Un feliz cumpleaños para Lunediose, espero disfrutes el regalo. Resultó mucho más largo de lo que tenía planeado, pero mi incapacidad de escribir cosas felices me hizo seguir hasta conseguirlo.


PRIMERA PARTE

REGINA

Las maldiciones se rompen todo el tiempo, es algo que debía saber mejor que nadie, después de todo no era la primera vez que ella lograba salirse con la suya o que ese diablillo retorcido jugaba su propio plan utilizándonos a todos en el proceso. Yo debí haber hecho mejor las cosas, conseguir un seguro de vida que me permitiera salir ilesa de este desastre.

No tenía nada mejor que hacer que seguir lamentándome en la soledad de mi celda, Pensando en alguna forma de escapar. Había logrado hacer funcionar el sombrero, aunque una parte de mí estaba segura que Emma había tenido que ver en eso, su toque en mi brazo... pero eso implicaba que ella también tenía magia, algo que no podría saber con seguridad ahora que había desaparecido con la idiota de su madre en el portal.

Ellas estaban muertas, si no lo estaban lo estarían pronto, era imposible saber a ciencia cierta, y era la razón por la que habían decidido volver a encerrarme hasta decidir lo que harían conmigo. Es por eso que necesitaba mi magia de regreso, para defenderme en caso de ser necesario.

Lo poco que sabía de David Nolan era que desde que lo conocí fue un obstáculo en mi camino, un pastor convertido en un falso príncipe, y mi vida ahora dependía de su decisión.

Pasé toda la noche pensando en lo que sería mi vida ahora, encerrada o muerta, mi futuro no vislumbraba nada bien. Estaba cansada, me dolía la cabeza, tenía hambre y empezaba a necesitar ir al baño, por suerte para mí, él apareció temprano en la comisaría y también parecía no haber dormido en absoluto.

—¿Tomaste una decisión? —pregunté directamente.

—No estás en posición de usar ese tono conmigo. Deberías agradecer estar viva.

—Agradeceré que me dejes ir al baño.

—No voy a soltarte.

—¿Pretendes torturarme?

—Te juro que si intentas algo...

—En serio eres un idiota, pasé la noche aquí, de haber querido ya estaría fuera de aquí.

—No eres tan inteligente como todos creen —dijo en un vago intento por insultarme.

Abrió la celda y para mí suerte pude ir al fin al baño. Aproveché el momento para refrescar mi rostro cansado y beber un poco de agua del grifo. Me sentía muy cansada.

Para mí sorpresa David no estaba parado junto a la puerta esperando que yo saliera, estaba en la que solía ser la oficina de Emma revisando algunas cosas, lo vi tomar su placa y colocarla en su cinturón.

—No eres un buen policía si dejas a tu prisionera sin supervisión.

—No voy a detenerte más aquí. Eres libre de irte.

—Tu mujer usó las mismas palabras antes de tenderme una trampa.

—Yo no soy ella. Eres libre de irte y eres responsable de tu propia seguridad. Lo que pase contigo no es mi problema, mientras no intentes acercarte a Henry...

—Él es mi hijo.

—No. Ya no eres parte de su vida. Perdiste ese derecho cuando mataste a su madre y a su abuela.

—Yo no hice tal cosa. No puedes quitármelo.

—Las personas no son posesiones, él no quiere verte y haré lo necesario para cumplir sus deseos.

Eso dolió más que todo lo que había enfrentado en las últimas horas. Contuve mi rabia y mis ganas de llorar, quería exigirle que me llevara con él, pero sabía que estaba diciendo la verdad, Henry había dejado de amarme hace demasiado tiempo.

—No saldré de aquí de este modo, la gente creerá que escapé.

—No es mi problema.

—¿Vas a decirle a mi hijo que propiciaste mi muerte?

—Yo no tengo el corazón puro de Nieve, ni el instinto heroico de mi hija. Es más, en este preciso momento desearía que fueras tú quien hubiese caído en ese portal.

