He vuelto.
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CAPÍTULO SÉPTIMO
Para bellum.
La carta estuvo bastantes días en su buzón antes de que la abriese. Desearía no haberlo hecho. Era del Ministerio. Eren la guardó en uno de sus bolsillos, cogió las llaves del coche y salió del garaje como alma que lleva al Diablo. Llamó a Gabi y le dijo que no iría a la clínica. No dio más explicaciones.
. . .
—Ramzi y Halil —dijo Sasha.
—¿Qué?
—No voy a separar a dos hermanos. Llamé a Niccolò para decírselo. Por una vez, estamos de acuerdo. También he hablado con mi abogado. Todavía no vamos a divorciarnos, podría entorpecer el proceso y ya estamos muy cerca. Cuando los trámites de adopción estén listos, nos divorciaremos. Parece que Niccolò y yo tendremos algo en común para siempre.
Mikasa asintió y contuvo los improperios hacia su vigente marido. Tendría que hacerlo de ahora en adelante, puesto que era el padre de los chiquillos a ojos de la ley. ¡Que se fuera a tomar por culo!
—¿Cuándo? —preguntó.
—Una semana. —Su amiga se estrujo las manos con nerviosismo—. Oye, sé que no estás de acuerdo, pero tendré que ir a la capital con Nicco cuando llegue el momento. Ayer hablé con él; entiende la situación y dice que es mejor así. Me ha pedido perdón.
—¿Perdón? ¿Cree que eso puede arreglarlo todo?
—No, no, en absoluto. Estuvimos hablando durante horas, Mikasa. Es curioso que seamos capaces de hablar con sinceridad sin mirarnos a la cara. Lo que teníamos no volverá. Eso está claro. Aun así, somos una familia. Él también está ilusionado. Dudo de él en muchos aspectos, pero no de esto. Él fue el primero en sugerir la adopción. No podría negarle esto. Que haya sido un pésimo marido no significa que sea un mal padre.
—Sasha —terció—, no voy a decir nada al respecto. Eres mi amiga y te apoyaré en todo. Si crees que Nicco lo hará bien, entonces lo hará bien.
—Me sorprende esta actitud. —Sasha alzó una ceja—. ¿Dónde está la Mikasa deslenguada que no mide sus palabras y ofende de todas las maneras posibles?
—Me respeta mientras desayuno. Aparecerá en el trabajo.
—¿Con Eren también?
Apuró la taza de café, cogió la chaqueta y salió de la cocina. Escuchó la risa de Sasha y cerró la puerta tras de sí. Por más que le apeteciese navegar en el cauce de pensamientos sobre Eren, el otro Jaeger la estaba esperando en el último lugar donde vieron con vida a Nanaba: una farmacia. Ese era el golpe de suerte que necesitaban. Mikasa sabía buscar la suerte, si es que podía llamarse de esa manera. Aparcó el BMW y se dirigió al interior del establecimiento, ubicado en el barrio de Saint Simon, al sur de Saint Bartholomew. Zeke observaba con recelo un tubito lleno de gránulos.
—¿No es demasiado caro?
—Le aseguro, agente —dijo el viejo farmacéutico— que la homeopatía vale cada céntimo. Solo tiene que tomar el tratamiento adecuado.
—¿Es usted homeópata? —preguntó Mikasa.
—Desde hace más de treinta años —asintió y le estrechó la mano—. John Gardner. Usted debe de ser la agente Ackerman.
—La misma. Su llamada nos ha aliviado, John, y esperamos que pueda sernos de ayuda.
—Ay, hija mía, yo no puedo ayudarte. Solo puedo decirte lo que mis ojos vieron, y no es que gocen de una gran visión ya. —Dio un golpecito en la montura de las gafas—. Esa muchacha estuvo aquí de madrugada, antes de que le… hicieran eso.
—¿Vino sola? —preguntó Zeke.
—Entró sola. Compró unos analgésicos. El caso es que se dejó el monedero sobre el mostrador, así que salí para devolvérselo, pero no pude. Se subió a un coche y se marchó.
—¿Recuerda el modelo y la matrícula?
—Un Mercedes CLK blanco, de los modernos. No vi la matrícula bien. Distinguí las letras, ese, ge, ene; también recuerdo un par de números, cinco y dos.
