Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Lily Jill, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: This story is not mine, it belongs to Lily Jill translating with her permission. Thank you, Lily Jill! ❤️
**Advertencia**
N/A: Estoy muy nerviosa por publicar este capítulo.
Todos saben que Mary y Masen son las sombras en esta historia. La historia se centra en ellos, y me he preocupado por mucho tiempo que llegaríamos a este punto de la vida de Mary y algunos lectores dejarían de leer por el tema en cuestión. Para ser honesta, lo comprendo. No es fácil leer ciertos contenidos—especialmente cuando nuestras propias vidas (más aún 2020) podría beneficiarse con algún tipo de felicidad como escape.
Sin embargo, esta es Mary. Su infancia, sus experiencias con el trauma y EAI (Experiencias Adversas en la Infancia), la definen. Es lo que la hizo ir al acantilado esa noche cuando la conocimos por primera vez en el capítulo uno. Es lo que le hizo elegir quitarse la vida. Es todo lo que ella ha conocido, y desafortunadamente, es la forma de vida para demasiados niños en estos días. Si realmente quisiéramos comprenderla y comprender quién es ella, no podía saltear esta parte de su historia.
Si son miembros de mi grupo en FB, ya saben que soy profesora, y aunque no lidio directamente con los detalles de casos como este, estas son la vida de algunos de los estudiantes que han pasado por mi aula. Soy una informante obligatoria cuando se trata del bienestar de un niño, y desafortunadamente, he tenido que hacer llamadas. Aún tengo que hacerlo.
Por favor, considera este largo mensaje de mi parte como una advertencia para este capítulo. Esto es lo más oscuro que veremos de Mary, y he dejado afuera la mayoría de los detalles, pero mantuve los que son esenciales para su personaje. Espero que permanezcan aquí, y comprendo si necesitan saltearse este capítulo.
Si logran llegar al final, déjenme un review para hacerme saber que se quedan conmigo. Puede que no responda porque estaré escondida en un rincón.
Capítulo 10
Mary
La ventana.
Esa era su cuerda salvavidas.
Era su única esperanza para sobrevivir.
Eso era lo que la mantenía a flote.
Sin eso, Mary seguramente se ahogaría, sucumbiendo a la oscuridad que amenazaba con consumirla.
La ventana era su escape y su forma de volver cuando no tenía otra opción que volver a casa. Cuando Mary necesitaba estar sola o quería esfumarse sin ser notada, ella trepaba por la ventana de su cuarto. La ventana que estaba justo al lado de su armario, por lo que cuando llegaba la hora de que necesitaba estar en casa, ella abría la ventana y desaparecía en el pequeño espacio del armario por tanto tiempo como podía.
Su madre, solo en palabra y no en la práctica, jamás sabía realmente la hora a la que supuestamente debía volver de la escuela, y Mary usaba eso para su beneficio. Ella caminaba a casa con su grupo de amigos, riendo en los momentos correctos así nadie sospechaba de la tristeza que vivía en sus huesos. Pero cuando era hora de que ella entrara, dejaba pasar el tiempo hasta que todos ellos habían desaparecido, y entonces se daba la vuelta y se dirigía al bosque hasta que el sol en el cielo le decía que era hora de volver al lugar que debería haber sido su hogar.
Ella se dirigía a su ventana; siempre estaba sin traba porque su madre nunca chequeaba ese tipo de cosas y silenciosamente se metía a su armario. La puerta de su cuarto no tenía un picaporte, pero había un vestidor adentro de su armario que Mary colocaba enfrente de la puerta del armario para darse un poco de tiempo extra si lo necesitaba.
Afortunadamente, ella no había necesitado el tiempo extra en un tiempo, pero aún así, hubo un tiempo en que ella lo necesitaba mensualmente, luego semanalmente, y entonces todas las noches.
Para cuando él se fue de sus vidas, Mary había aprendido que si posicionaba el vestidor correctamente, así las esquinas trababan diagonalmente contra ambas paredes a los lados, no podía abrirse. Ella era capaz de quitarlo, pero nadie por fuera podía empujar para entrar.
Empujar el vestidor hacia adentro significaba que él podía llegar a ella.
Él ya había hecho suficiente.
El daño ya estaba hecho, mucho antes que su madre finalmente se deshiciera de él definitivamente.
A pesar que él ya no estaba, y el nuevo hombre se sentaba en su silla en la sala, Mary aún prefería la protección de su armario. El silencio. La simplicidad. Su lugar seguro.
