Capítulo II: La Dama


Aquel lujoso recinto era la sala principal de uno de los alcázares de las zonas céntricas de la Ciudadela de Hyrule, decorado de forma sobria con tonalidades claras, y mueblería refinada a juego con los candelabros y las obras de arte que decoraban el espacio. El ambiente era cálido, refugiado por el calor de la chimenea, y sumido en un silencio agradable en medio de la noche.

—La mitad de mi reino a cambio de saber lo que pasa por tu mente, Lady Zelda—

Aquella proposición venía de una voz elocuente, etérea; la profundidad de su tono y la calma de su ritmo se asemejaba a la peligrosa marea nocturna del Gran Mar. Parecía retumbar con fuerzas en los confines de aquella sala, captando la atención de cada individuo que pudiera estar a su alrededor, mortales y entes por igual, sometiéndose a los designios de cada palabra modulada por aquel caballero, que lograba expresarse con convicción. La reacción de su nombrada interlocutora fue la acostumbrada; alzó sus ojos azules como el cielo, arropados por sus largas pestañas, dedicando una sonrisa cordial.

El exterior de Zelda recordaba a la figura de una escultura de porcelana; el kimono de exquisita confección y tonalidades azuladas acentuaban la piel pálida de la joven. El corte ceremonial de sus prendas combinaba con el delicado peinado que daba forma a sus largos cabellos castaños. No obstante, al alzar su mano diestra, pudo notarse un antebrazo cargado de fugaces cicatrices, en su mayoría lineales, y un par de zonas vendadas. Sus delgadas falanges y nudillos estilizados también portaba callosidad y marcas de heridas antiguas. Aquellos dedos de tan contradictoria apariencia se aproximaron al tablero que estaba entre ella y su único acompañante, siendo el escenario de una partida. Tomó su torre, movilizando la pieza de ajedrez a través de la línea exterior del tablero, recorriendo más de la mitad, en un intento de recuperar cobertura en una ofensiva que comenzaba a debilitarse ante los movimientos ágiles de su adversario.

—Temo que podría sentirse desilusionado de entregar tal magnitud de sus dominios—respondió Zelda, volviendo a mirar a aquellos ojos ambarinos del caballero que la enfrentaba, retrayendo su mano con un movimiento delicado, mientras se mantenía expectante de la disposición de las piezas para trazar una estrategia.

—¿Desilusionado? —cuestionó el caballero, intrigado, disfrutando de la sensación de ser observado directamente a los ojos por su oponente, algo que no solían hacer quienes lo enfrentaban en el ajedrez, o en una batalla a muerte.

—Una mente libre es la llave para la verdadera concentración, según los preceptos de los Sheikahs. El silencio en mí no equivale al valor de la mitad de sus dominios, Lord Ganondorf—explicó Zelda, con soltura y tranquilidad, manifestando humildad, mientras descendía la mirada para detallar como la amplia mano del Rey de las Gerudo se extendía para tomar un alfil hacia la zona céntrica del tablero, ampliando el alcance de su nueva iniciativa, complicando las posibles opciones que pudiera tener Zelda para recuperar el ritmo las jugadas.

—Este mundo está plagado de ruido; una constante agitación. Es cada vez más desafiante para los prodigios encontrar el momento y el espacio de poder aislarse de tal caos. Si en ti hay silencio genuino, su valor es el doble de mi reino—Ante las palabras de Ganondorf, Zelda solo pudo sonreír complacida, reconociendo que siempre era interesante escuchar la perspectiva del caballero que conocía desde su infancia. Pese a que usualmente discrepaban en muchas premisas filosóficas, Zelda valoraba esos momentos donde debía enfrentarse al escrutinio y el amplio contraste de las ideas del Rey de las Gerudo. Aunque a veces debía hacer el esfuerzo de obviar la forma tan totalitaria con la que el caballero se refería a todo lo que estaba bajo el poder de su trono.

—Ser un prodigio en esta sociedad se ha convertido más en una maldición que un don—reconoció con algo de desgano la hyliana, reanudando la asistencia de sus peones con un movimiento diagonal de las piezas menores, eliminando a un homólogo del color contrario, disminuyendo un poco las opciones del gerudo. Luego de su movimiento, la mirada de la hyliana fue en ascenso, observando el porte imponente del caballero. Su piel oscura escondía leves imperfecciones, evidentemente causados por la exposición al sol del desierto; sus facciones anchas y ásperas denotaban su fiereza al ser afiladas y prominentes, muy distinguible por las tonalidades rojizas del vello de su barba delicadamente recortada, y sus pobladas cejas que oscurecían los profundos ojos del noble. Su cabellera larga y bien trenzada presumía de ornamentos de oro tradicionales, y su altísima figura se veía exaltada por prendas oscuras y pulcras.

Su mano llena de varios anillos denotaban su rango como hechicero, y aquella misma mano movió la única torre que tenía para ampliar su área de maniobra para sus piezas dispuestas al ataque.

