WHEN WE WERE BEAUTIFUL
PERSONAS QUE JURARON NO PODER VIVIR LA UNA SIN LA OTRA
Guardaba muy buenos recuerdos de las noches de fiesta en Trost, de madrugadas inagotables llenas de alcohol, cigarrillos y confidencias que una persona no compartiría en ninguna otra circunstancia. Horas y horas en el banco de un parque que terminaban con Sasha babeando sobre su hombro, con tantas copas en el cuerpo y tantos bailes en las piernas que le resultaba imposible mantenerse en pie y caminar hasta su piso. Al final, era Mikasa quien la metía en un taxi, la arropaba y respondía las ineludibles llamadas de Lisa Braus a la mañana siguiente para decirle que sí, que su hija estaba perfectamente y que estaba durmiendo tras una larga noche de estudio. Fueron días tan divertidos como confusos. Así, de hecho, conoció a Colt. Fue durante unas vacaciones de fin de año de 2010. Cuando las festividades acabaron, regresaron juntos a Mitras porque él también estudiaba en la capital. Durante los siete años siguientes visitaron Trost a menudo para ver a unas amistades que terminaron por poner en común. Entre ellas, Sasha. Ambas habían estado en estrecho contacto desde los quince años, cuando se conocieron gracias a los veraneos de Sasha y su familia en Shigansina. Había nacido, crecido, aprendido a montar en bici, pasado la varicela, tenido su primera regla y perdido la virginidad en Trost, donde no tardó en encontrar trabajo al finalizar los estudios universitarios. Por supuesto, ya no vivía en un piso de soltera y las noches de desenfreno habían quedado restringidas a fechas muy señaladas. Estaba casada, trabajaba seis horas al día y por aquel entonces se encontraba en trámites para adoptar un niño. Pese a la adultez, Sasha no había perdido esa chispa, esa mezcla de ingenuidad, temeridad y buenas intenciones. No pudo rechazar su oferta.
Mikasa estacionó el Mercedes frente a las oficinas a primera hora de la mañana y pidió reunirse con ella. La encontró en mitad de una acalorada charla telefónica, lo que parecía ser una discusión con su marido. Habían amasado tanta confianza que poco le importaba su presencia en un asunto íntimo como aquel.
—No soporto que Niccolò me llame mientras está en el restaurante. Oír los platos, las voces y los fogones me abre el apetito. No puedo discutir con el estómago así.
—¿Discutís mucho? —Mikasa se sentó frente al escritorio y cogió uno de los caramelos de menta que su amiga había dispuesta en un pequeño recipiente para los clientes; eran caramelos sin sabor, propios de oficinas y tanatorios—. A ti nunca te ha gustado discutir, Sasha.
—Y no me gusta discutir. Odio discutir, de hecho. No tengo motivos, pero Niccolò y yo llevamos una temporada bastante… ajetreada. Aprovecha cualquier situación para montar una pelea.
—¿Problemas con el negocio?
—Sí. No te voy a mentir. Le he dicho que no pasa nada si tiene que echar el cierre definitivo. Podemos vivir con mi sueldo mientras él busca trabajo, o puede convertirse en amo de casa. Ya sabes cómo son los hombres: en el fondo, no soportan que las mujeres traigamos el pan a la mesa. Su mal humor y nuestra inminente paternidad no forman un buen cóctel. Estoy barajando la posibilidad de pasar unos días en Dauper, en la casa de mis abuelos.
—Tranquila. Si te divorcias, puedes venir conmigo a Mitras. Criaremos al niño nosotras. ¿Qué te parece?
Sasha sonrió y dio unas palmaditas sobre sus muslos. Ese gesto indicaba que había zanjado el asunto de Niccolò y sus problemas con él. Se levantó, rodeó el escritorio y abrió los brazos.
—Mi hermana. Dame un abrazo y vámonos de aquí. Esta oficina no nos hace justicia. —Le dio un abrazo tan fuerte que se asimilaba a un enorme tensiómetro ciñéndose a su cuerpo entero—. ¿Tomamos unas pintas en el bar o prefieres bajar al barro primero?
—Primero el trabajo y después la cerveza. Ese era mi lema en la universidad y todavía lo respeto. Vamos en mi coche. Ya me contarás los detalles por el camino.
