CAPITULO 57
CHILDREN OF MEN
Una máquina del tiempo.
La máquina del tiempo era una invención de la imaginación muggle descrita en su literatura fantasiosa a la que llamaban "ciencia ficción"; los magos conocedores de ese concepto podían reírse de sus patéticos deseos mortales, sin embargo… lo más parecido a una máquina así había existido en el mundo mágico.
El giratiempo.
Un curioso y complejo artefacto que permitía a un mago retroceder en el tiempo y moverse libremente. De dónde venía la materia que lo hacía funcionar era aún un misterio celosamente guardado por los Inefables, pero el artefacto… el artefacto no lo era.
Edward supo que en su tiempo el Ministerio hizo sus propias investigaciones totalmente ajenas a los de los inefables. Investigación para probar cuánto tiempo era posible retroceder. Los resultados fueron un desastre y luego de un escándalo, la investigación fue declarada oficialmente un crimen penado con años en Azkaban y los giratiempo oficialmente destruidos.
No todos, claro.
Actualmente, se tenía registro oficial de que en Europa aún había una docena que nunca fueron recuperados.
El giratiempo que Theo llegó a tener en su poder era el número trece.
Trece.
El peor número. Pésima suerte.
Aunque ya no tenía sentido contarlo, pues se había roto y quedó inservible.
"Máquina del tiempo" pensó Edward "Necesito una máquina del tiempo"
A veces fantaseaba con eso. Últimamente fantaseaba demasiado.
Con una máquina del tiempo todo podría solucionarse. Con regresar dieciocho años atrás, sería perfecto; pero los Giratiempo solo podían regresar diez años y solo podías mirar, no se podía interferir con eventos que tú mismo hiciste en el pasado. Intentar hacer ese tipo de cambios alteraba la realidad y los resultados eran desastrosos. Mortales.
No valía la pena el riesgo.
Además, para lo que Edward quería corregir, diez años no era suficiente.
"Y cada día solo se suma al anterior" pensaba "Dieciocho. Parece poco, pero es demasiado"
Edward suspiró mientras se metía en la chimenea.
"¿Y si logran superar los veinte años? ¿Si se puede regresar con seguridad?"
Edward se enfrascó en esa idea y no por primera vez. Ese pensamiento era como una especie de parásito enfermizo que solo lo hacía soñar. Regresar atrás… fuera cual fuera la deidad que existiera, Edward daría todo por poder usar esa máquina del tiempo.
Sin embargo ¿A donde regresaría?
¿A 1971 y convencer a su madre de que volver a Europa era mala idea y que lo mejor que podían hacer era quedarse en Asia?
¿A 1977? ¿Salvar a Celeste? ¿Evitar que muera arreglaría algo?
¿A 1980…y cruzar esa maldita calle?
Darle vueltas a eso era un dolor de cabeza y también una tontería, pues no existía una máquina del tiempo.
"Aunque si la hubiera, 1980 es la mejor opción" pensó.
"Esta vida ha sido una pesadilla, pero si hubiera sucedido de otro modo, no sería quien soy ahora" se dijo mientras el fuego azul se apagaba y avanzaba por aquel salón.
Salió de la chimenea y antes de continuar su camino se detuvo un instante frente al enorme espejo que había como adorno del salón de visitas. Se veía cansado, muy cansado.
Entre un parpadeo y el siguiente, ya no era adulto. Ahora era un niño.
A través del espejo, una mujer lo miraba.
—No es suficiente, hijo. —murmuró ella— Mira, es así.
Su madre le dió una sonrisa radiante. Él, mientras, lo intentó de nuevo.
—No, todavía se ve falso —dijo cruzándose de brazos.
Ella se alejó y lo dejó solo frente al espejo. Por el reflejo pudo ver que ella se pasaba las manos por el brillante y liso cabello rubio y parecía murmurar algo muy molesta. Se estaba mordiendo las uñas del pulgar.
—Lo intentaré otra vez —dijo girándose de inmediato e intentando de nuevo poner la cara que su madre esperaba.
"No me odies tú también"
Ella lo miró por encima del hombro. Sus ojos dorados mirándolo con descontento, pero luego haciendo aparecer un rostro amable en menos de un segundo.
Lo peor de aprender a engañar para ganar el afecto de los demás y poder manipularlos… era estar consciente de que quien te está enseñando podría estar usando sus conocimientos en ti para ganarse tu afecto y así poder manipularte a su antojo.
Que la maestra fuera tu madre era infinitamente peor.
—Mejor, cariño. —le dijo— Ven aquí.
Y él se acercó con cuidado. Su madre extendió los brazos y lo abrazó contra su pecho, le acarició el cabello con una mano y con la otra le frotó la espalda.
—Sé que es difícil, cariño. —le dijo— Pero esto es algo que tienes que lograr.
—Lo sé —dijo, arropado en tanto cariño que aunque podría ser falso, era mejor que nada.— Pero no me gustan y yo no les gusto a ellos.
—Nadie consigue gustarle a todo el mundo. Nadie. —dijo ella— Pero hay personas a las que no puedes caerle mal, para ellos necesitas ser encantador. La gente no soporta a los huraños. —ella apartó los brazos— Debes ser amigable y encontrar un modo de acercarte.
—Me odian —murmuró cabizbajo.
Él trató de acercarse de nuevo, buscando consuelo. Sin embargo… ella lo volvió a empujar.
—No te odian a tí —dijo ella sonando disgustada— odian el concepto que tienen de tí. Lo poco que saben, lo poco que han visto, es el prejuicio y lo que dicen aquellos anticuados ancianos del consejo. Es justo lo mismo cuando logras caer bien, así que el truco es darles un concepto de tí que no les desagrade y mantenerlo por sobre todas las cosas: Una excelente reputación, —dijo alzando la cabeza— un porte fino… una personalidad firme, accesible, impecable, elegante, carismática… pero no al punto de poner a los de más rango en vergüenza. Nunca deben dejar de creer que ellos son mejores, pero también deben tener presente que tú eres interesante y que te ves bien junto a ellos. Alimenta su ego y hazles creer que son ellos los que te hacen un favor al permitirte estar cerca, dales eso y tendrás todo. —ella sonrió— Luego, con el poder adecuado, te puedes permitir ser selectivo.
No muy seguro, él asintió. Su madre asintió también.
—Pero para llegar a eso se necesita mucho esfuerzo y disciplina, por eso trabajamos tan duro Edward. Ahora, sigamos practicando un poco más.
—Si, madre —dijo él y juntos volvieron a ponerse frente al espejo.
Un parpadeo y estaba de vuelta, de nuevo era un adulto.
Edward se frotó los ojos y al mismo tiempo se rió él solo.
"Mi cabeza es una máquina del tiempo" pensó.
Cuando visitaba el nido de serpientes siempre había que ser lo más impecable posible. Se dobló con cuidado las mangas de la túnica, una de las más finas que tenía. Era más impresionante cuando tenía el uniforme de alto rango en el Ministerio y podía presumir su autoridad, pero se hacía lo que se podía.
Antón había aceptado verlo luego de haber insistido lo suficiente, el día había llegado y con este el momento presentarse y hacer todo lo posible para que todo saliera bien, incluso se había preparado mentalmente para responder alegremente a lo que sea que Anton fuera a pedirle.
Luego de anunciarse con el elfo, esperó para ser llamado.
La casa estaba prácticamente vacía y se preguntaba a dónde había ido de compras Charlize mientras que seguramente alguno de sus seguidores le vigilaba escondido en algún lugar. Debía haber alguien. Cuando Edward se presentaba allí, siempre lo vigilaban.
Finalmente el elfo regresó avisando que Antón lo recibiría en ese momento. Edward se puso de pie, pero antes de ir sacó una cajita elegante de su bolsillo y la dejó en la mesilla del salón junto a una tarjeta que decía "Para mi querida Tía". Era su broma privada favorita. Llevarle algún obsequio exclusivo y caro a aquella arpía la enfadaba más que insultarla, así que gastase lo que gastase, eran galeones bien invertidos.
El estudio de Antón era elegante y colorido, con bastantes tapices pulcros y finos traídos de la vieja Irlanda, libros antiguos con forros de brillante cuero pulido cubriendo toda una pared. El sillón de la cabecera era impresionante, tallado en madera y con proporciones exageradas, igual que el escritorio. Se suponía que era para intimidar, pero a ojos de Edward solo hacía que quien se sentara en esa silla se viera pequeño.
Aunque sabiendo la historia de la familia Greengrass, puede que ese fuera precisamente el mensaje oculto.
"Familia por sobre todas las cosas".
Era una frase que llevaba decenas de años con los Greengrass, con un lúgubre origen y bizarro mandato. Ellos, al igual que muchas otras familias mágicas, tenían una maldición de sangre sobre sus cabezas. La maldición que manda que quien sea Greengrass no debía quitar la vida a otro Greengrass, sin excepciones. Se dice que un ancestro puso esa maldición luego de que una guerra interna familiar casi los extinguiera y como resultado ahora eran numerosos… y una buena parte con la sangre muy revuelta.
—Buenos días, Antón. —dijo educadamente, la máscara amigable perfectamente funcional— Ha pasado tiempo, ¿Cómo has estado?
—Hola Edward. —dijo el mago, mirándolo detenidamente— Si, ha sido un tiempo desde la última vez. —respondió entre serio y curioso, se reclinó en su asiento con total comodidad y parecía complacido. A Anton el ego se le inflaba cuando sabía que él era quien dominaba la situación. — Aquí las cosas no han ido del todo mal. ¿Qué tal contigo? Oí que dejaste el Ministerio.
—Tuve que hacerlo, al menos oficialmente. —le dijo con una sonrisa pretenciosa— Rufus dejó de ser amistoso conmigo hace tiempo, así que no tenía sentido. —se encogió de hombros— me va mejor ahora.
—Tiempo completo al lado de Frederick Taylor, según oí. —dijo complacido— Donde quiera que vas, asciendes deprisa.
—Algo así —dijo intentando restarle importancia.
Pero los ojos de Antón eran codiciosos, siempre era así cuando se trataba de los Nott.
Edward estuvo muy tentado de preguntarle acerca de aquello que averiguó Amira, eso de que Antón siempre quiso emparentar con los Nott. Ya estaba enterado de que lo intentó con Emma y asumió que era una especie de capricho de sangre pura, pero si también lo intentó antes con Alyssa Nott… eso era sospechoso. Peor aún, actualmente seguía empecinado en que una de sus hijas, quien fuera, se prometiera con Theo.
"Podría usar eso para convencerlo" se dijo a sí mismo, pero alejó la idea. El estómago se le revolvió y pensó que hacer eso era un riesgo si no tenía claras las motivaciones de Antón.
No iba a arriesgar a Theo.
—Que modesto de tu parte. —dijo Antón— Ver un poco de eso es refrescante de vez en cuando.
—Seguro que sí —dijo sonriendo. "Claro, ver a una rata codiciosa frente al espejo todos los días para ti debe ser..."
—Pero tú no acostumbras ser tan modesto. —replicó Antón— ¿Vienes a pedirme algo, Edward?
El mago se revolvió en su asiento y se miró las manos antes de clavar sus ojos en los de Antón. Maduros y asquerosos ojos azul celeste. Quizá lo miró demasiado fijo o dejó escapar alguno de sus deseos internos, pues Antón abandonó su postura relajada.
—Así es —dijo con calma, recobrando el porte amistoso para soltar la mentira con naturalidad— Seré breve. Estoy pensando en casarme.
La reacción de Antón fue fruncir el ceño, verse confuso y luego solo alzar una ceja.
—Felicidades. —dijo pensativo, quizá aún digiriendo lo que le dijo. Luego, el mago se llevó una mano al mentón, pensativo— Es una sorpresa, siempre dijiste que no te interesaba el matrimonio... Pero es bueno para tí que finalmente puedas establecerte.
Antón entonces sonrió. Era tan transparente… por supuesto que él vería esa situación con buenos ojos. Las personas con familia eran mucho más manipulables que los que no tienen a nadie.
—Es lo que más quiero. —dijo Edward sonriendo en respuesta, pero luego ensombreciendo su rostro a propósito— Pero no todo es color de rosa. Por eso estoy aquí. —murmuró mirándole a los ojos— Haz esto por mí y te prometo que haré lo que sea que me pidas. Lo que sea.
Antón sonrió. Edward pensó que, si fuera una bestia seguramente unos colmillos asomarían por su boca.
—Vaya, entonces esto de verdad es en serio.
—Lo es. —dijo Edward
—¿Qué necesitas? —dijo interesado— ¿Respaldo? ¿Un garante? ¿Dinero? ¿Un padrino? —alzó una ceja— ¿Mi apoyo y bendición? ¿Un acto de presencia con la familia de la chica para impresionar a tus futuros suegros? Puedo hacerlo. Puede arreglarse.
—Algo que solo tú puedes hacer por mí, Antón. —dijo sereno— Por favor, libérame del secreto mágico por un día.
La sonrisa desapareció del rostro del mago, ahora su porte serio se instaló.
—No —dijo de inmediato, ni siquiera lo pensó.
—Antes de darme una respuesta, escuchame primero. —replicó fingiendo nervios y desesperación… que en realidad no eran tan falsos— Es una cuestión de sangre. —Edward meneo la cabeza amigablemente— Vamos, Anton. Ayúdame con esto.
El mago golpeó la superficie de la mesa con los dedos— Cuestión de sangre…. —murmuró mientras una sonrisa de incredulidad asomaba en su cara— ¿Lograste que una sangre pura se fije en ti? Que gran hazaña.
Edward puso rostro esperanzado.
—Soy un Greengrass. —dijo sonando orgulloso— Me dijiste que tenía que ganarme el apellido y lo hice con méritos, lo sabes. ¿Qué puedes esperar de mí que no sean grandes hazañas?
Antón inclinó la cabeza— Eso te lo tengo que conceder. Has sabido ganarte tu lugar. Aunque tus circunstancias, bueno, sabes que siempre he dicho que es... un desperdicio. Sé que lo entiendes.
El estómago de Edward se revolvió, pero solo sonrió a Antón y asintió como siempre, dándole la razón.
—Claro que lo entiendo. Hiciste lo que tenías que hacer, fue lo más sabio. Si yo hubiera sido tú hubiera hecho lo mismo. —dijo despacio y le sonrió de nuevo— No tiene sentido que yo sienta rencor por eso. Fué por la familia. —dijo sonando complaciente— Viéndolo de ese modo, mi petición suena descabellada, pero si te detienes a considerar...
La puerta fue abierta con fuerza en ese momento. Luego, el ruido de tacones a paso rápido hacia ellos.
"Supongo que ella realmente lo sabe todo en esta casa" pensó mientras volvía la cabeza, observando como Charlize Greengrass paso a paso desplegaba furia y elegancia por igual. Le lanzó una mirada asesina cuando él le sonrió.
—Querida tía. —dijo poniéndose de pie para saludar— Qué alegría verte.
Pero Charlize le apuntó con el dedo— Tú, ni siquiera te atrevas a acercarte. —Luego se volvió a Antón— ¿Acaso estás loco?
Antón, aún sentado en su magnánima silla lanzó un suspiro al aire— ¿Disculpa?
—Querida tía, creo que "loco" es una palabra un poco fuerte. —dijo complaciente— He visto locos de cerca y Antón no tiene ni una gota de locura.
—Tú, cállate —dijo apuntándole con el dedo, obedeció de inmediato pero le lanzó una mirada cómplice a Antón. Efectivamente, ganó puntos defendiendolo— ¡No trates de fingir que no estabas considerando permitir que este…!
—Dije que no. —replicó Antón con firmeza— Quien quiera que esté espiando para tí seguramente ya te lo informó.
Charlize se cruzó de brazos y ahora era Antón quien se ganaba la mirada asesina— Entonces, ¿Por qué tantos rodeos? Si ya le dijiste que no, que se largue de una buena vez.
—Estamos conversando —dijo Antón con simpleza.
—¿Crees que soy estúpida? —dijo mirando a Antón e ignorando a Edward.
—Tus informantes resumen demasiado cuando espían —dijo negando con la cabeza. Luego apuntó a Edward— El muchacho va a casarse ¿No crees que al menos debería escucharlo?
Charlize se echó a reír burlonamente y lanzó una mirada de desprecio a Edward— ¿Matrimonio? ¿Quién va a casarse contigo?
—Querida tía, sabes que soy reservado en estos asuntos.
—Vamos, dime su nombre. —le dijo venenosa— Le enviaré el regalo de bodas por adelantado. Flores. Si. Flores. Pelargonios.
Edward le lanzó una mirada venenosa de vuelta— Tan amable como siempre, querida tía. —dijo— Si pensara mal, creería que quieres sabotearme, pero comprendo que la floristería es compleja y probablemente no se te dé del todo bien.
Las mejillas de Charlize eran rojo furia, Edward mientras seguía mirándole con simpatía perfecta. El ambiente era tan tenso y silencioso, que el intento de Antón de no reírse resonó en el estudio.
Charlize se puso azul.
Antón se aclaró la garganta.
—Se burla de mí en mi propia casa y ¡¿Te atreves a reírte?! —reclamó indignada.
—Tú comenzaste —dijo Antón sacudiendo la mano.
—Eso no importa. Me merezco respeto.
—Pero te respeto mucho, tía —dijo Edward con una sonrisa complaciente.
—No. Tú no respetas nada. Si supieras el significado de esa palabra hubieras hecho lo que se te pidió hace tiempo. Habrías desaparecido para siempre. Lejos de todos nosotros. Pero no, sigues aquí, apareciendo cada que puedes. Criatura detestable y…
—Charlize. —dijo Antón— Suficiente.
—No. —contestó ella— No. No es suficiente. No para tí ¿Lo haces a propósito? ¿Hasta dónde planeas llevar toda esta estúpida situación? —Antón permaneció callado. Ella sacudió la cabeza— No lo soporto. No lo quiero aquí ¿Qué demonios estás esperando? Que se vaya de una vez.
La tensión de nuevo inundó el ambiente. Edward comprendió que estaba perdiendo terreno y atención. Antón era un cobarde y como tal, estaba a punto de darle gusto a su problemática esposa para evitar más conflictos.
—Siento mucho incomodarte, tía. —dijo con tono de culpa— Entiendo que no soy de tu agrado, y eso siempre me ha entristecido, —añadió con tono lastimero— pero estoy en una situación que…
—No estoy hablando contigo —le dijo con desprecio.
El estómago de Edward se revolvió por la ira, pero como respuesta, sonrió— Yo tampoco estaba hablando contigo. Estaba hablando amigablemente con Antón hasta que apareciste a interrumpir y por el respeto que tu esposo te tiene te ha escuchado. —dijo venenosamente— Antón es la cabeza y yo, como Greengrass que soy, vine a pedir algo. Es mi derecho.
Ella puso cara de asco— ¿Liberarte del secreto mágico es un derecho? Es una aberración.
—No me lo tomes a mal, tía —masculló— pero eso no lo decides tú. Eso lo decide Antón.
La bruja miró hacia Antón, quien estaba muy atento a la conversación… y no miraba a Edward con desaprobación. Él casi podía sonreír. Charlize era estúpida, no dejó de desacreditar a Antón y mandonearlo. Alguien ególatra como él sentiría más simpatía por quien reconociera su autoridad.
—Ya veo. —dijo ella ahora más calmada y dándose cuenta de que estaba perdiendo terreno— Supongo que no hay de otra. —murmuró cruzándose de brazos— Tendré que ir con los ancianos.
Tanto Edward como Antón se pusieron en blanco.
Recurrir a los ancianos de la familia siempre fue la última carta bajo la manga de Charlize, ya que sus dos abuelos eran miembros y muy influyentes, pero siempre le cobraban a Charlize sus favores. Favores pesados que ella odiaba igual que a esos vejestorios. Sin embargo, se veía decidida. Iba a hacerlo.
"Esto es todo" pensó. Miró a la cara a Antón y vió la resignación allí. La negociación estaba rota. Iban a echarlo sin piedad.
"Mierda" pensó.
—Edward… —comenzó a decir, condescendiente.
Charlize sonreía.
—Por favor —murmuró Edward, agachando la cabeza y decidido a jugarse su última carta— Dame un día. Un solo día.
—No —murmuró Antón.
—Una hora —dijo Edward, aún sin levantar la cabeza.
—No —dijo de nuevo.
—Diez minutos. —dijo casi en medio de una risa amarga— Cinco. Puedo conseguir explicar todo en cinco…
—No —dijo Antón con más firmeza.
Edward levantó la cabeza.
—Antón…. —dijo tragándose su orgullo y finalmente suplicando. — Nunca te he pedido nada. Siempre he hecho todo lo que me has pedido y nunca te he fallado. —dijo apretando los dientes— He dado cuanto has pedido a esta familia; más que la mayoría y a ti te consta. —Edward agachó la cabeza de nuevo— Solo necesito decírselo a una persona. Solo una vez. De verdad lo necesito, es mi única salida ahora. Pondré las restricciones que quieras. Juramentos, maldiciones, lo que sea que quieras.
El mago soltó un suspiro— Edward… —dijo condescendiente de nuevo.
—Antón, que se vaya de una buena vez —cortó Charlize.
—Lo prometiste. —masculló él, ignorando a la bruja— Prometiste que si me ganaba el nombre, al menos una vez harías algo por mi. Que no podías darme estatus, pero si yo podía ganarmelo... al menos una vez me darías gratitud. —susurró, sumido en sus recuerdos— Lo prometiste —dijo alzando la cabeza y mirándole con reclamo— Una cosa. Solo te pido una cosa ¿Y me dices que no?
Charlize sacudió la cabeza— No seas infantil ahora. Escucha a tu tío. —dijo Charlize— Ya te contestó.
Pero Edward tenía los ojos clavados en los de Antón y él en los suyos, ambos ignorando a la bruja.
Al final fue el mago mayor quien apartó la mirada.
—¿Qué quieres de mí? —dijo levantando las manos y sonando sorpresivamente cansado— El secreto mágico sirve precisamente para que no abras la boca, para que no se ponga en riesgo la estabilidad de la familia. Para eso se hizo. No tengo más que decir. La respuesta... es no.
