(Nota: Ya se corrigió el error del capítulo tres, en el que por equivocación adjunté el primer capítulo en vez del tercero. Si estas leyendo esto y aún no has leído el tres, te invito a leerlo, ya acomodé todo)
Capítulo IV: La Alianza
Las mañanas en Tabanta seguían siendo gélidas, y el temblor de los pies de Aryll era un recordatorio para ella. Ni la chimenea del rancho, o las calcetas la ayudarían. Tenía dolor de cabeza luego de lo sucedido con las Ornis, no logró conciliar el sueño sabiendo que Teba y compañía estaban en la misma edificación. Estar sola alrededor de los Ornis le incomodaba. La rubia volvió a subir las escaleras evitando llamar la atención, dirigiéndose a las habitaciones para entrar a la suya, pensando momentáneamente que era extraño que Link aún no se hubiera levantado.
—¡Tengo hambre, te toca a ti cazar el desayuno!—exclamó Aryll hacia la puerta opuesta, hablándole a su hermano, a la espera de que eso lo despertara. La guerrera abrió su propia habitación, aunque tuvo que contener un chillido y el movimiento agresivo de su cuerpo en defensa al intentar tomar la daga de su cinturón por el susto que le generó una risita infantil y un destello de luz. Aquel diminuto resplandor se materializó en una regordete y pequeña figura ante Aryll.
—¡Señorita Heroína!—dijo el Kolog que había aparecido en la puerta, extendiendo sus cortas extremidades en señal de rendición, apenado por haber asustado a Aryll.
—Un día de estos van a darme un infarto—gruñó la rubia, inclinándose para tomar entre sus manos al pequeño espíritu del bosque, luego de asegurarse de que ningún Orni hubiera notado aquel repentino revuelo. Entró a la habitación y cerró la puerta detrás de ella.
—¿Qué sucedió? —preguntó Aryll al Kolog, quien reposaba en sus manos, ya a solas.
—Me enviaron a avisarles… los rituales de sanación no han surtido efecto en los jóvenes hechiceros que llevaron a la colonia, nuestro curandero cree que quedan muy pocas esperanzas de que despierten—respondió con mucha pena el Kolog, mostrándose triste de ser el emisario del mal estado de los tres prodigios que Link y Aryll habían rescatado de las manos de los Yigas.
—Maldita sea…—Aryll exhaló con resignación al darse cuenta que no tenían ya más pistas. Su hermano y ella habían tenido la esperanza de que alguno de los prodigios pudiera despertar de ese maleficio comatoso al que habían sido sometidos para experimentar con ellos, típico de los Yigas. Poder hablar con alguna de las víctimas sin duda era una gran oportunidad de descubrir lo que planeaba Ganondorf y toda su red de tráfico de prodigios; pero otra vez se quedarían sin ningún indicio que les ayudara a planificar una forma de desarticular toda la organización del Rey del Desierto en el bajo mundo. A los ojos de todo Hyrule, Ganondorf era un héroe de la guerra, un gobernante prominente y respetado, un hechicero de poderío indomable que había reunificado a las nómadas del desierto hasta convertirlas en un imperio, aliándose de la Federación de Hyrule desde su fundación, después de la caída de la Monarquía Hyliana. Todas las grandes esferas de poder de la alta sociedad estimaban a Ganondorf, ignorando por completo la verdadera y turbia naturaleza del Monarca, una faceta que él había sido muy hábil para ocultarlo durante años de la vista pública.
—Necesito hablar también con el Señor Héroe, el curandero descubrió que los conjuros que se utilizaron en los jóvenes prodigios… Eran de magia negra, necromancia—esa última palabra dicha por el Kolog hizo que la criatura se estremeciera, haciendo sonar sus diminutas ramas, cubriéndose los ojos con miedo. La expresión de Aryll también mostró su impacto y perturbación al saber a lo que habían sido sometidos aquellos chicos que rescataron—Pero ya lo busqué y el Señor Héroe no está en ninguna de las habitaciones—terminó por decir la criatura.
—¿Qué? —cuestionó Aryll, dándose la vuelta para abrir la puerta. Con el corazón en la garganta cruzó el pasillo para dirigirse a la habitación de Link, comenzando a llamar a la entrada con el puño. El Kolog se subió al hombro de Aryll, ya que ella había dejado de sostenerlo con la mano.
—¿Link?—
La ausencia de respuesta solo aumentaba la ansiedad de Aryll, quien tomó la cerradura, para sacar su daga y enterrar la misma en el pequeño cilindro del seguro, destrozando la manilla, y finalmente abriendo la puerta delante de ella con desesperación. Dentro de la habitación, no había nadie, Link no estaba.
Como buena cazadora, Aryll comenzó a revisar el suelo y las paredes en búsqueda de alguna señal, sabiendo que algo debió suceder. La ausencia de Link sin aviso no era normal, y lo confirmó al revisar las sabanas de la cama; una minúscula gota de sangre había manchado la blanca funda de almohada. Aryll inmediatamente sintió como el pánico comenzó a inundarla, sin saber qué hacer.
Las horas pasaban, y el día transcurría, la nevaba iba perdiendo fuerza para dar paso a un clima más estable, que permitía que el sol atravesara la gruesa capa del invierno, iluminando el suelo cubierto del blanco de la nieve. Observar el horizonte, tal como la inmensidad de un lienzo infinito, era algo que ayudaba a Zelda a dejar fluir su inspiración. Por eso amaba el invierno, y el contemplar ese paisaje, permitió a la joven reanudar los delicados trazos que estaba dando con un pequeño carboncillo comprimido sobre una hoja de papel, apoyado en su regazo.