Los detalles, según Sasha, se reducían a una casa por la que parecía haber pasado un torbellino y una propietaria histérica que había culpado a toda la generación de jóvenes. Antes del incidente, había sido una casa pomposa con una rica historia de ancestros adinerados. Pedía medio millón a la aseguradora. Por supuesta, esa cantidad había mareado a Sasha, que sospechaba de la situación. Casi una década de experiencia le indicaba que aquello olía tan mal como un puesto de pescado en los barrios más bajos de una ciudad china. Claro, el vandalismo juvenil era la explicación más habitual. De hecho, la propietaria había dicho que un grupo de cinco muchachos de entre dieciséis y dieciocho años solía rondar por el barrio. Además, les atribuía el grafiti del jardín trasero: un enorme símbolo anarquista hecho con espray rojo y los trazos vivos y rápidos propios de una mano joven y rebelde. Cuando lo vio, Mikasa supo que pertenecía, en efecto, a alguien joven.
Ahora bien, dentro de la casa encontró un panorama bastante distinto al grafiti del exterior. Sasha le dijo que no habían movido ni retirado ningún objeto. Desde luego, habían hecho un destrozo importante. Si Mikasa encontrase su loft en esas condiciones, posiblemente cargaría su Glock y saldría a buscar al responsable para darle una inolvidable lección sobre propiedad privada, allanamiento de morada y ley talión. Sin embargo, el interior de aquella vivienda no era, a su juicio, la obra de una troupe de vándalos, ni mucho menos.
—¿Seguro que no habéis tocado nada? ¿No aparecieron latas de cerveza, refresco o cualquier otra bebida? ¿Restos de comida? ¿Cigarros?
—No, nada de nada. Bueno, una colilla en el cenicero de la cocina, nada más. ¿Por qué me lo preguntas? Ya te lo he dicho: lo que ves es lo mismo que se encontró la señora Le Blanc.
—Me resulta curioso. Los vándalos suelen comer y beber en los espacios que destrozan. Además, ¿crees que usarían un cenicero? No, lo más probable es que apagasen un cigarrillo en la moqueta o que lo apagasen en uno de los cuadros. Este, por ejemplo —Mikasa caminó hacia la pared tras la vieja mesa de roble de la biblioteca—, es un Dubuffet. Como ya te imaginarás, es bastante caro. Es interesante. Libros por el suelo, estanterías volcadas…, pero este cuadro está intacto. Es grande y llamativo. ¿Lo rajarías?
—Lo vendería en el rastro. Es horroroso.
—Estoy de acuerdo. Cualquier delincuente juvenil lo habría hecho añicos. Los otros cuadros de la sala son imitaciones, a menos que la propietaria haya comprado Las Meninas…
Caminó por el pasillo que desembocaba en la cocina, intentando atisbar algo en el suelo o en las paredes. Se fijó en la puerta, la cual no habían golpeado ni sacado de sus goznes. Tras ella, platos, vasos, cristales por el suelo. Habían arrancado las puertas de algunos muebles, pero, por caprichos del destino, no habían tocado la alacena donde guardaban un par de botellas de vino de 1898. Cruzó la puerta corredera, que daba al jardín, y examinó los jarrones: volcados, pero no rotos. Diría que los habían acostado con mimo, evitando cualquier fisura. Eso sí, habían hundido las herramientas de jardinería en la piscina.
En la planta de arriba, en el dormitorio matrimonial, donde menos daños se habían producido, observó los grafitis sobre la cabecera de la cama.
—Esto no es cosa de vándalos, Sasha —dijo con seguridad—. Palabras sin sentido, sin un mensaje detrás: picha, tetas, trasero… Trasero. Ningún niñato usa la palabra trasero, sino culo. Los actos de vandalismo incluyen pintadas que representan la mentalidad de los perpetradores: símbolos, eslóganes, ese tipo de cosas. Lo de fuera sí es cosa de jóvenes vándalos. En mi opinión, este es el intento de estafa peor planeado que he visto. Buscas a alguien con un conocimiento elevado en arte, de entre cuarenta y cincuenta años si nos ceñimos al vocabulario de los pintarrajos. Mujer, muy probablemente con hijos; no ha tocado los juguetes de la habitación de los niños. Puesto que no parece tener ni idea de cómo se expresan los jóvenes de hoy en día, diría que sus hijos son mayores y se fueron de casa hace tiempo. Dudo que tenga una relación estrecha con ellos. Esto parece obra de una sola persona, así que dudo que haya alguien más implicado.
Subieron al coche y salieron del barrio, uno de los más viejos de la ciudad. Sasha sacó su móvil y esperó pacientemente a que la propietaria descolgase. Le dijo que necesitaba hablar de algo con ella, a lo que esta respondió que se encontraba fuera de casa atendiendo algunos asuntos, pero que volvería antes de las dos, justo a la hora de comer.