—Lo prometiste. Tu esposa mató a mi madre, me llevaste al consejo y antes de entrar allí tú lo prometiste. Aún agonizando Celeste dijo que eras bueno y que podía confiar en tí y yo le creí. Entendí cuando dijiste que tus manos estaban atadas, confié en tí cuando dijiste que era lo único que podías prometer. He confiado en ti todo este tiempo. Esperaba siquiera un poco de bondad de tu parte. —dijo Edward comenzando a enfadarse— Esto me lo debes, Antón.
—¿Te atreves a exigirle a la cabeza de esta familia? —dijo Charlize indignada— cuánta insolencia.
— Exijo lo que me corresponde. Lo que Antón me prometió —dijo con la voz fría como el hielo.
—Deja de tutearlo —replicó Charlize con hostilidad— No seas irrespetuoso. Llámalo como corresponde. Llámalo tío.
Edward miró a Charlize como si estuviera loca, luego miró a Antón, quien parecía estar distraído con las cortinas del lugar.
Era tan gracioso, tan divertido el cómo las personas pueden desentenderse de lo que ocurre a su alrededor tan fácilmente, como si pudieran hacer a un lado todo. Siquiera mencionar a Celeste a Edward le partía el alma, pero para Antón parecía nada. La ausencia de responsabilidad era evidente y solo había unos cuantos destellos de lástima.
Ese era Antón Greengrass. Para Edward, el peor mago del mundo.
Entonces se echó a reír y caminó hacia Charlize. La bruja era más baja que él, así que seguramente debió sentirse intimidada, pues llevó una de sus manos a su brazalete en donde se sujetaba su varita. Charlize lo despreciaba, pero sabía que en el fondo le tenía miedo. Bien por ella.
—No —dijo Edward totalmente serio— ¿Por qué tengo que hacerlo? Eso es para cuando hay público, para las apariencias. Solo estamos los tres aquí y sabemos todo.
Pronto Antón estaba de pie también, alerta pero confundido ante su actitud. Edward siempre fué complaciente y debía ser una sorpresa verlo ser agresivo.
—Edward, suficiente —dijo Antón.
"¿Ahora quieres obediencia?" pensó, la ira inundando cada gramo de su cuerpo. Sería tan fácil… tan sencillo. Antón era zurdo y estaba en un mal ángulo si quería atacar o defenderse. Charlize nunca fué buena duelista. Momentáneamente la conciencia sobre maldición vino a su mente; era un Greengrass y si los asesinaba moriría, pero sabía perfectamente que el efecto demoraba. Al menos un minuto después de matar al primero, tiempo suficiente para acabar con el segundo. Charlize estaría al final. Primero Antón. Sí, primero Antón.
Iba a hacerlo, por Merlin que de verdad iba a hacerlo.
"Pero si muero… ¿Qué va a pasar con Theo?"
El simple asomo de esa idea lo hizo retroceder de inmediato, casi horrorizado del acto egoísta que iba a cometer.
Edward se echó a reír de nuevo, poco a poco alejándose de Charlize y acercándose hacia la puerta. La vió casi correr para ponerse detrás de Antón y eso le pareció tan ridículo que le dio risa.
—De verdad les da miedo. —le dijo con burla— Que todos sepan...
Edward sintió una punzada en el pecho, un aguijonazo que se extendía como si fuera fuego desde en medio de sus costillas hacia su estómago y garganta. Se miró las manos y vió allí marcas negras envolviendo sus muñecas, como cadenas de runas hechas de tinta. Seguramente su cuello estaba igual, pues sentía como su garganta era oprimida ahogando sus palabras.
Entre maravillado y asustado, alzó los ojos y sintió cierta satisfacción al ver como Charlize lucía horrorizada y Antón parecía no creerse lo que estaba viendo, seguramente cayendo en cuenta de que él no le tenía miedo a las consecuencias de romper el secreto mágico.
—Ustedes me dan lástima. —dijo asqueado— Han tenido vidas tan cómodas, nada de sacrificios, nada de dolor. Siempre han tenido todo a la mano solo por ser quienes son. Prometen y mienten para conseguir lo que desean. Usan y desechan sin una gota de culpa. Restricciones, maldiciones… Ustedes creen que con eso todo saldrá como quieren y nada más les importa. Ustedes son tan caprichosos y egoístas. Tontos. Estupidos. ¡Asquerosos sangre pura! —gritó con rabia mientras la garganta se le desgarraba— ¡Los odio! ¡Ojala de verdad yo….!
Edward abrió la boca, pero cuando iba a decir lo que tenía en la punta de la lengua, el pastoso y amargo líquido metálico corrió por su boca y se escapó por sus labios, sangre resbalando por su barbilla y goteando hacia la alfombra del piso.
"Sangre, preciada y estúpida sangre" pensó mientras miraba las manchas rojas cayendo al suelo "Todo es por tu culpa, por tu magia y tus títulos. Me condenó desde que nací. Nunca me dejó ser feliz. Me matará, pero como la compartí ahora no debo morir. Es como estar maldito."
—Edward, basta. —decía Antón, mientras intentaba acercarse— Si rompes el secreto mágico vas a morir.
Él lo miró a los ojos, juzgandolo en silencio y con tanta fuerza que el mago se echó para atrás y se quedó dónde estaba.
Patético.
Cobarde.
Edward levantó un brazo y con la manga de la túnica se limpió la sangre de la barbilla.
—Una cosa. —dijo pastoso, pues tenía la garganta destrozada— Sólo te pedí una cosa y me diste la espalda. Nunca volveré a pedirte nada y por tu bien ojalá tú nunca te atrevas a pedirme nada a mi, porque lo único que vas a conseguir es que yo te hunda. —dijo con desprecio— No volveré a poner un pie en tu maldita casa y fingiré que ninguno de ustedes existe. Si acaso nos encontramos de nuevo en público, ni siquiera te llamaré por tu nombre. —dijo mirando a Antón— No eres nada mío.
…
Edward llegó mediante red Flu a la estación central de la ciudad mágica, se sentía aún mareado y aturdido, pero logró caminar hasta la zona de aparición y logró llegar hasta su casa. Caminó hasta la alacena de la cocina, destapó una botella de vino y se sirvió una copa sin ningún cuidado, todos sus movimientos burdos y nada cuidados, nada de la elegancia que tenía aprendida desde la niñez. Las manos hasta le temblaban de tanta rabia acumulada. Ni siquiera se llevó el vino a los labios, si no que arrojó la copa contra una esquina de la habitación. Luego arrojó la botella por la ventana. Los oídos le zumbaban, puede que por eso no se oyó a sí mismo gritando como un loco y destrozando lo que tenía delante.
Al final, sentado en el suelo y apoyado contra una de las paredes, sujetaba un portaretratos en las manos. Tres cuerpos. La foto del centro con Daphne, Astoria y Antón de una navidad antigua; originalmente Charlize también salía, pero él la cortó. En una orilla, una mujer con un bebé. En otra, una jovencita con uniforme de escuela junto a otros dos chicos. Tres fotografías. De las tres, una era falsa. Otra, era ajena y la última… bueno, la última…
"Familia"
Soltó una risa amarga mientras se echaba el cabello hacia atrás.
—Lo más estupido, es que en el fondo si te creí —murmuró mientras miraba a Antón en la fotografía.
Edward golpeó el portaretratos contra el suelo, haciendo añicos el marco y el cristal que protegía las fotos. Tomó la del bebé y la mujer, le dió vuelta y miró con tristeza las letras que habían allí atrás.
"Crece como la hierba, ya tiene un año y cada día se parece más a ti que a mi. Que injusto :)
Trice G. 3 Abril, 1964"
Malos cálculos nublados por sentimentalismo, esperanzas sin sentido, ilusiones estúpidas… Puede que su madre le haya heredado todo eso, pero definitivamente prefería esas cualidades que las de su progenitor.
"Yo soy mejor, un millón de veces mejor" se dijo, pero de nuevo el recuerdo llegó: La calle muggle, esa esquina. La cafetería. Alguien esperando y él mirando desde la calle de enfrente. Tenía que cruzar la calle, pero no lo hizo.
"Aunque me equivocara, sigo siendo mejor. Yo no fuí egoísta. Me equivoque, pero lo estoy arreglando" se dijo "Yo soy mejor ¿Verdad?"
Cerró los ojos, las memorias invadiendo su mente y absorbiéndolo, llevándolo lejos.
"¿Verdad?"
…
La inocencia, todo fue por inocencia, aquella que conlleva el ser demasiado joven para entender qué fue lo que hiciste mal aunque lo habías hecho todo bien.
Celeste era la única que era amable con él, tratándolo como se supone que debería tratarse a un ser humano y por eso él le tenía mucho cariño.
Eso no tenía porqué ser algo malo.
Temprano por la tarde en aquel estudio la esposa de Antón, la dama Prince, habló y habló. Aún entonces Edward no terminó de entender qué es lo que había hecho mal, pero sí entendió la palabra "Exilio".
Esa misma noche su madre salió de su habitación en medio de la noche y él, que había estado despierto en el pequeño salón, la vió y la siguió hasta que llegó a la puerta del estudio de Antón, llamó, entró al estudio y cerró detrás de ella.
Beatrice Greengrass salió como una hora después azotando la puerta, caminó de vuelta al ala de la casa donde vivian y Edward creyó que no la alcanzaría, sin embargo, ella se detuvo en uno de los pilares de uno de los salones, lo que él aprovechó para adelantarle el paso, pero se detuvo cuando notó que ella estaba llorando. Se suponía que no tenía que dejarse ver, pero se acercó sin pensarlo y como el caballero que le educaron ser, le ofreció un pañuelo a su madre.
Ella lo aceptó en silencio y se limpió la cara.
—No mires, hijo. —había dicho ella— Las lágrimas son privadas.
Luego le tomó la mano para ir a su habitación en silencio. Una vez allí, le dijo que durmiera, pues el día siguiente iba a ser largo.
Su partida fue digna y silenciosa, solo el hermano de su madre estuvo allí. Ya en Noruega, su madre le indicó que zona de la casa sería la que podían ocupar. No estaba mal, pues la casa era enorme y un elfo venía dos veces a la semana para abastecerlos de comida y ocuparse de algunos quehaceres de la casa. La biblioteca era enorme y aunque al inicio su madre le daba lecciones y vigilaba la educación a distancia que le habían impuesto, poco a poco fue más flexible, solo dándole libros para leer, pues encontró más entretenido pasar las tardes acompañada de música y una botella de vino. A veces, por las noches ponía la música muy alta, se vestía de rojo y con sus joyas encima, alegre por el alcohol, insistía en que tenían mucho para celebrar. Incluso obligaba a Edward a vestir de gala.
Mientras bailaban en el solitario salón, ella decía que eran los anfitriones en su propia fiesta privada y exclusiva.
—¿Quién más podría darse estos lujos si no nosotros? —decía alegre y ebria— Estamos por encima de los demás.
A Edward no le molestaba del todo, pues su madre parecía feliz. Extrañaba a Celeste, pero ese tiempo no fue tan malo.
Todo dió un giro inesperado cuando llegaron las invitaciones. Sus vecinos magos más cercanos, los Nott, estaban dando una fiesta de bienvenida a la nueva integrante, una niña quien sería la sucesora de aquella poderosa familia.
Su madre, por supuesto, enloqueció; pues junto con esa invitación, llegaron muchas otras cartas, cartas de infinidad de personas esperando saber de primera mano noticias.
Hasta entonces Edward no había sido consciente de cuán importantes, reservados y lúgubres eran sus vecinos, pero su madre se encargó de ponerlo al corriente.
Philip y Alyssa Nott, un matrimonio sin hijos y muy disparejo en cuanto a la edad, habían estado rodeados de tantos escándalos y rumores en Inglaterra que resolvieron autoexiliarse en Noruega, la tierra natal de los Nott, y vivir con el perfil bajo durante años; pero ahora debían de reaparecer en la vida pública para introducir a la sucesora que habían adoptado.
Edward no tenía el mismo entusiasmo que su madre, pues él nunca les caía bien a los sangre pura, pero le hizo feliz que ella se sintiera tan emocionada… Sin embargo todo eso duró poco, pues los otros Greengrass también recibieron invitaciones y poco a poco llegaron a la casa, cada vez desplazándolos un poco cada día.
Su madre se resistía a dejarlos avanzar y tomar control de la casa, pero esas eran batallas que él no quería pelear.
Antón llegó una noche antes de la fiesta junto a Celeste y su esposa, iba a haber una gran cena en su honor. Edward se había sentido emocionado, pues hacía años que no veía a Celeste y por eso espero con alegría ese evento; pero algunos de sus primos se las arreglaron para encerrarlo en el sótano de la casa diciendo que un mestizo como él les arruinaría la comida a todos.
Era más de la media noche cuando su madre lo encontró e hizo un escándalo, pero al final, como siempre, nadie hizo nada pues la esposa de Anton minimizó todo y dijo que eran bromas de niños y como la Señora Greengrass fué quien lo dijo, eso fue todo.
Ese también fue el encuentro atropellado con Celeste luego de tanto tiempo, pues ella estaba al lado de su madre mientras esa bruja se reía de las travesuras de sus primos. Una mirada que huía de la suya, eso fue lo único que Celeste tenía para él. Así es como era el mundo, la enorme distancia entre los puros de los que no lo eran.
Edward, cansado, enfadado, triste, resignado y en silencio se fue a su habitación e intentó dormir. Su madre entró mucho rato después y aunque él se hizo el dormido lo regañó de todas las maneras posibles solo para decirle que no debía dejar que los demás le pisotearan, que debía tener más orgullo.
— ¡¿Qué orgullo?! —le había contestado enfadado— ¿El de un mestizo? ¿Eso existe?
Esa vez, su madre le abofeteó.
—Tú no dirás eso nunca más. —dijo ella muy enojada— ¡Eres un mago digno! Un mago que conseguirá lo que se proponga. Alguien que será tan importante que nadie preguntará nada más. El orgullo es lo único que no tienes permitido perder.
Ella lo abofeteó de nuevo.
—Así no lo olvidarás.
Luego de eso, ella se marchó en silencio. Edward, frotándose la mejilla, solo podía pensar en que su madre, la única persona en el mundo que estaba de su lado a pesar de todo, estaba tan decepcionada de él que golpearlo era su modo de decirle que de ahora en adelante también iba a hacerlo a un lado como todo el mundo.
Y tenía sentido, pues ella sí era pura. Ella aún tenía futuro si lo abandonaba.
Mucha gente se lo decía, que ella aún era joven, encantadora y hermosa, que si dejaba atrás a su mestizo podría rehacer su vida con mucha facilidad. Edward solo podía pensar que iba a ser abandonado. Se levantó y asustado, corrió detrás de ella.
Nada lo preparó para lo que vió. Cerca de la habitación de su madre, ella estaba discutiendo con alguien.
Ese alguien era Antón.
Lo que sea que dijeran, lo decían en voz baja y él no parecía era amigable, pues estaba estrujando el brazo de su madre y en un punto, llegó a empujarla contra una de las paredes con fuerza. Edward, saliendo del shock inicial, estuvo a punto de correr hacia allí, pero se congeló cuando en medio de lo que parecía una discusión violenta, ahora ambos estaban besándose y un momento después, entraron juntos a la habitación de su madre.
Edward huyó a su propia habitación.
"¿Qué orgullo, madre? ¿De qué orgullo podrías hablar?" se preguntó.
Malos cálculos nublados por sentimentalismo, esperanzas sin sentido, ilusiones estúpidas… su madre los había tenido con Antón Greengrass al punto de convertirse en su amante; eso había pensado Edward esa noche… que equivocado había estado.
El siguiente día, no soporto la fiesta de los Nott y salió del salón en cuanto pudo. Una reunión llena de magos puros, un lugar al que no pertenecía, un lugar donde estaban magos y brujas que hacían lo que querían con quienes estaban por debajo de ellos. Y él siempre estaría por debajo de ellos. En un mundo de "usar y ser usado", aquella vez pensó que si ese era su destino, se aseguraría de no caer bajo y mantener siempre la cabeza fría.
Por eso mismo decidió mantener distancia de Celeste.
Luego de haberse encontrado con Emma Nott, y que esta le dijera "bonito" creyó que le había ido bien e inocentemente pensó que podría comenzar a construir algo de la influencia de la que su madre siempre hablaba lejos de los Greengrass. Todo se tornaba mejor luego de que todos los Greengrass abandonaran la casa. Mucho mejor cuando Emma comenzó a escapar de su casa para visitarlo a él en la suya para matar el tiempo.
Malos cálculos nublados por sentimentalismo, esperanzas sin sentido, ilusiones estúpidas…
Todo iba bien y mal al mismo tiempo.
Todo sucedía una y otra vez cada que los Nott daban una fiesta.
Los Greengrass llegaban y se instalaban para asistir.
Él no intentaba ver a Celeste y parecía que ella no hacía muchos esfuerzos por verlo tampoco (y ojalá hubiera seguido siendo así).
La esposa de Antón los marginaba a él y a su madre; aunque ahora Edward entendía por qué lo hacía.
Antón visitaba a su madre por las noches.
Sus primos susurraban y él los maldecía.
Su madre, bebiendo una cantidad ingente de vino cuando la casa se vaciaba.
Los regalos llegaban, su madre tiraba algunos y conservaba otros.
Cartas fueron quemadas y cartas fueron respondidas.
Perfume de la amante soñadora sobre un pergamino con palabras de amor a un mago casado que solo la usaba para entretenerse.
Un ciclo sin fin tan repetitivo y patético que era agotador de observar.
"¿De qué orgullo hablabas, madre?" se había preguntado.
"¿Qué orgullo?"
En todo ese remolino de angustia, confusión y miedo por su madre, se lo contó todo a Emma.
—Va a desecharla cuando se aburra. —había dicho ella con tranquilidad— Eso hacen los sangre pura con sus amantes, lo sabe todo el mundo. Si tu madre espera algo diferente es estúpida.
Edward se enojó con ella por decir eso, pero en el fondo él mismo lo sabía solo que era bastante cobarde para enfrentar la verdad.
Emma le hizo pedirle perdón por enojarse, pero al mismo tiempo le abrazó mientras le susurraba cosas dulces.
—Tranquilo, —le había dicho mientras le acariciaba el cabello— si tu tío quiere echarlos lejos cuando se aburra de tu madre, yo los tomaré. Tío Philip ama demasiado a tía Alyssa para querer una amante, así que ese feo hábito de tu madre no será un problema.
Edward quiso enfadarse por eso también, pero que Emma lo dijera realmente lo tranquilizó.
Luego de eso, ella lo buscaba seguido para matar más tiempo juntos, ella le contaba historias de su familia y a veces jugaban como si fueran amigos muy cercanos. Edward se maravillaba de cómo eran las cosas con los Nott. Emma siempre decía que le parecía extraño que a él le hicieran a un lado por algo tan tonto como su sangre, pues aún no daba todo su potencial. Al parecer Philip Nott no descartaba a los magos hasta estar seguro de que eran realmente inútiles.
Para Edward, los Nott eran una especie de sueño, el ideal que los magos deberían perseguir y que todos aquellos rumores perturbadores eran solo envidia de otros magos a sus métodos, pues después de todo, los Nott eran la tercera familia más poderosa de Inglaterra.
Edward estaba totalmente de acuerdo con su ideología, pues si eras alguien que tenía magia ¿que te hacía diferente de los que eran puros? seguir a Emma era como perseguir un futuro brillante y prometedor… estaban sus estallidos sádicos, pero era manejable, además ella lo escuchaba. Todo estaba bien.
Pero entonces, la mañana antes de la fiesta de Navidad, Celeste los descubrió juntos por casualidad en su lugar secreto. Edward palideció de miedo por lo que fuera que podría pasar, pero entonces Emma saludó a Celeste con educación y Celeste respondió del mismo modo. Emma dijo que era su amiga y Celeste sonrió mientras decía que eso era algo muy bueno, que él tuviera nuevos amigos.
Celeste le sonrió con tanta sinceridad que fué como si hubiera vuelto al tiempo en que ambos eran inseparables, como si hubiera borrado todo el tiempo en que creyó que ya no podían ser amigos.
Hablaron tan dulcemente entre ellas que Edward pensó que era perfecto. Emma y Celeste, las dos únicas amigas que había tenido hasta ahora.
Las dejó solas un momento, pues Emma había venido en secreto y debía irse del mismo modo y él tenía que comprobar que no hubiera nadie cerca. Las dejó solo un momento, pero cuando regresó, Celeste estaba tirando del cabello de Emma y haciéndole daño.
Edward instintivamente había empujado a Celeste y ayudó a Emma.
—¿Por qué le hiciste eso? —le recriminó a Celeste— Es más pequeña que tú ¿Que pasa contigo?
—¡Pero ella...!
—¡Edward! —dijo Emma con la voz afectada, sus azules ojos brillantes aguantando el llanto— Está celosa de mi. Dijo que yo no debería ser tu amiga.
—¡Eso es mentira! —dijo Celeste, negando con la cabeza— ¡No es cierto!
—Es más grande que yo. Ya tiene su propia varita. —dijo Emma aferrándose aún más y prácticamente ocultándose a su espalda— Tengo miedo.
Por un instante, Edward creyó que eso podía ser posible. Los Nott estaban llenos de rumores de todo tipo y a veces eran odiados y envidiados solo porque no le gustaban a los otros Sangre pura.
—¿Por qué no quieres que sea amigo de Emma? —preguntó Edward— ¿Tú también crees que una sangre pura no debería tener un amigo mestizo?
Celeste negó con la cabeza de inmediato— No. No. —dijo casi con la voz rota— Yo nunca dije algo así —dijo casi desesperada— Edward, creeme. Yo no…
Pero esa desesperación no tenía sentido. Edward, casi con el corazón roto, le dio la espalda y tomó a Emma de la mano y salieron de allí, a pesar de que Celeste lo siguió llamando. Salieron de la casa y acompañó a Emma en silencio hasta las cercanías de su casa.
