Capítulo 22
-¡Y esto es por robar mi cuerpo en mi cumpleaños y utilizarlo para tus villanías!
El siguiente golpe del panda envió a un Carl casi inconsciente volando por los aires, hasta que se perdió en la distancia. Tuvo el tiempo justo para detener su choque, evitando estrellarse contra su casa por un metro.
-¡Carl! ¡AL fin vuelves con tu inútil caparazón de cucaracha! ¡Ven y ayuda a tu hermano a limpiar el castillo!
-Uh, ¿y cuándo puedo irme de viaje yo también?
El Maestro Yo se limpió los nudillos, habiendo finalmente descargado su hastío con el villano.
Cuando regresaba al gimnasio, escuchó que volvían a llamar a la puerta.
-Vaya, Carl, ¡no sabía que te gustaran los golpes! ¡Porque tengo mucho más para ti!
-¿Maestro Yo? –fue recibido por los rostros de los amigos de sus hijos.
-¡Niños! ¿Han venido para hacerme compañía?
-¡En realidad, coo, no!
-Oh. ¿qué quieren?
Lina resumió su última aventura en menos de cinco minutos, contándole casi todo.
-Déjenme ver si entendí bien. Dicen que se toparon con el orfanato donde crecieron Yin y Yang? –ante el asentimiento colectivo, continuó-. ¿Y que un villano intentó matarlos?
-¡Pero no lo consiguió! –Roger se golpeó el pecho, mientras Dave lo utilizaba como apoyo, todavía débil-. ¡Fuimos más fuertes que ese loco y lo vencimos!
-NO gracias a tu astucia, amigo –lo detuvo el tocón.
-Ejem. –Una nueva voz interrumpió su conversación, y los chicos dieron paso a una persona desconocida para el panda-. No quiero arruinar su fiesta, pero si todavía queremos alcanzar a los conejos, será mejor que nos vayamos ahora mismo.
-Un momento. ¿Quién eres tú?
-Oh, lo siento. Me llamo Casandra.
La zorra hizo una ligera reverencia. El panda le regaló una sonrisa en gesto de bienvenida, aunque le desconcertó el bulto considerable en la campera prestada de Roger, algo evidente por su talla desproporcionadamente mayor.
-No es por nada, pero ¿cómo, exactamente, piensan alcanzarlos?
-¡Podemos, coo, llamarlos por teléfono! ¡Tengo sus, coo, números agendados!
-No creo que estén considerando atender sus celulares ahora mismo –Lina puso los ojos en blanco-. De todos modos, no será necesario. ¿Estamos listos?
El resto asintió, y comenzaron a alejarse del dojo a paso rápido.
-¡Esperen! Niños, ¡no podrán alcanzarlos a pie! ¡necesitarán un transporte!
Hubiera seguido adelante, si no fuera porque un camión algo antiguo, cortesía del padre de Roger, apareció a la vuelta de la esquina. Una nube de hidrógeno y dióxido de carbono cubrió tanto sus palabras como su figura, obligándolo a retroceder, tosiendo con fuerza.
-¡no se preocupe, Maestro Yo! ¡Ya tenemos transporte! ¡hasta luego!
Jobeaux saludó por encima del salpicadero del vehículo, antes de que desaparecieran a toda velocidad.
-Un momento, ¿quién conduce? –Lina tuvo que agarrarse del asiento delantero para evitar ser arrojada al área de carga.
-¡Miami, allá vamos!
El Boogeyman se había apoderado del volante mientras los demás no estaban mirando, distraídos en ver cómo se desarrollaba la conversación desde la distancia.
-¡Idiota, no vamos a Miami!-Roger le gritó, pero su voz fue sepultada por la radio, que sintonizó una emisora de rock and roll a todo volumen.
-¿dave, el mapa! –Lina pidió, consiguiendo sentarse esta vez.
-Aquí.
Lina abrió el pergamino entre el grupo.
Boogeyman conducía; Roger iba sentado en el lugar del copiloto, debido sobre todo a que el auto era de su papá, y de averiarse, él le echaría la bronca. Detrás iban los demás, con Lina y casandra en la segunda fila, mientras el resto se había acomodado en el área de carga, entre un par de cajas que hacían las veces de asientos.
-¡Se dirigen a la salida de la ciudad por el noreste! –indicó la perrita, haciéndose oír incluso por encima de la música-. ¡Uh, Boogeyman, baja esa cosa o te abriré la cabezota!
Por alguna razón, el monstruo zombi obedeció, girando completamente el cráneo para poder ver el mapa junto con ellos.
-¡Gira a la derecha! –indicó el ogro a su lado, antes de agarrar su cabeza y volverla al frente-. ¡Y mira al frente!
Todos gritaron de miedo, ya que estuvieron a punto de estrellarse con un poste de la luz. El Boogeyman, sin embargo, reaccionó a tiempo, dando un volantazo que los dejó a todos con el estómago revuelto y a él, bueno, con o sin estómago, con las manos en el volante pero fuera de su alcance.
-¡No hay problema!
Boogeyman se apresuró a adherir nuevamente sus manos, bajando la velocidad para evitar que siguieran con el corazón en la boca.
-En estos momentos, nos vendría bien, coo, un GPS.
-Lo lamento, amigo; esta cosa es un modelo de los años 80, sin GPS ni nada de la última tecnología por aquí.
-Tu papá es un villano, ¿por qué no simplemente robarlo? –inquirió Vinnie.
-¡Oye! Mi papá puede ser algo gruñón, ¡pero no es un villano!
-Es cierto –lo defendió Jobeaux.
-Al menos alguien sabe de qué estoy hablando.
-Ex villano –completó el goblin.
-¿Qué es un GPS? –los interrumpió Casandra, confundida-. Quiero decir, ¿cómo le hacen para ir tan rápido? ¡El auto más rápido que recuerdo apenas llegaba a treinta por hora!
Casandra se aferró al asiento delantero, aunque su cinturón se apretaba a su alrededor.
-¿Qué? ¡Apenas vamos a ochenta! –se extrañó Roger, sin captar el miedo en la voz de la zorra-. ¡Este bebé puede alcanzar los ciento cincuenta por hora y más allá!
El Boogeyman fue a subir la velocidad, pero el ogro lo golpeó, evitando una catástrofe.
-No te preocupes, nada nos pasará –intentó tranquilizarla Dave.
-Si no nos matamos primero –terminó Jobeaux, menos esperanzado.
De repente, alguien los adelantó con un claxon, alarma y todo.
-¡Oh, no! ¡la policía! ¡Lo juro, mi papá pagó sus multas hace meses!
-¡para, Boo! –lo instó Vinnie.
El monstruo obedeció, aunque ahora claramente confundido.
-¿Qué, ya tenemos que parar por gasolina?
-¡Alto ahí! –dijo una voz alarmada.
Un gorila con una placa de policía se bajó de su auto, llegando al camión, mirándolos con sospecha.
-¿No son un poco demasiado jóvenes para conducir un camión? ¡Y usted! ¡Quiero ver su carné de conducir!
-¿Eh, qué cosa?
-¿Cuántos años tiene? ¡debe tener al menos dieciocho años para conducir!
-Pero si tengo...
Jobeaux saltó sobre su cara, cubriéndole la boca para que no derramara más información.
-¿Su permiso de conducir, ahora!
Exasperado, el gorila metió su enorme mano por la ventanilla, y la tensión se disparó entre el grupo. Todo el mundo contuvo la respiración, seguros de que estaban perdidos.
O eso pensaron, hasta que un grito del agente de la ley los sorprendió.
El gorila retiró rápidamente su mano, sosteniendo un tendón del brazo del Boogeyman, que lo miró confundido, ahora sin el goblin sobre su cara para cubrir su fealdad.
