Tenía en sus manos la llave para acabar con todos sus problemas, o al menos con uno de los más graves. No quería volver a ser la marioneta sexual de su hermano. Era vergonzoso, era vomitivo, era horripilante. En realidad era el miedo que la comenzaba a controlar. Muy en el fondo de su ser lo hubiera disfrutado si no fuera porque ella no tenía el control de la situación. ¿Alguna vez tan siquiera lo tuvo? Cuando ella se atrevió a acercarse a su pene, ¿lo hizo a consciencia? Por un momento imaginaba que sí, aunque en otros se convencía que se había dejado llevar por su propia lujuria.

Eso no importaba ahora. Tenía el hechizo replicando en su cerebro mientras sus ojos le mostraban a un Yang despreocupado. Se encontraba sobre su cama oyendo música con sus audífonos a todo volumen. Hasta donde se encontraba ella observándolo desde el jardín trasero a través de la ventana podía escuchar un leve murmullo. Solo un par de palabras y el conejo habrá expirado al son de la guitarra eléctrica. Imaginaba aquel acto como el fin de un suplicio. El final de su sufrimiento. La luz al final del túnel. Sin Yang, no habrá más miedo de terminar ultrajada en contra de su voluntad.

¿O no?

Una campanada atravesó sus tímpanos. El miedo la sobresaltó dando un salto que la arrancó de su escondite. Por fortuna, Yang ni siquiera se inmutó. La coneja se volteó hacia todas direcciones en busca del origen de aquel sonido. No parecía haber nada sospechoso.

Cuando comenzaba a olvidarse del asunto, una nueva campanada se escuchó. Ya no la pilló tan desprevenida, pero si sus sospechas se dispararon. Abandonando su posición, Yin inició su búsqueda. Tras voltear en una esquina, se encontró con lo que jamás pensó que se iba a encontrar. Era una especie de torre en miniatura con patas y brazos delgados, y una enorme cara impresa en el frente. De sombrero tenía un tejado con una campana bajo su alero que canturreaba cada vez que se movía. A Yin no le dio miedo esa cosa. Parecía demasiado amigable para temerle. Lo que sí logró sentir fue el espasmo a causa de la sorpresa.

-Hola –la saludó.

A la coneja no le salió la voz.

-Soy Campanilito –se presentó-. No tengo mucho tiempo, así que aquí va mi mensaje. No uses hechizo que te enseñó el libro. Matar a tu hermano no borrará el pasado. Lo único que hará será acrecentar el dolor que llevas dentro.

-¿Qué? –balbuceó presa de un estupor que se negaba a abandonarla.

-Yin –continuó con aprensión-, a pesar de todas las desgracias que han pasado, aún amas a tu hermano. No dejes que los traumas y la lujuria los separen. Y lo más importante: ¡no caigas en los juegos de ese libro!

-Espera, ¿de qué estás hablando? –cuestionó la coneja.

-¡La venganza no te dará la felicidad! –exclamó el extraño antes de desaparecer.