No tuve otra opción que salir de allí por mi cuenta. Era temprano, las calles estaban vacías y pude llegar sin problema hasta la alcaldía. Conseguí las llaves maestras, algo de beber y llamé a Henry al departamento donde estaba seguro que lo tenían, fue Ruby quién contestó y no me permitió hablar con él.

El tiempo me jugaba en contra así que tuve que dirigirme rápidamente a casa; conocer la ciudad me permitió esquivar los posibles lugares peligrosos y llegar a salvo.

Cerré todas las puertas y ventanas, dejé mi casa entera prácticamente a oscuras, aunque eso no sería impedimento si decidían venir por mí. Después de comer algo y darme un baño, por fin fui capaz de dormir en mi propia cama.

DAVID

Todas las personas que conocía estaban dispuestas a hacer hasta lo imposible por encontrar a mi mujer y a mi hija. Trabajamos sin descanso en buscar diferentes opciones que nos permitieran encontrarlas, pero nada parecía darnos las respuestas que esperábamos.

Gold y Azul, los dos por igual habían dicho exactamente lo mismo, no había forma de llegar a ellas y no había posibilidad de saber si estaban vivas. De haber caído por el portal al Bosque Encantado era una sentencia de muerte, así que ellos creían que no teníamos posibilidad alguna de encontrarlas con vida.

Pasamos una semana completa sin lograr nada, y aunque no lo exteriorizara, mi esperanza empezaba a flaquear. Me habría sumergido en mi dolor de no ser por qué tenía la responsabilidad de cuidar a mi nieto, y estaba haciendo un pésimo trabajo, lo supe en el preciso momento en que despertó en medio de una pesadilla a mitad de la noche, a diferencia de los otros días, esta vez su frente estaba caliente y vació el contenido de su estómago en el piso.

—No pasa nada, voy a limpiarlo —dije porque no sabía qué más hacer—. Limpiaré e iremos al médico.

—No, al médico no —dijo casi temeroso.

—Debemos ver un médico, yo no sé qué puedo darte para que te sientas mejor.

—Mamá... Regina... ella suele darme un remedio.

Me detuve un momento, dejando de limpiar, y observé a Henry, tenía puesto un pijama de súper héroes, él era solo un niño que se sentía mal y que a pesar de todas las cosas malas que estaban ocurriendo solo necesitaba ser consolado por su madre.

Era lo último que yo quería hacer, pero Henry estaba enfermo y si algo llegaba a pasarle por mi culpa no podría perdonarme.

—Voy a llamarla, quizá pueda darme el nombre del remedio.

—O podemos ir allá... ella siempre tiene.

Regina abrió la puerta después de timbrar un par de veces, no me pareció apropiado utilizar la llave de repuesto, era media noche y la última vez que la vi le dije que la deseaba muerta.

—Henry —dijo sorprendida al vernos, con el cabello revuelto y un poco adormilada—. ¿Qué hacen aquí? ¿Pasó algo?

—Vinimos por un remedio —dije—. Henry no se sentía bien, vomitó un poco y tiene fiebre.

—¿Y te pareció que lo curaría atravesar la ciudad en mitad de la noche con este frío?

No esperó mi respuesta. Llevó a Henry directo a su habitación, le dio un pijama limpio, se movió por las habitaciones buscando entre sus cosas y volvió con un par de remedios.

—Métete a la cama cariño.

—Solo necesitamos los remedios —dije con menos seguridad de la que intentaba demostrar.

—Necesita acostarse, no vas a sacarlo con este frío, ya has hecho suficiente.

Volvió a ignorarme y puso toda su atención en Henry, le dio los remedios y se sentó en la cama junto a él para ponerle pañitos fríos en la frente. Me sentí como un extraño, como alguien que había robado un niño de su madre y que había tenido que devolverlo porque no supo cuidar de él. Lo peor de todo es que Henry no había dicho una sola palabra, pero había hecho todo lo que Regina dijo sin protestar.

—Cierra los ojos, te sentirás mejor por la mañana.