—Le haremos una visita. ¿Me prometes que no la tratarás como si hubiese matado a veinticinco personas?
—Eh, he comido con gente que ha matado a más de cuarenta personas y he sido encantadora con ellos. Ya que hablamos de comida, ¿tu marido nos invita a almorzar?
—No, te invito yo. Llevo semanas sin pasarme por el restaurante de Niccolò. Sé que conoces el sentimiento, sentir que todo se derrumba a tu alrededor como un castillo de naipes. Bien, pues mi matrimonio es un castillo de naipes que están desmantelando poco a poco.
—Niccolò y tú empezasteis a salir en segundo año y nunca he visto una pareja tan empalagosa en mi vida, Sasha. Por Dios, te mandaba tápers de comida al piso. Recuerdo que vine a visitarte un fin de semana y encontré una tortilla con forma de corazón. Naturalmente, me la comí. Estabais locos por casaros y tus padres estaban encantados con la idea, por no mencionar que le puso tu nombre al restaurante. ¿Qué ha pasado?
—Eso es lo que me pregunto todos los días de mi vida desde hace casi un año y medio. ¿Sabes cuánto tiempo llevamos sin tener intimidad?
—Por fortuna, no.
—Dos meses, Mikasa. Dos meses. ¿Es normal? Porque no me lo parece. A veces se va a dormir al sofá porque la sala de estar es más fresca que nuestra habitación. Bueno, no sería la primera vez que voy al baño, me asomo sin que se dé cuenta y lo pillo con una mano en el móvil y otra en…
—¿Crees que tiene una amante?
—Sí, Mikasa. Creo que tiene una amante. Nunca he sido celosa, nunca he tocado su móvil para nada. Tal vez estoy empezando a perder la cabeza.
—¿Sale por ahí?
—Siempre ha salido por ahí con sus amigos, desde que éramos novios, y sigue haciéndolo todos los fines de semana. ¿Y qué? Yo hago lo mismo, me digo, pero…
—Pero crees que tiene una amante y, si te soy sincera, todo puede ser. He visto a hombre muy reputados de la PMC con más de treinta años de matrimonio a las espaldas haciendo cosas en bares que no alegrarían mucho a sus esposas. Esto no quiere decir que Niccolò te esté poniendo los cuernos.
—Toda esta situación me da hambre.
Se sentaron en la terraza de un bar y no tardaron en escanciarles dos espumosas pintas. Con su habitual fruición, tal y como una abuela deseaba que sus nietos devorasen sus recetas, Sasha le hincaba los dientes a un largo bocadillo de pechuga de pavo con tomate. Su pasión coincidía con una necesidad fisiológica primaria, acompañada por un metabolismo rápido que le impedía engordar. Hacía seis comidas al día desde que su madre la dio a luz tras ocho horas en el paritorio. El único día de su vida que pasó sin probar bocado coincidió con la noticia de que era estéril.
—Me cuesta asimilar que pronto tendrás una hija. —Mikasa se palpó el trench en busca de la pitillera; para su desgracia, la había olvidado en el coche y no pretendía levantarse, fiel a la tradición de mantener las posaderas pegadas a la silla mientras durasen las cervezas—. No imaginaba que llegaría este momento cuando te sujetaba la cabeza mientras vomitabas.
—Yo tampoco. Esos capítulos de mi vida tendrás que ahorrárselos al niño, por lo menos durante un tiempo. Bueno, siempre he querido tener hijos. Cuando me dijeron que no podría concebirlos, me sentí muy mal, pero entonces pensé en mi hermana. Kaya es adoptada, ya sabes. Hablé con mi madre y espabilé. Estoy ilusionada, tanto como si tuviese una panza de siete meses. Más, incluso.
—Espero que no le pegues este apetito tuyo. Si no, tendréis que hacer cuatro compras a la semana.
Sasha se sacudió las manos e hizo un gesto con estas, indicando que el bocadillo estaba delicioso. Una de sus aficiones recurrentes —y caras— era ir a los restaurantes para catar buena parte del menú. Mikasa esgrimió una pequeña sonrisa al recordar la primera cita de su amiga y su actual marido en un japonés que ella misma les recomendó. Según dijo Niccolò, era un agujero negro. Ponía los cinco sentidos en la ingesta y, además, se adecuaba a los contextos: comía hamburguesas del McDonald's con ademanes de placer desmedido y platillos de alta cocina con la elegancia y la mesura propias de una dama de buena familia. Era insaciable.
