"Yo soy la señora Malfoy y este es mi legado"


Capítulo trece: Mini Weasel y Weasellette Jr.


Hermione Malfoy por más que imaginaba diferentes razones por las cuales el pequeño pelirrojo se encontraba solo en aquella mesa, no lograba encontrarles lógica. El niño a primera vista lucía un semblante triste y abatido. Por más que la bruja escuchó detrás de ella las protestas de su esposo, las ignoró y se acercó al chico. Sus hijos Tyl y Cygnus al escuchar el intercambio de palabras de sus padres, dejaron de lado la revista que estaban leyendo, para poder enfocar su total atención en su madre.

— Hola, ¿Qué tal?. — saludó Hermione amigable, sentándose en la mesa del pelirrojo.

— Hola, ¿Quien eres tú?. — preguntó Hugo con curiosidad, analizando el rostro de la mujer. Ella estaba a punto de contestar, pero repentinamente la interrumpió el infante. — Te conozco, ¡Eres Hermione Granger!. La antigua amiga de tío Harry y papá. — comentó emocionado.

— Exacto, mucho gusto. ¿Cuál es tu nombre pequeño?. — respondió levemente sorprendida. No sabía con exactitud quién era el padre de la criatura, pero muy seguramente dedujo que se trataba de Ron. El chico era un pequeño clon suyo. — Por cierto, ¿Cómo sabes quién era yo?.

— Soy Hugo Weasley. Y bueno, mi papá no sabe que yo sé uno de sus secretos. Él guarda en un cajón del armario su baúl de Hogwarts. Ahí tiene varias fotos de sus antigüos amigos y compañeros, en la mayoría sale usted y tío Harry. — explicó con sencillez el niño. — No ha cambiado mucho, señora.

— Entonces eres el hijo de Ronald. — afirmó Hermione con ironía. El pequeño Weasley tenía una personalidad tan dulce como para ser hijo de Ron. Hugo asintió sonriente. — ¿Por qué estás solo?, ¿Dónde están tus padres?. — preguntó con preocupación.

— Mi mamá está en casa de Tía Parvati. Aprovechando eso, mi papá, mi hermana y yo vinimos a pasar tiempo al callejón para comer un helado juntos, pero mi papá se entretuvo en la tienda de Quidditch y me aburrí. — explicó con inocencia, sin darse cuenta de las consecuencias de alejarse de sus padres.

Hermione por un momento, frunció el ceño. Le parecía que el pequeño Weasley había cometido un error al alejarse de su padre de aquella manera. Sabía que el mundo mágico era un lugar mucho más seguro desde que los tiempos de Voldemort habían terminado, pero eso no garantizaba que todo fuera seguro en la sociedad mágica. Por un momento, la idea de reprenderlo pasó por su mente, pero se detuvo en seco. El chico no era nada de ella, por lo tanto no tenía autoridad sobre él. Con resignación, pensó que lo mejor era echarle un ojo encima mientras su padre se daba cuenta de su ausencia. Por su parte, Draco estaba al pendiente de la conversación que tenían los dos, sin ser partícipe de ella. Sus hijos parecían tener la misma idea que él, pues sabían que debían ser cautelosos con la familia Weasley, aunque la excepción era su tío George.

— Ya veo… — comentó Hermione pensativa. — Entiendo que te fuiste de la tienda de Quidditch. ¿Acaso no te gusta?

— La verdad es que no mucho. — admitió Hugo con una mueca en su rostro.

Hermione abrió la boca ligeramente en señal de estar sorprendida. ¿Acaso estaba viviendo en una realidad alterna?. No podía creer que el hijo de uno de los mayores fanáticos del Quidditch, no le gustará el deporte. Ella desde luego, podía entender al pequeño, pues no tenía nada de atractivo el meter una pelota a un aro. Draco también compuso una cara de sorpresa, pero el pequeño Tyl fue el individuo que ya no pudo guardar silencio.

— ¡Esto es inaudito!, ¿Cómo es que odias el glorioso Quidditch?. — protestó Tyl indignado. — Mamá, tráelo a la mesa. Quiero escuchar su respuesta. — demandó el pequeño rubio frunciendo el ceño.

