Yin bajó hasta la cocina. Se sentía abochornada. Aquella imagen no se le borraba de la cabeza. Había pasado días en aquel trance; en la lucha contra la tentación. Ese día Yang lo tenía aún más grande de lo que lo recordaba. En todo caso, sus recuerdos eran difusos. Sueños entre sombras. Recuerdos atrapados en el subconsciente. Todo la empujaba a repetir un pasado sobre el cual no quería caer. El miedo que la protegía de aquella caída poco a poco se iba disipando. El calor aumentaba sobre su cuerpo en la medida en que recordaba su pene erguido. Era un llamado a devorárselo. Erguido se meneaba como burlándose de ella. Llamándola a tocarlo, a sentir el contacto con su piel, su humedad lubricante.

Abrió el refrigerador y sacó un envase familiar de helado de fresa. Sacó una cuchara y se instaló en la mesa. La tarde pasaba tranquila. Parecía que la vida avanzaba a cámara lenta. A nombre de sus tentaciones, se regaló la primera cucharada. Aquel postre dulce y refrescante no apagó el calor de su interior. El frio se evaporaba. El dulzor se derretía en su paladar. La cremosidad recorría su boca hasta bajar por su garganta. Le regaló una lamida a la cuchara con los ojos cerrados. Fue lenta, tentadora, provocativa. Su imaginación, presa de la lujuria, la trasladaba a una tarde en la que tenía frente a ella el miembro de Yang.

No se dio ni cuenta cuando tenía toda la cabeza dentro del envase, comiéndose a tragos el helado. El frio poco y nada pudo calmar sus ansias. El dulzor la teletransportaba a momento en que el hechizo de Yang la controlaba. La cremosidad eran toneladas de semen que bajaba por su garganta. Ni siquiera se dio cuenta que se había terminado el helado. Lamía el interior del envase, en busca de más placer.

Placer. Nunca era suficiente. Entró al cuarto que compartía con su hermano, y en un instante se encontraba sobre él regalándole un beso desenfrenado con lengua. El conejo fue tomado por sorpresa mientras la recibía en un abrazo. No esperaba que su plan saliera a la perfección. Gracias a sus gafas de la sabiduría infinita logró planear los engranajes de su estrategia, y terminar nuevamente con su hermana entre brazos. La tentación sobre ella parecía más fuerte. En menos de veinticuatro horas, ya la tenía en un éxtasis desenfrenado luchando con la ropa.

¿Era lo correcto? Por supuesto que no. Pero la vida era una sola, y ya había cometido demasiados errores como para dejar de hacerlos.