CAPÍTULO IV

2 DE ABRIL

No supo que era 2 de abril hasta después del desayuno y preferiría no haber mirado el calendario ese día. Se cumplían cinco años. Tenía que llamar a Falco, preguntar cómo estaba y cómo le iba en la universidad. Lo conocía desde que era un niño; ahora, con dieciocho, seguía viendo a aquel chiquillo rubio y tímido que se escondía detrás de su hermano. Solía decir que era como un hijo para ella, y su corazón de sabueso sentía lo más parecido al orgullo maternal cuando conocía sus logros. A veces, sin embargo, le dolía que se hiciese mayor. Síndrome del nido vacío, decía Sasha, pero no se trataba de aquello, no. Sencillamente, le dolía que Colt no estuviese ahí para verlo porque decidió colgarse de una viga un lustro atrás, el 2 de abril.

Pasaría un día lluvioso en la oficina repasando los detalles del caso. La autopsia de Yasmín no dejaba lugar a dudas. Al igual que las otras tres, presentaba restos de coderoína en su organismo, una droga bastante común desde principios del milenio que ella misma había consumido en una ocasión. De tal modo que sufrió en carne propia sus efectos: primero, sintió como los músculos de su cuerpo se relajaban poco a poco, agradablemente, y después se encontró en un sofá sin poder moverse, con la lengua estancada y los ojos cerrados. Era una droga fácil de conseguir, especialmente si se acercaba al campus universitario y tocaba a las puertas adecuadas. Tendría que hablar con Zeke sobre ello. La drogó, la estranguló y la dejó en el bosque, aunque esta vez habían encontrado algo más: fibras rojas pegadas al cadáver. Cabía la posibilidad de que la hubiese llevado hasta su casa para cometer el crimen. Es difícil precisar el lugar de la muerte. Mordeduras, coderoína, fibras, necrofilia regresiva… Todo se escurría por su cabeza mientras la lluvia acariciaba la ventana y Zeke fumaba un cigarro apoyado en el alféizar. Dio un respingo cuando escuchó un trueno. De repente, Reiner entró con un par de cafés.

—El vecindario ha sufrido un apagón —comunicó— y la calle está inundada. Los sumideros tienen problemas. Menuda tormenta.

—¿Crees que durará mucho más? —preguntó Mikasa.

—Tormentas para toda la semana.

—Mierda —se quejó Zeke—. Mi huerto se arruinará.

—¿Tienes un… huerto? —Mikasa lo miró de hito en hito. Imaginar a Zeke Jaeger con una azada y una podadora le resultaba muy extraño.

—Sí. Es un pasatiempo bastante reciente. Me aburro, Mikasa. Los solteros tenemos mucho tiempo libre. ¿Verdad, Reiner?

—Completamente cierto.

Existían actividades para solteros en su barrio a las que más de una vez la habían invitado. A jugar al pádel, por ejemplo, o al campo de golf. Había dicho que no. Sus actividades de soltera consistían en tomar una copita, tumbarse y dormirse con un libro en las manos. Sonrió con malicia al pensar que la lluvia habría frustrado los planes de ir de picnic.

—Es peligroso conducir con este mal tiempo —comentó Zeke—. Mira, el agua cubre las ruedas de los coches. Esperaré a que amaine para ir a casa. Es una de esas tardes idóneas para echar la siesta.

Mikasa salió de la oficina para atender una llamada. La poca cobertura no le permitía entender bien a Sasha, pero su tono era preocupante. Al final, logró comprender lo que sucedía.

—Lo he visto, Mikasa. —Su amiga tomó una gran bocanada de aire; jadeó, atragantada con el llanto—. Lo he visto con esa mujer. Dios mío, me pone los cuernos. Se lo he dicho, Mikasa, se lo he dicho. ¿Qué voy a hacer ahora? No quiero estar ni un minuto más en esta casa. No quiero verlo nunca más.

—Cálmate. Voy a buscarte ahora mismo.

—¿Estás loca? Estamos en plena tormenta eléctrica.

—Haz la maleta. Coge lo básico. Te vienes conmigo. Y más vale que Nico lo esté por ahí cuando llegue, porque no me hago responsable de mis actos. En menos de una hora estaré ahí. Hasta luego.