Cuando su madre estaba trabajando, ella era capaz de entrar por la puerta principal después de la escuela. Cuando su madre no estaba trabajando, era entonces que ella se escondía afuera, luego se escondía en su armario, solo saliendo cuando ella sentía que no había nadie allí. Mary fingía que ella había estado en casa por horas, convenciendo a su madre que había vuelto silenciosamente horas atrás y que había ido directamente a su cuarto para terminar su tareas. Funcionaba la mayoría de las noches, ya que su madre siempre estaba perdiendo y recuperando la consciencia para el momento en que Mary entraba por la puerta. Su madre se encogía de hombros y le hablaba como una amiga—no como una madre.
Si Mary tuviera que elegir, ella elegiría las noches donde pasaba junto a su madre dormida en el sofá. Ella prefería los momentos cuando era incapaz de mantener una conversación con ella, simplemente porque hablar con su madre se estaba volviendo cada vez más frustrante mientras Mary crecía.
Las cosas iban bien—por ahora.
Mamá había conocido a un hombre no mucho tiempo después de que el último se hubiera ido, y las cosas seguían en la "etapa feliz", como Mary había llamado a esta parte de las relaciones dañinas de su madre. Ella conocía las señales demasiado bien después de vivir con ellos repetidamente desde que mamá había dejado al papá de Mary y todo lo demás atrás.
En esta etapa, la risa de su madre llenaba la casa en vez de las latas vacías de cerveza y restos de jeringas. Mary estaba segura que éstas estaban escondidas en alguna parte, ya que mamá no podía vivir mucho tiempo sin ellas, pero cuando mamá trataba de impresionar a alguien nuevo, ella se esforzaba por mantenerlas fuera de la vista.
Pero estas siempre volvían a salir.
Su madre siempre estaba atraída al mismo tipo de hombre. Algunos eran adictos a la bebida, otros a las agujas. Y algunos, como este último, preferían la compañía de pequeñas niñas de la edad de Mary al resto de los vicios que se encontraban dentro de estas cuatro paredes.
—Ella ya no es una niña, ¿o sí? —Él había espetado cuando vio la primera caja de tampones de Mary debajo del lavabo.
—Oh, para. —Su madre se había reído, su rostro escondido debajo de una columna de humo de cigarrillo—. Ella siempre será mi bebé. —Ella había terminado sus palabras con una sonrisa y un pellizco en la mejilla de Mary, esta vez sin sentir la mejilla regordeta de bebé entre sus dedos. Incluso si no fuera por la caja de tampones recientemente comprada, era obvio que Mary estaba creciendo, alejándose de la imagen de una niña dependiente y convirtiéndose en alguien reticente a confiar en alguien más que en sí misma.
—Ella puede ayudar aquí —él anunció, su mirada devuelta en la pantalla del televisor y sus labios alrededor de otra botella de cerveza.
—¿Cómo, Laurent? —Su madre había respondido, aparentemente molesta de que estuvieran teniendo esta conversación de nuevo—. Ella tiene trece años. ¿Dónde va a conseguir un trabajo, eh?
—James puede ser persuadido de otras maneras —respondió Laurent—. Confía en mí.
Mary no sabía por qué James, su casero, encajaba en esta conversación.
Mary nunca había confiado en Laurent ni un día de su vida; ella tenía buenas razones para no hacerlo. Era más como una intuición, o un presentimiento que Mary tenía. Incluso desde una joven edad, una edad donde Mary realmente no comprendía realmente lo que era el sexo o cómo debía ser, ella sabía que la manera en que los ojos de él rondaban por su cuerpo no se suponía que debía ser así.
—¡Esa es mi hija! —Su madre había siseado. Incluso una mujer como su madre sabía que estaba mal tener esta conversación, mucho menos actuar al respecto.
Furioso por que una mujer estuviera desafiándolo, Laurent bajó de un golpe su bebida sobre la mesa, volcando en el suelo lo que fuera que quedaba en la botella.
—Sí, y estamos retrasados con la renta.
No fue que Mary de trece años le diera una mamada a un adulto por primera vez lo que le dolió más a Mary.
Fue el momento de silencio que le llevó a su madre para responder al significado detrás de las palabras de Laurent.
En ese momento, mientras Mary estaba sentada en la mesa en el mismo cuarto que ellos, supo que debía comenzar a planear su salida antes que su madre la destruyera.
—¿Qué tan retrasados?
Las dos palabras dichas por su madre detuvo cualquier pizca de perdón.
—Suficiente.
