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AB IMO PECTORE

Un perfil criminológico no es una certeza. Existen factores que no pueden intuirse. Un perfilador no es adivino y no puede dejar que las conjeturas lo consuman. Debe enfocarse en las posibles características de un sujeto, no en atrapar a aquel que confirme sus teorías. Armin escuchaba atentamente, bolígrafo en mano. Mikasa había accedido a entrevistarse con él sobre la Unidad de Ciencias de la Conducta, su labor y los casos en los que había resultado crucial, es decir, aceptó la invitación para ir a comer y la sobremesa se alargó. Los fundadores de la unidad comenzaron a trabajar en una metodología desde finales de los 60; ahora, un método mucho más evolucionado, no por ello exento de revisiones y modificaciones, regía el trabajo de los perfiladores. Sin método, no hay ciencia. A su amigo se le iluminó la cara: llevaba meses sin firmar algo tan interesante, nada menos que una entrevista con una de las agentes más estimadas dentro de su rama. Además, se reservó ciertos detalles para su libro, y Mikasa se comprometió a indagar en aspectos que no tenían cabida en el periódico.

Cuando Annie regresó del dojo, los encontró tan sumergidos en la conversación que no advirtieron su presencia. Apenas había tomado un descanso para tomar un café. La noche había caído y Armin asentía y apuntaba como si le estuviesen dictando la combinación ganadora de la lotería. Mikasa acompañaba sus explicaciones con esquemas y dibujitos sobre la pizarra donde apuntaban los planes de la semana. Centrada como estaba, no se percató de que una rubia ataviada en un karategi le lanzó un teisho, y la habría dejado fuera de juego si no hubiese detenido la mano a centímetros de su cara.

—Mucha palabra, pocos reflejos. ¿Por qué mi marido parece un niño con una piruleta?

—Sonny y Bean, los gemelos asesinos de principios de los 70 —Armin hizo una floritura con el boli; estaba exaltado—. Hay muy poca información publicada sobre este caso. ¿Ves esta hoja, cariño? Me atrevería a decir que es el informe más completo que existe.

—El método estaba en pañales cuando empezaron a matar. El difunto agente Jorge Pikale habló con Sonny cuando estaba en la cárcel. Podríamos considerarlo el precedente a las entrevistas que se realizaron posteriormente, ya con unas pautas muy definidas. Bean era mudo y no había aprendido a comunicarse con signos, así que era Sonny el que hablaba por los dos, y hablaba por los codos. En palabras del propio Pikale, eran dos tipos conectados a un solo cerebro. Sonny embaucaba a las víctimas en los bares, en las plazas o en el mercado para llevarlos hasta su taller mecánico, donde Bean esperaba. Era el más violento. Los mataron en noviembre del 73. Al parecer, hubo un malentendido. Uno de los reos de reciente ingreso creyó que Bean se estaba riendo de él. Esa noche, se coló en la celda de los gemelos y los acuchilló. El hijo de Jorge, Carlo, es instructor en la Academia. Le encantaría hablar contigo. Tiene mucho material de su padre; todo lo que te he contado lo leí en su diario personal.

—Me encantaría hablar con él. Soy un gran admirador de su padre. Y si pudiera echar un vistazo a esos diarios… Es como un sueño húmedo.

—Cariño, ese libro tuyo te está afectando.

—Es un proyecto excelente —dijo Mikasa—. No solo puedes contar con mi ayuda, sino también con la de Ian Dietrich y otros agentes. Ian y yo creemos en la necesidad de la divulgación.

—Los hermanos sacamantecas son interesantísimos, pero no es un tema agradable para la cena. Mikasa, ¿te quedas?

—Ya me habéis dado de comer. Me parece demasiado.

—Tonterías. Hablas como si estuvieras aquí todos los días. Eso sí, creo que tengo que decírtelo: Eren vendrá en quince minutos. Cena con nosotros tres veces por semana. ¿Algo que decir?

—No. ¿Por qué?

