Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es RMacaroni, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to RMacaroni. I'm only translating with her permission. ¡Gracias, Ronnie, te adoro! ❤️


Capítulo 14

El Paseo

Edward y yo caminamos en silencio cerca de la orilla; el ruido, las charlas, y la música quedan detrás nuestro. Mis sandalias cuelgan de mis dedos mientras sumerjo mis dedos en la arena mojada, mis pies hundiéndose en el agua espumosa con cada ola rompiente.

Es tranquilizante y reconfortante y exactamente lo que necesito. Casi se siente como si fuera una noche diferente. No la que comenzó conmigo bebiendo sola. No en la que casi soy atacada por James.

Estoy contenta de que Edward estuviera allí para ayudarme y que él siga aquí conmigo. Cuando volteo hacia él, su mirada está sobre mí.

—¿Estás segura que estás bien? —pregunta, sorbiéndose la nariz a escondidas detrás de su manga, sus ojos aún vidriosos por el gas pimienta.

—Eso creo. Bebí cuatro piñas coladas. Así que quizás eso esté ayudando. —Mi risa es tonta pero él sonríe, sacudiendo la cabeza—. ¿Tú estás bien?

—¿Yo? —Sacude la cabeza confundido, como si fuera ridículo que esté preguntándole eso.

—Sí, tú. —Señalo a sus ojos—. ¿De la rociada?

—Oh, estoy bien. —Abre bien sus ojos deliberadamente, arreglando su cabello dentro de su gorra al revés—. James definitivamente obtuvo lo peor.

—Tuve suerte de que estuvieras allí. ¿Cómo supiste dónde encontrarme?

—Estaba buscándote —admite—. Intentaba mantener mi sana distancia, pero... —Sacude la cabeza.

—Gracias —digo, sonriendo por dentro, él me estaba buscando—. Estoy contenta de que hayas aparecido cuando lo hiciste.

—Estoy contento de que tuvieras ese gas pimienta. —Está sonriendo cuando sus ojos se encuentran con los míos, y hay una luz detrás de ellos, como si estuviera orgulloso de mí.

—¿En serio?

—En serio. —Su risa es autocrítica mientras refriega debajo de sus ojos, parpadeando un par de veces.

Seguimos con nuestro paseo, encontrando un ritmo junto al otro, hasta que solo hay arena y agua a nuestro alrededor y una noche estrellada e iluminada por la luz de la luna. No es hasta que levanto los dedos de mis pies que lo veo—el brillo fluorescente de las pequeñas criaturas que viven en la isla.

—¡Oh, por Dios! ¡Edward, mira! —Levanto mis dedos de nuevo, moviendo un poco de arena, chillando cuando se vuelve cada vez más brillante—. ¿Lo ves?

—Sí, lo veo. —Su voz es tranquila a mi lado.

—Probablemente dinoflagelados, ¿cierto?

—Tú dime. —Se ríe entonces, alto y puro, a pesar de estar aferrando su costado—. Espera a que veas eso. —Señala con un dedo en dirección al agua.

Lejos de la multitud y las luces, lo veo. No solo es la arena que tiene el color azul neón. El agua también. Y las olas rompientes son las más brillantes.

Me quedo sin aliento. He visto fitoplancton brillando en la arena antes, pero nunca he visto algo así.

—¡Santo cielo! —Toco mi frente mientras Edward se ríe a mi lado—. Tan hermoso.

—Concuerdo —dice Edward suavemente, y cuando volteo a mirarlo, me está mirando, el brillo azul del agua reflejándose en sus ojos.

Envuelvo mis brazos a mi alrededor, sintiéndome un poco abrumada por este lugar y por este hombre a mi lado.

—¿Podemos quedarnos y observar las olas por un momento? —pregunto tentativamente, preguntándome cuánto puedo extender mi tiempo con él.

—Por supuesto. —Él asiente y entonces gira sobre sus talones, inspeccionando el área de la playa detrás nuestro—. Ya vuelvo.

Mientras él se aleja de mi lado, la brisa oceánica sopla mi cabello lejos de mi rostro, haciéndome estremecer. Envuelvo mis brazos a mi alrededor un poco más fuerte, frotando mis manos por mi piel temblorosa, maldiciendo mi atuendo revelador. Debería haberme puesto su sudadera.

Entonces lo escucho salir de los arbustos, arrastrando un pequeño tronco. Él lo coloca en la arena y agita una mano hacia este, con una pequeña sonrisa en su rostro. Un lugar perfecto para sentarnos. Camino hacia el tronco mientras él se sienta, aferrando su costado, y me pregunto si sus costillas han mejorado.

