Bath, 8 de Abril de 1805

Querida Cassandra:

(…) Esta mañana hemos ido a ver a como Miss Chamberlayne se acaloraba montando a caballo.-

¡Hace siete años y cuatro meses estuvimos en la misma casa de equitación para ver la actuación de la srta Lefroy! ¡Qué escenario tan diferente del de ahora! Supongo que estos siete años son tiempo suficiente para cambiar cada poro de piel y los sentimientos de cada uno.

JANE


….. 7 años y 4 meses antes…

Bath, Noviembre 1797

El cielo encapotado esa tarde con amagos de lluvia sobre la pequeña ciudad de Bath no alteraba lo más mínimo el bullicio de las calles con gente entrando y saliendo de los salones de té y de los comercios.

Jane y Cassandra paseaban agarradas del brazo chismorreando y haciendo una parada cada pocos metros para contemplar los coloridos escaparates.

Cassandra, aunque había dejado el luto recientemente por Tom Fowle, su prometido, no lo olvidaba. El que había sido alumno de su padre en el internado instalado en la rectoría, había fallecido en febrero de ese año de fiebre amarilla en la isla de Barbados a la que había ido animado con la esperanza de hacer fortuna para a la vuelta poder tener poder adquisitivo y casarse con Cassie.

Y aunque la figura esbelta de la muchacha, con cabellos rubios que enmarcaban sus ojos almendrados y la dulzura de su carácter eran un atractivo más que notable para el sexo opuesto, tras las muerte su prometido, a sus veinticuatro años, había mudado su vestimenta a las de una solterona, pese a las protestas constantes de su madre y en menor medida las de Jane, más comprensiva con el proceder y sentimientos de su hermana mayor.

Tras un año duro pleno de acontecimientos familiares las dos hermanas habían llegado hace una semana a la ciudad termal acompañadas de su madre. Ésta tomaba religiosamente sus baños aquejada de dolores múltiples y aquejada también de la soltería de sus hijas. Bath era considerado un lugar para tomar las aguas medicinales y de diversión en los que era relativamente fácil ampliar horizontes en sociedad por lo que la Sra. Austen se encontraba muy a gusto.

Se alojaban en la casa de sus tíos maternos James y Jane Leigh- Perrot, que gozaban de una muy buena posición y a los que la compañía de sus sobrinas, al no tener hijos, era causa de entretenimiento y diversión. La casa que habitaban era bastante grande, en una de las zonas más lujosas de la ciudad, cerca de Queen's square. Contaba con dos amplios salones con artesonado de maderas nobles y muebles de caoba tapizados en colores vivos en la plante inferior para la recepción de visitas y realización de cenas de sociedad. En la parte superior había cuatro amplios y luminosos dormitorios principales suficientes para albergarlos a todos, pero las dos hermanas preferían compartir cuarto y confidencias. A disposición de las señoritas Austen había un coche de caballos, pero estas rara vez lo utilizaban ya que preferían callejear, dado como estaban acostumbradas a las largas caminatas por los parajes rurales de Hampshire.

Esa tarde ambas disfrutaban entrando y saliendo de las tiendas, habían merendado en Sally´s dos pasteles y medio cada una, una barbaridad, y se habían entretenido comprado regalos para todo el mundo. Jane se había hecho con un volumen de Godwin para su padre. También llevaban un tónico de hierbas para su madre de la botica, una muñeca para su sobrinita Jane y cintas y abalorios para arreglar los sombreros de Jane a la moda. Para el reverendo Lefroy y su esposa Anne, que se había anunciado que llegaban esa tarde a pasar unas semanas desde Ashe, habían comprado una caja de galletas de jengibre y canela; y para la hija de estos, Lucy Lefroy, que contaba ya con diecinueve años, un precioso tocado para el pelo de color aguamarina para que lo luciera en sociedad.

Al intentar cruzar la calle desde la acera un coche de caballos pasó tan cerca de ellas que una de sus ruedas traqueteó en un charco del empedrado de la calzada y las salpicó. Ambas se miraron aturdidas contemplando como la cara y el vestido de Jane estaban completamente llenos de barro. Cassandra sacó un pañuelo del bolso para limpiarle la cara a su hermana cuando una cabecita asomó del carruaje que continuaba sin aminorar la velocidad.

