, ¿verdad?
-Créeme, ya lo he intentado. La última vez, estuve a punto de ser devorado por un agujero negro.
Los conejos pusieron los ojos en blanco.
-Entonces, ¿qué es esto? –Yang intentó dar un paso hacia delante, pero su hermana lo detuvo-. ¿Qué? No vamos a volar por los aires ahora.
-Nunca se sabe.
-¡Vengan aquí, hay algo que quiero mostrarles!
Los tres se sentaron en canasta en torno a una mesa ratona con una carpeta polvorienta cubriendo su superficie, preparada al estilo de un área de trabajo. Carl desplegó el rollo, y pudieron ver lo que contenía: casi todo eran imágenes pintadas a mano, en su mayoría borrosas, con contornos que se desdibujaban según la luz de una lámpara se proyectaba en su superficie.
-Demasiado trabajo. Quiero decir, si quienquiera que dibujó esta cosa estaba pensando en tener un bloc de dibujo personal en la época de los cavernícolas, hubiera utilizado un cuaderno –dijo Yang, mirando sin entender los diferentes dibujos.
-¡Son pinturas chinas! ¡Todas son originales! ¡Echas a mano y muy antiguas! ¡Con varios siglos de antigüedad!
-Viejo, pero no tanto –opinó Yin, sin dejarse impresionar.
-En realidad, es lo que he conseguido con pruebas de carbono 14. Pero sólo he logrado datar las primeras quince. Este pergamino contiene cientas, si no miles, de imágenes de épocas remotas; una más antigua que la anterior.
-Sin ofender, pero ¿qué es el carbono 14? Creía que esas cosas se usaban para proteger tanques.
-Uh, hermano, no es fibra de carbono, es carbono 14. Se utiliza para saber de qué época es alguna cosa.
-Eso es correcto, Yin, es por eso que, según lo que pudo decirme un tipo que parecía saber de estas cosas, hay aquí imágenes pintadas hace tres mil años, y ésa es sólo una subestimación.
-No entiendo qué tienen que ver estos dibujos con las reliquias que estamos buscando nosotros –objetó Yang, aburrido.
-Sólo observen.
Carl desplegó el rollo hasta que superó el borde de la diminuta mesa, llegando a la altura de sus estómagos. Frente a ellos se desplegaron decenas de imágenes, ahora más definidas, que brillaron espectacularmente bajo la luz de la lámpara: dragones, un mapache vestido con motivos de monje, que sostenía lo que semejaba una especie de espada; líneas que se cruzaban en patrones que formaban una imagen abstracta; y más allá, las siguientes imágenes hicieron que tragaran saliva.
-¿Lo ven ahora?
Yin se apresuró a hacer levitar la parte que se había derramado del costado hacia ella, acercando el delicado papel de seda a su cara, sintiendo cómo un escalofrío recorría su columna.
-Yin, ¿eso es...?
-No se parece a Eradicus –Yin señaló una escena del tamaño de su palma, pensativamente-. Pero no hay duda de que tuvo que haber sido un Maestro de la Noche.
Carl asintió, sin tener que verla; él ya lo había hecho antes.
La imagen en cuestión mostraba a un ser abiar, quizás un loro, quizás un pavo real, aplastando a un centenar de pobladores con una especie de maza gigante. A su alrededor, las letras antiguas en aquel idioma desconocido para ellos parecían bailar con la destrucción, cual bailarines de una coreografía congelada.
-¿Qué significa el texto, Carl? ¿Lo sabes?
-¡Soy brujo, no políglota! ¡Claro que no lo sé!
Yin pasó sus dedos cuidadosamente por cada uno de los extraños pictogramas, y éstos parecieron moverse bajo su toque, lo que la hizo retroceder.
-Yin, esto me da mala espina –su hermano compartió su escalofrío.
-Sigan mirando, hay más.
Y eso hicieron. Les llamó la atención la siguiente imagen, de unos ojos sobre un par de caparazones de tortuga.
-¡Espera, yo reconozco esta imagen!
-¿De veras? –Carl y Yang habían hablado al unísono.
