6

SI VIS PACEM

El asesino reanudó su actividad a finales de mayo, justo cuando el fiscal D. B. Walbrunn comenzaba a impacientarse. Que un psicópata sexual mantuviese en vilo a la ciudadanía no era conveniente y, en palabras del propio Walbrunn, hay que contentar a los contribuyentes. Eso se traducía en más presión para la policía y sus colaboradores. En lo tocante a Mikasa Ackerman, le pareció que las diligencias de la Fiscalía conducían la investigación por unos derroteros erróneos, es decir, la estaban cagando, y lo afirmaba sin parapetarse detrás del quizás y el probablemente. Resultaba evidente que no comulgaba con la nueva línea abierta tras el último hallazgo. A Nanaba Philips la habían matado y abandonado en una vieja finca de las afueras de la ciudad, no sin mutilar su cadáver con un salvajismo sin precedentes: 108 puñaladas con un cuchillo, presumiblemente de caza. Esta vez no había insertado nada en los genitales, sino que los había extirpado. La escalada de sadismo que había vaticinado se cumplía. Ahora bien, había manejado suficientes casos como para saber qué clase de individuo es proclive a actuar de tal guisa. Cuando señalaron a Porco Galliard, boxeador residente en el barrio obrero de Saint Bartholomew,se mostró abiertamente escéptica. La única evidencia que lo situaba en la escena del crimen era una revista pornográfica manchada con ADN, la cual había sido encontrada a unos diez metros del cadáver. Galliard había atracado a un par de ancianas antes de cumplir los veinte, así que lo tenían fichado. Estaba en el rango de edad que había establecido en el perfil —tenía veintiséis años—, nunca había mantenido una relación estable con una mujer y, en efecto, había tenido una relación difícil con su difunta madre.

Una revista en un lugar poco oportuno es suficiente para sentarla frente a un sospechoso que, entre balbuceos y sonrojos, explicó que contrató los servicios de una prostituta durante la noche del 25 de mayo, horas antes de la muerte de Nanaba. No había quedado satisfecho tras la experiencia, así que había tomado la revista de la guantera de su Ford Ka destartalado para masturbarse. Esa era su versión, y Mikasa lo creía, pero el fiscal no le quitó el ojo de encima hasta que la trabajadora sexual, una tal Stella, apareció y corroboró lo dicho por él.

Al final, lo único que tenían era otra víctima acaparando las portadas. Esta vez, en cambio, las aguas dejarían de correr a contrarreloj. Atendió más de cuarenta llamadas —la PMC, la morgue, el laboratorio, la prensa— y anduvo haciendo sus pesquisas en compañía de Zeke durante toda la tarde. Quería reconstruir las horas previas a la muerte de Nanaba y solo disponía del testimonio de sus compañeras de piso. Llevaba un año y medio trabajando en la recepción de un hotel en las afueras, por lo que se despedía de ellas entre las seis y la siete y no volvía a casa hasta las cinco de la mañana. ¿Cómo podía simultanear un trabajo privativo del sueño y una carrera universitaria? ¿La necesidad de dinero era tan acuciante? El estudio de las víctimas resultaba incómodo en algunas ocasiones, sí, y daba lugar a una frase que había escuchado mucho: «¡céntrese en atrapar a ese hijo de puta!», y eso pretendía, aunque el método empleado no gozase de gran popularidad. En cuanto a Nanaba, el primer gran descubrimiento no tardó en llegar: no trabajaba en ningún hotel, así que no podía ubicarla ni espacial ni temporalmente. Había muerto entre las dos y las tres de la madrugada del día 26, y eso era todo. Bien, la situación no era alentadora, pero a veces solo se necesita un poco de suerte o, más bien, se necesita tirar del hilo adecuado para abrir la piñata.