-Oiga, eso es ilegal. Uh, Roger, ¿no es que no puede hacer eso?
-¡Olvídelo! ¡No quiero ver su permiso! ¡De hecho, pueden irse!
-¿Eh, gracias?
El gorila salió corriendo, saltando a su coche policial y presionando el acelerador, perdiéndose en el camino.
-creo que lo asustaste, amigo –se rió Roger, y el resto lo imitó.
-¿Adónde vamos primero? –Yang se relajó en su asiento.
Ambos conejos acababan de despertar de una siesta de veinte minutos, con Yang en el volante y Yin en el asiento del copiloto.
-No es justo. ¿Por qué tenías que acaparar el volante?
-Si quieres, puedes conducir tú la próxima vez. Claro, eso si Furiosa te deja.
Ambos conejos habían procedido con todo el cuidado que pudieron, tocando los asientos y el resto del interior del vehículo viviente, que se fue acostumbrando a su toque en cuestión de un santiamén.
-De nuevo, ¿adónde vamos?
-Uh, es obvio que no podemos comenzar por cualquier parte. A ver, el sitio más cercano son las montañas rocosas.
-Pero ¿dónde queda eso?
Al parecer escuchando su conversación, el sistema de GPS mostró una serie de coordenadas, para ellos casi ininteligibles, pero pudieron descifrar dos cosas: una flecha diminuta que se prendía y se apagaba cada pocos segundos, y que señalaba un punto bajo el cual ponía "las montañas rocosas... a 1700 kilómetros".
-Eso parece lejano –observó Yang, apesadumbrado-. ¡Nos volveremos viejos antes de llegar allí!
-furiosa no es cualquier camioneta, hermano. Estoy segura de que llegaremos antes de que nos demos cuenta.
Mientras tanto, la camioneta encendió la radio una vez más, haciendo zaping.
-¡Oye, pon algo de rock para levantar el ánimo!
-Yang, no seas grosero. Estoy segura de que Furiosa puede elegir la música por esta vez.
Acabó sintonizando una radio de música clásica, ni demasiado suave como para dormirlos ni demasiado rara como para molestarlos. La canción se ajustaba perfectamente al ambiente, cada nota de un coro de violines sonando por los parlantes, ajustándose al paso del paisaje según recorrían la ruta, ininterrumpida por el frente. A unos cientos de metros a los lados, centenares de árboles los saludaban al pasar, de modo que adivinaron que éstas eran las lindes de un bosque desconocido para ellos.
-¿A cuánto vamos?
Yin le señaló los controles con un dedo, y el conejo obtuvo su respuesta. Iban a setenta por hora.
-¿No puedes ir más rápido, amiga?
Sin previo aviso, la camioneta subió dos marchas, y los pasajeros se hundieron en sus asientos por el empujón.
-¿A cuánto vamos ahora?
-¡A cien por hora!
-¿E-eso es le-le-legal?
-¡No tengo ni idea!
-¡Chiwa!
Ambos sonrieron, dejándose llevar por la emoción del momento, en lo que esperaban fuera una nueva aventura trepidante.
A casi dos kilómetros por detrás de su camioneta, el viejo camión del señor Skelewog intentaba alcanzarlos, sin buenos resultados.
-¡Jamás los alcanzaremos a este ritmo! ¡Boogeyman, sube la velocidad!
-¡Momentito! –Lina rugió por encima del ruido del viento, evitando que las cosas se salieran de control-. No queremos otro control policial en nuestros cuellos, ¿verdad? ¡O un equipo entero de patrullas, en este caso!
-¿De qué estás hablando? –Roger quería discutir, pero su expresión irritada fue superada ampliamente por la mirada de advertencia de su amiga.
-Ya no estamos en el pueblo. ¿Qué crees que pasará si alguien se da cuenta de que un montón de niños están a bordo de esta cosa? ¿Piensas que simplemente nos dejarán volver?
-¡Chicos, chicos! –esta vez, fue Jobeaux quien se colocó entre ellos para evitar una pelea entrante-. Podemos arreglar esto. ¿A qué velocidad vamos?
-¡Setenta por hora! –informó el zombi, reacomodando su hombro por quinta vez en la última media hora.
-¿Qué tal si subimos sólo un poco la velocidad? ¿De manera razonable?
-¡Oh! ¿Qué tal a setenta y cinco por hora?
-¡Dame eso!
Vinnie sacudió al zombi, cambiando de lugar con él, mientras todo el mundo lo miraba en pánico.
-¿Qué estás haciendo? –Roger le gritó, pero el oso se limitó a acomodarse frente al volante.
-¿Subiendo la velocidad de manera razonable!
Vinnie cambió de marcha, subiendo a ochenta por hora, cambio que fue bien recibido, aunque con cierta sorpresa por el grupo.
-¿Cuándo aprendiste a conducir? –Coop expresó el asombro colectivo.
-Mis padres tienen auto. Sé lo básico, al menos. Además, mi padre me enseñó a usar el suyo una vez.
-¿Tu padre te enseñó a conducir? –preguntaron todos.
-Eh, algo así. Bueno, ¡me enseñó a encender el motor!
-Estamos perdidos –dijo Dave, cubriéndose la cara con sus manos.
-¡No se preocupen! ¡No estamos chocando en mi turno!
-Más te vale. Si mi papá se termina enterando de que tomamos su camioneta sin permiso, y además la encuentra echa pedazos, nos iría mejor probando suerte en el circo.
-¡O en las Vegas! –el Boogeyman saltó en su asiento, anteriormente de Vinnie, sin apenas inmutarse por haber sido arrancado del volante-. ¡Oh! ¡me convertiré en una estrella de rock!
-¡Y yo podría convertirme en una estrella de Holliwood! –exclamó Jobeaux, animado.
-Sí, coo, y yo un cantante de pop de fama mundial, ja, ja. ¿Cómo debería llamar a mi banda? ¿Los Chiken Boys?
-Nadie se va a convertir en nada. No hasta que no nos hayamos reunido con Yin y Yang primero –objetó Lina, apagando su humor.
-Eh, perdón, pero ¿qué es Holliwood? –preguntó Casandra, interrumpiendo su discusión.
-¿Qué? ¡No me digas que no sabes lo que es Holliwood! –se sorprendió Roger, incrédulo-. ¿De qué época eres?
-Es un lugar donde viven los famosos –le explicó Dave, sonriendo con calma-. Ya sabes, donde se hacen todas las películas y esas cosas.
-Oh, espera un momento. ¿mapa mágico? ¿Puedo ver Holliwood?
El mapa cambió y, ahora, mostró la ciudad de los famosos desde arriba, en vivo y en directo.
-¡Oye! ¡no hagas eso! –Lina arrancó el pedazo de papel de las manos de Dave, violentamente-. ¡mapa, los conejos! ¡Yin y yang!
-¡Oye! ¡Estaba mirando eso!
-¡Esto es nuestra única conexión con nuestros amigos, no tu televisión portátil!
-Eh, de nuevo, ¿qué es una televisión?
-Discúlpenla, ¿sí? Viene de una época donde muchos de nuestros artefactos actuales no existían.
-¿Cuántos años atrás, exactamente? –inquirió Vinnie, tarareando una canción.
-Eh, ¿cien?
-¡Waw! –todos excepto Dave y la propia Casandra exclamaron.
-¿Ya llegamos?
-No-o.
-¿Qué tal ahora?
-No-o.
-¡Chiwa! ¡Me estoy aburriendo hasta la muerte aquí! ¿Cuándo paramos para cargar combustible?
La camioneta rugió, indignada por su comentario.
-Furiosa es una camioneta viviente, Yang. Y no la veo cansada todavía.