—Que seamos sintientes a la magia nos convierte es privilegiados; individuos destinados a guiar al mundo de los mortales ¿Cómo podría ser una maldición?—cuestionó Ganondorf, un tanto escandalizado por las palabras de la joven que lo enfrentaba con la facilidad de una gran maestra pese a su edad.

—Que seamos prodigios nos carga con una responsabilidad por el simple hecho de nacer, iniciamos una vida parcialmente escrita ¿No sería gratificante tener la libertad de forjar nuestro propio sendero? —indagó con curiosidad Zelda, abandonando sus pensamientos meramente estratégicos para examinar las facciones del culto hechicero del desierto, que parecía tener una respuesta para absolutamente todo. Y no la defraudó.

—El poder es lo único gratificante en esta vida; no importa nuestros objetivos, nuestros sueños o ideales. Nada tiene sentido ni relevancia si no forjamos el poder y la voluntad necesaria para hacerlos realidad. Si lo obtienes, los designios de las Diosas tendrán que inclinarse ante tu genuina convicción; los mortales te seguirán, y te convertirás en su guía—Las palabras de Ganondorf denotaban pasión, una voracidad intrigante que siempre había llamado la atención de Zelda. La hacía sentir confundida al vislumbrar a alguien que no parecía sufrir de las dudas que a ella constantemente sentía.

—Se necesita mucho más que poder para llegar a ser un símbolo capaz de inspirar a las personas a aferrarse a la esperanza de que el mañana puede ser mejor; el poder nace del conocimiento, y el conocimiento no sirve de nada si no somos capaces de convertirlo en sabiduría—

La respuesta de Zelda fue también contundente, buscando aclarar que dentro de las palabras del caballero estaba obviando una realidad significativa, y tal vez, aquella manifestación de sus ideales la inspiró a finalmente mover a su dama hacia el lateral más despejado del tablero. Ganondorf estaba a punto de objetar, pero su expresión denotó su disgusto cuando las puertas se abrieron.

—Alteza, lamento la interrupción—anunció la firme voz de una mujer, de porte militar e indumentaria de combate Sheikah, teniendo todas las características físicas de la raza.

—No se requiere tantas formalidades, Impa—indicó Ganondorf con ligereza y confianza hacia la Sheikah que había irrumpido la interesante plática. El Gerudo pudo presentir la situación, imaginándose lo que podía estar sucediendo con solo observar la forma en la que Impa y Zelda se miraban.

—Vete. Es tu responsabilidad como miembro del Clan Sheikah—le dijo el Gerudo a Zelda, ya que la joven parecía apenada de tener que interrumpir la velada, para partir con Impa ante una aparente emergencia.

—Prometo que podremos reanudar la partida en su próxima visita, Lord Ganondorf—anunció Zelda con solemnidad, inclinándose de forma un tanto pronunciada como dictaba las costumbres de los Sheikah para solicitar disculpas.

—Por supuesto que lo haremos; cuando te dignes a visitar el desierto—declaró Ganondorf, mirando la disposición de las piezas.

—Así será, mi Lord—respondió Zelda, pensando en que sin duda, tendría que volver a visitar la región del suroeste de Hyrule en los páramos regidos por las Gerudos.

—Anotaré los movimientos—comentó Ganondorf, queriendo continuar el juego justo donde se habían quedado.

—No es necesario; lo tengo aquí—

En medio de sus palabras Zelda señaló su propia cabeza con un gesto sutil, haciendo referencia de que sería capaz de memorizar y reorganizar las piezas la próxima ocasión. Lo dijo mientras se unía a Impa, dejando a solas a Ganondorf, quien sonrió al pensar en que sin dudas, la chica era una eminencia. Una vez más, el silencio inundó el lujoso espacio, mientras el mentón del Gerudo se sostenía con su puño cerrado, observando con atención el resultado de las piezas, preparándose para la reanudación de las jugadas, algún día. Debía reconocer, que el último movimiento de Zelda lo había desconcertado, considerando las circunstancias, habría imaginado un movimiento más conservador por parte de ella. Por eso, se mantuvo durante varios segundos observando de forma fugaz a la pieza de la dama, aparentemente desamparada en el tablero.

Pocos segundos después, el hechicero interrumpió su tranquilidad, levantándose para servirse una copa de vino tinto. Movió el fluido carmín con un movimiento sutil para liberar sus aromas esenciales que inundó sus fosas nasales en medio de la quietud.

—Mi Lord...—Aquella voz áspera y aguda hizo presencia en la sala, accediendo en silencio a la presencia de Ganondorf. El Gerudo alzó la mirada a un punto indeterminado, asegurándose de no sentir ninguna aura externa presente a las cercanías, confirmando que estaba a solas con el recién llegado.

—No puede haber retrasos, Aster; partiremos al amanecer una vez Kogg nos entregue la encomienda—

La orden del Rey de las Gerudos fue capciosa, observando de pies a cabeza a su sirviente de túnica pretenciosa y numerosa simbología relacionada a su especialización en la magia de naturaleza oscura.

