WHEN WE WERE BEAUTIFUL

1

LA TENTACIÓN DE VOLVER A VERTE

A Zeke no le gustaba la Policía Militar Central, pero el último asesinato le hizo resignarse y admitir que necesitaba ayuda. La prensa ya había hecho de las suyas: «El Estrangulador de Shigansina vuelve a matar». No habían tenido un caso así en décadas, desde principios del siglo XX. Tres muchachas jóvenes habían perdido la vida de forma atroz. Todas a manos de un mismo sujeto; en palabras de Mikasa Ackerman, un asesino en serie organizado.

La PMC la había enviado para ayudar y Zeke no podía creer que aquella canija —para él, siempre sería una cría— se hubiese agenciado su oficina sin mediar ni una palabra.

—Es una energúmena —le dijo a su hermano mientras tomaban cerveza—. No tiene nada que ver con la muchachita dulce de tus recuerdos, no. ¿Alguna vez has llegado al trabajo para descubrir que te han quitado tu oficina? Dios, la PMC la ha convertido en una inquisidora. No le gustan los cafés de la máquina, así que ha mandado a uno de los chicos a comprarle un café con miel. ¡Con miel! Claro, muchos de los muchachos están encantados, dicen que a una mujer tan sexy siempre hay que obedecerla. ¡Sexy! Siento como si piropearan a mi hermana pequeña. Deberías llamarla.

—No la he visto en tres años años —contestó Eren—, desde el funeral de papá.

—No te preocupes, le he hablado de ti, de cuando os encontré besuqueándoos en el salón de casa, de cuando os pillé desnudos en…

—Joder, Zeke.

—Es broma. Simplemente, no puedo creer que me trate como si no me conociese. Tengo que solucionar esto ya, Eren. Shigansina volverá a vivir en paz y Mikasa regresará felizmente a Mitras.

—Es mucho más fácil dar con un degenerado cuando cuentas con la colaboración de una perfiladora criminal experta.

—Sí, es cierto, pero está acabando con mi salud mental. Le ha pedido a Reiner que la lleve a las tres escenas del crimen. ¿Para qué necesita ir si tenemos todo fotografiado…? Cuestión de perspectiva, me ha dicho. Y tiene razón. Ya estamos trabajando en un perfil, hermano. Es un poco rudimentario, pero es mejor que nada. La primera chica, Mina Carolina, estudiante de Derecho, veinte años. Estaba de fiesta durante la madrugada del 18 de enero. No había bebido ni tomado drogas, así que sus amigos dejaron que se marchase sola. Cogió un taxi; hemos interrogado al conductor, por supuesto, un tipo a punto de jubilarse, casado, tres hijos. Descartado. De camino a casa, Carolina recibió una llamada y se apeó del taxi en una tienda 24 HORAS. Los sabemos porque tenemos las grabaciones de las cámaras de seguridad. Según el taxista, la muchacha mencionó algo sobre una fiesta. Hemos tirado del hilo, claro. Mylius Zeramuski y Samuel Linke-Jackson la invitaron a su apartamento, a dos manzanas de la tienda, para que pasase el rato en un guateque improvisado. Ya sabes, los jóvenes universitarios nunca descansan. Carolina aceptó y dijo que compraría unas bebidas; concretamente, cervezas. —Zeke alzó su jarra—. Las pagó a las 2:47 de la madrugada. A partir de aquí, todo es incierto. Hemos registrado el piso de sus amigos: nada. Carolina no estuvo en esa fiesta. Tampoco aparece en las publicaciones de Instagram y ninguno de los asistentes la vio. Hemos preguntado si tenía pareja, algún ligue por ahí, ya sabes, pero resulta que Carolina no creía en las relaciones formales y monógamas. Estaba soltera, pero se veía de vez en cuando con un par de tipos. No estaban en la ciudad la noche de su asesinato, tienen una cuartada bastante sólida.

—¿Y la familia?

