Disclaimer 1: Fanfic sin ánimos de lucro. The Loud House es creación de Chris Savino, propiedad material de Nickelodeon Intl, y está bajo licencia de Viacom International Media y Jam Filled Entertainment.
Disclaimer 2: Los materiales referidos y/o parodiados son propiedad intelectual y material de sus respectivos creadores.
Mora, banana y chocolate
II
La balada del erizo y el puerquito
Royal Woods, Michigan
1ero de julio de 2034
11:47 am
La sala de la familia Loud
Como todo verano, la feria del condado se hizo presente. Para los padres (y algunos hijos estirados), significaba un respiro o una distracción bastante inútil. Para otros, trabajo pesado antes de las fiestas patrias, y para unos más, como Luan, el momento perfecto para ampliar un poco los números en su cuenta bancaria, pero sobre todo de hacer lo que mejor sabe hacer. Intentar sacar a su esposa de la cama.
-¡No me vas a hacer salir de aquí! -protestó vehemente Maggie, aún en un sexy camisón morado sobre su esbelta figura.
-Amor, no me hagas ir solo con Lincoln y los chicos -suplica Luan-. Tú jamás quisiste ir con nosotras a la feria.
-Tengo mis razones para no ir -continuó protestando la terapeuta-. ¿Por qué tengo que hacerlo?
-Porque lo necesito para asegurar el martes por la noche en el Portal Chortle -dijo zalamera Luan-. En una semana es tu cumpleaños y quiero que lo tengamos libre.
-¿Y qué hay de Lincoln?
-Dijo que iría a casa de un amigo -respondió Luan, sabiendo que aquello era una excusa para ir a visitar la casa de sus padres-. ¿Por qué no vienes?
-Solo… no, ¿si? -respondió Maggie-. No me gustan las ferias ni los carnavales. No desde que tenía ocho años.
-No es tan malo como parece -animó la mujer de cabello canela-. Te casaste con una real payasa, ¿entiendes?
-No es por los payasos -aclara la terapeuta, aferrándose a la cama.
-¿Entonces es el algodón de azúcar? No compraremos.
-No me gusta, pero tampoco es eso.
-¿Y qué hay de los juegos? No es tan difícil subirse a una montaña rusa o ganarse un animal de peluche
A la mente de Maggie acude un recuerdo de su infancia. No es precisamente algo agradable, sino todo lo contrario, algo que definió su carácter para siempre.
~x~
-Vamos, por favor -suplica Maggie, contando solo con siete años-, ¡devuélvemelo!
-Oh. La niñita quiere su conejito -dijo un mastodontico chico de ocho, blanco y castaño vestido de camisa sin mangas y jeans con el cabello cortado en Mohawk.
-¿Por qué no se lo das? -ironizó su compinche, un chico tan gordo como él, latino, cabello tupido que le caía en flequillo y cistiendo una chaqueta roja y un pantalón cargo verde.
-Tienes razón. No podemos ser tan malo con esta perdedora.
En el acto, el primer chico decidió echar a correr seguido por su amigo, empujándola en el proceso. Sin perder el tiempo, Maggie los persigue llorosa hasta que llegaron a un paseo en llamas.
-¿Quieres tu juguete? -retó el grasiento abusador- ¡Ven por él!
Sin remordimiento, el bravucón arroja el juguete hacia una de las llamas que, ansiosa por comer algo, se apresuró en masticar sin conmiseración al mismo.
Viendo alejarse al par de bravucones, quiso recuperar su peluche, mas el cuidador de las llamas la vio y la empujó sin cuidado.
-¡Solo con tu mamá, niña! -espetó el cuidador- Sin ella, no hay paseo.
-¡Tiene a la señorita Puffybottom! -lloró Maggie.
-¡Largo de aquí, mocosa! -aleteó el delgado empleado, desentendido del asunto mientras ella lloraba desconsolada.
Nada pudo hacer para salvar a su preciado erizo de peluche. Ni siquiera cuando un pelirrojo de cara amable la llevó a la enfermería y llamaron por el sonido a su madre pudo contenerse, lo que la orilló a pensar una idea que se quedó tatuada en su mente.
