La calma parecía volver a traer el equilibrio entre Yin y Yang. La relación estaba lentamente regresando al estado del día cero, cuando ningún deseo incestuoso parecía haberlos perturbado. La noche estaba calma, incluso algo cálida, anunciando la pronta llegada del verano. Yang se había quedado con la mirada pegada en el jardín cuando un grito desgarrador rajó aquel instante perdido.
Yin se encontraba en el baño de la academia. Un dolor en el abdomen la había arrastrado hasta el botiquín de primeros auxilios que allí se escondía. Apenas puso un pie en dicha habitación, la sangre escurrió desde su entrepierna, pintando las cerámicas del piso. El dolor se agudizó mientras caía de rodillas. Un grito desgarró la noche, en una búsqueda inconsciente y desesperada por ayuda.
Los gritos fueron acompañados por la sirena de una ambulancia. La tranquilidad fue borrada por la desesperación. Una desesperación que lentamente le quitaba el aire a Yang. Aquel grotesco escenario lo asustó más que el peor y más bizarro de los enemigos jamás enfrentado en su vida.
Yin nuevamente estaba en graves problemas. Se encontraba en manos médicas, las cuales se encargarían de nuevamente arrancarla de las garras de la muerte. Un dolor agudo se estacionó en la garganta del conejo, quien de nuevo tuvo que enfrentar la posibilidad de perder a su hermana. Aquel vacío que dejaría le aterraba.
Simplemente no entendía por qué estaba ocurriendo. A diferencia de la última vez, todo estaba saliendo bien. Estaba haciendo lo correcto. Estaba enmendando el camino. Tenía la esperanza de que fuera suficiente para borrar el pasado. Lamentablemente, la vida no funciona así.
Un aborto espontaneo. Esa fue la explicación del médico. Yin estaba embarazada, y acababa de perder al bebé. Fue una noticia que tomó completamente por sorpresa al panda, quien no tenía ni la menor señal que le advirtiera lo que estaba enfrentando. Tenía interrogantes que exigían respuestas.
Yang las tenía todas. El oxígeno desapareció de su entorno al momento de oír la palabra mágica. Sintió las fuerzas desvanecerse. Sabía perfectamente las causas y consecuencias de sus actos. Como un zombi, su pasado revivió para regalarle un zarpazo a traición. ¿Por qué a ella? ¡Él era el único y gran culpable! ¡Él debía estar luchando al filo de la muerte! ¡Él debía estar bañado en sangre! Sus lágrimas derramadas, la puñalada en el corazón, la presión en su cabeza, el dolor al respirar, eran tan solo eufemismos del dolor que sentía al comprender todo lo ocurrido.
Su hermana había sufrido un aborto espontáneo por su culpa.
Era un hijo concebido en una de sus violaciones.
Era un feto producto del incesto. Incompatible con la vida.
Era su culpa, su responsabilidad.
