"Yo soy la señora Malfoy y este es mi legado"
Capítulo catorce: Perdedor.
Callejón Diagon
Sortilegios Weasley
— ¡No puede ser George! ¡Mis hijos están en peligro! — gritó Ronald Weasley con pánico. — ¿Qué es lo que haré?.
La cara del menor de los Weasley en verdad reflejaba una preocupación genuina por sus hijos. Al menos aquella razón era un consuelo para George, pues significaba que les quería a su manera. Aunque viendo el lado irracional de la situación, su hermano menor se estaba comportando como un tonto. No sabía cómo explicarle de forma más sencilla que Hugo y Rose estaban a salvó. Draco podía a veces ser un mago atemorizante, pero siempre se había mostrado amable y gentil con cualquier niño. Ahora George tenía como objetivo controlar a Ron, si no podía arriesgarse a que el hombre montará un espectáculo penoso en el Callejón. Después de todo, a nadie le gustaba que su familia sufriera alguna humillación, aunque lo hayan buscado a pulso.
— Hey, Ronny. ¡No exageres!. — le dijo George con serenidad, tratando de infundir calma. — La nota en ningún momento te hace entender eso. Solo Draco te está avisando que encontró a Rose y Hugo vagando por el callejón. — añadió con obviedad, mientras señalaba nuevamente el trozo de papel.
— ¿Cuánto crees que me pida de rescate?. — comentó Ron balbuceante, ignorando a su hermano olímpicamente.
— ¿En primera porque Draco te pediría un rescate? ¡Él es rico!. — cuestionó George con fastidio. — ¡No están secuestrados!. — dijo tratando de enfatizar las palabras suavemente, para hacerle entender.
— ¡No me voy a quedar a discutir estás tonterías contigo!. Iré a buscar y rescatar a mis hijos de ese Mortifago. — dijo Ron en una mezcla de insolencia y preocupación. Después de eso, se apartó de su hermano con urgencia y salió del negocio a paso veloz.
— ¡Espera!. — dijo el Weasley mayor, pero sus intentos fueron en vano. Su hermano menor no volvió. Rápido también se dirigió a la puerta. — ¡Maldición!. — con un movimiento de varita, George logró cerrar todas las ventanas y la puerta de su local con llave, para así ir detrás de Ronald.
Tienda de mascotas
Callejón Diagon
Hermione y Draco se encontraban contentos y satisfechos presenciando la interacción de Cygnus y Tyl, con el par de hermanos Weasley-Brow. El cuarteto de niños estaban alegres, aunque Hugo y Cygnus denotaban más entusiasmo que Rose y Tyl. Hasta ahora, las cosas no habían salido para nada mal. Los hijos de Ron no eran tan malos como habían creído en un inicio, pues solamente eran un par de chiquillos influenciados por los prejuicios de sus padres. A Hermione en específico, le encantaba que Rose y Hugo hayan brindado la oportunidad de conocerlos y poder interactuar con sus pequeños hijos.
— ¿Cuánto crees que dure nuestra tranquilidad?. — preguntó Hermione.
— Al menos hasta que Weasel se de cuenta que sus hijos desaparecieron. — respondió Draco como si nada. — Seguramente armará un gran alboroto.
— Solo espero que George sea el que venga a buscarlos, la tarde va tan perfecta. — suspiró cansada.
— Lo sé, Leona, pero al menos Tyl y Cygnus hicieron nuevos amigos. Aunque estoy sorprendido que lograrán encantar a los hijos de Weasel. — comentó Draco levemente sorprendido. Después miró a su esposa con una sonrisa ladina. — ¿Por qué mejor no te relajas y le buscas a tu vieja bola de pelos alguna golosina?.
— Oye, Crooks no es viejo. Es mi pequeño bebé. — refutó Hermione con el ceño fruncido.
— Un bebé que ya tiene pelos y bigotes blancos. — dijo el rubio con burla.
Mientras los adultos se encontraban en su plática, los niños se encontraban explorando la tienda en busca de los animales que habían en exhibición. Tyl trataba de aparentar que toda la situación le tenía aburrido, pero muy dentro de sí le gustaba estar ahí. Quizá la tienda de mascotas no era tan fabulosa como la de Quidditch, pero no estaba tan mal. Por otro lado, Cygnus tenía mucho entusiasmo y energía dentro de su pequeño cuerpo, pues saltaba de aquí para allá viendo con emoción a toda criatura que estuviera a su alcance.
— ¡Mira esto Hugo! Apuesto a que nunca has visto una de estas. — exclamó Cygnus con emoción, mientras veía en una vitrina a un pequeño ser peludo.
Instantáneamente, el chico pelirrojo se acercó a la vitrina. Enfocando el objeto que deseaba tras el cristal, Hugo emitió un sonido de sorpresa. Frente a ellos, estaba una tarántula muy llamativa y peculiar. El arácnido al sentir la presencia de los dos magos, cambió su superficie de color.
— Wow, ¿lo has visto?. — preguntó emocionado el pelirrojo.
— Desde luego que sí, es asombrosa. — respondió Cygnus con una gran sonrisa.
— Debo admitirlo, no está nada mal. — comentó Tyl sorprendido mientras se hacía un hueco para admirar la vista.
— ¡Claro que si! Aquí está la prueba de que no solamente el Quidditch lo es todo, hermano. — respondió su gemelo con chulería. Su hermano no dijo nada, solo rodó los ojos fastidiado.
Después Tyl dirigió la mirada a la etiqueta de la sección. — El letrero dice que es una tarántula regenboog…
— Tiene sentido, ahí mismo dice que se le conoce como la tarántula arco iris de Holanda. — contestó Cygnus en tono sabiondo. En ese momento el arácnido cambió su color a rojo.
— Si, el color de Gryffindor. — Masculló con satisfacción Tyl. No era para menos, el pequeño de 8 años esperaba algún día llegar a entrar a la casa de los leones.
— Es maravillosa, siempre he querido tener una araña o algo similar como ella. — suspiró Hugo con anhelo, mirando como la criatura se lucía y cambiaba a color blanco. — Es una lastima que mi papá nunca me haya dejado tener una…
— ¿Por qué lo tienes prohibido?. — preguntó Tyl con curiosidad. — Es más, yo que tú me revelaría. Si quieres puedo convencer a mis padres para que te la compren. — explicó el chico rubio sonriendo con confianza.