—Su familia es del norte, de un pueblecito cercano a Orvud. Ninguno vive aquí. Mikasa tiene una idea sobre el degenerado. Hombre blanco de entre 25 y 40 años, probablemente atractivo. Suponemos que podría llevar símbolos de autoridad en el coche, quizá una placa policial. Sea como sea, Carolina no se resistió a subirse a su coche; no tenía ADN bajo las uñas, ni dejó caer las latas de cervezas ni su bolso. Seguramente, el asesino controló la situación sin inconvenientes, habló con ella, le transmitió confianza, le ofreció drogas y luego la violó y la mató. Hijo de la gran puta.

—Cuando estuve en el Este —dijo Eren—, conocí a muchos hombres que habían matado a otros. Al preguntarles, me decían que ellos no eran asesinos, que los asesinos eran los gobernantes que les daban fusiles y les enviaban a acabar con gente que no conocían y no odiaban en absoluto. En cierto sentido, no mataban, sino que seguían órdenes. Conocí a un par de sargentos que se quitaron la vida porque no soportaban los remordimientos, pero cuando leí el artículo sobre la Unidad de Ciencias de la Conducta, sobre el trabajo de Mikasa, cuando habla de sus entrevistas con asesinos y violadores, simplemente no puedo creer que sean humanos. Nadie les ordena que lo hagan, no llevan uniforme ni sirven a ningún país. Matan por matar, por el placer de hacerlo. Son monstruos. El Estrangulador de Shigansina también lo es.

—Mikasa dice lo mismo. Insisto, Eren. Deberías ir a verla. Ve, Eren.

—Te lo he dicho, ha pasado demasiado tiempo.

—¿Y qué? Sois solo… dos viejos amigos que se reencuentran.

Eren cedió a los embates de la nostalgia.

—¿Dónde se aloja?

—Hotel Roux. Sabía que irías.

—No he dicho que vaya a ir.

—Sí, sí, lo que tú digas. —Zeke terminó su cerveza—. Te alegrarás de verla… y te asustarás. Ya no es la misma.

—Nadie lo es. —Eren se levantó—. Me voy a casa, mañana tengo algunas cosas que hacer en la clínica. ¿Desayunamos juntos?

—Perfecto, doctor Jaeger. Y… hermano, dile a Armin que sea prudente. No me gustaría que un grupo de periodistas se agolpara en la puerta de la comisaría preguntando por la puta PMC.

(…)

Le gustaba estudiar los gestos de los presentes cuando comentaba las diapositivas. Solía hacerlo cuando daba clases en la Academia de la PMC, en Mitras. Tenía una colección de fotografías espantosas que nutrían sus explicaciones; ya había incluido las relativas al Estrangulador de Shigansina para indagar en lo que consideraba un psicópata muy peligroso que, si no era detenido con prontitud, volvería a matar. De hecho, estaba convencida de que sumarían otro cadáver en menos de dos semanas.

—Tres universitarias asesinadas en tres meses —dijo—. Mina Carolina, veinte años, estudiante de Derecho; Ruth D. Klein, diecinueve años, Medicina; y Carly Stratmann, veintidós años, último curso de Pedagogía. Mismo modus operandi en los tres crímenes. Sin embargo, quiero que prestéis atención a esto: Mina Carolina apareció en un bosque detrás de una gasolinera, en la carretera que sale de la ciudad. El asesino se molestó en esconder el cuerpo. No hay nada que lo incrimine, ni huellas, ni ADN. Nada. Estamos ante un psicópata minucioso que no nos dará facilidades, no hablará con la prensa ni nos mandará los trofeos tomados de sus víctimas. Al menos, no por ahora. El crimen de Carolina es el primero de los tres, pero es muy posible que perpetrara algunos crímenes antes o que se preparara muy bien para ello. Quizá se puso a prueba a sí mismo para comprobar si era capaz de despertar la confianza de las mujeres. Si pensáis que se trata de un loco desarrapado y pestilente, salid de aquí. Estamos ante un seductor, alguien bastante exitoso entre las mujeres, pero que siente bastante aversión hacia ellas. En los tres casos se advierte la ausencia de penetración, pero sí que introdujo piedras y palos en la vagina de las víctimas; les sajó los pezones, les cortó el pelo y las apuñaló en la zona del útero. Ataca las cualidades propias de la femineidad. Este es el cadáver de Ruth D. Klein, eso de ahí es su clítoris mutilado. En el caso de Carly Stratmann, la violencia escala; le desfiguró la cara a golpes mientras ella se encontraba con vida. Estamos ante un psicópata cuyas fantasías van en aumento. Es muy posible que guarde bastantes trofeos. Mina Carolina siempre llevaba consigo una cadena de oro, la había heredado de su abuela; ahora está en manos de su asesino. Quizá sienta la tentación de revisitar las escenas del crimen.