Partirle la cara a un tipo que no ha hecho nada —ilegal, por lo menos— siendo una agente en activo de la PMC la metería en tantos problemas que ni siquiera podría zanjar uno para solucionar otro. Además, estaba en paz con Asuntos Internos gracias al jefe Ian. Si le rompiera los dientes a Niccolò, ¿qué? Dudaba que tuviese los huevos suficientes para denunciarla. Apretó los puños y soltó una maldición. Esa era la clase de comportamiento que le costaría la perdición, pero la infidelidad tenía ese efecto sobre ella. La sacaba de sus casillas.

Volvió para recoger su bolso y le dijo a Zeke que había surgido una urgencia. No dio más explicaciones, pero su cara debía de reflejar con tanta exactitud sus pensamientos que ninguno de los dos se atrevió a preguntar. Salió del aparcamiento y enfiló velozmente por la autovía, pensando en empotrar el coche contra el restaurante. No, recapacitó, todavía lo estoy pagando. Se contentaría con rescatar a Sasha. Llegó a Trost en menos de lo estimado, con los limpiaparabrisas teniendo ciertos problemas para despejar el cristal. Al llegar, encontró a Sasha guareciéndose en el zaguán del edificio. Salió a su encuentro, paraguas en ristre, y su mano libre se fue directamente a por la pechera de Niccolò. Los rizos rubios caían sobre sus ojos asustados. Era un cobarde. Y ahora Sasha estaba llorando por su culpa. Mikasa lo soltó, dándole un empujón que lo hizo caer de culo. Lo clavó al suelo con una mirada terrible. Se acercó a su amiga con un gesto mucho más ligero y le limpió las lágrimas de la cara.

—Cariño, por favor, escúchame —pidió Niccolò—. ¿Eso es lo que vas a hacer? ¿Te vas a marchar sin darme la oportunidad de explicártelo?

—No me llames así —dijo con rabia—. ¿Explicar? ¿Qué quieres explicarme exactamente? ¿El hecho de que le pases una foto de tu polla a una cualquiera mientras le recuerdas lo que hicisteis la semana pasada? Déjame. Me das asco, Niccolò. ¿Sabes qué? Puedes quedarte en esta puta casa e irte a pique con el restaurante, pero quítale mi nombre y usa el de tu querida. No quiero volver a verte en mi vida.

—¿Y nuestro hijo?

Mi hijo —corrigió—. Mikasa, vámonos.

—Solo he hecho una tontería, Sasha. Una tontería. ¿Tú eres perfecta? Porque yo no. Soy un hombre, eso es todo.

—Es mejor que cierres la boca, Nicco —sugirió Mikasa, cuya paciencia no destacaba por su duración—. Muérdete la lengua o alguien te la arrancará. No la llames, no la busques y no te atrevas a mencionar al chiquillo. A partir de ahora, la única noticia que recibirás de ella será la petición de divorcio, y espero que tengas la mano tan sana para firmar como la polla para meterla donde no debes.

Si alguna vez tuvo pelos en la lengua, desde luego ya no quedaba ninguno. Tantos años en un departamento con tantos tíos suponían una excusa muy válida para ello. La Mikasa del pasado nunca diría algo como eso, tal vez porque veía la vida con una tonalidad más viva que la adecuada.

Metió el par de maletas en el coche, arrancó el motor y no dejó de mirar el retrovisor hasta que la figura de Niccolò quedó atrás. Sasha no levantaba la cabeza de las manos; sollozaba con tanta vehemencia que pensó que se ahogaría. En el punto álgido de su llanto, se quitó la argolla, bajó la ventanilla y la tiró. Mikasa no sabía qué decir, y eso es extraordinario para una persona que acostumbra a responder con naturalidad a cualquier atrocidad contada por un reo.

—¿Cómo puedo seguir adelante después de esto? —Sasha se enjugó las lágrimas con el puño de la chaqueta—. ¿Cómo ha podido hacerme esto a mí, Mikasa?

—Duele mucho, lo sé —respondió—, pero no estás sola. Tus padres y tus amigos estamos aquí. Al menos ahora probarás la comida del Roux.

—Creo que es lo mejor que una cornuda podría escuchar en estos momentos. Gracias, Mikasa Ackerman, por ese impecable sentido del humor.

—Humor seco, Sasha, algo difícil estando empapada. Tienes pañuelos en la guantera. ¿Quieres ir a ver a tus padres?