Hugo miró un poco triste a sus amigos. Afortunadamente, Rose se encontraba ocupada husmeando en la tienda como para prestarles atención al trío.
— Digamos que mi papá les tiene miedo a los arácnidos… — Musitó triste. — Cuando mi papá era niño, mi tío Fred y George transformaron su oso de peluche favorito en una. Desde ahí les tiene fobia.
— Patético… — Musitó el gemelo rizado con burla. Después se dirigió a Hugo. — Lo siento mucho, pero en verdad lo es. Se que no debería juzgar a tu padre, porque todos le tenemos algo, pero él está exagerando en no permitirte tener una mascota de tu gusto.
— No te preocupes, yo también no entiendo su temor. — declaró el pelirrojo con melancolía.
— ¿Ah?, Debes decirle a tu padre que son maravillosas, no hacen daño. Está muy equivocado. — comentó Cygnus indignado. — Ahora mismo le digo a mis padres que te la compren, ¡Eso es inaudito!.
— No, es demasiado… — trató de calmarlos con timidez el pelirrojo, pero no funcionó.
— ¡Está decidido! ¡Madre, padre! ¿Podemos comprarle una tarántula a Hugo como regalo de navidad adelantado? — preguntó Tyl con decisión y una gran sonrisa en su rostro.
Hermione y Draco que estaban escuchando la conversación de los niños, decidieron intervenir. La castaña por más que quería cumplirle el sueño al pequeño Hugo, tenía la preocupación de que el chico se metiera en problemas por el gesto que tendrían con él. Aunque estaba sumamente conmovida por la motivación de sus hijos en poder cumplirle el sueño al más joven de los Weasley-Brown. Por otro lado, los ojos grises de Draco chispeaban con diversión y malicia. Él no iba a perder la oportunidad de hacerle la vida imposible a Weasel, ¿Que mejor manera que hacerlo a través de su pequeño mocoso?. En definitiva, mini Weasel le caía de maravilla al patriarca Malfoy debido a su inocencia e ingenuidad.
— Tyl, Cygnus. Nosotros no tenemos ningún inconveniente en hacerle un obsequio a Hugo, pero debemos ser justos con su padre. — dijo Hermione con parsimonia y compasión. — Ronald en verdad le aterran las arañas.
En la cara de Cygnus y Tyl se dibujó la desilusión, Hugo solamente se limitó a mirar el suelo con vergüenza debido a la posición en la cual le habían dejado sus amigos frente a la señora Malfoy. Por más que él quisiera poder llevar a ese amiguito peludo a su hogar, debía tener consideración con su padre. Además, le apenaba un poco que los Malfoy le compraran al pequeño animal cuando él podía hacerlo con su dinero ahorrado de su mesada.
— Leona, estás exagerando. — expresó Draco con una sonrisa maliciosa. — Mini Weasel nunca ha tenido un arácnido, tengo entendido que son sus favoritos. ¿Por qué no le cumplimos su sueño?. — añadió fingiendo inocencia.
— Dragón, sabes que podemos meternos en un lío con Ronald y su esposa. — contestó Hermione con severidad.
— Eso me tiene sin cuidado. Además ve la ilusión en el rostro del pecoso. — dijo Draco con seguridad. Hermione miró el rostro anhelante del Pelirrojo. — ¿Qué es lo peor que puede pasar?.
— Se me ocurren varias cosas. — comentó la castaña obstinada. — ¿Qué tal si castigan al niño injustamente?. O peor, abandonan a la mascota. — añadió con urgencia y preocupación.
— Naa, Weasley podrá ser un idiota sin remedio, pero dudo que le rompa el corazón a su hijo pequeño. — contestó su esposo rubio con lógica. — Si te preocupa que puedan abandonar al pequeño bicho, podemos proponerle que si no pueden tenerlo en su casa, puede llevarlo a la mansión. Ahí Cygnus y Tyl pueden hacerse cargo de él y así mini Weasel iría a visitarlo cuando quisiese.
— No vas a desistir, ¿Verdad?. — suspiró Hermione cansada. Sabía que no podía refutar la lógica de su marido.
— Ya me conoces. — sonrió el hombre ampliamente.
— Está bien, solo voy a acceder porque sé muy bien que en el fondo no solamente lo estás haciendo por molestar a Ron, sino porque en verdad quieres tener un buen gesto con Hugo. — sonrió Hermione con complicidad.
— Culpable. — declaró el mago, sonriendo petulante.
— Señor Malfoy, usted es encantador. — comentó Hermione acercándose a su pareja, rodeando su cuello con sus brazos. Atrayéndolo hacía ella, rozando sus labios, para después besarlo con urgencia y amor. Draco sonrió en medio del beso, y correspondió a la caricia de su esposa, abrazando su cintura. No le importaba quien pudiera estarlos observando, al menos la escena que estaban ofreciendo aún era apta para todo público.
— ¡Ah, madre! ¡Mis ojos!. — se quejó uno de los menores con desagrado, mientras se tapaba sus ojos.
— ¡Tyl!. — Reprendió Cygnus a su gemelo, pero también demostrando que estaba levemente apenado por el sonrojo en sus mejillas.
— No puedo evitarlo chicos, el encanto Malfoy me llama. — dijo con diversión su madre.
— Bueno, ustedes ganan chicos. Mini Weasel tendrá una tarantula. — declaró Draco con arrogancia.
— ¿En serio padre? ¡Eso es genial!. — dijo Tyl con entusiasmo, dando brinquitos en su lugar.
— ¡Si! Muchas gracias a los dos. — completo Cygnus con tranquilidad, pero sin poder evitar sonreír con calidez.
— Señores Malfoy, muchas gracias por el gesto, pero creo que no debo aceptarla. — dijo Hugo con nerviosismo, pero sin poder dejar de sentir la emoción dentro de él.
— Tonterías, no es nada. Considéralo un regalo de navidad adelantado. — dijo Malfoy fingiendo humildad. — Y recuerda, "Los señores Malfoy somos muy generosos", que nunca se te olvide comentarlo con tu padre. — añadió arrogante y malicioso. Tyl sonrió y asintió frenético en común acuerdo con su padre. Hermione solo rodó los ojos y Cygnus sonrió tímidamente.