Volvió a fijar su vista hacia su modelo; aunque, este comenzó a moverse. Eso hizo que Zelda reaccionara de su trance artístico, dejando sus materiales con delicadeza sobre la mesa que había en aquella cálida habitación de un hostal con ciertos lujos, a juzgar por la calidad de los muebles y la pulcritud del espacio. La joven sacudió los pequeños desperdicios de grafitos de su indumentaria Sheikah, mientras veía como su prisionero comenzaba a moverse ligeramente.
—En pocos minutos la parálisis se detendrá—explicó esa misma voz, sedosa y elocuente, la misma que Link había escuchado de parte de la Sheikah que lo había emboscado. Aquellas palabras de Zelda estremecieron al guerrero, quien no podía hablar; no sentía su lengua, ni los músculos de la mandíbula. Sus párpados no respondían, por lo que estaba consciente, aunque en completa oscuridad.
No recordaba nada más, no hasta ese momento en el que despertó. Trató de memorizar bien esa voz, respirar profundo. Debía conservar la serenidad.
Efectivamente, tal como lo indicó esa voz, sus manos y pies comenzaron a moverse de forma más articulada, librándose del doloroso efecto del veneno paralizante de los Lizalfos. Su cuello también fue reaccionando, al igual que los músculos de su rostro. Finalmente pudo abrir los ojos con bastante dificultad, sintiéndose aturdido y con algo de nauseas. Típico efecto de la toxina que aún tenía su cuerpo, que con el pasar de las horas finalmente le permitían moverse con libertad.
Luego de unos minutos sus ojos fueron capaces de enfocar a su captora. Efectivamente era una Sheikah de porte regio, elegantemente posicionada sobre una silla de madera oscura justo al lado de la ventana, con la cortina abierta de par de par, lo que acentuaba el aire sofisticado de la joven, que parecía estar posando para una obra de oleo tan comunes en la alta sociedad hyliana. Era extraño ver tal gracia en una Sheikah; más aún en una que cubría parte de su rostro con una bufanda blanca. En frente de la Sheikah, había una mesa, donde Link pudo ver que estaban prácticamente todas sus pertenencias, ordenadas y clasificadas; pudo ver su arco, las espadas, cuchillos y dagas, incluso los puñales que él y Aryll acostumbraban esconder en distintas partes de sus armaduras.
Link se miró a sí mismo, viendo que estaba sentado en una silla, dando la espalda a la pared. Estaba totalmente libre, no tenía ninguna atadura, sin embargo, estaba claramente desarmado. Aún tenía sus anillos familiares de oro en sus dedos; lo que se le hizo curioso; la Sheikah no le había quitado nada de valor. Ahí estaban, frente a frente, sentados y separados por unos cuantos metros, a la expectativa, y presas del silencio.
—¿Eres Yiga o Sheikah?—Link tenía la garganta seca; sin embargo, mantenía una aparente naturalidad, comentado su deducción, mientras seguía observando con discreción su entorno, notando que su abrigo y hombreras estaban colgados en el perchero a su lado.
—No vivimos en blanco y negro—
Link observó de nuevo a la joven Sheikah mientras ella hablaba, buscando desentrañar algo más que el aura que irradiaba, pero la voz de ella lo sacaba de balance, y no le permitía concentrarse. No obstante, hizo un esfuerzo en analizar las palabras de su captora, que claramente hacían referencia a la complejidad del choque ideológico entre los Yigas y los Sheikahs, el cual era bastante complejo como para simplemente encasillar a los implicados en bandos opuestos.
—Eres una Ronin, entonces—aquellas palabras de Link generó una sonrisa en la dama. El rubio tomó aquel silencio como una afirmación por parte de la joven; pensando que de lo contrario, ella habría objetado. Aunque fue ella la que contestó con el pasar de los segundos.
—No es tan simple—
—¿Entonces podrías explicarme qué hago aquí, por favor? Supongo que eso es más simple—dijo Link, mientras su mano palpaba ligeramente su propio muslo, como si intentara buscar algo en la tela; sin embargo, no encontró nada, ya que pudo ver como en ese momento la Sheikah mostraba una navaja, la misma que Link solía esconder en su pantalón.
—¿Conoces la leyenda del Último Neburí, de la Era del Héroe Celestial?—cuestionó la dama, mientras colocaba la navaja de Link sobre las demás armas de la mesa, mostrando de que sí, se había encargado minuciosamente de desarmar al hombre antes de que despertara.
—Mi abuela me lo contaba de niño—Link trataba de mostrar tranquilidad, pese a que la inquietud de no tener manera de defenderse le estaba generando ansiedad. No conocía su entorno, mucho menos a su oponente; no tenía idea de las intenciones de la Sheikah, y esa incertidumbre estaba comenzando a afectarle.
—¿Recuerdas cómo terminaba el relato?—
—El Neburí rojo vio como los descendientes del héroe que derrotó a Demise iban muriendo con el pasar de los años. Con los siglos los mortales olvidaron el respeto que le debían a la sagrada montura del héroe, comenzaron a cazar a los Neburís, hasta que solo quedó el último, el más valioso para los depredadores. La sagrada ave solo huía de los codiciosos cazadores, mientras esperaba el renacimiento de su amo, su salvador—
El resumen de Link fue un tanto superficial, pero abarcaba al menos los aspectos generales de la leyenda, pensó Zelda.
—En todo este conflicto, tú eres el último Neburí. Lo que le hiciste al Maestro Kogg enfureció a varias esferas influyentes que desean destruirte; cazadores que desprecian todo lo que has hecho por el pueblo de Hyrule. Y estás sólo en este mundo; eres el último dispuesto a luchar en una batalla que nadie más parece tener el valor de enfrentar—Link escuchó con atención a la joven mientras ella hablaba, manifestando su curiosidad por aquella perspectiva que le estaba exponiendo la Sheikah.