El 30 de mayo, después del almuerzo, Zeke Jaeger recibió la llamada de un hombre llamado Mike, quien decía tener información sobre Nanaba. Solo aportó un nombre y una dirección. A Zeke le pareció propio de un bromista; no era la primera vez que los puteaban. Varios infelices habían llamado para confesar ser el asesino, o para incriminar a fulano y entorpecer una investigación que estaba mermando la salud de todos. Sasha había insistido en maquillarle las ojeras, pero le gustaba mostrar su cara de mierda a todos para recordar que la PMC se desvelaba con aquellos asuntos. Bueno, al menos, ella lo hacía.

—¿Quiere un café, agente Ackerman? —Aquella cara se le hizo conocida; el hombre dejó el vaso sobre la mesa—. Parece que lo necesita.

—Te recuerdo. Me llamaste malfollada. ¿Cuál es tu nombre?

—Marcel —respondió—, Marcel Galliard. Siento mucho lo que dije y agradezco que no mencionase nada al inspector.

Ahora que lo veía bien, no le parecía un novato. Tendría tres o cuatro años menos que ella. Era alto, moreno y tenía los ojos grandes, parecidos a los del otro Galliard, pero mucho más calmados.

—¿Porco es tu hermano?

—Así es. Gracias por confiar en su inocencia. Es un idiota y ha cometido muchos errores, pero no sería capaz de ponerle la mano encima a una mujer. Está muy afectado por lo sucedido.

—Todos lo estamos, Galliard. Gracias por el café. Podría dormirme en este mismo instante, pero esto me mantendrá con vida durante cinco o seis horas más. Bien, prepárate. ¿Zeke te lo ha dicho?

—¿Lo de ese Mike? Piense que se trata de otro gilipollas, posiblemente otro quinceañero que recibirá una buena regañina cuando hablemos con su madre. No lo sé, agente, pero espero equivocarme. Solo quiero que atrapemos a ese degenerado, y si este Mike puede ayudar…

—Ahora mismo no podemos hacer otra cosa. —Se bebió el café de un trago—. Conduces tú. Tengo que hacer algunas llamadas por el camino. Esto pinta interesante, Galliard.

Y tanto que lo sería. La dirección de Mike se correspondía con una tranquila urbanización al sur de la ciudad. Para Mikasa, olía a jubilado. Se plantaron delante de una propiedad inmensa, una vivienda al estilo Bauhaus circunvalada por un jardín bien cuidado, producto de un jardinero o de alguien con mucho tiempo libre. En cualquier caso, significaba dinero. Atravesaron el caminito que llevaba hasta la puerta, flanqueado por parterres colmados de dondiegos. Un viejo pastor alemán los observó desde la lejanía; al final, perdió el interés y se recluyó en su caseta. A Mikasa le gustaría hacer lo mismo, pero es posible que saliese de allí con su amo esposado. Bostezó.

Los recibió un hombre altísimo, de gesto adusto. Calculó que rondaría la edad de su hermano, más o menos. Llevaba el pelo rubio despeinado y la corbata mal atada, así que supuso que lo habían sorprendido mientras se acicalaba. Resultaba evidente que los estaba esperando; cualquier otro se habría sentido ligeramente intimidado por la visita de un policía y una agente federal. Les hizo un gesto con la mano.

—Pasen —dijo—. Yo soy Mike. Hice la llamada para hablar acerca de Nana.

Conque Nana. Interesante. Accedieron a la sala de estar por un largo pasillo y se dejaron caer en espléndidos sillones Le Corbusier. El anfitrión les ofreció café, pero ambos se negaron. A Mikasa le fascinaba el techo de vidrio. Mike se sentó en una chaise longue y se anudó la corbata correctamente.

—Mike —Porco sacó una libretita—, ¿le importaría facilitarnos su nombre completo?

—Michael Edward Zacharius.

—¿Mike Zacharius? ¡No puedo creerlo? ¿Es usted el golfista, el campeón del British Open?

—Me retiré hace unos cinco años.

—¿Golfista? —Mikasa lo miró con atención—. ¿Por qué un golfista tendría información sobre una chica asesinada? Veo que le agrada la fascinación de mi compañero, pero déjeme decirle que no hemos venido a recordar sus viejas glorias, sino a determinar si está usted en serios problemas.