Al principio, había sido el abandono. Había sido el saltar de casa en casa, sofá en sofá, estado en estado. Habían sido las luces titilando al no ser pagadas, alacenas vacías, y refrigeradores olvidados. Había sido el que Mary aprendiera a cómo lavar su ropa en el lavabo así podía ir a la escuela sin que nadie se diera cuenta de los defectos de su madre. Había sido aprender a cómo hacer durar una comida por dos días mientras su madre y su novio del mes se iban de borrachera, dejándola sola donde sea que vivían en ese momento.
Esta vez, como Mary ya era suficientemente grande como para cuidarse de sí misma y estaba desarrollándose, se volvió algo completamente diferente, y Mary no lo comprendía en realidad.
Ella había escuchado a algunas de las chicas hablando en los casilleros de la escuela, por lo que ella comprendía un poco de lo que su madre y Laurent hablaban del otro lado del cuarto desde donde ella se sentaba en la mesa del comedor.
Incluso con los consejos de su madre en mente, mientras las dos iban a encontrarse con su casero, James, aún así ella aprendió de la manera difícil.
Ella recordaría el olor a alcohol estancado y sudor rancio por el resto de su vida; ella nunca volvería a dejar que alguien tocara la parte trasera de su cabeza; la imagen de uñas llenas de aceite descansando contra su cabello le hacía querer arrancar todo de este, así no le quedaba nada.
—Eso cubrirá este mes —Laurent le había dicho a Mary esa noche cuando fue a su cuarto para ver si su madre había cumplido con su plan. Su madre la había llevado a su departamento ese día, y James estuvo de acuerdo. Mary giró sobre su cama, mirando la pared, y sintió su estómago revolverse una vez más de solo pensar en el su sabor en el fondo de su garganta.
—No volverá a pasar; lo prometo, cariño. —Quizás era la culpa, Mary nunca lo sabría, pero su madre se había quedado en la cama con ella esa noche hasta que se quedó dormida. Acarició el cabello de Mary, apartándolo de su rostro, haciéndola encogerse con cada movimiento de sus dedos—. Vamos a estar al día desde ahora, ¿de acuerdo?
Ella se mantuvo muy quieta, mantuvo su respiración profunda, y suave hasta que su madre estuvo convencida de que Mary estaba durmiendo.
Esa fue la primera noche que Mary se había escondido en el armario, las lágrimas dándole la fuerza que ella necesitaba para mover el vestidor contra la puerta. Estaba oscuro, y frío, pero era nada comparado con el hielo que sentía en su corazón.
Pero Mary conocía a su madre.
Ella había vivido con la mujer por trece horrorosos años, por lo que sabía que las palabras que salían de su boca eran puras mentiras.
Ella sabía que no se mantendrían al día.
Ella sabía que solo empeoraría.
Y lo hizo.
Durante el siguiente año, Mary no tuvo opción que crecer mucho más rápido que la mayoría de las chicas de su edad. Ella sabía el dinero que podía traer por dar una mamada a un tipo en el asiento trasero del coche de su madre, ella supo que podía traer incluso más si les dejaba hacer otras cosas—e incluso más si les permitía hacer cosas con ella de las que no soportaría repetir.
Y eventualmente, cuando Laurent quiso participar, Mary no tuvo opción que dejarlo cuando su madre no estaba en casa—Laurent era quien mantenía ese roto techo sobre sus cabezas y la mísera comida en sus estómagos.
Cuando ella tenía dieciséis, con Laurent ya olvidado hace mucho tiempo por su madre, Mary comenzó con su plan.
Le llevaría un tiempo. Años. Pero lo haría.
Encontraría la manera de vivir sin su madre.
A ella no le importaba si era en una casa, un coche, en un cuarto, o en el sofá de alguien.
Ella simplemente necesitaba irse.
Ella se encontraba en segundo año en una nueva secundaria, en un nuevo estado. Ella no conocía a nadie excepto a su madre, quien se volvía cada vez más una extraña con el paso de los días. Ella no tenía amigos, realmente no le importaba hacerse con unos nuevos, ya que Mary estaba concentrada en su plan de escapar de las garras de su madre que no dejaba que nadie, o nada estropeara su ejecución exitosa del plan.
—Solo mantén tus manos lejos de mí —Mary le advirtió mientras se sentaba en el asiento delantero en su entrada. Él era uno de sus compañeros, su dinero se encontraba donde ella podía verlo en el salpicadero frente a ellos.
—Trato —dijo él, desabrochando su cinturón apresuradamente mientras echaba un vistazo alrededor de su vecindario. Nadie venía, ellos habían planeado hacer esto en los minutos entre la salida de la escuela y la vuelta de los padres de él a casa.