— Claro que sí señor. — dijo con inocencia mini Weasel.
— Si llegas a tener algún problema con tus padres por el animalito, no dudes en decirnos y podremos buscar una solución. — dijo la bruja castaña en tono maternal, sonriendo con calidez.
Eso fue suficiente para ocasionar que por fin, Hugo Weasley les sonriera muy feliz y satisfecho. Quizá no habrían consecuencias con sus padres por adquirir una nueva mascota.
— ¡Muchas gracias a los dos! ¡Lo voy a cuidar muy bien!. — declaró el pelirrojo con mucha determinación.
— Madre, Padre. ¿También podemos comprar golosinas para Sora?. — preguntó Cygnus con una sonrisa amable. Sora era su pequeño puffskein de color miel. — Solamente así deja de comerse los mocos de Tyl… — añadió con algo de vergüenza. Ante está declaración, Hermione soltó una carcajada agraciada, mientras Draco abrió sus ojos con horror y componía una mueca de desagrado. Por último, Hugo miró interrogante a la pareja de gemelos.
No era para nada extraño, los puffskein eran conocidos por ser unos pequeños gatos regordetes y muy peludos que eran tan dóciles y amables. Solamente que a veces tenían un pequeño defecto: las pequeñas criaturas cuando se aburrían o tenían hambre, tenían la costumbre de comerse los mocos de sus dueños cuando estaban dormidos a mitad de la noche.
— Tu bestia es una amenaza. — Masculló Tyl con desagrado. — Ya van tres veces esta semana en las cuales me despierto a mitad de la noche por su culpa.
— Amm, claro hijo. Lleva muchas para Sora, no hay problema. — respondió Draco consternado.
— Ya que andan tan generosos, ¿Podemos ya irnos a la tienda de Quidditch?. — preguntó Tyl con esperanza a lo cual, su padre le miró con severidad. — Está bien, ya entendí. — dijo derrotado.
Mientras tanto, Hermione se dispuso a buscar a Rose con la mirada, ya que desde que habían llegado a la tienda, se encontraba en silencio. La ubicó en la sección de conejos. Con paso suave y lento, se posó detrás de ella. Por su parte, la niña Weasley miraba embelesada a las criaturas.
— ¿Te gustan los conejos?. — le preguntó la matriarca Malfoy con curiosidad. Rose solamente asintió. — Eso me recuerda a tu madre. Ella en nuestros tiempos de Hogwarts tenía un pequeño conejo de color miel llamado Binky.
— El pequeño Binky, desde luego que sí. Estoy muy enterada de la historia. Mamá me ha mostrado fotos de él, lo extraña mucho. — respondió Rose ligeramente melancólica. — Supongo que esa es la razón por la cual nunca les he pedido un conejo, no quiero traerles malos recuerdos.
Lavender Brown, en su tercer año de Hogwarts, le había contado a Hermione que había muerto su conejo llamado Binky, asesinado a manos de un zorro salvaje. Sabia cuán importante había sido la mascota para la bruja rubia. Hermione supuso que la hija de Lavender había heredado el gusto por los conejos de su madre. La niña a pesar de mostrarse en el exterior como alguien caprichosa, podía ser muy considerada en el fondo. Hermione sabía que si llevaba a la chica por un buen camino, podría llegar a ser una gran bruja. Solamente dependería de Rose saber a qué personas escuchar en un futuro.
— Hemos decidido regalarle a tu hermano una mascota por navidad. — anunció Hermione con voz melodiosa. Rosebud le miró sorprendida, después volvió su mirada a su pequeño hermano que veía con brillantes ojos a una tarántula en una caja de plástico. La niña pelirroja se rió dentro suyo por la elección de su hermano. — Me gustaría poder ofrecerte la misma oportunidad, ¿Que te parecería un conejo?. ¿Crees que haya algún problema con tus padres?.
Fue así como la hija mayor de Ron le miró con la boca abierta. ¿A ella también le estaban ofreciendo la oportunidad?. ¿Qué les sucedía a los Malfoy? ¿Acaso siempre eran tan generosos?. Si no mal recordaba, su padre le había dicho una vez que eran presumidos y egoístas, pero hasta el momento no habían demostrado signos de aquel comportamiento. Rosebud quería responder que le encantaría tener un pequeño conejo, como el que alguna vez tuvo su madre, pero tenía la preocupación de que su progenitora no fuera a recibir bien la noticia. ¿Qué tal si la ponía triste al evocar el recuerdo del viejo Binky?. Hermione se hizo a la idea de lo que podía estar pensando la menor.
Hagamos un trato, si accedes a qué te obsequie una mascota, le llevaremos a tu madre un pequeño peluche de conejo lo más parecido a Binky. Aquí en la tienda también se dedican a crear pequeños recuerdos y homenajes para las mascotas difuntas, esa es una forma de ellas.
Rosebud lo pensó un poco. Concluyó que su madre se encontraría muy feliz por aquel gesto. Estaba a punto de acceder alegremente, hasta que recordó la forma en la cual se había estado comportando con los hijos del matrimonio. No se refería a los pequeños Tyl y Cygnus, sino a Scorpius, Antares y Abraxas.
— El regalo para mi mamá suena perfecto, señora Malfoy. — sonrió Rose con amabilidad. — Pero me temo que no merezco algo así. Creo que sería injusto por la forma en la cual he conspirado en contra de sus hijos. — añadió con vergüenza.
— Pequeña Rose, pensé que eso ya había quedado claro. Nosotros no tenemos ningún rencor hacia ti. Sabemos perfectamente que solamente eres una niña, que se ha equivocado. Aún estás a tiempo de solucionar tus problemas con ellos. — explicó Hermione tranquilizadora. — Hasta ahora, a Draco y a mí nos has demostrado que eres otra clase de persona. Una niña que se preocupa por su familia por encima de todo. No seas tan dura contigo misma, permítenos hacerte este obsequio. Míralo como una ofrenda de paz y perdón, para que quizá puedas arreglar tus disputas con mis pequeños. — añadió la leona con una sonrisa radiante. Rosebud solamente se quedó mirando cautivada. Ahora entendía un poco a su padre, pues era imposible no sentirse bien por el trato de la mujer.
