SEGUNDA PARTE

RUBY

El tiempo solía estar congelado, todo igual, la misma rutina se sentía como una maldición incluso sin saber que estábamos malditos, no esperaba que después de romperse la maldición las cosas pudieran volverse aún más aburridas, lo peor es que ahora sabíamos quiénes éramos y que definitivamente estábamos atorados en un pequeño pueblo en medio de la nada. Sin mis dos amigas, tanto Nieve como Emma, me sentía un poco sola, las extrañaba y me dolía no poder hacer algo para recuperarlas, una parte de mí se negaba creer que estaban muertas, pero era un pensamiento que mi abuela y yo no compartíamos con David, él necesitaba seguir adelante.

Cuando creí que había encontrado una amiga con la cual divertirme, mis ilusiones fueron aplastadas cuando Belle me contó que estaba embarazada, era una buena chica y no podía aceptar que realmente amara a alguien como Gold, era siniestro, me hacía preguntarme si sería como el bebé de Rosemary y tendríamos un pequeño demonio suelto cuando nazca, pero eso también me lo guardaba para mí.

Tenía tantas cosas acumuladas sin decir que si subía de peso no sería por lo que como sino por todas esas palabras que debía guardarme, pero ninguna de esas me agobiaba tanto como la naciente amistad entre Regina y David, no eran realmente amigos, tenían una relación familiar muy extraña que me perturbaba y me negaba a entender por qué. Cuando David me contó lo que Azul le había dicho puse mi atención en ser su amiga y apoyarlo, estuve de acuerdo que no era el mejor momento para ocuparse de un niño que tenía una madre capaz de hacerse cargo, Regina siempre se había hecho cargo de Henry, el problema era la seguridad que eso supondría, no bastaba con las reuniones semanales en las que intentábamos convencer a todos que era una mala idea enfrentar a Regina, "¿Quieren estar en el extremo opuesto de su ira si llega a recuperar su magia?", era lo que repetíamos una y otra vez, y lo hacíamos por Henry.

David intentaba pasar tiempo con él, a diferencia del resto, su estancia en coma no le había permitido ver crecer a su nieto, el problema es que estaba enfrentando su propia pérdida, cualquiera que lo veía se daba cuenta que no lo estaba pasando bien. Un día llegó a recoger a Henry y Regina se dio cuenta que no estaba en su mejor momento, discutieron y ella le dijo que no le importaba lo que él o cualquiera dijera, no vería a Henry a menos que se presentara en sus cinco sentidos a verlo, fue lo que él me contó; y desde que ella dejó el departamento para volver a su casa junto con Henry, era la primera vez que habían hablado más de tres o cinco palabras, y fue suficiente para que David decidiera cuidar un poco más de sí mismo.

Acudí al establo como David me había pedido, quería que lo ayudara con algo que quería hacer para Henry, habían pasado meses enteros y todos parecíamos estar haciendo mejor las cosas, incluso él, pero era el día del cumpleaños de Nieve, en la noche habría una vigilia en su nombre, así que a pesar de estar ocupada ayudando a Belle con la habitación de su bebé en camino, decidí pasar unos minutos y asegurarme que estuviera todo bien.

No esperaba toparme con su majestad, las dos llegamos al mismo tiempo, dejamos nuestros autos en el estacionamiento y nos miramos sin saludarnos. Prácticamente nunca la veíamos, sabíamos que se había recluido en su casa y sé que acompañaba a Henry fuera de su casa mientras esperaban el autobús para ir a la escuela en las mañanas, y que el chico de la tienda estaba encantado de hacer dinero llevándole las compras a domicilio, sus amigos lo molestaban pero él decía que todos se pondrían envidiosos cuando terminara de ahorrar y pudiera comprarse el auto que tanto quería, incluso yo me veía tentada a quitarle el trabajo, mi auto necesitaba reparaciones.

—Qué bueno que estén aquí, sé que están ocupadas…

—Yo si lo estoy —dije cruzando los brazos.

—Quiero animar a Henry, he pensado que unas clases de equitación le vendrían bien.

—Fabuloso. ¿Para que me necesitas? —dije un poco apurada, no quería que la gente me viera andar con Regina.

—Jhon me dijo que podría usar el establo una hora al día siempre y cuando aceptaras salir con él.