-¿Por lo menos puedo elegir la música ahora?
Las flechas en la parte superior de los controles, vestigio de su forma anterior, parecieron bajar completamente, como si dijera un sí. Después, Yang descubrió que la radio se desbloqueaba, adquiriendo su apariencia original.
-¡Escuchen al conejo DJ!
-Uh, simplemente, no pongas nada demasiado ruidoso, ¿de acuerdo? Quiero dormir un poco más.
Acto seguido, el asiento de la coneja se desplazó suavemente hacia atrás, adquiriendo la forma de un par de almohadones con dibujos de los dosnicornios.
-¡Oh, gracias! ¡Tú me conoces tan bien, Furi!
-Creía que la habíamos llamado Furiosa.
El motor ronrroneó, al parecer disfrutando del nuevo apodo que la coneja le acababa de poner.
-nah. Le gusta, ¿ves? ¡No me molesten hasta nuestra próxima parada!
Su almohada se acomodó por sí sola, y Yin se quedó dormida al instante.
-Tú te lo pierdes, tontita. ¡Yo seré el DJ del siglo!
Sintonizó una canción de rock, lo que lo hizo sonreír, satisfecho.
La camioneta, sin embargo, bajó el volumen considerablemente, y su sonrisa desapareció.
-¿Por qué bajaste el volumen? ¿No te gusta esta canción?
Las flechas del salpicadero apuntaron hacia su hermana, y Yang suspiró.
-Tú ganas. Bueno, al menos no está a un volumen para hormigas.
Quince minutos fueron todo lo que duró la tranquilidad al interior del vehículo.
-¡Yin! Yin, despierta! ¡Es una emergencia!
-¿Qué? ¿Quién nos ataca?
-¡necesito ir al baño! ¡No puedo esperar ni un minuto más!
-¡Yang, te voy a matar! ¿Interrumpiste mi siesta!
-¡Pero realmente, realmente, necesito ir!
-Uh. Eres imposible. Furi, ¿cuál es la estación más cercana?
El GPS parpadeó, reduciendo el radar a una ventana diminuta en la esquina inferior derecha. El resto de la pantalla fue ocupado por un par de círculos rojos y anaranjados, que tenían "ESTACIÓN DE SERVICIO" escrito en su interior. Según una flecha junto a los números a su lado, la estación más cercana estaba a cincuenta kilómetros.
-Lo siento, Yang. Parece que vas a tener que esperar un poco más.
-Eres una copiloto terrible, ¿lo sabías?
-¡Y tú eres un conductor de tercera!
-¡No estoy conduciendo!
-¡No me importa! ¡Te aguantas!
-¡No puedo!
-¡Uh, que ni se te ocurra ensuciar el auto, eso es asqueroso! Si Furi no te lanza fuera del coche, ¡lo haré yo!
-¡Por favorcito, Furi! ¿Te dejaré elegir lo que quieras el resto del camino! ¡Sólo, por lo que más quieras, déjame ir al baño!
La camioneta pareció apiadarse de él, porque comenzó a reducir la velocidad, hasta que acabó por detenerse instantes después. Antes de que pudiera desatar al conejo por sí misma, Yang apretó el botón del cinturón, liberándose y saltando por la ventana abierta, antes de salir corriendo.
Cinco minutos después, el conejo regresó con una expresión de puro alivio.
-¡Ah, necesitaba hacerlo!
-¡No quiero los detalles! ¡Biaj! ¿Ya podemos seguir viaje?
Yang acarició la puerta, y Furi le abrió, sin pedir razones esta vez. El conejo fue a subirse al asiento para seguir camino, cuando un ruido lo sobresaltó, cosa que obligó a su hermana y a la camioneta a prestar atención.
Un sonido potente interrumpió la serenidad de la tarde.
-Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña –cantaban los niños a coro, con Dave como voz principal-; como veía que resistía, fue a llamar a otro elefante.
-¡Oh, oh! ¿Qué tal esto? –Casandra sonrió, aprovechando que todos se detenían para recuperar el aliento-. Un kitsune amarillo se balanceaba sobre la tela de una araña; como veía que resistía, fue a llamar a otro kitsune.
-Perdona que pregunte, pero ¿qué es un kitsune? –Roger vocalizó la pregunta del grupo.
-¿No sabes qué es un kitsune? ¡Yo soy una kitsune, tontito! Es un tipo especial de zorros.
-¿Qué, japonés? –Lina pretendía sonar casual, pero había hablado con demasiada rudeza.
-¿Sí! ¿Cómo lo supiste?
-Soy adivina –dijo ella, en broma.
-¿En serio? ¿me puedes decir mi futuro?
-Estoy bromeando. La palabra suena japonesa, por eso lo dije.
-Oh. El japonés es mi lengua materna, en realidad. Soy de allá, o por lo menos eso me contaban mis abuelos cuando era pequeña. Por alguna razón, mis padres tuvieron que quedarse en Japón, y recuerdo que casi nunca nos visitaban. Me pregunto por qué.
-¡Oh, ese cambio en la letra es, coo, refrescante! ¡Me gusta! ¡Cantemos!
El grupo entendió la intención del pollo de cambiar de tema, y todos cantaron:
-Un kitsune amarillo se balanceaba sobre la tela de una araña; como veían que resistía, fue a llamar a otro kitsune. Dos kitsunes amarillos se balanceaban sobre la tela de una araña; como veían que resistía, fueron a llamar a otro kitsune. Tres kitsunes...
De repente, un ruido atronador comenzó a acercarse a su derecha por la carretera. Roger miró por el espejo retrovisor de su lado, y su voz se le atragantó a mitad de la canción.
-¡Miren! ¡Viene alguien!
Una fila de cinco motocicletas negras, una detrás de la otra, los pasaron a una velocidad muy superior a la permitida, probablemente a ciento veinte por hora, cubriéndolos de polvo.
-¿Qué les pasa a esos tipos? –Roger escupió la tierra junto con sus amigos.
Las motocicletas avanzaron a toda velocidad, derrapando al detenerse a pocos metros por delante de la camioneta donde los conejos aguardaban, conteniendo la respiración.
-Eh, al parecer no somos los únicos en busca de aventuras, hermana.
-Shh.
-¡Oye, jefe! ¡Tengo que hacer pis! ¿Podemos parar aquí?
-¡Tú y tus necesidades tontas, Waldo! Está bien, ¡pero será mejor que sea rápido! ¡No tenemos todo el día!
Los conejos observaron a los cinco motociclistas, todos ellos enormes leopardos, vestidos en distintos tonos de negro y encapuchados. El susodicho, un tipo flacucho como un palo, corrió a toda velocidad por la carretera vacía, hasta perderse entre los árboles al costado del camino.
-¿Cuánto tiempo tenemos que seguir soportando a ese idiota? ¡Me está comenzando a hartar!
El que parecía ser el jefe del grupo habló, todos bajándose un instante para descansar, apoyándose en sus vehículos. Sus ropas no sólo destacaban por ser completamente negras, sino por contar con capas del mismo color, con la imagen de un murciélago rojizo en cada una de ellas.
-Yang, ¿qué crees que estén haciendo aquí?
-no lo sé, ¿qué tal si les preguntamos?
La camioneta pareció inquietarse, pero los conejos acariciaron los controles, intentando calmarla. Yin se liberó de su cinturón, estirándose antes de bajar.
-Vamos, puede que incluso nos digan cómo encontrar un lugar para almorzar –indicó la coneja, ahora más animada.
Ambos conejos caminaron, algo temerosamente, hacia el grupo desprevenido, que les daba la espalda. Yang pisó accidentalmente una piedra, y las risotadas de los leopardos se detuvieron al instante.
Uno de ellos se dio la vuelta, sonriendo con malicia hacia ellos.