—Comer es vida, Mikasa Ackerman. ¿Qué? ¿Es que todavía no has probado el solomillo del Roux? —Sasha levantó el brazo y el camarero se materializó al instante junto a ella—. Un plato de pulpo, una ensalada César y otra pinta.
—A mí ponme unos mejillones empanados y un martini. —El camarero asintió y se marchó raudo. Mikasa echó un vistazo a su alrededor—. Se me hace raro no ver a veinte polis pululando por aquí. Solemos almorzar en el bar frente a la comisaría.
—¿La investigación avanza?
—Tengo un perfil, aunque la cosa está un poco estancada. Me temo que es uno de esos casos que requieren de más… cuerpos.
—Horrible. No me hables de tu trabajo. ¿Has visto a Armin? ¿A Eren?
—No, no he visto a Armin, pero sí que he visto a Eren, y… —Se lo pensó, calibrando el contenido y, sobre todo, la forma de la información.
—¿Y…? —Las cejas de Sasha dieron dos perspicaces botes—. ¿Tienes algo que decir?
—Soy agente de la PMC, así que siempre tengo algo que decir, aunque calle más de lo que digo. Nada remotamente parecido a lo que tienes en la cabeza. Estaba en mi habitación, con unas copitas de más, y apareció. No pasó nada más, Sasha.
—¿De veras? Es una pena. Un hombre tan atractivo como él invita a cualquier cosa. Y militar, Mikasa. Militar. Ya sabes lo que opino de los hombres con uniforme.
—He conocido muchos hombres con uniforme y, créeme, muchos pierden el encanto cuando abren la boca.
—Eren no parece uno de esos hombres.
—No lo es. —Mikasa sacudió la cabeza y empezó a echar de menos su cigarro; hablaba mucho mejor de aquello si tenía uno entre los labios—. Dimos una vuelta en su coche. El Pontiac del 82 de su padre. Me encantaba ese coche.
—Es el coche fantástico, Mikasa. A todo el mundo le gusta. ¿Tú también te sentabas delante de la tele con tu padre para ver a Michael Knight?
—En realidad, veía Falcon Crest con mi madre. —Se remangó y examinó el tatuaje sobre su muñeca con un gesto insondable; tres catanas se disponían de tal manera que conformaban una A atrapada dentro de un círculo. Era pequeño y no solía mostrarlo—. Mi madre murió cuando yo tenía quince años. Después de ver a una persona luchar contra el cáncer durante más de un lustro, te preparas para lo inevitable. A los dieciocho me hice este tatuaje. Es un monshou, el escudo de armas de la familia de mi madre, los Azumabito. Eren acababa de sacarse el carné y la primera vez que condujo ese coche fue para ir a recogerme del estudio.
—¿Quieres que te diga la verdad?
—Soy agente de la PMC. Mi trabajo es buscar la verdad.
—Deberías pasar más tiempo en Shigansina. Con Eren y los demás, pero especialmente con Eren.
—Ya no hay nada entre nosotros, Sasha. Ni siquiera sé si somos amigos.
—¿Qué sois?
—¿Conocidos? ¿Qué más da? Lo único que sé es que una persona con un matrimonio en estado cuestionable está empezando a hablar como si fuese mi psicóloga.
—Eres insoportable, Mikasa Ackerman.
—Y no lo niego.
—Impresiona que todavía cuentes con mi inestimable amistad.
—Es el producto de tantas noches arrastrándote hasta el ascensor después de una fiesta de tu facultad.
—El caso es que antes no eras así y me gustaría que sonrieses como antes. Has sonreído un poco al hablar de Eren.
—¿A dónde quieres llegar?
—Quiero que seas feliz.
—Soy feliz.
—No lo eres. ¿Crees que a Colt le gustaría verte así? ¿Crees que Falco no lo nota? Sé que ya no vas a ver a tu terapeuta, y también sé lo de asuntos internos. ¿No pensabas decírmelo? Deberías plantearte el hecho de que no estás en tu mejor momento psicológico y tienes un empleo que requiere de una mentalidad fuerte.
—Esto es increíble. —Mikasa puso los ojos en blanco y apuró su martini—. Te empeñas en ver el lado negativo de todo, Sasha. Puede que tengas buen ojo para las estafas, pero en esto te estás equivocando. Estoy bien, diga lo que diga Falco sobre terapia. Y lo de asuntos internos está solucionado.
—¿Puedo confiar en tu habilidad para mantenerte alejada de los problemas? Nunca pensé que sería yo quien te dijese esto.
—Si me lo hubiese dicho otra persona, ya la habría dejado hablando sola. Todo mejorará con el tiempo, Sasha. Confía en el tiempo.