—Mis padres están en el norte. Dios mío, mi padre lo matará. Ay, Señor mío. Llévame a tu hotel. ¿Te importa que me quede un par de días?

—Los que necesites. De todas maneras, solamente voy al hotel para dormir. Puedes quedarte la cama.

—Eso es demasiado. Dormiré en el sofá. —Sasha sacó el móvil—. Tengo que llamar a mi abogado. ¿Y si esto supone un problema para la adopción? He esperado mucho tiempo.

—Deja que tu abogado se encargue de eso.

—¿Cómo ha podido hacerme esto?

—Es un cabrón.

—Creo que voy a desmayarme.

Ya en el Roux, pidió a un botones que subiese las maletas a la suite mientras ella guiaba a Sasha hasta el bar. Pese a la palidez de su cara y los ojos inyectados en sangre, mantenía cierta serenidad, la suficiente para relatarle lo sucedido con todos los detalles. Había tomado la determinación de examinar los chats de su marido, quien se había dejado el móvil sin bloquear en la encimera de la cocina. Cuando vio la conversación con «Mi putita», armó un escándalo. El resto es historia. Niccolò no desmintió nada, a sabiendas de que aquello era tan evidente que solo podría empeorar. En efecto, empeoró, y el asunto solo acababa de empezar: la amante era una amiga de ambos que había pernoctado en casa en ciertas ocasiones.

—Una copa, por favor —rogó Sasha—. Hoy es mi despedida de casada.

—Y luego la humorista soy yo.

Mikasa pidió dos whiskeys.

—Me quiero morir.

—No digas eso.

—Tú también querías morirte cuando Eren lo hizo. Ahora lo entiendo. El amor de mi vida me ha engañado. Vamos a brindar por nuestros cuernos, ¿eh? Un brindis por ello.

Pensó en ello. Sí, Eren le fue infiel, pero lo de Niccolò le parecía mucho más grave. Eran un matrimonio a punto de adoptar un niño, con una hoja de ruta planificada y una supuesta estabilidad. Vació el vaso de un trago.

—Vamos arriba. Tienes un aspecto horroroso. Dúchate y vete a dormir. No harás ninguna tontería, ¿verdad?

—¿Crees que voy a tirarme por el balcón porque mi marido se ha follado a otra? Por favor. Niccolò no será el motivo de mi muerte.

. . .

Antes de ejercer en la clínica, Eren había visto todo tipo de situaciones en las filas del ejército. Había enfrentado problemas médicos en un momento tan precoz de su carrera que, lejos de achantarlo, lo habían curtido tremendamente. Por este motivo, trabajar con civiles le resultaba muy sencillo y gozaba ayudando a la gente. Devolver la salud a un enfermo es similar a entregarle una libertad perdida. Su padre solía decirlo, y eso fue lo que lo inspiró a cursar medicina. Su consulta era como su segunda cosa, un testigo familiar que se habían pasado durante tres generaciones. Adoraba la medicina porque hacía feliz a las personas y eso no tiene precio.

El día apagón se entretuvo con una octogenaria acuciada por la obesidad y el dolor de articulaciones. Conocía a varios nutricionistas, así que no dudó en pedirles ayuda para confeccionar la mejor de las dietas posibles. En cuanto a los dolores, bueno, con las medicinas adecuadas y algunas sesiones de fisioterapia podrían hallar una solución. Su principal batalla era la psicológica. La anciana mostraba ciertas reticencias a la hora de cumplir con el tratamiento. En pocas palabras: si le quedaban dos telediarios, ¿por qué iba a esforzarse? Eren necesitó una hora entera para decirle que nunca es demasiado tarde, que la salud debe mantenerse hasta el final, que es preferible dejar una carcasa sana al momento de partir.

Tras despedir a la señora, la lluvia arreció y se fue la luz. Gabi apareció con la linterna del móvil y le dijo que todas las casas del barrio estaban a oscuras.

—Es culpa de la tormenta —dijo Eren—. ¿Dónde está Keith?

—Ha llamado hace quince minutos. No puede venir, su garaje está inundado. Es la peor tormenta que he visto en mi vida.

—Es el Diluvio Universal.

—Eso parece. He recibido varias llamadas para cancelar citas. Tienes la tarde libre y yo también. ¿Puedo irme a casa?

—No.

—¿Por qué?