—¿Cómo están tus costillas? —pregunto al sentarme.

—Están bien —es su respuesta cortante—. Las compresas de hielo ayudaron. Mucho.

—Estoy contenta de que al menos escuches a Sue —bromeo, y él voltea hacia mí con una suave sonrisa.

—Muy graciosa. —Él sacude la cabeza, su mirada se mueve hacia mis brazos—. Ya no tengo más sudaderas para darte.

Me doy cuenta que estoy frotando mis brazos, por lo que los dejo caer sobre mi regazo.

—Lo siento. Planeaba devolvértela. Solo es que...

—Está bien. Puedes quedártela.

—¿Era la única que tenías?

Él se encoje de hombros, mientras me observa de manera despreocupada, su suave sonrisa aún allí.

—No había necesitado otra hasta ahora.

Su respuesta es muy simple, pero significa mucho para mí. Una vida como la de Edward, con tan pocas posesiones —probablemente solo las limitadas al espacio en su furgoneta— y tan en contacto con su entorno. Es demasiado admirable. Demasiado... sustentable.

Sus movimientos me sacan de mi divagación mental cuando se acerca a mí, y envuelve su brazo alrededor de mi hombro ligeramente.

Esto es mejor que bien. Su mano se encuentra en mi brazo, sus dedos frotan mi piel, y me está abrazando a él, un brazo firmemente envuelto a mi alrededor. Creo que este muriéndome un poco. Moriría dichosamente así. Sería una buena manera de morir.

Aunque no parece estar bien para él. Se encuentra demasiado tenso. Su mandíbula apretada.

—¿Esto es difícil para ti? —pregunto antes de poder evitarlo.

Él voltea a mirarme, confundido, mientras sus dedos rondan sobre mi hombro, un mechón de mi cabello entre ellos.

—¿Por qué piensas eso? —Su voz es controlada, como si realmente no tuviera idea de hacia dónde voy con esto.

—No lo sé. ¿Por mi gérmenes?

—¿Tus gérmenes? —Se ríe, como si lo sorprendí—. ¿De qué estás hablando?

—Pensé... —De acuerdo, ahora me siento realmente estúpida—. Pensé que tenías fobia a los gérmenes y por eso temías tocarme.

—No le tengo fobia a los gérmenes. —Sacude la cabeza, el humor se esfumó de su rostro. Su mano se queda quieta en mi brazo y su agarre se afloja minuciosamente—. No tengo miedo de tocarte. Solo temo lo que me hace.

Frota su mano sobre la piel de gallina en mi brazo una última vez y respira profundo, dejando caer su mano y alejándose de mí.

Me quedo en silencio, mi mirada en él. Mi mente se mueve a mil kilómetros por minuto ante lo que él acaba de admitir. Cuando me echa un vistazo por debajo de sus pestañas, sus ojos, aún ligeramente enrojecidos por los efectos restantes del gas pimienta, lucen brillantes y verdes y tan llenos de vida.

Podría observar sus ojos por siempre. Con nuestras miradas conectadas, me pierdo en su mirada intensa. El silencio entre nosotros incrementa, haciendo que el sonido de las olas parezcan más alto.

—Para con eso—dice abruptamente, apartando la mirada y volteando para mirar al agua.

—¿Para con que?

—De mirarme como... —Sacude la cabeza, bajando la mirada—. Como si intentarás ver mi alma o algo.

—¿Y qué si lo estoy? —pregunto con audacia.

—Puede que no te guste lo que encuentres allí, Bella. —Me echa un vistazo por encima de su hombro—. Puede que no tenga una.

—No creo en eso. —Intento en un último esfuerzo por evitar que huya.

—Entonces, espero que disfrutes de la decepción. —Se pone de pie, dando unos pasos lejos de mí.

—¿Por qué? ¿Porque eres un fantasma?

Él se detiene en su camino, dándose la vuelta para mirarme con ojos entrecerrados. Sus puños cerrados a sus costados.

—¿Quién te dijo eso?

—Tú lo hiciste.

—¿Cuándo?

—Yo... —Esta es mi oportunidad para contarle que nos conocimos esa primera noche, pero todas las maneras en que formo las palabras en mi cabeza, simplemente suenan mal.

—¿Cuándo te dije eso? —vuelve a preguntar, sus palabras cubiertas de frustración, mientras da un paso hacia mí.

—No... No lo sé... —miento, los nervios se apoderan de mí, pero él lo sabe.

—Esa noche en el bar. Estuviste allí, ¿o no? —Sus ojos brillan con reconocimiento mientras se pasa los dedos por su cabello, rápidamente metiéndolo dentro de su gorra—. Esa mañana te conocí en la playa. Esa no fue la primera vez, ¿cierto? Ya te había conocido. ¿O no? Simplemente no lo recordaba, carajo. —Se pasa una mano por el rostro con un gruñido.