—Ay por favor, es un idiota, te dije que era un idiota. No voy a salir con él.

—Te deberé un favor, y una ida al cine o una comida gratis a nadie le viene mal.

—Sí, bueno, lo que sea. Me debes uno grande.

—¿Podemos hablar a solas? —Preguntó Regina, como si ella tuviera razones para no tolerar mi presencia.

—No voy a irme —dije con firmeza.

—Ruby.

Regina me dio una de sus miradas y luego fijó sus ojos en David.

—Me alegra que te preocupes con mi hijo, pero no creo que esta sea una buena idea.

—Claro que lo es, todos aquí sabemos montar.

—No es una habilidad necesaria en este mundo.

—Es divertido, a Henry le gusta. Me sorprende que no lo hayas traído antes.

—Sinceramente ese no es tu problema, y hacerme venir aquí para perder el tiempo en lugar de enviarme un mensaje o llamarme es realmente…

—¿Qué? ¿Tenías cosas que hacer encerrada en tu casa? —pregunté burlándome, no pude evitar hacerlo, la mujer seguía siendo insufrible.

—Ruby —me regañó David.

—Si Henry quiere hacer esto puedes darle unas cuantas clases, pero no quiero que se convierta en algo más, sus estudios son importantes.

—No es como si fuera a abandonar la escuela y ponerse una pandilla montada. Sé que montas muy bien, que esto es algo que te gusta, creí que podríamos turnarnos.

—Pues ahora sabes que es una idea estúpida con la que no estoy de acuerdo. Has lo que quieras, pero no me incluyas en esto. Envíame un texto con los detalles y asegúrate de que mi hijo no se lastime en el proceso.

Tal como llegó se fue, me parecía una actitud extraña incluso para mí. David y yo nos quedamos mirándola alejarse sin comprender la razón real de su mal humor.

—Te compadezco por estar atado a ella.

—No sé qué le pasa, hemos estado en buenos términos, no es que hayamos hablado demasiado, pero creí que estábamos en paz.

—En realidad pudiste llamarnos en lugar de hacernos venir hasta aquí, es un poco tonto.

—No lo es.

—Sí lo es.

—Ella necesita salir más de casa, venir hasta aquí no iba a matarla y mi idea no es tan mala, quise ser respetuoso, pensé que esto era algo que ella querría compartir con Henry.

—Es Regina, cuándo se ha portado de forma cuerda, al menos no tiene su magia y no puede prendernos fuego.

—Creo que debo ir a hablar con ella, no quiero arruinar las cosas.

—¿Y qué cosas se supone que no debes arruinar? ¿Está pasando algo con ella?

—¿Qué dices? Apenas y nos hablamos.

—En su casa, a solas. David quiero que sigas con tu vida, y te he dicho que quizá debas salir con alguien, pero Regina no. Regina es la última mujer en este y todos los mundos.

—¿Escuchas lo que estás diciendo?

—¿Me escuchas tú lo que te estoy diciendo?

—Creo que estás muy confundida. En todo este tiempo he tenido dos o tres conversaciones con Regina que han sido sobre Henry, en todos estos meses que ido por Henry a su casa ni siquiera he pasado de la puerta de entrada, a lo mucho nos decimos buenos días, y aunque fuera diferente, te aseguro que no pasaría nada, mi mujer está muerta.

—Ella me contó que le dijiste que antes que la maldición se rompiera intentó besarte.

—Esa fue una conversación privada, y sí, lo hizo, pero estoy seguro que solo fue por evitar que su maldición se rompiera, éramos una especie de amigos.

—Pues es un antecedente de que se iría a la cama contigo de ser necesario, y Regina no anda por ahí acostándose con todo el mundo. Ella no, vuelve con Kathryn o con cualquier otra.

—No voy a estar con nadie, y eso incluye a Regina especialmente.

DAVID

Nieve habría organizado una vigilia, es el tipo de persona que hace esas cosas, que se preocupa por los demás y que no se cansa de luchar por lo que cree. Ver cada una de las velas encendidas en su nombre al final iban a derretirse y terminar todas apagadas, porque por mucho que intentara no podía seguir aferrándome a la idea de que estuviera viva. No podía dejar de preguntarme qué haría ella en mi lugar.

