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UN GILIPOLLAS INSOPORTABLE

Llevaba dos días muerta cuando la encontraron. Yasmín, de veinte años, era estudiante de Matemáticas. Había llegado desde Siria junto a su madre y su hermano. El resto de su familia no había sobrevivido a la guerra. El cazador que la encontró se disponía a colgar a su galgo cuando vio un bulto en la tierra; al acercarse, distinguió rápidamente un cuerpo, salió corriendo hacia su cabaña y llamó a la policía. Al igual que las otras muchachas, a Yasmín la habían dejado en un lugar apartado. Encontraron unas huellas de neumáticos con patrón asimétrico en el camino de tierra que atravesaba el bosque. Los Picos de Atlas eran una de las joyas de la región y uno de los destinos preferenciales de los domingueros de Shigansina, pero su encanto montaraz escondía una verdad terrible: eran idóneos para esconder un cadáver. Kilómetros y kilómetros de bosque y apenas unas cuantas casas salpicando el paisaje aquí y allá. Mikasa contactó enseguida con Ian Dietrich para realizar un perfil geográfico en función de los puntos donde se hallaron los cuerpos. Ian había visto muchos casos similares y tenía memorizados decenas de manuales y protocolos. Después de una videollamada de dos horas, llegó a la conclusión de que el Estrangulador de Shigansina, por supuesto, vivía en Shigansina y sugirió que se centrasen especialmente en los barrios de clase obrera del oeste de la ciudad, a unos tres kilómetros de la tienda donde vieron a Mina Carolina por última vez. Tal y como él lo entendía, el barrio donde el asesino residía se trataba de su zona de seguridad, la zona en la que no realizaba ninguna actividad delictiva. El resto de la ciudad era su zona de confort, su coto de caza, y se deshacía de sus víctimas en los alrededores. Se comprometió a enviarlo un documento mucho más completo. Los barrios obreros, pensó Mikasa. El campus universitario no estaba demasiado lejos, pero tampoco demasiado cerca. Además, podría encajar con varios aspectos del perfil psicológico. Solo necesitaba los resultados de la autopsia.

Mientras tanto, pidió a Zeke que la ayudase a revisar los crímenes violentos de los últimos cinco años.

—¿Crees que encontraremos un precedente? —Zeke no apartaba los ojos de los documentos. Era probable que reconociese algunos rostros, los asiduos del calabozo.

—Sería excelente, pero vamos a tener que escarbar. No hay asesinatos irresueltos de los últimos tres años. Tenemos uno del 2016. Norma Müller, veinticinco años, enfermera. Apareció muerta de un disparo en la frente en su casa. No tocaron el cuerpo. Dudo mucho que nuestro hombre sea el responsable de esto.

—Un disparo es demasiado impersonal para él.

—Lo que me preocupa es la cantidad de autoestopistas en las afueras de la ciudad. Hay una veintena de desapariciones sucedidas durante los últimos dos años. La mayoría son de mujeres. No obstante, cabe la posibilidad de que no realizase ninguna actividad delictiva previa al estallido de los asesinatos. Norris y Bittaker daban inofensivos aventones a autoestopistas para comprobar si eran capaces de ganarse la confianza de las mujeres. Luego, en el verano del 79, mataron a cinco adolescentes.

—¿Has escuchado la cinta?

—Claro, todos los agentes de la PMC la hemos escuchado. Es lo más espantoso que he oído en mi vida.

A decir verdad, no era lo más espantoso. Había tenido el dudoso privilegio de visualizar unos vídeos snuff donde el «sayón», como se hacía llamar el individuo que los coprotagonizaba, torturaba a dos pelirrojas con la ayuda de un rottweiler, un soplete y un kit de diversas herramientas. Era algo a lo que convenía acostumbrarse si se pretendía aspirar a algo más que a recuperar bolsos de abuela.

—Cuando era un novato —dijo Zeke—, el Ministerio impulsó una iniciativa en contra del autostop. Me vestí de paisano, cogí un coche y me puse a dar vueltas por las afueras de la ciudad. Creo que éramos unos siete u ocho y llevábamos unas libretitas en las que apuntábamos los datos que nos exigían. Necesité menos de una hora para montar a cinco personas. Hay que tener muy poco miedo para montarte en el coche de un desconocido con cuerdas atrás y manchas extrañas en la tapicería…

—¿Y qué hacías cuando se subían?

