Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es RMacaroni, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to RMacaroni. I'm only translating with her permission. ¡Gracias, Ronnie, te adoro! ❤️
Capítulo 11
El Almuerzo
—¡Bells! ¿Eres tú? —La pantalla negra me recibe antes de que su imagen aparezca.
—Hola... —Sonrío, luego me río—. ¡Apártate, todo lo que puedo ver es tu bigote!
Después de varios sonidos de movimiento, aparece su imagen.
—Allí estás. —Le saludo con la mano a través de la pantalla, inclinando mi cabeza a un lado.
—¡Vaya... mira ese bronceado! —Se deja caer en su silla con un bufido.
—¿En serio? —Presiono mis dedos sobre mis mejillas, inspeccionando mi vídeo en la pantalla.
—Nop... —Se ríe—. Aún tan pálida como un fantasma.
—Protector de factor 70, muchas gracias.
—Bien —dice, y entonces su cámara enfoca el techo, pero escucho la lata de cerveza siendo abierta, y luego él está de vuelta—. Entonces, ¿estás bien? ¿Rose se está comportando?
—Sí, Rose está siendo... Rose. —Me río y él sacude la cabeza—. Papá, te encantaría este lugar. ¡Es increíble!
—¿Sí? ¿Has tenido la oportunidad de explorar?
—En realidad, no, pero me refiero a las instalaciones en el centro...
—Por favor, no me digas que vas a pasar todo tu verano encerrada en el laboratorio mientras te encuentras en un país tropical.
—Quiero decir, no vine aquí de vacaciones. —Cierto, no me molestaría algunas actividades extracurriculares con un surfista en particular.
—Bella... —Suspira, tomando un sorbo de su cerveza.
—Aunque he estado tomando muestras en la playa —le cuento orgullosamente—. Y el agua costera. ¡He estado en un bote!
—¡Genial! —dice sarcásticamente, poniéndome los ojos en blanco de manera dramática.
—En serio, papá, la estoy pasando increíble. —El trabajo ha sido divertido.
—Pásame con Rose, ella me dirá la verdad.
—Ella no está aquí. —Yo le pongo los ojos en blanco—. ¡Oh! Y la próxima semana tenemos nuestra primera embarcación semanal en busca de muestras.
—¿No hay tiempo libre en este viaje o qué? —Frunce el ceño, sacudiendo la cabeza.
—Tengo algunos fines de semana libres...
—Está bien. Espero que aproveches esos. —Sus ojos se desvían hacia el televisor que se encuentra frente a él—. ¿Has conocido a algún local?
—Sí. —Mi mente inmediatamente va hacia Edward, pero no le contaré a Charlie sobre él. No hay nada para contar de verdad—. Todos son buenos y cordiales.
—¿Algún prospecto? —Charlie menea sus cejas en mi dirección.
—Papá...
—Está bien, está bien. Me detendré.
—¿Cómo estás tú?
—Oh, estoy muy bien, cielo. Waylon vendrá más tarde a mirar el juego.
Le cuento a Charlie más detalles sobre mi proyecto, y él me pone al tanto con los chismes del pueblo y el último crimen que él detuvo—un ladrón de tiendas. Le recuerdo de su píldora para el colesterol cuando él me da las buenas noches. Entonces, él se va a mirar su partido, y yo me acuesto en la cama. Otro lunes terminado.
~BW~
Durante la semana, comienzo mi día temprano con una corrida por la playa. Me digo a mí misma que es por mi propio beneficio, para mantener mi cuerpo en movimiento y para aclarar mi cabeza. Por supuesto, hay otros incentivos. Edward parece levantarse con el sol, y cada mañana lo veo en el agua. Paso corriendo por su camiseta y su toalla descartada en la arena, a veces moviéndome lentamente para echarle un vistazo, esperando no parecer demasiado acosadora. Pero él nunca viene a saludarme, como un no amigo hace. Porque eso es lo que somos. No amigos.
A veces siento que me está mirando, sentado sobre su tabla, pero ni bien lo encuentro, él vuelve a meterse.
Trabajo el sábado, pero el domingo, decido pasar la mañana en la playa sola. Con mi sombrero de paja puesto, me ubico sobre mi toalla, sobre la arena cerca de su camiseta. Lo suficientemente cerca para que no haya forma de que él no me vea, pero lo suficientemente lejos para darle la opción de irse sin interactuar conmigo. Si eso es lo que él elije hacer. Mejoro mi acoso.