—¿La actitud de Nanaba era extraña?
—No, no, en absoluto. Al menos, no me lo parecía. Creo que tenía prisa y por eso olvidó su monedero. Francamente, creo que no sabía que iba a morir.
—Sin lugar a duda —asintió Mikasa—. El asesino hizo un salto de fe. Cuando ya la tenía en su jaula, le permitió escapar. Debió de causarle mucha satisfacción que ella regresase tras comprar la medicina. Después de esto es bastante complicado saber qué sucedió. Solo lo sabe él.
—Y espero que lo comparta en confesión. —Zeke sacudió la mano del farmacéutico con fuerza—. Muchas gracias, John. Nos ha sido de gran ayuda.
—De nada. Oh, y llévate el Oscillococcinum por si te constipas, aunque no creas en la homeopatía. Si funciona, ya vendrás a por más.
Al salir de la farmacia se miraron con emoción: si aquello resultaba cierto, podría conducirles hasta el Estrangulador. No obstante, decidieron mantener la cabeza fría y atenta a los otros frentes. Zeke subió al coche, abrió la guantera —como si se tratase de la suya propia— y sacó una carpeta rebosante de documentos. Lo llamaba el «dosier móvil». Apuntó algunas cosas y revisó algunas otras. Que este individuo condujese un Mercedes calzaba bastante bien con el perfil criminológico, le dijo, porque un CLK dice mucho de aquel que lo conduce. Era adulto, sin duda, pero no se trataba de un cincuentón, sino de alguien más joven que desempeñaba un buen puesto, que infundía una dosis repentina de la erótica del poder. Mikasa asintió y añadió algo más. A su juicio, el crimen de Nanaba había supuesto el mayor pico de excitación alcanzado por el asesino y que, como tal, buscaría emular ese cénit si volvía a matar. En pocas palabras, se había puesto el listón muy alto y, en la evidente escalada de violencia que salpicaba su comportamiento criminal, aquello solo podía traducirse en un embrutecimiento de las agresiones, aunque la ejecución continuase siendo lo más discreta posible.
—Estoy ansioso por conocer a este hijo de puta —dijo Zeke—. Sé que no tendrá cara de asesino y eso me gusta. Es como quitarle la careta a un monstruo. Por cierto, ¿has echado un vistazo a la prensa?
—No he tenido tiempo. ¿Se trata de algo interesante o de un sudoku que no puedes resolver?
El inspector hizo un par de movimientos rápidos sobre la pantalla del móvil y se aclaró la garganta.
—La incapacidad de la PMC y de las autoridades locales —leyó— queda reflejada nuevamente tras la continuación de la oleada de asesinatos perpetrada por el Estrangular. Los responsables del caso, el inspector Ezequiel H. Jaeger y la agente federal Mikasa Ackerman, se protegen tras un voto de riguroso silencio fomentado en una investigación infructuosa que presagia lo peor…
—¿Quién lo firma?
—La editorial.
—Cobardes de mierda.
—Son unos terroristas de las letras. Me parece increíble que Armin se gane la vida de forma honrada en un mundillo como este. Nunca he confiado en los periodistas y el tiempo no se cansa de darme la razón.
—Nuestra suerte está a punto de cambiar, Zeke. Cuando lo resolvamos, yo misma me personaré en las oficinas del Berg para exigir una loa pública —soltó entre dientes—. Hay que encontrar el Mercedes en menos de veinticuatro horas. Quiero un sospechoso.
—Bien, haré las llamadas pertinentes en cuanto lleguemos. —Bostezó—. Este caso me está matando. No he dormido en… Bueno, no he pegado ojo desde que empezó todo.
—Si necesitas descansar, te llevo a casa.
—No, no, no, no. Además, tu cara me consuela. Pareces una universitaria trasnochada. Cualquiera diría que vienes de empalme.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Tú y yo nunca nos hemos ido de copas. Hagámoslo cuando todo esto termine.
—Claro —Zeke asintió y articuló una sonrisa genuina—. Después de todo, vuelves a ser mi cuñada.
—¿Eren te lo ha contado?