—¿Crees que debería hacer lo mismo con mi matrimonio?
—No. Creo que deberías ponerle las maletas en la calle si descubres algo raro. Después de todo, la casa es tuya.
—Dios, ojalá volver a cuando teníamos veinte años. Era todo mucho más sencillo.
A las dos menos cinco se personaron ante un edificio cuyo bajo albergaba el ya cerrado bufete de abogados Le Blanc & Socios. Ed Le Blanc era el difunto marido de la señora Pauline Le Blanc, cuyos ingresos dependían ahora del alquiler de las distintas propiedades heredadas de su padre, también fallecido. Tenía un hijo y una hija, ambos independizados desde temprana edad. A Mikasa le tomó un par de minutos ordenar las ideas en su cabeza. Cuando una empleada del servicio les abrió la puerta, entró sin mediar palabra y dejó los saludos protocolarios a Sasha. Eso no era una casa, sino un pedacito de Versalles reproducido a escala de pequeño burgués. Lo que más le sorprendió fue la calidad de los frescos del techo. Frescos. Como los de la Capilla Sixtina. La empleada las llevó hasta una biblioteca de cuyo techo pendía una gigantesca lámpara de araña y les comunicó que la señora de la casa llegaría en pocos minutos. Se sentaron en el sofá Chesterfield frente a una mesa de centro de vidrio templado y, sin pronunciar palabra, pensaron en lo mismo: era la hora de comer y no les habían ofrecido quedarse, arruinando así las posibilidades de degustar alta cocina.
Pauline Le Blanc apareció con un sencillo traje de raya diplomática y lo primero que hizo fue disculparse. Lucía, además, un brillante collar de perlas.
—Sasha, querida —Su tono era fantásticamente sufrido—, ¿ha pasado algo? ¿Es que han atrapado a esos…, esos…, esos inadaptados?
—Oh, no, no, señora Le Blanc. La policía se pondrá en contacto con usted si averigua algo. Hemos venido para hablar de ciertas irregularidades. Esta es Mikasa Ackerman, una asesora externa de la compañía. Mikasa, Pauline Le Blanc.
—Tiene una casa, ¿cómo decirlo?, una casa que roba el aliento de cualquiera, señora Le Blanc. ¿Los candelabros de las paredes son de auténtica plata?
—Llámame Pauline. No son solo de plata, sino que fueron confeccionados por el mejor orfebre de la Riviera Francesa hace aproximadamente ciento cincuenta años. Fue un obsequito de boda que el duque de Valentinois hizo a mis bisabuelos.
—Parece que su familia es muy importante. Francia, ¿eh?
La señora Le Blanc se arrellanó enseguida, seducida por las adulaciones. Después de tantos años estudiando la conducta criminal humana, Mikasa sabía qué teclas accionar.
—Muy, muy importante. Aunque todavía llevo conmigo el apellido de mi difunto Ed, es nada frente al prestigio de la casa Inocencio. Cuando mis abuelos llegaron aquí, fueron los primeros en comprar un Mercedes. Imagínate.
—Impresionante. —Mikasa hizo el amago de buscar su pitillera—. ¿Le importaría darme un cigarro?
—Para nada. —Le tendió un Ritmeester—. Yo también me siento más cómoda cuando me fumo un cigarro.
—Ideal para todo tipo de situaciones, desde las más tranquilas hasta las más violentas. Normalmente, prefiero el tabaco de liar. Tiene un toque casero irresistible.
—Nunca me he liado un cigarro, pero mi hijo mayor lo hacía constantemente sobre esta misma mesa. Nunca la limpiaba.
—Debía de molestarle.
—Por supuesto. Ahora es a mi nuera a quien corresponden esos dolores de cabeza. ¿Tienes hijos, Mikasa?
—Solo alguien que es como un hijo para mí.
—Los criamos sin predicar con nuestro ejemplo. No fumes, le decía, pero siempre me encontraba fumando en el balcón. No fumes, Antoine. No bebas, no excedas el límite de velocidad, no entres a una habitación sin llamar a la puerta. Hacemos todo lo posible por evitar que se conviertan en inadaptados.
—¿Cree que los vándalos que destrozaron su propiedad son el fruto de padres que no les ponen límites?
—Con el debido respeto, Mikasa, me importa un comino la educación que hayan recibido los delincuentes que allanaron mi propiedad para vandalizarla. Lo que salga de esos institutos públicos me da absolutamente igual. Al fin y al cabo, son el resultado de un entorno que escapa de su control. Seguiré durmiendo igual de bien si no los encuentran, pero deseo que tu compañía, Sasha, abone la cantidad que me corresponde. Además, me gustaría saber cuándo podré recoger aquellas pertenencias que hayan quedado intactas.