— Ven, siéntate con nosotros a comer un helado. Después te llevaré con tu padre. — dijo Hermione con dulzura, dirigiendo al niño a la otra mesa. Una vez que se sentaron, señaló con la mano a su familia. — Ellos son mis hijos y mi esposo.

— Cygnus Malfoy. — musitó el rubio lacio amable, mientras sonreía ampliamente.

— Malfoy, Tyl Malfoy. — Masculló el hermano rizado con orgullo. — Ahora responde la pregunta. — añadió con hostilidad, provocando que Hugo se pudiera ligeramente nervioso. ¿Qué acaso había dicho algo tan malo como para no ganarse la simpatía del chico?.

— No es que lo odie, simplemente no me gusta. — contestó el pelirrojo con algo de timidez, bajando la mirada.

— ¡Es imposible! — grito Tyl indignado.

— Seguramente él tiene una razón. No seas tan prejuicioso. — comentó Cygnus empático, dándole un golpe a su hermano en el hombro.

— Concuerdo con Tyl, es algo inquietante que el hijo de Weasel no sea tan fanático del Quidditch como Él. — dijo Draco con genuina curiosidad.

— A mí me parece muy razonable que no le guste. — habló Hermione con seguridad, aprobando el comentario del pequeño Weasley.

— Ni siquiera ha dado una razón lógica, leona. Y ya le das la razón solo porque tú si odias el Quidditch. — respondió su esposo burlonamente. Ella solo le miró fulminante.

— ¡Basta! Dejémosle hablar. — demandó la matriarca obstinada. Hugo Weasley sonrió apenado, no sabía que un comentario tan pequeño podía provocar un gran debate en la familia Malfoy.

— Lo que sucede es que no me gusta mucho porque mi papá prefiere invertir su tiempo libre en cualquier cosa relacionada al Quidditch. — confesó melancólico. — Yo preferiría que pasará tiempo conmigo y mi hermana, eso me hace pensar que no me quiere tanto como presume. — añadió denotando su tristeza en sus ojos azules, que se empañaron ligeramente por unas lágrimas contenidas.

— Cielo, deberías decírselo a tu padre. Puede que él no sea consciente que te lastima. — respondió Hermione conmovida, regalándole un pequeño abrazo al niño. — Quizá pueda sorprenderte su respuesta.

— Esperas mucho de la comadreja, leona. — Bufó el Malfoy mayor con exasperación. Después, posó sus ojos color plata en la pequeña copia de Ron Weasley. — Mini Weasel, mi adorada esposa tiene razón. Deberías decirle al idiota de tu padre como te sientes, sino nunca se percatara. — comentó con arrogancia. — Seguramente en su cabeza hueca piensa que es el padre del año. — añadió con ironía.

Todos en la mesa guardaron silencio. Hermione estaba ligeramente sorprendida por las palabras dichas de su esposa, ya que sabía que a Draco le gustaba estar rodeado de niños, pero pensó equivocadamente que al ser Hugo un Weasley-Brown, la personalidad relajada y paternal de su esposo no saldría a la luz. Cygnus y Tyl se veían ligeramente incómodos por la confesión del pelirrojo. No podían concebir que existieran padres tan desinteresados por sus hijos. Afortunadamente a ellos y a sus demás hermanos les habían tocado unos padres amorosos que a pesar que trabajaban demasiado, siempre estaban pendientes de ellos y sus necesidades. Incluso ellos hacían lo imposible para pasar tiempo de calidad con cada uno de ellos.

— Bueno, si esa es la razón por la cual no te gusta el Quidditch lo entiendo. — comentó Tyl empáticamente, sonriendo de lado al pelirrojo. — Lo siento, es que yo soy un fanático del deporte, no podía concebir que un niño como yo pudiera odiarlo. — dijo avergonzado.

— Oh, no importa. Tu no lo sabías. — respondió Hugo aún avergonzado.

— Deja que mis padres te inviten un helado, en muestra de mi arrepentimiento. — enunció Tyl emocionado, mirando a sus padres en busca de autorización. Estos solo asintieron sin decir nada.