—¿Por qué? ¿Remordimientos? —preguntó un policía.

—Estos psicópatas no sienten remordimientos. Si visita las escenas, es para revivir la fantasía, para volver a sentir el subidón. Jaeger, aposta a algunos agentes de paisano cerca de las escenas y reúnete conmigo en mi oficina dentro de veinte minutos. Hemos acabado, caballeros.

Tomó su carpeta y se encerró en su oficina para continuar con el estudio de los casos. Sacó una fotografía de Carly Stratmann; una joven muy atractiva, sin duda. Habían interrogado a más de una treintena de personas relacionada con ella: amigos de la universidad, exnovios, aventuras de una noche, compañeros de trabajo... Carly era hija de un conocido empresario de la capital, pero había optado por la vida díscola, alejada del negocio familiar. Llevaba unos cinco años en Shigasina al momento de su asesinato; no había hablado con su padre en los últimos tres. Cuando Elliot Stratmann recibió la terrible noticia, movió algunos hilos y telefoneó directamente al director de la PMC, Darius Zackley, para que «mováis el puto culo de una vez y atrapéis a ese hijo de la gran puta». El viejo Zackley no se había visto en una situación similar en más de cuarenta años al frente, y así se lo hizo saber al subdirector, Nile Dowk, quien se lo comunicó a ella. Mikasa, por su parte, no dudó en responder positivamente cuando Zeke Jaeger llamó personalmente para solicitar ayuda. Se desplazó hasta Shigansina con un perfil muy rudimentario que pretendía perfeccionar tras un estudio más profundo. La Unidad de Ciencias de la Conducta no lidiaba con un asesino en serie desde hacía un par de años, desde que el Asesino de los Espejos fuese atrapado tras quitarle la vida a diecisiete personas.

Revisó unas cuántas fotografías del cadáver. Había una que le resultaba especialmente interesante. Zeke apareció sin tocar la puerta —no había perdido esa costumbre— y se apoyó en el alféizar de la ventana.

—Algunos de los muchachos son un poco escépticos —dijo—. Por ejemplo, los palos y las piedras...

—¿No saben lo que son palos y piedras? ¿No saben lo que es una vagina?

—Creen que se trata de una mutilación, nada más.

—Es más que una mutilación. Se llama necrofilia regresiva, muy habitual en asesinos desorganizados. Es un misógino, pero dudo mucho que su círculo cercano conozca esta faceta. Como he dicho antes, posiblemente se trata de un tipo encantador y muy manipulador. Alguien con un empleo estable, con relaciones sociales bastante cuidadas. No me atrevería a decir si está casado o soltero, pero estoy convencida de que es un sujeto al que sus allegados consideran incapaz de matar una mosca.

—La ciudad está llena de tipos así.