-Miren, chicos, parece que algunas personas están deseando que podamos comer temprano hoy –dijo el que los había visto primero, haciendo que todos se giraran a verlos.
-Sabes, hermano, esto ya no me parece tan buena idea.
-¡Pero si apenas son unos niños! –se rió el mismo hombre, intentando dar un paso hacia ellos.
-Espera un segundo, Robb. –SU jefe le colocó una pata en su hombro, deteniéndolo en su sitio-. Hey, niños.
-No somos niños –dijo Yin, a la defensiva.
-Sí, ya tenemos trece.
-¡Yang!
-Yin, no tenemos que mentir ahora. Estos tipos no parecen ser polis.
-¡Oh, claro que no! –el jefe del grupo sonrió, abriéndose paso entre sus compañeros-. Me llamo Murray, Murray González.
-Eh, nosotros... –comenzó Yin, siendo interrumpida por el hombre mayor.
-¿Yin? ¿Yang? ¿Qué nombres más interesantes! ¿Verdad, amigos?
Los tres a su espalda asintieron, encogiéndose de hombros.
Murray se acercó hasta que estuvo frente a frente con ellos, demostrando que les llevaba al menos un metro. El leopardo se agachó a su altura, sonriéndoles con afabilidad.
-¿Y qué hacen por aquí? Este lugar es peligroso.
-¡sabemos defendernos! –dijo Yang, ofendido.
-¡Oh! Bueno, no importa, yo no voy a preguntarles dónde están sus padres ni nada. No todos los días te encuentras con un par de muchachos aventureros. ¿Hey! ¿Vengan todos y preséntense!
Con cierta reticencia, los tres restantes se les acercaron, presentándose. Se llamaban Cleto, Mario y Roberto. Roberto era quien los había visto primero y quien les tenía más desconfianza.
-¡ya volví! –la voz cantarina del quinto leopardo se escuchó a su lado y, al voltearse, lo encontraron mirándolos con una sonrisa-. ¡hey! ¿Qué tenemos aquí? ¡Pero si son dos lindos conejos!
-Waldo, nos estás avergonzando. Deja de ser un idiota y ven aquí.
-¡Eh, como usted diga, jefe!
-¿Y qué hacen ustedes por aquí? –inquirió Yang, ahora más relajado.
-Sí, ¿también están en una aventura?
-¡Oh! Pues... sí, algo así –dijo Cleto, compartiendo una mirada cómplice con su grupo-. ¿jefe? Perdona que pregunte, pero ¿qué hacemos ahora?
-Seguimos camino, eso hacemos.
-Ajá.
Sus cuatro acompañantes se subieron en sus vehículos, pero Murray permaneció de pie, mirándolos con los ojos entrecerrados por la curiosidad.
-¿necesitan transporte?
-¡Oh, no es un problema! –Yin sonrió, ahora más tranquila-. ¡Allí está! ¿Ven? ¿Ven esa camioneta de allí?
-Veo. Así que ya tienen transporte.
-Sí, eso es correcto –dijo ella.
EL leopardo se montó en su moto, y mientras los motores se iban encendiendo, les lanzó una mirada sobre su hombro.
-Si necesitan algo, cualquier cosa, sólo pregunten por mí. Ah, y por las dudas, el pueblo más cercano está a unas diez millas en esa dirección –señaló hacia su derecha-, hacia el sudoeste-. ¿han oído hablar de Ciudad Antigua?
-Eh, no realmente –admitieron.
-pues deberían. Nuestra ciudad es conocida por tener las mejores atracciones en todo el Estado, incluso más que Omaha.
-Eh, ¿qué es Omaha? –Yang se sentía perdido.
-¡Oh, Nebraska! ¿Adonde van ustedes, si no les importa que pregunte?
-Eh, a las Rocosas –dijo Yin, algo tímida.
-Ah, ¿entonces no van tan desencaminados! De hecho, si siguen recto por allí durante los próximos setecientos kilómetros, encontrarán sus montañas. Allí está Colorado, después de todo.
-Eh, ¿son montañas rojas? –Yang no comprendió el sentido de las palabras del leopardo.
-¡No, colega! ¡Mario! ¿me das tu mapa?
-Pero lo necesito.
-Usa el mío, cabeza hueca. ¡Tomen!
Yin atrapó el trozo de papel al vuelo, mientras los motociclistas comenzaban a marcharse.
-¡Quizás volvamos a vernos! ¡hasta pronto!
-¡Que tengan buen viaje! –saludó waldo, pasando a su lado como una exhalación, sonriéndoles todo el tiempo.
-¡Y que no los agarre la policía de fronteras! –gritó Mario.
-¿hay una poli de fronteras, Yin?
-Pues parece que sí. Pero preocupémonos por eso más tarde. ¡Mira, tenemos un mapa!
AL subirse a la camioneta, la coneja depositó el casi ilegible pedazo de papel arrugado, el cual rebotó en el salpicadero, chocando contra su cara.
-¡hey! ¿Por qué te pones así? ¡Son amigos! ¡Nos dieron este mapa! –Yin comenzó a perder la paciencia.
-Sabes, sería mucho más sencillo comunicarnos con ella si tan solo pudiera hablar. O escribir, para el caso.
De repente, los faros delanteros se encendieron, antes de que el GPS aumentara drásticamente de tamaño, ocupando parte de la caja de cambios. Una pantalla adicional comenzó a mostrar palabras.
"No se me había ocurrido. ¡Gracias, Yang!"
-De nada, amiga.
-¿No confías en los leopardos?
"para nada. ¡olían a rayos!"
Yin se sacudió la ropa, y su hermano se cubrió la nariz, mientras ambos tosían.
-En serio, ¿quién fuma sobre su mapa? –Yang habló entre toses.
-de todos modos, es mejor que sigamos camino. ¡A ciudad Antigua, Furi!
"¡Pero no quiero! ¡No parece seguro!"
-¿Crees que nacimos ayer, amiga? Somos caballeros Woo-Foo poderosos, ¡nadie nos hará nada!
-Yang, somos caballeros Woo-Foo en entrenamiento.
"No estamos yendo allí y punto."
-¿Qué necesitas para cambiar de parecer? –Yin arrugó el mapa, frustrada.
-¡Oh! ¡Tengo una idea!
Yang sacó un caramelo de su bolsillo, ya algo deshecho, arrojándolo por debajo de los pedales, donde desapareció por un agujero.
-¿Qué estás haciendo?
De repente, el motor rugió, y las puertas se cerraron, se colocaron los seguros y se pusieron los cinturones a la velocidad del rayo.
-No creo que me vaya a gustar esto.
-¡Yo creo que sí!
Sin cambiar de marcha, la camioneta despegó, subiendo de cero a ciento cinco en menos de un parpadeo.
"¡A Ciudad Antigua, allá voy!"
-¿Por qué nos detuvimos, Roger? ¡Así jamás alcanzaremos a Yin y Yang!
-Dave, no viste cómo se veían esos tipos. Eran sospechosos.
-¡Parecían volar en esas cosas! ¿Cómo se llaman, otra vez? ¿motos?
-EH, sí –dijo Jobeaux, algo inquieto.
-¡Increíble! ¿Puedo tener una?
-Uh, ¿se va a callar alguna vez? –Lina apenas la estaba conociendo, y ya le costaba soportarla.
-¡les digo que esos tipos eran raros! Mi padre me dijo una vez que unos motociclistas de negro lo sorprendieron en uno de sus encargos en mitad de la noche, ¡y zas! ¡Le dieron una paliza y le robaron el cargamento!
-¿Por qué no robar el camión también? –dijo Vinnie, recibiendo una mirada iracunda por parte del ogro.