—Enseñarles la placa y cantarles las cuarenta, por supuesto. A algunos los llevé a su destino. Hubo casos que me impactaron. Por ejemplo, una jovencita embarazada quería llegar a la playa para hablar con el padre de su hijo, el cual se había negado a recogerla del albergue en el que vivía. ¿Qué clase de cafre permite que su novia embarazada de seis meses acabe en una circunstancia así?

—Llevé un caso hace unos tres años. Es posible que lo recuerdes por la prensa y sus titulares amarillistas. Adam Schollberg. Violó a cuatro mujeres embarazadas. Rondaba por las secciones de maternidad de los hospitales haciéndose pasar por pediatra. Lo entrevisté en la cárcel dos meses después de su sentencia. Decía que es mucho más fácil someter a una mujer encinta porque no solo su vida está en juego —dijo, omitiendo la retahíla de detalles escabrosos que sucedieron a esa declaración—. Eso me lleva a pensar que no queda nada sagrado, nada intocable. Tenemos carpetas llenas de parricidios y de filicidios. Los límites de la maldad se han desdibujado. Puede que no deba decirlo, pero no me preocupa nada de lo que sale en la prensa: la independencia de tal parte del país, las manifestaciones de este colectivo, el fichaje de aquel jugador, los millones ocultos en un paraíso fiscal de cualquier político. Nada de eso me importa, solo el mal. ¿Te invito a un café?

—Si insistes. —Zeke se quitó las gafas y limpió los cristales con el puño de su chaqueta. Hizo un gesto muy parecido al del doctor Grisha Jaeger cuando se sentaba a leer en el jardín—. Voy a seguir con esto.

Salió de la oficina y notó algunas miradas clavándose en ella. Todo el mundo se encerró en su trabajo con hermetismo, eficiencia y miedo. La temían, y no comprendía el porqué. Si estaba ahí era para echarles una mano, no para que llegasen a casa a esconderse bajo las faldas de sus madres o sus mujeres con la idea de volver a ver a la agente Ackerman atormentándolos. Pero si aquellos maderos creían que era dura de oído, se equivocaban. «Malfollada», escuchó, y sus talones giraron automáticamente para encarar al joven emisor de tan desafortunada palabra. Se puso rojo hasta las orejas y miró a su compañero. Mikasa se colocó a centímetros de él. A pesar de ser mucho más alto, parecía que el suelo se lo estaba tragando poco a poco.

—Te aseguro que he follado mucho más de lo que tú follarás en toda tu vida, novato. —Le dio una palmadita en el hombro y sonrió—. ¿Quieres un café? ¿Una tila?

—No, agente. Perdóneme, por favor. No quería…

—Bien, pues vuelve a tus putos asuntos.

Tardó diez minutos en regresar de la cafetería. Ese breve lapso fue lo que necesitó Zeke para encontrar algo que les resultase útil.

—Djel Sanes. —Se levantó y clavó la foto en el tablón. Era un hombre de pelo negro y ojos cansados—. Era vigilante de seguridad antes de que lo despidiesen por una trifulca con su jefe. Hace cuatro años recogió a un par de chicas en su Passat, las llevó al Bosque Perdido, cerca del lugar donde el cazador encontró a Yasmín, y las ató a punta de navaja. Lo llamaron para hacer una entrevista de trabajo, así que les prometió que volvería y las dejó ahí. Por suerte, se soltaron y salieron corriendo.

—Interesante.

—Tiene cuarenta tacos y empezó su carrera de canalla a los dieciséis, provocando un incendio en la casa de un amigo que le debía dinero. A partir de ahí, algunos hurtos, peleas callejeras y un robo con violencia a los veintiséis. Ha estado casado tres veces, ha enviudado dos y se divorció de la última poco después del incidente de Bosque Perdido. Vive en el número 18 de la Avenida Walesa, en el barrio de Saint Bartholomew. ¿Qué te parece?

—Uno de los barrios obreros del oeste, como señala Ian. Necesito leer el informe completo. ¿Por qué no está en la cárcel?