En algún momento, Seth se acerca y se sienta a mi lado sobre mi toalla, y charlamos por un rato, hasta que él pregunta si quiero pasar el rato con él y lo rechazo educadamente, poniendo de excusa que quiero terminar mi libro. Él capta la indirecta, creo, y se va.
Cuando vuelvo a mirar a Edward, ahora está sentado en su tabla, lejos de las olas rompientes, observándome directamente. Esta vez, él mantiene mi mirada y soy yo la que rompe la conexión, contenta de haber traído una forma de entretenimiento que me mantenga ocupada hasta que él sale del agua, su tabla debajo de su brazo.
Se acerca y deja caer su tabla cerca de su camiseta, pero entonces, para mi sorpresa, él se deja caer sobre su espalda, sobre mi toalla, salpicando agua y arena en mi dirección.
—¡Oye!
Está jadeando profusamente, su pecho y sus abdominales se contraen. Noto las vendas en su costado, sobre sus moretones ahora amarillentos. Él permanece allí con los ojos cerrados y no dice nada por un rato.
Mi ojos lo estudian, su pronunciado perfil y su mandíbula definida, con barba que brilla de un color rojo en el sol. Sus hombros, y las pocas gotas de agua cayendo por sus pecas y hacia mi toalla.
Tomo aire profundo, sacudiendo la cabeza, sintiendo la exasperación hacerme efecto por que él sigue aquí y no me ha dicho ni una palabra.
—¿Hooola?
—Estás tejiendo en la playa —dice él con los ojos aún cerrados, su jadeo ahora sosegado—. ¿Esto cuenta como una de las cosas malas que haces?
Hay un rastro de sonrisa en sus labios y es contagiosa.
—Quizás. —Bajo la mirada a las agujas en mis manos, sacudiendo la cabeza.
—¿Has apuñalado a alguien con esas?
—No recientemente —bromeo y él se ríe, haciendo una ligera mueca mientras aferra su costado.
—Está bien, entonces tejer y atropellar criaturas indefensas. —Lista con sus dedos, como si fuera gracioso.
Le doy un puñetazo suavemente en el hombro, y él gruñe juguetonamente.
Lo miro a mi lado, tan pacífico y tranquilo, encantada de que esté siendo gracioso y ligero, pero preguntándome por qué. Como si él no me hubiera ignorado toda la semana. Como si él no hubiera dicho que no deberíamos ser amigos.
—¿Qué estás haciendo? —Suspiro fuerte y su rostro sigue mirando hacia arriba, sus ojos cerrados.
—¿Quieres la verdad?
—Siempre.
—Vi a Seth acercarse aquí... —dice, su mandíbula crispándose.
—¿Y?
Se queda en silencio por un momento, luego se apoya sobre sus codos, sus ojos ahora abiertos y sobre mí, una sonrisa brillante y torcida en su rostro.
—Me preguntaba si él trajo empanadas.
—¿Acaso ves empanadas? —Agito una mano hacia la toalla debajo de mí y las cosas esparcidas sobre ella. Mi ovillo. Mi botella de agua. Y mi libro. Con los restos de mi ego.
—No. —Gruñe, dejándose caer sobre la toalla de nuevo, mientras que las próximas palabras salen apresuradamente—. He estado devanándome los sesos en busca de una buena excusa para venir aquí desde el momento en que se fue, y eso fue lo mejor que se me ocurrió. Lo siento. —Se pasa los dedos por el cabello, cerrando los ojos. Su rostro ya no es juguetón, sino que serio—. No sé qué mierda estoy haciendo, Bella. —Sus palabras salen en un susurro torturado, como si algo en lo profundo de su interior se colara entre los muros, y este jalara de mi interior.
—Está bien no saber, Edward. —Mi tono es suave, mi mirada aún en él—. Así como no sé qué haré con esto. —Muevo mi proyecto de tejido sin terminar cuando él abre sus ojos, volteando su cabeza hacia mí—. Puede que sea una bufanda... ¿o una cinta para el cabello? —Me encojo de hombros cuando él sonríe, pero por dentro también estoy sonriendo—. Solo puedo tejer en líneas rectas, por lo que... mis opciones están limitadas a cuadrados o rectángulos.
Él parece pensar en ello por un segundo, sus ojos perdiéndose en los míos, y una pequeña sonrisa aparece en su rostro antes de sentarse con un bufido, sacudiendo la cabeza.
—¿No tienes comida contigo entonces?