—¿Si yo soy el Neburí, qué eres tú?—preguntó Link.
—Tu salvadora—
El guerrero no tuvo oportunidad de responder a las palabras de Zelda, ya que la dama, sacó un pergamino, que hizo levitar con su telequinesis hasta las manos de Link, revelando que también era una hechicera. El guerrero estaba sorprendido, aunque de todas formas lo disimuló mientras abría el pergamino, notando que era un retrato de búsqueda, con especificaciones de sus antecedentes, historial militar, y lo más importante, la misión asignada para la guerrera que había recibido la asignación.
—Sheik Ashla de los Sheikahs—leyó Link, con un poco de dificultad al estar algo oxidado con el idioma de los guerreros de las sombras. Apenas lo pronunció, su captora chasqueó los dedos, lo que hizo que el pergamino en las manos de Link fuera incinerado por un diminuto estallido de fuego oscuro que se disipó a los segundos, sin dejar rastro de aquel documento.
—El honor es mío, Link Ryder. Mi misión es llevar tu cabeza ante mi antiguo Daimio, en Kakariko—explicó la joven, quien claramente usaría su identidad como Sheik delante del guerrero, ocultando su verdadero nombre. Link exhaló al ver que la situación se le estaba saliendo de las manos, y la migraña se estaba convirtiendo en una tortura adicional.
—Supongo que debes llevar mi cabeza sin el cuerpo—respondió Link, sarcástico.
—Así es—confirmó Sheik con aparente seriedad, mientras miraba el dibujo que había estado haciendo antes de que Link despertara. Luego de confirmar que las facciones estuvieran proporcionadas y las sombras estuvieran correctamente difuminadas en el dibujo, la Sheikah mostró su obra a su acompañante a la distancia.
—No me gustó el retrato que hicieron de ti en el pergamino, así que quise intentarlo. Creo que logré plasmar tu mirada melancólica ¿No lo crees? —comentó Sheik, complacida con el retrato que había hecho de Link durante esas horas en las que el rubio había estado inconsciente, y expectante de ver cuál sería la reacción del guerrero. Ciertamente, el hyliano estaba un tanto descolocado por la situación, aunque miró con atención el dibujo que le mostraba la joven. No sabía cómo interpretar la situación, y claramente la dama se estaba aprovechando de la consternación para jugar con él.
—Nada mal… ¿Tu presa puede fumar?—preguntó Link, con cierta sorna, como si estuviera resignado a ser asesinado por Sheik. Por otra parte, debía reconocer que el dibujo era refinado, considerando que los Sheikahs por cultura no permitían que sus asesinos dedicaran tiempo a nada más que el entrenamiento de su cuerpo y mente.
—Como desees—
Con la aprobación escueta de la dama, Link extendió su mano hacia los bolsillos internos de su abrigo, donde guardaba su encendedor y cigarrera; no obstante, también deslizó su mano hacia otro bolsillo, donde guardaba un puñal, queriendo ver si al menos podía contar con eso si algo salía mal. Pero no estaba. Miró a la joven, y pudo notar que Sheik le mostraba la dichosa arma blanca con cierta malicia en su rostro, como si disfrutara de ver a Link totalmente desamparado, al merced de la hechicera.
El puñal fue puesto en la mesa por Sheik, mientras, Link tomaba lo necesario para colocarse un cigarrillo en la boca, y encenderlo en un par de segundos para aparentar calma, o al menos intentarlo. El ritual era breve y repetitivo; dio una bocanada profunda, para luego exhalar el humo, sintiendo inmediatamente una tranquilidad en su adolorido cuerpo.
—Lo siento; dos negociaciones tensas en menos de un día es agotador—explicó Link, excusándose por tener que fumar en un momento como ese, para dar una segunda bocanada que fue liberando de forma más lenta.
—¿Quién dijo que vamos a negociar? —Las palabras de Sheik se mostraban genuinamente curiosas; casi hilarantes, pese a denotar cierta hostilidad.
—Si me quisieras muerto, ya lo estaría, pero sigo aquí. Desobedeciste órdenes directas de tu Clan, y te tomaste la molestia de tenerme a solas contigo. Buscas algo, además de mi cabeza, claro—Las palabras de Link eran acertadas, y Sheik lo observó con intriga. Hubo una pausa, pero él continuó hablando—¿Qué quieres ofrecerme, mi salvadora?—
Las palabras de Link manifestaban la serenidad propia de una negociación; bastante similar a la postura que había adoptado ante alguien tan volátil como Teba. No obstante, Link se notaba extrañamente tenso, con la mente difusa; se sentía incómodo, aunque lograba disimular. En un último intento por sentirse seguro, el guerrero cruzó una pierna, colocándose en una posición más cómoda mientras volvía inhalar su cigarrillo que ya se acercaba a la mitad. Pero aquello solo fue una excusa para poder deslizar su mano por su muslo que ahora cubría su pantorrilla, palpando su pantalón por la zona cercana a su ingle, en donde escondía una navaja retráctil en la costura como un recurso de emergencia.
Link sintió una gota de sudor gélida en su espalda al notar que aquella arma no estaba. Y la sensación de vacío en su estómago se intensificó al ver que Sheik se retiraba la bufanda, para luego mostrar que también le había quitado esa cuchilla oculta, bastante cerca de su entrepierna. Las bellas facciones de la Sheikah mostraron una sonrisa escueta, pero traviesa, mirándolo con intensidad, lanzando la navaja retraída sobre la mesa, con el resto de armas "confiscadas". El motivo de su buen humor era sencillamente el poder ver a un cazador caer en el rol de la presa; estaba disfrutando bastante el ver a Link de esa forma; las facciones delicadas del guerrero se acentuaban por el temor que parecía estar experimentando, como una pequeña criatura acorralada e indefensa.