—Estoy en serios problemas, agente…

—Ackerman.

—Ackerman. Como le he dicho, tengo un gran problema o, mejor dicho, puedo verme salpicado por el problema de otros. Verá, Nanaba y yo nos conocíamos. Nos acostábamos.

—¿Significa eso que la mató?

—No, claro que no. Yo no soy ese tipo, el Estrangulador de Shigansina. No les he llamado para confesar.

Sabía que el Estrangulador no se entregaría jamás. Detrás de su meticulosidad se palpaba un gran miedo a ser atrapado; había teorizado que podría tratarse de un individuo avergonzado en su fuero interno, incapaz de soportar la repulsa social que conlleva ser un asesino.

—Bien, adelante.

—Nanaba y yo nos conocimos hace varios meses. Yo estaba buscando compañía femenina, ya sabe a qué me refiero. Un amigo me facilitó su número y nos conocimos. Desde el primer momento supe que algo no marchaba bien. Nunca he sido especialmente hábil con las mujeres, pero tantos años en el golf me han enseñado que se debe calcular bien antes de dar un golpe. Nos enamoramos, agente Ackerman.

—Qué bonito, aunque diría que Pretty Woman está algo desfasada.

—Conozco las implicaciones morales de ello, así que no tiene por qué juzgarme. Si ella había decidido sacar provecho a su cuerpo, ¿quién era yo para recriminárselo? ¿Quién es usted para hacerlo? He conocido a muchas mujeres que se dedican a ello porque adoran el sexo. Nanaba, en cambio, tenía otras motivaciones.

—¿Dinero?

Mike meneó la cabeza.

—La estaban utilizando, agente. Su padre está cumpliendo condena en Utgard por homicidio imprudente. Pongamos que unos tipos sabían esto. Bien, pongamos que estos tipos la amenazaron con matar a su padre si no les entregaba un dinero mensualmente y que, para ello, la invitan a prostituirse. ¿Entiende?

—Continúe.

—No sé quién mató a Nana ni a las otras chicas, pero le aseguro que muchas mujeres se encuentran en la situación que le acabo de describir.

—Trata de blancas —contestó Porco.

—Les agradecería que omitieran mi nombre de ahora en adelante. No me malinterpreten: me da igual que me tachen de putero en una revista rosa. Lo que no deseo es desaparecer del mapa. Hay gente bastante importante metida en este lío y ya sabe que los chivatos acaban durmiendo con los peces.

—¿Quién es su amigo?

—Flagon Turret. Trabaja en el Gambling.

—¿Nanaba frecuentaba el Gambling?

—No, no le gustaba. Demasiada droga para su gusto. —Mike parecía afligido; era difícil asegurarlo, pero había algo que perturbaba su semblante maduro—. Hagan todo lo que esté en su mano para atrapar a quienes la atormentaron.

Conocía bien esa mirada: pedía compromiso, pedía venganza, pedía justicia. Es común que se exija la destrucción de la maldad cuando el bien eliminado ya no puede ser restablecido. A Mikasa le gustaría ofrecerle una pistola y señalar hacia un hombre, hacia el culpable, y decirle: «haz lo que quieras». Ya había visto un caso así. A la salida de un juicio por violación, el padre de la víctima descerrajó dos tiros sobre el culpable. No lo mató, pero la justicia divina fue mucho más benevolente de lo esperado: los disparos, efectuados por la espalda, lo dejaron tetrapléjico. Ninguna legislación permitiría algo así, de la misma manera que ningún gobierno admitiría que las cárceles no son centros de reinserción para psicópatas. Sus escasas participaciones como perito en procesos judiciales contra criminales violentos parecían discursos aprendidos, pero era una realidad que, tristemente, habían comprobado a base de consecuencias mortales: un asesino no cambia, no «se vuelve bueno» —como diría Sasha—; si es un psicópata, no llega jamás a sentir remordimientos por sus acciones y, en el caso de solicitar la condicional, desplegará un discurso muy bien estudiado en el que mostrará pena, culpabilidad y reinserción. Ahora bien, el hecho de que fuese escéptica respecto a la reinserción no la convertía en una partidaria de la pena de muerte, o no completamente. Como persona, deseaba que colgasen a esos malnacidos; como agente de la PMC e investigadora, resultaban individuos fascinantes y muy apreciados en cuanto al estudio de la conducta criminal humana. Además, es más caro ejecutar que mantener con vida. Explicar esto a los amigos o familiares de las víctimas es complicado y, por qué no, impertinente, puesto que es lícito experimentar un deseo irrefrenable de venganza que ella, especialmente ella, no juzgaría en ningún caso. Quienes colocan a un padre ciego de dolor y al asesino de su hija en un mismo saco entienden poco la condición humana.