Por un momento, Hugo analizó la situación tan bizarra en la cual se había metido. Una vez, su padre había compartido con él su odio por Draco Malfoy. Le había advertido que todos los integrantes que pudieran venir de aquella familia no podían traer nada bueno para los magos. En ese entonces, Ronald no estaba consciente sobre que Hermione era la nueva señora Malfoy. Aunque él seguía firme sobre sus opiniones hacía esa familia. También estaba Rose con la situación de su suspensión en Hogwarts, pues el día que llegó, explicó a su familia que todo había sido a causa de esa familia. Hugo pensaba que su hermana quizá exagero su reacción.

Su padre al parecer no tenía razón. Hasta ahora, los Malfoy se habían comportado con él muy amablemente. Quizá su papá estaba en un error y esperaba que su hermana no hiciera lo mismo.

— ¡Hecho!. — sonrió contento el pelirrojo. Él se encargaría de comprobar que los Malfoy no eran tan malos.

— Pues veamos las cartas, que yo me muero de hambre. — comentó Cygnus con serenidad mientras tomaba un pequeño menú de la mesa. Los demás presentes de la mesa imitaron sus acciones.

Draco miró la escena sereno, pero por dentro estaba satisfecho. Sus hijos en verdad tenían el talento innato para hacer buenos amigos. Sabía que todo eso se debía en parte, a la influencia de su esposa en la familia Malfoy. Discretamente, se acercó al oído de su esposa para susurrarle unas palabras.

— Malfoys y un Weasley-Brown conviviendo. ¿Lo hubieras imaginado?. — Susurró con complicidad.

— Mis hijos son capaces de agradar a cualquiera que se propongan, tienen el gen Malfoy. — comentó Hermione petulante.

— Lo sé, somos un encanto. Pero también tienen tu luz, leona. — añadió Draco con cariño. Hermione solo le sonrió con dulzura.

— Oh por Godric, todo se ve delicioso. — anunció Hugo encantando. Gracias a esto, la complicidad en la cual estaban atrapados el matrimonio Malfoy se rompió, prestando nuevamente plena atención al trío de niños. Si no hubiera sido así, muy seguramente ellos se hubieran enfrascado en una batalla por comprobar quién era capaz de ofrecer más amor.

— ¿Ya saben que van a pedir?. — preguntó Hermione amablemente, mientras tomaba un pedazo de papel para anotar las órdenes.

— Chocolate oscuro con malvaviscos. — dijo Tyl añorante.

— Fresas con crema en cono. — respondió Cygnus, relamiéndose sus labios.

— Menta y chispas de chocolate. ¿Y por qué no? Un sándwich de helado de chocolate. — contestó Draco sonriendo de lado.

— ¿Y tú pequeño Hugo?. — preguntó la bruja.

— No lo sé, no me decido entre dos sabores. Los dos se ven igual de deliciosos. — mencionó pensativo el chico Pelirrojo.

— Heredó el apetito del padre. — pensó la señora Malfoy con diversión.

— Pide los dos, nosotros invitamos. — dijo Draco con sencillez y desinteresado.

— ¿Ah? ¿Está seguro señor Malfoy?. — contestó el menor asombrado. — No quiero ser una molestia.

— Para nada. Le caes bien a mis hijos y medianamente a mi, así que no veo razón por la cual negarte un sabor extra de helado. — explicó el rubio con serenidad. — Solo recuerda que los Malfoy somos la mejor compañía. Te encargo que siempre se lo recuerdes a tu padre. — añadió con complicidad, sonriendo con satisfacción.

— Draco… — Musitó Hermione con seriedad. Conocía las tendencias cínicas de su esposo. Sabía que le metería en la cabeza esa idea al pequeño Hugo, para que se lo repitiera a su padre sin cansancio. Draco por su parte, solo sonrió con inocencia, fingiendo que sus intenciones eran blancas como una lechuza.

— Muchas gracias, señor Malfoy. Lo tendré siempre en mente. — respondió mini Weasel convencido.