Ganondorf simplemente suspiró, terminando su copa; aferrándose a un último placer antes de tener que recibir las malas noticias que era capaz de presentir ante el asustadizo silencio de Aster. El hombre de piel pálida finalmente alzó la vista luego de varios segundos reuniendo el valor necesario.

—El Maestro Kogg fue emboscado, sus hombres fueron asesinados; los jóvenes prodigios que transportaba están desaparecidos—reveló Aster, bajando la mirada luego de no soportar más de un par de segundos de observar fijamente a los ojos de su señor.


La entrada este de las Murallas de la Ciudadela comenzaba a ser el centro de una creciente aglomeración de personas atraídas por la curiosidad; el morbo iba en ascenso conforme el boca a boca hacía su trabajo de extender entre los habitantes lo que algunos pocos habían podido ver antes de que los Sheikahs tomaran el control de la zona, en nombre de la Federación de Hyrule, para mantener el orden y restringir la presencia de civiles en las cercanías de una escena del crimen. Aunque ya se había realizado una limpieza superficial de lo sucedido, los hechos ya se estaban regando entre las personas. Un miembro del Consejo Sheikah, los guardianes de la paz de la Federación de Hyrule, había llegado encadenado a la parte trasera de una carreta del Clan bastante maltratada. La manifestaciones civiles fueron encendiéndose, complicando la labor de los Sheikahs de mantener el orden, sin lastimar a los ciudadanos que buscaban respuestas y se motivaban unos a otros por aquella extraordinaria situación.

Impa y Zelda hicieron acto de presencia en medio del perímetro, usando las sombras como sus aliadas. Sin embargo, en ese momento la indumentaria de la Hyliana había cambiado por completo; mallas oscuras recubrían su esbelta y delgada figura, ideal para la especialidad de los Sheikahs en la infiltración y el combate. Las franjas azuladas del diseño de su uniforme se unificaban con las vendas blancas que daban soporte a sus articulaciones constantemente sometidas al entrenamientos. El símbolo del ojo de la verdad hacía acto de presencia en el espacio frontal de su uniforme, cubriendo su tórax. Además de varios portadores de kunais y shurikens en su antebrazo y muslos, resaltaba la bufanda que cubría parte del rostro de la joven, que ahora exhibía ojos rojos como la sangre, luego de usar un conjuro para modificar su aspecto físico.

—¿Cuál es la versión de los hechos según los testigos? —cuestionó Impa, en tono de orden, mientras recibía la acostumbrada reverencia por parte de los Sheikahs presentes. Por su parte, parecía que la aglomeración de civiles frenéticos y bastante escandalosos no eran capaces de perturbar la concentración de los guerreros de las sombras.

—Las declaraciones coinciden en que el vehículo fue arrastrado por dos jinetes, dejaron la carreta y se dieron fuga apenas llegaron a un punto visible del bulevar. No se tiene descripción concreta de los dos individuos. En el interior, cuatro cadáveres con heridas de batalla; el único sobreviviente fue el Maestro Kogg, con múltiples flechas en el cuerpo, y cortes profundos en el rostro con símbolos... cuestionables. Símbolos Yiga—informó un Sheikah entrado en edad pero con postura y complexión firme y jovial, abriendo paso para sus superioras. Impa escuchó con atención al reporte, que en realidad, no aclaraba demasiado de la situación, al menos no más allá de lo que pudiera deducirse con un simple vistazo. Por su parte, Zelda ya se estaba acertando con una mirada crítica a toda la escena, examinando el entorno, y el baño de sangre que había dentro de la carreta por los cuatro cuerpos apilados.

—Al menos uno de los dos era zurdo—

Aquellas palabras de Zelda, quien parecía una Sheikah más del escuadrón, atrajeron las miradas de los presentes deseosos de saber en qué se basaba la pupila de la Gran Impa para decretar aquello.

—Los únicos cortes lineales que tienen los cuerpos son diagonales, descendentes, de izquierda a derecha. Ese fue apuñalado en seco; alguien diestro apuñala con una inclinación a la izquierda, pero la herida tiene una inclinación hacia la derecha—

Impa prestó completa atención a su pupila, notándose las capacidades que había desarrollado.

—¿Cómo saber si eran realmente dos?—cuestionó Impa a Zelda, mientras los guerreros de las sombras se reunían para comprender lo que había sucedido.

—Las flechas que están en los cuerpos y en la carreta son de cedros; puedes ver que hay dos tipos de emplumados y tamaños diferentes. Las dagas son idénticas, y los cortes grandes los hicieron con dos espadas diferentes, una más ancha que la otra. Además, los testigos coinciden que todo fue traído por un par de jinetes. Tal vez sean más, pero los que atacaron fueron dos, y eran guerreros competentes, lo suficiente para haber reducido al Maestro Kogg y a cuatro Sheikahs de élite—

La exposición de Zelda fue aparentemente impecable, a juzgar con la expresión de varios de los presentes que habían comenzado a manejar hipótesis sobre la posibilidad de que el atentado había sido llevado a cabo por todo un equipo.