Mary no tenía muchos prerrequisitos para su plan—solo que ellos mantengan sus manos para sí mismos y que tuvieran prueba de pago antes de comenzar. Ella tomaba lo que quería, aprovechándose de algunos de los chicos del pueblo que no tenían idea de los precios de algunas de las cosas por las que estaban dispuestos a pagar.
Chicos, chicas, no importaba. Todo ayudaba a poner en marcha su escape.
—Y dime cuándo.
A ella también le gustaba tener una advertencia de cuando estaban cerca.
—Solo hazlo —dijo el chico apresuradamente—. Mi chica estará aquí pronto.
Mary había sonreído mientras lo tomaba en su boca—todos creían que tardaban más de lo que realmente hacían. Él sí cumplió con su palabra y mantuvo sus manos lejos de ella y le dijo cuando estaba por correrse. Reglas fáciles de seguir, Mary había pensado, y muy raramente alguien intentaba algo diferente con ella.
Ella había tomado su paga del salpicadero, lo había escondido dentro de la capucha de su chaqueta, y había abandonado al chico en su coche en su entrada sin una despedida o mirar atrás.
Él volvería.
Y ella nunca le diría que no, o a nadie, mientras que viera el dinero.
El dinero era su billete de salida, y necesitaba cada centavo.
El cansancio, no solo físico sino que mental también, se había asomado por sus huesos con cada paso que daba lejos del chico. Una hora después, con la oscuridad asomándose en la noche, Mary había descansado con su espalda contra una superficie grande y rocosa. Ella se había topado con el lugar un día por accidente, quizás al segundo día que su madre las había mudado a este pueblo.
A ella le gustaba estar aquí arriba.
Exhaló fuertemente, sabiendo que ella era la única en escucharlo y buscó en su sudadera para contar la colecta del día.
Allí era que, con su espalda contra la roca y el viento en el aire, supo que los ciento treinta y cuatro dólares era todo lo que valía en este mundo. Ella contó el dinero de nuevo, el sonido de los billetes gastados moviéndose uno tras otro con las olas rompientes debajo de ella, y se dio cuenta que la suma no era tan mala para un miércoles por la tarde en la secundaria.
Mañana sería un nuevo día, y ella con suerte juntaría la misma suma, o incluso más. Mary se había vuelto fría para este tipo de cosas; crecer con una madre adicta que permitía que su hija fuera abusada, mental y sexualmente, le hacía eso a una persona.
Mirando hacia el agua de abajo, Mary cerró los ojos, agradecida de haber encontrado al menos un lugar en este nuevo pueblo donde podía desaparecer. Cuando fuera que se mudaban, a Mary no le importaba—ella sabía el procedimiento.
—¿Y a quién tenemos aquí? —habló la secretaria de su nueva escuela, mirando entre ella y su madre con felicidad.
—Mary —su madre había respondido apuradamente. Se acercó y apretó la mano de su hija—. Esta es mi hija, Mary.
—Hola —fue todo lo que Mary pudo, o quiso, decir.
Con la información sobre su nueva escuela en mano, Mary se había despedido de su madre así podía explorar su nuevo pueblo, y caminó y caminó hasta que los demonios en su cabeza se durmieron y sus pies la habían traído aquí, hacia este mirador.
Era más como un acantilado que un mirador; Mary pensó la primera que vez que tuvo la oportunidad de echar un vistazo por el borde. Había una gran altura si fuera a caerse; las rocas eran filosas y prominentes, el agua sin duda helada mientras se retorcía debajo de dónde ella se sentaba contra la roca detrás de ella.
Tan inquietante como era mirar abajo, el frío del aire y el agua furiosa debajo, alejaban sus problemas, ha hacían sentirse infinitesimalmente pequeña—cosa que ayudaba a descansar su mente.
Ella iba allí de vez en cuando para tener ese espacio necesitado de su madre, quien estaba trabajando en una cafetería e intentaba seguir con sus reuniones de AA. Su madre lo intentaba, lo que era genial, pero Mary nunca aprendió a tenerle mucha fe en ello. Después de todo, estaban en un lugar nuevo, y las apariencias, al principio, le importaban mucho a su madre.
De todas formas, cuando Mary se encontraba en ese acantilado, sola y lejos de todo y todos los demás, ella cerraba los ojos y fingía—fingía que su sudadera no estaba llena de dinero por el costo de los deseos de otros. Fingía que su escape sucedería lo más pronto posible.