—Estamos un poco jodidos. No tenemos nada, salvo un modus operandi y un perfil. No es suficiente, pero es mejor que nada. —Miró a Zeke con suspicacia—. Varón blanco, de entre 25 y 40 años. Porta atributos que le imbuyen cierta autoridad, posiblemente emplea un coche de apariencia policial, y es posible que aúne esto a un gran atractivo personal. Carismático, muy carismático, si tenemos en cuenta que Ruth D. Klein, quien no solía subir a coches de desconocidos, pudo subir a su coche por voluntad propia. Tiene estudios, puede que incluso universitarios, y un trabajo estable, un trabajo que exige socialización, cooperación. Ha vivido en la ciudad durante una buena parte de su vida, conoce bien las calles y los ambientes. Con total seguridad, tiene los trofeos de sus víctimas en casa y disfruta enormemente al contemplarlos, aunque tampoco es descabellado pensar que haya regalado la cadena de Carolina o los pendientes de Stratmann a su novia. Sin embargo, dudo que tenga pareja; como he dicho, es un misógino. En el caso de tener pareja, es indudablemente alguien frío y desapasionado en las relaciones sexuales. Quizá se deba a una relación tormentosa con su madre o con cualquier otra figura femenina de su vida. He visto este tipo de comportamientos en muchas ocasiones y casi todos derivan de la misma situación. Por el momento, no tengo nada más que decir. Eso es todo.

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Tú estás al frente de la investigación. La decisión es tuya. No creo que esto se resuelva fácilmente y ahora mismo no puedo aportar más datos.

—No puedes aportar más datos, pero te colgarás todas las medallas cuando atrapemos a este degenerado. La PMC funciona así.

Mikasa se echó hacia atrás y apoyó los pies en el escritorio.

—¿Tienes algún problema, Zeke?

—¡Vaya! ¿Cuántos años llevabas sin decir mi nombre? Eso de Jaeger es demasiado formal, canija.

—Ya no soy ninguna canija.

—Lo sé, y eso me aterra

—¿Por qué?

—Porque cuando Eren y tú erais unos canijos, todos éramos mucho más felices, ¿no crees?

«Eren», pensó como quien despierta un recuerdo dormido. No quería pensar demasiado en él, no. No había pensado en él durante años. Cuando aquel nombre llegaba a su mente, se entregaba a sus quehaceres para borrarlo rápidamente. La PMC, los seminarios y las entrevistas eran las mejores pastillas para no recordar. Le bastaba con saber que Eren estaba bien.

—Sucedió hace muchos años. ¿A quién le importa ya? Además, no veo en qué puede contribuir al caso recordar a tu hermano.

—No hablas en serio.

—Hablo completamente en serio. Estoy aquí para hacer mi trabajo, única y exclusivamente para hacer mi trabajo. Mi vida personal es algo que pertenece a la intimidad de mi casa en Mitras, detective Jaeger.

Zeke sacudió la cabeza, sonriente, una sonrisa muerta.

—Definitivamente, antes éramos mucho más felices.

Sola, de nuevo, rebuscó en el interior de su chaqueta y sacó una petaca. Los de Asuntos Internos ya le habían dicho algo sobre su comportamiento, pero ninguno de ellos entendía que en ocasiones se necesita un trago para seguir adelante, especialmente cuando el pasado llama a tu puerta y se reabren viejas heridas que costarían una considerable cantidad en un terapeuta. Había ido a terapia durante dos meses; descubrió que la mejor terapia es el tiempo y un vaso de whiskey después del trabajo. Eso fue lo que hizo nada más llegar al Roux; albornoz, whiskey, cigarrillo y un balcón desde el que se vislumbraban las mil luces de la ciudad. Había nacido en Shigansina; más bien, en las montañas cercanas, donde la vieja casa de sus padres continuaba cerrada y acumulando polvo. Ya llevaba más de diez años en Mitras, desde que empezó la universidad. Tenía treinta y un años, una buena edad, madurez y juventud en sintonía; casa, coche, amigos sabiamente elegidos y un trabajo que disfrutaba más que nadie. Sin embargo, le resultaba tan difícil meterse en la cama y sentirse satisfecha que pasaba noches enteras despierta, bebiendo y recordando.