—Por supuesto. Nunca ha habido secretos entre nosotros. ¿Cómo podría haberlos? Estuve ahí cuando nuestros padres murieron, cuando volvió de la guerra, cuando se divorció… Era mucho más sencillo enseñarle a jugar al béisbol después del colegio. Nunca me ha pedido ningún consejo, pero esta vez es distinto. Me dijo: «¿Qué tengo que hacer para no cagarla?» Parece sencillo, ¿verdad? Le respondí: «No cagarla». Diría que fue suficiente. Solo te pido una cosa, Mikasa, y es lo único que te pediré en esta vida. —Posó sus ojos sobre ella con mayúscula seriedad, como un juez a punto de dictar sentencia—. Prefiero que lo mates si vuelve a cagarla.
—¿Crees que volverá a cagarla?
—Este oficio te enseña que no puedes meter la mano en el fuego por nadie, ni siquiera por un hermano. Sentí mucha vergüenza cuando me contó lo que había pasado. Le pegué. Le partí el labio de un puñetazo. No tiene justificación, Mikasa, no para mí. Me da igual que estuviese ciego por el dolor.
—No confías en él.
—Confío en él, pero existe un precedente. Cuando Eren se rompe, se cierra en banda y hiere a todos los que lo rodean. Es como un erizo. Cuando el dolor pasa y vuelve en sí, se tortura —dijo, con especial énfasis en la última palabra.
—¿Crees que nos estamos equivocando? ¿Crees que no deberíamos estar juntos?
—Quiero que estéis juntos, pero quiero que me prometas que no os haréis daño.
Giró hacia la comisaría y procuró concentrarse en la carretera. Presentía que sus días en Shigansina estaban contados. ¿Qué pasaría después? Dejó el coche en el parking, tomó el dossier y pidió que nadie la molestase, a menos que localizasen el vehículo avistado por el farmacéutico.
. . .
Cuando te matan muy lejos de tu país por motivos que no entiendes del todo, normalmente repatrian tu cadáver con presteza, organizan un bonito entierro y te conceden alguna medalla póstuma. Es una especie de ciclo heróico, pero masificado, carente de cualquier mística. No había nada heroico en el pobre Marco Bott cuando agonizaba en el agujero y pedía que le pegaran un tiro porque no soportaba el dolor. Había muerto por su país, o eso le dijeron a su madre, pero la realidad era mucho más sencilla y no le gustaba pensar en ello. Todo por un puñado de chupatintas que se hacen llamar políticos, que se declaran la guerra los unos a los otros, a sabiendas de que no son capaces ni de atarse la corbata correctamente. Al menos, pensó, han respetado el epitafio:
El sirviente recogió la pala y cavó una tumba en la que Pajom cupiera y allí lo enterró. Dos metros de tierra, de la cabeza a los pies, era todo lo que necesita.
Lo había visto leyendo aquel cuento en multitud de ocasiones. Ese viejo ruso, Tolstoi, había hecho la pregunta adecuada y dado una respuesta aún mejor. Ahí, ante la tumba de Marco, la injusticia le pareció más injusta que nunca. Le asombraba no haber acabado de la misma forma, y eso lo aliviaba. De lo contrario, sería un escupitajo en la cara de todos los que ya no tenían una vida que lamentar. ¿Habría algo más allá? ¿Habría un rinconcillo polvoriento en el Paraíso para los soldados caídos en desgracia, para que el pobre Marco pudiese leer su libro en paz? Esa posibilidad le reconfortaba. Dejó unos claveles sobre la tierra e hizo el saludo militar, con el puño firmemente pegado al pecho y la espalda recta, como les habían enseñado. Jean Kirstein le dio unas palmaditas en el hombro e hizo una mueca de disgusto.
—Creo que ya sé por qué me dan ganas de mear cada vez que vengo aquí —dijo—. Este sitio hace que me mee en los pantalones. Me da miedo.
—¿Miedo? Dudo que alguien de este vecindario sea peligroso. Son los vivos, Jean, son ellos los que me atemorizan. ¿A ti no?
—No, Jaeger, la verdad es que no. Adoro a los vivos. De hecho, me encanta ser uno de ellos y pretendo serlo durante muchos años más. De aquí ya no se sale. Me recuerda al zulo, ¿sabes? Salvando las distancias, claro, puesto que aquí tienen baño. ¿Vienes mucho a Trost?