Pensar en el después hacía que Mary contara el dinero de nuevo para ver qué tan cerca se encontraba de su objetivo. Tomando el dinero arrugado de su bolsillo, suspiró y comenzó de nuevo, solo para que una ráfaga de viento soplara un billete de veinte de su pila, sus manos demasiado frías para moverse los suficientemente rápido para atraparlo.
—Uy. —Una voz amigable por detrás la sorprendió—. ¿Esto es tuyo?
Ella no se relajó cuando vio a un hombre en uniforme de pie en el acantilado a unos metros de distancia. ¿Desde cuándo una persona en uniforme la ha ayudado?
Ella se cruzó de brazos, asegurándose que el resto del dinero estuviera a salvo escondido dentro de su sudadera. Fue entonces que ella notó al billete de veinte dólares entre los dedos del hombre.
—Sí, gracias. —Mary asintió y señaló a su dinero—. Necesito eso.
El hombre dio un paso más cerca de ella, lo que naturalmente hizo que Mary diera dos pasos hacia atrás. Mientras más lejos, mejor.
—Lo sé —respondió él con una sonrisa—. ¿Crees que tomaría tu dinero?
—No —contestó ella. Él asintió de buena manera, contento de que ella le haya respondido con algún tipo de civilidad, aunque con precaución. Él podía lidiar con eso. ¿Defensiva? Preferiría no hacerlo.
Él se movió con el dinero y un paso lento para demostrar sus intenciones de devolvérselo. Él fingió no notar la pila de dinero que ella intentaba esconder mientras tomaba el dinero perdido, metiéndolo devuelta en sus bolsillos sin una palabra.
—¿Qué te trae aquí? —preguntó una vez que la vio tratando de encontrar la manera de pasar por su lado—. Está haciéndose tarde. Oscuro.
—Lo sé. Estaba por irme. —Palabras cortantes, movimientos corporales tensos, mirada agacha hacia el césped y las rocas debajo de sus pies.
Él señaló hacia su coche. Ella no debió haberlo escuchado con el viento y las olas.
—¿Necesitas un aventón? —Él se quitó el sombrero así ella podía ver una cabeza llena de cabello oscuro—. Es demasiado peligroso estar aquí.
La barbilla de Mary se elevó, desafiante.
—Puedo cuidar de mí misma —pronunció las palabras con tanto veneno que él instantáneamente supo qué tipo de chica era ella.
Él levantó sus manos en protesta.
—Jamás dije que no lo hicieras. —Volvió a sonreír—. Pero no estaría haciendo mi trabajo si al menos no te ofrecía mi ayuda.
Él la vio observarlo de arriba abajo y luego arriba de nuevo. Con brazos aún cruzados, él notó su vacilo al hablarle, pero lo hizo de todas formas.
—¿Qué eres, un guardabosques, o algo?
—Algo así. —Él se rio y entonces continuó—. Más como el hombre más abajo en el rango. Soy el oficial Swan, pero puedes decirme Charlie.
—Charlie —ella repitió su nombre como si estuviera probando cómo sonaría en su boca.
Él asintió felizmente, esperando que al ofrecerle su nombre pudiera darle un poco de confianza.
—¿Y tú eres?
Ella no contestó hasta que estaba en su patrulla, bajando del acantilado con él.
—Mary.
Era la primera vez que el joven oficial se había cruzado con ella, y sabía que no sería la última, a pesar de todas las veces que ella le decía que estaba bien.
Él sabía que un día la encontraría allí. El vacío en sus ojos crecía cada vez más... la temperatura ya no era lo más frío en ese acantilado.
Él no creyó que ella tuviera una voluntad para sobrevivir.
Y esa noche—en su ruta regular de patrulla unos años después, la encontró allí justo como él pensó que lo haría.
Él siempre supo que llegaría muy tarde.
Incluso ahora, mientras ella duerme en su cama de hospital, él confía en las máquinas alrededor de ella para que le digan cómo está, y siente que aún así ha llegado demasiado tarde.
Ella está viva, y él sabe que ella no quería que eso suceda; él sabe que ella quiere estar muerta.
Puede que Mary piense diferente; que él en realidad llegó demasiado pronto, pero él no fue capaz de detener su intento—por lo que en su mente, llegó demasiado tarde.
—¿Algo nuevo? —Su voz se quiebra cuando le habla a una enfermera que lo ha seguido hacia su cuarto.
—Lo mismo de ayer, señor —ella responde con tristeza—. No hay cambios.
Suspirando junto a su cama, el oficial Charlie Swan se pregunta si Mary cree que eso es algo bueno.
N/T: ¿Siguen allí? En el próximo, Edward :)