Poco después, sobre las diez y media de la noche, recibió una llamada de su vieja amiga Sasha Braus desde la ciudad vecina de Trost.

—Alguien ha dejado la capital para volver al caluroso sur, ¿eh? —la saludó—. ¿Me contarás los pormenores en un buen restaurante cuando hayas terminado?

—Solo si pagamos a medias. —Mikasa apagó el cigarrillo y se dirigió a su habitación; se derrumbó sobre la cama y suspiró—. ¿Trost sigue tan aburrida como la última vez?

—Todavía no tenemos un asesino en serie, así que supongo que sí, pero no me vendría mal la ayuda de una curtida agente de la Central. Creo que podría interesarte… o no. No lo sé, pero me da la sensación de que tengo algo bastante extraño entre manos. Es un pálpito, Mikasa. ¿Recuerdas aquella vez en la que tuve un presentimiento, compré un billete de lotería y me tocaron veinte de los grandes? Es exactamente igual.

—Bien, dispara.

—Tengo una casa destrozada por vándalos, supuestamente. La propietaria quiere cobrar el seguro, pero mi jefe tiene sus reticencias y yo también. Hay algo extraño, ya sabes a qué me refiero. No sería el primer fraude al que nos enfrentamos. ¿Podrías echar un vistazo a las fotos?

—Puedo ir a Trost el domingo para echar un vistazo, prefiero personarme en el escenario si es posible.

—Sí, por supuesto. ¡Genial! Así podré invitarte a una copa. Llevo demasiado tiempo sin verte y echo de menos que enseñes tu placa a los ligones de los pubs.

—Nos vemos entonces.

—¡Nos vemos!

Descolgó y cerró los ojos. No era la primera vez que buscaban su opinión en asuntos alejados del asesinato y la violación. También había intervenido en una serie de incendios provocados cerca de la costa occidental hacía un par de años. El perfil que realizó fue bastante útil para la captura del pirómano en cuestión. Sasha solía decir que aquello era imposible, que parecía cosa de magia. Mikasa siempre insistía en que detrás de cada conclusión existía un riguroso análisis y un buen número de años de servicio y estudio, además de una nutrida base de datos estadísticos; en ocasiones, nada de eso servía y el perfil criminológico erraba, pero era muy solicitado para casos de asesinos desconocidos y ella era una de los grandes nombres de la PMC. Nunca había dejado de estudiar y no pretendía dejar de hacerlo. Creía firmemente que no se puede combatir el mal sin conocer a aquellos que perpetran las maldades. Permanecía al pie del cañón desde los veinticuatro años, cuando le asignaron el escritorio del rincón en Ciencias de la Conducta. Pronto entendió que aprender de los agentes más veteranos era el único modo de escalar y perfeccionar sus capacidades. Su primera participación importante se dio en el caso de un psicópata con víctimas en distintos puntos del país; lo que vertebraba los crímenes era algo tan sencillo como la carretera. Los cuerpos se habían encontrado en lugares muy apartados, lugares que no eran destinos, sino rutas en las que nadie se detendría. Cuando se supo que el autor de todos aquellos crímenes era un camionero de cuarenta y tres años, el jefe de la Unidad, Ian Dietrich, la felicitó por su gran labor y empezó a incluirla en casos mucho más importantes y complejos. Por supuesto, el Estrangulador de Shigansina se le asignó de inmediato. Era un sujeto bastante más minucioso que el psicótico Asesino de los Espejos y su caso entrañaba mucha más dificultad. Lo que más la preocupaba es que manifestaba una clara escalada de violencia; sin embargo, no creía que aumentase el número de víctimas de forma considerable. Se trataba de un sujeto con un trabajo estable que no podría ceder a su compulsividad de la manera que deseaba (de lo contrario, esta podría interferir de manera catastrófica con su vida diaria, su máscara de civismo), pero, si volvía a matar, esperaba que la presión —o la confianza— le hiciese cometer algún descuido, algo que proporcionase pruebas. No lo consideraba infalible.