-¿Y cómo estaríamos aquí ahora mismo? Si estos tipos fueran los mismos que apalearon a mi papá...
-No todos los tipos en motocicleta deben ser iguales –atajó Boogeyman, algo distraído.
-...Estaremos en problemas.
-¡Quiero una moto! ¡Dave, quiero una moto! ¿Tienes una en tu casa?
-Soy un tocón, mi familia no suele andar mucho. Y no, no tengo nada semejante en casa.
-¡Oh, qué aburrido!
-¿Podemos seguir adelante? –Vinnie los miró con el ceño fruncido, obviamente sin asomo de temor-. Puede pasar una de dos cosas. O esos tipos son unos locos aventureros, y no tenemos nada de qué preocuparnos, o son esos idiotas, y si lo son, simplemente les damos una paliza en retribución, ¿está bien? ¡Somos caballeros Woo-Foo en entrenamiento, no bebés!
Fue a ocupar el volante una vez más, pero Roger lo hizo a un lado, molesto.
-Será mejor que, pase lo que pase, yo sea quien conduzca hasta la siguiente parada.
-¡Sí! ¿Dales su merecido, Roger!
A pesar de sus peores temores, el niño ogro consiguió esbozar una sonrisa.
-me gusta esta chica. Tiene espíritu de lucha.
Casandra le sonrió, encantada con el cumplido.
Con eso dicho, siguieron camino, aunque ahora más de seis kilómetros los separaban de los conejos, rumbo a alguna parte. Aunque no tenían ni idea de adónde estaban yendo, confiaban en que sus amigos tuvieran la respuesta.
Ciudad Antigua era algo singular, pero el nombre no estaba a su altura. Los conejos se descubrieron entrando a una ciudad próspera, llena de color y vida.
A su alrededor, los automóviles pasaban a una velocidad moderada; ellos, por supuesto, hacía rato que habían bajado la velocidad a setenta por hora, sólo por si acaso.
-¡Yang, este lugar se ve fantástico!
-Bueno, no me quejaré esta vez. Me pregunto si tendrán un parque de diversiones gigante. ¡O un centro de videojuegos!
-¡O un centenar de tiendas con la última moda!
-¡O un gimnasio para mostrar mi fuerza superior!
-Tú no tienes superfuerza.
-da igual. ¡Oh, ya sé! ¡Apuesto a que hay alguna clase de atracción súper rara y por eso todo el mundo viene aquí en verano!
-Es probable. Veamos, según esta cosa, esta ciudad es la "capital de las cosas raras", "una fuente de entretenimiento constante para los turistas" y "el lugar perfecto para una cita romántica". ¿No es genial?
-No veo a Coop por aquí. ¿Con quién saldrías?
-Tienes razón. Ahora mismo desearía que ese pollo nos hubiera seguido hasta aquí. Y Lina también, en tu caso.
-¿Qué? No te ofendas, pero cuando se pone como ella, quiere hacer una de dos cosas: o pedirme que le compre cosas tontas de niñas, o hablar de esas cosas de niñas, que por supuesto no me interesan.
-Bueno, al menos ella te regaló algo útil. Esa espada rara. ¿Qué has hecho tú por ella últimamente?
-¿Qué eres, mi consejera amorosa?
-Olvídalo, estoy hablando con la pared.
-Creía que estabas hablando conmigo. Sabes qué, quizás lo mejor sea salir a explorar este lugar.
-Uh, sólo un problema, ¿dónde vamos a almorzar? ¿Cómo conseguiremos suministros? ¡Me olvidé del dinero por completo!
-Bueno, podemos actuar en la calle para conseguir el dinero. ¡Mira! ¡Incluso Furiosa tiene la atención de los turistas!
La camioneta, estacionada a una decena de metros de distancia, era objeto constante de las miradas de los peatones. Un mandril trajeado se detuvo por un momento, sacó una tarjeta y la dejó encima del capó, antes de desaparecer entre los transeúntes.
-¡Vamos, hermana! ¡Aprovechemos que somos jóvenes!
-la última vez que nos aventuramos en terreno desconocido, acabamos hechos un desastre, y justo en la cara del Maestro Yo.
-Diviértete, hermana, él no está aquí.
-De todos modos, ¿qué hacemos si no conseguimos nada? Tengo hambre.
-me pregunto si aceptarán permisos de conducir falsos.
Yang se encaminó hacia una especie de cafetería, entró por las puertas giratorias en un segundo, y al siguiente reapareció con ropa nueva, gafas de sol y un trozo de una tarta de chocolate a medio comer en su boca.
-No sabía que fueras encantador de serpientes.
-No, Yin, ¿funcionó! Ve y prueba.
Escéptica, ella lo imitó. Se metió en el establecimiento, que en realidad funcionaba tanto como bar, tienda de ropa, quiosco y guía turística.
-¿Te puedo ayudar en algo, querida?
Una pantera negra vestida de bermellón la saludó detrás de un escritorio de caoba. Llevaba un par de gafas solares, pendientes dorados en las orejas y un collar de perlas multicolores en su grácil cuello. La coneja envidió su figura de supermodelo, junto con su vestido rojo de seda, además de su conjunto de joyas, todo lo cual probablemente costaría al menos diez veces el dojo de su padre.
-Sí, necesito saber cómo haces para tener tanta suerte. En serio, me haría bien ahora mismo.
-Bueno, no comparto mis joyas, a menos que estés dispuesta a romper unas cuantas reglas, amiga. –la mujer se rió, ante una coneja obviamente confundida, y luego dijo-: me halagas. ¿Qué puede hacer Shally por ti? ¿querrás un trozo de mi torta de chocolate especial? ¿Unas gafas a la moda? ¿ese chico quizás sea guapo, pero ¿quién dice que no puedas tener tanta clase como cualquiera? ¿Quizás un cambio de loock te vendría bien. Y una manicura y pedicura con eso, ¿qué tal?
Yang estaba a punto de irse sin su hermana, ya que la había estado esperando fuera del local por casi veinte minutos, hasta que, finalmente, apareció. Secándose el sudor, fue a gritarle por qué se había tardado tanto, pero se tragó sus protestas.
Yin emergió con un vestido rosa y blanco sin hombros, portando una faja celeste en su cintura. También llevaba un par de gafas de sol, y las uñas de sus manos parecían brillar bajo los soles. Llevaba un bolso con las pertenencias de ambos, de color fucsia y con la imagen de una pantera en el frente; justo por debajo de las correas, ponía "BIENVENIDA A CIUDAD ANTIGUA" en letras plateadas.
-Lo siento, ¿te hice esperar demasiado?
-Eh, no hay problema.
-Entonces, ya podemos salir a explorar este lugar. Encontrémonos en tres horas, ¿de acuerdo?
Dejándolo con la palabra en la boca, Yin le lanzó el bolso, al tiempo que se alejaba en la dirección opuesta, con una pequeña sonrisa en su cara. Parecía flotar con el viento, mezclándose con el clima festivo de aquel sitio a la perfección.
-Una chica bellísima, ¿no es verdad?
Yang se sobresaltó, volteándose tras oír aquella voz de contralto. Era la mujer del local, Shally, que se dio la vuelta justo cuando él se daba cuenta de su presencia.
-¿A qué se refiere?
-No soy ciega, querido. Sé que soy hermosa, pero tu amiga brilla con una luz propia. Seguramente, tiene a más de un tontuelo hechizado por su belleza. Sólo espero que tú no seas uno de ellos, no estás a su altura.
-¿E-ella es mi hermana! –Yang imaginó que su sonrojo era visible hasta la Indochina.
-¡Oh! Lo lamento. Menos mal, entonces no tengo de qué preocuparme. Pero sé lo que digo. Disfruta de tu estadía en Antigua, puede que no tengas otra oportunidad para visitarnos.