—Su madre le costeó un buen abogado. Convenció al juez de que Djel no estaba en sus cabales. Ahora pone copas en el Gambling todas las madrugadas y vive con su primo Ralph.

—¿El Gambling? Es un bar al que suelen ir muchos universitarios.

—Tiene los cubatas más baratos de la ciudad.

—Dado que no tenemos ninguna prueba que vincule a Sanes ni a ninguna otra persona con los asesinatos, vamos a seguir buscando y revisando. —Dio un sorbo de café y bostezó. Sacó las fotos de la cajonera—. En cuanto lleguen los resultados de la autopsia y el informe de la científica, comprobaremos en qué punto estamos. Llevo toda la noche mirando las imágenes. Un ataque muy violento y un sadismo cada vez más pronunciado. La cara reventada a golpes, el cabello cortado, el pecho lleno de tajos y más necrofilia regresiva. Esta vez se ha llevado el meñique izquierdo como trofeo. Según su madre, Yasmín no llevaba abalorios de ningún tipo. Es un auténtico cazador, siente la necesidad de llevarse algo con él. Cada vez estoy más convencida de que vive solo, y eso nunca es bueno para nosotros. Fíjate en esto…

—Le ha cortado un pedazo de muslo.

—Sí, pero no me parece una mutilación. Es posible que lo haya hecho para eliminar marcas de mordedura.

—Mordeduras. —Eso activó algo en la cabeza de Zeke. Rebuscó en los expedientes más frescos y se detuvo en uno en particular—. Ocurrió hace unos siete meses. Lo recuerdo porque estas cosas no son el pan de cada día por aquí. Yo mismo la atendí cuando vino a poner la denuncia. Hitch Dreyse se quedó sin gasolina en la N-25 y no tenía cobertura. Un coche se detuvo y el conductor, un tal Robert, se ofreció a llevarla hasta la estación de servicio más cercana. Nos dio una descripción bastante detallada: pelo rizado negro, barba de tres días y gafas de sol. Llevaba un brazo escayolado y una camisa negra. Habló con ella durante buena parte del trayecto, pero Hitch notaba algo extraño. Se percató de que atrás llevaba cuerdas, una linterna y un pasamontaña. El tipo se dio cuenta de que algo no iba bien y sacó una pistola. Hitch no lo dudo: saltó del coche en marcha. Se rompió la muñeca y pensó que el tipo frenaría y la metería en el coche de nuevo, pero no lo hizo. Otro conductor paró, la recogió y la llevó al hospital. Luego vino a dar parte de lo sucedido. No encontramos al responsable.

—¿Y el coche?

—Un Ford Fiesta gris de los antiguos, un MK1. La matrícula era robada y se correspondía con el vehículo de otra persona. Robert el Manco se había desvanecido. Nuestro estimado Armin Arlet hizo un artículo donde hablaba del asunto. Aquí lo tienes, y aquí tienes un retrato hablado del tipo.

—«Cuando el hombre es un lobo para hombre». —Mikasa esbozó una sonrisilla—. Sí, se nota que esto ha salido de la pluma de Armin. —Terminó su café con presteza y sacó las llaves del coche—. Mándame la dirección de Hitch Dreyse. Hoy haré varias visitas. Llámame inmediatamente cuando lleguen los resultados.

(. . .)

Ser el jefe de la sección de Sucesos es especialmente complicado cuando tienes que criticar los artículos de los redactores bajo tu ala. A Armin Arlet lo conocían por su tacto, así que era habitual que emplease una hora entera para explicarle a un compañero los puntos flacos de una crónica. Sus buenas palabras y su tendencia a arrimar el hombro le habían situado en una especie de pedestal dentro de la redacción, aunque el director Roy tuviese una visión opuesta a los que se ubicaban en los escalones inferiores a él. En pocas palabras, defendía la necesidad de un cierto sensacionalismo como consecuencia de la crisis de los medios de comunicación tradicionales. La perspectiva de Armin acerca del oficio se parecía más a la que calzaban los freelance, algo que solo había confesado a su amigo Eren Jaeger. A su juicio, el periodismo estaba sucumbiendo a una muerte lenta y poco digna. Cuando escribió aquel artículo sobre los peligros de la carretera, Roy se plantó delante de su mesa con tres preguntas: ¿Qué pinta Plauto aquí? y ¿es esto una revista científica? No, claro que no lo era, pero a Armin le gustaba pensar que sus lectores disfrutaban con un artículo de cierta complejidad. Quería que la forma de su trabajo fuese tan apta como su contenido. No estaba dispuesto a adherirse a las ideas del director y si eso derivaba en un problema, actuaría en consecuencia.