El sonido del intercomunicador la sacó de sus cábalas. Había pedido insistentemente que no la molestasen bajo ninguna circunstancia.

—¿Sí?

—Soy Carsten, de Recepción. Lamento mucho molestarla, pero…

—Creo haberle advertido al encargado que no se me debe contactar por ningún motivo, salvo aviso de bomba.

—Sí, sí, tiene usted toda la razón, pero aquí hay un caballero que insiste en verla. Créame, es muy insistente. Dice que no pretende marcharse sin verla.

—¿Quién es?

—Su hermano.

—¿Mi hermano? —Mikasa estaba confundida—. ¿Levi está aquí? Entonces huya, Carsten, corra por su vida.

—Su hermano Eren.

—Oh, ese hermano

—Ya sabe que contamos con personal de seguridad por si desea…

—Dígale que suba, pese a que no recuerdo a ningún hermano llamado Eren.

. . .

El recepcionista lo miró, aturdido, y le comunicó que la agente Ackerman lo autorizaba para acceder a su ático.

Jerga federal, pensó Eren, y esperó a que el ascensor se detuviese en el ático. Con su disimulado renqueo, se detuvo ante la puerta de la suite, pero esta se abrió antes de que llamase. Mikasa se apoyó en el marco de la puerta, vaso en mano, y lo examinó en silencio.

—¿Mi hermano? ¿No se te ha ocurrido nada mejor?

—Puede que no haya sido la mejor mentira, pero ha funcionado. Me has dejado subir.

Mikasa se dio la vuelta y se dirigió a la cocina para servirse otra copa. Él la siguió, impresionado por la renovada imagen del Roux. Cuando eran pequeños, no era más que un hotelucho barato donde las parejas buscaban intimidad.

—¿Un whiskey?

—Preferiría una cerveza.

—No tengo cerveza.

—Entonces me conformaré con un vaso de agua. —Eren se sentó en uno de los taburetes, sin apartar la vista de ella. No había podido resistir el impulso de ir a verla, pero no sabía qué decirle—. Esta suite es muy bonita.

—La elegí por el balcón. Ver la ciudad me ayuda a pensar —dijo, y se colocó junto a él—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Honestamente? No lo sé. Zeke me dijo que estabas aquí. Supongo que he venido a saludarte. ¿Cómo estás?

—Preocupada. No dejo de pensar en cuántas mujeres matará mientras nosotros estamos aquí.

—No puedes hacer más de lo que haces, Mikasa.

—No es eso lo que me preocupa. He estudiado cientos de casos, cientos de personas que han cometido los actos más atroces. Es muy fácil escandalizar a la sociedad, pero es muy difícil admitir que esta misma sociedad tiene un problema. Nosotros, como seres sociales, tenemos un problema. La mayoría de los asesinos en serie coincide en lo mismo: infancias difíciles. Madres dominadoras, madres que los despreciaban, padres ausentes, alcohólicos o maltratadores… No me malinterpretes, no estoy justificando lo que este tipo hace, pero no puedo evitar pensar… que algo va realmente mal.

Eren la escuchó en silencio. Se notaba el cansancio en su voz y también había tomado unas copas de más, pero decidió no mencionarlo. Zeke tenía razón, el cambio en ella era abismal, aunque no había perdido la costumbre de torturarse.

—Algo va mal —repitió él—. Y no es una labor bonita solucionarlo. Es como limpiar una herida que se podría haber evitado.

—Los médicos y vuestros símiles. —Mikasa terminó la botella—. ¿Has… limpiado muchas heridas últimamente?

—Has bebido demasiado.

—No te he preguntado eso, Eren.

—Es solo una apreciación.

—Estoy cansada… y quizá haya tomado algún trago de más. Todavía no sé por qué estás aquí. Sírvete una copa, al menos.