Las ferias no son mejores que la vida.
~x~
-¡Solo no quiero salir! ¿Qué no lo entiendes? -bramó Maggie, molesta.
-¿Al menos puedo traerte algo? -ofreció Luan, indiferente a semejante explosión.
-No quiero nada de allá -sentenció contundente Maggie.
-Como quieras -dijo despidiéndose Luan, cerrando la puerta tras de sí.
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A Luan le cuesta mucho creerlo. Las pocas veces que había ido con Maggie a una feria, recuerda, su esposa lo hizo siempre por Lois. Todas esas veces lo hicieron, pero ella en las fotos se ve con una sonrisa tan natural como una pata de cordero bien jugosa en un festival vegano.
Lois se le había adelantado. Como si nada, le dijo que buscaría a Heather para ir en la noche, y sus padres estarían ocupados con una pequeña venta de garaje para la que Lincoln, esperaba no fuera así, les ayudara un poco.
"Vaya insensible -pensó al caminar enfrente de la casa de los Yates-. Las ferias son divertidas. ¿Por qué no puede solo darme una buena razón para no ir conmigo y nuestra hija? Lisa no creó el Jugo Futa para que tuviera esos berrinches…"
Avanzando a paso lento, mira a varios chicos del viejo vecindario. Entre los nietos del señor Grouse que ya disfrutan de la vieja casa que al ya fallecido anciano le pertenecía, y otros tantos como los vecinos de la cuadra, iban o venían de la feria. Algunos cargando enormes premios de los juegos de destreza, otros comida o ropa graciosa, y algunos más alguna chuchería que consiguieran entre los puestos que venían con los feriantes. En lo particular, Lily venía de regreso, con el cabello teñido a blanco y notorias raíces rubias, sujetando un pequeño mapache de peluche con el casco de su motocicleta, antes de lanzarle la protección a Lincoln.
-Así que si vino a ayudarles -dijo Luan, riendo para sí antes de poner sus pasos hacia , descubriendo que el peluche parecía tan real que empezó a atacar a su hermano-. ¡Eh, Lily!
-Pero si es la señora "mi esposita me da salchichas todas las noches" -saludó insolente la teñida-. ¿Qué te trae por aquí?
-No es gracioso que te rías de mi vida sexual -espetó Luan-. Solo paseaba por aquí para pensar un poco y preparar el show de esta noche.
-¡Lily, con un demonio! -maldijo Lincoln, siendo atacado por el animalejo.
-¿Problemas en el paraíso japonés? -dijo riendo Lily, todavía con la mofa fresca.
-¡Mira quién lo dice! -recriminó Luan- La señorita "me encanta subir a Twitter mis fotos desnuda en el auditorio para pagar mi escuela".
-¿ Tú eres "Lily Talley"? -preguntó incrédulo Lincoln, dejando en paz al "bebé" de su hermana. Lily asintió, orgullosa- Creo que Clyde te debe lo que ganó en la demanda de divorcio.
-Ay, por favor, Linc…
-En serio, Lily -aclara Lincoln-. Haiku gastó como veinte grandes en ti por Onlyfans.
-Y yo que estaba enamorada de él en el quinto grado -sonrió Lily, falta de modestia-. Dile a Cleo El Cachondo que gracias por esos pagos. Me ayudaron con los materiales de teatro.
-¿Me podrías prestar a Lincoln por un momento? -pidió Luan.
-Siempre es con él, ¿no?
-Es él o tener que llamar a mi suegra.
-Imposible. Ayer Maggie dijo que ella se fue de vacaciones a Wisconsin -aclara la comediante-, y no regresará hasta el 16.
-¿Y por qué no llamas a Lois? -preguntó Lincoln, ya más calmado- Seguro que puede saber algo que tú no.
-¿Y cómo lo sabes?
-¿Con quién la dejaban cuando ella era una niña?
"¡Que tonta eres, Luan!", maldijo esta en su mente ante lo obvio.
Sin pensarlo dos veces, fue al parque a buscar a Lois, dejando atrás a sus hermanos menores.