Besó sus mejillas y continuó colocando pañitos en su frente. Me quedé de pie en la habitación, como un intruso; no era capaz de irme y dejar a Henry a solas con ella, pero tampoco me sentía a gusto estando allí. Después de un rato, cuando Henry se había quedado dormido en su propia habitación, Regina y yo salimos al pasillo.

—Esta noche mi hijo se queda aquí.

—Lo sé. Y espero que sepas que es algo temporal.

—No tienes idea de cómo cuidar de él.

—Voy a acomodarme en la sala —dije de forma definitiva, sin darle opción a llevarme la contraria.

Al amanecer, tras haber descansado un poco, los problemas tenían una luz diferente. Mi familia seguía desaparecida, la ciudad continuaba en caos y mi enemiga me servía el desayuno como una perfecta anfitriona; los dos estábamos mucho más calmados, aguardando en silencio lo que el otro tenía que decir.

—Henry me dijo que han estado comiendo fuera, estoy casi segura que es por eso que se enfermó, pero me gustaría que lo lleves al médico, que le hagan exámenes y lo revisen para saber que está bien. Mi seguro lo cubre todo.

—Está bien, estoy de acuerdo.

—No puede comer nada antes de los exámenes, y después puedes traerlo aquí y yo le tendré algo de comida decente.

—Está bien —no era como si tuviera otra opción.

Fue una especie de pacto, los dos entendíamos y estábamos dispuestos a cumplir nuestro trato sin decirlo, solo esperaba que ella fuera honesta, que su preocupación por su hijo fuera real y más fuerte que cualquier deseo de venganza. No tenía forma de saber si ella planeaba algo en mi contra, solo podía pensar que su amor por Henry ayudaría a mantener las cosas en paz esta vez.

Henry y yo nos sentamos afuera del hospital mientras esperábamos el resultado de algunos exámenes para que su pediatra nos vuelva a atender. Me di cuenta que parecía avergonzado, y algo me decía que no se trataba de verlo enfermo o su miedo mientras le tomaron las muestras de sangre.

—Tu mamá cocina muy bien, creo que va a ser mejor que ella se encargue de eso mientras te recuperas.

—Ya estoy bien, no tenemos que regresar con ella.

—Henry… está bien si la quieres, es tu mamá.

—Es una villana, por su culpa perdimos a Emma y a la abuela.

—Ella ha hecho muchas cosas malas, pero eso no fue su culpa, estuve ahí y sé que no hizo nada malo.

—Nada de esto habría pasado de no ser por su maldición —lo dijo sin mirarme a los ojos, luciendo tan pequeño, recordándome que solo era un niño en medio de una guerra.

Lo convencí de regresar a casa de Regina porque nos habíamos comprometido a ir a comer con ella y porque necesitaba descansar para recuperar sus energías. No se opuso y aunque quisiera ocultarlo su rostro se iluminó al volver a su casa, comió gustoso todo lo que Regina había preparado.

—Necesito resolver algunos asuntos —dije después de comer—. Cuando termine vendré a recoger a Henry.

—Puede quedarse hasta mañana, así nos aseguramos que descanse suficiente… puedes quedarte también si no confías en mí.

—No. No confío, pero si Henry está de acuerdo vendré en la mañana a recogerlo.

—Está bien —dijo casi en un susurro—. Así no te detendré para seguir buscando una forma de recuperarlas.

En serio tenía muchos asuntos de los cuales ocuparme, Ruby no paraba de escribirme y exigir que me apersone de todo, pero mi primera parada fue en el convento para hablar con Azul, ella se había comprometido a buscar alguna forma de recuperar a mi familia. Nos sentamos en la que parecía ser la oficina de Azul, me ofreció un té que rechacé y esperé ansioso que dijera algo.

—Lo siento, David. Rumplestilskin tenía razón.

—Tiene que haber una manera… ellas no pueden estar muertas.

—Seguiremos buscándolas, vamos a trabajar en la mina para tener algo de magia, va a tomar tiempo, pero he pensado que quizá hay una posibilidad.

