¿Qué rayos acababa de pasar? Fue la pregunta que rondó en la cabeza de Yin durante días. Aquella incógnita logró borrar de su mente incluso su preocupación sobre lo ocurrido con su hermano. Era demasiado bizarro. Aún no era capaz de comprender qué era lo ocurrido. ¿Quién era ese sujeto? ¿Qué rayos su consejo? ¿Qué rayos sus advertencias?
No se había dado ni cuenta que estaba dejando de evitar a su hermano. Ya no tenía miedo a estar en el mismo cuarto a solas con él. Lentamente volvía a hablarle. Sus temores, aprehensiones, incomodidades, desaparecieron a la par que aumentaba la incertidumbre de lo ocurrido. En cambio, aquella curiosidad sobre el origen y motivaciones de aquel extraño ser comenzaron a carcomerla. Dormía poco y mal, se la pasaba distraída, olvidaba sus deberes, respondía incoherencias. Para Yang su comportamiento atrajo el mismo nivel de extrañeza. Por un lado, se alegraba que ella no pareciera evitarlo o temerle. Por otro, temía que se estuviera metiendo en problemas similares a cuando se metió en las drogas.
Y esto nuevamente los llevó a un escenario que prácticamente habían olvidado. Se encontraban sentados en el sofá del living viendo televisión. Esta vez Yang tenía el control. El azar les presentó una noticia que los arrastró en un deja vu:
-Esta tarde el juzgado penal dictó sentencia en el caso de los dos hermanos que cometieron incesto –anunciaba el periodista-. El juez condenó a los menores de catorce y quince años a cadena perpetua. Una condena dura pero ejemplificadora frente a actos tan condenables socialmente. La nota de Tony Lavoie.
Aquel anuncio les erizó los pelos a ambos conejos. Todo mientras poco a poco la noticia era explicada con una voz alarmista e imágenes en ciclo de tribunales, patrullas y mucha gente. Yang recordó en un instante cada palabra dicha cuando la noticia fue anunciada por primera vez. ¡Cuánta agua ha pasado bajo el puente! Ya no tenía cara para mantener su postura. Miró de reojo a Yin mientras apretaba los puños de su mano libre. Maldijo aquel deseo carnal por ella que alguna vez tuvo, y que en el fondo no había desaparecido.
Yin volvió a recordar sus pesares perdidos. Aquella noche tormentosa, el calor, el sudor de su cuerpo, aquel líquido blanco saliendo de su vulva, la desnudez de su hermano. La noche, su masturbación tapada con una sábana. Sus suaves jadeos. Su rostro excitado. Sintió el latir en su entrepierna. Su nombre pronunciado en medio del orgasmo. Era la máxima expresión del sexo, del amor. ¿Había sido tan malo? En el fondo de su ser lo deseaba. Se sorprendió al descubrir ese deseo oculto en su subconsciente.
Yin decidió alejarse. Se puso de pie y abandonó la habitación. La culpa hubiera regresado a Yang si no fuera porque notó que se había ruborizado. ¿Qué significaba esa señal? Quería creer que era un deseo sexual hacia él. Quería creer en aquella ingenuidad.
