Aún visitaba el cementerio donde descansaba su familia. Las tumbas tenían musgo por el abandono: nadie además de ella iba por esa zona. Sara llevó un cubo y un palo limpio. Recogió agua del río y fue a limpiar las tumbas y dejar algunas flores. Quería empezar por la de su padre, pero un cuervo descansaba sobre ésta. Miró alrededor, pero había uno solo: nada más. Le pareció extraño, pues, los cuervos no andaban solos. Sin embargo, pensó que podría ser un mensaje divino. El cielo vaticinaba un buen augurio para ella de alguna forma y ese cuervo era el mensajero que enviaban los dioses para transmitírselo. Sara se entusiasmó y comenzó a limpiar las tumbas imaginando como la buena fortuna iba a sonreírle.

Demoró un par de horas en dejarlas a todas en condiciones. Había varias tumbas que ya nadie reclamaba ni les daba una ofrenda. A pesar de no estar lejos del templo, las personas no valoraban a los muertos ajenos y aunque ella pensaba que podía ser como cualquier otro pueblerino, se sentía mal cada vez que iba a limpiar las tumbas de sus familiares y veía aquellas abandonadas por el tiempo y sus seres queridos. Pensó que en el peor de los casos, ya no quedaba ningún pariente vivo para ir a visitarlos y ofrecerles un rezo al menos, así que se encargaba ella de hacerlo.

Juntó todo en el balde y vio el cielo. Se le había hecho tarde. Iba a preocupar a la abuela si seguía demorando de esa manera. A cambio, paró en el camino y cortó algunas flores, las más bonitas y llamativas. Pensaba dárselas y hacer un bonito ikebana para compensarle la preocupación. Ella solía ser bastante diligente y su temperamento la ayudaba a no atraer más problemas. La mujer siempre le reclamaba que debía quedar en casa y buscar un pretendiente, ya estaba en edad de casarse y ella seguía prefiriendo salir a caminar y tocar la flauta.

Sara no tenía muchas aspiraciones desde la muerte de sus padres y por eso y su imperio destruido, tampoco tenía fuerza para levantarlo de nuevo. Aunque era una princesa, se sentía princesa solo de título. Manejaba la espada y podía ser buena defendiéndose, pero, aunque lo intentaba, no podía verse reconstruyendo todo lo que sus padres habían forjado. Además, tenía otra razón para no intentarlo: Sesshomaru. La mujer no aspiraba a hacer que su título repuntara y fuera comidilla de la alta sociedad una vez más. Le iba bien de esa manera, como una simple mujer que se había enamorado profunda y salvajemente de un hombre: de un demonio. Él le salvó la vida en el incendio que le costó la vida a toda su familia y de vez en cuando, lo veía de nuevo. No le hablaba, ni se acercaba siquiera. Pero estaba cerca y ella deseaba juntar coraje y buscarlo donde fuera y confesarle sus sentimientos. Incluso, si no podía contarle todo el amor que sentía, con tal sólo hacerlo feliz sería suficiente para ella. No tenía idea qué podía hacer una pobre princesa en desgracia, una simple humana, pero pondría todo el corazón para conseguir serle de utilidad. Su sueño era poder estar a su lado y hacer su corazón más ligero al andar. Aunque como humana su tiempo estaba contado, haría valer cada minuto a su lado.

La noche iba cayendo y ella, apresuró el paso subiendo la colina. La casa se podía ver a la distancia y las farolas encendidas brillaban como pequeñas estrellas en la tierra. Sara sonrió y apretó más el cubo con sus cosas contra sus brazos y jadeante, se detuvo en la puerta. Se demoró unos instantes, recobrando el aliento. De entrar así, tan desalineada y sin ningún protocolo, la haría recibir un regaño de su abuela, le recordaría que ella era una princesa y que había apariencias que debía mantener. Exhaló el aire sobrante y abrió la puerta.

