-¡Van a ir a la granja de Lina a ayudarles a cargar la mercadería para llevar al pueblo! –fue la orden del Maestro Yo.
Los conejos se dirigían a la granja ubicada a las afueras de la ciudad. Iban a paso lento y desganado. El cansancio les agobiaba. Últimamente se habían desvelado haciendo el amor a espaldas del panda. Sobre Yang en particular, caía el peso de la vergüenza. La última vez que había visto a Lina fue en aquel bochornoso encuentro hace unos días. Desde entonces no la había vuelto a ver. Se preguntaba qué estará pensando de él.
Tras llegar al terreno de la familia de Lina, el padre de ella los recibió amablemente. Agradecidos de tamaña ayuda, de inmediato los puso a trabajar. Debían echar el contenido de montañas de cajones con diferentes frutas y verduras dentro de enormes sacos que después debían cargar al camión. Parecía una tarea ardua que les tomaría todo el día. Al poco rato ambos conejos se pusieron en acción.
El sudor rápidamente empapó sus pelajes. El calor de los soles no ayudaba mucho. Se podían los cajones y luego los sacos, pero no implicaba que fuera un trabajo fácil. El cansancio, la soledad, los sacos, pronto hicieron eco en sus voluntades.
Se acostaron en el suelo detrás de unos sacos que habían llenado para que no los vieran. Tenían poca sombra y pronto los rayos solares los alcanzarían. El calor irradiado pronto los alcanzó el uno con el otro.
-Oye, ¿qué haces? –cuestionó Yin sorprendida al notar que su hermano se subió encima de ella.
La única respuesta que tuvo fue un beso de su parte. Sintió el roce de su entrepierna con la suya, y una dureza que ya le era bien conocida. Los ruidos del entorno se convirtieron en un peligro de alerta que los amenazaba con ser descubiertos.
-Yang, yo… -alcanzó a pronunciar antes de sentir los labios de su hermano sobre su cuello.
Un escalofrío electrizante recorrió su cuerpo de pies a cabeza a la velocidad de la luz. No pudo evitar soltar un gemido intenso que si no fuera que estaban en soledad, a más de alguien hubiera alertado. Los labios de su hermano bajaron hasta juguetear con sus pechos mientras la desnudaba. La coneja gemía, gritaba, y se movía excitada.
La agitación de su cuerpo llegó a su máximo punto al sentir la respiración de Yang en su clítoris. Jamás había sentido un cunnilingus de otra boca que no fuera la de él. Rasguñaba la tierra cada vez que sentía el roce de su lengua sobre su tan sensible piel que tenía allí abajo. Su respiración agitada ya no le daba suficiente oxígeno a su corazón latiente. Sus gritos desenfrenados rasgaban su garganta. Ella acariciaba la nuca de su hermano mientras lo invitaba a entrar más a fondo. Su habilidad con la lengua era extraordinaria.
Un squirt finalizó el momento.