-Estaba en esa hoja de pergamino que tenía Terodárticus, y que me obligó a utilizar para abrir ese portal –recordó, pensativa-. Hmm, me pregunto si sabría chino. No lo creo, sin embargo.
-¿Por qué no? –Carl sujetó el extremo opuesto con cinta adhesiva a la mesa, al tiempo que se inclinaba más cerca de los conejos.
-Quiero decir, sé que estuvo décadas en esta cárcel dimensional, pero algo no cuadra. Recuerdo que, una vez mientras nos entrenaba, le pregunté cómo sabía tanto sobre magia, y él me dijo que era cuestión de paciencia. No seguí preguntando, pero tengo la sensación de que no lo sabía todo y de que, más de una vez, estaba presumiendo. ¿Quizás alguien más lo ayudó?
-¿Alguien que compartiera su cautiverio? Hmm, no lo había pensado –dijo Carl, algo distraídamente-. Según deduje por lo poco que pudimos sonsacarle a ese pajarraco arrogante, dio a entender que aquel lugar contiene a muchos villanos de diferentes épocas que lucharon con los antiguos caballeros Woo-Foo.
-Sólo sé que éste es el mismo hechizo, porque los ojos y esas líneas son el mismo símbolo. ¡Mira eso, Yang!
-¡Oh, veo que finalmente encuentran la parte más interesante!
Esta vez, los tres compartieron la imagen: se trataba de una especie de retrato de algún tipo de valle, donde al menos un centenar de animales de todas las especies y colores parecían estar participando de una suerte de ceremonia.
Lo más llamativo eran los dos seres que parecían sobrevolar el cielo, cuyas características eran casi indistinguibles, salvo por el contorno de sendos pares de alas enormes. Sobre sus cuerpos, alguien había pintarrajeado diferentes ideogramas raros, pero los conejos se sorprendieron al reconocer una letra en el alfabeto latino: una J, sobre una de las alas del personaje de la derecha.
-¿Qué hace una letra de nuestro alfabeto en una pintura china antigua? –Yin tuvo que hacer la pregunta, aunque no tuviera quién darle una respuesta.
-Carl, tal parece que te estafaron. ¡El idiota que hizo estos dibujitos de seguro sabía de chino como yo sé de matemáticas!
-¡Eso es! –Yin saltó-. ¡Yang, eres un genio!
-¿Qué, tengo razón sobre que esta cosa es un pañuelo que alguien dibujó a lápiz antes de pasarlo por su lavarropa y tirar por el inodoro?
-¡No, no es eso! ¡Creo que, sea quien sea la persona que pintó estas imágenes, tenía que hablar tanto chino como alguna lengua romance o latín.
-Uh, ya me perdí. A ver, ¿qué son todas esas rayas en el papel? ¿Simplemente el tipo que escribió esta cosa se quedó dormido con la boca abierta una noche y después tachó todo?
-¿Eso? Bueno, mi fuente me dijo que son cálculos. ¿El año de cada imagen? ¿Alguna profecía loca? Qué sé yo.
-Bueno, recuerdo que el Maestro Yo tenía esta J invertida en su traje especial –acotó la coneja-. ¿Y si significa algo que no sabemos y que es importante?
-Uh, yo no entiendo una jota –aportó su hermano, exasperado.
-Sin embargo, mi fuente ha conseguido traducirme algunas de las inscripciones: ¿esto? –señaló una serie de ideogramas en la esquina inferior izquierda-: supuestamente significa algo así como "bosquecillo sagrado" o "valle sagrado".
-¡Un momento, ahora lo entiendo! –Yin sonrió, y sintió que algo estaba saliendo bien por primera vez en el día-. Yang, ahí dentro, en esa tienda... ¿recuerdas lo que dijo ese sujeto?
-No todo, pero sí, dijo algo sobre unos lugares... Hmm, ¿no mencionó algo sobre un castillo en un bosque?
-¡Y también mencionó un valle sagrado! ¡Quizás estamos cerca!
-No quiero arruinar tu fiesta, cerebrito, pero hermana, a menos que yo sea un completo cabeza hueca, ¿eso no está en chino?
-¿Y?