—Considerando esa teoría, cobra sentido lo que se consiguió oculto entre los tablones del techo; zafiros en bruto. El compartimiento estaba abierto, por lo que estos... cazadores, no parecían estar buscado dinero ¿Qué buscaban entonces?—acotó el capitán del escuadrón, viendo como Zelda entraba a la carreta para examinar esos tablones superiores, viendo las gemas azulinas en su lugar, a la espera de ser recolectadas y examinadas por el equipos en busca de pistas. A esa altura, la joven pudo notar algo mirando hacia abajo, notó tres tablones fuera de su lugar en el suelo de la carreta. Y por supuesto, se inclinó para levantar la madera y descubrir un compartimiento oculto que los cazadores habían ya revisado también. Con dos sellos realizados con sus dedos, Zelda activó el más tradicional de los hechizos de los Sheikahs, el ojo de la verdad; y bajo su mirada de tono carmesí, la joven pudo observar que ese espacio bajo el piso de la carreta estaba vacío, sin embargo, podía notarse numerosas marcas en los laterales de esa abertura. Claramente, eran arañazos de uñas, con marcas de sangre seca.

—No; no buscaban algo, buscaban a alguien. Asesinaron a los cuatro guardias y dejaron encadenado al líder, se tomaron la molestia de traerlo con vida con la carreta, con los cuerpos y las joyas dentro. Esto es un señal, la pregunta correcta es ¿Para quién?—recapituló Zelda, señalando a sus acompañantes las marcas de uña y sangre debajo de los tablones, aquello generó una palidez anormal en el rostro de la Matriarca de los Sheikahs.

—Debemos irnos—indicó Impa de forma repentina. Su postura y su tono habían cambiado por completo luego de las últimas palabras de su pupila.

—Pero, apenas estamos comenz...—

—Ahora—interrumpió Impa a la joven, mostrando que había urgencia en sus palabras. Zelda asintió, saliendo inmediatamente de la carreta, mostrando su disposición a seguir a su maestra.

—Solas—Aquella última orden de Impa chocó de lleno a sus hombres que se habían dispuesto a organizarse para seguirla, sin embargo, tuvieron que detenerse y observar como ambas mujeres se alejaban de la escena, desvaneciéndose entre las sombras con premura.

—¿Viste algo? —cuestionó Zelda, ansiosa, mientras se alejaban entre los techos de la ciudadela con rapidez, utilizando la agilidad natural que tenían para moverse por las edificaciones con soltura, saltando entre los callejones con la libertad del viento. Se alejaban con rapidez del bulevar, donde comenzaban a unificarse una gran multitud, alegres con lo sucedido. Kogg había sido por años objetivo de acusaciones de corrupción por parte de numerosas organizaciones civiles, sin embargo, la ausencia de pruebas concretas y las amplias influencias del Maestro dentro de las altas esferas lo habían hecho muchas veces invulnerable a las acusaciones, aferrándose a su posición y prestigio. No obstante, ahora todos los civiles corrían la voz de una verdad que creían imposible; los hombres poderosos no eran intocables, y el Maestro Kogg había sufrido las consecuencias de los daños que por años había hecho, abusando de sus privilegios.

—Un patrón. Creo saber quién hizo esto, pero debemos sacar a Kogg del Santuario de las Sombras, lo necesitamos vivo si queremos respuestas—

Aquellas palabras de Impa fueron densas, manifestaban en su tono la inmensa cantidad de ideas que azotaban a su mente en esos momentos, y solo les quedaba correr con rapidez, aprovechar los portales de las sombras para llegar lo más pronto posible. Zelda no lograba entender lo que estaba sucediendo, tenía demasiadas preguntas en mente, pero se limitó a ser paciente y esperar al momento adecuado para hacerlas. No había tiempo que perder.


Los santuarios de las sombras eran uno de los tantos espacios sagrados para los Sheikah, repartidos por todo el reino en puntos estratégicos, diseñados por los ancestros del Clan, y funcionales aun con el pasar de milenios. Además de ser bibliotecas, espacio de refugio y hospedaje para peregrinos adeptos a los preceptos de los Sheikahs, aquellos espacios también eran bases militares para los guerreros de las sombras, y mazmorras para criminales a la espera de su juicio y sentencia.

Ese era el caso del desdichado Maestro Kogg, quien después del escándalo en el que había visto envuelto, había sido retenido y encarcelado de forma cautelar en medio de un homicidio cuádruple, y posesión de gemas ilegales ocultas en su vehículo. Aquel errático hombre había exigido hasta el último aliento que debía ser puesto en libertad, alegando ser víctima de salvajes revolucionarios, y que toda la evidencia había sido plantada. Sin embargo, poco o nada importó a los Sheikahs de guardia que tenían órdenes claras; atención médica básica para aquel hombre, y aislamiento inmediato a espera de nuevas instrucciones.