¡Jane!¡Cassie!¡Ya estamos aquí! – gritó Lucy Lefroy mientras las saludaba con una gran sonrisa- ¡Venid a recibirnos, nos alojamos a una calle de aquí!

Las dos hermanas divertidas echaron a correr detrás del coche cargadas con todos los bártulos para darles alcance. Para ellas era muy grato contar con la familiaridad y la calidez de los Lefroy en Bath, una ciudad que la mayoría de las veces resultaba demasiado fría y tendenciosa, regida por las apariencias.

Anne Lefroy era una gran anfitriona, capaz de hacer sentir a cualquiera que pasara por su casa confortable y como una compañía grata. Amante de la lectura y la poesía, era una gran conversadora y amante de las obras de caridad. Para Jane Anne era su madrina, a la que admiraba, en la que se reflejaba cuando buscaba un modelo futuro de vida idílico y reposado y en la que encontraba refugio cuando se enervaba con su madre o simplemente buscaba consuelo.

Cuando llegaron enfrente a la casa todos habían accedido al interior aunque la puerta seguía entreabierta ya que un criado estaba transportando los baúles de enseres de los Lefroy. Jane se limpió un poco el vestido con la ayuda de su hermana y se dispusieron a entrar.

¡Niñas! ¡Por fin hemos llegado!¡ Qué alegría veros!- dijo Anne Lefroy mientras las hermanas eran recibidas con abrazos.

¡Ha sido un viaje de lo más accidentado, hemos tenido que cambiar dos veces de caballo!¡Pero ya estamos aquí!- añadió Lucy pletórica- ¡Jane!¿Qué te ha pasado?- dijo mientras miraba el vestido enlodado de su amiga.

Me temo que nuestro trayecto también ha sido de lo más accidentado- sonrió Jane intentando recomponer algo su vestido- pero mi ganas de veros ha superado en creces al decoro que se estima en una señorita casadera respetable de Bath al presentarme así.

¡Oh querida!- la volvió a abrazar Anne- Esta gente de ciudad no sabe del placer que se pierde al embarrarse las botas en largos paseos ¿verdad?

Jane asintió feliz. Era bueno verlos a todos juntos, sólo faltaba su padre, al que echaba muchísimo de menos.

-¿Cómo están vuestra madre y tíos? – le preguntó el reverendo George Lefroy a Cassandra.

- Muy bien y con ganas de veros- contestó ésta- Tenéis que venir a visitarnos en cuanto podáis.

- Claro, pero no hemos venido solos. Nos han acompañado el excelentísimo señor Benjamin Langlois que ha venido a tomar las aguas y su sobrino al que conocéis. El señor Langlois ya se ha retirado a descansar del ajetreo del viaje pero Tom anda por aquí. ¡Tom!- llamó el reverendo- ¡Tom hijo!¡Mira quien ha venido a recibirnos!

Tom Lefroy apareció por la puerta, tan arrollador y apuesto como siempre. Tras una exhalación Jane contuvo la respiración sobresaltada.

Con benevolencia, George Lefroy hizo las presentaciones.

Encantado de conocerla señorita Austen- sonriendo Tom inclinó su cabeza en referencia a Cassandra.

Encantada- contestó Cassie.

Y a nuestra Jane ya la conoces- añadió el reverendo.

Si claro, ya la conozco- replicó Tom serio y rehusando mantener contacto visual con la menor de las hermanas- Señorita- añadió luego bajando ligeramente la cabeza- Si me permiten mi tío me reclama desde hace rato y debo atenderle. Espero que pasen un buen día.

Y en un segundo, tal como Tom apareció por la puerta dio media vuelta y desapareció. Jane solo quería que se la tragara la tierra, apenas pudo articular palabra el resto de la visita, azorada como estaba tuvo que ser conducida de la mano con urgencia por su hermana hacia casa.

Y cuando las Austen cerraron la puerta de su hogar tras de sí, una tromba arrolladora de agua cayó sobre Bath.