Se despidieron de Mike y regresaron a la comisaría. Le pidió a Porco que comunicase lo sucedido a Zeke. Después de esto, y con un incipiente dolor de cabeza, arrancó su BMW. Eran cerca de las ocho de la tarde y parecía que retornaba de un enclaustramiento. Dejó el coche en el parking y se fue directa al bar del hotel, donde encontró a Eren tomando una copa y charlando distendidamente con un sexagenario que fumaba un largo puro, uno de los tantos peces gordos que alojaba el Roux. Al verla, estrechó la mano del hombre y se despidió cordialmente de él.

—Lo siento, se me ha hecho tarde —Mikasa suspiró—. Subiré a cambiarme. Volveré en diez minutos.

—Ya he esperado demasiado —señaló Eren, y algo le decía que no hablaba solo de la última hora. Le obsequió una de sus sonrisas plenas—. Así estás bien. Me gusta. Placa incluida.

—Tonto —Meneó la cabeza con diversión—. ¿A qué hora es la reserva?

—No tenemos reserva.

—¿Qué?

Él rio y echó a andar. Bueno, adiós al restaurante y hola a la sempiterna improvisación de Eren Jaeger. Cuando se montaron en el Pontiac, tuvo el presentimiento de que la llevaría a un Burger King, pero sus sospechas se disiparon al tomar la avenida hacia Saint Bartholomew y estacionar cerca de la iglesia, en la manzana más concurrida del barrio. Habían crecido allí, escuchando los cuchicheos de las viejas sentadas en las sillas de anea, escabulléndose de las ventanas rotas por un balonazo, escondiéndose en los portales para besuquearse.

—Así que esta es tu idea acerca de un buen restaurante —dijo Mikasa, embriaga por el olor a frituras—. Francamente, no me lo esperaba.

—¿Demasiado sencillo para una agente federal? Puede que en el Roux te sirvan fresas Arnaud de postre, pero los perritos calientes de Fred son la quintaesencia de la gastronomía de Shigansina. —Eren se acercó a un puestecito—. Eh, Fred, ponme dos. Fríe la cebolla y no le pongas pepinillos a la dama.

—Oído —respondió Fred, con un tupido mostacho sobre su boca.

—Menos mal que no me he puesto el vestido de satén rojo para venir aquí.

—¿Vestido de…? ¿De verdad?

—No, claro que no. Sabes que prefiero el negro. —Mikasa miró de un lado a otro. La calle estaba llena de vida, de transeúntes que iban y venían, que volvían a casa o que salían de ella en busca de una cena o una cerveza, o de un simple paseo; de las terrazas llenas de los bares, de los escaparates iluminados, de la música que alguien tocaba desde la lejanía—. Había olvidado el ambiente nocturno del barrio. Creo que me he convertido en una chica de capital.

—¿Los clubes pijos son tan entretenidos?

—No, la verdad es que no.

—Ese no parece tu mundo. —Eren hizo un gesto graciosísimo; entrecerró un ojo y frunció los labios en una línea cóncava—. Hola, soy Mikasa Ackerman, acabo de pillar a unos maleantes y ahora me voy a jugar al pádel, y después a una sesión de acupuntura.