Después de aquello, Hermione anotó lo que faltaba de la orden en el papel y lo introdujo en una pequeña cajita que estaba a un lado de la mesa. El objeto tenía un simple encantamiento de transportación, el cual solamente se encargaba de mandar la orden a la recepción de abajo para preparar los helados.

— Y cuéntanos, ¿Qué es lo que te gusta hacer?. — preguntó la única mujer del grupo con amabilidad.

— Me gusta hacer muchas cosas, pero uno de mis hobbies favoritos es investigar sobre criaturas mágicas. — explicó emocionado. Sus ojos azules brillaron — Me encantan, son tan diferentes entre sí.

— ¿Te gustan? Oh, por Salazar. — comentó Cygnus con agrado. — Son únicas, tanto domésticas como salvajes.

— Oh no, otro animalista… — se lamentó Tyl para sus adentros.

— A Cygnus también le gustan mucho. De hecho después de esto íbamos a pasar por la tienda de mascotas mágicas. — dijo Hermione con tranquilidad.

— ¿En serio? ¿Puedo ir?. — preguntó alegremente el Pelirrojo, mirando con anhelo al par de adultos.

— Por mi no hay problema, pero por más que me gustaría darle un susto a Weasel creo que deberíamos avisarle. — respondió Draco Malfoy con consideración, dirigiéndose a su esposa.

— Creo que tienes razón, pero no me apetece mucho entablar conversación con él. — dijo Hermione desanimada.

— ¿Por qué no le mandan un recado a tío George? Él puede avisarle a papá. De todos modos debe estar muy ocupado haciendo sus compras. — explicó con calma Hugo.

— Suena bien, mini Weasel. Así se hará. — respondió el rubio mayor con buen humor.

Hugo sonrió satisfecho, el día que pensó que iba a provocar que se sintiera decepcionado y triste por su padre, pintaba para mejor. O al menos eso pensó, hasta que escuchó la voz de alguien muy familiar para él.

— ¡Con que ahí estás!. — gritó una voz femenina detrás de toda la familia.

Todos giraron en esa dirección para verificar la fuente del sonido, encontrando a una niña pelirroja. Hermione sonrió de lado, mientras empezaba a debatir si debía aplicar un plan que había formulado hace unos días, que involucraba a aquella pequeña. Draco solo se tocó el puente de su nariz, en señal de irritación. Hugo trago grueso por la presencia de su hermana mayor.

— ¿Ah? ¡Hola Rose! — Masculló su hermano con nerviosismo, incorporándose de su asiento.

— ¿Qué hacés aquí? ¡Te dije que no te alejaras de nosotros!. — expresó con voz histérica, acercándose al pequeño. — Pudo haberte pasado algo. — añadió con preocupación palpable.

— No pasa nada, de hecho encontré muy buenos amigos. — dijo Hugo tratando de tranquilizar a la niña.

Rosebud, que hasta ese momento no había sido capaz de prestar atención a su entorno, abrió sus ojos pasmada. Acompañando a su hermano en aquella mesa se encontraban reunidos los señores Malfoy, en compañía al parecer de un par de sus hijos. Obviamente la pequeña Weasley-Brown se asustó. Los señores Malfoy se mostraron muy duros y hostiles en contra de sus padres el día que ella fue suspendida. Una cosa era meterse con los hijos de la pareja, pero otra era interactuar con los cabecillas de la familia. ¿Qué podía hacer ella en ese momento? ¿Debía emprender la huida?. Si pudiera pensar en todos los momentos en los cuales había sentido verdadera desesperación, escogería sin duda ese, ya que no había nadie que la defendiera de ese par de adultos que muy seguramente la tratarían como escoria.

— Los Malfoy. — masculló Rosebud pasmada.

Hermione pudo notar como la hija mayor de los Weasley-Brown quedaba paralizada en su lugar. Su cara empalideció tanto, que parecía rivalizar con un fantasma, sus pecas resaltaron más en su rostro. La señora Malfoy pudo hacerse una idea sobre el origen de los temores de la chica. Desde luego que Draco y ella no eran unos desalmados para tratar mal a una niña indefensa, que solamente había sido víctima de una crianza regida por prejuicios. Quizá está era una oportunidad que les estaban brindando para poder hacer entender al par de chiquillos Weasley que estaban tomando un camino torcido como el de sus padres, en especial a la hija mayor.