La mujer pantera dijo la última parte con malicia mal disimulada, mientras desaparecía en la tienda, dejando al conejo desconcertado.
-Uh, chicas. ¡Bueno, Yang, finalmente eres libre! Si no tuviera trece años recién cumplidos, ¡me sentiría como un soltero a punto de comenzar una nueva vida! ¿A quién engaño? ¡me siento exactamente así!
Yin se paseó por la pintoresca ciudad, permitiéndose volar con el viento. A su alrededor, los turistas caminaban sin rumbo fijo, disfrutando del paisaje idílico.
Entró por curiosidad en un local de recuerdos, y compró una serie de artículos llamativos, cada uno al modesto precio de un dólar: un par de cámaras digitales para cinco fotos cada una (después de cinco se arruinaban, dijo el dependiente, un mapache desgarbado), varias cajas de madera (de ésas que sirven para guardar cosas diminutas, como saquitos de té), y para ella y su hermano, un par de brazaletes de alpaca, pintados para simular plata.
Yang acababa de comprarse unas cuantas baratijas en una tienda cercana: un micrófono inalámbrico a baterías, un telescopio miniatura, un palo de hokey con la cara de un oso pardo en el mango. Entró y salió de una tienda de música, donde un leopardo vestido de rockero (y sospechosamente parecido al famoso Murray de la carretera, pero el tipo dijo no conocerlo de nada) le vendió una guitarra eléctrica más grande que su cuerpo y tan larga como él de alto, y corrió a un parque cercano, donde los turistas se paseaban frente a un par de músicos callejeros.
Una cebra con sombrero de copa y traje tocaba una trompeta junto a una zarigüeya verde gótica, que tocaba una batería; el grupo lo completaba un galgo blanco, el más raro de los tres, con un parche pirata en su ojo derecho y que empuñaba su micrófono cual un arma. Cantaba como un profesional; también tocaba un bajo gigantesco. Una vez terminó su canción, los aplausos de la multitud los recibieron, mientras una decena de personas depositaban una buena cantidad de billetes en el sombrero rojo de la cebra, que lo estaba pasando entre la multitud.
-¡Eso no es nada! ¡Escuchen a una estrella de verdad!
Yang comenzó a cantar una canción en inglés al azar, pero su guitarra se rompió en pedazos, y su micrófono se desarmó en tres partes, mientras todos lo abucheaban o se reían de su ridículo intento de un show.
-¿estás bien, amiguito?
Yang se encontró con la cebra, un macho con voz de barítono y mirada afable. Le sonrió, mientras le ofrecía una mano.
Un par de canguros ocupó el centro del parque, ambos con sendos oboes, y para alivio del conejo, la atención del público no tardó en quedar atrapada por la música de película que los dos músicos, claramente profesionales, estaban tocando en perfecta sincronía.
-Por cierto, me llamo Fernando Alonso. Ellos son Gilberto –señaló al galgo- y Berta –señaló a la zarigüeya-. ¿Qué hay de ti? No eres de por aquí, ¿eh? ¿turista?
-Eh, sí. Soy Yang.
-¡Tienes espíritu, manito! –la zarigüeya, Berta, le palmeó el hombro, con una gran sonrisa-. ¡Serás un gran músico algún día!
-Eh, gracias. Bueno, sólo pasábamos por aquí. Vine aquí con mi hermana, pero ella está recorriendo la ciudad.
-Relájate, colega –Gilberto se encogió de hombros-. Nosotros también estamos de paso.
-¿Ah, sí?
Se habían instalado en un par de bancos a media cuadra del escenario improvisado. Desde allí, los vítores y melodías de algún grupo musical. Los cuatro se acomodaron bajo la luz de las estrellas, disfrutando del clima y la noche cálida y agradable.
-¡estamos de gira por el continente, colega! –Gilberto sonrió, acariciando el bajo-. ¿Y ustedes? ¿De vacaciones de verano?
-Eh, en realidad, no. Estamos buscando los Libros pedidos de la Luz y la Oscuridad.
-¿Es alguna clase de atracción en Nuevo México? –Berta lo miró, descartando sus palitos y ofreciéndole una expresión confusa.
-Parece alguna clase de reliquia. ¿Son agentes de algún museo nacional, chico? –Gilberto se rascó la barbilla, mirándolo inquisitivamente con sus pequeños ojos de cachorro.
-No. Mi hermana y yo somos caballeros Woo-Foo. ¿Ah que es genial?
Sus interlocutores lo miraron confundidos.
-¡Oh, entiendo! –Berta saltó, agitando sus larguiruchos brazos-. ¡Eres un maestro de artes marciales!
-Eh, ¿qué? Quise decir, ¡claro! ¿Eso mismo!
-No me digas. ¿La gente todavía mira Tres ninjas contraatacan? En serio, me estoy poniendo viejo para estas cosas –opinó el perro, descansando su cabeza sobre el respaldo y oteando el cielo.
-¿Qué es eso?
-No le hagas caso –Fernando lo despidió con su mano, ante el resoplido de su compañero de banda-. Uh, es una vieja película de ninjas que luchan contra el mal y resuelven misterios. Cosas de niños.
-¡No soy un ninja! Pero sí, hemos luchado con toda clase de villanos.
-Interesante. ¿Sabes? Me recuerdas a alguien que conocí hace años –comentó Fernando, pensativamente-. El tipo practicaba artes marciales, como tú.
-¡No puedes estar hablando en serio! –Berta se sentó sobre uno de los tambores de su batería, molesta-. ¿El chico no tiene nada que ver con ese idiota!
-No importa –la cebra negó con la cabeza, riéndose-. ¿Necesitas alguien que te de un recorrido por la ciudad?
-¡Conocemos los mejores hoteles! –se animó Gilberto, repentinamente despejado.
-Supongo que podría aprovechar su oferta.
-Está bien. Sólo deja que guardemos nuestras cosas, y estaremos contigo. Por aquí.
Fernando dirigió el camino, y Yang se descubrió mirando con interés los escaparates en cada esquina, la gente que pasaba trotando, los automóviles polarizados que cruzaban a su costado, todo con un toque de magia.
-Por cierto, ¿por qué esta ciudad es tan famosa' ¿Alguna cosa interesante además del paisaje?
-Oh, tendrás tu respuesta a eso pronto –Gilberto se rió, compartiendo una mirada cómplice con sus amigos.
-Espéranos aquí un segundo –le indicó Fernando.
Los tres se metieron en un hotel de cuatro estrellas cercano, mientras el conejo se sentaba a esperar su regreso en un banco en frente del lugar. La noche era más templada que calurosa, pero sin dejar de ser lo suficientemente cálida para que el aire fuera frío, ni lo suficientemente caluroso como para que se sintiera molesto.
-Shh.
Yang sintió que algo o alguien se posaba en su hombro izquierdo, llamando su atención.
-Debes irte de aquí –era una polilla nocturna-. Vete si quieres seguir con tu cabeza en su lugar.
-¿Qué? ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
-Adiós. Sigue mi consejo, conejo. No quieres quedarte aquí.
La asustadísima polilla saltó de su hombro, perdiéndose en la noche.
-Chiwa. Y yo que creía que podía comenzar a divertirme por una vez.
Yin observó su entorno; la gente convergía hacia una calle al final de la ciudad, al este; dejándose llevar, aunque con cierta desconfianza al principio, se unió a la multitud.
Estaban caminando hacia un lugar en específico, pero ignoraba por qué. Las únicas pistas que tuvo fueron las luces de las casitas de un piso a los lados del camino, que se iban encendiendo como estrellas navideñas a medida que pasaban, y el sentimiento general que la rodeaba, invitándola a avanzar, a fundirse con la algarabía.