Cuando el Estrangulador de Shigansina empezó a matar, Armin se encontraba redactando los primeros capítulos de una obra en la que recopilaba los peores crímenes del país desde principios del siglo XX hasta la actualidad. Cada cuerpo provocaba un aluvión de llamadas de distinta naturaleza. Bromas, falsas pistas y hasta supuestos culpables. Roy le había pedido que explotase aquello hasta el hartazgo: un asesino en serie no es algo que se vea todos los días. Pero, si no había nada que decir, si ya había exprimido todo lo que debía saberse, entonces se dedicaba a otros asuntos. El redactor jefe Beaure, muy afín al director, tuvo una conversación con él acerca de lo que vende y lo que no.

Suspiró y buscó una postura cómoda en la silla. Como no la encontró y supo que nunca la encontraría, se puso en pie y se aflojó la corbata, como si esta fuese la mano de Roy asfixiándolo. ¿Sería capaz de despedirlo? Perder su trabajo no le seducía. Aunque, pensándolo bien, hay destinos peores, como la prensa rosa. Siempre le había dicho a Eren que jamás dejaría de hacer crónica de sucesos y, de darse tal situación, entonces incursionaría en los deportes, pero el periodismo deportivo tampoco atravesaba su mejor momento. Preferían vender ilusiones sobre fichajes improbables antes que informar sobre la realidad de los clubes. Terrible, pensó. Terrible, verdaderamente terrible. Quería contar la verdad, pero la verdad es un plato de mal gusto. La verdad, dirían los jefazos, no vende. Lo que a la gente le interesa es la ajetreada vida sexual que manejaba Carly Stratmann antes de su muerte, o los muchos millones de su padre.

El periodismo está muriendo, se dijo para sus adentros. Eso lo tranquilizaba. Protegía su integridad moral tras el hecho de que él no estaba contribuyendo a la matanza. Había cierto jaleo en la redacción, pero no quería saber el motivo. Sencillamente, no quería salir de la oficina hasta las ocho y media, cuando concluía su jornada de manera oficial. Cuando llegase el momento, se escaquearía como una sombra, procurando que el director no lo interceptase, y regresaría a casa con su novia, el único lugar donde quería estar. Extrañaba el hogar nada más abandonarlo, extrañaba a Annie, la facilidad de esta para poner su mente en orden. Usualmente, solo requería de dos palabras, y luego lo metía en la cama a empujones. Después de tantos años en el dojo, Annie había aprendido a zanjar combates y conversaciones con rapidez y eficacia. La filosofía del shitō-ryū impregnaba su vida y también se había hecho hueco en la de Armin. Mantente libre de las perturbaciones, pensó. Mantén la serenidad, y con mucho más esfuerzo si se trata de una situación sobre la que no se tiene ningún poder.

Llamaron a la puerta. ¿Y si era Roy? O peor: ¿y si Roy venía acompañado de Beaure? Se acomodó la corbata, se repeinó y puso su mejor voz, su voz burocrática:

—Adelante… ¡Mikasa! —Toda la formalidad se disolvió como un azucarillo. El día acababa de mejorar notablemente—. Sabía que estabas en la ciudad, pero no quería llamarte para no molestar. ¿Cómo estás?

Mikasa le dio un fuerte a abrazo y un beso en la mejilla. No dejó marca porque nunca se maquillaba. Un ojo morado se guarecía tras las gafas.

—Tú jamás molestas, Armin. Debería haberte llamado antes. Oh, fuera tienes una redacción rabiosa.

—El pan de cada día. ¿Les has dicho que eres de la PMC?

—No. Les he dicho que soy una de tus fuentes y que traigo información muy importante. Y no es ninguna mentira.

—Estás aquí por el Estrangulador, ¿cierto? —Armin se acercó a una estantería repleta de archivadores y tomó uno de ellos—. Zeke habló conmigo. Te aseguro que la prensa lo está llevando de la mejor manera posible.