-Sólo digo que, bueno, una de dos: o quienquiera que dibujó estas cosas era un ladrón de antigüedades, una especie de Arsène Lupin en un museo de joyas ultracaras, o era un chino que, por casualidad, sabía algo de estas otras lenguas.
-¿Y tu punto es?
-¿Cómo vamos a llegar adonde sea que esté eso, si está en China? ¡No creo que podamos cavar hasta cruzar el centro de la tierra y salir del otro lado!
-Hm, no había pensado en eso –admitió su hermana, de pronto desinflada.
-Bueno, he experimentado con toda clase de artefactos y magia, aunque admito que nunca he intentado llegar al otro lado del mundo cavando. ¡Oigan, qué gran idea!
-Chiwa –dijeron los conejos.
-Aunque no es seguro, marcaré China como un lugar para buscar –dijo Carl minutos más tarde.
-Que yo sepa, bosques y valles hay por todas partes. Bueno, no sé casi nada del mundo fuera de nuestra ciudad, pero no tenemos nada demasiado seguro todavía –dijo Yin, aún dudosa de la localización de aquellos sitios.
-¡Tengo una idea! –dijo Yang, llamando su atención-. ¡Podemos buscar en Internet! ¡Internet lo sabe todo!
-¡Por favor! –Carl puso los ojos en blanco, para nada impresionado-. ¿Qué, vas a buscar las palabras bosque sagrado o valle sagrado en la Web?
-¡exactamente!
-pensándolo bien, no es tan mala idea. ¿Quién sabe? Puede que encontremos algo interesante –objetó Yin, mientras todos dejaban atrás la habitación secreta de la cucaracha.
-¡Mira, Yin! ¡mira todo esto!
-¡yang, según tu minuciosa búsqueda, hay centenares de bosques y de valles por todo el mundo! ¡Nos haremos viejos antes de encontrar el que estamos buscando!
Estaban sentados alrededor de una vieja computadora de Carl, pero su búsqueda había arrojado tal cantidad de resultados que estaban comenzando a pensar que había sido una total pérdida de tiempo.
-Hablando de otra cosa, Carl, ¿por casualidad nosotros conocemos a tu fuente?
-No, gracias a todo lo bueno. O lo malo, en realidad no importa.
-Bueno, esa persona podría darnos una mano ahora mismo.
-Lo llamaré.
Cinco minutos después, su anfitrión regresó con el rostro rojo por la ira.
-¡Ese idiota no quiere decirme nada! Lo lamento, supongo que hemos perdido la tarde.
-¡Dame ese teléfono!
Yin le arrancó el teléfono de las patas, y confrontó a la persona del otro lado.
-¡Carl, ya te lo dije! ¡No te diré nada! Una cosa es que pidas mi ayuda para traducir un rollo más viejo que la abuelita de Colón, ¡pero ni loco te diré nada sobre esas reliquias!
-Hola. No soy Carl. Me llamo Yin y soy una guerrera Woo-Foo en entrenamiento.
-¿Una aprendiz Woo-Foo?
-Sí. ¿Y usted es?
-Gilberto Suárez es el nombre.
-Ya está –dijo Yin, sonriendo. Acababa de mantener una intensa charla de casi quince minutos con la fuente de Carl-. Tenemos algunas direcciones.
-¡Yo anoto!
Yang encontró lápiz y papel de alguna parte, y escribió una serie de sitios para visitar, según le iba dictando su hermana, casi en un susurro: un bosque en Japón, un valle en China, la selva del Amazonas al norte de Brasil, un pantano en Chile, sierras en Argentina, montañas en Estados Unidos, los Cárpatos de Transilvania en Rumania, las llanuras irlandesas y un castillo en Ámsterdam.
-Uh, no es por aguarles el viaje, pero ¿cómo se supone que van a llegar a cualquier parte?
-Si estás intentando sonsacarnos posibles lugares donde podrían estar escondidos los rollos perdidos, Carl, lo lamento, no lo conseguirás –atajó Yin, apagando la computadora rápidamente.
Lo que ella no sabía era que Carl no era tonto, y había conseguido escuchar a escondidas su conversación con Gilberto.
-Pero hermana, tiene razón. ¿Qué vamos a hacer?