Bajo la mirada hacia mis manos, sintiéndome como una completa imbécil, por no haberle dicho antes, por mantenerlo un secreto, por fingir. Debería habérselo dicho esa mañana. No hubiera sido tanto problema, pero ahora lo es—mi silencio lo ha convertido en uno.

—He estado teniendo destellos —continúa, su tono más suave—. Cada vez que te veía. Pensaba que solo estaba... soñando o imaginándote o algo... no lo sé. Pero eras tú. Eras tú en la furgoneta esa noche. ¿No estaba alucinando?

—¿Pensabas que yo era una alucinación?

—No sé lo que pensaba. —Da otro paso más cerca, cerniéndose sobre mí mientras permanezco sentada en el tronco—. ¿Por qué no me lo contaste?

—Estaba avergonzada. Actuabas como si no me conocieras, y no quise hacerlo más raro.

Su rostro se suaviza con un suspiro.

—¿Es por eso que estabas tan molesta conmigo esa mañana, cuando pensé que te conocía por primera vez?

—Bueno, no estaba tan molesta. —Lo miro con una sonrisa tímida, y me encojo de hombros—. Solo un poco herida por no haber causado ninguna impresión en ti.

—Bella... —Se agacha frente a mí, así estamos al mismo nivel, nuestras rodillas rozando suavemente—. Por supuesto que te hubiera recordado si no hubiera estado tan arruinado esa noche.

—Quizás. —Bajo la mirada hacia mis manos, mientras enrosco y desenrosco mis dedos.

—Incluso después de perder la consciencia, aún te recuerdo un poco.

—Y me dejaste entrar a tu furgoneta —bromeo, mis labios se estiran aún más, mi piel pica ante su proximidad.

—Supongo que lo hice. —Se frota los dedos por su mentón, como si perdido en pensamiento.

—Y dijiste que había algún tipo de regla sobre eso o algo.

—¿Te conté sobre mis reglas? —Sus cejas se elevan, y luce genuinamente avergonzado.

—Solo la que involucra la furgoneta. —Me río porque él es adorable.

—¡Dios, debes pensar que soy tan idiota! —Deja caer su cabeza entre sus hombros, escondiendo su rostro entre sus manos.

—No es así. —Me estiro hacia su rostro, mis dedos apartando sus manos de su frente. Mi pulgar roza justo debajo de su labio y la herida casi sanada en él, mientras mi palma descansa contra su mandíbula. El cabello que he estado muriendo por tocar se encuentra a menos de un milímetro de las puntas de mis dedos, asomándose por su gorra desgastada, sobre su oreja.

Él cierra los ojos, inhalando temblorosamente, y por un segundo, su rostro se inclina hacia mi mano—hacia mi tacto. Puntas de dedos sobre mandíbula definida y llena de barba.

Presiono mi suerte, mi pulgar ahora acaricia su mejilla, mientras que mis dedos encuentran su destino, colocando su cabello por detrás de su oreja. Un pequeño gemido crece en su garganta, al mismo tiempo que él se inclina hacia mi mano, como si ansiara mi caricia.

Demasiado rápido, su gemido se convierte en un gruñido, y vuelve a ponerse de pie y dar unos pasos lejos de mí. Suspiro, dejando caer mi mano sobre mi regazo.

Sus manos están cerradas sobre su cabeza. Sus ojos llenos de angustia. Inhala profundo y entonces una sonrisa avergonzada comienza a asomarse en sus labios.

—Necesito refrescarme. —Se quita su gorra y su camiseta, y cuando su cabeza sale del cuello, su cabello explota en todas direcciones—. Yo —comienza, su sonrisa titubea, mientras que se pasa una mano por su cabello rebelde—. Ya vuelvo.

Él lanza la gorra y la camiseta en mi dirección, esta última aterriza en la arena, y la anterior sobre el tronco a mi lado.

—¿Qué? —Me río, pensando que está bromeando, y me pongo de pie.

—Solo necesito un segundo. —Se aleja de nuevo, sus pies ahora en el agua. Y entonces sacudiendo la cabeza una vez, voltea y desaparece en el agua.

—¡Edward! —lo llamo. Él está debajo de la superficie definitivamente por más tiempo que un segundo, mis ojos se entrecierran, tratando de encontrarlo en el agua, la cual está oscura más allá del brillo de las olas rompientes. Lo llamo de nuevo, hasta que finalmente lo veo, saliendo a la superficie con un jadeo, sacudiendo su cabeza, quitando el cabello de su rostro.