—Creo que Annie se refiere a… —Armin lo pensó— lo que sucedió en el pasado. Si es una situación demasiado incómoda, podemos…

—Eren y yo nos llevamos bien.

—¿De verdad?

—Sí.

—Estoy sorprendida. Gratamente sorprendida. Ya sabes lo que dice mi padre sobre el rencor. No trae nada bueno.

—Benji solo es rencoroso conmigo —apostilló Armin—. Todavía dice que le quité a su hija.

—Es bueno saber que no tendremos tensiones en la mesa —continuó Annie—, o quizá sí.

—Llamaré al mejor restaurante japonés de la ciudad. —Armin cerró su libreta; mejor dicho, su botín. Mikasa había compartido todo aquello con él por un motivo muy simple: el trato hacia la información. Su amigo era de los pocos periodistas que condenaban la tergiversación. Si no se deshacía de esa virtud suya, no duraría muchos años más en el gremio.

—Ahora entiendo por qué Eren suele cenar aquí. —Mikasa esgrimió una sonrisilla y se levantó del sofá para ir a fumar cigarro, pero una mano le arrebató la pitillera con la rapidez de un ratero curtido en los peores barrios—. Podrías haberme pedido uno.

—Tienes que dejar esta mierda.

—Dijo la mujer con la que me fumé mi primer porro.

—No vas a fumar mientras estés en esta casa, y espero que sigas sin hacerlo cuando te vayas.

—Compórtate en la calle de la misma manera que en el dojo. Bien, lo entiendo. Es un vicio caro. Llevo meses intentando dejarlo.

—¿Por qué no vuelves a practicar karate?

—Tu padre suele decir que el karate es un estado mental. Mi cabeza no está muy ordenada. No podría moverme con la armonía necesaria.

—Si no eres capaz de dejar el saco de los problemas fuera del dojo, está bien. Entra con él. De hecho, es así como debes entrar. El dojo no es un mundo ajeno, sino parte de ese mismo escenario donde se desarrollan tus problemas. Entra y púrgate. Si quieres venir y recordar viejos tiempos, llámame.

—Puede que lo haga, si consigo algo de tiempo.

—Tendrás mucho tiempo después del caso.

—Entonces volveré a Mitras.

—Como si de los viajes se pudiera volver, dijo el poeta. —Era propio de ella llevar la razón sin proponérselo.

Annie se fue a la ducha y se llevó la pitillera. Mikasa no volvería a ver nunca ese pedacito de metal, ese veneno contra la ansiedad. También le habría confiscado la petaca; por suerte, el inofensivo trench colgaba del perchero. Sasha le había sugerido llevar una fedora y una pipa, «como los detectives de las novelas», y había arremetido contra su armario lleno de ropa oscura. Se había dejado el pijama de ositos en Mitras, ¡qué gran descuido!

—¿Qué quieres de postre? —Armin mantenía el móvil entre la oreja y el hombro mientras tecleaba algo en su portátil.

—Daifuku.

—¿De fresa?

—Sí.

—Dos daifukus.

A Eren también le encantaba. Cuando era una novata y la trataban como tal, un superior le preguntó que si era una de esas mujeres que «no sabe freír ni un huevo», es decir, una mujer moderna. Lo cierto es que se manejaba bastante bien y su madre le había enseñado cocina japonesa. Mikasa le enseñó algunas recetas a Carla y Eren hizo las veces de catador. No lo recordaba, así que sonrió, porque su corazón todavía no se había vacunado contra las serendipias. Sentía algo inexplicable cuando recordaba a Carla, como si se derrumbase y una fuerza invisible la enderezase de nuevo. Algunas personas deberían ser eternas, y luego pensó en lo diferente que habría sido todo si ella siguiese ahí, con ellos, como la cadena que los ataba a la realidad.

En ocasiones, perdía la cuenta de lo mucho que habían perdido. Y esa senda de perdición continuó mucho después de que separasen sus caminos: él se dejó la salud en la guerra y se divorció; ella tuvo que enterrar a su futuro marido y se sumió en el trabajo. No sabía cómo se las habían apañado para llegar hasta aquella cena. Era un golpe de realidad, y no le hubiese venido mal un cigarro para contrarrestarlo. Le pareció que el jersey de cuello vuelto era una camisa de fuerza.