-Bueno, hermano, sé cómo podemos resolver un medio de transporte. Sobre cómo llegar, sin embargo, no tengo ni idea.
Carl iba a seguirlos interrogando, justo cuando Herman salía de su desmayo y, debido a sus gritos, despertaba a su madre, iniciando un buen barullo.
-Ve, Carl. Parece que estás demasiado ocupado como para andar buscando un destino vacacional –dijo la coneja, algo divertida.
-¡No lleves a tu familia allí!
Los conejos salieron corriendo antes de que la cucaracha fuera capaz de seguirlos.
El Maestro Yo cambió de canal por quincuagésima vez aquel día.
-Uh, y yo que pensaba que jubilarme iba a ser divertido. ¡Rayos, cien canales y nada bueno que ver!
La partida de sus hijos, a primera hora de la mañana, lo había dejado sin nada que hacer, así que acabó por darse una buena siesta y pasar el resto del tiempo mirando la televisión. Después de que los niños se marcharan, no sin antes arrasar con la cocina y la heladera, sabía que debería haber salido a comprar víveres, pero no tenía ninguna gana.
De hecho, había pasado de una tranquilidad largamente añorada a un aburrimiento total en menos de dos horas, y de eso hacía ya tres.
Eran pasadas las siete de la tarde, y en las noticias los elfos de costumbre anunciaban, felizmente, el retorno, paso a paso, del pueblo a la normalidad anterior.
-¡No conseguirán desalojarme, no mientras tenga voz para gritar!
-¡Y ahí lo vieron! Una Saranoya que se resiste a ser llevada al manicomio..., quise decir a ser desalojada de su florería, recientemente destrozada por sus, ejem, empleados... ¡Más detalles después de los comerciales! –el presentador fue reemplazado por una propaganda de yogur dietético.
-Uh, supongo que no soy el único que no tiene nada bueno que hacer hoy. ¿Qué pasó con las peleas y los villanos? ¿La acción? ¡necesito algo de acción, o volveré a caer dormido!
La canción publicitaria del siguiente comercial habría conseguido su cometido, si no fuera porque alguien golpeó a las puertas, justo cuando sus ojos comenzaban a sentirse pesados, y justo cuando creía que se cerrarían hasta el otro día.
-¿Qué querrán ahora esos niños? ¡ya no me queda cereal!
Se reincorporó con dificultad de su sofá, despertando sus miembros. Falto de todo entusiasmo, se dirigió, con la mayor lentitud que pudo, hacia la entrada; estuvo a punto de canalizar su hartazgo del día en un crecimiento exponencial de sus puños con energía Woo-Foo dirigido a la pobre alma que se atrevía a molestarlo, hasta que descubrió quiénes venían a visitarlo.
-¡maestro Yo!
-¡Niños! ¿ya regresaron de su viaje?
Tras un corto abrazo familiar, se separaron para que los conejos hicieran su petición, una que el panda no esperaba.
-Necesitamos un transporte. Así que nosotros... –comenzó Yin, nerviosa.
-...Nos preguntábamos si nos prestarías la camioneta –finalizó su hermano, más despreocupado.
-...No.
-¡Por favor! ¡prometemos no hacerla pedazos! –saltaron los gemelos, poniendo ojos de cachorro atropellado.
-Oh, no es por eso. Vengan.
Al llegar detrás del gimnasio, su padre aplaudió dos veces. Frente a ellos, un viejo cobertizo, alguna vez parte del baño trasero, se abrió de par en par, expulsando una mezcla de aromas: aceite de motor, nafta y, claro, también un rastro del tufo de quien no ha limpiado su cobertizo –y baño- en varias semanas.
-Bueno, eso es algo –dijo Yang, mientras ambos se tapaban la nariz.
-No sabía que teníamos un garaje, Maestro Yo. ¿Qué hizo con el baño?
-nada, naturalmente; simplemente instalé una separación de madera entre el inodoro y el lavabo, ¡y gualá!
Con un tercer aplauso, el armatoste con forma de una vieja camioneta familiar, hizo marcha atrás, y los habría matado instantáneamente, si no fuera porque Yin los rodeó con un campo de energía y los telefooportó lejos del peligro un segundo antes del impacto.