—Lo sé. Escucha —Mikasa se sentó y sacó un par de sobres de su bolso—, necesito tu ayuda. Este es el expediente del caso Dreyse, y esto es el perfil psicológico que he desarrollado. He leído tu artículo, «Cuando el hombre es un lobo para el hombre». Sublime. He perdido la cuenta de las veces que he citado a Plauto en las clases de la Academia.

—¿De veras? Es bueno que alguien con una placa diga eso, pero que mi vieja amiga Mikasa Ackerman lo diga es fantástico.

—Estoy buscando un antecedente. Tengo una teoría. He analizado más de cincuenta casos de asesinato en serie por el continente y suele haber un precedente, uno o varios crímenes anteriores a la serie. El modus operandi del sujeto del caso Dreyse es muy similar al empleado por el Estrangulador. No afirmo que sea la misma persona, pero es una línea que pretendo explorar. Zeke está revisando el archivo en estos momentos y mi jefe, Ian Dietrich, está desarrollando un perfil geográfico. Hablaste con Hitch Dreyse, ¿verdad?

—Lo hice. Es tenaz. Muy pocas habrían tenido el coraje de saltar de un coche. Me costó mucho hablar con ella. Lo que has leído es todo lo que me dijo.

—¿No te dijo nada más? ¿Algo que debieras omitir?

—Nada.

—Bien. —Mikasa recogió los sobres—. Podrás echarle un vistazo por el camino. Vamos a hacerle una visita a Hitch Dreysse.

—¿Vamos?

—Por supuesto. No pareces muy ocupado. ¿Necesitas que hable con tu jefe?

—¿Mi…? No, no. —Armin cogió su chaqueta—. Voy contigo.

Lo que pensase Roy le traía sin cuidado. Acompañar a una agente de la PMC era una oportunidad que no solía presentarse. Además, era Mikasa. ¿Cuánto tiempo llevaba sin verla? Habían intercambiado algunos mensajes en los últimos años —para felicitar cumpleaños, navidades y, desgraciadamente, darle el pésame por la muerte de Colt—, pero la última vez que la tuvo ante sí fue en el funeral del doctor Jaeger. Su abuelo solía decir que la adultez solo permite que ciertas personas coincidan en bautizos, bodas y matrimonios. Pese a todo, Mikasa Ackerman era la mejor amiga que se podía tener. La culpa de todo recaía en Eren, y hasta este mismo lo admitía. Existe otra verdad innegable: cuando una pareja se separa, el problema también salpica a los amigos comunes. Armin nunca había arremetido contra su amigo por lo sucedido, pero le había repetido en algunas ocasiones que ella tenía toda la razón. Y Eren Jaeger había madurado mucho, lo suficiente para reconocer que había actuado como un miserable. No obstante, Armin también le recordaba que tenía dieciocho años cuando sucedió. Imperdonable, aunque quizá justificable. Sabía que Eren la había visitado en el Roux, y sabía por qué. Hay amores que, por no ser capaces de morir, continúan doliéndole a uno como un golpe en el meñique.

Mikasa cerró la puerta del coche y le tendió su bolso. Arrancó y salieron de las oficinas del diario Berg. Era un día nublado de principios de abril, un día excelente para seguirle la pista a un psicópata. Hitch tenía veinticuatro años y estaba en el paro. Había terminado los estudios poco antes del incidente. Filosofía. Armin sacó el titular de algo que su entrevistada le dijo: «En el colegio, en la universidad, en el trabajo, en la carretera… El hombre es siempre un lobo para el hombre. Lo único que cambia es el grado de crueldad».

—Ven a comer a casa. Annie se alegrará de verte —sugirió Armin— y podemos ponernos al día, aunque yo no tengo mucho que contar. Llevo ocho años haciendo lo mismo.

—¿Sigue en el dojo?

—Sí. Ya es quinto dan.

—Entonces no le llevaré la contraria.

Armin meneó la cabeza.

—Ese es mi lema cuando hablo con su padre.

—El sensei Leonhart. Buenos recuerdos.

—Muy ilustrativos. ¿Recuerdas cuando le mostró a Eren las diferencias entre el kárate y el judo?