Hasta que una polilla nocturna chocó con su cara, y habría terminado en el suelo, aplastada por la gente a su espalda, si no fuera porque logró estabilizarse a tiempo, trotando un par de pasos para evitar una catástrofe. Para su alivio, seguía en marcha, y suspiró por su suerte.
-¿Qué estás haciendo?
-¿Eh? ¿Quién dijo eso?
-¡Aquí!
Yin se rascó la oreja derecha, atrapando la polilla en su mano, mirándola con curiosidad.
-Tú hermano está advertido. ¡Deben salir de aquí, mientras aún puedan hacerlo!
-¿Cómo sabes que estoy aquí con mi hermano?
-Magia. En ti. Fuerza. En ese conejo.
-¿Qué eres, un guía turístico miniatura? Porque si estás intentando que me sienta en sintonía con la ciudad, no está funcionando.
-¡No lo entiendes! ¡las personas como tú corren peligro aquí! ¿Deben irse ahora!
-Uh, eres muy molesto. ¿Por qué no te relajas y me dejas en paz?
Sin darle tiempo a replicar, la coneja arrojó al pobre insecto al aire, donde, para su sorpresa, el diminuto bicho se detuvo en mitad de su vuelo, antes de perderse en dirección hacia una de las luces en la distancia.
-Así es, amiguito, ve y diviértete, y lejos de mí, si es posible.
Yin se dejó envolver por el clima festivo una vez más, hundiéndose en la sensación relajante y cálida sin problemas.
-Espero que no esté prohibido estacionar aquí –dijo Vinnie, a algunos metros de la entrada de la ciudad donde, según su mapa, los conejos acababan de pernoctar.
-Diablos, amigo, no es como si importara –se ofuscó Roger, mirando en todas direcciones-. ¿Dónde estarán?
-Separémonos –dijo Lina, guardándose el mapa en un bolsillo-. Coop, tú vendrás conmigo.
-¿por qué yo?
-Si encontramos a Yin y Yang, quiero que sea un encuentro parejo. Roger, tú y Dave pueden adelantarse.
-Sólo espero no toparnos con esos leopardos por aquí –dijo el tocón, temblando de miedo.
-¡Oh, no me los recuerdes! –Roger se puso a su lado, obviamente no contento de quedarse en esta ciudad desconocida.
-¿Con quién voy yo? –Casandra saltó, emocionada por la aventura.
-A ver, a ver. –Lina se acarició el mentón, pensativamente-. Jobeaux, ¿qué te parece si tú vas con ella?
El goblin saltó a su pie, a punto de protestar, cuando ella le susurró:
-Y de paso la vigilas, no confío en esta chica suelta por ahí.
-¡Eh? Oh, está bien.
Jobeaux se situó junto a la zorra, que se tronó los nudillos, con una sonrisa.
-¿Sí! ¡Vamos a cazar villanos!
-Ése es el espíritu, amiga –Roger chocó los cinco con ella, antes de comenzar a caminar.
-Boogeyman, tú y Vinnie se quedan a cuidar el camión. Si algo pasa, no duden en gritar.
-¡Puedo gritar! ¡Escucharán mis gritos rockanrroleros a kilómetros!
-No, por favor –el niño oso se golpeó la cara, exasperado.
-Claro que no, gran tonto –Roger le lanzó una mirada de advertencia por encima del hombro, sin dejar de cmainar-. Y más les vale que el camión siga entero cuando hayamos regresado, ¿capischi?
-Roger tiene razón –Lina asintió-. Y no, Boo, no gritar literalmente. Usa tu celular. Y tu cerebro, si es que tienes alguno bajo ese cráneo tuyo.
-No se preocupen –Vinnie puso una sonrisa de confianza, cambiando su actitud anterior de irritación por una de alegría en segundos-. Cuidaremos este cacharro. Y me aseguraré que Boo no haga nada estúpido mientras no están.
-Más te vale. Vámonos, este lugar me da mala espina.
Lina había expresado su propio sentimiento, pero al parecer, nadie le prestó atención a sus últimas palabras.
Una vez sus siluetas se hubieron perdido de vista, Vinnie sonrió, mirando al monstruo zombi con una mirada cómplice.
-¿Estás listo para irnos?
-¿Eh? Pero Lina dijo que...
-Vamos, ¿no quieres ver cómo es este lugar? ¿qué tal si hay algún rockero famoso de paso por estos lares?
-¡Sí! ¡Me convertiré en una estrella de rock, como el destino lo manda!
El monstruo, ahora eufórico, arrastró al oso por su brazo, para irritación de su amigo, aunque lo soltó una vez una tienda de música cercana captó su atención. Un Vincent aliviado se aproximó a la primera tienda que vio, encontrándose con una llamativa pantera negra de rojo tras las puertas giratorias.
-Hoy estamos de suerte. ¿En qué momento comenzaron a llover los turistas?
Vinnie la miró de arriba abajo, sin dejarse impresionar por su figura, su voz o su estilo.
-¿Viste a dos conejos?
-Amigo, soy una pantera. Tú eres un oso. Veo conejos todos los días.
-¿Un conejo azul y una coneja rosa? ¿No pasaron por aquí?
-Oh, lo siento. De todos modos, ¿se te ofrecería un taza de café?
Lina y Coop recorrieron las calles, y la perrita sintió que la inmensidad de todo, junto con las multitudes que iban de aquí para allá, las luces y la noche la abrumaban.
-Coop. ¿Crees que estén por aquí?
-No lo sé, pero eso decía el mapa, ¿verdad?
De repente, Lina no pudo soportarlo más, y lo agarró de su brazo, mirándolo a los ojos.
-¡Lina! ¡Yo, coo, no creo que, coo, esto...!
-Ayúdame, Coop. No se lo había dicho a nadie, pero le tengo miedo a las multitudes.
-¿Eh? ¿En serio? Pero cuando tú y Yin iban de compras, eso no parecía afectarte, y había mucha gente.
-Eso esra porque mi mejor amiga estaba allí; cuando luchamos contra los clones de Yin y Yang, estábamos todos juntos. ¡esto es diferente! ¡No conocemos a nadie aquí y estamos perdidos!
-Ayúdame, tú, entonces. Tampoco se me dan bien, coo, las multitudes.
Ambos estaban a punto de desmayarse, justo cuando algo a la distancia llamó la atención del pollo.
-¡Mira! ¡no estamos solos!
-¿Qué?
-¡mira allí!
Lina también lo había visto. Era Yang, que acababa de levantarse de un banco a media cuadra adelante, caminando hacia alguien. Comenzando a correr para alcanzarlo, descubrieron que eran tres adultos desconocidos con pinta de trastornados: una cebra, una zarigüeya y un galgo.
Los cuatro comenzaron a alejarse, pero el pollo y la perrita no los perdían de vista.
-¿En qué momento Yang hizo, coo, nuevos amigos?
-¿Ves? ¡Te dije que este lugar me daba mala espina!
Vinnie salió de aquel sitio con la misma sensación de sospecha con la que había entrado. Sinceramente, no confiaba en la mujer pantera y, al mirar alrededor, percibió algo en el ambiente que no le daba un buen augurio. Mirara donde mirase, los escaparates, las luces en las ventanas y en los automóviles, los parques, todo, todo se sentía fabricado, de cartón, como si algún titiritero estuviera observándolo, moviendo cada hilo, vigilando cada esquina, manejando cada movimiento sin ser visible.
-O me he vuelto loco, o tengo un sexto sentido para los lugares de glamour de cartón.
Yang se sentía inquieto. Hasta hacía un instante, todo estaba tranquilo, la noche era magnífica. Por alguna razón, habían llegado justo en un día de fiesta.