—¿Qué posibilidad?

—Regina… ella tiene magia.

—Su magia no funciona.

—Podríamos hacerle unas pruebas, de todas formas, esto es su culpa y debemos encontrar formas de detenerla, no puede andar por ahí libre, es un peligro para todos nosotros, la gente tiene miedo.

—Veré lo que puedo hacer.

Quizá la situación de tregua que se había generado con Henry podía predisponer a Regina a ayudar, al menos eso era lo que yo quería creer. Una renovada emoción me invadió, tenía una pequeña esperanza a la cual aferrarme, tuve ganas de dirigirme en ese preciso instante a su casa, pero lo pensé mejor, no podía arriesgarme a tener un no por respuesta, debía hacer las cosas bien.

Fui al restaurante de la abuela a comer algo y conversar con Ruby para entre los dos organizar todas las ideas que pudieran servir para salvar a mi familia, ella era de gran ayuda, incluso mucho más hábil de pensamiento que yo, la escuché atención mientras devoraba una hamburguesa, papas fritas y una malteada, moría de hambre.

—Regina no va a hacer nada para dañar a Henry, hemos pasado mucho tiempo aquí, ya no somos tan salvajes y estoy segura que tanto como yo tampoco quiere regresar a ese lugar horrible.

—No podemos regresar, ni siquiera sabemos si hay un lugar al cual regresar.

—Es lo que digo, nuestra vida está aquí, ella tiene que poner de su parte si quiere seguir viendo a Henry.

—El problema es que con su magia puede tener a Henry y matarnos a todos.

—Ella sabe que él jamás se lo perdonaría. Si Azul dice que necesitamos su magia pues hay que conseguirla.

—Tampoco es tan fácil. Para ella esto es lo mejor que le ha podido pasar.

—Tienes que hacer un trato, decirle que debe ayudarnos o no volverá a ver a Henry. Que la ciudad le dará una millonésima oportunidad más si rescata a Nieve y a Emma. Esa debe ser su penitencia.

—No sé si puedo confiar en Regina.

—No tenemos opción. Hay que guardar la espada y usar el encanto; como dicen por ahí, se atrapan más moscas con miel.

Volví a casa, la casa en la que esperaba tener a mi familia de vuelta, no había podido descansar desde que la maldición se rompió, y cuando me acosté estaba tan cansado e ilusionado pensando que no todo estaba perdido que el sueño vino pronto, no sé cuánto tiempo dormí, pero mis ojos se abrieron al escuchar el ruido molesto de mi teléfono, ni siquiera me di cuenta quién era la persona que llamaba, fue cuando escuché a Henry susurrar sonando aterrado que mi cerebro despertó por completo.

—Henry no te entiendo. ¿Qué pasa?

—Hay alguien aquí, en casa.

—¿Dónde estás? ¿Dónde está Regina?

—Abajo. Me dijo que me quedara aquí. Hay alguien.

—Has lo que ella te dijo, enciérrate en tu cuarto o en el baño —le indiqué mientras salía rápidamente, con las botas puestas, la chaqueta en mano y casi corriendo hasta mi camioneta.

—Creo que es Jefferson. Está gritando. Creo que va a hacerle daño.

—Henry, escúchame. Quédate en dónde estás, tu mamá puede manejarlo.

—No puede. No tiene su magia. —Su voz era la de un niño pequeño temeroso.

—Estoy en camino. No va a pasar nada.

—Tengo que ayudarla.

—No. Ella puede cuidarse, si bajas no podrá cuidarlos a los dos. Estoy llegando, Henry.

Lo escuché sobresaltarse, y aunque no podía escuchar los gritos que él me decía provenían de Jefferson, pude oír el ruido de cosas rompiéndose.

—Tienes que llegar —dijo casi en un sollozo.

—Ya casi estoy. Escúchame. Cuando llegue quiero que te quedes en donde estás hasta que yo vaya a buscarte. Todo va a estar bien.

