Raxe (Raxe)
Este año ha sido una locura y hemos tenido tantas charlas, por dios, lo mucho que he reido contigo Raxe no me lo quita nadie. Por muchas más maratones de escritura juntas, eres fácilmente la mejor parte de ellas.
Destino
Había tomado su tiempo pero finalmente estaban juntos. La quietud que venía después de una guerra, el silencio que reinaba cuando ya no había nada que provocara sonido, era algo extraño de experimentar. Yona sintió que sus pulmones perdían todo el aire antes de recuperarlo. Había solo unos metros de distancia entre los dos y se había paralizado un momento al verlo, antes de correr. Siempre creyó que volvería a ver a Hak después de esta guerra, pero eso no quitaba el miedo o la ansiedad que sufría de la espera. La espera podía matarla y podría haberlo hecho si ella no hubiera aprovechado su tiempo y esfuerzo en lo que podía, para ganar esta guerra.
Finalmente se había acabado, por lo que ya no tenía motivo para seguir aquí más tiempo del necesario. Pero pensaría en su salida del castillo más tarde, ahora su único objetivo era correr hasta donde estaba Hak, para estrecharlo entre sus brazos.
La distancia se sentía como kilómetros, interminable, el tiempo se había detenido y su vista solo tenía ojos para su destino. Cuando finalmente lo alcanzó, saltó hacia sus brazos. Cuando él la estrechó fuertemente contra él, Yona sintió como si su mundo finalmente estuviera completo. Como si todas las partes de su corazón que parecían haberse caído y desaparecido en el trayecto de la guerra volvieran hacia ella, clamando por la felicidad del regreso a casa. Si hay algo que había aprendido Yona tras una larga travesía y una guerra, era que el hogar no era un lugar físico. El hogar eran las personas que aceptaban tu corazón en sus manos y lo guardaban y protegían con todo lo que tenían, a la vez que te confiaban sus propios corazones. El hogar de Yona era Hak, así como su corazón le pertenecía y viceversa.
Finalmente, Yona pensó que podía comenzar a vivir una nueva vida. Era como si un capítulo de su vida se hubiera cerrado finalmente y pudiera comenzar de nuevo. Cuando los labios de Yona se posaron en los de Hak por el esperado beso, que había anhelado desde el inicio de la guerra, sintió finalmente el cierre que había buscado con desesperación.
Finalmente, todo estaba moviéndose en la dirección correcta, y Yona sentía que una nueva fuerza la invadía. Ella podía hacer todo, ellos podían hacer todo y ahora que finalmente estaban juntos ,y habían aclarado donde estaban parados y lo que era su relación, podían comenzar a caminar en igualdad de condiciones.
El futuro era incierto, pero lo único cierto en toda la incertidumbre, era que estarían juntos. Porque Hak era su fuerza, la hacía sentir más valiente y capaz de lo que nunca se había sentido. Él la había convertido en la persona que es hoy, le había dado las fuerzas para seguir cuando ya se había rendido y la había apoyado cuando nadie más lo hizo.
Hak la había amado ante todas las cosas y se sentía el ser más afortunado en el mundo por ello. Yona se sentía bendecida, más allá de todo lo relacionado a Hiryuu, ella estaba bendecida porque tenía a personas como Hak, Yun y los dragones a su lado.
A partir de ahora, el futuro les pertenecía. Era de ellos para moldearlo y vivirlo a su conveniencia. Las paredes de este castillo ya no podían detenerla, la oscura noche que proyectaba sombras y miedo que había ocurrido en este lugar, finalmente se sentía como una herida cerrada. Una cicatriz pasada que carecía de valor. Con Hak a su lado, esperaba poder transitar ahora un camino de paz y amor. Porque lo amaba, porque le había salvado la vida de tantas maneras, que Yona no estaba segura de que algún día pudiera devolverle la más mínima parte de todo lo que él le dio.
Abrazo con aún más fuerza a Hak y agradeció por cada segundo que había compartido con él, por cada uno de los momentos que tendría con él. Sintió que una sonrisa se reflejaba en sus labios al ver la sonrisa de Hak.
Yona estaba destinada a la felicidad, no por ser la reencarnación de un dios sino porque Hak, él, era su destino.
Finalmente estaba en casa.