-Por cierto, ¿qué están celebrando?
-¿Qué cosa? –Berta parpadeó en su dirección, ambos al final del grupo.
-Es como si todo el mundo aquí no le importara nada. Todos aquí parecen estársela pasando en grande, ¿no?
-¿No te lo estás pasando en grande, colega? –Gilberto eructó, y todos se cubrieron la nariz.
-¿Cuántas veces tengo que decirte que no bebas una noche de concierto? –Fernando lo detuvo, evitando que el perro se cayera.
-¡Ya estamos cerca! –celebró la zarigüeya, dando saltitos.
Yang se sintió repentinamente fuera de lugar. ¿Qué le pasaba a la gente en este lugar?
Sólo fue capaz de sentirlo por un segundo, pero el sentimiento fue olvidado de inmediato al ver a Yin más adelante.
-¡hey! ¡Miren! ¿Ahí está mi hermana! ¡Yin! ¡Ven a saludar a mis nuevos amigos!
Intentó dar un paso hacia delante, pero Fernando le puso una mano en su hombro, deteniendo su avance.
-¿Qué rayos estás haciendo? ¡Déjame ir!
De repente, el conejo ya no veía al trío de lunáticos como posibles amigos; su corazón comenzó a palpitar a toda máquina en su pecho, cual una bestia enjaulada desesperada por escapar.
-Shh. Cálmate, por favor. Si no, todos estaremos perdidos –le susurró la cebra, desconcertándolo-. Mira.
Y Yang miró. Pero tuvo poco tiempo para entender lo que estaba pasando.
-¡ladrido foo!
Todos se sobresaltaron, pero Berta fue alcanzada por el ataque sónico de Lina, cayendo inconsciente en el suelo.
-¡chicos! ¿Qué están haciendo ustedes aquí?
-¡No vinimos solos! ¡Los demás también está aquí! –Coop se puso firme, mirando a los extraños con furia.
-¿Qué? ¿Nos siguieron hasta aquí? ¿Están locos?
-¡Esperen! –Gilberto se volvió hacia ellos, repentinamente sobrio y sin pistas de su previa borrachera-. ¡No lo entienden!
A su lado, la cebra se encargó de atender a Berta, transportándola en brazos hasta depositarla, provisoriamente, en un banco a varios metros de la multitud.
-¡Lo que entendemos es que son el enemigo! –Lina sacó una de sus espadas de bambú, blandiéndola con intenciones claras-. ¡Coop! ¡Encárgate de la cebra!
-¿Entendido!
-Si así va a ir...
Fernando se rompió el cuello, tomando una postura de batalla.
Coop cargó hacia él con una patada, siendo fácilmente esquivado. Fernando lo atrapó en una llave de cabeza, pero el pollo había anticipado su movimiento.
-No creo que seas un gran luchador –la cebra se rió de sus aparentemente inútiles intentos por liberarse de su llave.
-¡Oh, creencia equivocada!
Coop encendió sus alas, desatando una andanada de rayos de energía, lanzando a su oponente contra una pared lejana.
-¿Caballeros Woo-Foo en entrenamiento? Interesante –el comentario de Gilberto sacó a Lina de sus casillas.
-¡Oh, haré que te arrepientas por subestimarme!
Gilberto se lanzó de cabeza, dando una voltereta en el aire para esquivar un corte de su adversaria; en mitad de su vuelo, la agarró por su brazo libre, arrastrándola al suelo, antes de patear su arma y ponerle un pie en el cuello.
-¿Te rindes ahora, cachorrita?
Lina sacó su segunda espada, cortando su pierna y obligándolo a alejarse, mientras ella se reincorporaba, dedicándole una mirada asesina.
-¡Yang! ¿Ayuda?
Coop se encontró mirando a la cebra con miedo. Fernando se cruzó de brazos, exponiendo su cuerpo tonificado. Su camiseta se había hecho cenizas, pero por lo demás estaba ileso.
Yang fue a dar un paso para ayudar al pollo, cuando un grito familiar lo hizo volverse, saltando fuera del camino de una Lina que era lanzada contra un árbol, deslizándose hasta tocar el suelo. Frente a ella, Gilberto se elevaba imponente, acariciando el parche en su ojo.
-Esto es innecesario. No deseo lastimarte más.
-¿Lina?
Lina se reincorporó, escupiendo una rama ensangretada.
-¡Pues yo no me estoy rindiendo!
Lina se subió por el árbol, antes de lanzarse hacia su oponente, creando sendos puños gigantes, que aplastaron al otro perro.
-¿decías?
Cuando levantó sus puños, sin embargo, Gilberto había desaparecido.
-¡Está detrás de ti! –Yang intentó advertirle.
-Demasiado tarde.
Lina escuchó ambas voces pero no consiguió darse la vuelta a tiempo. Su oponente apareció cayendo del cielo, con un pie por delante. Su pie se estrelló con su cara, arrastrándola veinte metros por el suelo. Sólo la suerte impidió que no la matara ni la desfigurara.
-¡Yang! ¡Ayuda! ¡Coo!
Cuando Yang consiguió descongelarse, ya era demasiado tarde. Coop colgaba del brazo izquierdo de la cebra, con algunas quemaduras menores, al pollo, por su parte, le faltaban unas cuantas plumas, y su pico estaba torcido.
-Es hora de que te ponga a dormir, pollo.
Roger lo sintió antes de verlo. Había una pelea desarrollándose a pocas cuadras. Dave no paró de gritarle todo el camino por qué corrían, pero se calló cuando se encontraron con la escena ante ellos.
Fernando estaba a punto de destrozar al pollo, pero un cuerno ardiente lo apuñaló en el hombro antes de que pudiera lograr su cometido, y así fue cómo Coop se salvó.
Fernando se masajeó su hombro, mirando a Roger frente a él.
-Oh, era vierdad. ¡Todos están aquí!
-¿Claro que sí!
Lina gritó, aún por encima del zapato en su boca.
-¡ya basta! –Yang no pudo soportarlo más, antes de que su propia ira se desatara también-. ¡Quiero que todos se detengan!
Fernando había conseguido agarrar al ogro por el cuello, y lo tenía en un estrangulamiento mortal. Gilberto, más allá, se alejó de una Lina herida, limpiando su zapato como si no acabara de casi asesinar a una chica. Dave acababa de desmayarse junto a Berta.
-¿Yang? –todos se detuvieron ante aquella voz-. ¿Tú también te estás uniendo a la fiesta?
Yin los miraba desde el otro lado de una multitud muda. Todo el mundo se movía en sincronía con una canción inaudible, ausentes de su pelea colosal.
Y cuando el conejo azul volvió a enfocar a su hermana, recordó aquel sentimiento que, hacía pocos minutos, había asaltado su cordura.
Y descubrió qué atraía a los turistas. La razón de tanto ajetreo. Cuál era la fenomenal atracción.
-¿Una fuente? ¿Tanto por una estúpida fuente gigante?
-No. No sólo una fuente.
De repente, alguien más habló, y todos miraron hacia lo alto. Allí, una silueta los observaba, con sus ojos diminutos y amenazantes.
Cuando descendió del cielo, los conejos no fueron los únicos en sentir un escalofrío bajando por sus columnas.
Era un búho de plumaje rojizo. Sus ojos los miraban a todos con curiosidad, pero más que curiosidad, era como ser atravesado por un par de scáners de computadora, como estar siendo observado por un científico loco en un microscopio.
-Bienvenidas y bienvenidos, damas y caballeros. Llegan justo a tiempo para que este show pueda comenzar.
Abriendo sus brazos alados, señaló a la multitud a su alrededor, regalándoles una sonrisa misteriosa.
-Y ustedes... son el acto principal.