—Toma. —Armin le acercó un botellín de cerveza y se sentó junto a ella—. Es increíble que Eren y tú estéis aquí. Pensaba que solo volverías a reuniros en mi presencia cuando estuviese en una caja de pino.

—Yo también —admitió—. Si estamos aquí, es por algo. Nunca podría odiarle. —Sopesó el botellín en su mano. Era una Heineken, su favorita—. Sabes que nunca podría.

—¿Todavía lo…?

—Sí. —Soltó una carcajada, quitándole importancia al asunto. Era la verdad. El propio Colt lo aceptaba y jamás hizo reproche alguno. Tampoco es que se pueda cambiar algo así—. Lo perdoné hace mucho, pero siento que no soy capaz de perdonarlo. Lo sé, es contradictorio. Sé que nunca habría sido capaz de hacer lo que él hizo, y sé qué es lo que pasaba por su cabeza cuando me engañó. Lo entiendo. Cuando te dedicas a un oficio como el mío, entiendes muchas cosas. ¿Qué es una infidelidad si la comparamos con un asesinato, un secuestro o una violación? Nada, en efecto; sin embargo, duele y se clava como un puñal. Me duele cuando lo pienso, Armin. Me duele porque Eren siempre será mi Eren.

Desvió la mirada de Armin y bebió cerveza. Lo había admitido con una facilidad pasmosa. Como llevaba muchos años trabajando con verdades y mentiras, se rehusaba a enmascarar la realidad. A su edad, y con tantas experiencias, poco le importaba. Su amigo articuló una añorante sonrisa; alzó la vista hacia el techo, y a Mikasa le pareció que contemplaba aquel mar de su juventud y que la brisa mecería su pelo dorado.

—No sabes cuánto le gustaría escuchar eso. Él tampoco se ha perdonado. Creo que nunca lo hará.

—Lo hará.

—Eso creía yo, pero no lo hará. No quiere. Eren siempre ha sido un poco masoquista. Creo… que no le habría importado morir en ese agujero. Estaba muy mal antes de aquello. Era imposible hablar con él sin discutir. Cuando volvió, era diferente. Suelo decirle que alcanzó el nirvana. No le he visto fruncir el ceño desde que volvió. Jamás podré entender del todo qué le sucedió en Afganistán, pero creo que entendió que no podía cambiar el pasado. Me dijo que había visto a su madre en sueños. Pensaba que Carla estaba ahí para llevárselo, que su hora había llegado. No llegó, claro. Estaba vivo y le gustaba, pero… Bueno, no importa.

—Continúa, Armin.

—Le habría gustado que fuese de otra manera, y eso incluye lo que te hizo. He intentado que siga adelante, Mikasa. He intentado que conozca a alguien. He intentado que te olvide, aunque sé que eres inolvidable. Zeke también ha hecho todo lo posible. Sigue adelante a su manera. Los dos lo hacéis. Dime, Mikasa, ¿sabes cuántas personas desean estar juntas y son incapaces de hacerlo?

—No.

—Demasiadas.

Sonó el timbre.

—Debe de ser Eren. —Armin se levantó—. No sabe que estás aquí.

«Entonces seré una sorpresa», pensó. Cruzó una pierna sobre la otra y dio un largo trago de cerveza. Al escuchar su voz, tuvo la sensación de haber retrocedido en el tiempo. Bromeó con Armin sobre algo que no entendió. Apareció ataviado en un largo cárdigan negro. Su boca no formó la O de la sorpresa, no, sino que se estiró en esa sonrisa con hoyuelos que había heredado de Carla. Había besado mucho aquella cara.

—Eh, Mi, pensaba que ya no te gustaba la cerveza.

—Yo también. —Le ofreció el botellín—. ¿Quieres?