—No desobedecí a nadie; quienes dirigen al Clan violan los principios de nuestro código de honor con su avaricia y corrupción. Kogg solo era el síntoma de la verdadera enfermedad. Vine a ti, como una guerrera sin amo, a ofrecerte mi espada y mi vida a cambio de tu ayuda; deseo restituir el orden y el honor de mi Clan—
—¿Así sin más? —
—Así sin más—
Lo siguiente que se escuchó fue el cigarrillo de Link siendo avivado por otra bocanada, intentando digerir la implicación del asunto en el que estaba metido; aunque necesitaría bastante nicotina para lograrlo.
—Ni siquiera sé si le hiciste algo a los míos—indicó con acidez el rubio, sopesando la posibilidad de que todo eso fuera una trampa.
—Probablemente acaban de notar tu ausencia en el rancho, los Ornis comenzarán a buscarte; deberías considerar tu rapto como una demostración de mis habilidades, las cuales estarán a tu disposición si aceptas. Y una vez terminemos de negociar, podremos ir con tu hermana y los demás—
—Pensé que no íbamos a negociar—
—Y yo pensé que esto sería simple, pero al parecer te gusta complicarlo todo—sentenció Sheik, combatiendo las palabras cada vez más hostiles por parte de Link.
—¿Por qué confiaría en ti? —cuestionó él.
—No tienes que hacerlo; te beneficia tenerme como aliada, o seré una pesadilla para ti como enemiga. Como puedes ver, te he investigado a fondo; muy a fondo—La joven se notó particularmente pícara con sus últimas palabras, mucho más al ver la tensión de Link por el doble sentido de sus palabras—Sé todo lo que necesito para derribar tu pequeño imperio—terminó por decir la dama.
—Perder el poder que tengo no me quita el sueño; cuando muera, me llevaré a la tumba lo mismo traje al nacer. Nada—respondió Link con simplicidad, notando que su cigarrillo se estaba terminando. Por su parte, Sheik se sintió fascinada por aquellas palabras; aquella perspectiva y razonamiento había sido sumamente interesante para ella.
—Entonces ¿Qué te quita el sueño?—La pregunta de Sheik llevaba en sí una connotación enigmática para Link.
—Luchar por un mundo donde los fuertes se responsabilicen de su poder—La fascinación de Sheik ahora no solo se limitaba a lo que decía Link, sino también su convicción y determinación.
—Muy idílico; mi sueño siempre ha sido viajar por el mundo, sin ataduras—confesó Sheik, cambiando a un tono más soñador bastante breve, ya que en pocos instantes recuperó su mesura. El silencio volvió a reinar en la habitación, ocasión que Link aprovechó para apagar la coletilla del cigarrillo en un cenicero que visualizó cerca de la ventana.
—La idea de contar con una Sheikah me agrada, pero no deseo meterme en asuntos políticos—respondió de nueva cuenta Link, reanudando el tono de la negociación.
—No tengo interés en que un forastero se involucre en la restitución de mi Clan; solo necesito a un aliado con el valor necesario para ayudarme destruir a la red de Yigas que mantienen a los corruptos en el poder del bajo mundo—explicó Sheik, mientras se acercaba de nuevo a la mesa, para acomodar una de las navajas de Link que se había deslizado un poco, y que rompía la armonía del orden que ella había hecho al catalogar todas las armas que había retirado del cuerpo del guerrero.
—¿Sabes quienes están afiliados con los Yigas?—
—Sí; digamos que hay muchos síntomas, además de Kogg—contestó Sheik.
—¿Y quién es la enfermedad? —preguntó finalmente el guerrero, de forma directa y certera, recobrando el control del diálogo. La pregunta era capciosa, por lo que el rubio comenzó a analizar hasta la más mínima expresión de Sheik incluso antes que ella respondiera. Deseaba averiguar lo que ella sabía. Por su parte, la pregunta había sido inesperada para Sheik, realmente no tenía una respuesta para aquello, tanto Impa como ella habían estado los últimos meses siguiendo los rastros de los Yigas en búsqueda de algún indicio sobre la identidad la mente maestra de toda aquella red, pero el esfuerzo había sido inútil. Además, aún si ella hubiera sabido algo sobre quienes dirigían aquella red criminal, jamás se lo revelaría alguien como él. Ella tenía una misión clara; debía adentrarse en el grupo de Link, y recolectar toda la información posible para exponer y detener a quienes estuvieran afiliados con los Lynels y sus actividades ilícitas.
—Tendremos que averiguarlo—La respuesta de Sheik no había sido inmediata, por lo que aquello llevó a Link a sospechar de aquella tal vez ella ni siquiera sabía quién era el que controlaba el bajo mundo y el tráfico de prodigios. O tal vez ella sí lo sabía, y todo era una orquestada trampa; eso era posible considerando el ingenio de Ganondorf, y las buenas relaciones públicas que él mantenía con varios clanes Sheikahs. Todo aquello era una apuesta a ciegas, y en ese punto, Link solo podía pensar si valía la pena el riesgo que estaba a punto de correr.
—Bien, solo queda aclarar una última cosa—dijo Link mientras se levantaba después de sentir que el mareo por la intoxicación se había detenido. Con una posición firme, el rubio dio la impresión de querer decir algo más, de hecho, Sheik, aun sentada, estaba a la expectativa, con su atención puesta en él. Pero lo que vinieron no fueron palabras.