—No. Lo siento. —Hago una nota mental de empacar sándwiches o algo para él la próxima vez, de repente preocupada sobre cuánto tiempo ha pasado desde que él comió, considerando que es casi el mediodía, y ha estado en el agua por horas. Entonces, me río de mí misma por pensar que habrá una próxima vez.
—¿Quieres ir a comer algo? —ofrece él tentativamente, y me tenso, pensando que quizás no lo escuché bien.
Le arqueo una ceja, y su expresión me dice que lo sabe.
—Lo sé. Sé lo que dije la otra noche, sobre no ser amigos. Solo... solo me está costando cumplirlo. —Se mueve sobre mi toalla, esquivando mi mirada—. Entonces, ¿podemos simplemente fingir que no dije nada? Al menos por un rato.
—Sí, puedo fingir. —Estoy dispuesta a hacer lo que sea para prolongar mi tiempo con él.
Él se pone de pie, sacudiendo el agua de su cabello, se pasa las manos por los shorts para quitarse la arena, y entonces extiende una en mi dirección. Afianzando sus dedos alrededor de mi mano, jala de mí hasta ponerme de pie frente a él, nuestros cuerpos a meros milímetros de distancia. No tengo la posibilidad de ser deslumbrada por su proximidad, porque está estrechando mi mano y sonriéndome como un tonto, en nuestro apretón de manos raro y habitual.
Justo después, nos encaminamos al establecimiento de comida de Sue al extremo norte de Playa Tortuga. Él deja su tabla en la entrada, apilada sobre un par de otras. El área de asientos se encuentra sobre el agua, y Edward nos lleva hacia una mesa libre al final, así las olas se estrellan justo debajo nuestro.
—¿Quieres algo de beber? —pregunta mientras tomo asiento.
—Agua está bien —es mi respuesta. En vez de unirse a mí, se dirige a la barra y camina detrás de este para servir agua en dos vasos. Cuando la chica detrás de la barra le da dos pajillas envueltas en papel, él sacude la cabeza, rechazándola.
Mis labios se estiran al máximo mientras él vuelve con dos aguas y dos menús.
—¿Trabajas aquí? —pregunto cuando se sienta, riendo suavemente.
—No. Quiero decir, le ayudo a Sue a veces, pero no trabajo aquí oficialmente. —Sacude la cabeza, pensando sus próximas palabras con cuidado—. Solo es que... —Pausa, como si estuviera avergonzado.
—¿Qué pasa?
—Pensarás que soy un raro.
—También soy una rara; está bien. —Tomo mi agua, mi mirada en él—. Suéltalo.
—Me siento raro cuando soy servido. Es solo... un concepto extraño, ¿no crees?
—Está bien. Sí. Creo que eres un raro.
Él jadea dramáticamente, mirándome boquiabierto, y entonces se carcajea, aferrando su costado.
—Como sea —dice, deslizando el menú hacia mí—. Te traeré lo que sea que quieras.
—Entonces, no te gusta ser servido, ¿pero no te molesta servir a las personas? —le pregunto en broma.
—Jamás admití tener sentido. —Se encoje de hombros, tomando su menú.
Siento los ojos de Edward sobre mí mientras estudio el menú.
—¿Qué te gusta?
—Todo. —Me está mirando directamente cuando levanto la mirada.
—¿Ya sabes lo que comerás? —Ignoro las mariposas en mi estómago y me concentro en ordenar comida.
—Así es. Sí.
—De acuerdo. Me siento osada, por lo que comeré lo que sea que tú comas.
—Trato. —Él asiente y se pone de pie. Mientras se acerca al mostrador, Sue viene del fondo. Su rostro muestra inmediata preocupación, y lo está revisando de manera muy maternal. Con sus manos en su rostro, ella inspecciona sus heridas. Luego levanta su brazo, estudia su costado. Él hace una mueca mientras ella hace esto pero esconde su rostro de ella.
Parece que está siendo reprendido por ella también.
Ante algo que él dice, ella me mira y me envía una sonrisa amigable y me saluda con la mano. Le regreso ambas mientras Edward regresa a mí.
—Tardará solo unos minutos —dice, tomando su camiseta del respaldo de la silla, y colocándosela antes de sentarse cuidadosamente.
—¿Cómo están tus costillas? —Ha estado de regreso por una semana, y parece que lo siguen molestando. No es de sorprenderse ya que él ha estado en el agua todos los días desde que volvió.