—No quiero que salgas a la calle con esta lluvia, y mucho menos si estás sola —dijo, y se sintió como una especie de hermano mayor. La conocía desde que gateaba y la seguía viendo como una renacuaja indefensa, aunque sabía que la fierecilla Braun había empleado el pie para romperle las pelotas a más de uno—. Keith tiene un surtido de galletas en su consulta. ¿Y si…?

—¿Pretendes que me quede aquí comiendo galletas mientras mis compañeros se preparan para los exámenes?

—Ah, los exámenes…

—Sí, los exámenes. —Gabi se cruzó de brazos—. Me voy. Tengo que mantener mi medie de 9'4.

—Está bien, está bien —cedió—, pero te acerco en el coche. —Le arrojó las llaves de la clínica—. Cierra y nos vamos.

—Vale, papá.

Eren se puso la chaqueta, cogió su maletín, abrió el paraguas y salió a la calle. De no estar ligeramente cojo, correría hacia el Pontiac, pues juraría que aquellas gotas eran como balas que caían sobre él. Esas tormentas no eran comunes en el sur y Shigansina no estaba preparada para ellas. Si le dieran a elegir entre aquel diluvio y el calor extremo que experimentó en Kandahar, Afganistán, compraría pasaje para el arca de Noé. Lo que le preocupaba era el granizo: no quería que el Pontiac se abollase.

Gabi se metió rápidamente al coche y destapó la caja de galletas. Una sonrisa bailó en los labios de Eren.

—Fíjate en esto —dijo ella mientras sostenía una pasta de chocolate—. Me sermonea acerca del gluten, pero ¿cuánto gluten lleva esto? Y también lleva trazas de pescado. Una galleta de pescado. Maldita bollería industrial. —Se la comió—. Estamos haciéndole un favor a Keith.

—Diremos que la señora Kowalski tenía un bajón de azúcar y no encontramos nada mejor.

—Yo pretendía decirle la verdad. Quiero ver su cara.

—Me gusta cómo piensas, pero quiero que sigas trabajando en la clínica. Recuerda la regla de oro: no enfadar a Keith. Tiene una opinión bastante negativa de la juventud. Le aterra que contribuyáis a la hucha de pensiones, por eso no se jubila. Aprendes a quererlo después de cierto tiempo, ya verás. Es muy simpático. Si se lo pides por favor, te prepara el café y todo

—Con veneno.

—Pero café, al fin y al cabo. ¿Vas a estudiar toda la tarde?

Gabi alzó una ceja, como si acabase de preguntar una obviedad.

—Claro. ¿Qué quieres que haga?

—No lo sé. ¿Jugar a la consola? ¿Ver Tinder?

—¿Tienes Tinder?

—No, no. Eso es cosa de jóvenes.

—Jóvenes desesperados, Eren. Todos mis compañeros están en Tinder, motivo más que suficiente para mantenerme alejada de ello.

Solo vieron un ser vivo en toda la avenida principal de Saint Bartholomew y resultó ser un perro, que se cobijó en un portal y los siguió con una mirada exhausta. Dejó a Gabi en su casa y condujo en dirección a la suya. Caía tanta agua que tuvo que detenerse a un lado de la calzada. No veía bien la carretera. Se aferró al volante con una mano mientras se tocaba el pecho con la otra. Reconocía esos latidos agitados. Estaba atrapado y los truenos reverberaban como los disparos talibanes. Había sufrido un par de episodios similares desde su regreso, hacía ya cuatro años, y solo se producían en contextos claustrofóbicos. No era TEPT, según su psiquiatra, pero resultaba evidente que la experiencia en el foso tenía relación con el asunto. Fuera como fuere, aquel estado de ansiedad pasajera no lo incapacitaba en lo absoluto, así que no le otorgaba mayor importancia. Aceptaba que el Eren que dejó Afganistán era distinto al anterior, y no por ello peor. Se decía que, de no haber cambiado tras algo así, sería preocupante. Respiró hondo, quitó las luces de emergencia y reanudó el camino. Prefería unos minutos de malestar antes que hacer aquaplanning.

Ya en casa, descubrió que habían solucionado los problemas eléctricos. Se preparó un vaso de leche caliente y llamó a Historia para cancelar la cena. Eso le fastidió: adoraba ir a buenos restaurantes, especialmente si lo acompañaban dos hermosas mujeres. Justo entonces aporrearon su puerta. Era su vecino.