Con agresividad y toda la rapidez que pudo, Link tomó la silla en la que había estado sentado, y lo lanzó con todas sus fuerzas directo hacia Sheik, en un arrebato de furia completamente repentina. La dama evadió aquella agresión, levantándose y moviéndose ágilmente, extendiendo su mano hacia su katana que no tardó en desenfundar mientras sentía que la adrenalina la inundaba. Mucho más al notar que la silla solo había sido una breve distracción; Link ya había alcanzado la mesa con las armas, tomando una navaja que intentó lanzar hacia la cabeza de Sheik.
Una vez más, la Sheikah dio un movimiento grácil y evasivo, quitándose del trayecto de la cuchilla que acabó clavándose en la pared de madera. Aquello también había sido un intento del rubio de ganar tiempo, ya que le dio oportunidad de tomar su espada de doble filo con su mano hábil, poniéndose en guardia al ver que Sheik había alzado su katana en un rápido corte que buscó cortar la cabeza de Link de forma vertical. El ataque fue esquivado por Link bajando su cabeza, movilizándose a un lateral para conseguir espacio hacia punto ciego de su oponente, y atacar con un corte diagonal ascendente.
Pero Link tuvo que ver, sin lograr reaccionar, como Sheik ladeaba milimétricamente su rostro para evitar el corte de la pesada espada, y aprovecharse para acercar un codazo directo al pómulo del rubio, seguido de una patada a su estómago para forzarlo a retroceder, notando como el golpe en su rostro le había abierto la piel, comenzando a sangrar. En medio del estupor y el dolor de los golpes, Link pudo darse cuenta que Sheik sonreía; lo que indicaba claramente que ella pudo, una vez más, haberlo asesinado en ese lapso de vulnerabilidad que él había tenido, pero no lo hizo. Por el contrario, ella lo estaba tomando como una especie de juego.
Y ella lo demostró al ir de nuevo al ataque con un acrobático movimiento de su torso con el que su katana dio dos cortes verticales que Link logró bloquear con su espada como barrera horizontal, antes de que el guerrero aprovechara el instante en el que Sheik iba aterrizar para patear sus tobillos, causando que la dama perdiera balance y no tuviera oportunidad de oponerse al tosco empuje de Link, que la hizo impactar de espalda contra una de las vigas de madera de forma dolorosa, sintiéndose adolorida por el golpe.
Fuera de aquella habitación solo se escuchaba los quejidos de ambos en ese repentino duelo, y el arrastre de los muebles que sufrían por interponerse en el camino de ambos guerreros. El anciano encargado del mantenimiento de las habitaciones escuchó aquellos ruidos extraños, notando de dónde provenían, incluso con su oído ya debilitado por la edad. Con preocupación, el hombre de edad avanzada miró a su esposa que estaba a un par de metros de él, y que claramente estaba escuchando todo aquello también.
—Lo arrendó una pareja. Ya sabes cómo son los jóvenes al desfogarse. Parece que ya se le pasó lo borracho al joven—dijo divertida la señora dueña del hostal, con cierta picardía a su marido mientras tomaban el camino a las escaleras para darle privacidad a los únicos clientes que quedaban esa mañana.
No obstante, ese no era el tipo de privacidad que parecían necesitar aquellos dos; de un momento a otro, Sheik tuvo que recuperarse del mareó causado por el golpe en su cabeza contra la madera, para evadir una ágil patada de Link que la tomó desprevenida. Con la fluidez del aire, la Sheilkah ladeo la cabeza para evitar ese golpe, y seguidamente se movió para salir del alcance de otro corte de la espada del rubio.
La agilidad de la joven comenzaba a exasperarlo, más cuando esta tomó distancia e inmediatamente después lanzó un par de kunais hacia Link. El guerrero giró su espada de forma defensiva, logrando con cierta dificultad bloquear las dos cuchillas con la hoja de su espada, aunque se dio cuenta demasiado tarde que todo había sido una distracción. Sheik de nuevo recortó distancias, aproximándose a un lateral para patear la rodilla de Link y desbalancear lo suficiente su postura para lograr conectar una patada en el vientre del hombre que lo orilló a la pared. Dejándose llevar por la adrenalina, Sheik blandió de nuevo su katana con las dos manos, atacando un corte hacia la cabeza de su oponente; pero ese impulso fue aprovechado por Link, que interpuso su grueso guantelete metálico para atorar la hoja de la katana entre la lámina de metal, y la empuñadura de su propia espada, para tirar con fuerza y dejar desarmada a Sheik.
La palidez dominó el rostro de la dama al verse desprovista de su principal herramienta en el combate, teniendo que retroceder y afilar sus sentidos para el agresivo frenesí de cortes lineales que Link comenzó a hacer intentando acabarla y de aprovechar su breve ventaja. No obstante, aquel abuso lo llevó a intentar una apuñalada con poco balance que Sheik aprovechó para evadir con un cuarto de vuelta, tomar con una mano la muñeca que blandía la espada, invadiendo por completo el espacio personal de Link al estar la joven con la espalda casi unida al pecho del guerrero.
Esa cercanía fue mortífera, ya que la Sheikah aprovechó para acertar un codazo directo a la quijada del rubio, seguido de un barrido de su pie para golpear los tobillos de Link y hacerlo caer al suelo sobre su espalda. Colocando una rodilla sobre el pecho del rubio para inmovilizarlo, le robó la espada en la intensidad del momento, para posicionarla sobre la garganta de Link.
—¿Qué fue esto? —preguntó con fiereza y cierta molestia Sheik, mostrando que estaba agitada por lo que había sucedido, y por supuesto, aún tenía la hoja de la espada apoyada en la garganta de Link, a la espera del cualquier movimiento en falso por parte de él para deslizarla y quitarle la vida.
Link solo sonrió; disfrutando de la descarga de adrenalina, sintiéndose repentinamente vivo, mientras observaba la cercanía de la dama.