-jeje, creo que compraré el control remoto.
-¿Y por qué no podemos usarla? –volvió a insistir su hijo.
-Aunque confío en que no se matarán en el camino, deben saber una cosa: fuera del pueblo, hay reglas estrictas, reglas que, si no se cumplen, acarrean consecuencias desastrosas.
-Hemos lidiado con villanos que han tenido intenciones desastrosas para la ciudad, no veo cuál es el problema.
-Yang, allá afuera no se encontrarán sólo con villanos, héroes o lo que sea que encuentren. Uf. Estoy oxidado en este tema, y apenas estoy comenzando a recordar fragmentos de cómo era mi vida antes de venir aquí. Lo único de lo que estoy seguro es que no era exactamente fácil, y no precisamente a causa de los villanos.
-¿Lo rechazaron en las grandes ciudades? –opinó Yin.
-¿O lo acusaron de robar prétzels?
-¡no y no!
-¡Yang, no seas grosero! Además, sería completamente entendible si el Maestro Yo quisiera apoderarse de algunos prétzels de más, ¿verdad?
-¡Claro que no! Además, ¡esos prétzels eran míos mucho antes de que pusieran la fábrica y me los arrebataran! Valió la pena haber hecho explotar ese lugar, aunque ya no quedara ningún prétzel.n
-¿Está hablando de su último encontronazo con los prétzels, o de algo anterior? –susurró Yin, confundida.
-Estoy tan perdido como tú.
-¡Niños, presten atención! –ellos obedecieron, mirándolo fijamente-. Escuchen, sé que no es la primera vez que se enfrentan a lo desconocido. Pero es que allá afuera los villanos serán una de muchas preocupaciones.
-¡Pero eso no importa! ¿Verdad? Después de todo, siempre salvamos el día al final –Yin sonrió con confianza.
Su padre y maestro mató esa confianza en dos segundos.
-¡no tienen carné de conducir! ¡Tienen apenas trece!
-¡pero...! –intentaron alegar, cayendo sus súplicas en oídos sordos.
-¡Podrían quitarme la camioneta! ¡hasta puedo acabar en la cárcel!
-Entonces, ¿qué hacemos? Necesitamos un medio de transporte, y lo necesitamos ahora –se impacientó Yin, exasperada pero también comprendiendo la situación.
-Ejem. –Una inesperada voz familiar sonó a sus espaldas, deteniendo los gritos del panda-. No tienen de qué preocuparse.
-¡Carl! ¿Qué estás haciendo aquí?
-Uh, no creían en serio que iba a dejarlos ir en paz, ¿eh?
-¡En serio, tienes que dejar de aparecer de la nada! –intentó de intervenir Yang, obviamente molesto.
-Ejem. –El Maestro Yo llamó su atención, cruzado de brazos al lado de su camioneta-. Mira, carl, a menos que tu televisor mágico sea un convertible disfrazado, no tienes nada que hacer aquí.
-Oh, no pretendía interrumpir su charla familiar. Pero creo haber oído que necesitan un transporte.
-Ya tenemos transporte, muchas gracias –el panda no daba el brazo a torcer.
-Bueno, entonces estoy seguro de que necesitarán esto –les arrojó a los conejos sendos permisos de conducir falsos-. Y esto.
Con un hilo de energía, introdujo su control remoto mágico por una ventana abierta del vehículo, el cual pareció quejarse por la intromisión, al igual que su receloso dueño.
-¿Qué rayos estás haciendo?
-una actualización, y una muy necesaria.
De repente, el interior de la camioneta brilló, antes de que la parte delantera se transformara, en cuestión de segundos, en una especie de rostro de camión monstruo, con ojos, nariz y dientes incluidos en el parachoques. El nuevo ser gruñó, abriendo y cerrando sus puertas como un recién nacido descubriendo el mundo.
-¿Mi camioneta!
Yo fue a revisar el vehículo; gran error: la camioneta ahora viviente pareció anticiparse a su movimiento, dando marcha atrás y enviando al panda a estrellarse contra la ventana del baño.
-¡Maestro Yo!