— Buenas tardes, Señorita Weasley. — sonrió Hermione con genuina amabilidad.

— ¡Hola!. — saludó Cygnus amable y educado.

— Padre, ¿Por qué tiene puntos morados?. No me digas que es Machiattis… — Musitó Tyl con voz suave, cerca del oído de su padre, mientras miraba con sospecha a la pelirroja. Draco solo negó imperceptible, para calmar a su pequeño.

— Ah sí, Buenas tardes. — Masculló con nerviosismo, después tomó a su hermano por los hombros para atraerlo hacia ella. — Tenías que venir a dar aquí. Está gente es peligrosa y mala. — Susurró Rose con reproché a su Hermano.

— Estás diciendo tonterías, son muy amigables. — Susurró Hugo relajado.

— Eso lo hacen para engatusarte, papá nos advirtió. — Musitó Rose obstinada. — Ni siquiera les interesas a ellos.

— Pues ni a papá le interesamos y es nuestro padre. Estoy seguro que tu fuiste la única que se enteró que desaparecí. — reprochó el pelirrojo de mala gana.

— No, estás en un error… — dijo Rose con terquedad.

— Claro que no. Es más, te apuesto que tú también te escabulliste y él ni enterado. — gritó Hugo molesto, dejando la discreción de lado. Rose le miró sorprendida, mientras que los Malfoy se encontraban incómodos.

Draco y Hermione se miraron con complicidad.

— Señorita Weasley, ¿Por qué no nos acompaña a comer un helado?. Estoy segura que su hermano se sentiría encantado de tener aquí a su hermana. — dijo Hermione con amabilidad, sonriendo con calidez a la niña.

— No lo sé…— Musitó Rosebud con inseguridad.

— Vamos, sé perfectamente que tiene diferencias con Scor, Tarea y Abraxas, pero nos gustaría poder solucionar las cosas, ahora que nosotros estamos enterados. — explicó la mujer con una sonrisa convincente.

— ¿En serio? ¿No hay ningún problema si nos acompaña señores Malfoy?. — preguntó Hugo esperanzado.

— Solo por tratarse de ti mini Weasel, tu hermana es bienvenida. — respondió Draco sereno.

— ¡Genial! —

— Venga a sentarse, señorita weasley. Estos son mis dos hijos. — dijo la señora Malfoy con carisma, mientras le indicaba a la joven que tomara asiento. Rosebud, un poco reticente hizo caso. Después de esto, Hermione se dirigió a sus hijos. — Presentense cómo es debido.

— Buena tarde señorita, soy Cygnus Malfoy a su servicio. — dijo el primer gemelo en tono amable.

— Soy Tyl Malfoy, déjeme decirle que ese patrón moteado le hace ver muy exótica. — comentó el pequeño con caballerosidad, mientras miraba con verdadero interés las manchas en la piel de la joven.

— ¡Tyl! Por Morgana… — musitó Hermione horrorizada por el carácter de su hijo, tan cínico como el de Draco.

— Mucho gusto. — Murmuró Rose estupefacta y levemente apenada.

— Ordene algo señorita, nosotros ya tenemos hecho nuestro pedido, pero podemos esperar hasta que usted termine. — comentó Hermione risueña, quería evitar que la chica Weasley se sintiera incómoda.

— ¿Por qué mejor no van Tyl, Cygnus y Hugo a hacer la orden por ella?. Así podrían ordenar algo más mientras tanto. — explicó Draco fingiendo desinterés.

— Excelente idea padre. — contestó Tyl sonriendo ampliamente. — ¡Vamos chicos!. — dijo mientras tomaba de la mano a su gemelo y a Hugo. El trío de pequeños se alejó de la vista de los adultos. Una vez que se retiraron, Draco Malfoy miró con seriedad a Rosebud.

— Ahora que mis hijos rompieron el hielo, permítame preguntarle cómo ha ido todo con su pequeño problema con el Machiattis. — preguntó el rubio con intriga. Los ojos grises miraban a la niña con mucha curiosidad.