—¡Salieron! —lo escuché agitarse, probablemente corriendo hacia la ventana de su cuarto—. Están afuera, están discutiendo afuera. Es Jefferson.

Lo primero que vi cuando llegué fue efectivamente a Jefferson sujetando del brazo a Regina, en lo que parecía ser una discusión acalorada, ella parecía querer soltarse de él, pero Jefferson solo la sacudió más empujándola al piso. Lo sujeté justo antes de que él decidiera hacer algo más. Él estaba fuera de sí, forcejeó conmigo, rodamos un poco por el césped del jardín delantero hasta que logré maniobrarlo lo suficiente para retorcer su brazo detrás de su espalda, no podía retirarme de encima de él porque escaparía y tampoco tenía esposas conmigo.

—Regina, las esposas. ¡Regina!

Volteé a ver para saber por qué ella no respondía y me di cuenta que aún seguía sentada en el piso, se cubría la frente con sus manos y su pijama gris claro tenía manchas de sangre, la preocupación me invadió, no tenía idea de lo que había pasado, fui consciente que había algunas personas reunidas en pijama frente a nosotros simplemente mirando.

—¡Llamen a Ruby! ¡Llamen una ambulancia!

Nadie lo hizo, murmuraron cosas poco agradables, diciendo que se lo merecía y que debí haber dejado que Jefferson terminara el trabajo. No pude hacer más que soltarlo, ni siquiera dudó en correr como un cobarde, así que me dirigí hacia ella, agachándome para ver mejor su herida.

—Estoy bien, no es nada —dijo, pero tenía la cara cubierta de sangre.

—Déjame ver.

—En la cocina hay toallas —dijo sin soltarse la frente, impidiéndome ver gran parte de su rostro.

Corrí a la cocina por toallas de papel y también encontré una pequeña de tela de color blanco. Ella seguía en el piso, en el porche de su propia casa, me di cuenta que el borde del marco de la puerta también tenía sangre, debió ser ahí dónde se golpeó.

—Aquí, déjame ver.

Esta vez me permitió quitar las manos de su rostro, supe al ver la herida que no bastaría con una bandita.

—Presiona, mantén presionada la herida. Voy por Henry e iremos al hospital.

—No es necesario. Estoy bien.

—Déjame ayudarte a llegar hasta mi camioneta.

—Te dije que estoy bien —dijo al fin mirándome a los ojos.

—No, no lo estás, necesitas puntos, una radiografía, que te vea un médico. Y Henry está arriba aterrado, así que hagamos esto a mi manera… por favor.

Eso fue suficiente. La ayudé a ponerse en pie y tuve que sujetarla para que no volviera a caer.

—Creo que estoy mareada —dijo suavemente sujetando contra su frente la toalla blanca que empezaba tornarse roja.

La levanté en brazos sin esfuerzo y ella no protestó, no parecía poder caminar hasta la camioneta aunque quisiera, la dejé en el asiento con los seguros puestos y volví por Henry. No podía dejar de pensar en las personas que la habían visto y ni siquiera se molestaron en ayudar, ella era una persona, y seguramente la habían visto ser agredida y solo se quedaron mirando.

Henry me abrazó al verme, estaba feliz y aterrado al mismo tiempo.

—Vamos a llevar a tu mamá al hospital, ella está bien, pero se lastimó un poco la frente.

—¿Está bien? —preguntó temeroso.

—Sí. No es nada, pero va a necesitar un par de puntos así que no le digamos que eso dolerá un poco.

—Ok.

—Vamos. Ponte los zapatos y la chaqueta.

Le dije que había sangre para que no se impresionara al verla. Ella había usado las toallas de papel para limpiarse un poco el rostro, pero no era una imagen que un niño debía ver. Llamé a Ruby para dejar a Henry con ella en el camino, no sabíamos cuánto íbamos a demorar, así que lo mejor era que se quede a dormir.