— Está bien, señora Malfoy. Me alegraría mucho poder tener ese presente, es muy considerada. — contestó la pelirroja risueña. — Además, también quiero ver a mi madre sonreír, últimamente la he notado triste. — comentó Rose con ilusión.
— Entonces saquemos una sonrisa a Lavender. — dijo mientras le sonreía con complicidad. Después señaló la sección de conejos. — Escoge el que más te guste, mientras tanto yo iré a hacer el pedido con el encargado. En unos momentos te lo entregarán. — explicó mientras se alejaba hacía el mostrador.
— ¡Muchas gracias!. — expresó con gratitud, con una gran sonrisa en su rostro. Posteriormente, dirigió su mirada hacia los conejos para escoger al afortunado.
Hugo miró a su hermana con la boca abierta, pero después cambió aquella expresión por una de felicidad. Hace bastante tiempo que no veía sonreír a Rose con sinceridad como en los viejos tiempos, cuando eran más pequeños. Debía admitir que no fue tan mala idea haberse escabullido de su padre.
Hermione se dirigió al encargado de la tienda a paso elegante.
— Señor Wilkenson, agregué a nuestra cuenta un conejo, una casa con todos los accesorios y alimento, por favor. — explicó Hermione calmadamente. — ¡Oh, casi lo olvido!. También necesito un memorial sobre una mascota difunta, en un momento le comparto una memoria sobre el aspecto de ella.
— Claro que sí, señora Malfoy. — contestó el señor servicial. Draco por su parte, se acercó por detrás a su mujer.
— Leona, recuerda que debemos pasar por tu encargo a la joyería a las 3. Faltan 10 minutos. — dijo el rubio.
— ¡Lo había olvidado por completo!. — dijo la castaña, exaltada revisando su reloj de muñeca.
— ¿Te parece si dejamos a los niños aquí para que reciban sus cosas y nos esperen en la salida de la tienda?. — preguntó el hombre tentativamente.
— Creo que son lo suficientemente responsables para quedarse solos. — declaró con confianza la rizada. Dirigió su mirada a hijos. — Chicos, su padre y yo iremos por un encargo a la joyería. Ustedes se quedarán aquí para esperar sus cosas, si terminan antes pueden esperarnos afuera. — dijo Hermione en tono suave, pero autoritario.
— Si madre, no te preocupes. Yo cuidaré a todos, en especial a Tyl. Prometo que no se irá a la tienda de Quidditch. — contestó Cygnus con seguridad. Su hermano solo le fulminó con la mirada.
— A veces no eres de mi agradó hermano...— declaró Tyl un poco frustrado. Hermione solo sonrió con diversión.
— Así me gusta, cuiden también a las pequeñas comadrejas. — dijo Draco satisfecho. — Y no causen problemas. — añadió con advertencia.
— Vayan con cuidado. — contestó Tyl con simpleza, sonriendo travieso. Draco y Hermione solo suspiraron con cansancio mientras salían de la tienda. A veces era un peligro dejar a los pequeños niños solos.
Heladería Florean Fostescue
Dentro del pequeño local del señor Fostescue se estaba armando un revuelo escandaloso. La mayoría de los comensales habían optado ir a aquel lugar para relajarse a tomar un rico refrigerio, pero nunca pensaron que un mago pelirrojo fuera a perturbar la paz del negocio. Ron había llegado alterado a la recepción del lugar, exigiendo ver a los Malfoy. Detrás de él, George le miraba con pena ajena.
— ¡Exijo ver a los Malfoy! ¡Es urgente!. — exclamó demandante.
— Señor Weasley, ya le hemos informado que ellos no se encuentran aquí. — respondió una joven bruja detrás de un mostrador, mostrándose ligeramente nerviosa.
— ¡Tonterías! Ese rubio teñido ha secuestrado a mis hijos y me ha avisado que está aquí con ellos. — refutó Ron de mal humor.
— ¿Qué?. — expresó desconcertada la encargada. — Señor, se encuentra en un error. Los Malfoy serían incapaces de hacer algo como eso, además si sus hijos se encontrarán secuestrados, ¿Por qué los Malfoy se tomarían la molestia de avisarle el lugar en donde los tienen?. — cuestionó con duda y confusión.
La mayoría de los locatarios, a pesar de apenas haber empezado a tratar con la familia Malfoy nuevamente, les tenían una gran estima, pues hasta ahora habían demostrado ser magos íntegros y confiables. Nada que ver con el pasado que habían tenido con El innombrable.
— Tú no sabes nada. ¡Estoy seguro de que Malfoy tiene a mis pobres hijos atemorizados!. Así que díganle que salga ya del lugar. — respondió el hombre pelirrojo de mal humor.
— Ya basta Ronny. Solo nos estás avergonzando. — dijo George con dureza. — La señorita ya te explicó que Draco y Hermione ya se fueron, mejor volvamos a Sortilegios. Ellos llevarán a Rose y Hugo de vuelta sanos y salvos.
— Eres un ingenuo, George. Malfoy en este momento debe de tener bajo amenaza a Hermione, todo con tal de evitar que ella haga lo correcto y liberé a mis pequeños. — dijo obstinado.
— ¿Te golpeaste la cabeza acaso? Estás diciendo más tonterías de lo normal. — dijo el Weasley mayor tratando de no reír por las declaraciones del otro. Aquellas palabras hicieron que Ron meditara por un momento, como si sopesara sus acciones.
— Tienes razón, creo que estoy en un error. — contestó pensativo. George por un momento creyó que la rabieta de su hermano pasaría de largo. — Lo más seguro es que Malfoy hizo está venganza en mi contra. Todo porque volví a enamorar a Hermione. El ramo que le di la vez anterior debe de haber dado sus frutos, y la he hecho replantearse sus sentimientos por Malfoy. — explicó con seguridad, muy satisfecho de él mismo. George quería golpearse a sí mismo, para comprobar que no estaba en un sueño surrealista.
— En definitiva, estás demente. La verdad ansió ver la forma en cómo va a reaccionar Draco a tus declaraciones, así que no voy a detenerte. — dijo el pelirrojo mayor con deleite. — Tal vez así se te acomoden las ideas.
Ronald miró de mala gana a su hermano, estaba a punto de seguir protestando, pero la empleada del lugar se aclaró la garganta para llamar la atención de los dos hombres.