—Ya he pasado la fase infecciosa. Ahora solo me queda esperar hasta que me quedé sin magia, por los puntos que absorben mi esencia. — respondió la chica Weasley desesperanzada.

— Afortunadamente soy un mago muy eficiente y talentoso. Y se que pronto podré encontrar una cura para poder lidiar con esta enfermedad tan molesta. — comentó Draco con petulancia.

— ¿Usted está encargado de la cura?. — preguntó Rose desconcertada.

— En efecto. Te garantizo que cuando tenga los primeros resultados, tú serás la primera en tenerlos. — declaró complaciente. — Es lo menos que puedo hacer por la forma en que usted se contagió.

— ¿Lo sabe?. — preguntó balbuceante la pelirroja.

— Conozco a mis hijos, señorita Weasley. Se que tal vez usted no es una Hufflepuff, pero son solo niños después de todo. — comentó el adulto con calma, como si lo que estuviera hablando no fuera de gran importancia.

Rosebud le miró con confusión. ¿Acaso los Malfoy querían ayudarle?. ¿Ahora viene el momento de las amenazas?, No sabía qué pensar.

— Lo que quiere decir mi esposo es que sentimos lo que sucedió. Sabemos que Scorpius, Antares y Abraxas actuaron en defensa de nuestro Albus por algo que le hiciste y cobraron venganza. — dijo Hermione con voz serena. — Pero bueno, son solo chicos. No queremos que estén enredados en una relación hostil, creada a través de viejos prejuicios que debieron dejar atrás en la guerra.

— Las diferencias son buenas, ¿Lo sabía?. Si no fuéramos tan diferentes entre nosotros, el mundo no sería nada. Necesitamos la inteligencia de los Ravenclaw, la lealtad de los Hufflepuff, el coraje Gryffindoriano del que tan orgullosos están los leones… — comentó Draco en un tono que combinaba la ironía y la comprensión.

— E incluso la Astucia y ambición de los Slytherin. — añadió la castaña con seguridad.

— Pero los Slytherin son malos. — protestó Rose sin estar convencida del todo. Podía entender que la señora Malfoy fuera tan amable y de confianza, porque ella había sido una valiente leona, pero los Slytherin le provocaba ciertas dudas. Dudas que estaban siendo derribadas por el encantador Señor Malfoy.

— Yo fui Slytherin, aunque no es una novedad para todos. — declaró Draco con orgullo. —En el pasado cometí actos inmaduros en contra de tu padre, debido a mi crianza, pero ahora estoy tratando de remediar mis errores. No quiero que mis hijos sigan el mismo patrón, por eso quiero ayudarle con su enfermedad. Es lo menos que podemos hacer. — explicó con seriedad.

Rose le miró con sus ojos sorprendidos. Una parte de ella sabía que se había precipitado a juzgarles sin tratarlos. Ahora se estaba arrepintiendo, pues parecían ser unas personas muy amables. Aunque le doliera admitirlo, los señores Malfoy tenían mucho en común con Scorpius, Antares y Abraxas. Lamentablemente, ella no había sabido relacionarse adecuadamente con el trío anterior. ¿Era demasiado tarde para arreglar las cosas?. También existía la parte que atormentaba sus pensamientos, y esa era la que había inculcado su padre en ella. ¿Debería bajar la guardia y tratar a las serpientes con naturalidad?. No parecían ser magos tenebrosos y malvados como había declarado con fervencia su progenitor.

— Solo ustedes son niños con diferencias. Estoy segura que algún día podrán perdonarse por todo. — dijo Hermione maternal. Delicadamente posó su mano sobre la cabeza de la joven, en una tierna caricia. Era demasiado obvio el proceso por el cual estaba pasando Rosebud en su cabeza.

— No lo creo, supongo que me merezco esto. — dijo deprimida. — No me estarían hablando con tanta amabilidad y tranquilidad si supieran lo que estuve a punto de hacerle a Scorpius. — se lamentó cubriéndose sus ojos con las palmas de sus manos.

— Lo sabemos. No apruebo el método, pero supongo que tuviste un mal consejero, eso es todo. — dijo comprensiva la matriarca Malfoy. — Estamos más preocupados por encontrar una solución a esto.