—Tu familia es de verdad egoísta. No te quieren con ellos pero tampoco con otros. Estarás mejor con nosotros. Conmigo. —había dicho Emma
—Lo sé —había dicho él en un susurro.
"Pero pensé que Celeste era diferente"
—Gracias por defenderme.
Ella le dió un cálido beso en la mejilla antes de perderse debajo de su capa mágica.
Cuando Edward volvió, se encontró con Celeste en los jardines.
—Edward, escúchame. —rogó ella, las lágrimas asomando en sus ojos— Escúchame, yo no dije nada de eso.
Edward ni siquiera la miró y pasó de largo.
—Estamos en el jardín, la gente te verá, luego tu madre me acusará con tu padre y hará que nos envíen a mi madre y a mí mucho más lejos que ahora, me alejaran de Emma y si eso pasa de verdad voy a odiarte mucho. —le dijo con voz contenida— Aléjate, Señorita Greengrass.
Pero ella no se alejó, en vez de eso, se aferró a su manga tirando de él para que se diera vuelta.
—Ella… ¡Ella dijo que tú le pertenecías! —gritó Celeste como si fuera un reclamo— ¿Eso es verdad? Edward, dímelo ¿Hiciste un juramento? —preguntó con los ojos brillantes— ¿U-un vínculo? —preguntó con la voz rota.
Edward, confuso, solo negó con la cabeza— No…
Entonces, el rostro descompuesto de Celeste se iluminó y sonrió lentamente. Ese acto, hizo que Edward se enfadara.
—¡¿Por qué te alegra tanto?! —le preguntó soltándose de su mano con fuerza— No lo he hecho, pero será pronto. Emma me lo prometió.
—Entonces es verdad —dijo ella, afectada de nuevo— Quieres ir con los Nott.
Edward sonrió con ironía— ¿Crees que quiero quedarme aquí?
Ella comenzó a negar con la cabeza— ¡No puedes! —dijo ella— ¡No puedes hacer eso!
—¿Es en serio? —preguntó indignado— ¿Me estás exigiendo que abandone el único camino que tengo para no ser miserable?
—¿Miserable? Edward… —susurró ella— Esta es tu familia. No puedes abandonarnos
—¿Que no puedo abandonarlos? —le recrimino— ¿Siquiera soy parte? Todo el mundo parece más cómodo cuando no estoy cerca. No me quieren aquí. ¡Nadie!
—Y-yo…
—Tú... —le dijo con pesar—… tú, cuando tu madre dijo que solo era juego de niños que Jem y Marty me encerraran en el sótano no dijiste nada, ni una sola palabra. Jem me golpeó el día siguiente en la fiesta. Ellos me maldicen y nadie dice nada. ¡Nadie nunca dice nada! —gritó enfadado— ¿Quién quiere vivir así? Voy a irme de aquí apenas pueda.
Edward se dió vuelta y comenzó a caminar rápido hasta el interior de la casa.
—¡Edward! —lo llamó Celeste, casi corriendo detrás de él. — Edward ¡Espera!
—No —dijo alejándose más rápido.— ¡No quiero seguir hablando contigo!
—¡Edward!
—¿Qué está pasando? —preguntó alguien al paso, parecía ser Jem, uno de sus primos.
Ella entonces lo alcanzó y pudo tomarle el brazo, pero Edward en respuesta se soltó y la empujó en el proceso, haciéndola resbalar y caerse, con tan mala suerte que se dió de cabeza contra uno de los muebles del pasillo.
Él entró en pánico de inmediato e intentó ayudar a Celeste, pero un golpe de magia le llegó por la espalda, con un conjuro demasiado rápido para identificarlo. Edward prácticamente cayó contra el suelo y su cabeza dio un rebote. Celeste estaba sentada en el suelo y Jem, uno de sus problemáticos primos, estaba caminando hacia él con la varita en la mano.
—Mira lo que le hiciste a Celeste —dijo enfadadisimo— ¿Qué mierda te crees, sucio impuro?
—Jem, alejate de Edward —dijo Celeste adolorida.
Pero el chico no la escuchaba y le apuntó de nuevo con la varita— Le voy a decir todo a la Señora Greengrass. —dijo complacido— Me va a dar un premio por castigar al impuro que se atrevió a lastimar a su hija.
—Jem, ¡deja de apuntar a Edward!.
Pero él no hizo caso, alzó la varita… y un segundo después estaba levitando en el aire y enviado por encima de la cabeza de Edward hacia el otro lado del pasillo.
Celeste tenía la varita en alto, pero luego dejó caer su mano y se quedó muy quieta. Edward, asustado se había levantado como había podido y rápidamente se acercó a ella. Celeste se enfermaba seguido, hacer magia le consumía las fuerzas al punto de hacer que se desmayara cuando era pequeña. Pero cuando estuvo frente a ella, Celeste soltó la varita y con ambas manos se sujetó a su brazo con un agarre de hierro.
—Te tengo —le dijo mirándole a los ojos, ojos brillantes por lágrimas— Te tengo —repitió.
Celeste no lo soltó y antes de que tuviera noción de todo lo que sucedía ella estaba tirando de su mano y se lo llevó corriendo por los pasillos de la casa.
—¿A dónde vamos? —preguntó Edward.
—Con tu madre. —dijo ella mientras corría delante de él y sin aliento— Con tu madre.
Beatrice estaba cepillandose el cabello cerca de las enormes ventanas abiertas de la torre cuando la encontraron.
—¿Celeste? ¿Edward? —había preguntado, pero en vez de mirarles a ellos, miraba que venían tomados de las manos.
Edward intentó soltarse, pero Celeste no lo dejó.
—Tía, debes decírselo. Tienes que decírselo —dijo Celeste.
Ella miró de Edward a Celeste y de nuevo a Edward. Entornó los ojos primero, pero luego solo siguió cepillándose el cabello, negó con la cabeza y les dió la espalda.
—Ve con tu madre, Celeste. —dijo— Se volverá loca si sabe que estuviste aquí.
—Por Merlin —contestó ella— ¡Dile! ¡Tienes que decirle! ¡Sé que mi Padre te liberó del secreto mágico!
—¿Secreto mágico? —preguntó Edward— ¿Qué secreto?
—Vete, Celeste —dijo su madre ignorandolos a ambos.
—Edward va a irse con los Nott —dijo ella entonces— Se ha estado encontrando con Emma Nott todo este tiempo y ella le prometió un vínculo mágico. —dijo desesperada— ¡Si no le dices, yo...!
Entonces, Beatrice Greengrass se puso de pie con el rostro consternado.
—¿Quién te crees, niña? —preguntó cortándole.
—Celeste Greengrass. —dijo ella plantándole cara— ¿Por qué actúas de esta manera, tía? ¿No es este el momento que tanto has esperado? Si no lo haces ahora luego será tarde. ¡¿Por qué no quieres…?!
—Porque ese nunca fue su plan. —dijo una voz extra. En ese momento llegó la Señora Greengrass, la madre de Celeste, con varita en mano— El engendro dejó de serle útil cuando consiguió volver a engatusar a tu padre.
—¿Es el día de venir a molestarme con tonterías y locuras? —preguntó Beatrice enfadada y con las manos en las caderas— ¿Clementine, te importaría llevarte a tu hija y dejar de apuntarme con esa cosa?
—Claro que me llevaré a mi hija. —dijo la bruja sin bajar su varita y apuntando directamente a Beatrice— Pero primero me haré cargo de ustedes.
Edward sintió un escalofrío al oír eso último. Miró a su madre y parecía haber tenido el mismo efecto en ella.
—Madre —dijo Celeste, mientras le apretaba la mano a Edward— ¿De qué estás hablando?
—Suelta al engendro y ven aquí —ordenó ella.
—No le digas así. —contestó Celeste.
—¡¿Eres sorda?! —le gritó mientras ahora apuntaba a Celeste— ¡Dije que vengas aquí!
—Por Merlin, Clementine ¡Le estás apuntando a tu hija! —dijo Beatrice mientras también intentaba alcanzar su varita.
—¡Tú cierra la boca y no te muevas! —le gritó la bruja mientras la apuntaba de nuevo— ¡Celeste!
Pero ella solo le sujetó con más fuerza la mano a Edward.
—¡No! —le gritó de vuelta mientras sacaba su propia varita— ¡Papá tenía razón! ¡Estás loca!
—¡Entonces estás de su lado! ¡Traidora! —le gritó con dolor— ¡Crucio!
El golpe de la maldición fue tan poderosa cuando golpeó a Celeste que ella cayó de espaldas y se llevó con ella a Edward hacia el suelo.
—¡Celeste! —gritó Edward.
Chispas de colores pasaron por encima de sus cabezas, pues Beatrice había llegado hasta su varita. Celeste gritaba y se sacudía en el suelo pero seguía sin soltar su mano y Edward, en total shock, no sabía qué hacer.
—Corre —dijo Celeste con la voz rota y ojos llorosos por el dolor— Corre, Edward. ¡Corre!
Él solo alcanzó a negar con la cabeza y aunque Celeste intentó empujarlo, no consiguió alejarlo y en vez de huir, se estiró rápidamente a donde la varita de Celeste estaba tirada pero no lo suficiente rápido, pues una maldición lo golpeó con fuerza y pronto estaba atado contra una de las paredes en medio de enredaderas.
—¡Edward! —gritaba Celeste— ¡Edward!
Celeste había estado intentando gatear sin éxito en el suelo hacia él, mientras al lado de la enorme ventana, Clementine estaba sujetando a Beatrice del cabello y le daba bofetadas en la cara.
—¡¿Cuánto tiempo?! —decía la mujer— ¡¿Cuánto tiempo espere para esto?! ¡Maldita! ¡Te odio! ¡Te odio!
—¡Suelta a mi madre! —gritó Edward— ¡Sueltala! ¡Que la sueltes!
—¡Silencio! —maldijo Clementine apuntando desde donde estaba, después soltó a Beatrice y se giró totalmente hacia él— ¿Vas a defenderla? ¿Tú? —preguntó indignada— ¿Lo sabes o no? ¡Deberías saberlo! ¡Tu madre es la amante de mi esposo! ¿Y sabes qué más? ¡Son tal para cuál! Yo lo sé todo. ¡Lo sé todo! ¡Van a deshacerse de mí para casarse y darle el apellido a su asqueroso nuevo bastardo!
Edward, sin poder articular palabra alguna, miró a su madre tirada en el suelo. ¿Nuevo bastardo?
—¿Crees que es justo? —preguntó Clementine con dolor— ¿Tú crees que es justo hacerme esto a mí? Antón no va a salirse con la suya. No lo dejaré. ¡No lo dejaré! ¡No después de todo lo que he aguantado! ¡De todo lo que me ha hecho!
—Madre, detente. Por favor detente. Papá no planea eso. Dijo que sería un divorcio. ¡Solo un divorcio! ¡Nadie planea matarte!
Rogó Celeste mientras intentaba caminar hacia ella.
—Si le crees entonces eres estúpida. —replicó la bruja antes de lanzarle otra maldición y arrojándola al suelo de nuevo— Pero por suerte para tí me tienes a mi. Niña estúpida. ¿Qué crees que va a pasar luego de deshacerse de mí? Tú también les estorbas.
—¡Detente Clementine! ¡No sabes lo que estás haciendo ni lo que estás diciendo! —gritó Beatrice, pero la bruja solo le lanzó otra maldición.
—¡No! —dijo mientras caminaba con pasos rápidos hacia ella mientras agitaba la varita— ¡Tú debiste detenerte! —dijo llorando con rabia— ¡Tú eres quien nunca supo cuándo detenerse! ¡Tú, ambiciosa y sucia bruja! ¡Todo esto es tu propia culpa! ¡Esto te lo ganaste! ¡Avada kedavra!
El cuerpo de Beatrice Greengrass cayó al suelo con un golpe sordo.
Celeste gritó con horror.
Edward también gritó pero de su boca no salió sonido alguno, todo era rabia infinita y dolor. Se revolvió cuando pudo, pero no consiguió liberarse de las cuerdas que lo ataban.
—Madre. —dijo Celeste aterrada— Madre. Mataste a un Greengrass. La maldición. Madre, la maldición.
—Aún hay tiempo. —dijo mientras contemplaba el cadáver de Beatrice y sangre salía de su nariz— Hay tiempo para uno más.
Celeste miró a Edward, sus ojos aterrados.
—¡Madre, no! —gritó Celeste suplicante mientras intentaba acercarse a ella de nuevo— ¡Madre, por favor no!
—Serás mi testigo, hija. —dijo Clementine— Le contarás a tu querido padre cómo murió su querida amante y su engendro.
Edward miraba a los ojos a Clementine, esos ojos ardiendo de odio y con lágrimas de sangre corriendo por sus mejillas. Ella siempre le miró con odio.
Fué muy rápido. Demasiado rápido.
Celeste se había levantado del suelo y con toda la fuerza que tenía, empujó a su tambaleante madre hasta que la bruja se topará con el cadáver de Beatrice y tropezara para luego caer por la ventana abierta.
Edward oyó claramente el choque del cuerpo afuera, sonó como dejar caer un montón de helado contra el suelo. Luego gritos, gritos lastimeros y agonizantes. La caída no mató a Clementine y Edward se alegró por eso.
"La maldición" pensó Edward con aflicción "Si Clementine muere por la maldición y no por la caída, entonces Celeste estará bien"
Celeste, aún tambaleante, caminó hacia la ventana y estiró la cabeza para mirar. Se quedó allí solo unos segundos.
Luego se volvió hacia él.
—Lo siento Edward. —dijo ella, estaba llorando— Lo siento mucho.
Edward miró de nuevo el cuerpo de su madre en el suelo y de nuevo a Celeste. Una mezcla de sentimientos de tristeza y agradecimiento invadiéndolo. Lo había salvado, no tenía que hacerlo, pero lo había salvado.
Él solo alcanzó a negar con la cabeza para que se tranquilizara.
—Una varita. —dijo ella— Necesito una varita.
Se escucharon voces afuera, voces gritando que había que socorrer a la Señora Greengrass. Los gritos de Clementine eran aún más lastimeros.
—Tengo que… tengo…
Y de pronto, se hizo el silencio.
No hubo más gritos lastimeros.
Y a Celeste le sangraba la nariz.
La magia que aprisionaba a Edward desapareció y su voz regresó.
Clementine había muerto y como Celeste lo provocó, por la maldición de la familia Greengrass ahora ella también iba a morir.
Edward gritó, pidió ayuda, maldijo y finalmente lloró mientras sujetaba a Celeste contra su cuerpo y ella se desangraba por nariz, oídos, ojos y boca. El mundo entero era rojo.
—Edward. —llamó Celeste— Edward. Lo siento. Lo siento mucho. —dijo entre murmullos y buscando su mano para sujetarse, pues estaba totalmente ciega— Lo siento tanto. Quería decírtelo en cuanto lo supe, pero papá lo prohibió y dijo que teníamos que esperar. Yo estaba tan felíz y no podía esperar. Yo quería decírtelo, quería tantas cosas. Quería reparar todo lo que los otros te hicieron. Todo fué tan injusto. —dijo con la voz rota— Quería compensar todo lo que sufriste, devolverte tu lugar.
"¿De qué estás hablando?" quería preguntarle "¿Qué lugar?" pero no lo hizo, pues pensaba que ella solo estaba delirando. La ayuda no llegaba y él solo quería que ella siguiera hablando, si dejaba de hablar entonces se habría ido.
—Edward… Él no es malo, puedes confiar en él, puedes confiar en papá. Él también te quiere.
Ella le tomó la cara con las manos temblorosas, manchandolo con su sangre en el proceso.
—Y yo. Te quiero tanto. —dijo ella con la voz rota— Al menos puedo decírtelo ahora… Mi único amigo. Mi sangre. Hermano... —dijo en medio del llanto— Te quiero tanto.
Lo siguiente fué un borrón. Solo recordaba no querer soltar a Celeste y solo haciéndolo cuando Antón le dijo que debía hacerlo. Y eso solo fué porque fué Antón quien se lo dijo, porque... ahora todo tenía sentido.
Anton era su padre.
Celeste era su hermana.
En esa habitación, estaba su familia. Familia que duró solo unos momentos.
Y ahora solo le quedaba Anton.
—¿Padre? —había preguntado él con los ojos llenos de lágrimas.
No recordaba que dijo o qué cara puso Antón, pero sí recordaba que le había tendido la mano y en silencio se lo llevó de esa habitación hasta el estudio de la casa.
—Tomaremos un traslador a Inglaterra, luego iremos al consejo. —había dicho— Te presentaras a ellos y dirás que aceptas todo lo que ellos dispongan, si no lo haces, querrán que mueras. ¿Entonces, qué les dirás?
—Quiero vivir —había dicho él aún en shock mientras pensaba en la muerte.
—De acuerdo. —murmuró el mago— Lo siguiente es…
—Celeste dijo que yo soy su hermano. Entonces ¿soy tu hijo? ¿Eres mi...?
Antón hizo una señal con la mano para que se callara, luego suspiró muy pesadamente.
—No oficialmente. —le dijo— Somos Greengrass y en una familia como la nuestra, solo los hijos oficiales cuentan y dado que yo soy la cabeza, es aún más complicado. No se puede alterar el orden, es imposible. A ojos de todos, eres un mestizo y eso debe seguir así.
Edward solo sintió ganas de llorar.
—P-pero no lo soy. —dijo él contrariado— Mi padre no fué un muggle, mi sangre es pura. Soy puro. Tú eres mi...
—No lo digas. —le cortó Antón— ¿Acaso no eres consciente de lo que acaba de pasar? ¿Por qué murió tu madre? ¿Por qué murió Celeste? ¿No logras entender que esto debería de ser un secreto? No se puede decir. Hay mucho en juego. Se supone que la cabeza de la familia lo puede todo y manda en todo, pero no es así. Tengo las manos atadas, a estas alturas no me sorprendería que el consejo de ancianos ya me esté escogiendo una nueva esposa para que tenga un nuevo sucesor pronto. ¿Lo entiendes? Mis únicos hijos son los que nacen de mi esposa, una esposa que el consejo elige. No puedo tener más hijos que esos o el equilibrio de poder en la familia se caería a pedazos ¿Entiendes?
Eso fué como recibir un golpe en el estómago.
—Pero… ¿Y yo?
Antón meneo la cabeza y se puso a dar vueltas en su estudio.
—Tú… estás aquí. Mira, algunas cosas pasan sin buscarlas. Las pociones fallan. —Antón se pasó las manos por la cara— Yo no soy el malo aquí, las cosas se salieron de control e hice lo mejor que pude para ti y tu madre. ¿De acuerdo? Yo quería hacer las cosas bien pero había límites, recuerda el lema de la familia. Hay muchas reglas, pero me salté muchas y siempre intenté que tuvieran lo mejor. ¿No tuviste lo mejor? —preguntó sin mirarlo— La vida en Asia fue buena, fue una buena infancia, tu madre me lo dijo. Inglaterra pudo ser duro, pero ¿No fué todo mejor aquí en Noruega? Parecías feliz aquí.
Ya para entonces Edward tenía la cara llena de lágrimas. A pesar de todo, honestamente, en eso sí tenía razón. Allí había llegado a ser un poco feliz, al menos hasta ese día.
—No es tu culpa, pero así son las cosas. Pasar como mestizo es mejor que terminar muerto, en eso podemos estar de acuerdo. —dijo en un suspiro— No tengo permitido reconocerte ni puedo darte estatus, pero la vida está llena de oportunidades y es un mundo un poco más tolerante que antes. Co-con el empujón adecuado puedes hacer dinero y también puedes conseguir estatus y obligarnos a todos a reconocerte como uno de los nuestros. Si lo consigues, en el futuro te deberé un favor, lo que sea que me pidas lo cumpliré. Al menos podré hacer eso por tí. Lo prometo.
Edward, entrenado en las enseñanzas de la conveniencia y pensando en lo que Celeste le dijo, asintió en silencio.
Y eso fue todo.
Luego tomaron el traslador, fueron al consejo y pusieron sobre él un Secreto Mágico para que no pudiera revelar su verdadero origen. Para que no pudiera decir que era hijo de Antón.
En toda su vida solo llamó a Antón "Padre" una vez.
Y aunque el secreto mágico se rompiera, no lo llamaría así nunca más.
Nunca.
Ese egoísta bastardo no se lo merecía. Era el peor mago del mundo.
"No soy como tú. No soy como tú" se dijo una y otra vez.
Lo odiaba. lo odiaba tanto.
Las peleas no eran lo suyo, los gritos menos; pero una vez comenzaron sólo pudieron gritarse más y más. Tenía algo de culpa por mentir, eso era innegable, era un reclamo justo pero al mismo tiempo parecía tan injusto y un momento después solo podía pensar en defenderse.
—¡¿Cómo puedes mentirme en la cara?! —reclamaba él mientras la sujetaba con fuerza de la muñeca y se ponía de pie, viéndose totalmente intimidante.
—¡Y-yo no…!
Hermione intentó alejarse, pero él la sujetó con demasiada fuerza para evitarlo.
—¿No? ¿No qué? —la cortó mientras tiraba de ella para que no se alejara— ¡¿No creíste que lo sabría?!
—¡No iba a decir eso! —dijo mientras negaba con la cabeza.
—¿Entonces qué? ¡¿Por qué me estás mintiendo?!
—¡No quería mentirte! —dijo ella.
Theodore se quedó muy quieto por un instante, pero entonces solo negó también con la cabeza y se veía aún más enojado.
—Mentira. —dijo con dureza— Sigues mintiendo. —susurró sin mirarla y sujetando su muñeca con más fuerza — Querías exactamente eso, mentirme.
—No, claro que no. —dijo ella— Yo solo...
Pero él solo se veía más y más enojado.
—Confié en ti. —le reclamó casi sacudiéndola— ¡Confié en ti! ¿Cómo pudiste...?
—¡Te digo que no quería! —dijo sujetándose el brazo— ¡Deja de gritarme! ¡Y suéltame, me estás lastimando!
Theodore no aflojó el agarre y tampoco la soltó.
—¡Deja de mentir! —siguió reclamando— No vas a salir de esta tratando de que me compadezca.