— Señor, perdone que me meta, pero eso suena absurdo, incluso para mí. La señora Malfoy siempre de ha visto muy enamorada de su esposo, dudo que guarde sentimientos por otro mago… — dijo la mujer sin vacilación.
— ¿Qué puede saber una simple empleada?. — contestó Ron arisco. — Nuestra historia es compleja, tú qué vas a saber.
Posteriormente a esto, el pelirrojo menor enrojeció y salió de la heladería con rapidez, indignado y hosco. George suspiró en su lugar cansado, después miró a la joven del mostrador.
— Déjalo, no sabe lo que está diciendo. Una disculpa por las molestias que hemos causado. — dijo George con amabilidad y gentileza, dirigida hacía la chica. Ella sólo sonrió quedamente en una muda comprensión, con algo de lástima. Fue así como el chico Weasley fue detrás de su hermano.
Joyería Velvet Lux Magic
Mientras tanto, Hermione y Draco ya se encontraban dentro del negocio. Hace unos momentos, habían indicado a la empleada que habían ido a recoger los pedidos de la señora Malfoy. La mujer muy amablemente, se dirigió hacia la parte trasera de la tienda. Primeramente se dedicaron a admirar una que otra pieza del lugar, pero después prefirieron prestarse atención mutuamente. El encargo de la matriarca Malfoy había consistido en ordenar un trío de collares de cuarzo transparente. El cual, era la joya famosa más empleada para cualidades de protección. Por otro lado, había ordenado un par de anillos para hombre, destinados a Albus y James con el mismo tipo de piedra. La joyería Velvet Lux era de gran prestigio, por lo cual muy pocos magos y brujas podían darse el lujo de comprar en sus negocios. Afortunadamente, no era una joyería común y corriente, pues está tenía la gran característica de ofrecer accesorios de joyas con cualidades mágicas.
— Pienso que fue muy inteligente de tu parte comprar esas cosas. — dijo Draco halagador. — Al menos de esta forma podemos garantizar la seguridad de Alhelí y Daphne.
— Yo siempre soy inteligente, querido Dragón. — respondió Hermione condescendiente. — Y no solo eso. También me tomé la libertad de ordenar otro tipo de accesorios para Lily, Albus y James. Digamos que funcionan como un rastreador. — Explicó jovial.
— ¿Cómo fue que se te ocurrió esa idea?. — preguntó el rubio muy intrigado.
— Se lo debo a tu madre. Ella me sugirió que en esta joyería eran capaces de realizar un pedido así. — dijo con sencillez, encogiéndose de hombros.
— Muy cierto, había olvidado la existencia de este lugar. Mi padre en ocasiones también le regalaba joyas con cualidades de protección a mi madre. — respondió Draco con entendimiento.
La plática del matrimonio se vio interrumpida por la llegada de la encargada del lugar.
— Aquí tiene, señora Malfoy. Nos hemos tomado la molestia de envolver los artículos en forma de regalo. — dijo con amabilidad la señorita, extendiendo los cinco paquetes en su dirección.
— Simplemente perfecto, Muchas gracias. — contestó Hermione educada. — Solo una cosa más. Me gustaría pedir también ese broche de flor de Jasmin por favor. — pidió amablemente, mientras señalaba en el mostrador un bonito broche con incrustaciones de esmeralda en algunos lugares estratégicos. Draco ante el pedido, arqueó las cejas con interrogante.
— Desde luego que sí, serán 200 galeones más. — respondió la empleada entusiasmada. Que gran comisión se iba a llevar gracias a las compras de los Malfoy. Hermione sin titubear de su bolso sacó su cartera y le entregó las monedas doradas. — Perfecto, en un momento se lo traigo. — declaró la mujer, tomando el dinero y yendo a la parte trasera nuevamente.
— ¿Para quién es eso?. — preguntó Draco con curiosidad.
— Para Pansy. Es un pequeño obsequio por ayudarme a buscar pruebas para mi juicio. — contestó la bruja con simpatía.
— Bueno, algo bueno tenía que salir de la mala costumbre de ser cotilla de Pans. — comentó el rubio con ironía. Después, al darse cuenta de lo que dijo, se quedó estático. — Por favor, no le digas que dije eso…
Hermione rió ante la reacción de su esposo. No era para nada extraño. Si Pansy se llegaba a enterar que Draco comentaba algo malo sobre ella, le hacía la vida imposible por unos días.
— Mis labios están sellados, señor Malfoy. — respondió la castaña con complicidad.
— Buena chica, aunque podría ayudarte a mantener la boca cerrada de otra manera más interesante. — dijo su esposo insinuador y con tono seductor, atrayéndola hacia sus brazos. Después, con una de sus manos, levantó el mentón de su esposa. Sus ojos grises chispeaban hambrientos al mirar los labios de la mujer. — O mejor aún, que esa boca tuya esté ocupada con otras palabras más interesantes..
Cuando se dió cuenta, Hermione tenía una mano de su esposo en una parte de su trasero. Ella ante el tacto se sobresaltó y sonrojo furiosamente.
— ¡Draco, aquí no!. — chilló Hermione en protesta, pero estaba muy embelesada por la situación, que no se alejó de su agarre.
— Por Godric, el hotel queda a las afueras del callejón. Priven al mundo de sus muestras de afecto. — exclamó una voz, ligeramente perturbada al entrar al establecimiento repentinamente.
Esa fue la señal que Hermione necesitaba para soltarse del agarre de Draco como si quemara. Algo apenada, giró para ver la identidad del nuevo cliente del lugar. Por su parte, Draco se encontraba sonriente y muy fresco sin sentirse avergonzado.
— Argh, Potty. Siempre siendo tan inoportuno. — se quejó el rubio prepotente. El pelinegro sonrió con diversión, sin sentirse culpable.
— Harry, ¿Qué haces aquí?. — preguntó Hermione con curiosidad, pero aún se notaba ligeramente avergonzada y nerviosa por haber sido atrapada infraganti.
— Antes que nada, ¿Podrías lanzarme un obliviate para olvidar lo que ví?. — preguntó el pelinegro burlón, pero solo recibió una mirada envenenada de la castaña. Esa era la señal para zanjar el tema. — Vine a llevarme a Wood para ponerlo en custodia. Debe estar en un lugar seguro si tienes la intención de que testifique. — explicó sereno.