Henry apretó mi mano y me dijo que estaba listo para irse, alguien le había regalado una camiseta con la foto de su madre y su abuela estampada, y él la había usado, olía a suavizante de ropa y era una imagen extraña en mi cabeza imaginar a Regina doblando esa camiseta entre las cosas de su hijo, pero eran las cosas que ella hacía y nadie parecía notar, las pequeñas cosas que la hacían tan o más humana que cualquiera de nosotros.

Volvimos caminando para conversar, escuchar cómo le estaba yendo en la escuela y cómo se sentía con respecto a Emma, una vez más para mi sorpresa, él me contó que Regina lo había llevado de regreso a terapia con Archie, creía que era importante tener a alguien a quién contarle cómo te sentías y que te ayudaran a superar pérdidas que eran insuperables.

—Ella dice que siempre va a doler un poco, y que si recuerdo las cosas buenas eso hará que duela un poco menos.

—¿Y lo hace?

—Yo creo que sí. Cuando me pongo triste pienso en algo bueno que hicimos juntos y me siento mejor. Puedes intentarlo también.

—Lo haré.

—¿Sabes sobre electricidad?

—¿Electricidad?

—Sí. Se dañó el conector cerca de mi cama y mamá no quiere arreglarlo, dice que es una señal de que estoy quedándome despierto hasta tarde jugando.

—¿Y lo haces?

—A veces, pero ella no necesita tener la razón siempre.

—Tendremos que pedirle su permiso, es su casa…

—También es mi casa, y eres mi abuelo.

No quería entrar, cuando estuvimos frente a su puerta recordé todas las cosas que Ruby me había dicho y la vez que Regina me invitó a cenar, y las dudas de aquella situación me invadieron.

—¡Mamá! ¡Estamos en casa! ¡David va a arreglar el conector! —gritó Henry entrando a casa, corriendo escaleras arriba y esperando que yo lo siguiera—. Ven, puedes entrar.

Como una señal Regina apareció en lo alto de la escalera y para mi sorpresa llevaba unos leggins grises de algodón una camiseta blanca un poco grande y estaba descalza, sostenía una canasta de plástico con ropa en ella, y pareció casi avergonzada de haber sido descubierta así, ni siquiera en los días que estuvo de reposo en el departamento la había visto así, el recuerdo de la sangre y la pequeña pero visible cicatriz en su frente me hizo retorcer el estómago, no había podido hacer nada para apresar a Jefferson porque ella nunca puso la denuncia y nadie quería apoyar mi petición de castigo.

—Henry te he dicho que no grites en la casa y que no íbamos a arreglar ese conector.

—David dice que puede ser peligroso, puede ocasionar un incendio, por eso va a arreglarlo.

Era un pequeño mentiroso, y lo bastante bueno para que Regina le creyera.

—Está bien, pero no ensucien ni rompan nada, terminé de arreglar y voy a tomar una ducha.

—No vamos a molestar, ni siquiera sabrás que estamos aquí.

Ella desapareció en el pasillo, sin invitarme a pasar o dirigirme palabra alguna, se encerró en su cuarto y nosotros nos instalamos en la habitación de Henry para hacer lo que dijimos que haríamos, el problema fue que al parecer mis habilidades de electricista estaban un poco oxidadas, cuando creí que había terminado conecté la pequeña lámpara que estaba en el velador junto a la cama de Henry y la bombilla explotó, olí perfectamente lo que fue un corto circuito que dejó la casa en oscuras.

Henry no pudo contener la risa, y yo habría reído con él de no ser porque Regina entró en la habitación envuelta en una toalla blanca.

—¡Qué demonios hicieron!

—Fue… estaba dañado, es normal.

—¡¿Te parece que esto es normal?!

—Voy a arreglarlo.

Henry rio con más ganas.

—Más te vale que lo arregles.

Los breques habían saltado con el cortocircuito, pude encender la mitad de ellos, el resto iban a necesitar un cambio y era tarde para encontrar la ferretería abierta. Regina me miró con cara de pocos amigos y creo que se aguantó las ganas de gritarme, se había vestido, pero su cabello estaba húmedo.

—Tengo hambre —dijo Henry.

—Ahora mismo no tengo muchas ganas de darte de comer, quizá irnos a la cama sin cenar nos hará reflexionar a todos.