—Solo para esto.
Jean se encendió un cigarrillo mientras examinaba el epitafio con el ceño fruncido. Una sombra de barba cubría los contornos de su cara. Todos lo llamaban Caracaballo, pero no era ni caballo ni caballero, sino uno de los mejores desactivadores de explosivos que había tenido el ejército. También estaba licenciado y trabajaba como instructor para la policía.
—¿No estabas casado, Jaeger?
—Lo estaba. Una mujer increíble, pero no la mujer para mí.
—Es mucho más habitual de lo que crees. Has recibido la carta, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—A mí también me ha llegado. —Sacó el sobre del interior de su chaqueta; la hizo pedazos sin titubear. Los trozos cayeron sobre los claveles y él sonrió—. Esto es por ti, viejo amigo. Tendrás que esperarme un poco más, porque Dios sabe que no pienso volver al frente.
Como todo buen reservista, Jean había estado esperando ese momento. Su tan ansiado no, su bofetada a la política práctica —como se refería Shadis a la guerra—, el plantón a la muerte. ¿Qué estaba pasando en Oriente? Tenía una idea vaga, algo había oído en las noticias. Los talibanes, otra vez. Y si no eran los talibanes, ¡entonces era Israel! Mikasa estaba preocupada por Levi. ¿A qué loco se le ocurrió decir que aquel era el mejor de los mundos posibles? Ah, sí: Leibniz. La cita parece un mal chiste cuando se está cautivo en un zulo, pero aquel alemán tenía su parte de razón, como todos.
Eren tomó la carta y la despedazó con rabia. Diría, incluso, que la pierna no le dolió en lo absoluto. Jean le miró con una sonrisilla cómplice.
—Tienes algo por lo que vivir, ¿verdad?
—Ahora más que nunca. Yo no quiero luchar por este país, sino vivir en él junto a los míos. Si esa no es la lección que aprendimos en ese agujero, ¿cuál es?
—Bueno, ya sabes lo que diría el comandante Magath. —Su amigo dejó salir una bocanada de humo y aplastó el cigarro bajo su bota—. Un escarmiento, aunque duro, nunca viene mal. Viejo de mierda. ¿Quieres comer en casa de mis padres?
No le quedó más remedio que aceptar. Cuando miró el móvil, encontró un par de llamadas perdidas de Gabi y le mandó un mensaje. Supuso que tanto Keith como ella estarían preocupados, ya que no solía ausentarse así sin un buen motivo. Tras la comida en casa de los Kirstein, emprendió el camino de vuelta a Shigansina y pensó en Mikasa. Si sus dedos habían tenido la fuerza necesaria para romper la carta, se debía a ella. Esta vez no iría a ninguna parte, no ahora que había comenzado a reconstruir lo derribado a golpes de idiotez. Solo un tonto volvería a la guerra teniendo entre manos una mujer de ese calibre. Tenía que decírselo, eso y otras tantas cosas que guardaba para sí. Su corazón lograría descansar.
. . .
Sasha ya se había marchado a la capital cuando regresó al hotel. Qué vacía estaba la suite sin ella. Aquello ensombreció su rostro. Una suite no es un hogar, pero lo había sentido como tal cuando su amiga andaba de habitación en habitación, quejándose de Niccolò, de su ropa, del tiempo.
Ya casi eran las diez. Se sentó en el sillón para lidiar mejor con el desánimo. Se había percatado de algo monstruoso: no tenía nada que hacer fuera de la oficina. Nada. ¿Crisis de la medianía con carácter prematuro? Si Annie estuviera presente, ya le habría propinado un merecido puñetazo. Se quitó la chaqueta, las botas y los pantalones, pero no encontró comodidad en ninguna posición. Demasiado silencio, como en la morgue. Un ataúd de lujo, eso era el Roux, pero tampoco deseaba regresar a Mitras. Quería regresar a la gente. Nunca había deseado tanto la compañía de la gente.
Sonó el interfono y respondió con voz cansada. Era Carsten.
—Buenas noches, agente —dijo—. Su hermano está aquí.
—Le ha vuelto a tomar el pelo, Carsten. Si fuera mi hermano, no le pediría que me besase en cuanto abra la puerta. Dígaselo en el caso de que no lo haya oído.