La hija menor de Ron se quedó unos momentos callada analizando las palabras que le habían ofrecido el par de adultos. Tal vez si estaba en un error y no quería admitirlos. Ellos eran un ejemplo claro sobre que las apariencias pueden engañar. La primera vez que había visto a los Malfoy pensó que serían los típicos magos sangre pura, fríos como el mármol y vacíos por dentro. Esa familia tenía todo menos esas características. ¿Sería tarde para disculparse y enmendar sus errores?.

— Lo siento mucho, por todo. No actúe de manera muy honorable. — habló la pequeña pelirroja con tristeza. Solo esperaba que toda la situación no se le fuera a complicar aún más. Era la primera vez que se permitía ser vulnerable con otras personas que no fueran los Weasley.

— No hay rencores de parte de nosotros. Solo esperamos que mis hijos, los Potter y tú puedan solucionar las cosas. — dijo la antigua leona con una sonrisa radiante en el rostro.

Al ver aquello, Rosebud no pudo evitar sonreír radiante junto a ella. Su madre le había comentado que la actual señora Malfoy era una mujer muy desagradable, aburrida, fría y estirada, pero aquella dama no era nada de eso. Podría jurar que dentro de aquella bruja había un corazón muy grande de oro que permitía amar a todos los que la rodeaban. Por otro lado, miró al señor Malfoy. A pesar que se mostraba como un hombre serio, se podía apreciar que de la misma manera que su esposa, tenía mucho cariño que brindar a sus amigos, además de ser una persona que guardaba mucha sabiduría dentro de sí. Juraría que era la clase de hombre que no le importaba ensuciarse las manos para proteger a su familia. Además, tenía un carisma y sentido del humor un tanto peculiar que en ocasiones le hacía reír. ¿Así eran los Slytherin?. Quizá podría tratar en un futuro a Scorpius, Antares y Abraxas con mayor detenimiento y mente abierta, eso sí ellos se lo permitirían. Posteriormente pensó en su padre, el hombre pelirrojo con la cabeza más dura que haya conocido. Solo esperaba que algún día, de la misma manera que ella pudiera darse la oportunidad de conocer a estás personas y dejar sus rencores a un lado. Su madre Lavender, no le preocupaba demasiado, pues ella seguiría a su padre ciegamente en lo que él creyera sin cuestionarlo. Aquella conducta a veces le causaba dolor de cabeza a Rose.

— Ahora que estamos más relajados, déjenme mandarle un pequeño recado a George para avisarle que están con nosotros. — dijo Draco con tranquilidad, mientras que de uno de sus bolsillos sacó una pequeña pluma portátil. Afortunadamente, ese tipo de plumas no necesita tinta como las tradiciones, pues está ya lo traía integrada. Su esposa, con una sonrisa amable en su rostro le pasó una servilleta de la mesa. — A mí me gustaría darle un susto de muerte a tu padre comadreja, pero no quiero tener líos con mi querida esposa. — añadió sarcástico, sonriendo como solo él sabía.

Hermione solo le miró levemente molesta y la pelirroja menor río. Después de que Draco se concentró en redactar su recado, mientras tanto Hermione volvió a entablar una conversación con la niña.

— ¿Te gustaría ir a la tienda de mascotas con nosotros después de esto?. — preguntó con amabilidad la castaña.

— No lo sé… — comentó un poco dudosa la pelirroja. Ella quería ir, pero le preocupaba un poco su padre. En lo que él pudiera pensar.

— A tu hermano le haría mucha ilusión. — comentó la bruja mayor, persuadiendo a qué la niña aceptará.

— ¡Sí hermana, vamos!. — Exclamó Hugo Weasley entusiasta sentándose en la mesa de improviso. Los demás niños ya habían vuelto de la recepción cargando unos helados y otros flotando detrás de ellos.

— Genial, ahora todos quieren ir a la tienda de mascotas en lugar de la Quidditch. — comentó Tyl levemente irritado y ofendido. Le gustaba estar en compañía de sus nuevos amigos, pero el pequeño celoso quería la atención de sus padres al cien por cierto en su hermano y él. Está vez lo dejaría pasar, pero solo si lo llevaban después a su tienda favorita a comprarle algo.