Era media noche, no había mucho personal y las pocas personas que estaban no parecían dispuestas a querer atenderla, me hizo preguntarme si quizá esa era la razón por la que Regina no había sugerido ir al médico como primera opción. Nos hicieron esperar a que un médico estuviera disponible, Whale no estaba y Regina no quiso que lo llamaran, tampoco podía culparla, la última vez que lo vi con ella tenía sus manos alrededor de su cuello. Le traje un poco de agua y me senté a su lado, me di cuenta que ella no llevaba zapatos, ni abrigo, y estaba helando, así que me quité la chaqueta y la puse sobre sus hombros sin preguntar.

—¿Te duele algo más? ¿Te hirió en otra parte?

—Estoy bien —repitió una vez más.

Ella no estaba bien. Caminé hasta el mostrador, empujé al enfermero que se reía mirando su teléfono celular y lo obligué a llamar a alguien para que la atendiera.

—Es una maldita bruja, no es mi culpa que nadie quiera atenderla.

—Es tu trabajo y el de todos aquí.

—Estamos aquí por su culpa.

—Puedes empezar a agradecerle, estoy seguro que no estaría riéndote como idiota con un teléfono en el Bosque Encantado.

Una mujer un poco mayor se acercó a paso lento a nosotros, no se inmutó al vernos, le pidió a una enfermera que llevara a Regina a una de las habitaciones donde la atendería, pero preferí hacerlo yo mismo, Regina se sentó en la silla con mi ayuda y seguimos a la doctora hasta el cubículo. No había nadie más en la sala de emergencias, éramos solo nosotros.

—¿Eres alérgica a algo?

—No lo sé, no lo creo.

—Voy a limpiar la herida, va a doler un poco, luego podré ponerte un poco de anestesia local, vas a necesitar puntos de sutura ¿eso está bien?

—Sí.

—¿Y una radiografía? —pregunté preocupado, Regina estaba pálida, si no se había desmayado seguro era por pura fuerza de voluntad.

—Después.

Y lo hizo, en completo silencio, concentrada en el trabajo que estaba haciendo, explicando lo que haría antes de hacerlo y sin agregar ninguna conversación trivial que pudiera distraer a la paciente que estaba haciendo, no podía culparla por su trato frío, pero enojaba. Yo solo podía ver a una mujer cubierta en sangre luego de que un idiota la agrediera, que seguramente estaba en mucho dolor y ni siquiera se había quejado, me hacía preguntar lo que podría estar pensando.

Fui con ellas a radiología, me quedé junto a la doctora mientras el técnico tomaba imágenes de la cabeza y el torso de Regina.

—No está rota la clavícula, pero hay una pequeña fisura, voy a ponerle un cabestrillo para aliviar el dolor por unos días mientras sana ¿no va a recuperar su magia? —Me preguntó la doctora.

—Ella no dijo nada, cómo sabías qué debías buscar.

—El cuerpo habla, puede no tener fracturas, pero tuvo una buena pelea, ¿quién fue?

—Jefferson.

—Tiene una concusión, normalmente la haría pasar la noche en observación, pero no creo que sea una buena idea.

—Gracias de todas formas.

—Me pueden buscar si se llega a sentir mal. Puede marearse o sentirse desorientada, es normal, asegúrate que se quede en cama un par de días, el cabestrillo una semana.

Retiramos la medicación y volvimos en silencio a la camioneta, ella todavía llevaba mi chaqueta, le quedaba bastante grande y la había manchado un poco con sangre también.

—Creo que lo mejor será quedarnos en el departamento, al menos hasta que te sientas mejor. Ruby traerá a Henry en la mañana.

—No sabía que esto pasaría —dijo de pronto—. De haberlo sabido no habría permitido que Henry se quedara conmigo.

—Lo sé.

—¿Él está bien? —su voz sonó casi quebrada, y aunque le habían cosido cuatro puntos en la frente, justo en la entrada del cabello, era Henry su mayor preocupación.

—Sí. Lo verás en la mañana.

Eso pareció sorprenderla, se limpió torpemente una lágrima que casi resbala por su mejilla y respiró profundo para recomponerse.