Le venía bien su presencia; la necesitaba, al igual que un reloj necesita su minutero para cobrar algo de sentido, para no ser un simple puñado de números. Pensó en acompañar la situación con una copa de vino, pero ya no bebía. Tampoco fumaba. Estaba limpiándose, aireando sus entrañas. Los de Asuntos Internos tendrían que buscarle otros vicios para poder largarla. Recibiría a Eren sobria. Ni siquiera se vistió. ¿Qué más daba? Se sentía algo triste, algo muerta, lo suficiente como para no preocuparse por el decoro ante el hombre que la vio desnuda por primera vez. Todavía lo recordaba, pese a todos los años transcurridos. Los jóvenes se preocupan en exceso por su virginidad, pero una mujer en los albores de su treintena es perfectamente capaz de reconocer que lleva años en celibato. Desde el asunto de Colt. Lo había intentado un par de veces: dejarse invitar a unas copas, tomar unas cuantas de más y permitir que alguien calentase su cama. No tardó en entender que no podía. Quizá había perdido el apetito sexual durante su duelo, como sugirió el terapeuta. Puede que Galliard tuviese razón: ¡malfollada! Le dio por reír.
Estaba completamente convencida de que era fruto del cansancio. Poco después escuchó la puerta; se abrió, se cerró, y una serie de pasos se sucedieron hasta llegar a ella. Mikasa giró la cabeza, apoyada sobre el colchón, y cerró los ojos cuando la áspera mano de Eren acunó su rostro.
—Qué mala eres con el pobre Carsten. Se ha puesto rojo hasta las orejas. —El médico suspiró con diversión y se encogió de hombros—. Pero ¿quién soy yo para decirle que no a una dama, por muy mala que sea? —Le dio un beso en la nariz—. Carsten no me ha dicho dónde lo querías.
—Más abajo.
—¿Muy, muy, muy abajo?
—No nos precipitemos.
Eren le tendió las manos para que se levantara. Logró sentir algo de pudor cuando los ojos verdes se posaron sobre sus piernas. Qué poco disimulo. Eso le gustaba. Iban poco a poco, piano piano. Hay algo placentero en la demora: cuanto más esperas la realización de un anhelo, con mayor fuerza te aferras a ello. Sabía que le estaba haciendo el amor con la mirada; el acto empieza en los ojos. Eren pretendía que constara, le gustaba ser el abajo firmante de todo lo que pretendía llevar a cabo.
La apretujó entre sus brazos y no dijo nada. Mikasa le acarició el pelo; sabía que algo sucedía. Los abrazos dicen mucho y este era impropio de él, flojo y débil, pero escondía el rostro en su cuello como si tratara de guarecerse.
—Intentaré que no suene como un interrogatorio —dijo—, pero me gustaría saber qué te pasa.
—No me pasa nada.
—Claro que te pasa algo. No puedes engañarme, Eren. Soy como un polígrafo andante.
El hombre suspiró y anduvo hacia la cocina. Había hecho oídos sordos. Con el ceño fruncido, Mikasa fue tras él. ¿Se creía con el derecho de jugar a los secretos? ¿Pensaba que ella miraría hacia otro lado? Se acordó de las palabras de Zeke, esas que tanto le habían dolido. Puede que tuviese razón.
—Esto no va a funcionar si no pones de tu parte. —Pero las palabras murieron al filo de sus labios. Eren estaba sentado en la barra americana, haciendo esfuerzos inútiles por limpiarse las lágrimas. Perpleja, acudió junto a él y, en silencio, le apretó la mano.
—Joder, pensaba que no me afectaría —balbuceó—, pero te he visto y se me ha caído el mundo encima.
—Puedes contarme lo que quieras. —Le apartó las lágrimas y empezó a besarlo por toda la cara—. Sea lo que sea.
—He recibido una carta del Ministerio. Un llamamiento a los reservistas. Me han convocado.
—¿Para volver a Oriente?
—Sí, pero no lo haré. Hoy he visitado la tumba de un viejo amigo y he roto la carta ahí mismo. No sé por qué estoy llorando, no sé…
—No pienses en eso. —Mikasa tironeó de él hacia la alcoba—. Ven, tumbémonos un rato.