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Si hay una cosa que a Lois le gusta del verano es que puede darse el lujo de practicar algunos trucos que aprendiera de su tío o de viejos shows de televisión o, cosa que disfruta bastante, buscar conejillos de Indias para una broma no tan inocente.
En esta ocasión, la apuesta es muy elevada. Estando ambas enfrente de una casa de dos niveles blanca y tejado rojo, saben muy bien quién es el blanco. Una mujer de rasgos achinados y piel bronceada que estuvo como interna después de una broma en la cafetería y no es muy afecta a la comedia pese a su personalidad amable.
-No estoy muy segura de esto -dijo Heather, nerviosa tanto por haber faltado a su trabajo como por la enorme probabilidad de fallo-. Hasta tú misma dijiste que esto era de novatos.
-Bueno, esto tiene la firma de mamá en todas partes -dijo socarrona Lois-. Tardé bastante en poder sacárselo ma-Maggie, pero el jueves se pasó un poco de copas.
-Dile a tu tío que no combine nachos, chile con carne y vino en una misma cena -recomendó Heather-. Esa cosa apesta.
-No tanto como las bromas de la tía Lily -bufó Lois-. Esa mujer si que es una criminal.
Con cuidado, ambas chicas dejaron la bolsa sobre un tapete que tenía bordado Bienvenidos con un tono malva sobre la superficie amarilla, definitivamente de mal gusto, tocaron al timbre y se escondieron tras un seto cruzando el arroyo.
-Recuerda, Heather -susurra Lois-. Esto es por la C- de tu reporte de ciencias del octavo grado.
-Pobre de la señora Pham -dijo Heather, incómoda por esa retribución.
Viendo a la puerta, la docente, que ya luce algunas canas, mira primero a los lados antes de ver una bolsa de papel estraza en el parqué de su entrada. Con cuidado, la tomó y, sin esperarlo, el paquete estalló.
El nauseabundo contenido se esparció por al menos dos metros a la redonda, y parte de este entró por la boca de la señora Pham. Esta, asqueada e indignada, no dudó en lanzar la bolsa al suelo y empezó a maldecir a los chiquillos que gozaban hacerla sufrir antes de quejarse de que no había visto a nadie tan cruda con las bromas como Luan Loud.
El festival de risas terminó para Lois cuando una figura -para las chicas- siniestra se alzó tras ellas, alta e implacable. Haciendo sombra, Lois concluyó que, para ella, las cosas no deberían de haber salido así.
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-Creo que esto es tuyo, Maggie -dijo molesta una mujer latina de cabello castaño oscuro y ropa más bien casera.
Frente a ella, Lois luce un par de flecos despeinados en su cabello y un par de rasguños. No conforme con ello, aquella mujer luce una expresión que en ella se habría visto bastante habitual.
-La próxima vez que a tu rara hijastra se le ocurra arruinarme el jardín -advirtió la latina-, la tendré trabajando hasta que se le caiga la piel de las manos.
-Como digas, Ortega -farfulló Maggie antes de cerrar y dirigirse a Lois-. ¿Qué tienes en la cabeza?
-¿Además de lo que crees una necesidad patológica de atención que debería ser…? -empezó a responder Lois.
-No estoy bromeando -señaló Maggie-. Tienes ramas en la cabeza.
-Esa loca la tiene contra mi, ¿qué esperabas?
-Ni cuando éramos vecinas fue tan pesada -recordó Maggie antes de preguntar-. Por cierto, ¿qué hacías escondida en su jardín?
-Para lo que importa ahora -respondió Lois antes de azotar su puerta.
-Por cosas así es que un mal día se pone mejor -susurra Maggie para sí.
Tras la puerta, Lois se lamenta por arruinar su día con Heather. Esperaba ir con sus madres y su amiga a la feria, tal vez pillar a Axel, comer algunas banderillas, incluso un par de actos por la noche para robarle foco a Luan en su presentación.
Acostándose unos minutos después en su cama, Lois recibe un mensaje. Sin interés, lee.
Necesito que vengas a casa de tu abuela.
Urge
Desganada, se limita a responder
Deja su repuesto en las begonias, bajo una piedra.
