Akatsuki no Yona no me pertenece, es propiedad de Mizuho Kusanagi.
Esta historia participa en la actividad Akatsuki no Bingo del foro El Feliz Grupo de Hambrientos.
Casilla utilizada: Soulmates AU.
«Soulmates AU: Desde que naces, tu mundo entero está en blanco y negro. Cuando tú y tu alma gemela cruzan miradas por primera vez, comienzas a ver todos los colores.»
La leyenda contaba que hacía muchos años, antes de la misma creación del reino de Kouka, las personas nacían con la imposibilidad de ver color alguno.
Su existencia entera giraba en torno a los tonos blancos, negros y grises, con la imposibilidad de saber de qué color eran los árboles que los rodeaban, cómo se veía el cielo al amanecer y qué tonalidades embellecían las flores del campo.
Fue en esa época, cuando el Dios Dragón Hiryuu descendió a la tierra acompañado de sus cuatro Dragones Guerreros que algo cambió.
Las personas de aquel entonces, al encontrarse con su alma gemela elegida por los Dioses, obtuvieron la posibilidad de ver los colores. Fueron esas mismas personas las que años después describirían a la perfección el color rojo que adornaba el cabello del rey Hiryuu. Rojo, como la sangre, como las manzanas y las fresas. Rojo como el amanecer.
Sus cuatro Dragones Guerreros eran también adornados por un color en específico: el dragón del brazo invencible con el color blanco; el dragón de la pierna prodigiosa con el verde; el dragón de la mirada paralizante con el azul y el dragón del cuerpo indestructible con el amarillo.
Fueron ellos los que le trajeron a sus territorios un nombre: El reino de Kouka. Fueron ellos quienes les brindaron la prosperidad de ser protegidos por los mismos Dioses. Fueron ellos quienes le obsequiaron a su reino entero la bendición de poder reconocer a su alma gemela y a su vez, poder apreciar la vida en un arcoíris que iba más allá del blanco y el negro.
Y a su vez, como aprenderían los Guerreros Dragones después de que su Dios Dragón Hiryuu muriese, les trajeron la maldición de que su mundo entero fuera desprovisto de color una vez que su alma gemela perdiera la vida.
~Su Oscuridad.
Todo sucede demasiado rápido. En un segundo es un halcón el que está sobre Yon-Hi, siendo atraído por la carne que porta, y al siguiente ella está mirándolo a él. Su rostro atractivo, sus ojos negros, su cabello oscuro…
Ella baja la mirada, avergonzada de sus atrevidos pensamientos y descubre… un líquido desbordándose lentamente de sus heridas. Es oscuro, pero no de la manera en que ella está acostumbrada. Es su sangre y Yon-Hi lo sabe, puede reconocer la sensación, pero el color… ella no puede identificarlo, más sabe lo que significa.
(Rojo carmesí, ella adolecería después)
Yon-Hi levanta la mirada hacia el hombre, siendo casi cegada por el brillo del cielo, por la crudeza de la tierra debajo de ellos y por la intensa mirada del hombre.
Sorpresa. Duda. Sospecha. Temor.
La garganta de Yon-Hi se siente seca, sin tener relación alguna con el calor que los rodea.
Yon-Hi se pregunta levemente si esa unión divina se convertirá en otra maldición.
Él la mira con ojos recelosos del otro lado de su banquete real.
Yon-Hi está realmente sorprendida por la manera en que Yu-Hon puede disimular ante su corte el hecho de poder ver colores que antes no veía.
Yon-Hi, por otro lado, ha estado viendo cada cosa deslumbrante de la capital de la Tribu del Cielo y del mismo castillo Hiryuu con un asombro casi infantil. Ella ruega porque lo atribuyan a su estancia como visitante… y de no ser así, tampoco le preocupa mucho quedar como tonta frente a desconocidos.
En medio de la conversación, Yu-Hon alaba su juicio sobre su hermano Il con cierta sorpresa. Yon-Hi no puede descifrar si se debe a las terribles compañías que suelen rodearlo o a su desconfianza ante ella y la posibilidad de que sean almas gemelas.
Por cualquiera de las dos razones, Yon-Hi no puede culparlo.
Estar en casa y disimularlo todo es una tortura.
El haber interactuado con extraños. Que ese extraño sea su alma gemela. Que esa alma gemela sea el príncipe heredero de Kouka.
Yon-Hi detesta mentirle a su familia, en especial a su madre. E igualmente detesta mentirle a él. Porque no pueden estar juntos y cada ocasión en que se ven, ella puede notar una barrera más desapareciendo de la armadura del cauteloso Yu-Hon. Porque no deben estar juntos, y cada día le es más difícil a ella decirle adiós. Porque su sangre no les permitirá estar juntos… no sin traer problemas, no sin revolucionar su mundo, no por mucho tiempo.
Su madre entra a sus aposentos entonces, con la mirada desencajada y el rostro compungido.
Las reuniones entre ellos paran.
La siguiente ocasión en que lo ve transcurridos unos meses, su corazón está tan aliviado como el rostro de Yu-Hon. Tan aliviado, tan enfadado, tan herido.
Yon-Hi levanta el rostro y corresponde a su feroz beso. Y después le promete lo que sea con tal de que nunca deje de besarla así.
Su madre levanta las cejas cuando las palabras alma gemela son soltadas en su reunión con Yu-Hon. Una simple mirada hacia Yon-Hi le hace creerlo completamente.
—Si eso es lo que los Dioses quieren —declara después.
Yu-Hon se remueve junto a ella, incómodo por primera vez en toda la reunión.
Yu-Hon es oscuro en toda la extensión de la palabra. Sus besos son demandantes y sus manos recorren cada rincón del cuerpo de Yon-Hi, hasta rodearla completamente con su oscuridad.
Él la venera en cuerpo y alma. Sin importar su sangre, sin importar su pasado, sin importarle la opinión de los demás.
Yon-Hi sabe que, sin importar si él llenaba su mundo de colores o no, ella siempre lo habría escogido a él y a su oscuridad.
extra.
Ella observa a la pequeña Yona y reconoce ese color una vez más. Carmesí.
El mundo se remueve por debajo de Yon-Hi al darse cuenta de que su unión sí había sido una maldición.
…