—Siento que tengas que verme así después de trabajar durante todo el día. De haberlo sabido, no habría venido.
—Eso sí que no. ¿Por qué te disculpas? ¿No eres humano, no tienes derecho a llorar? Mírame, Eren. Ya no nos callaremos nada, ¿me oyes?
Asintió.
—Vale.
Se sentaron en el pie de cama, las manos firmemente entrelazadas, los hombros apoyándose el uno en el otro. Mikasa le alzó la barbilla.
—Pasaste por algo muy duro. Es normal, Eren. Llora todo lo que quieras, pero déjame estar contigo.
—Solo pensaba en ello cuando estaba en el zulo. Pensaba: «Ojalá poder verla una última vez». Mi suerte es insultante. A veces pienso que no me la merezco, que debería estar muerto.
—Sabes que el mundo no funciona así. Que te lo merezcas o no es irrelevante —Intentó ablandar su tono, pero no conocía más consuelo que la realidad—. Me puse una pistola en la boca poco después del entierro de Colt. Estaba completamente decidida, o eso creía. Levi me llamó y solté la pistola al instante. Así de poderosa es la vida. La tuya no se quedó en ese zulo, así que aprovéchala. Solo los vivos son libres y pueden seguir adelante, Eren. Si desprecias tu vida, no deberías haber roto esa carta. ¿Qué es lo que quieres?
—Ya tengo lo que quiero —respondió con seguridad—. Demasiada guerra, demasiado sufrimiento. Es más que suficiente. Mi amigo Marco me enseñó cuánta tierra necesita un hombre. Él ya tiene toda la que necesita, y supongo que todos tendremos nuestra porción cuando llegue el momento. ¿Qué más da? Estamos vivos y seguimos adelante. Ahora tenemos que ser sinceros. —Eren apretó sus manos y las besó—. No pienso estropearlo, Mikasa. Quiero que confíes en mí.
—Confío en ti.
—Pero tienes dudas y es normal. Hice algo imperdonable. Tú también estuviste en tu propio zulo, Mi. Háblame de él, de Colt.
De Colt. Eso la inquietó. Quería que se abriese en canal, que le mostrara un lado que apenas podía traducir en palabras. Sincerarse en entregar la llave del alma a otra persona. Es un ejercicio de alto riego. Era complicado para alguien como ella, blindada, severa, profesional. Parece que esos comodines ya no servirían. Ella misma lo había decidido: ya no nos callaremos nada.
—Le quería mucho —dijo—. Era muy bueno. Paciente, risueño, familiar. Si hay ángeles entre los hombres, él era uno de ellos. Nunca entenderé por qué… por qué se mató. —No pudo sostenerle la mirada—. Yo no tuve el valor. Creo que parte de la culpa es mía, ¿sabes? Estaba muy ocupada con el trabajo. Llegaba a casa, me acostaba y me marchaba otra vez antes de que él se despertara. Puede que quisiera hablar conmigo, pero yo nunca estaba, o estaba cansada o de malhumor. Si yo hubiese actuado de otra manera, tal vez estaría vivo.
—Es difícil disuadir a una persona que ha planeado su suicidio.
—Nadie lo imaginaba, Eren. Podría haber dejado una carta, algo para explicar por qué, pero decidió colgarse en el garaje. Ahí acabó todo. Me dejó sola, pero me aterra que él también lo esté. Me aterra pensar que haya encontrado algo terrible más allá de esta vida, si es que hay algo después. A veces lo echo de menos. Nunca se supera a alguien querido, ¿no?
—Es imposible.
—Colt sabía que tú eres el amor de mi vida. Me da miedo pensar que… —Contuvo la respiración y cerró los ojos; se sentía completamente desnuda, esa desnudez que no tiene relación con la ropa ni la carne. Era esa verdad del amor sacro de Tiziano. Solo pueden ocurrir dos cosas cuando admites tu verdad más profunda: te destruyes o te liberas—. Que creyera que jamás lo quise.