Eren remató lo que restaba y se pasó la mano por el labio superior. Mikasa se puso en pie y fue a preparar la mesa. Notó que los ojos verdes la persiguieron hasta el comedor. Notó la intensidad. Lo llamaban apodyopsis, y ella también lo había hecho. No, claro que no podían olvidarse. Como si estuviesen dispuestos. Ella quería decirle: «Me fuiste desleal, y eso es lo que más odio», y acto seguido: «pero tú eres lo que más quiero». Algo así no puede coexistir. Dos principios opuestos conviven al filo de un abismo. Pensó en los ojos honestos de Colt cuando le habló de Eren por primera vez: «Ya veo, así que los dos hemos tenido el placer de conocerte, pero yo no he sentido el dolor de perderte. No podría. Apostaría cualquier cosa a que es el hombre más arrepentido que existe». Las palabras de Armin se le habían incrustado en el alma como metralla. ¿Seguían adelante… o estaban moviéndose en círculos? De ser así, ¿serían capaces de solucionarlo? Bueno, si las cosas fueran tan sencillas, Sísifo habría dejado su roca hace mucho.

Tendría que darle la razón a Zeke: antes eran mucho más felices, y por recuperar una décima parte de aquella felicidad entregaría los días grises en el loft.

Poco después, los cuatro se encontraban sentados a la mesa. Mikasa los deslumbró con su manejo de los palillos. Solía comer con ellos para no perder la costumbre. Annie también era bastante diestra con ellos —hablaba japonés y había acudido a Okinawa con su padre desde muy niña—, pero Eren y Armin eran fieles al tenedor, el cuchillo y la cuchara. Y despreciaban el sake. Eren comentó lo sucedido un par de días atrás; su vecina se encontraba estable y le había pedido a su marido entre sollozos que le diese las gracias.

—Si no estás ayudando a una abuela a cruzar la calle, estás intentando que tu vecina no se desangre. —Annie cogió el plato de wasabi.

—Yo me habría desmayado —contestó Armin.

—Lo cierto es que no había visto algo así en años. Me temblaba el pulso; espero que Franz no lo notase. Mi padre decía que los médicos de urgencias son los médicos de verdad.

—¿El pulso? Después de estar en Afganistán, ¿te tiembla el pulso?

—Historia ha dicho lo mismo.

—Oye, yo todavía me pongo nervioso cuando tengo una entrevista. Hay cosas que nunca cambian.

—Y yo sigo vomitando cuando hablo con un pederasta —comentó Mikasa—. Son gajes del oficio, Annie. ¿El karate no los tiene?

—Los tendría, si fuese un oficio.

—El comodín zen. —Eren resopló—. Sea como sea, creo que mi padre tenía razón. Cuando vi a Hannah en ese estado, me sentí como un novato. Es difícil comportarte como un profesional cuando conoces al paciente. En el frente, lo único que sabía de la mayoría de los soldados era lo que ponía en sus chapas, que no iba más allá del nombre, la fecha de nacimiento y el grupo sanguíneo. Esa barrera entre extraños me ayudaba, pero Hannah ha sido mi vecina desde hace años y sé por todo lo que ha pasado, así que no tengo la distancia emocional adecuada. Mientras la trataba, no dejaba de pensar en lo duro que sería para Franz si ella moría. No es fácil trabajar con ese tipo de preocupaciones, pero es cierto que te alientan a no cagarla. Es un arma de doble filo.

—Bueno, amigo mío, yo me pondría en tus manos sin dudarlo —contestó Armin.

—Sí, yo también, pero no sin encomendarme antes a Dios. —Annie se persignó—. ¿Te pondrías en sus manos, Mikasa?

«Ya he estado en ellas», pensó.

—Creo que lo que Annie quiere decir —intervino un nervioso Armin— es que si confiarías en la formación médica de Eren.

—Lo ha entendido perfectamente, cariño.

—Claro. ¿Por qué no iba a hacerlo?

—Tengo curiosidad —dijo Annie—. ¿Alguna vez te han pegado un tiro?