—Esta mañana, mi socia Sasha me ha llevado con ella para que echase un vistazo al estropicio. He visto el Dubbufet.
—Una pieza excepcional.
—Sin duda, sin duda. Se pujaría muy bien por ella en una subasta. Yo no la dejaría escapar por menos de… ¿ciento cincuenta mil?
—Trescientos mil.
—¿Tan cotizada es?
—Solo hay que encontrar al comprador adecuado.
—Me resulta increíble que haya salido indemne. Es un cuadro bastante particular y no es precisamente discreto. Diría, Pauline, que este incidente podría ser mucho peor, ¿no cree? Parece que una mano divina haya protegido los objetos de valor económico y sentimental. Obras de arte, vinos, juguetes infantiles. ¿Tardó mucho en decidir qué cosas destrozaría y qué cosas no?
Pauline Le Blanc se ahogó en un espeso silencio.
—Mire, todavía tenemos que redactar el informe descartando el vandalismo. Lo que quiero saber es por qué lo hizo.
—No sabes lo que estás diciendo, y no sabes a quién.
—Sé perfectamente quién es usted, señora Le Blanc. La conozco mucho mejor de lo que usted cree. Hoy he visto algo mucho más personal que su firma. La representación misma de su alma, por decirlo de algún modo. —Mikasa meneó la cabeza y suspiró—. Tiene deudas relativas a sus muchas propiedades y también con los antiguos socios de su marido. Al ver una cifra así, entienda que una humilde trabajadora como yo sienta vértigo.
—Usted nunca podrá entender los problemas de alguien como yo. —Pauline Le Blanc extrajo una fotografía de su bolso. Era un hombre de cara delgada y escaso pelo rubio—. Este es Ed. Mírelo bien, fíjese en el rostro chupado por tantos años de vicios. Me ha dejado muchos problemas, empezando por nuestros dos hijos. Me casé hace treinta años y no he parado de perder dinero desde entonces.
—Eso no le da derecho a estafar a la compañía.
—La compañía me pagará lo que me debe. Si siguen aquí un solo minuto más, no escatimaré en demandas.
—Pero no gastará ni un solo billete cobrado del seguro.
. . .
Los domingos son días de desánimo. Un descanso antes del terremoto del lunes. Un domingo lluvioso es todavía peor que un domingo normal. Te empaña los pocos ánimos que te quedan. A Eren, que había salido a comer con Armin sin paraguas, le había empapado la chaqueta, la camiseta, los vaqueros y los zapatos. Regresó a casa sobre las siete de la tarde y se metió directamente a la ducha. Al salir, se ató el largo pelo castaño en un moño y se afeitó la barba de tres días. Era su imagen habitual desde su vuelta del ejército. Armin lo llamaba Tarzán en algunas ocasiones. Zeke lo llamaba Sansón. Por si acaso, no se cortaría el pelo.
Se puso una camiseta de tirantes gris y unos pantalones holgados a cuadros. Remataría el fin de semana tumbado en el sofá mientras la lluvia arreciaba y él buscaba algo interesante en la televisión. Lo cierto es que ya estaba pensando en la agenda del lunes. Cogió el móvil con la intención de preguntarle a Gabi qué pacientes tendría que atender, pero no quería acabar abruptamente con su fin de semana con un mensaje como ese. La chiquilla era joven y tenía derecho a un domingo sin la intromisión de su jefe. Aunque, más que su jefe, Eren era el amigo del primo Reiner con un título en medicina e historias interesantes sobre el frente. Tenía agallas, y eso le gustaba. Además de trabajar a media jornada vespertina (de cinco a ocho), cursaba el primer año de ingeniería química con medias excelentes. Costaba creer que Gabi, con sus ojos pícaros y su apariencia descuidada, fuese una persona completamente fiable. Era habitual que algunos pacientes considerasen que Eren tenía algún parentesco familiar con ella. Gabi Braun vivía con sus padres a medio kilómetro de la clínica y a tiro de piedra del bar donde solía jugar al billar todos los domingos. Su socio, el viejo doctor Keith Shadis, decía que le faltaba disciplina. Eren se reía de buena gana al escuchar eso: era exactamente lo mismo que opinaba sobre él cuando tenía la edad de la chica.