Se levantó y tomó una botella de vino de la alacena.

—Eh, ese es bastante caro —señaló ella—. Y a ti nunca te ha gustado el vino.

—Insistes en que tome una copa, así que lo haré. —Eren cogió el sacacorchos—. ¿Sabes? Me sorprende que estés en la ciudad.

—¿Por qué?

—Llevabas bastante tiempo sin pasarte por aquí.

—Eso es porque tengo una vida que adoro en Mitras, con una casa que me encanta y unos amigos a los que aprecio. Soy muy, muy, muy feliz en la capital y nunca me acuerdo de esta ciudad. ¿Por qué iba a acordarme de este sitio?

—Alguien está de mal humor…

—No estoy de mal humor, joder. Tengo que soportar a tu puñetero hermano pululando por la comisaría mientras los periodistas tiran el teléfono abajo preguntando por los detalles, pero eso no es lo peor: hoy se ha puesto nostálgico otra vez. Odio… odio que me hablen del pasado. Lo odio. Esa no soy yo. ¿Qué tengo que ver yo con la Mikasa del pasado?

—Oh, era una chica estupenda. —Eren bebió e hizo una mueca de disgusto; por muy caro que fuese, el vino nunca sería de su agrado—. Nunca bebía ni decía joder, y tampoco recuerdo que le gustase el café con miel. Al margen de eso, diría que tenéis mucho en común.

—¿Sí?

—Sí.

—Me alegro de verte, Eren. —La mujer se pasó la mano por el pelo, negro como la noche más oscura—. Puede que haya sido un poco violenta con tu hermano, puede que… Sabes que eres alguien especial para mí, ¿verdad?

—Lo sé. —Él asintió—. Métete en la cama pronto, Mi.

Mi.

—¿Te vas ya?

—Solo tienes que llamarme cuando quieras volver a verme.

—Eren.

—¿Y si no quiero volver a verte?

Sí, era una posibilidad, pero a Eren ya no le hería nada de lo que ella dijese, nada de lo que hiciese, ninguna de sus mentiras, ninguna de sus caretas, y le bastaba con haberla visto esa noche, el haber recordado por qué su matrimonio con Historia fue tan efímero y no sobrevivió a sus días en el ejército. Cuando pensaba en Mikasa Ackerman, le dolía la pierna coja y su corazón se henchía con una tonta felicidad. Pocos años antes, en los funestos días que precedieron al fallecimiento de Grisha Jaeger, tuvo que ir a la casa de sus padres para limpiar y sacar algunas de sus pertenencias. Entre ellas, encontró muchas fotos, un par de álbumes intactos que se remontaban hasta el noviazgo de sus padres. Un joven Grisha fumando junto a la ventana del comedor, Carla con su vestido de novia, un pequeño Zeke jugando al béisbol, un Eren con apenas cinco días de vida, el rostro severo de sus abuelos y muchos otros momentos atrapados en papel brillo. Su madre fue fotógrafa y solía tener su Nikon a mano para inmortalizar el patrimonio cotidiano de la ya menguada familia. Al revisarlas, encontró fotos de una Mikasa de dieciséis o diecisiete años en el jardín, tomando el sol durante una de tantas tardes que pasaron juntos. Era una belleza inocente, una sonrisa repentina desde la tumbona. Seguro que después se metió a la piscina porque él la salpicó. En ocasiones, miraba esas fotos y tomaba consciencia de que la mayoría de las personas que las protagonizaban ya no estaban porque la muerte no perdona a nadie… o porque la misma vida se empeña en separar caminos que parecían destinados a discurrir paralelos.

—No lo sé. ¿Querrás verme?

Eren pasó junto a ella para dirigirse a la puerta. Mikasa se aferró débilmente a su camisa. Por primera vez en más de una década, ella lo tocaba.

—¿Sigues teniendo el Pontiac?

—Sí.

—Llévame a dar una vuelta.