—Puedo pedir una pizza, es lo menos que puedo hacer.

—No lo sé, después de casi incendiar mi casa tampoco tengo ganas de arriesgarme con tus ideas.

Pedí la pizza y como la sala y el comedor estaban a oscuras nos instalamos en el patio trasero, nosotros en las sillas reclinables y Henry en el césped, Regina no quiso dejarnos ensuciar su sofá demasiado caro del estudio.

—Mamá nunca me deja comer en el estudio.

—Servicios sociales tendría algo que decir al respecto.

—Henry arruinó suficientes sofás en sus primeros años, quiero conservar este el mayor tiempo posible.

—Era un bebé.

—Tenías seis la última vez que lo arruinaste, y mi casa está a oscuras.

—No fui yo.

—Traición. No puedo creerlo. Y por cierto, si se queda hasta tarde jugando, así que no deberíamos arreglar ese conector.

—¡Le dijiste!

—Nunca prometí guardar el secreto.

Los tres reímos esta vez. Henry y yo terminamos la pizza por completo, no dejamos ni los bordes que Regina había dejado y dijo que éramos asquerosos por comerlos.

—Voy a bañarme. ¿Puedo usar tu baño?

—Si, cariño. Procura no mojar todo, pon la ropa en el cesto y acuéstate en mi cama.

—Ok.

Se fue llevando la basura consigo, dejándonos en un silencio un poco incómodo.

—¿Quieres una copa? —preguntó ella de repente y yo solo pude asentir—. Vamos al estudio, está haciendo frío.

—¿Estoy permitido?

—Intenta no arruinar nada más.

—Haré mi mejor esfuerzo.

Sonreí y seguí el camino detrás de ella, con la idea martillando en mi cabeza de que debía despedirme e ir a casa.

REGINA

A la luz de una chimenea todo parece más romántico de lo que en realidad es. David y yo nos habíamos bebido solo un par de copas cada una, me gustaría culpar al alcohol pero me encontraba en mis cinco sentidos, pensé entonces en la forma que él estaba contaba su historia, aquello que extrañaba del Bosque Encantado antes que su vida se volviera un caos, parecía un hombre feliz que extrañaba una vida feliz, una vida simple que parecía demasiado lejana para mí, y mientras más lo escuchaba más triste me hacía sentir porque yo realmente no tenía recuerdos del todo felices, incluso mi vida con Henry parecía una mentira comparada con la de él. ¿Por qué me contaba esas cosas?

—Debes odiarme —lo dije sin pensar, no quise decirlo en voz alta, pero lo hice.

—No te odio.

—Destruí tu vida, demasiadas veces como para pensar siquiera en perdonarme.

—Ha pasado una vida de eso, y no eres la única que tuvo que ver en todo lo que me ha pasado, empezando por mí. No niego que incluso ahora me haces enojar a veces, pero no te odio.

—Pienso que deberías.

—Ahí estás otra vez, demostrándome que no eres tan inteligente como todos piensan.

—Pues tú tampoco lo eres.

—Cuando mi vida era simple tomaba decisiones simples y todo funcionaba, pienso que deberíamos hacer eso en lugar de complicarnos siempre la vida.

—Es más fácil decirlo que hacerlo.

—No lo creo. Es cuestión de intentarlo, vamos, inténtalo.

—¿Ahora?

—Sí. Toma una decisión simple, como lo del tomacorriente.

—Tú lo echaste a perder.

—Prometo no interferir esta vez.

Lo miré a los ojos y pensé en lo sencillo que parecía todo con él, sin enojos, sin venganzas, incluso las discusiones eran simples. Fue inevitable pensar en lo que habría pasado si él me hubiese besado cuando yo intenté hacerlo; sacudí la cabeza para alejar la idea porque sabía que eso habría sido un error.

—¿Qué? —preguntó como si supiera lo que yo pensaba—. ¿En qué piensas?

—En nada.

—Mientes. Dime. Intentemos ser amigos, como lo éramos durante la maldición.

—Te estaba manipulando durante la maldición.

—Te esfuerzas demasiado, incluso Kathryn extraña ser tu amiga.

—Claro que no, ella me odia, al igual que todos aquí.

—Creo que le agradas a más personas de las que piensas.