—¡Ya llegué! —avisó con voz calma y suave dejando los zapatos en la entrada y en el piso, dejó sus cosas, sacando solo las flores para llevarlas al interior de la vivienda. Nadie le respondió y volvió a llamar a su abuela, pero no había ni un solo ruido. Agudizó el oído todo lo que pudo, los pasos sobre el tatami deberían escucharse, pero sólo estaban los de ella ¿habría salido a buscar agua? Peor ¿Habría salido a buscarla? Se mordió el labio y una sensación horrible recorrió su cuerpo cuando llegó a la puerta del comedor. Era como una aguja que se clavaba en su corazón, el presentimiento de que algo terrible sucedía y que debía irse. Una voz le decía que debía irse, pero otra que debía abrir la puerta. Sara se armó de valor y lo hizo. El sonido de la puerta corrediza fue un preludio de una escena horrenda: un demonio serpiente engullía el cuerpo de su abuela. Los colmillos brillaban rojos por la sangre y sólo se veían los pies de la mujer fuera de la boca.

La mujer cayó al suelo aterrada. Era un infierno repitiéndose una vez más. De nuevo, ella sin poder hacer nada, perdía a sus seres queridos y quedaba sólo como una simple espectadora. Su rostro se llenó de lágrimas y volteó a gatas, resbalando y volviendo a levantarse al momento siguiente, moviéndose rápido, todo lo que podía a causa del miedo y de la desesperación. Buscó en su habitación su espada y la apretó en sus manos. Era como si estuviera embrujado, victima de una maldición ¿por qué el destino se aferraba en arrebatarle a las personas que amaba? Apretó los ojos con fuerza y sacudió la cabeza. No podía quedarse llorando, ¡no! Debía ser fuerte y actuar. De otra manera, seguiría siendo la niña protegida que fue siempre y no quería eso.

Hecha un mar de tristeza y con los sentimientos en avalancha en su interior, se puso de pie y salió corriendo hacia el comedor. La serpiente estaba ahí. Paranormal, sobrehumano, fuera de este mundo, como fuera, ella le daría fin a todo. Desenvainó la espada y con los ojos cristalinos, corrió hacia el demonio que aún estaba comiendo y ensartó la espada detrás de su cabeza. Tuvo que hacer presión y aún así, el arma quedó incrustada en el cuerpo de la bestia sin hacerle más que una simple herida. Ella tomó la empuñadura con fuerza e intentó quitarla: daría otro golpe, pero estaba atorada y el demonio chillaba por el dolor y la interrupción de su cena. Agitando la cola, golpeó a Sara estrellándola contra una de las puertas y rompiéndola en el camino. La mujer rodó por el suelo hasta golpear con un mueble y detener su impulso. Abrió los ojos con esfuerzo y pensó que iba a ser su fin: no podía hacerle frente a un demonio, no ella sola. ¿De qué servía entonces? Cerró los ojos al ver como los pies de su abuela desaparecían en las fauces del demonio. Sacudió su cuerpo y la espada cayó, ella lo supo cuando el tintineo del metal hizo ruido en el suelo. Daba todo por perdido y de repente, Sesshomaru apareció en sus recuerdos: quería verlo una vez más. Apoyó sus brazos en el suelo y se dio impulso para levantarse y buscar la espada. Pero tenía que encontrar algo con qué distraerlo primero.