—Creo que nunca lo olvidará. —Mikasa sonrió.

—¿Y ese ojo?

—¿Esto? Es el precio por ayudar a Sasha con un problemilla.

Al principio, nadie les abrió la puerta. Era un edificio bastante viejo y el pequeño jardín de la entrada estaba completamente marchitado. Mikasa insistió hasta que escuchó una voz. Finalmente, los ojos ambarinos de Hitch Dreyse los escrutaron silenciosamente. Tenía el pelo castaño a la altura de los hombros, y su gesto era el de alguien que acaba de levantarse de una siesta.

—Soy Armin Arlet, del diario Berg. ¿Me recuerdas? La entrevisté hace unos meses por el…

—Claro que me acuerdo de ti. ¿Por qué estás aquí?

—Mikasa Ackerman, de la Unidad de Ciencias de la Conducta de la PMC —intervino, alzando una mano para que se la estrechase—. He leído su caso y me gustaría hacerle unas preguntas.

—¿La Policía Militar Central? Bueno, esto sí que es una sorpresa. —Se apartó—. Pasad. Oh, ignorad el desorden. Os ofrecería un café, pero la cafetera está rota.

—No te preocupes. —Mikasa se sentó en un sofá desvencijado y sacó una libretita—. El incidente sucedió el 8 de octubre del año pasado, en la carretera convencional N-25. Es una carretera poco transitada. Si te dirigías a Trost, ¿por qué no fuiste por la autovía?

—No me gusta la autovía, demasiada velocidad. ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Tengo la culpa de lo que pasó por ejercer mi derecho a conducir por donde me dé la gana?

—En absoluto. ¿Notó algo inusual antes de quedarse sin gasolina? ¿El Ford Fiesta podría haberla seguido desde la ciudad?

—Me habría percatado.

—¿Qué te dijo el conductor?

—Quería saber qué había sucedido. Se lo conté, dijo que era una auténtica putada y se ofreció a llevarme. Mira, me pareció agradable. Dijo que iba a ver a su madre. Además, llevaba el brazo en un cabestrillo. Ya di la descripción a la policía. Me pareció una persona normal durante los cinco primeros minutos. Me preguntó algunas cosas: de dónde eres, a qué te dedicas… Pensé que estaba intentando ligar conmigo. Luego vi las cuerdas y el pasamontaña. Sacó la pistola, abrí la puerta y me tiré.

—Este hombre, Robert, ¿tenía el acento propio de esta región?

—Sí.

—¿Sacó la pistola de inmediato?

—No lo dudó ni un segundo, pero no quería dispararme. Si hubiese querido, yo no estaría aquí. Creo que se asustó. Tenía planes, y no le salieron bien.

—¿Qué crees que planeaba?

—Atarme, violarme y matarme. Lo típico. Ya sabes que eso es muy común últimamente. ¿La policía ha movido el culo desde que puse la denuncia, o lo único que he obtenido es que un periodista me incluya en un artículo?

—Me ocupo del caso del Estrangulador —dijo Mikasa—. Incidentes como el tuyo son muy importantes para mí.

—Ya veo… ¿Crees que es el mismo tipo?

—Creo que es imposible que el Estrangulador empezase su oleada de crímenes con un modus operandi tan refinado sin haber experimentado antes.

—Mierda. Podría estar muerta. —Hitch no parecía angustiada ante lo que pudo haber sido—. Eso sí que sería una putada.

Desde luego, pensó Armin. Una auténtica putada.

(. . .)

Que Eren se llevaba bien con su exmujer no era un secreto para nadie. Apreciaba a Historia. El divorcio se había dado en muy buenos términos; se sintieron tan alegres después de firmar el documento que fueron a tomar una cerveza en compañía de Ymir, que después se casaría con Historia en una ceremonia a la que él asistió. Su unión había sido efímera, pero no por ello ingrata e infeliz. Era sencillo: nunca se habían profesado el amor de las parejas.

Historia estaba embarazada. Pronto daría a luz a una niña preciosa a la que llamarían Ymir, como su otra madre. Eren la había mandado con el mejor ginecólogo posible y había decidido regalarles la cuna y el carricoche. La llegada de un bebé siempre es una noticia estupenda.