—Gracias.

—¿Por qué no me llamaste?

—Creí que podría manejarlo, no pensé…

—Aunque Henry no hubiese estado contigo debiste llamarme. Dije que no me importaba lo que pasara contigo porque estaba enojado, y lo sentía, pero si me llamas yo iré a ayudarte.

—Puedo arreglármelas sola.

—No tienes que hacerlo.

—Claro que sí. Siempre lo he hecho.

Lo dijo con una convicción absoluta que me hizo entender que ella jamás llamaría por ayuda.

REGINA

Mi cabeza dolía, me dolía el brazo y el cuello. Sin importar lo avergonzada que me sentía no podía evitar quedarme en cama de mi enemiga en un estado casi de inconsciencia. Henry dijo que había dormido casi un día completo y que no debía mirarme al espejo hasta que me viera más bonita, eso me hizo sonreír, él estaba hablándome voluntariamente y sus conversaciones eran más que simples monosílabos, se ocupaba de llevarme comida a la cama y las pastillas para el dolor, dijo que era lo justo, que yo ´lo había cuidado muchas veces y que él estaba en deuda, quería decirle que había cuidado de él porque lo amaba, pero me dio miedo echarlo a perder.

Me costaba creer que lo tenía de vuelta, no era igual que antes, pero su preocupación por mí parecía genuina, quería que me reponga y al mismo tiempo que no saliera de la cama, y cuando sugerí que era aburrido se ofreció a jugar ajedrez conmigo para entretenerme, y porque eso me ayudaría a no perder la memoria.

David era un habitante silencioso, se encargaba de traernos la comida, de preguntarme habitualmente si me encontraba bien o necesitaba algo, pero mantenía su distancia. A veces podía verlo sentarse en silencio en la sala, de espaldas a mí, pensativo, con el ceño fruncido y agitándose el cabello en desesperación. Yo sabía muy bien la razón de su preocupación, así que no me extrañé cuando en la quinta noche de ser su invitada se sentó en una silla junto a mi cama y me hizo las preguntas que necesitaba hacerme.

—¿Crees que hay posibilidades de que estén vivas?

—No lo sé. No sé si dejamos algo atrás a lo que volver, o si ellas llegaron bien por ese portal.

—Pero tú lanzaste la maldición.

—No la creé. Si te sirve de algo creo que ellas son dos personas difíciles de vencer, si alguien puede sobrevivir en cualquier circunstancia son ellas. Los discursos de esperanza no son lo mío.

—Se te da bastante bien.

—Gracias por todo lo que has hecho.

—No eres tan mala compañía.

Sonreí sin poder evitarlo. Me recordó a los días en que fingí ser su amiga y él fue amable conmigo.

—Puedo preparar algo de comida…

—No. Todavía debes recuperarte. La comida de la abuela no está mal, es mejor que la mía.

—El cumpleaños de Henry es en unos días, y quería al menos hornear un pastel, su favorito.

—Te propongo algo, tú me dices cómo hacerlo y yo lo hago, será un regalo de ambos y así aprendo a hornear su pastel favorito.

No pude decir que no, él parecía ser honesto y no era como si tuviera opciones. Llegado el día me senté en el taburete de la cocina para poder dirigir a David, él había comprado todos los ingredientes necesarios, tenía puesto un delantal horrible y lucía realmente emocionado por hornear.

—Confieso que nunca he usado un horno, así que es probable que te permita encenderlo por mi propia seguridad.

—Eres un cobarde.

—No es cobardía.

—Le tienes miedo a una hornilla.

—No. Es peligroso, me tomo muy en serio la seguridad.

—Solo has lo que te digo.

Siguió todas las instrucciones, e incluso fue capaz de encender el horno, aunque no lo disfrutara. Mientras esperábamos que esté listo hablamos sobre cosas de la ciudad, básicamente habían armado un consejo para repartirse el trabajo que yo solía hacer sola, sin embargo, no les estaba resultando nada fácil. Tomé papel y un bolígrafo para escribirle todas las cosas que eran importantes y necesitaban ser resueltas con urgencia.