El demonio reptó hasta ella con rapidez, destruyendo el suelo en el camino. Sara empujó el mueble hasta su boca cuando intentó atraparla, y corrió. Se metió en la habitación contigua y decidió rodear el camino hacia la otra habitación. Podría hacerlo, le haría perder tiempo de esa manera. Sin embargo, como si le hubiese leído la mente, el demonio apareció frente a ella antes de que llegara a su destino. Sara cayó al suelo y retrocedió arrastrándose mientras veía los ojos inyectados en ira y la herida goteando de su cuerpo. Hizo una inspección rápida por la habitación, pero no había nada que pudiera servirle para salir victoriosa. Y entonces, sintió la flauta debajo de su mano. No era mucho, pero al menos, serviría para hacer tiempo. Era de bambú, resistente y flexible, así que esperó el momento correcto cuando ella abriera la boca y entonces, clavó la flauta de forma vertical, impidiendo que volviera a cerrar la boca. Entonces, se puso de pie a puro resbalón y llegó hasta su espada. La empuñó con miedo y se decidió a ir por ella. Si no podía destruirla por fuera, la flauta sería capaz de ayudarla. Sara estaba determinada a hacer todo por su cuenta cuando la empujaron al suelo y sintió una ráfaga detrás de ella. Todo sucedió tan rápido que no fue hasta que vio el cuerpo destruido de la serpiente y la flauta repiquetear en el suelo que supo qué pasó: él había vuelto a salvarla. Sesshomaru tenía su mano en garra con sus dedos manchados por la sangre verdosa del demonio. Apenas miró por encima de su estola y salió por el agujero de la puerta dejándola atrás.

Sara quedó sola, entre los escombros y los cuerpos y entonces, corrió hacia donde se fue Sesshomaru. Quiso llamarlo, pero la voz no le salió y no fue hasta que sujetó la manga de su kimono que pudo pronunciar un sonido agudo que no significaba nada.

—¡No toques al amo bonito, humana desagradable! —gritaba desesperado Jaken.

Sesshomaru se dignó a mirarla y esperar a que ella dijera algo.

—Sesshomaru-sama… gracias —pronunció con esfuerzo y sintió su corazón más cálido cuando al fin pudo decirle esas palabras— ¿puedo acompañarlo?

—¿Una humana con nosotros? ¿Quién te has creído, mujer entrometida?

—Jaken —pronunció con seriedad Sesshomaru y el demonio quedó tieso esperando que su amo dijera algo, pero en cambio, quedó en silencio. Volvió a mirar a Sara y sus ojos azules parecieron brillar al contemplarlo— Ah-Un.

La bestia de dos cabezas se acercó a ellos y Sara montó sobre su espalda. Desde el lomo de Ah-Un podía ver la espalda de Sesshomaru. Cerró los ojos y sonrió pensando que al fin estaba cerca de él.

Avanzaron un poco y de repente, se sintió un sonido entre la hierba. Jaken volteó y fue el primero en ver a Sara tendida en el suelo.

—¡Amo bonito! ¡Amo bonito! —gritó varias veces corriendo hacia donde estaba ella. La miró y sintió el hocico de Ah-Un hacerlo a un lado, moviendo la cabeza de Sara sin obtener ninguna respuesta.

Sesshomaru caminó hacia ellos y vio el brazo de la mujer con una pequeña marca en su muñeca: un roce de los colmillos de la serpiente demonio. El veneno impregnado en su cuerpo.

Él que no supo qué sucedió hasta que fue demasiado tarde para hacer algo por ella después de verla tanto tiempo desde la distancia, llegaba el momento en que ya no la vería más. Miró el rostro pálido de la mujer, los ojos azules ya no estaban, pero aún seguía aquella sonrisa que estaba dedicada solo para él. Había muerto feliz y aunque jamás llegó a estar entre sus brazos, Sara se sintió completa al poder mirar su espalda una ultima vez mientras pensaba cómo decirle lo mucho que lo amaba.


¡Hola, gente linda! ¿Cómo están? No sé en qué momento pasó tan rápido octubre. Tenía pensado subir esto mucho más antes, pero aquí me tienen, siempre tarde. Este fic es un reto de ¡Siéntate! y había que usar una cantidad de palabras que dieron en el tema, el género horror, misterio o espiritual y hacer tres one-shots. Los tres serán autoconclusivos, pero tendrán cierta relación entre ellos ¿Y cuál será la relación? Sesshomaru será el nexo entre todos y ya verán por qué.

Espero que les haya gustado la historia. Dudaba de qué personajes usar, pero me fui por los que estaba más cómoda a la hora de escribir y aquí tienen a mi querida Sara.

¡Un abrazo!