—Un poco de presión; en este momento… Cuando tenemos una vida en las manos, los ojos revelan nuestra alma. Es lo que quería ver—dijo el rubio, mirando directamente a los profundos ojos de Sheik, tratando de descifrarla. La serenidad de Link, su quietud y determinación, así como su osadía, eran cualidades que la dama no imaginaba que tendrían alguien como él. Su tono y sus palabras hicieron divagar su mente, antes de poder notar que Link extendió la mano a una de las kunais que había quedado cerca en el suelo, y antes de darse cuenta, ya el rubio tenía la hoja de la cuchilla contra la pálida garganta de la guerrera. Ahora, mutuamente tenían la vida del otro en sus manos, dependiendo de un simple desliz para quitarla.
—Ahora veo algo más que tristeza en tus ojos…—confesó Sheik, en medio de ese tenso instante, en el que podía vislumbrar de cerca los ojos azules como el mar que tenía Link, con una cercanía que le causaba sensaciones contradictorias. Podía ver algo más que la suavidad de la forma de su rostro, y su mirada salvaje y peligrosa. En él, había algo más…
—¿Qué es lo que ves? —indagó curioso el rubio. Pero no recibió respuesta, solo pudo mantenerse quieto, mientras Sheik miraba sus ojos como si se tratara del firmamento en un cielo despejado.
—He tenido tu vida en mis manos dos veces; no habrá una tercera—respondió Sheik, evadiendo por completo el tono que estaba tomando la conversación, volviendo a la realidad. Por consecuente, Link quitó la kunai, extendiendo las manos en señal de rendición. La dama por su parte retiró la espada, levantándose para darle oportunidad a Link de levantarse. La guerrera extendió la mano dispuesta a ayudarlo a levantarse, gesto que el rubio aceptó para ponerse de pie delante de su captora.
—No, no lo habrá; porque si descubro que me estás mintiendo, te asesinaré—dijo Link, gélido y mortal como las tormentas de Hebra.
—¿Así sin más? —preguntó Sheik irónica, copiando la frase del rubio.
—Así sin más—respondió él, caminando un par de pasos hacia donde había quedado la magnífica katana de Sheik. El guerrero la levantó con cuidado, admirando la sutiliza del filo, para extenderla hacia su portadora, entregándola de forma cortés. Sheik estaba imitando el gesto, extendiendo la espada de doble filo de Link. Ambos guerreros intercambiaron sus espadas con respeto, aunque la dama se inclinó ante el rubio sobre su rodilla para extender de forma ceremonial su katana, segundos después de haberla recibido de manos de Link.
—Mi espada y mi vida estará al servicio de tu causa hasta que se cumpla el propósito de nuestra alianza, y traigamos paz a nuestro pueblo—dijo Sheik a Link, en tono solemne y genuino, inclinando la cabeza. No obstante, la Sheikah no se esperó la reacción del guerrero, quien se arrodilló a su altura, mirándola a los ojos.
—No te inclines ante mí, ni ante nadie más; solo ante las Diosas—indicó el guerrero mientras extendía la mano, invitando a la Sheikah a ponerse de pie, y así lo hizo, aceptando el gesto. La humildad y sencillez del guerrero era algo que sin dudas estaba captando su atención. Al iniciar aquella misión, había imaginado que conocería a un hombre de nulos modales, predecible, lerdo y ambicioso; pero se había encontrado con alguien a quien no podía descifrar. Una insólita unión entre una fiereza indomable, y una nobleza sin igual.
—Entendido—respondió la dama.
—Debemos volver al Rancho del Cañón antes de que mi hermana asesine a alguien—ordenó Link, mientras se acercaba de nuevo a su abrigo y capucha, colocándose ambas prendas con premura. Sheik lo imitó, acercándose hasta sus propias pertenencias. Mientras la dama cubría su indumentaria típica de los guerreros de las sombras, Link pudo notar que ella le estaba dando la espalda, lo que le permitió verla de perfil; incluso acciones tan corrientes como el cubrir su torso con un abrigo de piel de tonos pálidos iban acompañados de movimientos elegantes y refinados por parte de ella. Sin más, el hombre desvió la mirada, justo cuando notó como un destello cubría a la dama, tornando su cabello en un tono rubio cenizo, y sus ojos un color oliva. Una habilidad de camuflaje básico para los Sheikahs, que dependían de esa habilidad para la infiltración y el espionaje sin ser detectados.
—Esto también es tuyo—dijo Sheik, mientras tomaba el dibujo del retrato de Link, doblando la pequeña pieza de papel para entregarlo a su legítimo dueño, mientras este se acercaba para comenzar a equiparse sus armas, arco y carcaj. El rubio ladeó la cabeza con curiosidad, tomando el papel para guardarlo con cuidado en el bolsillo de su abrigo.
—Gracias—expresó el guerrero, mientras su sonrisa se ocultaba tras la capucha. Con todo en su lugar, se dirigió a la puerta, abriéndola. —Después de ti—
Sheik sonrió también con cierta picardía, guardando su katana entre las sombras de sus mangas, para aparentar ser una joven hyliana inofensiva. Esa última característica era bastante engañosa, pensó Link; el ardor de la piel de su garganta, y el punzante dolor residual por la breve pelea con aquella dama le recordaba que era bastante peligrosa. Eso le hizo pensar en su mejilla sangrante, limpiándose con su guantelete, notando que ya el sangrado ya se había detenido, aunque seguía doliendo.