—No hago trabajo de campo todos los días, así que es bastante difícil que me peguen un tiro, pero sí, me han disparado. Un compañero y yo fuimos a arrestar a un pedófilo reincidente. Lo encontramos en la azotea, armado con una pistola. Mi compañero había sido un buen negociador de crisis, así que empezó a dialogar con él para que se tranquilizase. Al final, la cosa no salió bien. Me dio de lleno, pero los chalecos antibalas son el mejor invento del ser humano.

—Oh, Dios. ¿Por qué pasáis por tantos peligros? Suelo decir que la Redacción es una trinchera, pero ¿la guerra, la PMC? ¿No podríais haber escogido otra cosa?

—Somos gente de acción. —Eren le puso una mano en el hombro y apretó suavemente—. Además, si no nos jugásemos el pellejo, ¿de qué hablaríamos en estas cenas de jubilados? ¿De tu último artículo?

—Prefiero que hablemos del siguiente. Mikasa me ha brindado su inestimable ayuda.

—¿De verdad? —La miró atentamente—. ¿Confías en la pluma de este amarillista?

—Dijo el matasanos.

—Ouch.

—Será un artículo fantástico —anticipó Mikasa—. Un artículo de prensa solo es fantástico cuando es necesario, y este lo es.

—Tengo que hacerte una pregunta, Armin, pero no tiene nada que ver con Sucesos. —Eren se aclaró la garganta—. ¿Por qué la sección de Deportes parece una pelea de bar entre aficionados? ¿Crees que puedo leer el análisis de la jornada así?

—Eh, yo no sé nada sobre eso. Mi jefe es el único que podría responderte. Lo que permite se supedita a su extraña lógica. Si quieres buen contenido sobre deportes, puedo recomendarte un par de podcast que…

—Hombres —murmuró Annie.

Fue una velada tranquila que no se postergó demasiado. Armin empezó a bostezar antes de las once; nunca había trasnochado, ni siquiera en la universidad, y mantenía esa costumbre como un dogma religioso. Además, necesitaba descansar la mente para su libro. Annie solía decirle que acabaría calvo de tanto pensar; calvo, le decía, como Tomás de Aquino. Eren rio de buena gana mientras se despedía del matrimonio.

—¿Has venido andando? —preguntó Armin.

—Siempre lo hago. Vivo a dos manzanas de aquí, amigo mío. No estoy tan cojo como parece.

—Te llevo —dijo Mikasa—. Sería un verdadero desastre que te raptasen por el camino.

—Sería mucho más trágico que pagaseis mi rescate. Bien, nos vamos. Tenemos que repetir esto más a menudo, antes de que vuelvas a Mitras.

Antes de que vuelvas a Mitras.Dicho así, sonaba como si fuese a regresar al interior de un sarcófago, como el vampiro que hiberna durante el estío. Se despidió, tomó su gabardina y salió de allí junto a Eren.

—¿Qué tal tu ojo?

—Diría que bien.

—¿Notas algo fuera de lo normal?

—No. Sigue siendo el mismo cabrón con astigmatismo. Sube. No deberías andar por la calle a estas horas, Eren, y mucho menos ahora.

Intentó que su tono no se pareciese demasiado a uno de preocupación, aunque lo era. Eren no podría correr si lo atracaban en una callejuela. A decir verdad, dudaba que eso le importase. No después de haber estado en un zulo talibán. Lo vio en sus ojos, en la contracción de sus hombros, en el ademán de sus manos. Le gustaba ese nuevo Eren y también la aterraba. Ahora desconocía partes de la persona en la que se había convertido. El miedo a lo desconocido es propio de los seres humanos, pero se acentúa mucho más cuando tu trabajo consiste en atribuir unas cualidades a realidades desconocidas con el fin de conocerlas.

Eren se soltó el pelo y colocó los mechones rebeldes tras las orejas. Su aspecto también era distinto. Al sonreír, se marcaban las arrugas alrededor de sus ojos. La sombra de una barba revestía su mandíbula. Poco tenía que ver con el Eren de dieciséis años que la agarraba de la mano con fuerza. Sus manos tampoco eran las mismas y en algún momento había llevado un anillo. Eso la hizo reír.