— Se lo que estás pensando, no te voy a comprar nada. — dijo Draco mirando con una sonrisa ladeada a su hijo. Aprovechando esto saco su varita, y encantó el pedazo de papel que había escrito. En un santiamén se transformó en un avión de papel y se fue volando por sí solo.

— ¡Pero papá!. — protestó Tyl indignado. Draco solo se limitó a sonreír aún más. — ¿Mamá? — preguntó con inocencia el gemelo rizado.

— A mi no me metas Tyl Hydrus, sabes que opino de esa tienda. — dijo su madre haciéndose la desentendida. El pequeño se rindió y se cruzó de brazos. — Pero quizá una pequeña visita no haría daño…

— ¡Si! — exclamó emocionado.

— Solo si no causas problemas en la tienda de mascotas y estás en actitud obstinada. — añadió su padre con severidad. Tyl solo sonrió con culpabilidad.

— Es interesante, ahí venden mascotas muy peculiares. — dijo Cygnus amablemente, tratando de convencer a la Weasley mayor, ignorando el berrinche de su hermano.

— Está bien, creo que no habrá problema. — declaró Rose sonriente.— Además, Hugo y yo nos estamos divirtiendo mucho.


Callejón Diagon

Sortilegios Weasley

Y con algo de cansancio, pero una satisfacción que reflejaba su rostro, George Weasley había terminado de atender a un grupo de jóvenes de la Universidad mágica Londinense que habían visitado su tienda en masa. Había logrado al menos vender una gran cantidad de productos, no podría estar más que feliz. Solo esperaba que aquella felicidad no fuera arrancada de él con facilidad, pues su pequeño hermanito Ronald iría a visitarlo junto a sus sobrinos. El pequeño Hugo y la caprichosa Rosebud no representaban para él ninguna molestia, pero Ron era otra historia. Seguramente el pelirrojo seguiría con sus planes de conquista hacía Hermione, que no tendrían otro camino que el fracaso inmediato.

Estaba a punto de irse a sentar al mostrador, cuando de repente entró por una de las ventanas un avión de papel, que de manera inmediata fue a dar sus manos. Curioso, desdobló el pedazo de papel.


George

¿Sabías que tu hermano puede ser tan incompetente e imbécil?

Tengo entendido que fue al callejón Diagon con sus hijos, y por aburrimiento mini Weasel y Weasellette Jr. buscaron un mejor destino. Terminé encontrándolos en Florean Fortescue. Llevan aproximadamente una hora con nosotros. Hermione y yo los llevaremos junto con Tyl y Cygnus a la tienda de mascotas, después de eso los llevaré a tu tienda.

Solo avísale a Weasel y dile que no pierda la cabeza.

Draco


Al terminar de leer, George miró sorprendido la nota. Así que sus pequeños sobrinos se habían ido a explorar el callejón Diagon por sí solos. Estaba orgulloso de que se hayan atrevido. Además, todo aquel que le hiciera pasar un momento de susto a Ronny merecía su respeto. Pareciera que al pensar en su nombre, su hermano fue invocado.

— ¡George, perdí a mis hijos!. — gritó Ronald Weasley entrando en el negocio, asustado y apurado.

Y ahí fue cuando George sonrió burlón.

— Si, ya me di cuenta. — declaró con obviedad.

— Esto no es momento para bromas. ¡Lavender va a matarme!. — chilló horrorizado.

Por más que amara ver qué Ronny perdiera los estribos y estuviera asustado, tenía que cumplir con el pedido que le habían encomendado Hermione y Draco. Algo reticente, George le mostró la nota a su hermano.

— ¿Esto qué?. — cuestionó molesto el Pelirrojo menor, tomando la nota.

— No bobo, ¡Léela!. — dijo George levemente fastidiado.

Fue cuando Ronald empezó a leer el pedazo de papel con detenimiento. Solo necesito leer la primera línea para que su rostro empalideciera.

— Malfoy secuestró a mis hijos… — dijo con temor.