Haciendo una sutil reverencia, Sheik pasó por el umbral, comenzando a andar por el pasillo solitario de la posada. Y una vez más, aquella perspectiva de la retaguardia de la joven fue llamativa para Link, aunque no por los mismos motivos de la primera vez… Alzó la mirada, recriminándose a sí mismo por la curiosidad que lo había llevado a ver de forma poco discreta la forma de las caderas y cintura de la joven.
—¿Y en dónde estamos?—La pregunta de Link venía más por un intento de ocupar la mente en medio del bochorno, mirando al techo y a las paredes mientras la dama iba a unos cuatro pasos delante de él, no queriéndose distraer de nuevo.
—Una pequeña posada de la colina; relativamente cerca del Rancho—explicó Sheik, mientras cruzaba para bajar por las escaleras, aunque antes de descender, volvió a encarar a Link de reojo.
—Lindas paredes ¿No? —dijo ella con cierta malicia, bajando finalmente y dejando solo a Link, quien sintió una opresión en el estómago al suponer que aquellas palabras eran una insinuación de que ella sabía lo que Link había estado mirando. Bufó un poco, aclaró la garganta con un carraspeo; luego de eso, el guerrero fingió que no había visto ni oído nada mientras seguía a Sheik, por mucho que sintiera calor en el rostro, limitándose a seguirla en el descenso de las escaleras.
La recepción de la posada era cálida y hogareña, con una sutil música de fondo del megáfono a volumen bajo, acorde al ambiente tranquilizador y a la suave nevada matutina.
—¿Cómo pasaron la noche? —preguntó la dueña del negocio, acercándose con una tierna expresión cariñosa que la caracterizaba al atender a los cliente.
—Los rumores son ciertos; su posada es mágica, la noche de bodas fue fantástica ¿Cierto, amor? —dijo la Sheikah, quien había adoptado una postura completamente diferente, como si el cuerpo de la dama hubiera sido poseída por una nueva personalidad, diseñada para ese momento.
Link tragó grueso, tardando unos segundos en procesar la situación.
—Sí, totalmente—respondió el rubio, levemente nervioso.
—Discúlpelo, aún está algo apenado por lo ebrio que estaba anoche al llegar—dijo Sheik, acercándose a la anciana para susurrar, mientras contenía una risita que la dueña no pudo resistir.
—Es tu luna de miel, cariño; debes disfrutar, no te preocupes por lo que sucedió anoche. Solo ten cuidado de no mezclar licores de nuevo ¿Sí? —dijo la anciana con un tono maternal, causando un intenso bochorno a Link, quien supuso el pretexto que usó Sheik para arrastrarlo a ese lugar, estando intoxicado por el dardo de veneno de Lizalfo, es que se había pasado de copas. Le parecía una demostración enorme de cinismo por parte de ella; aunque lejos de enojarlo, solo le causaba cierta gracia y un tanto de vergüenza.
—Lo tendré en cuenta, gracias—dijo el guerrero, apretando los labios en una sonrisa fingida, y con la espalda rígida al ver de reojo como Sheik contenía la risa. Sin más la susodicha buscó en su abrigo, entregando una rupia plateada a la dueña que los había atendido.
—Diosas… Cielo, esto es demasiado—dijo la dama entrada en años a Sheik, casi sintiendo una arritmia por el valor de aquella piedra.
—Es por los… daños que tal vez hicimos a la habitación ¿Comprende? —respondió Sheik, guiñando un ojo a la señora, lo que fue más que suficiente para que esta entendiera el doble sentido de la situación, y contuviera una risa mientras no disimulaba la emoción de la gema recibida, y por sentirse como toda una secuaz de la velada romántica de los "recién casados".
—Gracias por todo—dijo finalmente Sheik, haciendo una reverencia respetuosa a la dama mientras salía por la puerta junto con Link.
—¡Vuelvan pronto! —indicó finalmente la señora, casi conteniendo las ganas de dar saltitos.
—¿Noche de bodas, en serio? —La pregunta de Link, que sonaba bastante seria, sacó una risita divertida a Sheik, quien caminaba por el camino de piedra de la entrada de la posada, como si se tratara de una hyliana común, conociendo el mundo.
—Era difícil explicar el por qué traía a un hombre inconsciente a una habitación—explicó la Sheikah, mientras disfrutaba de ver como Link buscaba esconder su rostro tras la capucha.
—Necesito un trago—El cansino tono de aquellas palabras de Link mostraba también su bochorno.
Sheik iba a responder, pero la conservación se vio interrumpida cuando el marido de la dueña se acercó con un imponente corcel de tono blanco impoluto; la joven agradeció al hombre, mientras acariciaba a su caballo que había pasado la noche en el establo de la posada. Con agilidad, la dama subió a aquella hermosa criatura de pelaje blanco que se mostraba dócil ante las acciones de su ama, expectante a la siguiente orden. La dama despidió al anciano, que comenzó a alejarse hacia la entrada de la posada.
—¿Necesitas ayuda para subir? —cuestionó Sheik, un poco burlona, dando unas palmaditas al asiento trasero de su amplia silla de montar diseñado para dos personas. Link simplemente respondió con una ágil serie de movimientos, con los que se subió sobre el caballo sin dificultad, posicionándose detrás de Sheik en la montura.
—Andando—indicó finalmente Link, mientras intentaba despejar su mente, lo cual se le estaba siendo muy difícil; la cercanía de aquel cuerpo era una gran distracción.
—¿Vamos con los nuestros?—
—Con los míos; serás una Lynel cuando te lo ganes—dictó Link, mientras que Sheik hacía andar a su querido corcel; sintiendo cierta satisfacción por haber logrado la primera parte de su infiltración.
—¿No confías en mí? —
—Como dijiste, no tengo por qué hacerlo—
—Touché—contestó Sheik, agitando las riendas de su corcel para tomar el camino hacia el Rancho.