—No es verdad.

—Tienes una habilidad para llevar la contra, lo haces siempre, eso me enoja.

—Pues no intento agradarte.

—Deberías, es más fácil que seamos amigos si nos agradamos mutuamente.

Llenó nuestras copas y chocó la suya con la mía.

—¿Por qué brindamos?

—Por nuestra amistad.

Quería decirle que yo no necesitaba un amigo, que no era un proyecto de caridad, pero llevaba tanto tiempo sin tener a alguien que quiera hablar conmigo, que me escuche y sea amable, que me sentía atrapada en el momento sin ganas de que termine.

—¿Cómo le va al consejo haciéndose cargo de la ciudad? —fue lo único que se me ocurrió preguntarle.

—No nos va tan mal, lo hacemos lo mejor que podemos.

—¿Alguna decisión con respecto a mí de la que deba enterarme?

—Alguien se quejó de tu jardín, los setos están demasiado altos y no pueden espiarte.

—Me alegra y me preocupa, no es tan fácil darles mantenimiento y me alegra que eso detenga a los mirones.

—Puedo arreglar tu jardín, es algo que hacen los amigos.

—Arruinaste mi sistema eléctrico, estás muy equivocado si crees que voy a dejarte tocar mi jardín —sonreí burlándome de él.

Su mano tocó mi mejilla y me retiró el cabello que cubría parte de mi rostro, mi respiración se detuvo al sentir sus dedos acomodarme el cabello detrás de la oreja.

—Te vez muy diferente así, es como si fueras otra persona.

—¿Así cómo?

—No sé, descomplicada.

En mi no tan sutil intento por dejar de mirarlo, retrocedí y regué sin querer el vino de mi copa en el sofá.

—¡Maldición!

—Espera, déjame ayudarte —dijo quitándome la copa vacía de las manos.

—¡Deja de jugar al héroe conmigo! —dije enojada.

—¿Qué? —preguntó confundido.

Me puse de pie frente a él y sacudí los restos de vino de mi ropa.

—Juegas a ser amable pero los dos sabemos que no es verdad.

—¿Crees que tengo algún plan secreto? Que soy amable contigo para robar cosas de tu nevera o una de tus plantas, porque realmente no hay ningún interés aquí para que yo tenga que fingir ser amable contigo.

—No lo sé, pero…

—Quizá me agradas Regina, quizá eres una persona agradable con la que me gusta conversar cuando no te vuelves loca e intentas vengarte de todos.

—Eres solo un pastor idiota que no tiene idea de nada. La vida no es así de simple, no podemos ser amigos como si nada hubiese pasado.

—Que tú siempre lo compliques todo no significa que la vida sea así de complicada, todo es bastante simple la verdad —dejó las copas sobre la mesa y se puso de pie.

Quería demostrarle que la vida no era tan simple, que las cosas salen mal y se echan a perder, que en mi lado de la historia el único camino está estropeado, y no sé exactamente lo que me impulsó hacia él y me hizo besarlo, un beso torpe y apresurado.

—Mi vida siempre ha sido un jodido desastre, así que no me digas que estoy equivocada.

—Pero lo estás.

Fue él quien acortó la distancia, puso sus manos en mis mejillas y besó mis labios, como si él tuviera las mismas ganas de complicarlo todo, y no sé exactamente quién dio el siguiente paso, pero sus manos me quitaron la blusa y yo hice lo mismo con su camisa de cuadros horrenda. Mordí su labio suavemente mientras colgaba mis brazos alrededor de su cuello y él apretaba mis nalgas, pegándome contra él y sintiendo su erección por encima de la ropa.

Dejé que me diera vuelta en sus brazos, que su boca chupara mi cuello y sus dedos se perdieran en mi ropa interior. Mordí mi labio inferior pero eso no evitó que él escuchara mis gemidos, sus dedos gruesos frotaron mi humedad y se deslizaron dentro, estaba tan concentrada en el fuego que me incendiaba por dentro que no fijé cuando mi brasier cayó al piso, su mano apretó mis pezones, amasó mis senos; volteé mi rostro hacia él y encontré su boca, su lengua jugó con la mía, sus dedos entraron y salieron de mí con dificultad, mi ropa le hacía difícil explorarme, aunque no por mucho tiempo, me dejó con ganas de explotar en sus dedos y me ayudó a terminar de desvestirme, lo sentí desabrochar su pantalón, me moví poniéndome de rodillas sobre el sofá y abrí las piernas para darle espacio.