Ignorando cualquiera de los llamados después de su encierro, incluso dejó que su tío se rindiera al obtener silencio casi total de su parte. Agotada, incluso apagó su teléfono y dejó que lo que tuviera que venir se espaciara al menos por un día entero.
~o~
El fin de semana en teoría se fue. No obstante, por los festejos del Dia de la Independencia muchos empresarios y directivos se dieron a la tarea, contra lo esperado, de amargarle la existencia a muchos de sus asalariados. La mayoría elegían la semana de fiestas patrias para salir de vacaciones, ya sea con el fin de visitar a sus familiares o dedicarse a descansar tan holgadamente posible. Otros, como Lincoln, se dedicarían a ofrecer sus servicios o a dedicarse a su pareja o a su familia. Por ello, para Maggie fue como una patada a la entrepierna (aunque jamás recibiera una ni bajo los efectos del Jugo Futa) que el director del consultorio donde trabaja decidió largarse de vacaciones a las Bermudas.
¿Y qué hay de Maggie? Ahora mismo está terminando con la última cita del día.
No es que odie (mucho) las fiestas de verano. Por las razones ya conocidas, es evidente que la presencia de la feria del condado la pone de peor humor. Por ser hoy el segundo más grande día feriado en suelo estadounidense, se puede permitir incluso un poco de ese aire festivo.
O se lo podía permitir justo cuando se encontró el refrigerador con candado.
-Hoy nadie cocina aquí -anunció alegre Luan, todavía en pijama-. No se enciende la estufa. No se usan el tostador, la wafflera ni la sandwichera, se clausura el refrigerador y la alacena…
-Eso explica por qué tengo crema de afeitar en la cara y no mis tartas en la boca -masculló Lincoln, vestido como el Tío Sam mientras se rasca por la picazón de la barba.
-Hoy comeremos fuera todo el día.
-¿Al menos iremos con el abuelo Loud? -preguntó Lois.
-Cerca pero no, mi querida Watson
-No me importa a donde vayamos mientras podamos desayunar -dijo contundente Maggie.
-¿Estás segura?
-Completamente.
-Los espero en el auto -resolvió Luan, yendo a cambiarse.
-Pues ojalá que no sea una broma.
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-Esto tiene que ser una broma.
Oh, si. Las cosas para ella se acaban de poner muy mal.
Sentada en una mesa sobre un escenario, decorada con festones, banderas y banderines, compartía plaza con Luan, Lincoln, un enorme sujeto de corte mohawk de apellido Stanko, una chica de prominente nariz que debía de ser Margo Roberts (actual campeona) y un pelirrojo que fuera antiguo compañero de clase de su cuñado. Ante ellos, había sendas fuentes con banderillas sin aderezos, jarras con agua y vasos, y tras de sí, junto al telón, había un cuerpo de paramédicos por si algo sucedía.
-Ya conocen las reglas -anunció el presentador, nada menos que el ya retirado Hunter Spector-, pero ahí les van para quien no las conozca.
-Tú y tus grandes ideas -murmuró Maggie.
-Nos la vamos a pasar bien -prometió Luan-. No es nada que no hayamos comido, ¿entiendes?
-Si, pero no es gracioso -reprocha Maggie.
-Te pedí permiso en el consultorio -añadió Luan como remate antes de callar.
-…, si el platón queda vacío, se les cambiará por otro -continuó Hunter-. La persona que haya comido más banderillas es el ganador. Y, para hacerlo más interesante, en la quinta ronda habrá una sorpresa. Este evento no sería posible sin la generosa cooperación de las comidas congeladas Frosty Farm y el restaurante fusión franco-mexicano Jean Juan, a quienes damos las gracias por las facilidades brindadas, y a la alcaldesa Carol Pingrey por permitirnos usar el parque Ketcham como marco para tan magno evento de la libertad hecha… en… ¡América!
Al resonar ese último grito por los altavoces, una salva de cañón fue disparada, al igual que tiras y trozos de confeti metalizado que bañó a la concurrencia.
-Tres, dos, uno, ¡al ataque! -señaló Hunter al mismo tiempo que la salva era disparada.