Por fortuna, Keith reconocía su labor. No daban abasto con las llamadas, las citas y los compromisos. Tener una secretaria había sido una sabia decisión. La clínica iba viento en popa y ambos tenían un cierto renombre fuera y dentro del sector privado. Eren había sido médico militar durante dos años y Keith había dirigido la Unidad de Traumatología del Hospital Universitario de Yarkel durante más de una década. Eran dos divorciados enfocados mayoritariamente en el trabajo cuyos ratos libres se asemejaban a la vida descafeinada de los jubilados.
Eren bostezó y cerró los ojos. Ni siquiera sabía qué serie estaba viendo. Netflix tenía la capacidad de despertar en él un sopor que competía de igual a igual con los efectos de cualquier fármaco. Justo cuando la lluvia cesaba escuchó el timbre. Que alguien llamase a su puerta durante la tarde de un domingo era extraño y solo se le ocurrían un par de nombres. Descartó a Armin y pensó en su hermano. Otro solterón empedernido que estaría en busca de un buen sofá donde depositar el culo mientras se tomaba un café caliente. Se colocó las chinelas y fue a abrir. No era nadie que esperase, pero tampoco le desagradaba.
—El ascensor no funciona —dijo Mikasa; acto seguido, se quitó las Ray Ban— y vives en el séptimo.
Eren entreabrió la boca, confuso.
—¿Qué te ha pasado en el ojo?
. . .
Eren aguantó la risa hasta la parte de la historia en la que la tal Pauline Le Blanc le dio un puñetazo en el ojo como despedida. Terminó de examinarle la zona y le dio una bolsita de hielo, un paño y Tylenol. Mikasa resopló.
—Es la última vez que encaro a una ricachona.
—Al menos, la última hasta que Sasha te pida ayuda nuevamente. —Eren se sentó a su lado, con una distancia de un cuerpo entre ellos y las manos sobre el regazo. Cayó en la cuenta de que Mikasa nunca había estado en su piso—. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Sasha me ha dado tu dirección. Pensaba que seguirías viviendo en la casa de tus padres.
Eren también pensaba que podría seguir allí. En cambio, cuando regresó del ejército y el polvo de la puerta quedó pegado a su mano, entendió que ya no quedaba nada detrás de esas paredes.
—La casa de mis padres es tan grande para una única persona que resulta terrorífica. Esta es mucho más adecuada para mí. Y mucho más fácil de limpiar. No te pongas el hielo directamente sobre el ojo. Ponte primero el paño. Así.
—No tengo experiencia en esto de que me partan la cara. —Mikasa se retiró el pelo de la cara y se echó hacia atrás. Su gabardina estaba en el perchero, sus botas en el recibidor y sus llaves y su placa sobre la mesa. Desprovista de aquellos elementos y con un ojo a la funerala, parecía más ligera, parecía de carne y hueso. Ahí sentada, con su jersey de cuello alto negro ciñéndose a su figura estilizada y poco voluptuosa, se parecía a esa Mikasa Ackerman de su memoria.
—Atendí muchos ojos en el frente. Muchos culatazos en la cara. He visto caras enteras amoratas, labios partidos por cuatro partes y narices puestas del revés. No te preocupes, en un par de semanas estará como nuevo. Ten cuidado la próxima vez que hables con una señora de alta alcurnia.
—Bueno, podría haber sido peor. —Se encogió de hombros y lo miró con su ojo derecho, el sano—. Tengo que decirte una cosa.
—Soy todo oídos.
—Lo siento. La otra noche me viste en un estado lamentable. No deberías haberlo hecho, y yo no debería haberte hablado de algo que atañe exclusivamente a los deberes de la policía.
Eren le restó importancia con un movimiento de mano. Mentiría si dijese que le había disgustado llevarla en volandas por el hotel y meterla en su cama. Le habría gustado darle un beso de buenas noches, aunque se conformó con soplarle uno desde la puerta. Sonrió para sus adentros al recordar su cuerpo encogido entre sus brazos, su cuerpo sin más ropa que la íntima y el albornoz, sus dedos finos aferrándose a la pechera de su camisa, su pelo negro rozándole el cuello. La habría llevado en brazos hasta el fin del mundo.
—¿Vas a quedarte a cenar?
—¿No te he molestado lo suficiente?
—No es ninguna molestia pedir comida italiana. El único al que vamos a molestar es al repartidor. —Se levantó y fue a la cocina. Volvió instantes después con el móvil pegado a la oreja—. ¿Pizza? ¿Lasagna?
—Canelones rellenos de carne picada.
—Y canelones rellenos de carne picada. ¿Cuánto tardará en llegar? Bien, perfecto. Muchas gracias. —Eren se sentó nuevamente y se sobó el pie malo.