—¿Qué? —Él alzó una ceja.

—Has cambiado mucho. Me cuesta mucho reconocerte.

—Soy como el barco de Teseo —respondió con cierta guasa; luego, tras meditarlo brevemente, enserió—. Sería preocupante no haber cambiado en todos estos años. Me conoces, pero no me reconoces, y eso me alegra. Creo que ahora soy mejor. Me gustaría demostrártelo.

—No tienes que demostrarme nada, Eren.

—Tú tampoco eres la misma —le recordó—. Siento mucho lo que le pasó a Colt. No es justo. Ibas a casarte con él, ¿verdad?

—Sí.

—Lo siento.

—A veces me pregunto qué clase de maldición tengo. —Armó una pequeña sonrisa, una que expresaba muchas cosas, y nada de felicidad—. Los hombres a los que quiero se alejan de mí de una u otra manera. Colt se suicidó y tú me engañaste. Quizá el problema es mío.

—El problema era yo. Me convertí en un impresentable tras la muerte de mi madre. El dolor puede sacar lo peor de ti mismo.

Había aprendido esa lección en los meses posteriores al suicidio de Colt, cuando se abandonó. Ian la calificó como un auténtico despojo; se lo dijo con la confianza propia de los años, casi como un padre a una hija. Si no hubiese hablado con Zackley para que mediara con Asuntos Internos, seguramente habría perdido su trabajo por una serie de problemas con el alcohol. Emborráchate y muérete de un coma etílico si te apetece, le dijo Ian, pero no pongas un pie aquí de tal guisa, Mikasa Ackerman, porque te echaré a patadas. Había mejorado bastante en los últimos dos años gracias a la sana resignación o, como Levi solía decir: la vida es así, hay que joderse. Estaba aprendiendo a que aquellas cosas que no podía controlar no le quitasen el sueño. Su terapeuta fue claro y directo: «Nadie habría podido evitar el suicidio de tu prometido». Es complicado deshacerse de las vestiduras de la culpabilidad. Si hay un sentimiento que esté presente en cada ser humano, con distintas formas y grados, es la culpabilidad.

Detuvo el coche frente al edificio donde vivía su acompañante. Este se apeó, se acercó a su ventanilla y dio unos golpecitos en el cristal para que la bajase.

—¿Por qué no subes un rato?

—¿Qué se me ha perdido en tu casa a media noche?

—Quiero enseñarte algo. Puede que te guste.

Titubeó un poco, pero acabó por acceder a la propuesta. Tenía curiosidad. Esperaba que le gustase; de lo contrario, tendría que contarle a Sasha que Eren Jaeger le había hecho perder el tiempo. De ser así, su amiga recurriría al viejo soliloquio —fraguado en la universidad— acerca de las múltiples actividades que conducen a una mujer a perder tiempo con un hombre. La peor de ellas: el matrimonio. Eren encendió la luz, se quitó la chaqueta y desapareció en su alcoba durante unos minutos. Mikasa se acomodó en el sofá de la pequeña sala de estar. Era un piso pequeño y acogedor, impregnado en la fragancia de cedro tan propia de su propietario. Además, tenía un buen balcón para fumar… si todavía fumase.

Eren apareció con un álbum de fotos. Se sentó y lo colocó sobre su regazo. Cuando lo abrió, Mikasa se quedó sin palabras.

—Recopilé todas las que mi madre hizo —dijo él—. Creo que te gustaría tener algunas. Mira esta.

Lo recordaba. Era invierno y estaba tomándose una taza de chocolate caliente cuando Carla apareció con su nueva cámara. Sonreía con el labio superior manchado de chocolate. Tenía unos dieciséis años. Tomó la fotografía, le dio la vuelta y leyó la redondeada letra de la difunta señora Jaeger: «Mi niña, enero de 2006».

—Hay un montón de fotos tuyas. Una de ellas es especialmente graciosa, sales echándote la siesta con la boca abierta. Aquí está.

—No puedo quedármelas. Son recuerdos de tu madre.

