Conocí a Aang en la secundaria. Empezaba mi último año, para él sería el primero. Era un niño bajito y flacucho, todo articulaciones, que siempre iba acompañado de un perro-bisonte de pelo largo llamado Appa. Cuando salíamos de clases, parecía una montaña de pelo blanco polvoso echado en el sol en medio de una siesta.
Aang vivía con su padre adoptivo, un hombre llamado Gyatso, en una granja vecina a nuestro terreno. La entrada del lugar tenía un cartel desvencijado que decía "Templo del Aire del Sur", pero mi hermano y yo le decíamos "el Iceberg". Era una zona particularmente fría en otoño, porque le llegaba toda la corriente de aire polar y se formaban pequeños témpanos en las orillas del techo. Pese al intenso frío de cada invierno, y de lo limitada que podía resultar su dieta vegetariana en un lugar como este en esas temporadas, Aang y su padre se había adaptado sorprendentemente bien al clima del sur.
Nunca tomamos clases juntos, pero como vecinos, nos hicimos amigos muy rápido. Le encantaban las actividades en la nieve y los trineos… al ir en la misma escuela también, era el paso lógico que mi hermano Sokka, con sus 16 años y su flamante permiso de conducir, pasara por ambos en la averiada furgoneta de nuestra familia. No solíamos cargar a Appa, hubiera alzado demasiado el costo de la gasolina, pero cuando llegábamos a la entrada del Iceberg, Appa ya estaba allí para recibir a Aang. Por mucho que se esforzara Sokka, nunca consiguió averiguar cómo el perro-bisonte era tan rápido.
A pesar de que era sencillo para Aang hacer amigos, no se abría mucho con los demás. Le tomó casi dos años contarnos las partes más dolorosas de su historia: él y su padre adoptivo eran los únicos dos sobrevivientes de una masacre que acabó con toda su gente, los Nómadas de aire.
Fue un ataque que dirigió un magnante industrial para quedarse con esos territorios. Gyatso trató de salvar a los niños que cuidaba y enseñaba, pero el único al que pudo llevarse fue al bebé Aang. Años depués, el gobierno castigó al responsable del genocidio, Ozai Azulon: lo encarcelaron por ese y varios otros crímenes. Y aunque los nómadas de aire fueron casi completamente exterminados, la única compensación que recibieron Gyatso y Aang fue ese terreno en el sur y una cantidad de yuanes que apenas habían servido para cubrir los gastos de estadía mientras llevaron el juicio. Con todo, ambos se veían felices, como padre e hijo. Sembraban en temporada, cosechaban lo suficiente para subisistir y para que Aang fuera a la escuela.
Dejó de ser así cuando Gyatso enfermó. Con otra deuda por la factura del hospital, el esfuerzo resultó inútil, pues falleció unos meses después. Nuestros lazos de familia adoptiva se estrecharon aún más; Aang regresaba a dormir a su casa, pero casi vivía conmigo, Sokka y nuestra abuela, quien nos cuidaba desde que mamá había muerto (mucho antes de que Aang llegara), y que papá se había ido a conseguir empleo lejos.
Cuando cumplí 16, Sokka se fue a estudiar a la ciudad y sólo regresaba en vacaciones. Dos años más tarde, me fui a la ciudad y viví con él, y aunque quería estudiar una carrera en la universidad, simplemente no había dinero. Así que mientras Sokka estudiaba para convertirse en ingeniero, yo me conformé con una carrera técnica, más corta, barata y sencilla de balancear con un trabajo de medio tiempo (seguía siendo difícil, pero yo podía dormir más que Sokka casi siempre). La parte que más me gustaba de estar en la ciudad era la posibilidad de conocer más gente y tener más lugares para explorar. En esa temporada, incluso salí con un par de chicos a pesar de la dramática y categórica oposición de mi hermano.
Aún dos años más tarde, cuando cumplí 20, Aang llegó también y compartimos el apartamento para reducir nuestros gastos. Solíamos estar en números rojos, entre las compras impulsivas de Aang y el despilfarro de Sokka, y para no variar, era yo quien se llevaba casi toda la carga de trabajo doméstico.
Comencé a salir con Aang ese año. Era sorprendentemente sencillo y fluido. Cuando él cumplió 19, me pidió matrimonio entre declaraciones de amor. Todos me dijeron que eso tenía mucho tiempo de retraso, que el amor se veía en sus ojos desde que tenía 12. No dejé que sus bromas me molestaran. Yo estaba enamorada también, y aunque mi abuela y mi padre nos dijeron que éramos demasiado jóvenes, Aang dijo que una vida sin riesgos no valía la pena.
Así que nos fugamos.
Para ese momento, yo ya tenía mi diploma de carrera técnica y un empleo un poco mejor pagado, y Aang consiguió un préstamo por las escrituras de su tierra para terminar su carrera de artes plásticas. En los años que siguieron, nos instalamos en la ciudad. Una casa más humilde y gastos frugales nos permitían cargar con los pagos mensuales (a veces atrasados) y consumíamos la deuda, lento pero seguro. En una década más o menos estaríamos libres.
O así fue hasta que Aang perdió su empleo.
—Aang —llamé desde el corredor, una cesta de ropa sucia recargada en mi cadera—, ¿ya guardaste la ropa? Decía el periódico que iba a llover en la tarde.
En el camino, recogí dos playeras, un pantalón y cinco calcetines, desperdigados todos entre el suelo, las sillas y la sala. El sexto calcetín estaba en la boca de Appa.