Se cruzó de brazos, sin ocultar su sonrisilla culpable.

—Ya no voy a acupuntura.

Se sentaron a cenar en un banco, como en los viejos tiempos. Entonces la vida se antojaba el bocado más delicioso. Mikasa no tardó en dar su aprobación: Fred's Hotdogs no la había defraudado, y el parque estaba muy bonito. Todo luce distinto desde la óptica de la nostalgia. Eso la inquietaba: ¿y si lo que sentía no era más que eso, simple nostalgia, anhelo de un espléndido pasado que ya no volverá? ¿Y si solo veía en él un reflejo de esto?

—Sé lo que estás pensando —dijo Eren mientras asentía ligeramente con la cabeza, como si se convenciese de una verdad recién alcanzada.

Mikasa evitó sus ojos. Eran avasalladores, la encerraban en un mundo de luces verdes, juguetonas y cambiantes. No lo miró porque sabía que era cierto, que él tenía esa extraña cualidad de leerle la mente, de descodificar el mensaje de sus latidos alterados.

—Qué estamos haciendo aquí. Es eso lo que te preguntas, ¿verdad? —continuó—. Yo también he pensado en ello. Pensaba que me sentiría incómodo en tu compañía y, a pesar de ello, la deseaba. Por eso fui a buscarte al Roux. Lo pensaba hasta que apareciste en mi puerta con un ojo morado, y entonces me sorprendí. ¿Sabes por qué?

—¿Por qué?

—La situación era extrañamente familiar. El hecho de que acudieras a mí me pareció significativo. Entendería que no quisieses verme ni en pintura, pero llamaste a mi puerta.

—Si lo que quieres es que te guarde rencor, que te odie, te insulte y te recuerde lo que pasó hace más de diez años, adelante. Solo tienes que pedirlo. —Eran palabras propias del enfado, un candado para la puerta de la comunicación, pero Mikasa las pronunció con cierta amabilidad y con algo de burla. No quería jugar con su culpa, no quería herirlo, pero no sabía si las palabras suaves le dolerían más que un reproche, porque un hombre que respira culpa y amor es un masoquista por naturaleza—. Todo lo que has dicho es verdad. Solo los adolescentes juegan a negar lo evidente, y los dos somos un poco mayores para eso. Fui a verte porque confío en ti, lo creas o no. Estoy contigo porque quiero estar contigo. Es simple.

—Oye, Mi.

—¿Qué?

—¿Qué soy para ti?

—¿A qué viene esa pregunta?

—Mera curiosidad. Dime, ¿qué soy para ti?

Iba a responder, y lo que es más importante: iba a responder con la verdad, pero dos mujeres se acercaron a ellos y los interrumpieron. Una de ellas era alta, delgaducha y pecosa. Agarraba con fuerza la mano de una embarazadísima rubia, que devoraba un algodón de azúcar con fruición.

—Vaya, si es el bueno del doctor Jaeger —saludó la pecosa, que miró a Mikasa con curiosidad—. ¿Nos conocemos?

—Claro que no os conocéis, Ymir. —Tras un largo suspiro, Eren se levantó para hacer las presentaciones protocolarias—. Esta es Mikasa Ackerman. Mikasa, te presento a Historia Reiss, mi exmujer, y a Ymir Langnar, su mujer.

—¿Ves, Eren? No ha sido para tanto. —Historia sonrió con la gracia propia de las mujeres encintas—. Es un placer conocerte, Mikasa.

—Igualmente —contestó.

—¿Qué estáis haciendo aquí, chicas? —preguntó Eren.

—Supongo que lo mismo que vosotros —Ymir se encogió de hombros—, aunque no tengo muy claro qué estáis haciendo vosotros.

—Por favor, cariño, es obvio: están teniendo una cita y los hemos interrumpido. Perdonadnos.

—No pasa nada —suavizó Mikasa.