Hermione quedó con la boca abierta y sin poder creerse lo que estaba pasando.
Era como si frente a ella no estuviera Theodore, sino otra persona. Una persona errática y violenta.
Un momento después estaba tirando de su propia mano para liberarse. Estaba comenzando a dolerle la muñeca, pero él solo la llamaba mentirosa al mismo tiempo que solo la asustaba más y más. Era indignante y también dolía, incluso más que la muñeca.
—¿Qué quería Dumbledore? ¡¿Qué te pidió?!
—¡Suéltame! —dijo ella revolviéndose aún más.
—No. —replicó él con dureza— No hasta que me digas que quería el anciano. No hasta que me digas la verdad. ¡Si sigues mintiendo lo sabré! Si sigues mintiendo...
Con la muñeca roja y el estómago revolviéndose con dolor, le comenzó a palpitar la cabeza y su cuerpo entero parecía una botella de gaseosa que había sido agitada hasta el límite y a punto de estallar. La sensación le recordó mucho a la noche del ataque al Ministerio. Ese día estaba tan asustada que cuando ya no pudo soportarlo más, la violencia se apoderó de ella y solo podía pensar en defenderse.
Ahora se sentía exactamente igual.
Hermione le sujetó también la muñeca con mucha fuerza, haciendo presión donde él lo estaba haciendo.
—¿Si miento, qué?
La mirada que él le dió hizo que su coraje retrocediera y solo se asustara más. Esa mirada... No era la primera vez que alguien la miraba así. Una mezcla de repulsión y rabia.
La magia vino a ella, aún sin varita. Era como si se hubiera dado un choque de energías, pues de pronto había una especie de corriente eléctrica recorriendo su cuerpo y chocando contra Theodore, pues ambos sintieron una especie de rebote que hizo que se apartaran empujados casi con violencia.
—¿Qué...? —Estaba preguntando Theodore mientras se sacudía la mano, pero se quedó callado.
Hermione, mientras, no pudo contestar pues tenía un nudo en la garganta, la respiración irregular y no entendía nada. La capa, que había estado en el suelo cerca de la puerta ahora se estaba envolviendo alrededor de ella como si tuviera vida propia.
Theodore decía que la capa era un objeto de protección, puede que por eso sintiera la urgencia de cubrirse con ella.
Por el rabillo del ojo, notó como Theodore estiraba la mano para alcanzarla.
Su única reacción fue retroceder.
—Espera —dijo él.
Ella solo negó con la cabeza.
—No puedes tratarme así —dijo con la voz débil.
—¡Me mentiste! —dijo él, como si eso explicara todo— ¡No puedes mentirme!
—Tú también lo haces ¡y yo no te trato como acabas de tratarme!
—No es lo mismo.
—Lo es —dijo ella mientras metía la mano en el bolsillo de la túnica— ¡Sí es lo mismo! Mientes si tienes motivos, ¡¿No puedes detenerte a pensar que yo también podría tenerlos?!
Ella sacó el sobre de papel y se lo arrojó a la cara.
Theodore sujetó el papel en el aire y con esa distracción ella se quitó la capa y dió media vuelta para irse.
No había dado ni dos pasos cuando él se acercó de nuevo. Hermione, con la tensión y todos sus instintos en alerta máxima, se dió vuelta y sintió de nuevo esa corriente mágica. Probablemente Theodore también lo sintió, pues mantuvo su distancia.
Él tenía la carta en la mano y un rostro de confusión.
—¿Qué significa esto?
Hermione se pasó una mano temblorosa por la cara.
—Dumbledore me la dió. La carta está dentro. Al parecer tu padre quiere que lo visite en Azkaban.
—No. —dijo de inmediato con un tono parecido a la preocupación— No lo hagas. No puedes aceptar ir a verlo.
—Claro que no iba a aceptar. —dijo ella ofendida— ¿Cómo podría? No después de saber todo lo que te hizo.
Theodore pareció tranquilizarse, miraba el sobre, luego la miraba a ella y parecía hasta confundido.
—¿Entonces por qué? ¿Por qué mentiste?
—¿Por qué? ¿Es en serio? —dijo ella indignada— Saliste de la escuela viéndote enfermo. Te fuiste y no diste una sola noticia. ¡Ni una sola! ¡Y aquí solo había rumores! Ahora apareces con el rostro así y dices que te atacaron. ¿En serio crees que yo hubiera querido darte más preocupaciones?
Theodore, primero quedó boquiabierto. Luego sacudió la cabeza.
—¿Cómo puedes ser tan inteligente y pensar algo tan estupido?
Si Hermione hubiera tenido algo en la mano, se lo hubiera arrojado. Finalmente, ella solo sonrió mientras le ardían los ojos.
—Si, probablemente soy muy estúpida. Tan estúpida como para hacer a un lado como me siento solo para no darte problemas. ¡Tan estupida para quedarme y darte más explicaciones mientras me insultas!
Ella se dió vuelta y caminó hacia la salida a pasos rápidos para desaparecer antes de comenzar a llorar. Ni siquiera pudo avanzar más de tres pasos, pués él la atrapó por la espalda y a ella se le estrujó el corazón.
—Espera. Espera. No quise decir eso. Solo…
—¿Solo qué? —dijo con la voz afectada— ¿Qué?
—No puedes mentirme. —susurró— No importa que sea o de que se trate, no quiero que me mientas. Tú no. No me gusta. Lo odio.
—Debe ser eso, lo odias tanto que parece que a quien odias es a mi. —contestó ella.
—No. —dijo él de inmediato y presionandola más contra él— No, claro que no. No.
—Me asustaste —dijo con la voz entrecortada.
Por un instante él se quedó muy quieto.
—Lo siento. —dijo apresuradamente mientras hacía que ella se diera vuelta y que lo mire, acunando su rostro con sus manos y pasándolas por sus mejillas— Perdón. Perdóname. No quería asustarte. No quería esto. No llores, por favor no llores.
Un instante después, él la estaba abrazando con fuerza mientras seguía susurrando lo mucho que lo sentía.
Hermione solo cerró los ojos permitiéndose calmarse por fin, pensando que este si era el Theodore que ella conocía.
...
—Entonces ¿Aún no sabes quien es el responsable?
—Podría ser cualquiera. —dijo él— Pero ya he descartado a mucha gente. Caerá pronto, es cuestión de tiempo.
Hermione se frotó sus propias manos con nerviosismo.
—Pero tu casa…
—Reforzaré las protecciones.
—No es justo. —dijo ella— Tal vez si le explicas a Dumbledore la situación, seguramente permitiría que te quedes sin restricciones.
—No. —dijo él mientras se cruzaba de brazos— Sé que el profesor te agrada, pero yo no confío en él.
—¿Ha hecho algo para que desconfíes de él?
—No exactamente.
—Eres muy inflexible y él solo quiere ayudar. Ya lo ha intentado antes.
Theodore entonces frunció el ceño.
—¿Qué? ¿Cuándo intentó ayudarme Dumbledore ?
Hermione entornó los ojos.
—El año pasado, cuando el Ministerio fué atacado. —dijo ella— Él se ofreció a ayudarte.
—¿Por correo? nunca tuve noticias de eso.
Ella sacudió la cabeza.
—Él me lo dijo. Dijo que te ofreció su ayuda y que tú lo rechazaste.
—Pues mintió. Eso nunca pasó.
Hermione frunció el ceño.
Theodore solamente alzó una ceja. Luego suspiró.
—Mintió y puedo probarlo.
—¿Cómo?
Theodore entonces se llevó las manos al cuello y con cuidado pasó sobre su cabeza su collar con el anillo que siempre traía encima. Luego lo pasó por encima de la cabeza de Hermione. Sostuvo el anillo con la mano derecha y pronunció algo que parecía ser otro idioma.
—Ahora, vuelve a preguntar lo de Dumbledore. Se específica y breve.
Ella, aún sin entender exactamente qué pasaba, hizo lo que le pidió.
—¿Rechazaste la ayuda de Dumbleodore el año pasado?
—Tienes que ser más específica. Mejor preguntarme si "Dumbledore me ofreció ayuda el año pasado".
—Bien. ¿Dumbledore te ofreció ayuda el año pasado luego del ataque al Ministerio?
—Si —dijo él.
Hermione iba a replicar, pero entonces sintió algo empujando contra su pecho.
—Dumbledore me ofreció ayuda el año pasado —dijo él.
Ella sintió ese empujoncito de nuevo.
—Odio la aritmancia.
La sensación se repitió.
—Me gustan las cosas dulces.
La sensación apareció de nuevo.
—Me gustas.
Nada pasó.
—No quiero que me mientas.
No hubo nada de reacción.
—No quería hacerte llorar.
Hermione entonces, apretó con fuerza sus labios. Era muy obvio que sucedía: El anillo tenía una propiedad mágica para detectar mentiras.
Una reacción: Una mentira.
Sin reacción: La verdad.
—No quiero que me tengas miedo.
Hermione asintió despacio y se acercó más a él. Se abrazaron en silencio durante largos minutos.
El reloj del castillo marcaba las nueve cuando él dijo que deberían regresar a sus salas comunes.
Theodore dijo que no podría acompañarla y se despidieron antes de salir de la sala de los Menesteres. Él le besó la mejilla y le dió otro largo y apretado abrazo.
Mientras Hermione caminaba los últimos pasos hacia su torre, incluso mientras se daba un baño y se metía a la cama, seguía pensando en que era increíble que Dumbleodre le mintiera.
Con bastante tristeza, Hermione pensó que era muy injusto que todo el mundo solo juzgará a Theodore sin escucharlo primero. Sin siquiera tratar de entenderlo.
No era malo. A veces parecía serlo, pero no era malo.
Estaba segura de eso.
La primera vez que vio a Theodore fue en aquella fiesta de navidad del ochenta y seis. Edward tenía una lista de cosas que odiaba y entre las primeras posiciones estaba la navidad, puede que justamente esa como la que más. Pero él iba a estar allí, Philip Nott iba a estar presente.
Antón lo amenazó para participar en la fiesta y aunque había ideado como burlar esa orden, cuando se enteró que aquel mago iba a venir, se le ocurrió que el destino no podría sonreír más de lo que ya lo hacía.
"Este es el destino" pensó
—Philip Nott al fin tuvo un hijo.
—Si es que es suyo.
—Sabremos cuando lo veamos. "Reconoces a un Nott con solo verlo" —risas frívolas— Se pondrá a prueba ese dicho. —más risas frívolas.
Escuchó eso por enésima vez aquella noche. Todo el mundo estaba curioso, Edward también, pero a parte de eso estaba prácticamente fúrico. Estiró la mano y tomó entre sus dedos la cuarta copa de licor de la noche y acarició la varita escondida en el brazo de su túnica con fría calma.
"Claro que no es suyo" se dijo mientras bebía el cálido licor para intentar detener el temblor en sus manos. Philip Nott había intentado tener hijos prácticamente durante toda su vida de casado y nunca lo consiguió. ¿Ahora mágicamente tenía uno?
—Tonterías. —masculló para sí mismo y con la cabeza hecha un desastre— Solo son tonterías.
"No es suyo. No puede ser suyo" pensó "Es el de Emma".
Emma Nott, el nombre prohibido y maldito en la sociedad mágica.
Una persona convertida en Tabú.
El equivalente a una misteriosa princesa entre los sagrados veintiocho en sus años adolescentes, toda una celebridad. La representación física de la frivolidad y la belleza de lo que significaba estar la cúspide de la sociedad de los sangre pura… pero había caído desde lo más alto para terminar sus días a manos de Philip Nott por haberlo traicionado. Ahora todos la habían olvidado.
Ella había ostentado por muchos años el título de la "sucesora" de Philip y como era lógico, al ser los Nott aliados del Señor Tenebroso, también había aceptado la marca tenebrosa… pero huyó poco después, eso había valido para que tambaleara la posición de los Nott ante el Lord. Edward no estuvo presente (aunque le hubiera gustado), pero sí oyó a detalle la historia de cómo es que Philip Nott trajo a rastras a su traidora sobrina y la presentó ante el Lord para que se disculpara con sus propias palabras. Luego, se la llevó de allí para juzgarla en su Dominio, lo que en el idioma de los Nott significaba que moriría.
Todo el mundo sabía esa historia.
La parte que casi nadie sabía, era el por qué es que Emma Nott terminó huyendo.
Edward sí lo sabía.
Un capricho. Todo por un capricho.
Emma era impulsiva, caprichosa, codiciosa y posesiva. A cierto grado, también una sádica. A ella no le gustaba limitarse ni aburrirse y lo que fuera que quisiera, lo conseguía. Al principio siempre solía escuchar a su querido tío y decía que le gustaba, pero cuando comenzó a prohibirle cosas ya no le gusto tanto. Fué entonces que comenzó a idear la mejor manera de hacer que él dejara de tener control sobre ella. Y Edward, quien la idolatraba y era su confidente, su amigo más cercano, el más leal, le había estado ayudando con eso.
Pero luego sucedió algo que hizo que Emma perdiera la cabeza, ella creía estar enamorada de Evan Rosier, un sangre pura importante y al menos cinco años mayor que ella. El perfecto Evan Rosier. Edward lo odiaba, pero Emma estaba tan encaprichada con él que no admitía opiniones ni consejos al respecto hasta que consiguió tener su idealizado romance.
Edward, sabiendo como era Emma, creyó que pronto se aburriría de jugar a la casita con Rosier y las cosas volverían a ser como antes.
Pero entonces Evan Rosier, perfecto como era, decidió que era tiempo de formalizar; así que le dijo a Emma que hablaría con sus padres y luego con Philip para ultimar detalles y hacer las cosas de manera correcta. Quizá un compromiso, tal vez un matrimonio. Emma saltaba en un pie, estaba tan feliz que no cabía en sí misma.
Edward, iluso y estupido como era, quien tenía su propio idealizado romance imposible y platónico, ilógicamente se sintió traicionado y pisoteado. Recordaba muy bien cómo es que le dijo a Emma que la abandonaría si dejaba que Rosier entrara en sus vidas.
—Haz lo que quieras. Al final, los dos sabemos que volverás a mí. —había dicho ella con la misma serenidad con la que podías comentar que hace un día soleado.
Él se enfadó tanto que decidió que iba en serio y que no le daría la razón.
Aquella vez, Antón buscaba a alguien que hiciera un complicado trabajo espiando en Alemania y Edward lo tomó. Que grande fué su sorpresa al enterarse mediante un periódico de que Evan Rosier iba a casarse con una chica Prince.
Lo primero que hizo, fue reírse.
Lo segundo, fué tener la grandiosa idea de que debía vengarse de Emma, reírse de ella. Burlarse. Ir a Noruega y decirle a la cara que eligió mal para luego darle la espalda y abandonarla definitivamente.
Al final, no fue del todo una buena idea y nada salió como lo había planeado.
La encontró en Francia junto a su elfo como única compañía, se burló y se rió de ella, pero también discutieron y se gritaron todo tipo de cosas. Pero cuando era hora de irse y darle la espalda… pesó más la nostalgia de años siendo su única compañía. Prácticamente habían crecido juntos y hecho todo tipo de cosas juntos, algo como eso no podía borrarse tan fácil. Además, Emma sabía cómo hacer que le tuvieras compasión, sabía cómo hacer que te sintieras culpable por no perdonarle lo que hacía.
Además, en el fondo él no la odiaba, solo se sentía traicionado.
Solo era dolor y el dolor puede ser aplacado. Unas cuantas lágrimas sinceras (o al menos parecían sinceras). Un arrepentimiento de papel… algo de vino. Un poco de odio colectivo hacia todo el mundo. Otro tanto de sentimiento de soledad. Más vino. Susceptibilidad.
Se habían besado cuando eran niños, continuaron haciéndolo hasta bastante tiempo después y para ambos era solamente un juego, pero a pesar de sus propios deseos y sus sentimientos guardados, había un límite que Edward nunca se atrevió a cruzar… al menos hasta ese día.
Luego de eso, las cosas parecieron volver a la normalidad, con la diferencia de que ahora era más codicioso y descarado, olvidando todo lo demás, entrando en negación absoluta acerca de quién era y lo que hacía. Era como estar enfermo o tener amnesia, totalmente perdido en esa especie de Luna de Miel de mentira.
Años odiando sus orígenes… años pensando en lo ilusa que fué su madre para ser una amante y odiando a su padre por haberla orillado serlo.
Y ahora… él era el tonto que adoraba ciegamente a la mujer que lo había convertido en un amante a él.
Emma mientras… ella seguía siendo Emma.
Impulsiva, caprichosa, codiciosa y posesiva.
Ella le susurraba al oído que tomaría el Dominio de los Nott y él le susurraba a ella que le ayudaría a conseguirlo. Entre besos y jadeos, ella decía que no podía confiar en nadie más y él le juraba lealtad eterna.
Entonces, un día, Emma se enfermó y durmió todo el día. Para cuando Edward lo notó, ella había desaparecido.
Tres días. Ella desapareció todo ese tiempo y él estuvo a punto de volverse loco.
Ojalá no hubiera aparecido nunca.
—Oh, ahí está.
El susurro se esparció por todo el salón y trajo a Edward de vuelta a la fiesta de navidad.
Los magos hicieron un pequeño tumulto, pues todos estaban curiosos, una marea humana de chismosos. Edward dejó la copa en la mesa que había cerca y acarició de nuevo su varita, pero aún no era momento. Había demasiado público y sólo alcanzó a distinguir la cabeza de Philip Nott.
Aún no tenía a la vista al engendro.
Edward tomó otra copa y se la bebió de un solo trago.
Engendro, si, eso era.
Engendro.
Engendro.
Tenía que repetirlo muchas veces en su cabeza y beber suficiente licor, si no perdería el enfoque y podría acobardarse. Edward había hecho muchas cosas detestables a lo largo de su vida, aún más durante la guerra… pero nunca algo como lo que iba a hacer ahora.
Nunca había matado niños.
Engendro, repitió una vez más para mentalizarse.
"Me desharé del engendro. Corregiré mis errores. Arreglaré todo."
Porque el supuesto "hijo" de Philip Nott era eso, un error. SU error. El más grande de su vida y creía que no podía vivir sabiendo que esa cosa corría por allí y seguía creciendo cada día. Era un acto de piedad. Si, piedad. Si el engendro supiera que vida le esperaba, seguramente le daría las gracias. No era su culpa, pero ya estaba arruinado, era un ser moldeable que con el tiempo se volvería uno de ellos, uno más de los crueles, caprichosos, inhumanos y sucios sangre pura.
Y eso era algo que Edward no podía permitir.
La gente se esparció y el alboroto disminuyó, pues Antón apareció como buen anfitrión para darle la bienvenida a Philip. El engendro estaba oculto entre la ondulante capa del mago y solo le vió la espalda y los rizos cuando lo enviaron con los demás niños mientras los adultos hablaban.
Observó con cuidado a Philip Nott. Para ser un mago con fama de coherente, era bastante siniestro, rencoroso y despiadado. Después de todo, persiguió a Emma como se caza a un animal y solo para limpiar su propio nombre. La crió desde que era una niña y parecía quererla, pero aún así no le tuvo siquiera una gota de piedad.
"Tampoco es que alguien cruel como ella mereciera piedad" se dijo dando un largo sorbo a una nueva copa.
Solo bastó cruzar miradas con el mago durante unos segundos para despertar en Edward sentimientos encontrados.
Muy en el fondo lo odiaba por haber matado a Emma… lo cual era muy hipócrita, ya que después de todo… Si Philip la encontró fué gracias a Edward.
Fue el mismo Edward quien vendió a Philip la información de dónde es que Emma se estaba escondiendo.
"Traiciones pagan traiciones." se dijo mientras se acababa la copa entera de un trago. "Eso era justicia".
Edward acarició de nuevo su varita, tomó otra copa de licor de la gran mesa principal que cuidaba el elfo de la casa y escondido en un rincón oscuro, espero pacientemente su oportunidad. Cuando fuera la media noche las copas chocarían en brindis frívolos y los fuegos artificiales iban a distraer a todos. Nadie prestaría atención a los niños que jugaban en el jardín de afuera, pues estaban confiados en los guardias que los vigilaban, guardias a quienes ya había puesto bajo el maleficio Imperio.
"Será rápido" se prometió a sí mismo para evitar la duda y la culpa, para no echarse para atrás "Rápido y sin dolor".
—Hola —dijo una voz infantil— ¿Elfo, cuál es tu nombre?
—Uno se llama Gunter, pequeño amo.
—No soy tu amo. —contestó el niño.
Una respuesta como esa hizo que Edward frunciera el ceño y volviera la cabeza para mirar.
"¿Qué respuesta es esa?" se preguntó. Los mocosos sangre pura crecen creyendo que todo les pertenece.
—Mi elfo se llama Tini, pero no pudo venir. Y padre me prohibió llamarla, dijo que no era educado. —murmuró— Pero tengo sed y no encuentro el agua. Gunter ¿Podrías darme un poco, por favor?
El elfo parpadeó, seguramente descolocado por un instante. Edward lo conocía desde hace años y estaba seguro de que nadie, absolutamente nadie, le había dicho "Por favor" alguna vez.
La criatura entonces chasqueó los dedos e hizo aparecer un vaso de cristal en su mano, agua fresca y tambaleante en su interior. Con mucho cuidado se lo ofreció al niño.
—Gracias —dijo antes de tomar el vaso con las dos manos y darle largos sorbos.
Edward observó en silencio y atentamente. Se encontró con ojos azules, se encontró con la cara de un Nott.
Apretó los dientes y respiró con fuerza en cuanto cayó en cuenta de quién era el niño.
Antón había comenzado a agradecer la asistencia a la fiesta, anunció que pronto sería medianoche y los fuegos artificiales serían espectaculares. Todos estaban distraídos y el niño estaba a solo unos metros.
"Hazlo" dijo una voz en su cabeza.
Las manos de Edward le temblaron y lo intentó, de verdad lo intentó.
—Ya me tengo que ir. —dijo el niño mientras le tendía el vaso vacío al elfo— Adiós Gunter.
