-¡Felicidades, Yin!

La coneja se encontraba sobre su cama distrayéndose con una revista cuando frente a ella apareció aquel ser tan conocido de antemano.

-¡Tú! –exclamó dejando de lado la revista.

-Espero que hayas conseguido aprender la lección –continuó Campanilito.

-¿De qué estás hablando? –cuestionó Yin.

La torre con patas se quedó congelado.

-No lo sé –sentenció.

Yang continuaba en el living. Tenía sus gafas entre manos, y un terrible pesar en la cabeza. Usar aquellas gafas por mucho tiempo le provocaba ese efecto. Tenía demasiada información circulando por su cabeza. Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Conocía el ingrediente. Conocía el susodicho ingrediente. Era una información que valía una fortuna. Una idea se cruzó por sobre aquel mar de información, llamando la atención del conejo.

¿Y si lo usaba en Yin?

Ya no sería el único que arrastrara aquellos sentimientos tan erráticos. Podría poseerla… y sería voluntario. La sensación de poder ante aquella idea lo embriagaba. Pronto, el recuerdo de su olor, el placer de tenerla entre sus piernas, el calor ante el roce, lo comenzaron a dominar. Una pequeña erección terminó por crecer rápidamente. ¡Era exorbitante! La soledad lo tentó para aprovechar de masturbarse. Las imágenes de los sueños, los momentos de placer, llegaron ante él de inmediato. Imaginaba que Yin lo observaba. Le iba a dedicar una paja. Se iba a dejar llevar por la soledad y los recuerdos.

-Hola Yang.

El conejo por poco y terminó por atragantarse con su propio placer. Desde un costado lo saludaba Lina. ¿Cuánto habría visto? Torpemente intentó ocultar su pene, más aquello y sin pantalones fue una hazaña imposible.

-¿Qué estás haciendo?

¿Era broma? No pudo dilucidar la intención de su pregunta. ¿Era irónico? ¿Vergüenza? O de verdad aún no se había dado cuenta. Esperaba que conservara aquella ingenuidad. Mientras, aún lidiaba con su erección, pero treinta y cinco centímetros son imposibles de ocultar.

-Este… yo… -balbuceó el conejo mientras lidiaba con su problema.

En su hazaña continuó moviendo su prepucio, empeorando su erección. Cuando no pudo controlar un gemido, se rindió. No quería verla, pero inconscientemente se volteó hacia ella. Pudo verla con el rojo esparcido en su rostro, y la mirada apuntando a su entrepierna. El conejo se mordió el labio.

-Tengo que irme –logró pronunciar al tiempo en que se puso de pie huyendo del lugar.

Sentía la incomodidad de aquel pene erecto balanceándose entre sus piernas en la medida en que corría. Lo único que le importaba era escapar de la mirada de Lina. Ya no podía volver a verla a los ojos nunca más.

Finalmente no pudo escapar de la mirada de una mujer. Tras cerrar la puerta de su habitación, se topó ni más ni menos que con su hermana. Ella aún se encontraba cuestionándose la existencia de Campanilito cuando su mirada quedó atrapada en aquellos treinta y cinco centímetros de carne.

Todo se aclaró ante aquella imagen. Los recuerdos de las noches tentadoras regresaron. Sus deseos de masturbarlo regresaron.