Su mano apretó mi cadera con fuerza, sentí la cabeza de su pene contra mi entrada y supe que era grande, el primer empujó dolió un poco y el segundo me hizo gritar.

—¿Está bien? —Preguntó contra mi oído, llenándome por completo, dándome el tiempo de arrepentirme—. ¿Quieres que me detenga?

—No —dije demasiado rápido.

Tomé su mano y la llevé a mi clítoris, él entendió y comprendió a frotar, se movió lentamente, agarrando el ritmo y la posición correcta. Sentí sus manos apretar mis senos, desatendiendo otra vez mi clítoris, sus dientes mordieron mi cuello, chupó con avidez mientras su pelvis chocaba contra mis nalgas comenzando a moverse más rápido, más fuerte, me agarró de la cadera e impuso un ritmo más rápido, era una mezcla de dolor y placer que amenazaba con volverme loco, que quemaba por dentro y me aceleraba el corazón.

Comencé a jadear y gritar un poco, y él me besó para silenciarme mientras yo alcanzaba el orgasmo, apretándome con fuerza alrededor de él mientras me venía. Dejé caer mi cabeza sobre el sofá, buscando respirar mejor, calmarme un poco, pero era imposible con él aun penetrándome, fui consciente que él no había terminado aún, que su erección seguía dura dentro de mí. Me bajó del sillón y terminé con mis manos y rodillas en el piso para él. Era tan excitante la forma en que él me estaba poseyendo. El calor de nuestros cuerpos parecía mayor que el de la chimenea, apreté la alfombra moviéndome con sus embestidas y entonces lo sentí, sus dedos clavándose en mi piel, su semen caliente llenándome y mojando mis muslos, se quedó en mi interior hasta que se vació por completo y luego nos derrumbamos sobre la alfombra, con los ojos cerrados, respirando irregularmente, con la realidad de lo que acabábamos de hacer devolviéndome a la realidad, estaba demasiado cansada para moverme, no podía ni darme la vuelta y mirarlo a la cara.

—¿Estás bien? —Preguntó acariciando mi espalda, puso un beso en mi hombro y me sentí confundida—. Fue increíble. Estuviste increíble.

Su boca continuó besando mi cuello y sus dedos tocaron mi abdomen.

—Espera —dije deteniendo su mano y volteando a verlo—. Esto… lo que hicimos.

—Quiero hacerlo otra vez.

—¿Por qué?

—Porque me gustas y creo que yo también te gusto.

—Pero nosotros no…

—Esta es la decisión simple de la que hablamos, la que nos hace felices sin complicarnos tanto.

—Jamás funcionaría.

—Me gustaría poderlo intentar.

Incluso lo más simple podría dar un resultado extraordinario, y lo que me había estado negado a sentir era que lo que yo sentía por él podía ser algo más que simplemente ser su amiga. Así que lo besé, quizá solo para borrarle la sonrisa tonta que tenía en la cara y quizá tras hacer el amor una vez más nuestro intento resultara bien después de todo.

DAVID

Al ingresar a la ferretería me aseguré de elegir todos los materiales que necesitaba para cambiar los breques, compré también unos guantes para evitar electrocutarme. Tras levantarme muy temprano tuve tiempo de ir al departamento a cambiarme y tomar mi camioneta, compré naranjas frescas porque Regina no tenía en casa y quería preparar uno yo mismo. Tomé la precaución de llevar la llave de repuesto para no despertar a nadie a mi regreso, así que me sorprendí al ver a Regina de pie en la cocina y ella también parecía sorprendida al verme, una vez más su cabello estaba mojado y parecía haber tomado una ducha.

—Estás despierta.

—¿Qué haces aquí?

—Fui por los breques y unas naranjas. ¿Pensaste que me había ido?

—Te fuiste.

—Sabes a lo que me refiero.

—Da igual.

—No. —Dejé las cosas en el mesón y me acerqué a ella—. Por muy jóvenes que nos veamos no somos unos niños y no bebimos suficiente como para inventarnos que lo que hicimos fue un error, en especial porque lo hicimos tres veces.