Con la ferocidad de quien no ha probado bocado en más de medio día, los Loud -hermanos y consorte- empezaron a atacar sus fuentes al mismo tiempo que el resto de contendientes. Todos atacando como mejor se les ocurría. Así, Lincoln atacaba por los costados, Maggie imitó al pelirrojo y sacaba los palos donde estaban montadas las salchichas y Luan, sin pensarlo dos veces, se metía dos a la boca sin miedo a nada.
Desde las apretadas filas de espectadores, Lois, Heather y Vivianne con Axel trataban de animar. Maggie la veía sonreír de forma sana, como esperaba ver a otros tantos de sus pacientes. Como si fuera ella misma a los cinco años y viera a su madre ganar a su viejo y destrozado animal de peluche.
A los cinco minutos de empezada la tarascada, ya dos habían caído. Lincoln tuvo que salir de emergencia por un golpe recibido de su excompañero, y el mastodonte se detuvo cuando recibió una llamada del hospital.
Quedando a los doce minutos solo tres contendientes -el pelirrojo se retiró por una congestión-, Maggie vio a Luan hacer algo que estuvo a nada de hacerle retirarse. Tomando una de las banderillas de su segundo platón, quiso animar a Maggie lamiendo esta como si fuera cierto apéndice.
-¡Luan Loud queda descalificada por conducta ilegal! -anunció Hunter, dejando a Maggie en lo suyo y sacando a la castaña del escenario.
-¡Oiga! -protestó la comediante- ¡Todavía no termino!
Quedando solo ella misma y Margo, decidió tomar una justa retribución por los años que esta y su mandamás y cuñada, Lynn, le daban con todo su arsenal en la escuela desde el octavo grado.
Con algo de asco, miró el platón. Quedaba una para cambiar al quinto y, dudando, estuvo a punto de alzar la mano.
-Mira esto -dijo un inexistente perro salchicha de manto leonado-, una vaca humana quiere comer aunque le da asco.
-Si, que pena me da -le responde otro, de manto negro-. Estos humanos no saben comer.
-Silencio, ebrios y alargados idiotas -masculló Maggie, dando cuenta de la banderilla.
-¡Vaya! Se ve que a Loud le encanta la salchicha -dijo animoso Hunter, al tiempo que una edecán afroamericana cambiaba los platones-. Veamos cómo se las arregla con un platón de banderillas Segador de Carolina.
Echando un ojo a Margo, vio que a esta también le dieron su quinta fuente, mas a la segunda banderilla la rubia terminó por abandonar.
-¡Esto es increíble! ¡Ha caído Margo Roberts ! -dijo festivo Hunter- ¡Si esta mujer come tres o más, hay nueva campeona!
Temerosa como pocas veces desde que terminó la universidad, Maggie olió la botana en cuestión. El mero olor le hizo soltar unas lágrimas por lo irritante que se antoja para su cuerpo.
Apenas da una mordida…
.
-Lamento mucho que perdieras -animó Luan, sosteniendo un raspado de moras y un paquete envuelto como regalo-. En mi defensa…
-Es la última vez que me arrastras a una feria -dijo Maggie con acritud.
-No siempre fuiste una estirada con las ferias.
-¿Y eso qué? Solo no me gustan.
-Ni siquiera porque mamá revisó tus viejas cosas -dijo sonriente Lois.
-No lo haría -reprocha la psicóloga.
-No las cosas viejas de la casa -añade Luan.
-No tengo nada allá -respondió Maggie, muy a la defensiva, antes de echar a correr.
-¡Maggie! -llamó Luan, dejando caer su raspado y el envoltorio.
-Necesita estar sola -contuvo Lois-. Ahora sí lo hicimos.
A los pocos minutos, y luego de haber sentido una fuerte necesidad de devolver al exterior las banderillas comidas que sació en un corral improvisado donde holgazaneaban unos cerdos, se sentó en una banca.
El panorama de esa feria le era odioso. Todos esos colores chillones, los sonidos y reclamos y sobre todo esa sensación de libertinaje recatado para los niños, todo eso lo odiaba en serio. Se ve forzada a aconsejar a sus pacientes de que las cosas siempre pueden ir para mejor, pero el coste era llegar a casa para escuchar las únicas risas que le importaban. Su irritante aunque noble cuñado, su mujer y su hija, al menos hasta que el primero encuentre sitio donde no estén sus padres, son todo cuanto le interesa escuchar al llegar.