Eren almorzó con ella esa misma mañana y le dijo que había visto a Mikasa. Hacerle aquellas confidencias no lo incomodaba en lo absoluto; Historia siempre había estado al tanto del asunto.

—Qué mujer tan atractiva —dijo Historia—. Y agente, nada menos. Eso es muy erótico, Eren. No me lo niegues. ¿Dejarías que te esposara?

—Me importaría muy poco que tirase la llave al fondo del mar —admitió con naturalidad. Había tenido este tipo de conversaciones con su exmujer antes, durante y después del matrimonio. A Historia no le provocaban ningún sonrojo, aunque su aspecto fuese el de una mujer que se escandaliza con facilidad. Era bajita, rubia y con el gesto ligeramente aniñado. A ojos de cualquiera, era una preciosidad.

—Es muy bonito, Eren.

—¿Qué?

—Todavía la quieres. Es muy bonito —repitió con la boca llena de ensalada—. La querías, la quieres y la querrás. Amas a Mikasa Ackerman.

—Con todo mi corazón. —Eren se encogió de hombros—. Desde que éramos unos críos. De los cuatro mil millones de mujeres que hay en este mundo, es ella, y siempre lo será. Caray, ya has vaciado el bol.

—Son los antojos —se excusó Historia—. Ymir tuvo que prepararme unas tortitas a las tres de la mañana. Deliciosas. Como, como y como. ¿Y si comemos Mikasa, Ymir, tú y yo?

—¿Sí? ¿Y cómo hago las presentaciones? Esta es mi primera novia, esta es mi exmujer y esta es la mujer de mi exmujer. Ahórramelo.

—Una cita doble.

—Historia.

—Me gustaría que el tío de mi hija esté con la persona que ama. Te quiero mucho, Eren. De hecho, te adoro. Podríamos haber estado veinte años casados, pero mi cabeza seguiría pensando en Ymir y la tuya en Mikasa. Si yo estoy con el amor de mi vida, ¿por qué tú no?

—Bueno, digamos que tú no le pusiste los cuernos. Tenía dieciocho años, era mi primer año de universidad. Mi madre murió antes de los exámenes de enero y me trastorné. Me convertí en un gilipollas insoportable. Pillé una borrachera y me acosté con otra. Mikasa se enteró y me dejó.

—Normal.

—Sí, es perfectamente comprensible. ¿Y qué crees que hice? ¿Pedirle perdón? ¿Arrojarme a sus pies? ¿Llorarle ríos enteros? No. Le dije que no quería volver a verla y seguí acostándome con más chicas. Ya lo he dicho, me comporté como…

—Un gilipollas insoportable. —Historia suspiró—. Mereces todo su desprecio.

—Lo sé. Luego recibí un golpe de realidad. Supongo que maduré. No dejaba de pensar en ella, y la cosa fue a más cuando me fui al ejército. ¿Qué puedo decir? Era un puto subnormal. Perdí a las dos mujeres que más quería, pero no todo tiene por qué ser malo. Te conocí y pronto conoceré a esa criaturilla que llevas dentro.

—Es tan triste. —Los ojos garzos de Historia se humedecieron. Maldita sea la sensibilidad de las mujeres encintas—. Eres un cerdo asqueroso.

Vaya, eso había sido algo agresivo. Completamente cierto y merecido. Armin solía expresarlo de una manera menos ofensiva. Hasta cierto punto, era condescendiente y le recordaba que cagarla es el deporte por excelencia de los jóvenes, especialmente de los hombres. De lo que sí estaba convencido es de que ninguno había logrado el primer puesto en arrepentimiento. Solo un zote sería infiel a una mujer como Mikasa. Eren castigaría a cualquier capullo que le hiciese daño, así que pasaría la vida en una especie de penitencia. Condenado a recordar los momentos junto a ella. Hubo candor infantil, hubo manos buscándose instintivamente, hubo ardor juvenil, hubo promesas y hubo momentos que descansarían en su memoria hasta su muerte. No hubo final feliz porque fue un gilipollas insoportable.

—A mi Ymir le encantará.

—Bueno, ella siempre me ha considerado un patán.

—En realidad, le encantas. —Historia sonrió—. A mi otra pequeña Ymir también le encantarás.