—No, no he tenido tiempo aún —escuché su grito en la cocina, donde de alguna manera se la había arreglado para ensuciar tres platos al servirse cereal.
—¿Qué hemos dicho acerca de dejar la ropa tirada por toda la casa? —al entrar le mostré la cesta—. ¡Sólo el pantalón estaba en el cesto de ropa del cuarto!
—Perdón —hundió los hombros, arrepentido y con ojos de cachorrito abandonado. Eso era lo malo, el olvido era genuino, no lo hacía por molestarme. Simplemente se distraía. Suspiré, dejándolo pasar.
—Está bien, sólo trata de recordarlo, ¿de acuerdo? —con una sonrisa, me senté a su lado.
—Te serví cereal —con entusiasmo, puso frente a mí un plato lleno hasta el borde y la jarra de leche.
—Gracias —le di un beso en la mejilla y, con discreción, regresé parte del contenido de mi plato a la caja. Siempre me servía demasiado, pero era la intención lo que contaba.
Con un medio ladrido, Appa llegó con el correo entre las mandíbulas. En cuanto Aang se lo quitó, Appa empezó a jadear para pedir que acariciaran su cabeza, con el pelaje en un patrón de flecha igual al de los tatuajes tradicionales de Aang.
Una de las cartas era de papá, reconocí en el acto el sobre de papel color crema y las letras picudas. Aang me la tendió de inmediato mientras terminaba de ver el resto de la correspondencia.
La abrí y leí por encima de mi plato. Parecía que papá tendría vacaciones pronto y quería venir de visita. Hice una nota mental para llamarle a Sokka y ponernos de acuerdo. Tal vez sería mejor vernos directamente en la casa de nuestra infancia, donde ahora sólo vivía la abuela, o primero encontrarnos con Sokka y Suki para irnos todos juntos en la camioneta.
Un sonido estrangulado me despertó de la logística imaginaria.
—K… —alcé la vista. Había un brillo de desesperación en los ojos de mi esposo—. El proyecto del libro se canceló, no tendré trabajo.
Me llevé las manos a la boca. Mis ingresos nos daban para los gastos cotidianos básicos, pero Aang, que trabajaba por proyectos, era quien aportaba casi todo el dinero para pagar la hipoteca.
—Oh no… —murmuré para mi misma, repasando mentalmente todas las opciones y los créditos que ya habíamos tomado. Lo abracé, sintiendo los nudos de tensión en su espalda—. ¿Qué haremos? ¿No hay otros proyectos a la vista?
—No, al menos no hasta finales de año —se estrujó las manos y nos quedamos en silencio un buen rato.
—La suspensión de pago se vence este mes —me mordí el labio, para después tomar papel y lápiz y comencé a hacer números. No, no, no. Ni siquiera usando todo lo que teníamos ahorrado podríamos cubrir el pago de este mes y además, comer.
Le extendí el papel a Aang, devastada. A menos que llegara una idea, éste era el fin del Iceberg… del Templo del Aire del Sur.
—Tengo una idea —me sobresaltó y lo miré con precaución. Muchas veces eran buenas ideas, pero otras tantas… El brillo de esperanza en sus ojos grises me hizo darle el beneficio de la duda—. Vayamos el fin de semana a Omashu, a un casino. Se me dan bien las cartas, lo sabes.
Ay, no.
—Pero Aang, no tenemos dinero —sobre la mesa del comedor, rodeada de sillas llenas de tierra entre las raquetas para nieve de Aang y las patas de Appa, vacié el tarro que contenía todos nuestros ahorros, o lo que quedaba de ellos tras pagar las facturas del mes—. Con esto no podemos pagar ni siquiera el viaje. Aún si lo tuviéramos, ¿qué pasa si lo perdemos todo?
—Puedes pedirle dinero a Sokka —me imploró—. Sólo necesitamos un poco para iniciar, después usaremos lo que yo gane para tener más dinero.
Me mordí el labio.
—Amor, es una mala idea. Es demasiado riesgoso…
—¿Tienes alguna otra sugerencia? —aunque su tono era áspero, vi la desesperación en sus ojos, un sentimiento que se reflejaba en los míos. Por mucho que me quebrara la cabeza, no se me ocurría ninguna otra solución, salvo quizá otro préstamo. Y las tierras… eran un terreno sagrado, todo lo que quedaba de los Nómadas de aire. El valor no era sólo sentimental, era de identidad para Aang y para el difunto Gyatso… no podríamos perderlo.
—Muy bien, haré lo posible. Le llamaré en la tarde cuando regrese del trabajo —acepté, derrotada.
Había una presión en mi pecho. Esto era una idea horrible.
N/A: Esta idea lleva un tiempo sin dejarme en paz, así que mejor decidí escribirla. No es algo tremendamente original, de todos modos espero que disfruten de la lectura. Aún no tengo el número exacto de capítulos que serán, aproximadamente 15, con publicación semanal. Tomé ciertas de las libertades que anuncié en el resumen para los apellidos de los personajes, porque aparentemente el apellido se reserva para la gente rica como los Beifong.
Además, ¡hoy empieza la Zutara Week 2020! No haré toda la semana, pero este fanfic puede considerarse como mi contribución :D
No me llevo bien con el formato de ff net, si ven algo raro, siéntanse en libertad de comentarme... también si les agradó (o no y quieren rostizarme) :)
Editado para corregir dedazos y formato el 26/02/21