La celda en la que estaba el corpulento Sheikah era estrecha, repleta de sellos con kanjis específicos para inhabilitar el uso de conjuros propios del Clan. Las cadenas mágicas tenían firmemente atado al hombre contra el suelo, de cuello, muñecas y tobillos, lo que limitaba prácticamente por completo sus movimientos, y sus heridas, en su mayoría flechazos y cortes en su rostro, aún continuaban sanando; los Sheikahs tenían un factor de curación potenciado, pero ni eso podría solucionar las marcas en el rostro de Kogg que quedarían permanentemente grabadas, indicándole a todos que era un traidor, miembro de los Yigas. El pánico inundaba a Kogg, al ver que toda su delicada red de mentiras y pantallas tejida por su amo se caía a pedazos. El prestigio que le pertenecía por derecho había sido destruido por completo.

Sin embargo, tenía esperanza de que su señor le concediera la libertad y la posibilidad de tomar venganza por tal humillación. Aquel deseo en su interior era anhelante; recordaba hasta el más mínimo detalle de aquellos hermanos que lo habían emboscado, y el deseo que sentía de derramar hasta la última gota de sangre de los cuerpos de aquel par de malditos nómadas era enfermizo. Sus deseos de destrozarlos parecían haber invocado lo que comenzó a invadir aquella mazmorra. Kogg sonrió al sentir la esencia de su señor; era una aura de malicia que comenzó a invadir y tensar los músculos de su adolorida espalda con aquella esencia densa o corrosiva que estaba impregnando la celda. El hombre sonrió con los dientes que le habían quedado luego de la golpiza recibida, de forma macabra, exhalando con añoranza al ver como una espesa esencia de ultratumba comenzaban a brotar y caer del techo de forma lenta.

Aquel fluido comenzó a movilizarse por el suelo, con movimientos serpenteantes, irradiando destellos rojizos, extendiendo como una plaga hasta alcanzar los pies del Sheikah. Sin embargo, la sonrisa de Kogg solo volvió a ampliarse de forma grotesca, ansiando lo que venía. La esencia maligna comenzó a recubrirlo, alcanzando sus extremidades y abrazando su cuerpo hasta invadirlo por completo. El fluido alcanzó al cuello de Kogg, ramificándose hasta alcanzar la boca y los ojos del hechicero, adentrándose hasta adherirse por completo a él...

Kogg abrió los ojos, encontrándose a sí mismo levitando en un espacio indefinido, carente de dimensiones o algo concreto a la vista. Bajo sus pies que nada podían alcanzar, solo se visualizaba más destellos carmesí, de almas en pena que agonizaban en un tormento eterno. Era un espacio en el Reino de las Tinieblas, una abertura de bolsillo que siempre era utilizado por su maestro para comunicarse con sus súbditos.

Esta ha sido tu última falla, Kogg—Aquella voz era triple, demoníaca, acompañada por las voces de miríadas de miríadas de almas sometidas a la penitencia de la eternidad.

¡Lord Ganondorf, puedo compensarlo, puedo conseguir los prodigios que necesita, le daré la vida de miles, puedo conseguirlo!—Las súplicas de Kogg eran desesperadas y contradictorias, prometiendo incluso lo imposible en un intento de aferrarse al favor de su amo.

¿Quién se llevó a los prodigios? —Kogg tembló al escuchar las palabras del Rey de las Gerudo, quien lo había sometido a aquel conjuro de traslación, atrapando su mente en ese espacio donde era capaz de comunicarse de manera psíquica con él sin ser detectados.

El Campeón Hyliano, el maldito nómada y una chica... Dijo... Dijo que iniciará una guerra contra nosotros; puedo traerlo a sus pies, vivo o muerto, como usted lo desee mi señor—confesó Kogg, tratando de satisfacer a su señor, por todos los medios que fueran posibles.

Sin embargo, el silencio del amo del aquel plano astral de martirios se mantuvo en un silencio que torturaba al Yiga hasta casi arrastrarlo a la locura por la ansiedad que sentía.

Pero no llegó ninguna respuesta verbal; Kogg comenzó a sentir con las articulaciones de su cuello comenzaba a prensarse, retorciéndose hacia un lateral, mientras los músculos que envolvían su garganta comenzaban a desgarrarse y desprenderse por aquella fuerza etérea que comenzaba a presionar las vértebras del Yiga hasta partirlos. Los chillidos de Kogg fueron cercanos a sollozos, cediendo al dolor que sentía.

Lord Ganon... Mi vida le pertenece... Puedo... Serle útil—El Yiga utilizó su último aliento para intentar recuperar el aprecio de su señor, sintiendo con su tráquea comenzaba a romperse; seguramente en el plano material, aquella lesión ya habría acabado con su vida, no obstante, Ganondorf aún mantenía con su vida a su antiguo peón, disfrutando del sufrimiento que le generaba por medio de aquella enfermiza tortura.

Tu muerte me es más útil que tu vida—

La sentencia de Ganondorf solo fue el preámbulo para la última sensación que tendrían Kogg, al momento en el que su cabeza se desprendió de su cuerpo. Aquella energía maliciosa que lo rodeaba se había convertido en su verdugo, haciendo que su cuello se retorciera en varias vueltas sobre su eje hasta ser decapitado, una vez que cada fibra, hueso y articulación de su nuca se rompió.