—No seas ordinario.

Reí y aunque yo intentó retroceder pude alcanzarla para darle un beso.

—Puedes volver a la cama y dejar que yo te sorprenda preparando el desayuno, y yo fingiré que no creíste que había huido.

—Te fuiste, y Henry no puede saber esto.

—Quedamos en no complicar las cosas. Va a enterarse y se enojará porque no fuimos honestos, si vamos a intentar esto lo haremos bien y que pase lo que tenga que pasar.

—O podemos dejar las cosas como están.

—¿De qué tienes miedo? Henry va a enojarse un poco, es probable, las personas en la ciudad van a enojarse mucho, pero no tiene que importarnos. Solo piénsalo mientras preparo el desayuno y arreglo tus breques, luego puedes echarme si quieres.

Sinceramente no esperé que me echara, luego de arreglar sus breques y hacer un desayuno que me quedó bastante bien me echó de su casa prometiendo pensar en lo que había pasado. No tenía idea cuánto tiempo necesitaba ella para pensar, no era como si acabase de proponerle matrimonio, quizá el problema era ese, en el Bosque Encantado las cosas se manejaban de forma diferente, uno no podía acostarse con alguien nada más, al menos no si eras un hombre decente.

No vivíamos más en el Bosque Encantado, pero nosotros teníamos todas nuestras costumbres y creencias en nuestra memoria, y después de esperar todo el día que ella contestara mis mensajes no tuve otra opción que intentar distraerme yendo al restaurante de la abuela, tenía hambre y no quería cocinar para mí solo. Ruby estaba allí, se sentó conmigo y compartimos la cena mientras me contaba lo mucho que estaba en contra del matrimonio de Belle con Gold.

—Uno no elige de quien se enamora, solo pasa y ya. Ellos tienen una relación larga.

—Es un hombre horrible y ella es una linda persona, no deberían estar juntos.

—Lo están, y van a tener un hijo dentro de poco.

—Por eso no le digo nada, pero si algo sale mal sabrás que yo tenía razón.

—Ruby —giré a ver que el restaurante estuviera vacío, me incliné hacia ella y decidí confesar en voz baja—. Hice el amor con Regina.

—¿Qué? ¿Qué acabas de decir?

—Eso.

—No lo digas.

—Ayer, en casa de Regina, tenías razón…

—¡Pero si te dije que no lo hicieras! ¡Es como si te hubiese dicho todo lo contrario! No esperaste ni un día…

—Me hiciste recordar lo que pasó antes que se rompiera la maldición, yo iba a besarla, no lo hice porque ya estaba en un triángulo amoroso, y ella era mi amiga. Pero tenías razón…

—Es que yo debo hablar en otro idioma, porque te dije exactamente que no te metieras con Regina.

—Creo que no va a funcionar.

—¡Gracias a Dios!

—Siento cosas por ella, es real, no sé cuánto tiempo lo he sentido, lo pienso y sé que me he preocupado por ella muchas veces.

—Yo me preocupo por Belle y no por eso voy a ir a acostarme con ella, es mi amiga. Regina puede ser tu amiga, que de por sí ya es bastante raro, pero no puedes acostarte con ella.

—¿Crees debemos seguir manteniendo nuestras costumbres del Bosque Encantado? He visto que algunos lo hacen y otros no.

—No tenemos que matarla, lo que hicieron no está bien, pero…

—Hablo en serio.

—Yo también.

—Es que en el Bosque Encantado conoces a alguien que se supone es la indicada y te casas.

—¡Cierra la boca! —casi gritó histérica, pero se recompuso—. Ella no es la indicada y no vas a casarte.

—Creo que es lo que ella espera de mí, por eso no contesta el teléfono.

—¿Te estás escuchando? ¿Es esto algún tipo de crisis nerviosa? Puedes acostarte con ella y salir un par de veces para matar el despecho, no lo voy a negar, cualquiera se acostaría con ella, pero es la Reina Malvada.

—No digas esas cosas. Estamos en un mundo sin magia, ella es solamente Regina, es una gran madre y una buena amiga, y cuando estoy con ella siento que puedo hablar de todo… y el tiempo es como si no existiera… es fantástico y me hace sentir muy bien.