— Es cierto, lo había olvidado por completo. — Murmuró la bruja un poco consternada.
— Ya me di cuenta que estás pensando en otras cosas. — comentó Harry burlón. Hermione se volvió a sonrojar con fuerza debido a la acusación.
— Es difícil sacarme de sus pensamientos, pensé que te había quedado claro. — declaró Draco con arrogancia, sonriendo de lado.
— ¡No es eso!. Lo que pasa es que hoy era un día dedicado para Tyl y Cygnus. Dejé el trabajo de lado por completo. — se justificó la mujer con algo de nerviosismo, pero rápidamente controló su temple.
— Si es eso cierto, ¿Dónde están los pequeños rubios?. — preguntó Harry sin sonar convencido.
— Están en la tienda de mascotas, junto a tus lindos e inocentes sobrinos. — respondió Draco con sarcasmo.
— ¿Fred y Roxanne?. — preguntó confundido. No se le ocurría al hombre que vivió que sobrinos pudieran estar con los Malfoy. Los únicos en los que podía pensar eran los hijos de George y Ángela, ya que eran los que tenían más relación con la familia rubia.
— Los hijos de Weasel. — declaró con satisfacción el hombre rubio.
— Pero, ¿Cómo?. — preguntó Harry desconcertado.
— Es una larga historia, pero en resumen puedo decirte que mis pequeños gemelos se llevan de maravilla con Hugo y Rose. — dijo Hermione con orgullo y felicidad.
— De Hugo no me extraña, pero ¿Rosebud?. Eso es extraño. — comentó Potter sorprendido.
— Encanto Malfoy, Potty. — Canturreó Draco con insolencia.
— Repugnante. — Masculló el pelinegro con desagrado.
— ¡Hey!. — se quejó ofendido el rubio. Hermione solo se limitó a rodar los ojos, ante el comportamiento de su amigo y esposo.
— Y a ustedes, ¿Qué los trae aquí a parte de un momento familiar?. — preguntó Harry con una sonrisa, dirigiéndose a la bruja.
— Venimos por los obsequios de tus hijos y Daphne para Navidad. — dijo la castaña con tranquilidad.
— ¿A una joyería de lujo? ¿No era mejor una juguetería o la tienda de Quidditch?. — propuso con duda.
— Relájate, esas joyas tendrán doble función a parte de lucir caras. — dijo la bruja con confianza.
—Muy bien, Señora Malfoy. Aquí tiene el último paquete. — habló la encargada del negocio amablemente, mientras le tendía el nuevo objeto a Hermione.
— Estupendo, muchas gracias. — agradeció la mujer. Aprovecho para reducir el tamaño de sus compras, y meterlas en su bolso.
Posterior a esto, se giró para caminar a la salida del lugar en compañía del par de hombres.
— ¡Que tengan un buen día! Señor Malfoy, Señor Potter. — logró exclamar la encargada antes de que todos salieran del negocio.
Una vez afuera, empezaron a caminar por la calle.
— Será mejor que regresemos con mis mocosos. La última vez que los deje solos en una tienda, Tyl usó un artículo de broma que hacía reír a la gente compulsivamente. — comentó Draco con seriedad.
— Cygnus quiso ayudarlos, pero la gente no podía dejar de tomarse el estómago compulsivamente. — explicó Hermione al pelinegro que se veía intrigado por la conversación.
— ¿Cómo es que no acabaron demandados?. — preguntó Harry impresionado. — Caminemos, tengo algo de tiempo para saludar a sus hijos y mis sobrinos.
— En el París mágico nos tienen mucha estima. Conocen cómo son nuestros hijos, así que digamos les tienen paciencia. — explicó la mujer con calma.
— Sucesos que un par de galeones arreglaron. — comentó Draco encogiéndose de hombros.
— ¿Hermione sobornando gente?. No me lo creo. — dijo el hombre que vivió con buen humor. La mencionada solo sonrió enigmática.
Cuando se percataron, ya casi se encontraban cerca de la tienda de mascotas. Hasta ahora, la tarde había resultado muy agradable para la familia. Hermione se cuestionó que quizá estaba siendo muy negativa últimamente, pues todo hasta ahora iba a la perfección. Eso quiso pensar, hasta que escuchó un grito desagradable.
— ¡Con que ahí estabas, Mortifago repugnante! — grito Ron Weasley con desdén, atrayendo la atención del trío de adultos y algunos transeúntes del callejón.
— ¿Me estás hablando a mi?. — preguntó Draco con los ojos entrecerrados, haciéndose el desentendido.
— Por supuesto que sí, ¿Quién te crees? ¿El ministro de magia?. — preguntó enfurruñado.
— Tiene algo en mi contra ¿Verdad?. — preguntó Draco fastidiado a su esposa y Potty, ignorando olímpicamente al otro mago. — Por Salazar, ¿Por qué siempre yo?. ¿Por qué no Potty?. — se lamentó con dramatismo.
— Te dije que nuestra tarde pacífica llegaría tarde o temprano a su fin. — musitó Hermione apesadumbrada.
— ¡Te estoy hablando, Malfoy!. ¿Dónde tienes a mis hijos?. — preguntó el pelirrojo con ira.
Detrás de él, llegó su hermano George agitado.
— ¡Ron, basta! Estás llamando la atención de todos. — protestó George.
— Eso no me importa, por mi que todos se enteren. ¡Qué este seguidor de lo oscuro secuestró a mis hijos. — grito con terquedad.
— Weasel, deberías dedicarte a ser comediante. Te iría mucho mejor, porqué ser auror no es lo tuyo. — Siseó Draco fingiendo sorpresa. — Para eso necesitas cerebro.
Está a punto de seguir en la batalla verbal en la cual estaba envuelto, hasta que posó sus ojos azules demandantes en el hombre que vivió.
— Harry, deberías apoyarme. ¡Soy tu cuñado!. Ese desalmado tiene a tus sobrinos en sus garras. — explicó Weasley con desesperación.
— Eso ya lo sé, no veo el problema. — contestó Potter con tranquilidad, como si nada estuviera ocurriendo. — Además, creí que ya no éramos amigos, ni siquiera familia, eso lo dejaste claro el otro día. — añadió dedicándole una mirada fulminante.