Edward cerró los ojos y se quedó muy quieto y respirando pesado, pues sentía los latidos de su corazón en los oídos. Afuera, los fuegos artificiales comenzaron a estallar en luces de colores y podía oír la risa de fondo.
Cuando abrió los ojos ya no era él mismo, solo avanzó sin pensar demasiado. Quería mirar un poco más, solo un poco más. Los niños aprenden trucos, eran buenos engañando si aprendían cómo hacerlo.
—En serio es raro. No quiso jugar con los otros niños. —dijo alguien cercano, mirando en la misma dirección que él— ¿Y viste eso? Estaba hablando con el elfo.
—Debe estar mal de la cabeza. —dijo otro— Recuerda que su madre estaba loca, supongo que se lo heredó.
"No sé equivocan" Pensó Edward "Pero era otro tipo de locura". Luego, de nuevo cayó en cuenta de que no hablaban de Emma sino de Alyssa Nott.
Edward sacudió la cabeza y recordó lo que se supone que tenía que hacer. Tenía que matar al niño.
"¿Niño?" Pensó contrariado. "No, niño no. Engendro. Engendro"
Apretó los dientes con fuerza y cerró con fuerza los ojos otra vez.
"Engendro".
—Oh, ¿Cuál era tu nombre, pequeño?
—Saluda a la señora Done, hijo.
—Hola señora Done. Soy Theodore. Theodore Nott.
—Un placer —contestó la mujer.
Edward reaccionó y antes de poder evitarlo clavó los ojos en el niño. Evitaba pensar en su nombre, por Merlin que lo hacía.
"Theodore" significaba "regalo" y Edward enfureció demasiado cuando supo que ese era su nombre, pues si Emma lo había escogido entonces sería una burla más.
Alzó la mirada y lo observó con detenimiento de nuevo, era pequeño para tener cerca de cinco. Con sus pequeñas manos tiró de la capa de Philip y este se acuclilló para escuchar lo que él quería decirle. Vistos de ese modo, lado a lado, eran dos pares de ojos idénticos. El parentesco era innegable.
Nott. Sangre de Nott.
Edward hizo una mueca, pues no solo la apariencia acompañaba la historia de que eran padre e hijo, si no también la actitud de ambos.
"Seguramente usó poción de Hershay para engañar al niño" pensó mientras los observaba. Con Hershay cualquier mentira era posible. Pensar en eso, le hizo sentirse indignado. Philip Nott, apropiándose de algo que no era suyo. El típico actuar de un sangre pura, tomar lo que quiere a cualquier costo.
Edward apretó los dientes.
"Pero no es tuyo, es mío" pensó enfadado.
"¿Mío?" Se preguntó entonces, cayendo de nuevo en pensamientos tontos, en sentimentalismo inutil.
Después de todo, de quien fuera no importaba demasiado, si no como crecía. Él mismo era prueba viviente de ello. Tenía la odiosa sangre pura, pero no era como ellos.
Quitárselo a Philip sería como robarle un huevo a un dragón enorme: un reto, pero no un imposible. El problema vendría después. Con Hershay envenenando la cabeza del niño, solo sería un secuestrador, un criminal maníaco. Eso solo podría terminar mal.
"Tendría que conseguir el antídoto de Hershay primero, dárselo y luego… decirle todo" pensó, de nuevo mirando hacia el niño. ¿Pero valdría la pena? Para cuando encontrara el antídoto, tal vez sería demasiado tarde y ya sería uno de ellos.
Philip Nott brindaba y conversaba, mientras el niño tenía una mano aferrada a la capa del mago y los ojos fijos hacia arriba, los ojos clavados en las manos y cara de quién creía era su padre.
Edward reconoció el anhelo de forma casi instantánea, ese deseo silencioso al añorar solo con la mirada. Las ansias de afecto, suprimidas a la fuerza por estar rodeado de seres sin sentimientos y tener que parecerte a ellos. Edward se sintió justo así cuando llegó recién a Inglaterra.
¿Que decían los rumores? Philip Nott mató a Emma, pero en secreto tomó a su hijo y luego se lo entregó a su loca esposa antes de irse a la guerra… la cual escapó de Philip hasta después de la guerra. Luego, la esposa murió y eso había pasado solo hace unos cuantos meses.
¿Y si la demente Alyssa Nott no había criado al niño como era acostumbrado entre los sangre pura? ¿Y si ese niño no estaba tan arruinado? ¿Y si…?
Edward ni siquiera lo había decidido, pero su mente ya estaba trazando planes. "Primero, el antídoto de Hershay… pero mientras, tendré que acercarme. Tengo que acercarme a los Nott lo más posible y observar".
"Trece, ese será el límite." pensó. "A los trece yo aún esperaba cosas buenas de los demás", se dijo. Si ese niño no se volvía uno de ellos hasta entonces, habría esperanza. Si no, retomaría el plan inicial.
El nuevo plan le dió más tranquilidad y aunque se negara a sí mismo, lo hizo soñar de algún modo. La fascinación secreta de tener algo intangible, la innegable maravilla que era… ver vida ligada a la tuya, alguien de tu sangre frente a tus ojos.
Se preguntó si acaso así se sentía, eso que los "padres" en todo derecho sentían.
Soñar, Edward era muy bueno soñando. Maquinando, observando y alternando la realidad con sus fantasías.
Hacer crecer su red de informantes era algo que tenía planeado desde los tiempos de guerra, pero podría decirse que le puso especial empeño solo para conseguir rumores y noticias del niño sin ser sospechoso, pero aún entonces no se atrevió a acercarse demasiado, pues Philip era cauto en todo aspecto y prácticamente se había atrincherado en su enorme casa, lejos de la prensa y de fiestas.
Lo poco que llegaba a sus oídos era como recibir dulces luego de comer solo basura.
Al final, concibió que el único modo en que podría acercarse a alguien como Philip era siendo alguien que necesitara y en el mundo no había nada que un antiguo mortifago necesitará más que influencia en el Ministerio. Edward tenía cierto contacto con ciertos funcionarios, pero de ningún modo había planeado trabajar allí. Sin embargo, las necesidades hacían las decisiones y las decisiones eran pasos para alcanzar las metas.
El futuro parecía brillante, no tan sombrío como hacía algunos años.
Edward se preguntó, y no pocas veces, si acaso las motivaciones incondicionales eran mejores que las egoístas. Porque al poner todos sus esfuerzos en metas por alguien más era… inexplicablemente satisfactorio.
Se enorgulleció cuando supo que el niño fué escogido Slytherin en Hogwarts, cuando supo que era uno de los más brillantes, pero aún más cuando se enteró de que no era cercano a pequeños insufribles como el niño Malfoy. Al mismo tiempo, se enfureció cuando se enteró de que hubo un ataque en su casa. La desesperación por tener noticias fue casi insoportable. La calma que tuvo al saber que no le pasó nada fue igual de intensa.
Mientras, la prisa por encontrar Hershay era casi insostenible. Pocas veces Edward había ansiado tanto algo y estaba muy cerca.
Aunque había conseguido acercarse un poco mediante el Ministerio a Philip y también haciendo encargos mediante su red de información, pronto observar se volvió más una necesidad que una parte de su plan. La impaciencia lo gobernaba, al punto de que comenzó a hacer movimientos más agresivos y peligrosos, como formar parte de un grupo de aspirantes a Mortífagos, aún a riesgo de ser innecesariamente blanco de violentos puristas. Cruzó el límite cuando secretamente lanzó al Ministerio contra Lucius Malfoy solo como una estrategia para ganarse la simpatía de Philip.
Entonces… entonces lo consiguió.
El niño tenía doce cuando pudo tenerlo frente a frente. Fue sorpresivo y Philip observaba, así que no podía permitirse mostrarse nervioso, pero fue inevitable. La conversación fue corta y hasta divertida. Era un niño muy listo, avistado y nada ingenuo. Le preocupó un poco que hablara más como un adulto que como el niño que era, pero se sintió tan cómodo que cuando era hora de irse, no pudo contenerse a darle la mano.
Era demasiado pronto para eso, fué un pequeño error… pero entonces el niño respondió al saludo sin siquiera dudarlo.
Aquel día, su fascinación estalló y mientras intentaba ocultarlo, se dirigió al Ministerio con Philip. Llegado a este punto, hacía un tiempo había dejado de ser incómodo tratar con aquel mago, pues diferente a Lucius Malfoy y otros sangre pura, él nunca fue condescendiente y de cierto modo, lo trataba con suficiente respeto.
A veces olvidaba que ese mago se apropió de un niño ajeno. A veces, veía a Philip como lo que era, un mago bastante magnanimo, listo y mayor que estaba envejeciendo y que bebía tantas pociones que parecía estar tratándose contra una enfermedad. El odio secreto que le tenía por haber matado a Emma casi se había diluido y lo cierto es que comenzaba a sentir cierto grado de respeto por él, aún más cuando comenzó a reconocer sus aportes y valía. Todavía más cuando comenzó a darle un nivel de importancia a sus opiniones, cuando le escribía para consultarle ciertos asuntos, cuando comenzó a invitarlo a su casa para el té y conversar de lo que fuera y así al mismo tiempo, observar casualmente al niño.
Era satisfactorio… pero doloroso a la vez. Pues podía ver frente a sus ojos que genuinamente Philip le tenía cariño al niño y él… veía con adoración a Philip. Darse cuenta de eso, fue casi una tortura, pero guardo todos esos sentimientos en el fondo de su ser.
Entonces, llegó el día. Por fin tenía en sus manos el antídoto de Hershay.
Y allí fué cuando lo invadió la duda.
La primera parte del plan estaba completa. Tenía el antídoto en sus manos, pero imaginaba que para entonces la situación habría sido distinta. Él sería el héroe que salvaba a un inocente niño de un monstruo y le daría una vida mejor que la que tenía. Tenía suficiente poder y suficiente dinero para rehacer una vida y asegurarla durante muchos años, el plan era darle al niño el padre que necesitaba, el de verdad.
Pero ahora mismo… mirando como Philip hablaba con el niño y como este le miraba… solo podía pensar que ya tenía la vida que cualquiera querría.
Sangre pura, Sagrado veintiocho, dinero, poder, prestigio, historia familiar milenaria. Respeto en el mundo mágico. Decir la verdad era quitarle todo eso… porque aunque la sangre de Edward era pura como la de ellos, eso era un secreto y oficialmente era solo un mestizo. Darle el antídoto de Hershay era convertirlo en uno también.
"Si yo fuera él, no querría saberlo. Me odiaría por decirmelo" pensó consternado.
Por un lado, sus deseos, el anhelo propio. El egoísmo.
Por otro lado, el desprendimiento, la incondicionalidad. Anteponer la felicidad de otros por encima de la propia. El amor.
Si se quedaba callado Philip se salía con la suya, pero Theodore tendría la mejor vida posible y su futuro no sería menos que brillante.
Darse cuenta de eso le rompió el corazón.
"No seas egoista, Edward" se dijo.
—Fué mi error desde el inicio. —se dijo durante una madrugada a oscuras y con el antídoto de Hershay en las manos— Debí cruzar esa calle. Perdí el derecho ese día.
Inevitablemente, recordó el secreto mágico que le obligaron a cargar el día en que murió Celeste. Eso fué una imposición para que otros mantuvieran sus buenas vidas. Era el deseo egoísta de alguien más. Si usaba el antídoto, no era diferente que Antón, imponiendo sus deseos egoístas sobre alguien inocente.
—No soy como él —dijo con rabia y entonces, lanzó el frasco con el antídoto al suelo, haciéndolo trizas.
Hacer eso fue por mucho, bastante liberador.
El tiempo pasó y Philip solía invitarlo más y más seguido, dejando siempre por encima de sus conversaciones el deseo de Edward de unirse a la familia Nott y Philip dando a entender que aún lo estaba pensando. Él mientras, no tenía prisa, pues pasaba bastante tiempo con Theodore durante su tiempo fuera de Hogwarts hasta que comenzara su tercer año.
El niño era muy serio, pero bastante transparente y sabía que le agradaba. Era también bastante centrado y muy sensato, aunque podía ver con cierta preocupación una ligera, pero muy ligera ansia de posesividad y egoísmo, algo muy presente en los sangre pura. Como podía, Edward intentó enseñarle la empatía, pero solo para darse cuenta de que si la tenía.
Theodore Nott era un purista y creía en la supremacía de la sangre, pero no hacía menos a quienes no la tenían. Era un niño pretencioso, pero también respetuoso y amable.
Edward tuvo que aceptar que Philip lo había educado mejor que cualquiera y se dijo a sí mismo que no era tan malo estar cerca y solo mirar. Esos fueron realmente… días muy buenos.
Pero lo bueno nunca dura demasiado.
Eran cosas muy pequeñas y que podían ser obviadas muy fácilmente, pero que Edward no podía ignorar. Philip acostumbraba manipular a Theodore tan sutilmente que casi era imposible darse cuenta, además de que tenía una muy marcada línea de obediencia que, a veces, Theodore parecía tener miedo de querer cruzar. Lo primero que Edward notó es que siempre lo llamaba "Padre", nunca papá. Cuando le preguntó por qué lo hacía, el niño solamente dijo que era lo adecuado, pero pudo notar claramente que era un asunto del que no quería hablar.
Salir de casa también era algo que no podía ser discutido, era un tema prácticamente vetado y a veces Philip sonaba realmente paranóico al respecto. Lentamente, Edward también fué notando lo vacía que estaba la casa. Lo vacía que estaba siempre. Los Nott tenían más de veinte familias a cargo repartidas en dos Dominios, uno en Inglaterra y otro en Noruega. Con tantos magos como aliados… ¿Cómo era posible que Theodore no se reuniera con ninguno de ellos? Cuando le preguntó por eso, se enteró de que él siquiera conocía a sus magos.
Mientras más indagaba, más extraño era todo.
Eventualmente, se dió cuenta también de algo que hizo que le dieran escalofríos. Aquella primera conversación, ese intercambio inteligente y ese saludo de mano… Theodore no lo recordaba, él estaba muy seguro de que se conocieron oficialmente de otro modo, que hablaron de cosas diferentes… y que fué él quien le ofreció la mano, no Edward.
¿Quién estaba mal? Edward llegó a creer que era él. Su mente siempre era un caos y quiso creer que el equivocado era él.
La respuesta llegó solo poco tiempo después.
Un día, Philip lo llamó a su estudio media hora antes de la hora usual en que los visitaba para ayudar a Theodore a practicar magia.
—Necesito que hagas algo por mí —había dicho Philip.
—Claro. —había contestado él.
—Mi hijo usa un collar. —dijo mientras entrecruzaba sus dedos— Nunca se lo quita. ¿Te lo ha enseñado?
—No. —contestó él, y era la verdad, pues hasta ese momento solo había visto la cadena en su cuello— Nunca lo ha hecho.
—Bien. —dijo Philip— Lo que debes hacer es sencillo. Tienes que hacer que te lo enseñe y luego arreglartelas para cambiarlo por esto.
Entonces el mago deslizó sobre la mesa un collar con un anillo tosco como pendiente.
Edward miró del collar falso al mago, al collar y de nuevo al mago. Inevitablemente sonrió por nerviosismo.
—Philip…
—¿Algún problema? —preguntó totalmente serio— tomaré esto como una prueba de tu compromiso, de tus deseos de unirte a mi familia.
Fue como recibir agua fría encima. Sabía perfectamente cómo sonaba una orden que parecía inofensiva pero que ocultaba algo más. Solo alcanzó a sonreír de nuevo.
—Sin problemas —contestó mientras tomaba el collar en sus manos.
Cuando vió a Theodore, intentó mantener la mayor calma posible. Practicaron algo de magia y después chismearon un poco, por un instante se olvidó del falso collar que guardaba en el bolsillo.
—Hace tiempo quería preguntarte algo —dijo Edward casualmente.
—¿Si? —dijo Theodore mientras se giraba y centraba sus ojos en los suyos, totalmente atento.
—El collar en tu cuello. ¿Qué es? ¿Un amuleto? —preguntó sonriendo— ¿Eres supersticioso?
—Claro que no. —Contestó mientras se cruzaba de brazos y hacía una mueca. Luego, metió la mano por el cuello de su túnica y lo levantó delante de sus ojos para que lo viera mejor— Era el anillo familiar de mi madre.
Edward, con más nervios, frunció el ceño totalmente contrariado.
"Emma no tenía anillo. Debe ser de Alyssa."
—¿Cargas con el anillo familiar todo el tiempo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque… —Theodore entonces hizo una mueca y sus ojos parecía desenfocarse— Porque… —finalmente, parpadeo y se veía centrado de nuevo. — ¿Qué decías?
Edward palideció.
—Me estabas contando acerca del anillo de tu madre. —dijo casi en un susurro.
—Ah, cierto. —dijo mientras lo sostenía en la palma de su mano— Padre dice que cuando me case se lo daré a mi prometida.
—¿Puedo verlo?
Theodore se lo pensó— Claro —dijo, luego se lo pasó por encima de su cabeza y se lo tendió— Sujétalo por la cadena, si lo tocas te quemarás. Todos se queman.
—¿Acaso tiene una maldición?
—Algo así. —dijo dejando de prestarle atención.
—Parece tosco para una chica —dijo intentando sonar divertido.
Theodore solo se encogió de hombros, luego comenzó a revisar su varita y comenzó a practicar florituras— ¿Que vamos a practicar hoy?
Pero Edward no lo oía, solamente miraba con atención al anillo y apretaba con fuerza la réplica que tenía en el bolsillo.
—Theo —le dijo— ¿Confías en mí?
El chico parpadeó, le miró en silencio con sus profundos e intensos ojos. Parecía estar pensándolo. Finalmente asintió.
—Siempre estaré de tu lado. —le dijo mientras le devolvía el collar— ¿De acuerdo? No importa que, siempre estaré de tu lado.
Las horas pasaron y llegó la hora del té. En un punto, Philip le lanzó una mirada sugerente y Edward miró para otro lado y Theodore se dió cuenta. La merienda transcurrió normal, todo lo normal que podría haber sido, pero no terminó así.
Al final de la merienda, Theodore le preguntó a Philip porque quería tanto el anillo, pues no era la primera vez que intentaba que se lo diera.
—¿Por qué no quieres dármelo?
—Yo pregunte primero, padre.
—Es mío —dijo Philip.
—Mi madre me lo dió.
—Pero yo se lo di a ella. Me pertenece a mí.
Theodore se había pasado una mano por la cara, visiblemente cansado.
—Padre, no estás siendo tú. Tu medicina…
—Tomé la medicina. Laurina se encargó.
Theodore frunció el ceño— Dung me dijo que ayer...
—¿Ahora el elfo tiene más credibilidad que yo?
—Iré a traer tu medicina —dijo Theodore mientras se ponía de pie y comenzaba a caminar lejos de ambos.
—¡Tú no vas a ningún lado! —dijo Philip, también poniéndose de pie y dando zancadas detrás de él.
Edward, nervioso de inmediato por el tono de voz de Philip y la hostilidad abierta con la que se movía, se puso de pie y directamente sacó su varita apenas notó que Philip también lo hacía. Pero antes de reaccionar siquiera, Philip daba la vuelta y le lanzaba una maldición.
Theodore, asustado, se volvió al instante; pero solo para ser interceptado por Philip. Edward vió asombrado todo lo que pasó. Philip sujetó a Theodore del brazo, o al menos lo intentó, pues una especie de fuerza impidió que lo tocara, incluso empujó a Philip lejos.
—¡Edward! ¡Levántate! —había dicho Theodore asustado mientras tiraba de su mano para intentar ponerlo de pie— ¡Levántate!
Él se levantó al instante con la varita en una mano, mientras que con la otra echaba a Theodore a su espalda, intentando cubrirlo. A unos cuantos metros, Philip se estaba recomponiendo y se pasaba las manos por el cabello desordenado. Edward intentó atacar mientras aún estaba aturdido, pero cuando lo hizo Theodore empujó su mano y desvió la maldición.
—¡No! —había dicho Theodore— ¡Su medicina, solo necesita su medicina!
Edward iba a replicar, pero antes de poder hacerlo de nuevo fue maldecido.
—¡Edward! ¡Edward!
Él frunció el ceño, según recordaba, luego de ese ataque se había desmayado y Theodore no pudo llamarle de nuevo, porque fué atacado también.
—¿Estás dormido?
Abrió los ojos al instante y se encontró con Theodore cruzado de brazos frente a él. Ya no era un niño de doce, si no que ya estaba a solo unos pasos de convertirse en adulto.
—Theo. —dijo mientras lo miraba con cierta ensoñación— Eres tú.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó mientras veía el desastre que había alrededor— ¿Te atacaron?
La siempre impecable casa lucía como si hubiera pasado un huracán y Edward estaba sentado en una esquina, la fotografía aún estaba en su mano y se apresuró a guardarla en el bolsillo.
—Nada de eso —dijo con la voz rasposa y despreocupada, hablar aún le dolía.
—Te ves terrible —dijo él mientras pasaba por encima de los trozos del jarrón y flores desperdigadas en el suelo— ¿Que le pasó a tu cuello?
Edward colgó una sonrisa en sus labios mientras se levantaba a duras penas.
—Todo está bien.
—¿Entonces por qué no viniste cuando te llame? —preguntó cruzado de brazos.
—Bueno, no por completo bien. Lo siento, no ha sido un buen día Theo. —dijo mientras se sacudía la ropa y se reía débilmente— Oficialmente, acabo de 'divorciarme' de los Greengrass.
Theodore alzó una ceja y le miró de pies a cabeza.
—Ya era hora —dijo finalmente, totalmente despreocupado.
—Supongo que sí. —contestó resignado, totalmente acostumbrado a las respuestas secas del muchacho. Agitó la varita para elevar objetos y repararlos, pero luego dejó de hacerlo para mirar el reloj con detenimiento. Miró a Theodore y de nuevo al reloj. Luego se frotó los ojos. Casi eran las once de la noche— ¿Por qué estás aquí? ¿No deberías estar en la escuela y de preferencia durmiendo?
—Acabo de decírtelo, te llamé y no tuve respuesta. Por eso estoy aquí, vine para ver qué estaba pasando.