Con el pasar de los días, el viaje se había vuelto cada vez más extenso para Ganondorf, quien comenzaba a impacientarse con su búsqueda, seguido por su fiel séquito de guerreras del desierto, atentas a los pasos de su Rey. El trayecto de la caravana desde la Ciudadela de Hyrule hasta la Región Gerudo luego del asesinato de Kogg había sido un mero trámite para incorporarse con sus guardianas de confianzas, partiendo a un nuevo viaje. El titánico caballo de crines rojas andaba bajo la guía de su jinete, la imponente figura de Ganondorf resaltaba en medio del grupo de guerreras, también sobre caballos, siguiendo de cerca a su señor, quien continuaba interpretando sus manuscritos que hacía levitar con sus habilidades místicas. Esa empresa los había llevado al suroeste, bastante lejos de las mayores civilizaciones que seguían en pie en Hyrule.
Lo que buscaba Ganondorf era diferente, bastante singular. Un tesoro en medio del entorno hostil y en su mayoría virgen de los bosques, intentando ubicar los restos de una ínfima aldea desconocida, que ni siquiera en sus tiempos aparecía en los mapas de antaño. Y luego de milenios, el rastro seguía siendo tenue y casi imperceptible. Las investigaciones del Rey del desierto no habían sido particularmente fructíferas en todos los años que le había llevado buscar algún registro en las más antiguas bibliotecas que seguían existiendo en lo que quedaba de la cultura clásica de Hyrule. Hasta ese momento.
—Diez malditos años para encontrar un pueblucho perdido en los confines del mundo—sentenció Ganondorf, más para sí mismo, mientras sus escoltas veían lo que tenían en frente. La naturaleza, una vez más, había tomado propiedad de lo que les había pertenecido desde los inicios de los tiempos, y de Ordon no quedaba más de lo que había sobrevivido a la impiedad de la vegetación tras siglos de soledad. El legendario y perdido poblado natal del héroe del crepúsculo no era más ruinas olvidadas, como gran parte del legado de aquel elegido de Farore.
Ganondorf hizo andar su bestia entre los restos de aquel pueblo, seguido como su séquito, buscando una zona muy particular. Ni la frondosa arboleda ni los obstáculos lo detuvieron hasta llegar al lugar. El cementerio de lo que alguna vez había sido una aldea.
—¿Qué buscamos, mi Lord? —cuestionó con respeto la guerrera de más alto rango que acompañaba a Ganondorf, queriendo contribuir con lo que fuera que deseara su señor.
—Buscamos el lugar de descanso eterno de un paladín, un guerrero feroz que se alzó sobre las garras del crepúsculo, emergiendo en él la fuerza de la bestia de los ojos azules, blandiendo la espada que doblega la oscuridad para resguardar la tierra de las diosas de una noche eterna, guerreando con ímpetu hasta que la luz de un nuevo amanecer iluminó a Hyrule—Claramente, Ganondorf estaba relatando el verso de memoria, textos que había estudiado hasta el cansancio, aprendiendo, preparándose para ese momento. Las gerudos se mantuvieron expectantes, mientras veían como una aura de esencia espectral recubría al Rey del Desierto, como si una fuerza paranormal lo guiara por los confines de ese espacio donde alguna vez se había sepultado a los nativos de ese extinto poblado.
—A aquel que fue retornado a la tierra de su infancia, para ser sepultado justo en el lugar en la que vino al mundo en esa vida; destinado desde ese instante a reencontrarse con mi alma—sentenció Ganondorf, cerrando su libro, mientras se posicionaba en frente de una prominente lápida hundida en la tierra del entorno. La inscripción estaba desgastaba e ilegible, pero el hechicero no necesitaba nada más para tener certeza de que había encontrado lo que por años había buscado. Una sonrisa sádica recorrió sus labios, experimentado esa sensación por primera vez en su vida, no obstante, se le hacía absolutamente conocida; sentía el nexo con sus recuerdos de vidas pasadas, sentía el aura del héroe del crepúsculo, impregnado en aquella lápida en la que había sido sepultado milenios en el pasado. El frenesí y la adrenalina de la batalla final inundaron a Ganondorf, alimentando aquellos recuerdos difusos que fueron recobrando nitidez y precisión en su mente, avivando también su ira y orgullo al recordar la derrota.
Los ojos dorados del Gerudo volvieron a abrirse, vislumbrando el lugar de la sepultura de uno de las reencarnaciones de su némesis, consumido por el abandono.
—Caven hasta conseguir lo que quede—indicó Ganondorf a las guerreras delante de la tumba, con una orden que no permitía objeciones por parte de su séquito.
Notas Finales:
Hola hola! ¿Emocionados por el Halloween? Yo sí.
Antes que nada, una vez más me disculpo por el malentendido que causé en la anterior actualización, ya que publiqué el capítulo tres, pero el documento que adjunté fue el del capítulo uno; novatadas TOT Ya me estoy organizando mejor para evitar que mi torpeza vuelva a jugarme otra mala pasada.
Respecto a este capítulo, pienso que se presenta solito; creo que este es uno de los momentos que con más frecuencia esperamos que suceda en una trama ZeLink, ¿No? A mí me emocionó muchísimo escribirlo, y espero que les genere la misma sensación al leerlo. Intenté darle un giro a las interacciones entre estos dos personajes, más por el contexto, tono y ambientación de esta historia. Quise darle profundidad al diálogo entre Link y Zelda/Sheik, ya que es un momento clave de la historia, el mismo título lo dice.
Muchísimas gracias a los comentarios de Bargo, y Kera Maelle, aprecio mucho sus palabras y espero que les siga gustando el relato :)
Nos vemos entonces dentro de dos semanas con el siguiente capítulo!