—Están bien. —Juega con su vaso de agua, desestimando mi preocupación.
—¿Acaso deberías surfear con las costillas lastimadas?
—Las vendas ayudan. —Se encoje de hombros, tomando un trago grande de agua.
—¿Pero están mejorando sin descansar?
—Por favor, no tú también —dice, sacudiendo la cabeza, refiriéndose a Sue, asumo—. Lo estoy tomando con calma.
—No parecía así para mí. —No que sepa algo sobre surf, pero en los momentos que lo he visto en el agua, parecía todo menos fácil—. ¿Y sí las lastimas de nuevo?
—¿Siempre haces tantas preguntas? —Su tono es juguetón, pero sus palabras no lo son.
—Lo siento. Simplemente digo que podría ser buena idea permanecer fuera del agua por unas semanas hasta que tus costillas estén mejor.
—¿Semanas? —Baja la mirada hacia sus manos, uniendo sus dedos sobre la mesa—. No puedo estar fuera del agua por tanto tiempo. Me volvería loco. —Su voz es pequeña, casi avergonzado por su admisión—. Las vendas tendrán que servir.
—¿Te dolían esta mañana?
—Confía en mí, he pasado por peor. —Sus palabras son frías, y me congelan hasta los huesos. Una oscuridad pasa por sus ojos, y por un segundo, luce tan perdido, tan roto. Quiero estirarme hacia él y aferrarlo en mis brazos.
—¡Mierda! —medio susurra, medio gruñe, sus manos se cierran en puños sobre la mesa—. No sé qué tienes que hace que toda esa mierda salga a chorros. Yo no... —Se detiene a sí mismo, cubre su rostro con sus manos al mismo tiempo que inhala profundo.
—Lo siento —digo, aunque no estoy segura de qué me estoy disculpando.
—No, yo lo siento —dice mientras se cubre el rostro, su expresión relajada, la máscara volvió—. Eso dio un giro inesperado y oscuro. —Sonríe tímidamente, rascando la parte trasera de su cuello—. Lo... Solo... Sí...
—¡Cullen! —Una de las chicas de la cocina lo llama, y él endereza su postura, volteando para mirarla. Ella señala a los platos sobre el mostrador, y sin otra palabra, él abandona su asiento.
—¡¿Cuánta comida ordenaste?! —pregunto cuando regresa. Parece que hay al menos cinco platos en una gran bandeja que carga hacia nuestra mesa.
—No te preocupes, no se desperdiciará nada. —Me guiña un ojo, su rostro mucho más suave, y va a regresar la bandeja.
Cuando se vuelve a sentar, no hay una rastro de dolor en sus rasgos, por lo que me relajo.
—Está bien. —Señala al plato más cerca de mí—. Pinto. Es arroz y frijoles. Esta salsa, Salsa Lizano. —Acerca la botella de tapa verde hacia mí—. Va muy bien con este, si quieres un pequeño toque. Lo recomiendo mucho.
—Este de aquí. —Señala al plato cerca de él—. Patacones. Básicamente, plátanos fritos. Son crujientes y salados, algo así como papas fritas. Pero diferentes. Y muy buenos.
Una sonrisa comienza a estirarse en mis labios, mientras que mi estómago se agita, y él describe las distintas salsas que vienen con los plátanos fritos. Él sigue señalando al plato de empanadas y enumera los diferentes rellenos, hasta que levanta la mirada hacia mí.
—¿Qué? —Una sonrisa tímida aparece en su rostro.
—Creo que eso es lo máximo que te he escuchado decirme.
—Oh, cállate —dice con una risita—. De hecho, probablemente este sea lo máximo que he hablado con alguien en mucho tiempo. —Su sonrisa se vuelve un poco triste, y entonces suspira, mirando la comida—. ¿Quieres elegir un plato o dividir y compartir?
—¿Estás bromeando? Dividir y compartir es la única forma de hacerlo. Quiero probarlo todo.
—Respuesta correcta. —Toma los dos platos que también trajo, tendiéndome uno.
Me deja servir comida en mi plato primero, entonces se sirve a sí mismo. Realmente quiero probar la comida, y estoy hambrienta también, pero mis ojos están pegados a él y a la manera en que se lame los labios al mirar la comida, o cómo sus ojos ruedan hacia atrás con el primer bocado, exhalando por la nariz y rebotando sus hombros ligeramente, en un baile inducido por comida.