—Oh, me apetecía mucho conocerte. —Historia le hablaba en tono distendido, como si la conociera desde tiempos inmemoriales—. A Eren le incomodaba la idea. ¿Te lo puedes creer?

—Venga ya, Jaeger. Diría que los cuatro somos casi familia. —Ymir rio de buena gana.

Mikasa sonrió y se interesó por Historia. La pequeña nacería en menos de un mes y no veía el momento de sostenerla. Era una de esas embarazadas con chispa en el andar, lozana, que se tocaba el vientre henchido mientras caminaba con la frente en alto, como si anunciara la llegada del niño de la profecía.

—Mi padre no para de comprar juguetes. —Suspiró con cansancio.

—Será la niña más mimada de la ciudad —apuntó Eren.

—Si el viejo Rod quiere comprar juguetes, ¡que los compre! —Ymir rodeó a la rubia con un brazo—. Los niños tienen que jugar, ya nos ocuparemos de darle modales y de leerle la Biblia todas las noches. Mi hija no será la más lista ni la más guapa, pero sí la más feliz.

—Eso es —asintió Eren—. Es especial porque ha nacido en este mundo, y eso es más que suficiente.

Historia bostezó y se aferró al brazo de su mujer. Observó a Eren y le comunicó algo con el antiguo lenguaje de los ojos.

—Vámonos a casa, Ymir. Los tobillos me están matando —se quejó—. Espero que volvamos a vernos, Mikasa. A ti, Eren, te veré con toda seguridad el… ¿miércoles?

—De acuerdo. Invitas tú.

Cuando se hubieron marchado, Mikasa dejó de forcejear con las comisuras de sus labios y rompió a reír. Estaba gratamente sorprendida. Todo el cansancio del día que pesaba sobre sus hombros se hizo un poco más liviano.

—Así que eres el tío Eren —dijo—. Adorable.

—Cállate —respondió, y no tardó en acompañar su risa.

—Historia parece muy feliz.

—Ahora está felizmente casada —comentó, no sin cierto humor culpable—. Es curioso, ¿no te parece? Prometimos hacernos felices ante el altar, pero eso solo fue posible con el divorcio. Si Dios existe, tiene un sentido del humor muy particular.

—He pensado en tu madre. —Mikasa miró hacia delante, hacia los madroños cuyos contornos irregulares se fundían con el cielo de la noche—. Eres especial porque has nacido en este mundo. Me lo dijo una vez.

—Tardé mucho en entenderlo, y lo interpreté erróneamente al principio. —El médico hizo una pausa—. Por el mero hecho de venir a este mundo, ya somos especiales. Lo somos para nuestros padres, para nuestros amigos, para nuestros amantes. No somos especiales por nosotros mismos, sino ante los ojos de otros, de aquellos que nos quieren sin más motivo que nosotros mismos. Eso es ser especial.

—De no ser así, todos nos convertiríamos en asesinos en serie.

—Has roto el encanto de mi discurso.

—Siempre has sido especial para mí. —Le disparó a quemarropa—. Quiero que lo sepas. Te odié con todas mis fuerzas, te maté en mi cabeza. No tengo fotos de ti porque las tiré todas a la basura. Todas y cada una de ellas. Te odié, pero fue muy breve. Ni siquiera te odiaba a ti, sino tu acto, tu traición. Sabía que tú ya no eras tú, que la muerte de tu madre te había quebrado. Nada de lo que significabas para mí había cambiado porque, en el fondo, sabía que eras el mismo tonto de siempre, aunque quizá un poco más tonto.

—Mi…

—Deshazte ya de esa culpabilidad —le pidió—. No puedo besar a un hombre culpable.

Eren la miró como un moái que contempla el mar. Había algo pétreo en su semblante, algo que se había quedado quieto, muy quieto, colapsando el torrente de emociones. Su corazón. Ella se acercó ligeramente y le rozó la cara con el dorso de los dedos. Era un rostro bien perfilado, las formas suaves convivían con una serena virilidad. La mandíbula se movió bajo su mano. Eren volvió a su cuerpo y sus hombros se destensaron. Ya no era un hombre de piedra, sino uno de carne, hueso y las implicaciones de esto.