La fuerza etérea fue abandonando el cuerpo de Kogg en el interior de la celda, o al menos, lo que había quedado del cuerpo. El fluido de energía maliciosa en su estado más puro comenzó a retraerse sobre sus propios pasos, regresando exactamente con los mismos movimientos con los que había accedido, alcanzando el techo de la mazmorra, escurriéndose entre los ladrillos hasta desaparecer por completo del lugar, y dejar únicamente el cuerpo inerte del que alguna vez había sido un prestigioso maestro Sheikah, y sirviente de Ganondorf.


Los pasillos del Santuario comenzaron a vibrar con la llegada de Impa y Zelda, deseosas de iniciar el interrogatorio para obligar a Kogg a revelar todas sus implicaciones con los negocios del bajo mundo. Los guardias del Santuario dieron acceso inmediato a la matriarca y su aprendiz. Todo parecía normal, los guardias estaban en posición y en plena diligencia de sus labores de vigilancia. No había novedades, el prisionero, Kogg, continuaba en su celda en custodia de aislamiento, considerando sus habilidades.

Por lo que Zelda e Impa encararon la puerta de piedra de la celda especial para contener a guerreros de las sombras, esperando que los guardias la abrieran. Dos de estos se posicionaron, activando en sincronía un conjuro que iluminó las runas de la puerta, haciendo que esta se desvaneciera y así acceder a la celda. La palidez invadió los rostros de los presentes al momento de entrar y ver la escena, en especial a Zelda, quien sintió como repentinamente su estómago se volvía ligero como el aire, y luego pesado como el plomo, en un intento de procesar lo que sus ojos veían. Kogg de los Sheikah ahora era una víctima más de todo aquel misterio que solo crecía, sin embargo, esta escena era por mucho, más atroz que el del carruaje. El cuerpo del Yiga había sufrido una horripilante deformación, ya que todas y cada una de sus extremidades y articulaciones estaban retorcidas a la dirección contraria, con claras fracturas de sus huesos y sus músculos reventados por la contorsión. El suelo estaba inundado de sangre y bilis, ya que las costillas del hombre habían perforado y emergido casi por completo del tórax. Y entre esa maraña de miembros mal posicionados, estaba la cabeza desprendida del Yiga, con los globos oculares desorbitados por la presión a la que fue sometido en medio de aquella tortura a la que había sido sometido hasta morir.


El estado de alerta se extendió a todos los Sheikah de la región con los protocolos preventivos ejecutados. Las calles de la ciudadela se habían avivado en manifestaciones contra la corrupción de numerosos miembros del Parlamento Federal de Hyrule. Los civiles exigían la caída de aquellos malditos que seguían en lo alto del poder, intocables ante la justicia que merecían por acusaciones que jamás habían prosperado. Sin embargo, la caída de Kogg de los Sheikah se había convertido en la chispa que había encendido el movimiento de los hyruleanos, que los esperanzaba, les daba expectativas de que tarde o temprano, y por los medios que fueran, todos aquellos que abusaban de su poder caerían.

En medio de la tensión que se podía respirar en el aire, Impa y Zelda habían tenido que regresar al alcázar del centro de la ciudadela, donde podrían reorganizarse y digerir todo lo que había sucedido en poco más de un par de horas, aún siquiera haber amanecido. Ambas mujeres parecían almas en pena en el despacho, deambulando en la oficina en silencio, luego de dar órdenes de interrogar a cada uno de los guardias que habían estado en el Santuario desde el arribo de Kogg. Todas las posibles respuestas que pudo haberles dado el Yiga, se habían perdido junto con él. Era casi un hecho que alguien lo había silenciado antes de que pudiera ser apropiadamente interrogado. Todo lo que estaban enfrentando era más grande de lo que imaginaban.

—Lord Ganondorf agradece la escolta Sheikah en su retorno al desierto, y expresa su lamento por la crisis actual. Solicitó que se le informara que se compromete a facilitar los recursos necesarios para la investigación—informó un emisario Sheikah, anunciando así la partida del Rey de las Gerudo, luego de que Impa diera ordenes claras de entregar seguridad adicional al Hechicero en su trayecto de regreso a la Región Gerudo, considerando todo lo sucedido.

—Gracias, puedes irte—indicó Impa sin energías, sin separar la vista de todos los pergaminos que tenía delante de ella en el escritorio, instando así a su recién llegado subordinado que se retirara. Y este así lo hizo, luego de dar una respetuosa reverencia. La puerta se cerró, quedando una vez más ambas mujeres a solas, estando Zelda al otro lado de la habitación, sentada en un mueble, abrazada de sus piernas, y aún vistiendo con su uniforme. El silencio dominó el lugar, antes de que Impa perdiera el control, azotando sus puños contra la superficie de su escritorio, que hizo rechinar la madera. Pero ni eso alivió algo de su impotencia y frustración.

Zelda por su parte se mantuvo en mutismo, luego de haberse arrancado a tirones la bufanda, y dando tiempo suficiente para que Impa se desahogara.