Comemos rápido y en silencio, excepto por un gemido o dos, hasta que la mayoría de la comida desaparece.
—Eso estuvo muy bueno —digo, bajando mi servilleta sobre mi plato.
—Sue es la mejor. —Se reclina en su silla, estirando sus brazos por encima de su cabeza.
—Realmente lo es. —No pierdo la oportunidad de investigar un poco más y aprender más sobre él—. Ella parecía preocupada por ti. ¿Eres cercano a tu familia?
—No más preguntas, Bella, por favor —advierte.
—Solo intento conocerte. —Suspiro, observando mis manos.
—Creo que es justo que yo haga las preguntas ahora. —Su tono es juguetón, y cuando levanto la mirada, él está sonriendo. Lo está intentando.
—Está bien —acepto fácilmente—. Te diré lo que sea que quieras saber.
—¿Qué hace una chica de Forks en Costa Rica?
—Tortugas —le digo y él se ríe.
—Además de tu investigación, quiero decir.
De acuerdo, Charlie.
—Mmm... —Por supuesto que su pregunta es más complicada de lo que pensé—. Bueno, mi investigación es lo que me trajo aquí. Pero no es todo lo que espero realizar durante este tiempo.
—¿Oh, sí? Y bien, ¿qué más hay en la lista?
—No tengo una lista en realidad. —Le sonrío—. Supongo que quiero vivir un poco. ¿Sabes? ¿Quizás vivir una aventura? Probar cosas que nunca he hecho antes. ¿Conocer personas interesantes? ¿Quizás un surfista o dos?
—¿Dos surfistas? —Él arquea una ceja, siendo mucho más sexi de lo que debería ser permitido.
—Probablemente solo uno —bromeo. Mis ojos en él. Mantiene mi mirada por un momento, nuestros ojos conectados. El aire entre nosotros zumbando hasta que se vuelve demasiado, para él, al parecer.
Baja la mirada con una inhalación profunda, y un silencio pesado se cierne sobre nosotros mientras él parece perdido en pensamiento ante lo que acabo de decir.
—¿No más preguntas? —pregunto suavemente y él sacude la cabeza—. ¿Luego puedo hacer más?
—Creo que deberíamos irnos.
Como si fuera una señal, Sue pasa por nuestra mesa, en sus manos una pequeña heladera y un envase de cartón, y en su rostro una sonrisa brillante.
—¿Cómo estuvo todo?
—Todo estuvo delicioso —digo con entusiasmo, mientras Edward guarda los restos en el envase.
Cuando Sue coloca la heladera sobre la mesa, Edward gruñe.
—Las compresas frías aquí no son para la comida; son para ti —le dice severamente a Edward—. No sanarás a menos que te cuides. Ve a recostarte. Descansa un poco y veinte minutos de estas. —Señala a la heladera—. Dos o tres veces al día.
—Sue... —Edward comienza a decir pero es interrumpido inmediatamente. Comienzo a amar a Sue.
—No quiero escucharlo, y no me las llevaré. —Cuando ella comienza a limpiar la mesa, Edward la detiene, poniéndose de pie y haciendo una seña con su mano para que ella aparte las suyas.
—Lo tengo, lo tengo —dice, ahora oficialmente de mal humor.
—Bella, espero que seas una chica paciente. —La mirada de ella está sobre mí, amable y comprensiva.
—Sue —sisea Edward con un tono de advertencia, sus manos aferrando la mesa.
—Jamás he conocido a un chico tan obstinado como este. —Ella voltea para señalarlo antes de irse—. Veinte minutos.
Le ayudo a limpiar la mesa mientras él comienza a apilar los platos, una especie de oscuridad se cierne sobre mí al saber de su inminente partida. Si he aprendido algo, es que cuando las cosas se vuelven demasiado, demasiado personal, él huye.
Cuando él regresa de llevar los platos sucios a la cocina, estoy de pie junto a nuestra mesa, billetera en mano.
—¿La cuenta?
—Ya me encargué de ello, no te preocupes. —Acerca una mano a mi espalda, sin realmente tocarme, pero con un claro mensaje para irnos.
—Me gustaría pagar mi mitad. —Permanezco en mi lugar, volteando a mirarlo.
—No te preocupes por ello.
—¿Por favor?
—Puedes pagar la próxima vez. —Con heladera en mano, él señala hacia la entrada. Me pregunto si lo dice en serio, o si simplemente lo dice para que camine.