—¿Franz?

—Tienes que ayudarme. —Franz estaba manchado de sangre. Sostenía el cuerpo inerte de Hannah, su esposa, cuya cabeza colgaba hacia un lado con expresión vacía. Instintivamente, Eren sostuvo a la mujer cuando los brazos del marido se convirtieron en gelatina—. Se ha…

—Llama a una ambulancia —terció—. Yo haré todo lo que pueda.

. . .

Se ha suicidado. Tres palabras con las que Mikasa Ackerman se destruyó cinco años atrás. Fue lento e inadvertido, un cuerpo que se pudre por dentro y mantiene una carcasa férrea. Colt se había llevado por delante muchas cosas y nunca entendería por qué. Eso la hacía llorar. ¿Qué había pasado por alto? ¿Qué había fallado? Nadie lo sabía, ni sus padres ni sus amigos. Costaba creer que un hombre como Colt Grice, tan entrañable, tan pacífico, tan sensato, hubiese tomado una soga para ahorcarse durante la tarde de un 2 de abril. Cuando recordaba el cuerpo suspendido en el aire, una parte de su cordura se esfumaba. Ese silencio, ese ligero balanceo… De todas las cosas horribles que había visto, entre tanta mutilación, amputación y quemadura; de entre cientos de homicidios y violaciones, solo la visión de Colt Grice la acompañaría hasta el fin de sus días. Era normal, según su terapeuta —cuando todavía asistía a terapia—, y tenía que aprender a convivir con ello, pero las palabras no son más que palabras: ¿cómo aprendes a vivir con esa imagen? Bueno, sorprendentemente, el tiempo no es solo un reloj, sino un remedio a cuentagotas. Dolía, sí, más de lo que debería, pero menos de lo que esperaba.

Al otro lado de la línea, en el remoto consulado de Jerusalén, Levi se alegró de oírlo. Su hermano la llamaba todos los meses desde que obtuvo el cargo de cónsul en Israel. Pese a que tenían las agendas tan apretadas como la mano de un avaro, siempre encontraban un rato libre. Mikasa se tumbó en su cama y miró hacia la ventana. Era casi de noche y apenas chispeaba.

—¿A qué te dedicas tú, hermano? ¿Cómo van las cosas?

—Mal. Este país está lleno de hijos de puta, Mikasa. Sheij Yarrah acoge a muchas familias palestinas y el Supremo quiere expropiar a muchas de ellas. Ayer pasé junto a una manifestación. La historia y la geopolítica son el Diablo. Si te refieres a mí, bueno, estoy bien. Recibimos a muchos compatriotas por aquí, más de los que me gustaría. Estos capullos erdianos vienen aquí como si esto fuese una agencia de viajes. Necesito unas vacaciones. Puede que vuelva a principios de junio, a no ser que estalle una guerra y me caiga una bomba en la cabeza.

—Si sucede, rezaré para que estés dormido.

—Sería curioso que repatriaran al muerto que se encargaba de repatriar a los muertos —Soltó una pequeña carcajada—. Bueno, aquí palmó un tipo que decía ser el hijo de Dios. Es un lugar perfecto.

—Siempre has sido un poco judío.

—¿Y qué esperabas? Me llamo Levi. Por cierto, ¿esa es la voz de Sasha? ¿Está cantando?

—Sí, es una larga historia. No está pasando por un buen momento. Niccolò la ha cagado y es irreparable. Pasará unos días conmigo.

—Ese chico nunca me ha gustado —recordó Levi—. Bien, voy a colgar. Tengo a unos mochileros esperándome. Deséame suerte. Que pases un bonito 2 de abril, mocosa. Procura no pensar. A mí me funciona. Adiós.

Funcionaba, en su justa medida. Una dosis de mente en blanco antes de dormir es imprescindible. Unos optan por no pensar; otros, por cantar. Tirada en el sofá, Sasha escuchaba temas de Carlos Gardel y los canturreaba con el poco español que había aprendido en sus vacaciones mediterráneas. Se puso en pie de un salto y se empinó la botella de vino.

—Eh, quería hablar con Levi. ¿Te he dicho alguna vez que me gustaba tu hermano cuando éramos unas crías…?

—Sí, Sasha. Cientos de veces.

—¿Y tu tío Kenny?