—El sexo debe ser increíble.

—Cállate.

Los dos reímos, se levantó un poco de su asiento y me dio un fuerte golpe en el hombro.

—No te apresures, trata de no volverte loco y casarte con ella. Primero asegúrate que no estás cometiendo un grave error, porque esto nos puede costar la vida a todos.

—Gracias Ruby, no creo que habría podido seguir adelante todos estos meses sin ti, eres una gran amiga.

—No me acostaré contigo, vete a casa e intenta pensar en las estupideces que estás haciendo.

Fue lo que hice, pasé el resto del fin de semana pensando en Regina y dándonos el tiempo que necesitábamos para asimilar lo que había pasado entre nosotros.

El lunes por la mañana fui al trabajo, revisé los informes que debía entregar, habíamos tenido días tranquilos y el trabajo era poco, así que salí a patrullar con la intención de ir a ver a Regina, Henry seguramente ya estaba en la escuela, eso nos permitiría hablar con libertad, quería que ella supiera que sea cual sea su decisión yo iba a respetarla, y que eso no afectaría nuestra relación con Henry.

—Iba a llamar —dijo al verme cuando abrió la puerta—. ¿Quieres pasar?

Entré y cerré la puerta tras de mí.

—No soy tonto, sé que todo esto es muy raro, pero no debe ser indiferente para ti el hecho que me gustas.

—No es algo en lo que haya pensado jamás.

—Estábamos malditos, de no ser por mi lío con Kathryn que tú ocasionaste… esa noche yo te habría besado, me alegra no haberlo hecho porque eso habría complicado mucho las cosas.

—Lo sé. Y lo siento.

—Tenemos las mismas posibilidades de que esto funcione o que fracase, pero quiero intentarlo, y si necesitas que te dé mi palabra o prometa casarme contigo…

—¿Casarnos? ¿Te has vuelto loco?

—Pensé que es lo que querías…

—No vivimos en el Bosque Encantado, no me has robado la virginidad. Evidentemente no debes estar en tu mejor juicio si…

La besé, no quería que siguiera diciéndome lo tonto que soy y tenía muchas ganas de besarla. Ella me devolvió el beso con la misma intensidad, la levanté del piso y aferró sus piernas alrededor de mi cintura. Caminamos casi a ciegas hasta su habitación, esta vez quería hacerle el amor en la cama, aunque nuestra ropa fue quedando olvidada en el camino, estábamos desnudos cuando llegamos a la habitación. Estábamos tan ansiosos que apenas caímos sobre la cama me acomodé entre sus piernas abiertas y la penetré, era una vista increíble verla arquearse contra mí, la forma en que su cuerpo se movía con mis embestidas, sus paredes vaginales apretándome en su interior, sus pezones erectos perdiéndose en mi boca.

—Más rápido —dijo jadeante.

Alcé una de sus piernas en mi hombro y la embestí con más rapidez mientras frotaba su clítoris, a diferencia de nuestra primera vez, en esta ocasión me tomé el tiempo de disfrutar cada uno de sus gestos, su boca entreabierta y su abdomen contrayéndose mientras mojaba las sábanas tras su orgasmo, era absolutamente hermosa.

Salí de ella y la volteé para dejarla boca abajo, pasé las manos por su espalda acariciándola, apreté sus nalgas y lamí la humedad de sus muslos, puse mi pene en su entrada y la llené lentamente, aún estaba muy sensible así que esperé un poco, no quería que tuviera otro orgasmo muy pronto, pero bastó con que me moviera un par de veces para sentirla apretarse nuevamente, no podía esperar más así que presioné con fuerza contra ella, una y otra vez, el ruido de mis embestidas llenando la habitación y mezclándose con su fuertes gemidos, me incliné sobre ella y mordí su hombro mientras terminaba dentro de ella.

Nos acostamos abrazados en medio de la cama, cansados y sonrientes, sin ninguna otra preocupación en la mente.

—Creo que quiero casarme contigo —dije mirando al techo.

Nos quedamos en silencio, escuchando el eco de mis palabras, la miré y ella solo sonrió, una sonrisa llena de felicidad y picardía.

—Vas a tener que convencerme.

Eso era todo lo que necesitaba escuchar. Acorté la distancia y la besé.

FIN.