-jeje, recién nacida y ya conoce los deseos de su creador... ¡Quisiera ser la camioneta para haber hecho eso por mí mismo! ¡ja, ja!
Su repentina euforia tuvo que apagarse ante la mirada furibunda de los conejos.
-Espera, ¿le diste vida a nuestra camioneta? –Yang se distrajo, volviéndose a mirar el vehículo, que ronroneó ante el reconocimiento-. ¡Oye! ¡necesitas tener un nombre!
-¿Yo la creé, por lo tanto seré quien la nombre!
Los conejos hicieron caso omiso de sus palabras.
-¡Tengo un buen nombre! –se apresuró Yin-. ¡Bella!
La camioneta gruñó, y la coneja dio un paso atrás, temerosa de haberla ofendido.
-¡Oye, ese nombre es ridículo! Ya sé, ¿qué tal Aplastatontos? ¡Oh, Matamonstruos!
La camioneta volvió a gruñir, aunque algo más suavemente esta vez.
-Ouch. Esa cosa definitivamente me rompió una o dos costillas –dijo un Maestro Yo magullado, saliendo del baño-. ¡Ahora verás! Te crees furiosa, ¿eh? ¡Te mostraré tu lugar!
El panda convocó sus puños de poder, pero la camioneta, más divertida que enojada ahora, violando las leyes de la física, se hizo a un lado a la velocidad del rayo, antes de utilizar una de sus ruedas traseras para aplastar el pie del panda, que gritó de dolor, antes de caer al suelo, impotente.
La radio del interior se encendió, sintonizando una emisora donde alguien estaba contando un chiste, justo en la parte en la que el público se reía.
-¿Mira, parece que se está divirtiendo! –dijo Yin, mientras ambos la miraban enternecidos.
-no puedes llamarte Furiosa, ese nombre no es elegante en absoluto.
La camioneta, en desacuerdo, sintonizó otra emisora, donde un oyente iracundo, por alguna razón, amenazaba al conductor del programa con hacerlo trizas.
-¡Está bien, no tienes por qué tratarme así! –por mayor precaución, Carl se apresuró a flotar a una distancia segura.
-¿Quién es una chica furiosa? ¡Tú lo eres, tú lo eres! –dijo Yang.
Furiosa dejó sus puertas abiertas para permitirles subir y, una vez adentro, cerró las puertas, puso los seguros (¿su vieja camioneta familiar tenía seguros? Ellos no creían que tal cosa fuera posible), y los abrazó a sus asientos con los cinturones en la parte delantera.
Dentro, descubrieron que el control remoto de Carl se había fusionado con el sistema del vehículo, creando una especie de artefacto avanzado, con forma de un GPS, lleno de teclas con funciones para casi todo, excepto el encendido y apagado del motor.
-¡hasta pronto, Maestro Yo! –dijeron los conejos, saludando por la ventana.
-Niños...
-¡Y Carl, gracias por los permisos falsos! –Yang dio su propio saludo.
En cuanto se hubieron alejado del gimnasio, carl se permitió descender a tierra, expulsando el aire de sus pulmones.
-no creo que esté permitido darles permisos de conducir falsos a niños, o darle vida a mi camioneta, para el caso.
El panda se sacudió el polvo, al tiempo que convocaba vendas y tiritas para sus múltiples heridas.
-Yo tampoco creo que esté permitido que un adulto les deje conducir su camioneta a dos niños. Además, ya no es suya.
-Más te vale que mis hijos no tengan problemas en el camino. ¡Soy demasiado viejo para ir a prisión!
-No tiene de qué preocuparse. Esos permisos están hechizados, por lo que cualquier adulto que los revise creerá que son los adultos de las fotos.
-¿Y tú cómo conseguiste fotos de mis hijos de mayores?
-Bueno, adolescentes.
-¿Qué?
-fue cuando me los encontré en una discoteca; les di una buena paliza, ¡viva yo!
-Entonces ¿es cierto? ¿Fuiste tú quien los dejó así de golpeados a mis hijos y a su amiga?
-Uh, podría agregar que todos estábamos algo locos esa noche...
A la distancia se pudo oír un tronar de nudillos, seguido de un impacto masivo, que interrumpió la tranquilidad del ocaso.