—Ay, Dios mío.

—No puedo evitarlo. Es como Clint Eastwood. Aunque pasen los años, no dejará de tener sex appeal. Los Ackerman estáis tan buenos… Creo que estoy un poco borracha, y eso no me deja en buen lugar. Quiero ser una madre ejemplar.

—Y lo serás, Sasha, y lo serás. Eso es, acuéstate. Dame la botella. Bien. Te traeré una manta. ¿Quieres cenar?

—No, no… No tengo hambre. Solo estoy triste y me gustaría desaparecer de este mundo.

—Paciencia, Sasha. Deja que el tiempo te cosa la herida, y no la infectes con esas tonterías. Si tú desaparecieras de este mundo, ¿qué haría yo?

—Te quiero, Mikasa Ackerman. Habría sido perfecto si fuésemos lesbianas, pero yo estoy casada con mi querido Nicco y tú estás enamorada de Eren desde tiempos de Matusalén.

—Yo no…

—Tú sí. Voy a dormir. Te quiero. Eres la hermana mayor que siempre necesité.

—Sí, y tú la hermana pequeña que dice más de lo que debe.

—Pero dice la verdad.

Sasha entró en algo parecido a un coma después de aquella conversación. Parecía que los 2 de abril habían tomado la mala costumbre de ser días funestos. Fue al baño para comprobar el ojo, ya no tan morado. Eren le había sugerido llevar un parche negro; después de todo, la consideraban despiadada como un pirata. ¿Qué estaría haciendo ahora? Y, sobre todo, ¿qué estaba haciendo ella? ¿Tenía que pensar en Eren justo en una fecha como aquella, cuando sus pensamientos deberían enfocarse únicamente en Colt? Eso la habría torturado tiempo atrás. Ahora, sin embargo, sabía que él estaba en un lugar donde las verdades son visibles y palpables, donde habría comprobado —si acaso dudaba de ello— que le profesó un amor inmenso, que no había dejado de quererlo y que jamás lo haría. Que, aunque no podía entender por qué hizo lo que hizo, no lo juzgaba, no le reprochaba nada, no lo culpaba por sus noches sin dormir, las suyas, las de Falco y las de sus padres. Que, de haber vivido, no lo habría dejado jamás. No, ya no le dolía la ausencia de un dolor insoportable. Lo echaba de menos, pero no penaría para siempre. Procuraría que esa parte de Colt que moraba en ella se acomodase entre los algodones de la alegría y la tranquilidad. Se lo debía.

. . .

Eren salió de la ducha con aquella terrible sensación atenuada. Al menos, se había quitado la sangre de encima. Es incómodo estar salpicado por la sangre de una mujer que ha intentado suicidarse. Franz había recurrido a la persona adecuada y Eren creía que Hannah sobreviviría. Jamás habría imaginado que una mujer como ella sufriera una fuerte depresión. Desde hace cinco años, le dijo Franz. Lo que el marido no se imaginaba es que llegaría a tal extremo. Cogió una cuchilla, preparó la bañera, se puso a remojo y se cortó. Se abandonó a la espera de la muerte. No levantaba cabeza desde la muerte de su bebé de cinco meses.

Fue a la cocina y encontró a Zeke preparándose un té. Su hermano lo miró con preocupación. Un día difícil, o quizá algo más: un día desechable. Estaba tan cansado que podría dormir veinte horas seguidas. La medicina in extremis es agotadora. Por la mañana llamaría a Franz para interesarse por el estado de Hannah.

—La manía de querer matarse —dijo Zeke—. Yo no tendría los huevos de acostarme mientras me desangro. Simplemente, me pondría una pistola en la boca y cerraría los ojos.

—Es menos estético.

—El prometido de Mikasa —recordó— se suicidó por estas fechas, hace unos cinco años. Se colgó.

—¿Cinco años ya? El tiempo pasa volando. No conocí a Colt, pero Armin sí. Dice que era un gran tipo. No podía creerlo.

—Las desgracias vienen de las personas menos esperadas. Hannah… Bueno, ha perdido un hijo. ¿Quién querría seguir viviendo después de algo así?

—Como médico, te digo que la salud es lo primero —contestó Eren—. Como persona, te digo que yo no podría.

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¿Por qué he tardado en publicar? Porque he vuelto a la uni, jujuju. Pronto volveré!