—Tonterías. Ella querría que las tuvieras. Te adoraba y lo sabes. —Eren sonrió y se detuvo en una imagen—. ¿Te acuerdas de esto?

—El carnaval.

Eren se había disfrazado del Zorro y ella, bueno, de lo que parecía ser una especie de cabaretera. El corsé fue una tortura. Su mano aparecía sobre el pecho medio descubierto de Eren, quien la rodeaba con un brazo y sostenía una rosa con la boca. Abundaban las fotos de ellos dos haciendo lo que mejor se les daba: los tontos.

Se vio involucrada en episodios que recordaba vagamente. Conforme hojeaba aquellas páginas, más se descolocaba. Apareció Zeke, un muchacho joven, imberbe, ataviado en su uniforme de beisbol, el bate apoyado en el hombro y una mirada solemne dirigida a un punto impreciso. Un pequeño Armin con una caracola entre las manos. Grisha enseñando a Eren a montar en bicicleta.

—Esto es… —Mikasa enmudeció a medida que un nudo se formaba en su garganta; después, sus ojos se humedecieron. Era una de las pocas fotos de Carla y salía junto ella; la tomó Grisha antes de que se marchasen a la fiesta de graduación. Ese día le regaló una cadenita de oro que aún conservaba.

—Las dos estabais tan… ¿Mikasa?

Se frotó los ojos e hizo un gesto con la mano.

—Tengo que irme.

—¿Qué te pasa?

—¿Para eso querías que subiera, para hacer memoria? ¿Es eso? —Resopló y se levantó—. No nos hace bien recordar todo eso.

—¿De qué estás hablando? —Eren frunció el ceño y cerró el álbum—. Pensaba que te gustaría verlo. Me comporté como un cabrón, pero eso no borra los buenos momentos. ¿Es que no soportas verte feliz?

—Cállate. No eres quién para hablarme de felicidad.

Todavía con los ojos llenos de lágrimas, se dirigió a la puerta con la idea de atravesarla para no volver jamás. La mano de Eren agarró la suya.

—¿Qué te pasa?

—Déjame.

—Mikasa, mírame —le pidió con un tono más suave—. Por favor.

«Si me doy la vuelta, ¿seré capaz de mirarte a los ojos? ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué no dejas que renuncie, que abrace la soledad? ¿Por qué ahora? No quiero tener nada, así no podré perder, así no sufriré nunca más. Quítame todos los recuerdos, quítamelos, tíralos al mar. Todos me habéis abandonado, todos. De una manera u otra, yo siempre…».

Lo encaró con el rictus contraído en una mueca llena de dolor. A estas alturas, le resultaba sorprendente que aún fuese capaz de reaccionar así. Bueno, Eren podría asomarse a los resquicios de la impecable coraza que había arrastrado durante años. Y todo por unas malditas fotos.

—No, no soporto verme feliz —admitió—. No soporto recordar aquello que he perdido para siempre.

—Nada se pierde para siempre, Mikasa.

—Colt, tus padres, los míos… Todos están muertos. Jamás volverán.

—Por supuesto que no volverán. No han ido a ninguna parte. —Eren le puso un dedo a la altura del corazón—. Late millones de veces a lo largo de nuestra vida, ¿sabes? Y sigue latiendo pese a todo. Sigue adelante por aquellos que ya no pueden latir y que dan sentido a cada palpitación. Para eso sirven los recuerdos. Ahí están todos. —Le acarició la cara con el pulgar; sus ojos verdes se clavaron en sus labios sin disimulo. Un hombre como él no se amilana ante el deseo de besar—. Y yo estoy aquí.

Se dejó abrazar. Era la misma sensación que le despertaba un buen chaleco antibalas. En esencia, el abrazo es el chaleco antibalas del espíritu. Su espíritu era un coladero. Como todo ser humano, necesitaba que la abrazasen. Intentó devolver el gesto, pero lo único que logró fue aferrarse débilmente a la chaqueta de Eren. No podía abrazar a nadie porque le faltaba fuerza.