—¿Te duele?
—A veces lo hace. No es un dolor importante.
—¿Cómo sucedió?
—Estábamos en un puesto avanzado cerca de la frontera con Pakistán. Un sargento tenía la pierna llena de cangrena. Esperaban que yo pudiese hacer algo, pero no veía más solución que amputar. Justo en ese momento, oímos unos disparos. Aparecieron los talibanes, me dispararon y nos tuvieron secuestrados durante más de dos semanas en un zulo, hasta que la MAD nos sacó de allí. El sargento murió. —Procuraba hablar de ello sin darle más trascendencia de la que tenía. El pensamiento recurrente siempre era el mismo: él estaba vivo. Otros, en cambio, no habían tenido tanta suerte—. Volví pocos meses después, tras dos años de servicio. Cojeo un poco. ¿Se nota?
—Un poco.
—Los hijos del vecino me llaman Eren el Cojo.
—Debió ser… difícil.
—Lo fue —La miró fijamente—, pero no borraría ninguna de las experiencias que tuve, ni un solo día en ese zulo. Esos días pusieron ante mí el valor de la vida para que lo sostuviera con mis propias manos. Todo por el módico precio de un balazo. Podría haber sido peor, ¿no? —Eren sonrió y meneó la cabeza.
—Suena a algo que diría Armin.
—Todos deberíamos aprender algo de él, ¿no? Ahora soy un poco menos Eren y un poco más Armin. ¿Y tú?
—A juzgar por esta pasa en mi cara, diría que soy un poco más Eren que Armin.
—¡Oye! Ya no tengo quince años. Ahora eres tú la que se mete en problemas y yo quien te cura el ojo morado.
—Gracias, doctor Jaeger.
—De nada, agente Ackerman.
—Agente Ackerman —repitió Mikasa—. El lunes tengo que hacer algunas cosas con tu hermano. Digamos que no he sido muy…
—¿Agradable? —Eren levantó las cejas—. Lo sé. Zeke me ha dicho que tu humor es idéntico al de un esclavista flagelando un puñado de negros. Zeke es uno de los negros. ¿Tanta mano dura hace falta cuando se trata con polizontes?
—Mi comportamiento no es precisamente encantador cuando estoy en un entorno desconocido.
—Creciste en Shigansina.
—Ya no es lo mismo, Eren. —Mikasa se retiró el hielo de la cara y soltó un jadeo al tocarse el párpado caído—. Ni la ciudad, ni yo. Llevo muchos años viviendo en Mitras y me he acostumbrado a ella.
—Entiendo. —Eren dejó caer el cuello hacia atrás, pensativo, buscando sus ideas en el techo—. Seguro que es una casa muy acogedora, y está cerca de la Academia, ¿verdad? Querías una casa de madera con chimenea y un jardín enorme.
Lo recordaba con una nitidez extraordinaria y tormentosa. A él no le habría importado vivir en el campo y cortar leña todos los días. Ahora no era más que un pastor de Garcilaso.
—Vivo en un loft. Es acogedor.
El repartidor llegó poco después. Mikasa insistió en pagarlo todo, «paga la PMC», pero por muy tentador que sonase aquello, Eren le impidió sacar el monedero.
—Soy el anfitrión y voy a pagarlo yo. No acepto quejas de una persona convaleciente.
Acompañaron la comida con cerveza y continuaron hablando de asuntos superficiales. Ninguno se atrevía a indagar en la vida del otro más de lo que ya habían hecho. Existen unos límites tácitos e infranqueables que se imponen entre dos personas que juraron no ser capaces de vivir la una sin la otra, pero que, como es tristemente cierto, siguieron adelante por caminos distintos. Eren recordó a Colt. No preguntó nada, no quería inmiscuirse, y ella tampoco preguntó por Historia.
—Delicioso —señaló Mikasa—. Es un alivio probar algo como esto si estás acostumbrada a las ensaladas de la cafetería de la Academia.
—No puede ser peor que las raciones del ejército. ¿Me das un poco de eso a cambio de un pedazo de pizza?
—Hecho. Después de todo, lo has pagado tú.
El móvil de Mikasa sonó. Estaba en el bolsillo de la gabardina. Solo ella podría tener a Wagner de tono de llamada. La siguió con la mirada mientras caminaba hacia el perchero, todavía con la boca llena de comida.
—Hola, Zeke —contestó y miró a Eren—. ¿Dónde? Vale, voy para allá.
—¿Qué pasa?
—Ha aparecido otro cuerpo.