Pensando en ello, miró sin interés a una niña de cabello blanco. Esta era molestada por dos chicos delgados, uno de ellos blanco con cara de rata y otro trigueño de aspecto un tanto desagradable, tenían un puerquito con tutú en sus manos.
Esa niña, odia admitir, le recordó ese episodio de su vida. Se le presentaron dos opciones al pensar en ello.
No interviene, esa niña perdería toda esperanza de ser feliz. Sería una niña miserable en vías de ser una potencial niña miserable, una paria que muy probablemente sería una versión malograda de ella misma. Si tiene suerte, tendría una pareja que no sea tan genial como Luan y un empleo mal pagado en el gobierno o en la escuela.
Interviene, esa niña no sabría manejar su frustración. Sería una niñita feliz, pero blanda, una niña caprichosa, consentida y sin sentido de la responsabilidad… al menos siendo lo más imparcial posible. En el mejor escenario, no sería tan miserable pero si aprenderá a ser un poco más dura.
-¡Dáselo! -grita burlón uno de los chicos, el moreno- Seguro querrá irse con su mami, ¡wah, wah! -añade, remedando el llanto.
-Ahí tienes -dijo el chico cara de rata-. ¡Uy! Ten, socio.
-Oh, que generosa oferta -respondió el primero, devolviendo el juguete como si de un cruel juego del gato y el ratón se tratase.
-¡Por favor, mamita! -suplicaba la albina, quebrada en un llanto amargo en su patético llamado- !POR FAVOR!
-Mejor nos lo quedamos, ¡fenómeno! -dijo burlón el cara de rata.
Como remate, la chiquilla fue empujada a un charco de lodo, remanente de la lluvia de la noche anterior, y su precioso peinado quedó mancillado con la mezcla.
Hasta ahí llegó la paciencia de Maggie. Ni siquiera esos dos mastodontes que la maltrataron fueron tan crueles con ella. A lo lejos, esos patanes le arrancaban la cabeza al puerquito y empezaron a hacer malabares con los despojos. Eso fue lo que, si se comparase a sí misma con una olla de presión, le hizo disparar la válvula. Años de resentimiento contra las ferias al fin tuvieron una llama lo bastante poderosa para calentar esa ira.
No avanzaron en su celebración ni diez metros cuando sintieron un fuerte tirón de sus orejas.
-¿Qué les hizo esa niña? -preguntó furiosa Maggie.
-¿Y usted qué se mete, señora? -protestó el moreno.
-Si, ¿qué se mete? -preguntó desafiante el blanco.
-Niñas como ella son una de las muchas razones de que yo tenga trabajo, pequeño delincuente -dijo Maggie, aumentando el tirón-. ¿Saben a dónde termina gente como ella? Tras una maldita escopeta mientras se ríen de lo feliz que fue la vida de sus matones mientras la suya fue una porquería antes de ponerlos a rezar por un Dios inexistente. Con suerte, les toca recibir una inyección letal mientras las torturan en prisión al esperar su sentencia.
Con cada palabra, los chicos seguían desafiantes, mas Maggie no aflojó su agarre. Por el contrario, aumentó la presión hasta sentir que sus propios dedos se romperían.
-Sean buenos con ella, vayan a disculparse y cómprenle otro juguete de SU dinero -resolvió Maggie-. Luego, se largarán, irán con sus padres a prometer no meterse con nadie más débil que ustedes, ¡o yo misma me aseguraré de enviar sus traseros por correo a un internado EN KABUL! ¿LES QUEDÓ CLARO?
Aterrados por las dagas que eran sus ojos, los chicos huyeron y procedieron tal cual Maggie los instruyó. Esta, a lo lejos, se asegura de que cumplan a rajatabla.
Horas después, sentada en la mesa con una botella de Oporto, se siente por demás satisfecha. Se alegró de que todo ese rencor por las ferias se disipara, aunque se las arregló para tomar una caja de las tartas de Lincoln. Por ahora, no quiere saber nada de salchichas mientras termina el mes.