—¿Te preocupaste por mi? —preguntó mientras sonreía y se agitaba el cabello— Qué dulce, Theo. Rompes mi corazón
Theodore hizo una mueca.
—Es urgente. ¿Sabes qué es esto? —preguntó al mismo tiempo que sacaba del bolsillo de la capa el sobre de papel y se lo tendía..
—Hasta donde veo, parece una carta. Es una carta ¿verdad? —contestó mientras giraba el sobre entre sus manos.
—Es de mi padre.
Oír que después de todo lo que había pasado, aún le llamara así lograba que su humor se agriara.
—Aja.
—Se la envío a Hermione.
—Oh, vaya. —dijo en medio de un suspiro cansado y agitando la carta— ¿Cómo la conseguiste? ¿Ahora espías correspondencia? ¿No estás siendo un poco obsesivo?
—¿No se supone que algo como esto no tenía que pasar? —preguntó Theodore de mal humor.
—De hecho sí. —contestó Edward totalmente distraído leyendo el contenido de la carta, la guardó cuando la terminó— Recuerdo muy bien cuando te dije que esto sí podía pasar. Te lo advertí cuando te informé que Nate Jeremiah pescó a magos vigilándola durante sus paseos a Hogsmeade y también te dije que estaban vigilando a sus padres. Nos hicimos cargo, pero estaba dentro de las posibilidades.
Theodore se pasó una mano por la cara y Edward puso cara de "Te lo dije", algo que solo lo enfadó más, pues tarde o temprano algo como eso tenía que suceder, ambos lo sabían.
—¿No se supone que estoy pagando miles de galeones en sobornos para controlar los movimientos de mi padre desde Azkaban? ¿Cómo se les pudo pasar una carta tan sospechosa?
—Theo. —dijo Edward con cansancio propio de quien sabe que tiene la razón— La verdad es que no puedes controlarlo todo.
Eso le hizo fruncir el ceño.
—No me interesa. Compra más gente, lo que sea. No aceptaré que algo como esto vuelva a pasar.
—El universo no se adapta a lo que vayas a aceptar o no. —dijo condescendiente— Pero de todos modos, antes de que pases de espiar correspondencia a ser paranoico y hacer uno de tus explosivos reclamos a esa pobre chica, te aviso que no tengo una sola noticia de que Hermione Granger haya ido a ver a tu padre.
Dijo su nombre adrede. Cuando se trataba de Hermione Granger, Theodore se enojaba el triple si se mencionaba su nombre, pero era efectivo para que se le grabaran los mensajes.
El muchacho, sin embargo, ignoró el comentario.
—Hay otra cosa. Dumbledore me quiere imponer una especie de regla de asistencia a la escuela. Dice que si sigo saliendo me catalogaría como estudiante a distancia. Ya escribí a Frederick para que encuentre un modo de que el anciano deje de molestarme, ayúdalo si te lo pide.
—Ya que mencionas el tema ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Adelante. —contestó de mal humor.
—¿No has considerado que lo mejor sería que dejaras Hogwarts y te establezcas en el Dominio?
Theodore le miró como si se hubiera vuelto loco.
—No. —dijo tajante.
—¿Por qué? —preguntó mientras se cruzaba de brazos. — A estas alturas ya no necesitas la escuela y el Dominio necesita ser vigilado de cerca, de preferencia por tí. Tus magos necesitan verte más seguido.
— Aún no es el momento.
—¿Entonces cuándo?
—Cuando consiga reforzar la magia de la Casa del Norte.
Edward entrecerró los ojos— ¿Que eso ya no estaba resuelto? Tú dijiste que hoy…
—Hay complicaciones —se excusó.
—¿Complicaciones? —Edward miró la carta otra vez, luego a Theodore de nuevo y conectó los hilos. Finalmente rodó los ojos— Oh, Merlín.
Theodore miró para otro lado mientras él se pasaba la mano por la cara con cansancio.
—Entonces el plan B. —dijo— Usemos mi sangre, conjuremos la magia y volvamos segura la casa. Podemos ir ahora mismo y hacerlo; podrás dejar Hogwarts para el medio día.
—No. —replicó Theodore sacudiendo la cabeza— El plan original se mantiene.
Edward le miró con el ceño fruncido, mientras él de nuevo apartó la mirada.
—¿Por qué exactamente? —preguntó muy serio.
La paranoia de Theodore sobre la magia de la casa no era reciente, sino cosa de hace algunos meses. Toda esa investigación lo llevó a deducir que no había forma de hacer la casa inexpugnable, pero gracias a que hace poco una persona que no tenía deseos de atacar a Theodore había sido sido atrapada por las defensas, Theodore había descubierto que si había un modo de reforzar su magia. La sangre de Star Matthews que fue absorbida por la casa fortificó ligeramente la magia.
Originalmente la magia de sangre con la que habían sido conjuradas las defensas fueron alimentadas con la sangre de Alyssa Nott bajo un principio de protección mágica. Un deseo mezclado con sangre y magia. La única manera de reforzar eso, era replicar el conjuro. Para eso, Theodore necesitaba magia y un poco de sangre de alguien que tuviera el deseo de protegerlo, mientras más fuerte, mejor.
Apenas Theodore descubrió eso, había decidido que su primera opción sería Hermione Granger, mientras la segunda era Edward y no había admitido réplicas al respecto. O al menos no había discutido lo suficiente.
—No tengo que darte explicaciones —dijo esquivo.
Se frotó la frente y le lanzó una mirada aburrida a Edward, quien aún se veía inconforme y comenzaba a sentirse molesto sin entender demasiado por qué.
—Últimamente has sido un pequeño patán y ya puedo imaginar esas "complicaciones" —replicó con cansancio y sin pensar demasiado— ¿Estás seguro de que ella es la mejor candidata? Te advertí desde el inicio que tu novia era una opción muy voluble.
Theodore se ponía histérico cuando decía en voz alta la relación que tenía con la niña Granger, por eso le dejó casi con la boca abierta que esta vez él no reaccionara de ese modo y en su lugar sonara tan... tan...
—Los deseos en la magia de sangre permanecen imperturbables en el tiempo, es una teoría básica. Si no fuera así, no existirían las reliquias mágicas.
"Inseguro"
Edward miró con atención sus gestos: Se cruzó de brazos y podía ver cómo retorcía sus dedos y parecía bastante intranquilo.
—Tú lo has dicho, teoría. —dijo cada vez más desconfiado— Como sea, ¿Qué tan grave fué?
—No importa. —dijo Theodore, mientras agitaba la cabeza— Ya lo arreglé.
—¿Entonces cuál es el problema?
—Tendría que llevarla a la casa del Norte —dijo Theodore.
—¿Y?
—Luego bajar al sótano.
—Obviamente.
—Va a asustarse.
Edward hizo una mueca y luego suspiró con cansancio.
—La casa del Norte puede ser intimidante para cualquiera, pero ¿Asustarla? ¿Es en serio? ¿La chica que estuvo corriendo en el bosque con un hombre lobo persiguiéndola? ¿Quién voló sobre una criatura mágica desde Escocia hasta Londres para pelear con mortífagos? ¿Estás seguro de que hablamos de la misma persona?
Eso terminó de agriar el humor de Theodore.
—No es lo mismo —dijo él.
Edward se cruzó de brazos pensando en replicar, pero entonces se dió cuenta de que efectivamente no era lo mismo. Hermione Granger enfrentaba a la magia Oscura junto a sus amigos, no participaba en sus rituales. Y eso era lo que su experimento de "novio" iba a pedirle.
Miró de nuevo a Theodore e identificó la postura insegura de inmediato.
"No quiere asustar a la chica" pensó entre asqueado por lo cursi que sonaba y al mismo tiempo, compasivo porque en el fondo él era igual de cursi. Además, Theodore continuaba siendo tan noble como lo había conocido.
"Después de todo, cuando se trata de amor es normal que pongas el bienestar de la otra persona por encima de tu egoísmo"
—Supongo que tienes un punto. —dijo resignado.
—Claro que sí. —dijo Theodore malhumorado— Sería muy estupido pedirle eso ahora mismo, sería como tirar el trabajo a la basura.
—¿Trabajo?
Theodore alzó una ceja— ¿Crees que es sencillo? —preguntó como si no fuera algo obvio— Es demasiado lista, es difícil conseguir que no cuestione todo. Por suerte es bastante sentimental, con las palabras adecuadas se calma. —dijo encogiéndose de hombros— Tú lo dijiste, no importa el problema, sino conseguir que te perdonen.
Edward pasó del rostro serio a uno sonriente.
—Theo —dijo mientras sacudía la cabeza— ¿Puedo hacerte otra pregunta?
—¿Ahora qué?
—¿Qué va a pasar luego?
—¿Luego de qué?
—De que esa chica te de su sangre para reforzar la magia.
—No lo había pensado. —dijo frunciendo el ceño— Supongo que le daré un regalo. Pasaremos por la bóveda, así que supongo que podría escoger lo que sea que ella quiera.
—¿Y luego de eso?
Theodore entrecerró los ojos— No lo sé. Pensaba en que para entonces conseguiría un intermedio entre estar en casa y en Hogwarts, ese anciano no va a expulsarme.
—Theo, sabes a qué me refiero. —dijo mientras enojo inexplicable subía desde su estómago.
—No, no tengo idea —dijo cruzándose de brazos.
—¿Se te olvida que estoy al tanto de todo?
—No es tu asunto. —respondió irritado y caminando lejos.
Eso de alguna manera fué como ser golpeado.
—¿Qué vas a hacer? —dijo mientras el niño le daba la espalda— ¿Siquiera lo has pensado?
—Dije que no es tu asunto.
Otro golpe.
—¿Qué? ¿Que no es mi asunto? Todo el tiempo hago todo lo que está en mis manos para ayudarte y…
—Entonces no me ayudes con esto, —dijo sonando enfadado— yo no te lo pedí.
...
—Estuve esperando, —dijo entre enojado y dolido— tres días de solo desaparecer sin noticias y….
—¿Cuando te lo pedí? —contestó ella.
—¿Qué?
—Nunca te pedí que esperaras. —dijo mientras se sacudía el cabello y se quitaba la capa— Honestamente, esperaba que ya no estuvieras aquí. A veces esa actitud tuya de mascota leal es… molesta.
...
Edward sacudió la cabeza, tomando control de su desbocada mente.
—¿Cuándo vas a terminar con ella? —preguntó.
Theodore solo le miró de reojo por sobre el hombro.
—¿Tengo que hacerlo? —preguntó él de vuelta.
Edward sonrió como maniaco— ¿No quieres?
—Yo decidiré eso.
—No, no puedes decidir. —dijo aún sonriendo— Si entiendes que en algún momento va a dejarte ¿Cierto? Va a cansarse de tí y te dejará. Tú lo sabes. Yo lo sé. Solo estás atrasando el momento.
...
Inesperadamente, ella sonrió.
—Hace un tiempo probablemente tendrías razón —dijo mientras se peinaba el cabello con las manos. Estaba totalmente tranquila, algo totalmente nuevo, pues normalmente se hubiera vuelto loca. — No va a dejarme. Las cosas son diferentes ahora. —declaró.
Él sonrió de vuelta.
—Claro, diferente. ¡Va a casarse! —dijo negando con la cabeza— No hay manera de que el perfecto Rosier rompa su palabra. Tenías burlas muy ingeniosas para mi madre hace años ¿Te las dirás a tí misma cuando te mires al espejo? Creí que eras más orgullosa que eso Emma.
Ella solo sonrió de nuevo.
—Ah, Edward. Tus oídos no sirven. Las cosas… son diferentes.
...
—¿Dejarme? ¿Por qué lo haría? —preguntó Theodore.
Edward sacudió la cabeza de nuevo.
—¿Por qué no? —replicó Edward— Planeas ir a la guerra por el Lord si eso te conviene. ¿Crees que ella seguirá contigo después de eso? Conozco el tipo de persona que es ¿Crees que lo soportaría?
—Sé perfectamente el tipo de persona que es. —dijo él, con toda serenidad— Es noble y buena, así que le gusta creer que la gente también lo es. Haga lo que haga va a perdonarme, siempre lo hace. Se como hacer que me perdone.
Lo dijo con tanta seguridad que a Edward le dieron escalofríos.
—¿Y luego? ¿Luego de la guerra?
—Suficientes preguntas. Me voy. —dijo dándole la espalda de nuevo.
Pero Edward fué más rápido y se plantó delante.
—Theo. —dijo mientras sacudía las manos delante de él y con la cabeza hecha un lío, queriendo sujetarlo pero vacilando en hacerlo. Incluso su sonrisa vacilaba— Theo, tengo que saber. Por favor, tengo que saberlo. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué va a pasar luego? —dijo errático— Y digo, "luego" no mañana, no en una semana. No un año. Hablo de dentro de cinco años, diez. Cuando te gradues. Cuando te cases, porque tienes que casarte con una sangre pura, se que lo has planeado. Theo, ¿Qué va a pasar? Tengo que saberlo.
—Estás siendo ridículo. —replicó él muy enfadado— Ya te dije que es mi asunto y ya te prohibí meterte en esto. Lo que haga o deje de hacer es mi problema y si tanto te incomoda entonces lo mejor que puedes hacer es mirar hacia otro lado.
Theodore pasó de largo y siguió caminando, pero la mano de Edward sobre su hombro lo detuvo.
—No. No puedo mirar hacia otro lado, no en algo como esto.
—Suéltame.
—Estás siendo muy retorcido, Theo. Tú no eres así. —dijo sacudiendo la cabeza.
—Dije que me sueltes —replicó Theodore enfadado.
—Theo, espera. Escuchame. —dijo mientras clavaba sus dedos en su hombro— Puede ser confuso para tí, pero en realidad es muy sencillo. Enamorarse es tan normal como pescar un resfriado y como una maldita droga. Amar a quien te ama es algo muy afortunado y es normal que no quieras alejarte de quien te da amor, pero está vez es necesario, no te queda de otra. No suena bien, pero te sentirás mejor después. Es lo correcto. Aunque la pases mal, es lo correcto.
Theodore se quitó de encima la mano de Edward casi con repulsión.
—¿Qué? ¿Amor? ¿En serio? —dijo— A lo mucho sólo estoy siendo un poco caprichoso. No seas ridículo.
—No hablas en serio.
—Hablo muy en serio.
Edward apretó los dientes mientras el estómago se le revolvía y sentía ganas de vomitar.
—Entonces ¿Luego qué? ¿Cuándo termina este capricho? ¿Hasta qué punto Theo? ¿Tendrás una esposa pura en una casa y dejarás a la amante en otra? ¿Quieres tus propios mestizos?
Theodore calló por eternos segundos.
—Mi familia nunca ha pensado mal de los mestizos. Siempre que sean útiles, educados y listos. Mis magos los tratarían bien, si eso te preocupa. No somos como los Greengrass.
La cabeza le dió vueltas. Se arañó la parte interna de las palmas de las manos, era como una pesadilla.
—No lo acepto y sabes muy bien por qué, te lo he contado. —dijo negando con la cabeza— No puedes ser tan cínico. Tan egoista.
—¿Y qué si lo soy? —dijo alzando las manos— Puedo ser lo que yo quiera, hacer lo que yo quiera y nadie puede detenerme. Puedo conseguir lo que yo quiera. ¿Vas a decirme que no es justo? ¿Te indigna? ¿O acaso solo es envidia? —dijo entrecerrando los ojos— Algunos impuros sin sentido común no entienden su posición y suelen envidiar la vida de los que somos puros. Nunca he sentido culpa por eso y no voy a comenzar ahora. Tu vida trágica no es mi culpa, es tonto recriminarmelo a mí, culpa a tu propia suerte. A tu tonta madre, a tu desconocido padre. Si quieres culpa a la deidad de los magos por poner tu inconforme alma en tu impuro cuerpo.
—Pequeño patán engreído —susurró Edward en medio de una sonrisa forzada.
—¿Ahora me insultas? —replicó Theodore indignado— Bien, hazlo si te hace sentir mejor. No es la primera vez que alguien quiere desquitar sus tragedias personales conmigo. Vamos, sigue intentando sermonearme, no deja de ser patético.
—¡Cállate!
Edward, totalmente fuera de sí, llevó la mano a la varita mientras por su mente desfilaban una cantidad anormal de maleficios de dolorosos a casi mortales.
La única manera que conocía para defenderse de lo que lo sobrepasaba era la violencia y ahora quería ser violento.
"Cuando la gente grita de dolor ya no puede herirte"
Quería lastimarlo, quería dañarlo al punto de que entendiera y supiera lo mucho que le estaba lastimando y que esa era su venganza.
Pero cuando iba decidir dónde apuntar y vio su cara, toda esa rabia se esfumaba como si alguien se la hubiera llevado y apartaba la mano de la varita.
"Es Theo" pensó mientras apretaba los dientes con fuerza, perdiendo toda la ira "Es Theo, allí dentro está el Theo que conozco. El Theo que protegí, que eduque. El niño bueno. Mi Theo"
—No. Tú cállate. ¿Quién crees que eres? —dijo Theodore muy enfadado— Te tomas demasiadas libertades conmigo. Lo que todo el mundo decía de ti era verdad, solo eres un arribista que no se comporta como debe. Vuelve a tocarme y haré de tu vida un infierno. Puedo hacer que desees estar muerto.
—¿Quieres matarme? —preguntó sonriente y herido.
Theodore alzó su varita.
—No me tientes, Greengrass —dijo amenazante.
Edward hizo amago de llevar la mano a la varita instintivamente para al menos defenderse, pero lo miró de nuevo y supo que no podía siquiera hacer eso. Sintió que los ojos le ardían y que se le oprimía el pecho. Rabia, desprecio y dolor.
Eso era su corazón rompiéndose. Otra vez.
"Sentimentalismo idiota y sueños tontos" se dijo.
Había fallado en todo, lo había intentado y dado todo y al final no había conseguido nada. Otra vez.
"Odio esto" pensó cansado. Y como quería llorar, en su lugar se echó a reír.
En algún punto de toda esa confusión y dolor, por alguna razón Theodore lo atacó. El cuerpo de Edward reaccionó más por inercia e instinto de supervivencia que por voluntad propia. Su mente, totalmente desbocada, estaba en otro lugar. Otro sitio, probablemente más turbulento que aquel.
….
—Entonces….
—Entonces, así están las cosas. —dijo Emma mientras se pasaba una mano sobre el vientre. — Es inesperado, pero afortunado.
—E-emma… —dijo prácticamente tartamudeando— yo… yo no puedo aceptar esto.
—No tienes que hacerlo. Oficialmente, este no es tu asunto. No hay complicaciones para ti. Sé que eres bastante cursi y sentimental a veces, pero puede arreglarse. Aquí hay poción de Hershay, —dijo mientras apuntaba a una copa— puedes tomar un poco, así no lo recordarás y estarás bien luego de eso.
Edward se había sujetado la cabeza y se había sentado en el sillón del salón mientras miles de pensamientos inundaban su mente y se hundía poco a poco en un lugar oscuro.
Pronto, Emma se sentó a su lado y le tomó la cara con las manos para hacer que la mire.
—Edward, no sé trata de ti, se trata de mi. —dijo con su dulce voz— Soy una sangre pura, no puedo tener un mestizo.
—Pero yo…
"no soy mestizo" eso iba a decir, pero entonces el secreto mágico hizo su trabajo y le rasgó la garganta como si fueran espinas y ahogó sus palabras.
—No seas dramático. —dijo Emma de pronto enfadada ahora— Las cosas son así, hay que ser pragmáticos. Con esta situación se arreglan muchas cosas. Me casaré con Evan y con apoyo de su familia tomaré el Dominio de tío Philip; él no tiene hijos y para entonces las noticias de mi embarazo estarán en boca de todos, la necesidad de sucesión hará el resto.
Edward estuvo a punto de estar de acuerdo. Era un plan tonto, pero efectivo. Si no estuviera involucrado, seguramente lo apoyaría. Pero…. Pero sentía un hueco profundo y enorme en el pecho, un oscuro hueco que parecía consumirlo todo. Era como volverse un poco más loco.
—¿Qué va a pasar luego?
—¿Luego de que?
—¿Cómo continúa el plan?
—No tienes que saberlo.
—Quiero saber. Necesito saber.
Ella se lo pensó.
—Luego no dirás qué soy una mezquina. De acuerdo, te lo diré. Pero promete beber Hershay después.
—Está bien.
—¿Qué quieres saber?
—¿No crees que Rosier no se dará cuenta de que no tiene su sangre? ¿Cómo vas a engañarlo? Tiene que ser perfecto si no...
—¿Engañarlo? No hay necesidad —dijo ella sacudiendo la mano— Necesito el matrimonio, no a esta pequeña cosa. Lo arreglare antes de que sea un problema, te lo aseguro. Ahora, Hershay. Bebelo.
Emma le tendió la copa, Edward estiró la mano y golpeó la de Emma con fuerza, haciendo que la copa y la poción volarán por el aire.
Ella lo abofeteó, él hizo lo mismo.
La magia hizo el resto.
No era la primera vez que lanzaban magia el uno contra el otro, pero solo en prácticas, nunca en serio. La casa tembló con la intensidad de cada uno de los ataques, Edward lo recordaba bien.
Emma era una duelista demasiado cruel, impulsiva y hasta sanguinaria, Edward, sin embargo, era más metódico y paciente, era mejor observador. Veía el ataque y contraatacaba de la manera más eficiente posible.
Al final, luego de un choque de magia, las varitas de ambos terminaron hechas trizas. Emma sacó un cuchillo y terminaron yéndose a las manos. En ese campo, Edward era más fuerte, solo por eso ganó.
Emma lo miraba desde el suelo y Edward, sentado sobre su estómago y cegado por emoción del combate y el instinto asesino a flor de piel, estaba llevando sus temblorosas manos a su cuello.
—Eso, —dijo ella— después de todo eres este tipo de persona, una mascota ingrata. Si no puedes tenerme quieres matarme. Adelante, termina de una buena vez.
Pero para entonces Edward se había detenido y finas lágrimas habían comenzado a salir de uno de sus ojos.
