Extendió las alas y despegó desde el húmedo barro, dejando una desprolija huella y ansiando llegar a un lugar en específico. Un lugar en el que, protegido por los árboles y camuflado en el paisaje, se encontraba una muchacha de suaves rasgos pero con una mezcla extraña entre delicadeza y brusquedad en sus ademanes. Parecía que aún no terminaba de definirse como persona, y no se decidía si mantener cuidado su lado llamado princesa el mayor tiempo posible, o aceptar que aquel estaba en el pasado y que se volvería un estorbo a la hora de pelear contra su malvada madrastra.
El pájaro contempló a Blancanieves, cuyo vestido blanco no tenía significado al igual que sus ojos que solo se dejaban llevar por los colores de su alrededor que conformaban el paisaje sin sentido, lleno de promesas vacías y esperando ser arrasado por el ejército de la reina malvada.
Decidió de una vez sentarse sobre el azabache cabello de la joven desplomada en su cama. Sus plumas casi se confundían entre sus colores oscuros si no hubiera sido por las agudas percepciones de la humana quien, para su desconcierto, no irradiaba la misma personalidad de siempre. Los otros siete humanos se veían tan confusos e incómodos como el pájaro y parecían anhelar a la antigua ella tanto como él.
Se sentía tan... vacía, incompleta, como si le faltara una parte muy importante de sí misma que la hubiera afectado de cierta manera que la convirtiera en una indispensable, irreemplazable... No, debía.. debía ser producto de la magia lo que le sucedía a Blancanieves.
Ella ya no tenía ese fuego y determinación que la impulsaba a querer recuperar su reino y derrocar a la que se hacía llamar su madre: no tenía nada más que una inmensa tristeza que ni ella entendía pero que al mismo tiempo intentaba serle indiferente. Porque sabía que por algo había bebido de aquel frasco hacía solo una mísera hora que actualmente parecía ser un martirio de la duración de una vida.
¿Habría hecho lo correcto? Aquella pregunta la carcomía en los momentos más inesperados, mientras trataba mal a los enanos, mientras dejaba de lado un sentimiento que ella misma solía describir con las más dulces y gigantescas palabras.
¿Ese... líquido... le había arrebatado el amor? ¿O incluso casi cualquier sentimiento positivo que la hiciera ser ella misma? Las cuestiones la molestaban mientras acariciaba a los pájaros con movimientos repetidos y sosos.