— George ¿Se puede saber de qué está hablando?. — preguntó Hermione antipática.
— Lo siento Herms. Hice todo lo posible para detenerlo, pero ya sabes cómo es, todo le entra por un oído y sale por el otro. — respondió George un poco desesperado. La bruja le dedicó una mirada de entendimiento y sonrió con algo de lástima.
— Mione, abre los ojos. ¡Tu intento de esposo tiene secuestrados a mis hijos en algún lugar!. — Ron volvió a hablar con indignación. La castaña le miró fríamente.
— Ronald, en primer lugar, tus hijos están sanos y salvos. Segundo, no entiendo que te hace pensar que mi esposo pudo haber secuestrado a Rose y Hugo. — comentó Hermione con mirada helada.
— Está más que claro, me llegó la carta. — respondió obstinado, sacando la carta de uno de sus bolsillos y señalandola.
— Y ahí se comprueba que eres un inepto de primera, porque ni siquiera comprensión lectora tienes. — comentó Draco con burla.
— ¡Tú cállate! Estoy hablando con ella. — gruñó.
— Tus hijos están dentro de la tienda con los nuestros. Nos los encontramos solos en la heladería de Fostescue. — explicó la bruja impaciente. — En lugar de venir a acusarnos por esa clase de estupideces deberías considerar mejorar como padre. ¿Qué clase de adulto perdería a sus hijos?. — añadió con irritación
— Yo, solo los perdí un momento de vista. — balbuceó el pelirrojo, ligeramente nervioso.
De la entrada de la tienda de animales, un grupo de niños salió de manera entusiasta. Rosebud y Hugo al ver a su padre, se alegraron. Por su parte, Cygnus y Tyl corrieron detrás de sus padres al sentir la tensión en el ambiente.
— ¡Papá! Por fin nos encontraste. — chilló Rose con felicidad, corriendo en su dirección, con una caja en brazos. Y una bolsa de cartón con algo dentro.
— ¡Hugo! ¡Rose!. Están a salvó. — dijo el patriarca Weasley con asombro y alivio.
— Por supuesto que lo estamos, ¿Por qué no lo estaríamos?. — preguntó Hugo con confusión.
— Pensé que los habían secuestrado… — confesó el adulto un poco apenado, pero sin dejar de sentir cierta satisfacción por ver a sus pequeños.
— Puf, pero que tonterías. ¿Por qué mi padre secuestraría a un par de niños?. — cuestionó Tyl burlón.
— Quería creer que mi padre había cometido un error sobre el señor Weasley. Ahora nunca volveré a dudar de él. — respondió Cygnus con seguridad.
— ¡Ustedes guarden silencio, pequeños granujas!. — expresó Ron indignado.
— Los señores Malfoy nos han estado cuidando. Son muy amables. — dijo Rose con tranquilidad, con la esperanza de poder relajar a su padre.
— ¿Ah?, pero ¿Qué estás diciendo Rose?. — preguntó confundido.
— ¡Mira papá! Los señores Malfoy me han comprado una mascota. ¡Mírala es hermosa!. — anunció Hugo entusiasta. Después acercó su pequeña caja con la tarántula dentro para que Ronald pudiera admirarla mejor.
— ¡Aleja eso de mi!. — grito el Pelirrojo mayor con pánico, alejándose de la caja. Su hijo al ver la reacción de su padre, se desilusionó.
— No pongas esa cara, Hugo. Tu araña es muy genial, no le hagas caso al tonto de tu padre. — comentó George con cariño. Su sobrino solo asintió con una ligera sonrisa.
— George, no estás ayudando.— Musitó Ron con nervios.
— Papá, por favor controlate. — dijo Rose con fastidio. — A mí también me han comprado una, mira a Boneless. ¿Verdad que es mono?. ¡Incluso es pelirrojo como nosotros!. — añadió con entusiasmo y felicidad mostrándole su nuevo conejo.
— Si hija, es muy bonito. — sonrió Ron con suavidad. Después, esa ternura fue sustituida nuevamente por la ira. — ¿Qué pretendes? ¿Comprar a mis hijos como lo has hecho con Harry?. — preguntó molesto al patriarca Malfoy.
— Yo no he hecho nada más que tratarlos con educación. Afortunadamente, mini Weasel y Weasellette tienen cerebro. Me preguntó ¿De dónde lo habrán heredado?. — comentó Draco cínico.
— ¡Niños, regresenle esas cosas a este patán!. No se dejen engañar solo porque les han comprado algo. — ordenó con disgusto el mago.
— Pero, papá… —
— Ronald, deja a los niños en paz. En nada te afecta que se queden con sus mascotas. — comentó Harry tratando de enfriar la situación.
— ¡No te metas traidor!. —
— No hay necesidad de que te comportes así frente a los niños. Si hay algún problema, supongo que podemos llegar a un acuerdo Pacífico. — propusó Hermione con serenidad.
Ron, al darse cuenta que la bruja le estaba hablando directamente a él, se suavizó.
— Tienes razón, Mione. Hablemos civilizadamente. — dijo ligeramente animado, sonriéndole.
— Sabía elección. — dijo con satisfacción la antigua princesa de Gryffindor. — Mira, nosotros no queremos incordiar. Solamente encontramos a tus hijos solos en la heladería. No queríamos que estuvieran solos, así que los invitamos a pasar la tarde con nosotros.
— Nos llevamos muy bien con los Malfoy, papá. — contribuyó Hugo.
— Bueno, seguramente eso se debe a ti, Mione. Muchas gracias, por sus mascotas. Veré qué las cuiden. — dijo Ron agradecido, acercándose a la señora Malfoy, estando casi frente a ella.
— Perfecto. — exclamó Hermione con tranquilidad, sin sentir el peligro al cuál estaba expuesta por la cercanía del Pelirrojo.
— Oh, y una cosa más…— dijo Ron con una gran sonrisa en el rostro. Sin previo aviso, aprovechando la cercanía que tenía con la mujer. La tomó por la nuca de manera brusca y le estampó un sonoro beso en los labios. Hermione de inmediato lo empujó con brusquedad, en estado de shock.
— ¡Ronald! — chilló Hermione horrorizada.