Respiró hondo. Sus labios oscilaron, contraídos por el peso de la emoción. Esto, según su terapeuta, era lo que necesitaba. Expresarlo. Si lo puedes expresar, entonces existe una gestión del problema. Había alguien al volante. Eren dejó un suave beso en su mejilla y rodeó sus hombros con brazo firme, con brazo protector. De todas las personas, tenía que ser él. Qué fácil le resultaba quererlo cuando habría deseado no dirigirle la palabra, condenarlo a ser un extraño. Lo cierto, y esto era algo que solía decir Sasha, es que Mikasa Ackerman tenía demasiado corazón, uno que a veces le ganaba, que se imponía a los designios racionales.
—Claro que le querías. Tú no tienes ninguna culpa, Mi. Lo quieres y siempre le querrás. No dejes que eso cambie. Las personas son nuestros tesoros. Si el saber no ocupa lugar, el amor tampoco.
Mikasa asintió vagamente y una sonrisa se fue dibujando en sus labios. Quería dejar de torturarse, de darle tantas vueltas a las palabras. De comportarse como si estuviera en una sala de interrogatorios. No quería ser desalmada, ni jueza, ni castigadora, ni líder, ni Cerbero, sino ella misma, sin que el cargo precediera a su nombre. Deseaba reencontrarse con la muchacha sonriente de las fotos de Carla.
—Quédate aquí esta noche. Duerme conmigo.
A Eren le sorprendió la petición, pero no tardó en quitarse los zapatos. Colgó su cazadora en el perchero y se sentó a la orilla de la cama para quitarse los pantalones y la camiseta. Pronto lo encontró casi desnudo, tumbado boca arriba y señalando el espacio junto a él.
—Hay zulos, pero también camas —dijo— y buenas compañías.
Mikasa se tumbó y se amoldó a su cuerpo. Los pechos de ambos se tocaron; las piernas se reconocieron tímidamente. Empezó a besarlo con suavidad, enterrando los dedos en su pelo, tomando la medida de sus labios para las vestiduras del amor. Puso los dedos sobre la boca de Eren mientras las manos de este se paseaban por el contorno de su cuerpo.
—¿Cuánto tiempo llevas sin hacer el amor?
—Desde la muerte de Colt. Sabes que no puedo dar esa parte de mí a cualquiera, por mucho que lo intente. ¿Y tú?
—Historia y yo ya dormíamos en camas separadas antes del divorcio, así que… mucho tiempo. Años —dijo sin pena ni gloria. A Mikasa la pilló por sorpresa: un hombre como él podría conseguir el polvo que quisiera, cuándo y cómo deseara, sin que el anillo le pesara. Eren suspiró—. Cuando terminé el servicio y volví a casa, poco antes de la separación, no sentía nada. Entonces aceptamos que era inevitable, que teníamos que separarnos. Cuando nos acostábamos, pensábamos en todo menos en nosotros.
—Tengo que preguntártelo, Eren. —Le apartó unas greñas de la cara—. ¿Es posible que el estrés postraumático tenga algo que ver con esa inapetencia?
—No tengo estrés postraumático, pero sí que desarrollé claustrofobia. Hace unas semanas me quedé atrapado en mi coche, en mitad de la tormenta, y sentí esa ansiedad. Lo tengo controlado —aseguró—. Respecto al sexo, ya me sucedía antes de irme a Afganistán. Me sentía vacío porque solo veía dos cuerpos.
—Ah, siempre has preferido los tríos.
Eren sonrió y meneó la cabeza.
—Adoro a Historia, pero no podía verla como una amante. No podía ver el lazo entre nosotros, no podía verla como te veo a ti.
—¿Cómo me ves a mí?
—Solo hablaré en presencia de mi abogado.
—Muy gracioso.
—¿Quieres que te diga cómo te veo? —Le apretó la espalda, cerca de la frontera donde esta pierde su nombre—. Te veo debajo de mí, desnuda y gritando y pidiendo más y más, pero estoy dispuesto a negociar las posiciones. Para eso necesito a mi abogado.
—No lo necesitas. —Mikasa trazó la línea de sus clavículas—. Quiero hacer el amor contigo, pero mis pensamientos están divididos entre Sasha y un asesino en serie. No me parece adecuado.
—Oye, yo solo estoy aquí para dormir. ¿No irás a violarme esta noche?
—Duermes aquí por tu cuenta y riesgo.
—Ay, Mikasa, si todos los riesgos tuvieran forma de mujer —Eren los cubrió con la manta—, no quedarían hombres en este mundo.