—¿Cúal era el patrón? —

La pregunta de Zelda hizo reaccionar a la guerrera Sheikah. Sin embargo, la respuesta de Impa no tuvo lugar, manteniendo de nuevo el silencio en la sala como si intentara aprovechar esos instantes para encontrar las palabras correctas. La Sheikah se puso de pies junto a uno de los cuadros que adornaban aquella habitación lujosa; tras este, una vez las mujer de cabellos plateados lo retiró, pudo ver notarse que había un sello Sheikah adherido a la pared, un sello que reaccionó una vez la mano de Impa se posó sobre este, causando que los tatuajes tribales que tenía la experimentada guerrera en su antebrazo comenzaran a destellar en un sombrío purpura, desactivando el sello y abriendo un pequeño portal, aparentemente a una dimensión de bolsillo. Extendiendo la mano dentro, sacó un pergamino, e inmediatamente después el sello volvió a bloquearse.

Sin más, la mujer extendió aquel documento sellado a Zelda, como respuesta a su pregunta. La castaña observó con cierta confusión a su maestra mientras tomaba el pergamino con lentitud, abriendo de forma lenta el documento y comenzando a leer con calma, aunque, de momento no obtuvo respuestas a sus incógnitas, ya que era el expediente militar de un escuadrón especializado que estuvo activo durante gran parte de la Gran Guerra, Zelda lo había estudiado durante su capacitación como Sheikah.

—He leído los reportes de misiones de los Campeones; me has contado de las batallas ¿Cuál es la relación?—

El cuestionamiento de Zelda era coherente, sin embargo, eso no detuvo su lectura, observando los registros militares de los campeones, sus retratos, antecedentes, fechas de nacimiento, y fallecimiento en el caso de los miembros que habían caído en combate.


"Daruk Telus, Patriarca de los Gorons (Nacimiento: 15341 - Fallecimiento: 15519)

Impa de los Sheikahs, Shogun de los Sheikahs (Nacimiento: 15470)

Link Ryder, Comandante del Batallón Fierce (Nacimiento: 15492 - Fallecimiento: 15520)

Mipha Tsumi, Princesa de los Zoras (Nacimiento: 15298- Fallecimiento: 15519)

Revali Ykarus, Centurión del Gran Ejército Orni (Nacimiento: 15488 - Fallecimiento: 15519)

Urbosa Dragmire, Matriarca de las Gerudos (Nacimiento: 15468 - Fallecimiento: 15518)"


—Sospecho que Ryder es el responsable del ataque a la caravana—declaró Impa, sin tener rastro de dudas en sus palabras.

—¿Y por qué está declarado como fallecido desde hace dos años según esto? —

—Oficialmente lo está. Extraoficialmente, nuestros informantes nos han reportado que él sigue activo entre los sindicatos de mercenarios del norte, colabora con las rutas de tráfico de minerales de los Separatistas Ornis, además, una proporción considerable de los corredores de apuestas ilegales del Coliseo están a su servicio—explicó Impa de la forma más concreta posible, mientras se movía como tigre enjaulado alrededor de su despacho; por su parte, Zelda continuaba su lectura del pergamino.

—¿Piensas que los zafiros que transportaba Kogg tienen relación con Link Ryder y su red de contrabandistas de minerales? —claramente, Zelda no terminaba de convencerse de las conjeturas de su maestra, aunque hacía un intento notable en ser comprensible. No obstante, sus ojos se distrajeron al observar el rostro del sospechoso en el retrato; sus facciones eran delicadas, sus ojos grandes parecían ser expresivos, y resaltaban en medio de aquel rostro ligeramente redondeado. Sus alborotados mechones le daban un aire un tanto salvaje, aunque, en realidad podía sentirse tristeza en aquella mirada representada en los trazos de tinta.

—Ryder tenía un proceso judicial abierto por el homicidio de dos esclavistas que operaban en la zona donde estaba asentado su clan de nómadas cuando era adolescente. Entró al ejército a cambio de librar a su abuelo del servicio militar, además de recibir una amnistía por el asesinato de los dos traficantes de esclavos. Las marcas de uñas debajo de la carreta parecen indicar que Kogg transportaba individuos, probablemente esclavos, lo que explicaría el motivo del ataque. Los zafiros tal vez fueron las pistas que necesitó para encontrar a los Yigas, con las afiliaciones que tiene Ryder en el mercado negro de minerales no debió ser difícil para él encontrar algún informante que le avisara de la ruta que tomaría Kogg. Y sí, Link Ryder es zurdo—

Por fin, Zelda lograba comprender que Impa se estaba basando en los antecedentes de Link Ryder, y su clara aversión hacia el detestable negocio del tráfico de esclavos, era un motivante bastante concreto para explicar las intenciones que pudo haber tenido este veterano de guerra para tan cruenta pero efectiva emboscada.

—No será sencillo conseguir una aprobación oficial de la Corte Federal para iniciar la búsqueda de Ryder con solo conjeturas—mencionó Zelda; se odiaba por poner más trabas que soluciones al problema, pero su maestra siempre le había enseñado a ser realista, aunque muchas veces los hechos causaran la más dolorosa impotencia.