—No eres tan tonto como pensaba.

—Puede que seas más inteligente de lo que yo pensaba.

—Estamos iguales.

—Iguales. —Estiró su mano hacia mí como una especie de juego, pero acepté y estreché su mano; fue muy extraño para mí, aunque sabía que no era cierto, se sentía como si David en realidad podía ser una especie de amigo.

—Nosotros podemos no tener magia, pero eso no implica que ellas estén sentadas de brazos cruzados, van a volver.

—Si eso pasa, si lo logramos, no va a cambiar las cosas con Henry, no quiero que sientas la necesidad de vernos como enemigos.

—Significa mucho para mí.

—Es una promesa.

El problema con las promesas en mi vida es que siempre se rompen.

DAVID

Creo que era la primera vez en nuestras vidas que teníamos algo parecido a la normalidad. Me detuve observando a Regina arreglar el glaseado del pastel que yo casi había arruinada, escribiendo con gran precisión "Feliz cumpleaños Henry", como si lo hubiese hecho cientos de veces, fue un recordatorio de que ella había sido su madre, que en todos sus cumpleaños había estado allí para él, siendo solo su mamá, quizá teniendo una vida aburrida de hacer la cena y arreglar la casa, las cosas que una Reina Malvada no haría.

Como una especie de familia rara cantamos para Henry mientras él pedía un deseo y apagaba las velas del pastel, abrió el regalo que Regina me había encargado comprar y saltó de la emoción, al parecer llevaba tiempo sin tener nuevos cómics. Fue bastante surreal dentro de todo lo que estaba ocurriendo alrededor, con la ciudad intentando volver a la normalidad, no porque las personas quisieran, sino porque lo necesitaban, nos habíamos dado cuenta que no podíamos perder el tiempo protestando en la calle o peleándonos entre nosotros cuando no habían ningún ser mágico para arreglar los desastres, si Michael no habría su taller la gente no podría arreglar sus carros, y si Tim de la carnicería no entregaba la carne la abuela no podía alimentarnos en su restaurante; estábamos obligados a continuar aunque Mi mujer y mi hija no estuvieran con nosotros.

Se suponía que tendría una reunión con Azul en el convento, lo que no esperaba era ver a Gold también allí.

—Lo llame porque creo que es importante —dijo Azul.

—¿Descubrieron algo? —pregunté nervioso—. ¿Se ha sabido algo de ellas?

—David —solo escucharla decir mi nombre sabía lo que diría—. Lo hemos intentado todo.

—Pero sin magia, si conseguimos magia…

—No hay magia —dijo Gold—. Y si ellas estuvieran en el Bosque encantado habrían encontrado alguna forma de comunicarse.

—Eso no implica que estén muertas. Pueden estar al igual que nosotros, sin magia, sin posibilidad de llegar a nosotros de alguna manera.

—Es momento de dejar de buscar —dijo Azul.

—Lo seguiré haciendo yo solo.

—Sé que seguramente lo harás, pero nadie tiene más experiencia que yo en esto, así que voy a darte un consejo gratis: acepta que las has perdido, que no van a volver y sigue con tu vida.

—¿Por qué habrías de decirme eso? Es algún tipo de plan. ¿Qué es lo que tramas Gold?

—Fue lo que nos trajo hasta aquí. Él perdió a su hijo, y su deseo por encontrarlo arruinó nuestras vidas en el proceso —no recordaba si Azul alguna vez nos había hablado de Rumplestinskin, pero lo que acababa de decir parecía ser cierto y aún así no podía creerles.

—Esto es una trampa.

—No hay más trampas. Solo quiero asegurarme que mi hijo, el que Belle espera, no tenga que vivir en medio del caos ocasionado por la misión sin sentido de un hombre. Todos sabíamos que ellas estaban muertas desde el momento en que cayeron por ese portal, es momento de aceptarlo.