— Espero que te hayan gustado las flores, hermosa. — dijo Ron con coquetería, que ocasionó que a la mujer se le retorcieran las entrañas de disgusto.
— Por Merlín, es un hombre muerto. — dijo Harry pasmado por la situación.
— ¡Joder!. — grito George sumamente sorprendido.
— Ese señor está demente. — exclamó Tyl cabreado.
— No quiero ver… — dijo Cygnus con nerviosismo, tapándose sus ojos con las manos.
— ¡Hey Weasel!. — exclamó Draco con fiereza. Ron se giró a su encuentro, listo para pelear, pero un puño en su rostro no se lo permitió.
El pelirrojo sintió como caía al suelo en cámara lenta. Observando su entorno con cuidado. Había varias personas curiosas admirando la situación bizarra en la que se habían metido. Sus hijos gritaron preocupados. Una vez que abrazó el suelo frío, volvió a sentir los nudillos albinos de Malfoy en su nariz, por segunda vez. Una tercera vez impactó con su ojo.
— ¡Draco!. — chilló Hermione preocupada, pero no por el bienestar de Weasley, sino por su esposo.
— ¡Dale con la silla!. — aplaudió entusiasta George. Sabía de antemano, que su hermano menor se merecía aquel trato. Sabía que era muy estúpido, pero pensó que tenía un limite.
Draco quería matar a golpes a la comadreja que se había atrevido a mancillar el honor de su mujer frente a tantas personas, pero desgraciadamente fue sujetado por Potty.
— Cálmate… — Musitó Harry detrás de él sujetándolo con fuerza. Draco de mala gana dejó de forcejear, pero con habilidad sacó su varita de su túnica. Harry se asustó y por consecuente no reaccionó con rapidez.
— Anteoculatia. — dijo Draco con malicia, sonriendo peligrosamente. Aquél hechizo fue a impactar al pelirrojo tendido. Muchos contuvieron el aliento. ¿Acaso le había lanzado un Avada?.
Hermione seguía estática, presa de la vergüenza. De repente, de la cabeza del pelirrojo, salieron un par de grandes astas, pesadas y duras.
— ¿Qué me hiciste?. — dijo Ron adolorido y horrorizado, al sentir más peso extra en su cabeza.
— Agradece que no fue la tercera imperdonable. Esta es la segunda advertencia, no vuelvas a tocar a mi esposa. — Siseó Draco con desagrado, mirando fríamente al mago tendido como un inferior. — Espero que con esos cuernos, la cabeza hueca de tu esposa se formule una idea de lo que andas haciendo.
Una vez que el mago rubio terminó de hablar, Hermione salió de su letargo con ira e indignación renovada.
— ¿Cómo se te ocurre hacer eso?. ¡Tienes a Lavender, por Morgana!. Tus hijos están aquí enfrente. — gritó ofendida, con el ceño fruncido.
— Pensé que tal vez tú, yo, teníamos nuevamente una oportunidad. — se justificó Ron con nerviosismo.
— No hay ningún nosotros, pensé que te había quedado claro desde que regresé. — contestó con rudeza. Como de percató que el mago iba a seguir hablando le interrumpió. — ¡Tampoco estoy embrujada!. Amo a mi esposo y a mi familia sobre todas las cosas. Jamás me metería nuevamente contigo, no soy estúpida. — añadió con fiereza y desagrado. Ron se quedó estático ante la declaración de la bruja castaña.
— Honestamente Weasel, eres patético. — comentó Draco irritado, mientras sostenía a su esposa protectoramente.
— Argh…— se quejó la señora Malfoy con frustración. — Hugo, Rose. Si necesitan algo, solo busquen en Malfoy Manor. También tienen libertad de mandarnos lechuzas. Su tío George les ayudará. — dijo lo más tranquila posible a los niños.
— Sí señora Malfoy. — dijeron al unísono el par de niños.
— Déjalo en mis manos Herms. — contestó George sonriente y comprensivo.
— Nosotros nos retiramos, vámonos niños. — dijo la bruja a su par de hijos con urgencia.
— ¡Pero madre, ese hombre merece más castigo, arrojale un calvario!. — contestó Tyl indignado.
— ¡Estoy de acuerdo con Tyl! O mejor un Densaugeo. — propuso Cygnus.
— ¡Dije vámonos!. — dijo autoritaria, tomando a sus hijos por las manos. Draco solo volvió a fulminar con la mirada al mago tendido en el suelo y se retiró con su familia.
— Ron, deberías replantear tus prioridades y acciones. — dijo Harry con algo de lástima.
— Y tú debiste haber arrestado a Malfoy. ¡Él me agredió! Se supone que soy un auror. Ha golpeado a una autoridad. — respondió cabreado.
— Siendo jefe de los aurores, creo que puedo llegar a la conclusión que no procede delito, ya que tú acosaste a una civil antes. — explicó Harry con disgusto.
— ¡Harry! —
— ¡No, Ron!. Ya es tiempo que pienses bien lo que haces. — gritó con dureza el hombre que vivió. Después de dejar ir un suspiro, y dejar el tema zanjado se dirigió a sus sobrinos con calma. — Niños, si necesitan algo. Las puertas de mi casa también están abiertas.
— Gracias tío Harry. — contestó Hugo con una ligera sonrisa.
— George, nos vemos. —
— ¡Chao!— se despidió el mencionado con tranquilidad, como si nada hubiera sucedido. Una vez que Harry se alejó, George se acercó a su hermano menor para ayudarlo a incorporarse. — Espero que el golpe te haya acomodado las ideas. Ve el lado bueno, Draco no te ha asesinado, por ahora. Solo no te vuelvas a acercar a Hermione a menos que sea a cuatro metros de distancia. — comentó burlón.
— Cállate.— se quejó molesto Ron.
— Y me preguntó qué dirá Lavender sobre tu bonito par de cuernos. — dijo George con mucha intriga.
— Que te calles, no estoy de humor. —
— ¿Es ese un reportero del Profeta?. — dijo su hermano ignorando el pedido del otro. El personaje que había señalado tenía una cámara en sus manos. Fue así como George posó a un lado de su hermano y sonrió. — ¡Posen para la cámara!.
Se oyeron muchos disparos de flashes y lo único que pudo hacer Ronald ante la situación fue desear que se lo tragara la tierra.
— Demonios… —