—¿Cómo puedes ser tan cruel? —le preguntó con la voz rota— ¿Alguna vez has pensando en mí como alguien importante y no solo útil?
—Siempre cursi. —dijo ella con desprecio mientras echaba la cara hacia un lado— No quiero ver esa patética cara, termina de una vez. Esta será una muerte aburrida, si ahora me odias pensé que al menos iba a ser interesante, que decepción.
—Te amaba tanto que hubiera hecho lo que sea por ti. Si al menos hubieras fingido que deshacerte de algo nuestro, algo mío, era difícil, seguramente te seguiría amando. —susurró Edward. — Pero me has roto el corazón. Ojalá tengas esa muerte interesante que tanto quieres.
….
Edward tenía los ojos cerrados. No necesito sacudir la cabeza para regresar, pues lo había hecho cuando se dió cuenta de que el intercambio mágico había terminado. Era un maldito deja vu, el como todo se repetía de nuevo, pero con personajes distintos y situaciones parecidas.
Ahora también había ganado.
Cuando abrió los ojos vió a Theodore en el suelo, intentando recuperar aire por el golpe que terminó dándole en el estómago. Su varita estaba a unos centímetros de su mano y estaba a punto de alcanzarla, pero entonces Edward le lanzó una maldición que la partió en tres partes.
—Mocoso engreído —masculló para luego pisar la mano del engendro crecido cuando intentó tomar la segunda varita que siempre cargaba.
El engendro le miró con desprecio y eso lo enojó tanto que decidió cambiarle la cara con una patada en el estómago.
—Mi plan original era mejor. —se dijo a sí mismo en voz alta— Pero siempre he sido cursi y un maldito soñador. La esperanza siempre fué una maldita perra con la que me ilusiono como idiota. Tuve que haberme dado cuenta de eso hace años, pero nunca aprendo.
Edward empujó con el pie al engendro para que se girara sobre su espalda y fuera más fácil sentarse sobre su estómago y terminar todo.
Mientras, su mente divagaba y divagaba.
Aquel entonces no tomó la vida de Emma, no había podido, lo único que hizo Edward fue usar magia para irse de allí sin mirar atrás y se prometió no mirar atrás nunca, eso había decidido.
Cuando a Antón se le pidieron magos para la guerra, ordenó a Edward ir y él no se resistió. En la guerra conoció a muchas personas extrañas y otras interesantes, gente del bajo mundo con conexiones y negocios ilegales que prometían mucho. Edward se los ganó a todos y en medio de sus oscuros pensamientos e intentos de asesinato, creyó que podría hacer algo como eso en su futuro desdibujado y gris. Había pasado por mucho para sobrevivir, no iba a rendirse tan fácil.
Cualquier noticia del mundo mágico, la ignoraba y fingía no saber nada.
Cuando supo que Rosier había muerto, se alegró.
Cuando llegó a sus oídos que Emma estaba huyendo de Philip por traición, se rió mucho.
"Ahora tendrás la muerte interesante que querías" Había pensado. Se había alegrado por fuera, pero estaba destrozado por dentro.
En el auge de la cruel e injusta guerra, había que sobrevivir, fuera cuál fuera el bando ganador. Con una red de soplones de medio pelo y aliados que se volvían enemigos en un abrir y cerrar de ojos, Edward lo estaba consiguiendo. Estaba en Hungría cuando alguien de la red de soplones del país le dió un mensaje que nadie entendía.
Pero Edward lo entendió de inmediato.
Era una cita. Un lugar, una hora y un día, y solo una persona podría haber codificado de ese modo.
Edward había decidido no ir, pero llegado el momento, terminó yendo. Estaba a una calle del lugar cuando la vió en ese café muggle. Estaba sola, junto a una enorme ventana… esperando.
Espero más de dos horas.
Y Edward no cruzó la calle. Nunca cruzó la calle.
—¿Ahora qué? —Habló la cosa apenas, sacándolo de sus pensamientos e inútilmente intentando ocultar el miedo en su voz— ¿Tú también eres un traidor? ¿Desde cuándo...?
Edward se acuclilló contra él y prácticamente puso una rodilla sobre su pecho, cortándole la respiración y haciendo que no pueda hablar.
—Que lindo rostro asustado has puesto. —le dijo sonriente— Pero no. No soy ningún traidor. No ha habido nadie más leal a ti que yo.
"Fui leal" se dijo "lo di todo. Aposté y perdí. Perdí desde que no cruce esa calle. Todo hubiera sido diferente si hubiera cruzado la calle".
Edward se llevó una mano a la cara. Sacudió la cabeza. Los recuerdos de nuevo arremolinándose en su mente.
No cruzó la calle, no lo hizo. En su lugar, esperó pacientemente a que Emma decidiera irse, entonces la siguió. Aún entonces guardo esperanzas… pero cuando ella llegó a su escondite… ella estaba sola. Sola. Y con eso Edward entendió que ella había hecho como había planeado: No se permitió tener un mestizo. Y ahora la odiaba más.
Ni siquiera media hora después, Edward bebió poción multijugos y se presentó ante la gente de los Nott ofreciendo vender la información de dónde Emma Nott se escondía y consiguió mucho dinero con eso. Prácticamente una bóveda entera llena de galeones para lavar y comenzar su pequeño reino en los bajos estratos del mundo mágico.
Vender a Emma a Philip fue un negocio redondo.
—Entonces ¿por qué? —preguntó el engendro, la confusión plena en su mirada.
—¿No lo sabes? —preguntó consternado— ¡Porque este no eres tú! —le gritó— No eres tú y solo haces estupideces, tus oportunidades se acabaron. A este paso de todos modos terminarás muerto.
—¿Entonces de qué plan estás hablando? ¿Vas a matarme? ¿Ahora?
—Podría, de verdad podría. —dijo Edward condescendiente— Sería menos doloroso para ti. Rápido. Casi caridad. Solo eres un niño con magia, no tienes fuerza y no sabes pelear, el día que te acorralen y te quiten tu varita estarás acabado. No voy a ver eso y sentirme culpable por no haber podido protegerte. Prefiero hacerlo yo mismo. Así se acabará todo.
Edward se sentó sobre el estómago de Theodore. Llevó una mano a la espalda, sacó la daga de la funda que siempre tenía atada allí y balanceó el arma filosa entre las manos.
—Será poético. —dijo con mirada soñadora hacia la daga— Yo también moriré por esto.
Edward miró hacia abajo y levantó el cuchillo. La cara del niño era de puro pánico, totalmente en shock.
—No me mires así. —le reprochó— No soporto ver en lo que te has convertido y no quiero ver en lo que te convertirás. Me has roto el corazón.
Edward sujetó con fuerza la daga, pero Theodore atrapó sus manos con las suyas y hubo un leve forcejeo.
—No, Edward por favor, no. —dijo Theodore, aún sonando asustado.
—No, Theo. Estoy cansado. —dijo con tristeza infinita, intentando seguir, tirando con fuerza pero sin poder conseguirlo pues el filo había cortado la carne y las manos las tenía totalmente resbaladizas— Todo esto solo han sido esperanzas estúpidas puestas en un mago que podía ser grande y solo quedas tú. No vale la pena tanto esfuerzo.
Pero miró de nuevo al niño a los ojos, la mirada suplicante. En medio del forcejeo, una gota de sangre le cayó sobre la mejilla muy cerca de uno de sus ojos, así parecía como si estuviera llorando.
—Suerte, Theodore Nott.
Edward tiró un poco más, pero Theodore lo sujetó con fuerza y tiró para su lado. Pronto ambos estaban casi sentados uno frente al otrootro forcejeando.
La daga, sostenida del mango por Theodore y siendo tirada de la parte filosa por las manos de Edward y dirigiéndose hacia su propio pecho, solamente estaba siendo más y más empapada de sangre de las manos de Edward.
—¡Dijiste que siempre estarías de mi lado! —gritó Theodore de pronto, con una voz llena de reclamo y súplica— ¡lo prometiste! ¡No vas a dejarme ahora! ¡Lo prometiste! ¡Edward, tú lo prometiste!
"Lo prometí, pero estoy cansado" pensó.
Pero entonces, recordó a quien le prometió eso. Se lo prometió a Theo.
Una vez más, volvió a sacudir la cabeza intentando salir de aquel agujero oscuro en donde en ese momento estaba su mente.
Theodore casi se cae por la fuerza con la que tiraba de la daga cuando Edward por fin la soltó. Su respiración era pesada y no podía tranquilizarse, al punto en que sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Creyó que Edward iba a matarlo, en ningún momento se le ocurrió que lo que quería era terminar con su propia vida frente a él.
¿En qué demonios estaba pensando ese idiota? le miró con rabia y quería estar enfadado, muy enfadado, pero entonces… él abrió la boca.
—¿Estás bien? —preguntó entonces el mago.
Y con solo esa pregunta, Theodore tuvo otro de aquellos arranques en dónde la cabeza le podría estallar por intentar procesar todo lo que llegaba a sentir y que no sabía como ponerle nombre, una mezcla de añoranza, rabia, tristeza, congoja... y ahora, vergüenza.
Agachó la mirada y no sabía exactamente porqué, pero la mirada preocupada de Edward ahora mismo le generaba tanta... Culpa.
¿Qué estoy haciendo? Se preguntó.
—Tranquilo. —decía Edward— Acabo de perder la cabeza solo un poco, pero ya todo va a estar bien.
—Nada está bien —dijo en un murmullo y agachando la mirada, la culpa subiendo por su revuelto estómago y haciéndole un nudo en el pecho.
Pero entonces, escuchó a Edward suspirar y luego reir de una manera muy suave. Luego, vió como llevaba las manos al rostro de Theodore y hacía que este levantara la cabeza con mucho cuidado.
—Ahí estás. Este si eres tú. —murmuró sonriente, los dorados ojos casi brillantes— No te preocupes Theo. Lo arreglaré. —dijo de pronto— Lo arreglare, solo necesito un poco más de tiempo y…
Edward volvió a sacudir la cabeza, se puso de pie y miró al reloj y otra vez a él.
—¿Por qué no estás en la escuela? Merlín… —dijo mientras se llevaba una mano a la cara y se manchaba de rojo la mejilla al mismo tiempo— Deberías estar durmiendo.
Theodore sentía que no podía respirar.
—Te llamé y no apareciste. Vine a ver qué pasaba. —dijo mientras también se ponía de pie, la voz a punto de romperse e intentando sujetar al mago— Edward, espera, no te muevas mucho. Tus manos...
—Oh, no. Tu varita. —dijo entonces él, mientras se agachaba y levantaba los dos pedazos entre sus rojos y pegajosos dedos— Cielos. No era mi intención… demonios.
—¿Edward?
—Puedo arreglarla —dijo rápidamente mientras caminaba de un lado a otro y dejando un rastro de gotas de sangre escurriendo de sus manos por donde pasaba— puedo hacerlo…. O mejor dicho, conozco a alguien que puede. Solo tengo que llevarla y estará como nueva. Solo… solo hay que llevarla con… con…
—Edward…
—Lo siento Theo. —dijo entonces, mirando hacia la varita rota— Conozco al tipo, pero no recuerdo su nombre justo ahora. Un minuto, solo dame un minuto y lo recordaré, llevaré tu varita y todo estará bien otra vez. Su nombre era… su nombre...
Edward se sujetó la cabeza y luego miró hacia Theodore, luego a sus propias manos.
—No, no, no. —dijo mientras se echaba para atrás y se sujetaba la cabeza, luego hizo un puño con la mano y comenzó a darse golpecitos— yo solo… no hago nada bien.
—Basta. —dijo Theodore mientras intentaba detenerlo— Edward, no.
—Lo siento Theo. —dijo mientras se llevaba las manos a la cara y se dejaba caer al suelo apoyando la espalda contra la pared— Nunca puedo hacer nada bien. Esto es mi culpa. Todo esto es mi culpa. Lo siento.
Edward se lamentaba y sin importar la magia ni pociones que usó Theodore, sus manos simplemente no dejaron de sangrar.
A pesar de sí mismo, Theodore terminó por llamar a Sebastián McGrath y se llevaron a Edward a una casa de seguridad.
Él fué todo un medimago profesional y atendió a Edward en silencio, pero solo luego de asegurarse que la sangre en la cara de Theodore eran sólo manchas.
Sebastián trató las heridas en las manos de Edward y lo puso a dormir con pociones que por un momento se resistió a beber, pero lo hizo en cuanto Theodore le pidió que lo hiciera, solo un poco de persuasión y lo consiguió.
Mientras el mago dormía, le explicó a Sebastian parte de lo que pasó, solo la conveniente y aunque no sé lo pidió, Sebastián dió su opinión, su cruda opinión.
—Edward es inestable —le dijo.
—Sé que es inestable.
—No, no alcanzas a entenderlo. Hoy fué esto, mañana podría ser peor. —dijo mirando alrededor. — No puedes tenerlo cerca. Es un riesgo.
El estómago de Theodore se revolvió.
—Solo tuvo un mal día. Solo estaba alterado. —dijo evitando mirarlo a la cara y cruzándose de brazos.
"Y yo lo empeoré" pensó, la incomodidad de saberlo revolviéndose en el interior de su ser.
—La casa ya era un desastre cuando llegué, seguramente lo hizo él mismo. Dijo que terminó su relación con los Greengrass. ¿Viste su cuello? Tiene marcas, probablemente hubo violencia. Solo estaba más susceptible de lo usual. Edward... es así.
—Eso no quita el hecho de que te atacó. Lo mejor sería…
"Yo lo ataqué primero. Y realmente no iba a hacerme daño"
Theodore entonces sintió aún más culpa. Lo había menospreciado e insultado. Edward era muy sensible cuando se trataba de maltrato a los impuros y solía perder la cabeza por eso. ¿Por qué se había burlado? ¿Cómo pudo haberle dicho todo lo que le dijo?
—Yo decido lo que es mejor. —dijo él demandante— Y no habrá cambios. El lugar de Edward será el de siempre.
—No digo esto solo por tí. Lo mejor para Edward es descansar de todo por un tiempo.
Apretó los puños con fuerza y se clavó las uñas en las palmas de las manos, era casi un tick nervioso. Le pasaba cuando era niño, para resistir cuando su padre lo obligaba a abandonar cosas y costumbres porque ya era un niño grande.
—No. —dijo contundente. — Estoy seguro de que quiere quedarse.
—Theodore...
—Dejó a los Greengrass. Me pertenece ahora.
Sebastián solo negó levemente con la cabeza, como si estuviera decepcionado.
—Las personas no te pertenecen. No de ese modo. Mira, Theodore, todos tienen un límite y tú solo presionas mientras crees que nada saldrá mal, acabas de ver a alguien estallar. ¿A cuántos más crees que tienes que ver para entenderlo?
Su estómago se revolvió y un pesar increíble hizo que se le estremeciera el cuerpo. Miró las manos de Edward, la sangre pasando a través de las vendas, juntándose y cayendo una pequeña gota hacia el suelo y manchando las sábanas blancas.
También pensó en Hermione, diciendo que la había asustado y finalmente llorando.
"Edward también va a perdonarme." pensó mientras revolvía sus manos "No importa que haga, solo tengo que hacer que me perdonen."
—No es mi culpa. —Dijo sin pensarlo demasiado. — Tú solo haz que se recupere.
—Si, señor Nott.
—Ven conmigo —dijo Theodore apenas la vió.
Los golpes en la puerta la habían despertado y al mirar hacia el reloj vió que eran las dos de la mañana y casi no había dormido nada, puede que por eso Star lo siguió en silencio… o quizá el humor de ultratumba de Theodore y su aspecto descuidado la hubiera convencido de que era mejor no preguntar.
—Antes de continuar, debo hacerte una pregunta. Contesta con la verdad, voy a saber si estás mintiendo. —Star asintió en silencio— Cuando saltaste para cubrirme el día del ataque ¿Fué porque confiabas en que tu magia Praethor te protegería?
—No exactamente. —dijo Star— Mi vocación es ser un escudo, solo pensé en que alguien te atacó y que mi misión es protegerte.
Él la miró en silencio durante un instante.
—Si corro peligro, ¿vas a protegerme siempre?
—Soy Praethor. —dijo ella de inmediato— Y juré por tu familia. Protegeré el legado mágico de Nott.
—Los Nott. —dijo él pensativo— No precisamente a mi.
—Tu padre hizo que casi te maten, de ninguna manera estaría de su lado. —Star le miró con el ceño fruncido— Tú eres el legado mágico de los Nott. La familia Nott eres tú, solo tú.
Él no dijo nada por un largo momento.
—Sígueme —dijo finalmente.
Star no discutió y solo avanzó mientras miraba su espalda con algo de nervios.
Cuando se dió cuenta que caminaban hacia el pasillo que llevaba hasta las cámaras del subsuelo, ella casi se devolvió sobre sus pasos.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella.
Theodore se paró en seco y volvió la cabeza hacia ella.
— Al sótano. Necesito que me ayudes con algo.
Luego de decir eso, siguió avanzando. Star se mordió la mejilla y siguió caminando.
—¿Sabes la historia de mi familia? —preguntó Theodore de pronto.
Star se aclaró la garganta, pues el aire era pesado, hacía frío y todos sus instintos le gritaban que había magia peligrosa debajo de sus pies.
—Los Nott vinieron de Noruega. —dijo ella— Nott era un apodo…
—Un apodo de guerra —dijo él— "La noche que cae sobre sus enemigos". ¿Sabes por qué le dieron ese nombre a mis ancestros?
—¿El maleficio Tenebrae?
—Sí y no. —dijo él— Se supone que un ancestro mío creó ese maleficio, pero no es algo exclusivo de mi familia. Quien encuentre las instrucciones para conjurarlo puede hacerlo. Lo que poca gente sabe es de dónde sacó ese ancestro la idea de hacer magia tan precisa.
Theodore se detuvo frente de una pared, agitó la varita y pronunció algo en un idioma inentendible. Luego, puso una mano sobre la roca y cuando la retiró, apareció la entrada de un pasillo lleno de penumbras que parecía no tener fin. Cuando él conjuró un Lumus, Star pudo distinguir los escalones que bajaban y bajaban.
—¿Sabes acerca de las reliquias mágicas de Los Nott?
Star asintió despacio, recordando todas esas historias fantásticas que sonaban a leyenda; bueno, no tanto. Después de todo, justo en ese momento Theodore estaba usando una de esas famosas reliquias.
La capa.
Theodore avanzó entre la penumbra, la antinatural capa mágica balanceándose en su espalda a cada paso y fundiéndose con la oscuridad, casi como si fuera humo muy negro rodeando a su dueño.
—Si. —dijo ella mientras lo seguía de cerca. — He leído de ellos. La capa, los anillos gemelos, la daga y el martillo.
Star había estudiado todo, sabía que la daga había sido destruida, igual que el martillo. Los anillos los conservaban y la capa había estado perdida. Star había creído en su tiempo que encontraría pistas de la capa para encontrarla y ganarse la simpatía de los Nott.
—¿Sabes que hacía el martillo?
—Llamaba al sol.
Star escuchó reír a Theodore y ella sintió escalofríos, pero no sabría decir si era por nervios o por la presión de la magia tenebrosa que la golpeó en la cara y que se volvía más intensa a cada paso que daba.
—Seguramente debe haber un error de traducción en algún lado. "Llamar" es más como "Poder sobre algo" y "Sol" es como se le decía a la "luz del día". —Theodore se volvió ligeramente a ella, sus ojos azules brillantes en medio de la penumbra— El martillo podía llamar al sol… pero también podía hacer que se fuera. Los diarios familiares de hace más de un milenio dicen que el mago que se ganó el nombre de "Nott" para nuestra familia podía hacer que ciudades enteras no vieran la luz del día por mucho, mucho tiempo. —Theodore balanceo la mano libre— En una sociedad primitiva como en aquel tiempo, el Sol era prácticamente considerado un Dios que derramaba la bendición de la vida sobre la tierra. Alguien que podía derrotar a ese Dios sólo podía ser un Demonio y a ese Demonio lo llamaron "Nott".
Finalmente las escaleras se acabaron y la penumbra ya no era tan densa, pues había una fuente de luz débil en el techo. Theodore apagó su varita y ella pudo acostumbrar sus ojos a todo lo que había alrededor. Muebles de todo tipo con todo tipo de cosas en ellos. Joyas, cofres con galeones, libros con cubiertas brillantes, objetos que ella no conocía pero que parecían malditos o muy caros, allí había de todo.
—Esta es la bóveda de la casa. —dijo Theodore en tono presuntuoso— Aquí guardamos el oro y los secretos.
—Ya veo —dijo ella, entre nerviosa y cohibida.
—Claro, todo esto es parte de la distracción —dijo él— solo dinero. Si alguien puede llegar aquí para robarme, este es su premio.
—¿Qué?
Él asintió— A un ladrón le interesa el oro y si lo consigue se marcha. —dijo encogiéndose de hombros— Pero si es otro tipo de ladrón….
Theodore avanzó de nuevo y Star lo siguió en silencio. A cada paso, ella pudo notar que aún en ese lugar, las paredes estaban cubiertas de terciopelo rojo aunque no tan elegantemente como en los pisos de arriba. Allí abajo parecían más como si fueran raíces enredadas sobre la piedra.
Había cinco puertas de bóvedas incrustadas en la piedra, una enorme y dos un poco más pequeñas a cada lado, runas oscuras escritas sobre sus bordes destilando magia tenebrosa. Cada bóveda era distinta de las demás. La primera de la derecha parecía muy antigua, casi tallada como si fuera madera vieja. La segunda de la derecha era lisa como si fuera una pared más. La primera de la izquierda parecía expulsar aire frío. La segunda de la izquierda... despedía luz brillante de sus ranuras. Y la del centro… la del centro tenía cintas rojas saliendo por las grietas de la puerta de la bóveda, era casi como si se hubieran abierto camino en la roca.
Theodore se acercó a la puerta de la bóveda que tenía luz saliendo de sus grietas.
—Ocultate detrás de mí e intenta no mirar directamente —dijo él.
Luego, extendió la mano hacia la puerta de la bóveda y esta cedió al instante.