—¿Quieres venir? —Su tono es suave, divertido, todo lo contrario al pesado con el que entró.

—¡¿Qué?! —Él no podía estar seriamente pidiéndome que entre.

—Vamos... —Salpica a su alrededor sin preocupación alguna y una sonrisa en su rostro—. El agua está buena.

—Yo... —¿Lo dice en serio?—. ¡No tengo un traje!

—¿A quién le importa? —Se ríe a carcajadas—. No miraré. —Cubre sus ojos juguetonamente con sus manos, echando un vistazo entre ellas.

Creo que lo sorprendo cuando comienzo a desabotonar la parte superior de mi jardinero, y él agranda sus ojos, pero entonces voltea. Mi corazón late salvajemente en mi pecho, a pesar que está a espaldas de mí, mientras quedo en solo mi —gracias a Rosalie— ropa interior a juego.

—¿Estás adentro? —pregunta Edward, a unos pasos de mí, inclinando su cabeza ligeramente mientras entro salpicando.

—Síp. Estoy aquí.

Cuando gira hacia mí, una sonrisa se asoma en su rostro.

—¿No tan mal, eh?

—¡Oh, es maravillosa! —El agua realmente se siente más cálida que el aire, o quizás es la falta de prendas y la proximidad a Edward que me acalora.

Mientras siento el vaivén de la corriente, estoy sorprendida de lo tranquila que está el agua, lejos del rompimiento de las olas. Me mantengo a flote con mis brazos, levantando mis piernas hasta que los dedos de mis pies se asoman en el agua. Muevo mis dedos de los pies hacia Edward, quien ha puesto al menos dos metros de distancia entre nosotros. Él esboza una sonrisa y entonces copia mi posición, flotando a mi lado.

—Desearía poder estar en el agua todo el tiempo —dice después de un rato, sorprendiéndome que esté compartiendo información sin que yo lo inunde de preguntas—. Es tan liberador. Te sientes... ligero.

—Sí —digo débilmente, queriendo patearme a mí misma, deseando poder pensar en algo para compartir con él, pero mi cerebro no encuentra palabras porque puedo ver sus pectorales, asomándose debajo del agua, mientras flota sin esfuerzo—. El agua salada es más densa que el agua fresca —comienzo antes que pueda detenerme—. Lo que hace que sea más fácil de flotar.

—Interesante —dice, siguiéndome la corriente, luchando por mantener una cara seria. Pero cuando las esquinas de sus labios se estiran en una sonrisa, seguida por una risita, gruño, dejándome hundir por completo en el agua, exhalando por la nariz y esperando que quite mi incomodidad.

Flotamos por un rato, lado a lado, hasta que él se pone de pie.

—¿Vamos? —pregunta, señalando hacia la arena—. Puedo salir antes que tú, si quieres.

—Claro —digo, parándome también, el agua llega a mi pecho.

Él gira hacia la arena sin decir otra palabra, pero su mano se estira hacia atrás, una invitación abierta sobre su palma. Tomo su mano de inmediato mientras salimos del agua.

La brisa golpea mi cuerpo mojado de repente, y para cuando estamos en arena seca, mis dientes están castañeando.

—Ten... —Él toma su camiseta y sacude la arena antes de dármela—. Sécate con mi camiseta antes de volver a ponerte tu vestido. —Cuando él lo levanta de la arena, sacude su cabeza, la pequeña tela se escurre entre sus dedos, una pequeña risita se escapa de sus labios—. O mejor aún, solo quédate con mi camiseta. Esto no te mantendrá caliente en absoluto.

Me reiría si no estuviera temblando tan enérgicamente. Logro colocarme su camiseta y envuelvo mis brazos a mi alrededor, tratando de evitar que mi cuerpo se desmorone.

—Lo siento... —Él da un paso más cerca de mí, y casi puedo sentir el calor emanando de él, haciéndome inclinar hacia este—. Quizás esa no fue una buena idea, sin una toalla o algo...

—N...N...No... Fue ge...ge...genial. —No puedo evitar que mi boca tiemble, por lo que solo intento cerrar la boca.

Un chasqueo de su lengua después, sus brazos me envuelven, y me abraza hacia su pecho, sus manos frotando mi espalda y brazos, mientras susurra que lo siente de nuevo.

—Llevémoste a casa —dice una vez que mi temblor disminuye. Estoy decepcionada cuando sus brazos me sueltan, pero entonces sus dedos rozan los míos sutilmente. Sin pensarlo dos veces, enlazo nuestras manos, y dejo que me guíe de vuelta a mi cabaña.