—No lo haremos.

Aquellas palabras de su maestra lograron confundir momentáneamente a Zelda, sin embargo, la joven no se atrevió a cuestionar a su mentora, menos aun cuando veía que ella buscaba las palabras correctas para lo que estaba a punto de decir.

—Estuvimos siguiendo el rastro de Kogg por meses, tratando de atrapar a sus conexiones y llevarlos ante la justicia; pero una vez que la Corte se entere de lo que sucedió, los Sheikahs seremos señalados como los culpables de haber mantenido entre nuestras filas a un traidor homicida. Todo el sacrificio que hemos hecho para capturar a estos malditos se ha convertido en un desperdicio, y ahora el pueblo cuestionará nuestro honor del Clan; no verán a los Sheikahs como protectores de la paz, sino como traidores—

Aquellas palabras fueron un desahogo profundo de Impa, una oportunidad que se daba de sentir, de permitirse ser orillada al borde del abismo. Se juzgaba con dureza por su ineficacia, y podía prever el desastroso resultado que le esperaba a los Sheikahs luego de que el escándalo llegara oficialmente a la mesa de las autoridades de la Federación.

—No podemos confiar en nadie. No confío en absolutamente nadie más que en ti, Zelda—Las palabras, aunque directas, indicaban todo un frenesí de emociones en la Sheikah—.Y es por eso, que me duele pedirte esto. Pero...

La Sheikah no pudo continuar, bajando el semblante con pesadumbre. Zelda inmediatamente se levantó, acercándose a Impa, tomando con firmeza las ásperas manos de la guerrera que siempre habían sido cálidas para ella desde su niñez. Buscó darle confort con ese gesto, un gesto que mostraba la conexión tan estrecha que tenían ambas, más similar al de una madre y su hija. La joven tomó el mentón de Impa, logrando que la guerrera levantara su mirada carmesí para que se vieran a los ojos.

—Entiendo que tu deber es proteger a los descendientes de Hylia, también sé que le prometiste a mi madre que me protegerías con tu vida. Pero como la última miembro de la Familia Real de Hyrule, te ordeno que me veas como a una Sheikah más. Llevas demasiadas cargas en tus hombros, y no puedo... no quiero ser un peso más sobre tus hombros. Deseo luchar a tu lado, que juntas hagamos de este mundo un lugar lleno de esperanza para los inocentes—Aquellas palabras conmovieron a Impa, quien frunció su expresión, en un gesto un tanto enternecedor a los ojos de Zelda, quien no se contuvo de darle un abrazo a su antigua nana.

Una abrazo que fue correspondido de inmediato.

—Como desee, su Majestad—susurró Impa, con las palabras que diría dentro de su rol como guardiana del linaje real, pero con el tono un poco quebrado por los sentimientos acumulados dentro de ella. Aquello le sacó una leve risita a Zelda, quien luego de separarse del abrazo, se inclinó para buscar algo en su alforja, consiguiéndolo en pocos segundos. La Máscara de la verdad estaba en las manos de la joven, quien se lo colocó en el rostro con una sonrisa, cubriendo su identidad, poniéndose firme ante Impa, para inclinarse ante la líder de los Sheikahs como lo exigía el protocolo.

—¿Cuáles son sus órdenes, Impa-sama?—

La susodicha contuvo una sonrisa ante la seriedad repentina de su aprendiz, quien había demostrado ser una Guerrera élite de los Sheikahs, y estaba a punto de recibir la misión más difícil que alguna vez pudo haber enfrentado.

—Sheik Ahsla de los Sheikahs—llamó Impa a Zelda, por su nombre oficial como miembro del Clan de las sombra, con la seriedad y el protocolo debido para la asignación de una misión de ese rango.

—Haz lo que debas hacer para detener a Link Ryder—sentenció la Guerrera a Sheik.


Notas Finales:

¡Hola! Espero que el segundo capítulo haya sido de su agrado, me alegró bastante conversar con varios que les gustó la primera parte, sus palabras me han motivado mucho, y se los agradezco :D ¡Valoro mucho sus interacciones y comentarios, mil gracias!

Con respecto al cap, procuré hacer una introducción de los personajes que darán forma a la trama, y se han revelado detalles sobre el pasado de Link, que veo que es algo que le daba curiosidad a varias personas :) Si se fijan, entre líneas también se han revelados datos personales él.

Sobre Zelda, claramente su físico está basado en su reencarnación de Twilight Princess (Hermosa ¿No?), y para su Alterego, el diseño será similar al que podemos ver en la Saga Smash Bros.

Quería aprovechar la ocasión para dar el debido crédito a los autores del art de la portada de la historia, intenté conseguir sus redes sociales pero la verdad no los encontré, si alguno conoce a los autores, por favor, hazmelo saber para darles crédito por nombre y enlaces a sus redes sociales, de ser posible :D

Último detallito, quería aclarar que las actualizaciones serán cada dos semanas, es decir, un viernes sí, un viernes no.

¡Gracias por leer, nos vemos!