Al abrirse la puerta, Star se sintió cegada. La luz era demasiado brillante y tuvo que mantenerse oculta a la sombra de Theodore para lograr seguirlo.
Cuando la puerta de la bóveda se cerró detrás de ellos, Theodore volvió a extender la mano y la luz dejó de ser tan brillante.
—Se supone que brilla mucho cuando un Nott está cerca. A un máximo de dos metros, se apaga un poco, pero sigue siendo brillante.
Star abrió los ojos como platos. Dentro de esa bóveda de piedra, en el centro de todo, flotando sobre el suelo estaba una especie de burbuja enorme llena de una sustancia negra que se movía como si fuera una lámpara de lava. En el interior de la burbuja, había un enorme martillo de guerra que parecía hecho de oro y que brillaba con una intensidad que no podría describir con palabras.
Theodore, con las manos detrás de la espalda, contemplaba el objeto brillante.
Star frunció el ceño, llamarle "martillo" quizá no era apropiado, pues parecía más una tenebrosa y afilada hoz con la cabeza de un martillo detrás.
—La luz que desprende no es luz, si no calor. Los diarios antiguos dicen que el calor que producía el martillo fue lo que le dió la victoria al bando de los Magos en las guerras Dameonicas. —dijo él con voz aterciopelada— Todo tiene consecuencias, hacer que "el sol se vaya" fué la amenaza, hacer que regrese fue el castigo, el ataque real. Hay diarios que teorizan que fue eso lo que lo ha vuelto inutilizable. —él se paseó alrededor de la burbuja— Cuando mis ancestros siguieron usando el martillo, no se aseguraron de descargar toda la energía acumulada, todo se contuvo en el martillo y eso lo arruinó. Ahora su magia es inestable, si lo saco de la burbuja volverá cenizas todo a su paso en millas a la redonda, excepto a mi; por ser Nott, claro. Es como tener una bomba debajo de la casa.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó ella, entre maravillada y con un mal presentimiento invadiendola de a poco.
Theodore aún tenía los ojos pegados en el martillo.
—Es hermoso y brillante. —dijo— Me gusta lo hermoso, pero no lo brillante. Aún así lo quiero.
Star le miró con miedo.
—Antes estaba en la bóveda de la casa del Sur. —continuó— Mi padre lo trajo aquí porque planeaba liberar la magia y quemar esta casa, eso dicen los diarios. Al final no lo hizo y abandonó el martillo aquí.
Él por fin la miró a ella.
—Si acerco mis manos, atraeré su magia. Solo necesito un poco —Theodore se quitó los guantes y arremangó las mangas de la capa— Necesito que me saques de aquí cuando lo haya conseguido. Tu magia de Praethor podría protegerte de la burbuja que contiene al martillo, pero no creo que sobrevivas si su magia se libera.
Star, con los oídos zumbando, solo asintió.
La magia antigua es difícil de explicar, Star creció rodeada de magia antigua única, por lo tanto entendía la belleza y peligro de lo que ocurría frente a sus ojos.
Theodore se cortó las palmas de las manos y empapadas en sangre, las metió en la burbuja y el martillo sencillamente se volvió loco lanzando haces de luz por todos lados. La forma en la que la energía liberada reaccionaba al contacto con las manos ensangrentadas de Theodore era difícil de explicar.
Era como recoger oro del aire.
O robar luz entre tus dedos.
Star tomó a Theodore de los codos y uso toda la fuerza que tenía, pero por un momento fué como si la magia tirara de él hacia el martillo, arrastrandola a ella también incluso. Star tiró con más fuerza, igual que Theodore.
—Un poco más —dijo Theodore— Solo un poco más.
Luego de unos segundos más de forcejeo, ambos trastabillaron hacia atrás. Theodore se cayó, Star consiguió quedarse de pie.
—Tus manos…. —dijo Star sin aliento mientras se apresuraba a ayudarlo.
—Aún no, hay que ir afuera —dijo él, soportando el dolor.
Star se puso a su espalda y le ayudó a ponerse de pie, luego le sujetó del brazo y avanzaron juntos. La Bóveda se abrió y a sus espaldas, el martillo volvió a brillar con una intensidad que quemaba. Cuando la bóveda se cerró, Star tenía el cuerpo adolorido y bañado en sudor.
—¿Qué pasa si alguien que no es Nott abre esa bóveda? —preguntó ella.
—No lo sé. —contestó él— Supongo que se quemaría. Vamos a la bóveda de en medio.
Star obedeció.
La bóveda se abrió con solo una palabra dicha por Theodore. Allí, dentro, algo muy distinto les aguardaba. Theodore avanzó primero, la luz brillando entre sus manos cubiertas de sangre.
—Sígueme —dijo Theodore.
La puerta se cerró detrás volviendo todo a penumbras y solo la luz que Theodore llevaba en las manos iluminaba ciertas partes de la bóveda.
Star miró a su alrededor. Había un olor allí que no le gustaba y todos sus sentidos le decían que no debería acercarse, aún así siguió a Theodore.
—Todo el mundo al menos debe sospecharlo, que esta casa actúa como si estuviera viva. Podría decirse que este es —dijo él— el corazón de la casa.
Star, boquiabierta, sintió que podría vomitar. Fué un reflejo el llevarse las manos a la cara para cubrirse la boca.
Theodore volvió la cabeza para mirarla.
—Es tétrico, lo sé. Puse la misma cara que tú la primera vez que bajé aquí.
—No lo entiendo. —dijo ella casi mareada— Esto es… es…
—Magia de sangre. —dijo él— Antigua y poderosa magia de sangre. Mi madre lo hizo para mí cuando era niño. Ella tenía un corte en la mano que nunca sanaba, ponía un poco de su sangre aquí cada día. —dijo mientras se acercaba a una cúpula en el suelo— Primero lo hacía sola. Luego comenzó a traerme a mí… la primera vez vomite. La segunda fué más fácil, solo unas cuantas gotas. Lo recuerdo como un sueño, pero eso de verdad pasó.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó ella.
—Probé muchas cosas. —dijo Theodore— He investigado la magia y encontré la manera de mejorar la magia de la casa. Por eso estamos aquí.
Theodore entonces, extendió las manos sobre la cúpula y dejó caer el cúmulo de luz sobre ella. La cúpula absorbió la luz y luego de un "Click", la parte superior de la cúpula se elevó.
—Mi madre era muy lista. —dijo él con orgullo en su voz— Creó esta protección en la casa y la selló con maleficios que podían disolverse por magia que solo los Nott podrían usar, pero solo con la combinación de mi sangre. Ahora… acércate Star.
Ella dudó. Aunque quería hacerlo, sus pies no respondían.
—¿Tienes miedo? —preguntó él.
—Si. —contestó ella— Hay magia muy oscura ahí. Puedo sentirlo.
Él se giró hacia ella.
—Lo sé. Es magia tenebrosa. Es un pacto oscuro con promesas de muerte, pero usadas para protección.
Star sintió escalofríos.
—La casa está maldita.
—No precisamente. —dijo él— La casa tiene una sombra sobre ella, una especie de promesa: "Alguien morirá aquí y puedes llevártelo". Mi madre le dió vida a esta casa y la vinculó a mi, cuando alguien me amenaza la magia despierta y me protege, pero al mismo tiempo toma su parte. Por eso las paredes son rojas. Toda la sangre de mis enemigos viene a parar aquí.
Él entonces apuntó a la cúpula.
—Pensé que la casa solo te protegía.
—Claro que me protege. —dijo él muy serio— Si quieres seguir comiendo, por supuesto que vas a proteger a la carnada que atrae a la comida.
Star sintió de nuevo que podría vaciar su estómago.
Theodore se giró a la cúpula otra vez— Aquí hay dos rastros de sangre. La de mi madre y la mía. La de mi madre es la que inició todo y la mía la que mantiene activa la magia.
Star vió como él extendía un objeto brillante hacia ella. El brillo de un cuchillo, el mismo cuchillo que él usó para cortarse las palmas de las manos.
—Quienes planearon el ataque descubrieron cómo hacer lenta la reacción de la casa, ahora necesito reformular la magia. —Star seguía perpleja— Y eso es con sangre. La base de todo, es la protección. Mi protección. Cuando la casa te atrapó el otro día, pude sentir la diferencia. Lo diferente que es atrapar a alguien que quiere atacarme y alguien que no. Tu sangre no era "comida", era más como una especie de "refuerzo" a la casa. Entonces, supe que si quería mejorar la magia, debía incluir la de alguien que esté de mi lado.
—¿Por qué yo? —preguntó de inmediato— ¿Por qué no Edward?
Theodore, prácticamente suspiró.
—Edward es tan bueno haciendo que confíe en él que a veces olvido que se acercó a mi familia gracias a una promesa mágica que le hizo a mi padre y que hasta ahora no me dice de que se trata.
Star se mordió el interior de la mejilla— ¿Crees que él va a traicionarte?
—Claro que no, pero no puede ayudarme ahora. La verdad es que no sé quién va a traicionarme en el futuro. Pero luego de todo lo que ha pasado, creo que eres una de las últimas personas que lo haría.
"No de nuevo" pensó ella como si fuera una promesa silenciosa. "Nunca de nuevo".
Star extendió la mano y tomó el cuchillo que Theodore ofrecía.
—¿Tendré algo a cambio?
—Es lo justo.
Star entornó los ojos como platos. Ante esas palabras, solo asintió.
La magia antigua era una cosa espeluznante y al mismo tiempo, impresionante.
La sangre resbaló entre sus dedos y cayó dentro de la cúpula, Theodore hizo lo demás. No había luces brillantes como en la otra cámara, pero la energía en el aire era sobrecogedora. Fue silencioso y oscuro, tenebroso incluso, pero no tanto.
—Quiero jurar —dijo Star mientras le tendía la mano.
Ella había agachado la cabeza y la alzó un poco al darse cuenta de que Theodore no se movía ni decía nada.
Él estaba mirando a su mano extendida como si fuera una averrasión… pero solo por un instante, porque finalmente sonrió y le tendió la mano también.
Volvió a Hogwarts cerca del amanecer y estaba terriblemente cansado, lo cual era extraño pues hace solo unos minutos, cuando estaba en Casa del Norte estaba en sus cinco sentidos y totalmente atento a todo.
Mientras caminaba por el pasillo familiar del castillo cayó en cuenta de que se sentía como cuando su padre estaba en casa. Cuando tenía pesadillas y su padre estaba en casa, solía espiar las luces debajo de la puerta de su estudio. Eso era suficiente para devolverle la seguridad. Porque si él estaba en casa, nada malo podía pasar.
La familiaridad le daba seguridad. Eso tenía sentido.
Tal vez por eso no quería que Hermione se alejara, la sensación era muy parecida. Que estuviera cerca, que viniera si la llamaba y que fuera una presencia permanente y leal como solo ella podía serlo le daba tranquilidad. Eso era antes de involucrarse más de la cuenta, pero eso tampoco era malo. Antes era suficiente con que estuviera presente, ahora era más como una necesidad de tacto, de poder alcanzar a alguien con las manos y también de querer ser alcanzado.
Aunque se mintiera a sí mismo, Hermione Granger sí le importaba. Probablemente mucho. Hace tiempo deseó que la capa también protegiera a Hermione y esta efectivamente lo hizo cuando la magia estalló entre ellos el día anterior. Los deseos eran magia y los de protección estaban entre los que podían ser más poderosos.
Theodore, algo confundido, sacudió la cabeza.
Siempre creyó que no caería en las trampas del sentimentalismo. Su padre le habló de eso en su tiempo, de que lo mejor era mantener apartada de su cabeza todo lo que fuera solo ruido innecesario. Las preguntas sin respuesta, las respuestas sin sentido. Los impulsos de querer hacer estupideces por personas que no tienen nada que ver contigo.
Para Theodore, el "amor" era igual a obligación. Y las obligaciones eran solamente por y para la familia, venía de la sangre. Un padre puede dar todo por sus hijos y los hijos pueden hacer todo por sus padres. Si tuviera hermanos, del mismo modo. El límite era la vida, pero solo para asegurar el bienestar de la familia.
Así se suponía que debían ser las cosas, su madre misma lo había probado, porque aunque iba a morir ella se aseguró de que él tuviera un lugar donde estar protegido de todo y todos.
Por eso mismo consideraba que su padre no lo quería, porque si lo había querido muerto entonces nunca hubo amor de por medio.
Cansado, ahora no pudo evitar pensar en Edward, eso le dió dolor de cabeza y malestar general por lo confuso que era su actitud.
Él había dicho que quería matarlo por odiar en lo que se estaba convirtiendo, y al no poder hacerlo decidió que la solución era morir él.
Para Theodore, eso no tenía sentido.
¿Por qué haría eso?
¿Por mi?
"No soporto ver en lo que te has convertido y no quiero ver en lo que te convertirás. Me has roto el corazón."
Theodore se pasó una mano por la cara, inquieto.
Edward siempre bromeaba con eso, con que se le rompía el corazón.
Era convenenciero, arrogante, mentiroso, adulador y todo tipo de aspectos de una persona sin escrúpulos ¿Quién diría que sí tenía un corazón para romper?
¿Yo lo rompí?
¿Cualquiera puede hacer eso?
¿Acaso todos tenían un "corazón" para romper?
Mientras se recostaba en su cama, mirando al techo blanco sobre su cabeza, se llevó una mano sobre el pecho.
¿Y yo?
Se preguntó.
Recordó cómo se sintió cuando volvió a Hogwarts luego de haber visitado a su padre y este le dijera cómo murió su madre y que todo el cariño que le mostró de niño solo era de papel. Eso había dolido.
Theodore hizo una mueca mientras que con la palma de su mano sintió como su corazón le latía acompasadamente.
"¿Sigue ahí o ya está roto?"
Cuando abrió los ojos, se dió cuenta por la luz de la habitación que ya era muy entrada la mañana.
Hizo una mueca, pues nadie había tenido la decencia de haberlo despertado. Malhumorado, pensó que ya que ahora Matthews era un vínculo, asegurarse de que fuera a clases sería su misión primordial.
Se cambió lo más rápido que pudo, no había tiempo para un baño matutino. Pero entonces recordó la noche anterior y sintió que olía a sangre.
Cuando por fin salió de la desierta mazmorra, tomó un atajo y camino lo más rápido que pudo hacia el gran comedor para tomar al menos una tajada de pan. No había cenado y si no desayunaba seguramente sería molesto.
Algunos alumnos ya estaban saliendo de allí para ir a clases. Algunos le miraban de reojo al pasar, de pies a cabeza.
Theodore se preguntó si tenía algo raro en la cara. Probablemente era por su cabello, lo llevaba demasiado largo. No podía ser por las vendas en sus manos, pues llevaba guantes.
Las miradas sospechosas continuaron aún cuando él se acercó a la mesa de segundo año y tomó comida de la charola principal. Los niños lo miraron como si fuera una especie de fantasma.
Cuando él frunció el ceño, los niños alejaron la mirada de inmediato.
—Vamos Nott. —dijo un alumno de sexto riendo— No vayas a quitarles los galeones.
Theodore no contestó, totalmente confundido por la actitud de aquellos niños, pues se miraban entre ellos, como si realmente creyeran que él les pediría dinero o algo.
—Eh, Nott —dijo alguien a su espalda.
Cuando se giró se encontró con Draco y su ridícula media sonrisa de superioridad. Tenía algo en la mano y antes de poder saber que era, se lo aventó contra las manos.
—Bien hecho, —dijo Draco— felicidades. Con esto todo el mundo va a entender que no pueden jugar con nosotros.
Luego, Draco se fué, seguido por Crabbe y Goyle.
Theodore, aún confundido, extendió el periódico que Draco le dió.
Al leer el titular de la portada, se alteró. Hojeo rápidamente el ejemplar y cuando encontró el artículo lo leyó tan rápido como pudo. Cuando terminó, se fijó en que el gran comedor estaba vacío.
No había nadie mirando. Nadie.
Theodore se llevó las manos a la cabeza. Primero maldijo, luego se volvió a llevar las manos a la cabeza. Maldijo de nuevo. Tiró el periodico al suelo y solo se quedó con la portada, enfadado con todo y todos.
"Por eso Dumbledore quería echarme. Tiene conexiones con el Profeta, seguramente sabía que este artículo iba a salir hoy" pensó rabioso, caminando paso rápido por el pasillo directamente a la oficina del anciano.
"Desgraciado. ¿Ayudarme? ¿En qué demonios iba a ayudarme?"
Pero entonces, el encantamiento que le avisaba cuando Hermione estaba cerca se activó. Theodore se paró en seco.
Ella apareció por uno de los pasillos, también mirando hacia todos lados, como si estuviera buscando algo. Un segundo después cayó en cuenta de que seguramente estaba buscándolo a él.
Ella también tenía un periódico en la mano y los ojos brillando, pero no parecía tristeza. Parecía rabia infinita.
Seguramente ella ya lo había leído.
Theodore tomó aliento y sin palabras, le indicó que lo siguiera. Caminaron hasta la sala de los Menesteres en silencio y a una distancia considerable.
La puerta se cerró y él habló, habló y habló, de cierto modo se desahogó, pues todo era muy injusto. En un punto, Theodore hubiera preferido que ella hubiera discutido aunque fuera un poco, pero no lo hizo.
Ella no discutió.
Cuando ya tienes decidido algo, no discutes.
Theodore salió de allí primero y fué a clases en total calma como si nada sucediera.
Pasó el día como si nada pasara, haciendo a un lado el ruido sin sentido como le habían enseñado desde siempre.
Pero por dentro, por dentro era como si estuviera gritando.
Y los magos vinculados a él se dieron cuenta.
Serafina Magellan tenía el periódico a un lado de su escritorio y su sobrino estaba siendo llevado por los guardias a su habitación para reflexionar. Ella comenzó a escribir una carta, estaba en eso cuando se dió cuenta de que una gota de agua cayó sobre el pergamino y arruinaba la tinta. El dolor familiar la invadió y hacía que quisiera encogerse en su silla. Lloró por un rato antes de caer en cuenta de que ese dolor no era suyo.
Sebastián McGrath se estaba preparando para salir a controlar todo el desastre afuera, pues las repercusiones de las noticias fueron inmediatas y era el principal afectado. Anya lo esperaba cerca de la chimenea para despedirlo y traía al hijo de ambos en brazos. Sebastián sonrió debilmente y se acercó a ellos pero cuando los tuvo delante, inesperadamente los abrazo. Anya, murmuró alguna pregunta pero Sebastian no contestó y en su lugar solo se aferró más, totalmente afligido.
Aliester Darke, en la fría Noruega, sintió todo como si fuera un golpe. Caminó hasta una de las ventanas y la abrió para que el viento frío le diera en la cara y le ayudara. Se sintió un tonto por no haberse dado cuenta.
James Craston, que estaba llegando a Azkaban, miró al cielo mientras se sujetaba el pecho y se sentía aún más miserable.
Star Matthews, que había estado feliz por la mañana mientras seguía la rutina dónde la atendían y le curaban las heridas, de pronto se puso como loca y aunque los sanadores no entendían nada, sólo pudieron mirar cuando ella salió de allí, tomó sus cosas y dijo que tenía que ir a Hogwarts.
Frederick Taylor, que acababa de entrar a una reunión importante en el Ministerio, pidió una copa. Sus acompañantes bromeaban acerca del por qué querría alcohol tan temprano y él les siguió el juego mientras se angustiaba internamente y se preguntaba qué estaba pasando.
Colin Bane, en su oficina mientras revisaba unas cuentas, alzó la cabeza y sólo murmuró mientras se sujetaba el mentón con una mano. Sus acompañantes le preguntaron qué le pasaba. Colin sacudió la mano y calmó e inquietó a todos por igual.
—Todo está mal. O bien. Todo depende.
Muy lejos de allí, cerca de los viejos castillos del este de Escocia, Edgar Crawley revisaba viejos libros y relatos junto a su maestro, el emblemático y misterioso Cecil.
—Me siento raro —Dijo de pronto Edgar, de algún modo inquieto y tocándose el pecho.
Cecil solo se echó a reír.
—Si, supongo que es inesperado.
—¿Maestro?
Él le dió una mirada misteriosa.
—No eres tú. Es el pequeño monstruo, está triste. Ha perdido algo.
Edgar no entendía de lo que hablaba, pero esperó a que se explicará. Cecil siempre tenía las respuestas a lo desconocido.
—Esto ya pasó antes. —dijo Cecil— Le pasó a Alyssa, también a Philip. Ahora al chico. Alyssa amaba demasiado todo y por eso terminó muriendo. Philip, por otro lado, era tan desapegado y sombrío… pero fué quien más se aferró a lo que sea que le recordara a Alyssa y se convirtió en lo que es ahora. Me preguntó qué camino tomará el hijo de esos dos…
Yyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy por fin termine de editar este capítulo:3
Ya me moría de ganas porpublicar esto. Alguna vez mencione que Edward era imi secundario favorito y pues aca ya se sabe porque es tan importnate y porque todo. En serio, moría por publicar.
Muuuuuchos misterios han sido resueltos, pero si quedan dudas, estan los comentarios :3
Y pues también pueden pasarse por facebook y buscar el grupo: "Archivo Theomione" :3
Curiosidades:
1. He echo muchos saltos en el tiempo desde la perspectiva de Edward, pero eso sería representación literal de cuan desbocada es su mente.
2. Por si quedan dudas, Edward se las arregló para conseguir Hershay para Emma, y también para conseguir si antidoto.
3. No hice demasiado incapie en esto, pero así iba la cosa: Emma tuvo desacuerdos con Philip, y pues terminó planeando desplazarlo y tomar el Dominio. Esa fue la "traición oficial" y el supuesto motivo por el que Philip justifico que "tuvo que matarla", pero claro, no lo hizo. Ojito a eso.
4. Emma estaba medio loca.
5. F por Celeste, iba a hacerla participar más, pero... :(
6. Muchos Kill en este cap. Pasados y todo, pero bastantes Kill.
7. El titulo es en honor a la peli del mismo nombre. "Hijos del hombre", es muy buena, pero el contexto es otro.
8. Ahhhhhh, ya no se que más poner.
Gracias por leer :3