—No he besado a nadie en mucho tiempo —comentó Mikasa—. Creo que ya he olvidado cómo se hacía.

—Pero no puedes haber olvidado la sensación. Esas cosas no se olvidan, no si has besado a las personas adecuadas. Yo no lo he olvidado. —Eren se concentró en sus labios; estaba a centímetros, su respiración se tornaba cada vez más pesada. Suspiró antes de tocar su boca; sostuvo su cara con ambas manos y las dejó ahí cuando se separó—. ¿Lo recuerdas ahora?

Aquello la abrumó y no le permitió mediar palabra. No era un aturdimiento parecido al de los colegiales que se entregan al dulce jugueteo de los besos adolescentes, no. Era algo mucho más profundo, era maduro, era dolor y gloria a la vez, y resignación y esperanza. Había recordado lo esencial: el beso era un lenguaje, y ella no podía exigirle lo imposible, lo que no se esfuma con accionar una de las tantas teclas del alma. Él no podría deshacerse de su culpa a voluntad, de manera espontánea y, a fin de cuentas, antinatural; su beso sabía a ello, pero no íntegramente. También la había besado con devoción y certidumbre, también le había demostrado que avanzaba. No era un beso estancado en aquel pasado común. Nadie desea retomar o perpetuar el desastre. Los dos miraban hacia el adelante, aunque de soslayo, relamiéndose todavía las heridas de los viejos tiempos.

Mikasa se inclinó, enmarcó la cara del hombre con las manos y lo besó de nuevo. Quería seguir recordando. Se volvió fervoroso; se acariciaban el rostro, el pelo, el cuello. Se susurraban. Era mitad redescubrimiento y mitad creación, puesto que aún no habían terminado de configurar la nueva imagen del otro y necesitarían mucho tiempo para realizarlo. Tal vez toda la vida, como sucede con los amores inmensos.

Eren sostuvo sus manos y la miró embelesado. Tenía en sus ojos el brillo primigenio del mundo recién creado. A Mikasa le resultó irreal. Flotaba en la situación; ya no la controlaba, pues se había dado a ella como la consecuencia de sus propios actos, que la habían llevado hasta ahí.

—Estás cansada. Te llevo a casa —dijo él—, pero no tengamos prisa. Disfruto alargando los momentos de felicidad.

Cuando la dejó de nuevo en el Roux —no sin despedirse apropiadamente—, Mikasa entró a su suite como si regresase de un sueño. La luz de la cocina estaba encendida. Sasha comía dulces mientras ojeaba perezosamente una revista. Al verla con un semblante tan extraño, es decir, poco atormentado, no tardó en cernirse sobre ella con preguntas. Naturalmente, se lo contó. Le habló de todo: del barrio, del perrito caliente, del banco, de Historia e Ymir, de…

—Ay, Mikasa, ¡ay! —Sasha se tapó la boca con emoción—. ¿Cómo es posible que yo supiese que esto sucedería y tú no?

Pensativa, la agente ya no se veía desbordada por la imagen difusa de un asesino. El motivo de su estancia en Shigansina se tambaleaba. No solo se trataba de su trabajo, se trataba de algo más. De su destino, de su reconciliación consigo misma. Ahora lo entendía. Era doloroso. Su terapeuta le habló de ello una vez, cuando aún no lo intuía. Le habló sobre el perdón, sobre la aceptación de los factores incontrolables que rigen la vida de toda la humanidad. Había vivido en el espejismo del control, pero no ejercía ninguno. Estaba a la deriva y, sin embargo, contaba con un remo. No había isla. No había una meta oculta en el horizonte. Ya la había alcanzado. La meta era el mar. El mar era la meta. El mar era Eren Jaeger, el mar era ella misma.