Viendo entrar al resto de la familia, notó que Luan le hizo señas a Lincoln y a Lois para que buscaran algo que hacer.
-Hola -saluda Luan, desganada, sujetando el mismo paquete de la tarde.
-¿No tenías una presentación? -preguntó Maggie.
-La cancelé -respondió la comediante, tomando asiento-. Lamento haberte llevado a la feria aún sabiendo que no te gusta.
-Supongo que ya no importa -resopló Maggie, sirviendo una segunda copa de tres que tenía preparada.
-Yo paso -rehusó Luan-. No quiero dormir con la cabeza llena de alcohol.
-¿Estamos bien, entonces?
-Apagas la luz cuando termines -dijo Luan, despidiéndose son un beso corto antes de dejar el paquete en la mesa-. Dormiré en el sofá.
Dando una última mordida a la tarta que tiene entre manos, la caja que dejó Luan llamó la curiosidad de Maggie. Sin esfuerzo, pues la envoltura había sido mal puesta y era muy ligero de todas formas.
Abrió el paquete, revelando el contenido. Se enterneció, pues era un puerquito de peluche como el de la niña, salvo que tenía unas -pensó- simpáticas botitas negras, una falda amarilla a cuadros y una blusa con cuello redondo de color índigo, rematada con una peluca castaña. No era su primer juguete, pero conmovida dio lectura a la carta que venía incluida.
Perdón por revisar tus cosas en casa de tu mamá.
Lois me habló de la caja que guardabas junto al terrario de tu varano. No es la señorita Puffybottom, pero espero me perdones por eso y por lo de la mañana.
Besos
Luan
Sintiéndose más tranquila, y no por efecto del vino sino por el peluche, tiene una idea en mente. Fue a la recámara, tomó la botella de Jugo Futa y esperó a que hiciera efecto.
En la sala, Luan solo cambiaba canales sin decidirse por ninguno. Se sintió estúpida, y por haber desembolsado para compensar el fiasco de la tarde, fue un verdadero milagro que Maggie no le gritara. No son nada normales esas explosiones de mal temperamento, pero cuando su esposa necesita estar sola, lo necesita en serio.
-Luan… -llamó Maggie, vestida con una de las pijamas limpias de Lincoln-…, he sido un niño mal portado y… quiero que me castigues.
Tomada por sorpresa, notó que Maggie lucía extrañamente tierna con ese peluche, pero con ese tono de voz profundo y sensual que adora, eso está a nada de derretirla.
-No seas grosera con ella –"animó" el peluche-. Ha tenido un día pesado y quiere relajarse. ¡Por favorcito!
Y eso terminó de convencerla. Habría deseado tener al Señor Cocos, pero como no le gusta mucho ser observada, recordó que anoche metió al monigote en su estuche. La noche, decidió, puede iluminarse más que con los fuegos artificiales de afuera.
~o~
Día dos, feria. Listo.
Lo curioso de esto es que hay personas a quienes las ferias, lejos de alegrarles, les trae muy malos tragos. Entre los amargados que prefieren un silencio monástico, los que prefieren su calle limpia y los que las odian por alguna mala experiencia, bueno... es poco probable que le encuentren gusto.
¿Creen que me pasé de lanza con la advertencia lanzada anoche? Ok. Mis disculpas, pero la sostendré igual.
Un poco de miscelánea. Para quienes no quedó claro quiénes eran los matones del recuerdo de Maggie, no son otros sino Hank y Hawk.
J0nas Nagera, es bueno verte por acá. Ya somos dos los que nunca vimos How I met your mother, y la verdad no me llama. La idea, esta vez, es ampliar las cosas que empezaron a gestarse hace ya dos años con la primera Luaggie Week en que participé, Ahondar un poco en el pasado, rascar en la semana previa al cumpleaños de Maggie (lo ubiqué al 11 de julio, aunque en 2016 cayó en lunes, así que tomé esa licencia), cosas que podrían pasar. Y un detalle medio escabroso... solo diré que, entonces, Benny ya estrenaba cuernos y nunca lo supo. Exploraremos eso más tarde.
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Sam the Stormbringer