Camino en silencio, con él siguiéndome por detrás, tratando de encontrar maneras de alargar nuestro tiempo juntos.
—Entonces, ¿habrá una próxima vez? —pregunto una vez que nuestros pies se encuentran en la arena, deteniéndome para girar a verlo mientras él toma su tabla.
—Probablemente no. —Él no logra esconder su mueca cuando endereza su espalda.
—Edward...
Él gira hacia mí con un bufido, sus ojos furiosos, la frustración clara en sus rasgos.
—¿Realmente estás huyendo de mí de nuevo? —No puedo evitar la tristeza que rodea mis palabras, pero odio todo sobre esto.
Su mano libre llega a la parte superior de su cabeza mientras me observa.
—¡No sé qué más hacer!
—Solo... no huyas. Déjame ir contigo. —Casi me equivoco y menciono su furgoneta, olvidando que él aún no sabe que pasé la noche allí. Quiero contarle, pero ahora probablemente no sea el momento indicado.
—No puedo. No lo entiendes. Cada vez que estoy contigo, quiero decir demasiado o hacer demasiado. Yo... —comienza a decir, bajando la mirada hacia sus pies, y entonces toma aire profundo, aferrando su costado con una mueca.
Cuando gruñe, puedo ver que intenta recomponer su rostro sin éxito. Es claro que se encuentra adolorido. Necesita irse. Necesita descansar. Como dijo Sue.
—Está bien, lo siento. —Doy un paso hacia él, pero él da uno hacia atrás—. Solo quería ayudar. ¿Estarás bien?
—Realmente tengo que irme. —Sus palabras están cubiertas de una súplica silenciosa.
—¿Te veré en la fogata esta noche? —pregunto, aún optimista.
—No lo sé, Bella. —Da otro paso hacia atrás, intenta respirar profundo—. Lo siento mucho.
—Está bien —digo con una sonrisa triste, decidiendo solo dejarlo ir—. Gracias por el almuerzo.
La sorpresa es clara en su rostro —como si él no esperaba que estuviera bien al respecto— lo que me dice que él sabe que está siendo un idiota, pero simplemente necesito que él deje de estar adolorido.
—Ve a ponerle hielo a tus costillas. Descansa un poco. Está bien. Estará bien.
Cuando sus ojos encuentran los míos, están tan tristes, pero hay una pizca de alivio allí, por lo que sonrío. Él infla sus mejillas y me asiente, antes de dar la vuelta e irse apresuradamente. Heladera en mano y tabla bajo su brazo, el sol de la tarde brilla sobre su forma mientras se va.
—Él es un alma torturada. —La voz de Sue me sobresalta, y giro para verla—. No le permitas que te aleje. Incluso cuando él lo intente con todas sus fuerzas. —Tiene un paquete envuelto en papel aluminio en su mano, el cual coloca sobre la mía—. Para tus amigos.
—Gracias —digo, entonces miro sobre mi hombro a Edward.
—Puedo ver que también te preocupas por él. Veo que te importa. Él es una buena persona como tú. Simplemente está perdido.
—¿Qué le pasó?
—¿Esta vez? ¿La última? ¿Hace cinco años? ¿Antes que se mudara aquí? Tus conjeturas probablemente sean tan buenas como las mías. —Sue se encoje de hombros, apartando su cabello oscuro y trenzado por detrás de su hombro—. Nunca pregunto. Solo estoy aquí cuando tiene hambre o cuando necesita mantenerse ocupado. Simplemente lo dejo ser.
Probablemente esa sea la razón por la que le agrada Sue. Ella no le hace preguntas.
—Le agradas —dice Sue, sorprendiéndome—. Jamás lo he visto traer a alguien aquí. Ya has causado un impacto en él. Solo, no te rindas con él. ¿De acuerdo?
Los Swan no se rinden. Eso es lo que Charlie dice. Le sonrío a Sue con un suave asentimiento. Ya no me molesta ir de un lado al otro —el paso de tortuga— tanto, mientras que sienta que estamos progresando. Y sí se siente que lo hacemos.
—Puedes ir ya. —Me despide—. A nadie le gusta las empanadas frías.
Como nos decía Ronnie cuando leíamos la historia en inglés... A paso de tortuga ;)
Por cierto, ya lo publiqué en el grupo y me olvidé de mencionarlo. Surfie ha sido nominado para el Top 10 de Mejores Fics Terminados en Noviembre. Si desean pasar a votar, el link se encuentra en el grupo. ¡Muchas gracias!
