1. VENTANAS

-Tengo una pregunta –masculló lentamente Snape, con desagrado- ¿Por qué me elige para las peores... misiones?

-Vamos, Severus -Dumbledore revisaba el librero, y se preparaba para el conjuro que sellaría su despacho-, es una cuestión de confianza.

El pocionista desde su asiento, daba pocas muestras de tacto.

-¿Confianza o... abuso? –entrecerró los ojos, suspicaz.

El director guardaba en una alforja los objetos mágicos de su propiedad. Se marcharía en unos minutos, pero se las arregló para suspirar en una pausa.

-Confianza plena en ti, leal Severus.

El profesor asintió:

-Conozco a uno que me llama "mi fiel". Y esta encomienda no es muy diferente de las de aquel.

Dumbledore recopilaba pergaminos.

-Umbridge les hará la vida pesada –apuntó, paciente-, pero cuento contigo y debe ser ya, porque desconozco dónde andan esos chicos.

Exasperado, Snape tamborileó en los descansabrazos, aunque era egoísmo ponerse así, dado que Albus estaba en franca huida.

-No lo tome a pretexto –aventuró el profesor-, pero he de reconocer que la pesada de Granger los cuidará. Es la nana de esos dos. Todóloga y así.

Con una manga, Albus limpió una piedra con forma de ojo, que parpadeó por la fricción.

-¿Y entonces, no te necesito? –remató, apreciando un libro por los bifocales-. Al contrario, sin mí corren mayor peligro, y desconozco si afuera los busca alguien que se sienta en libertad de atacarlos.

Snape resopló.

-Le recuerdo que me llamo "Severus", no "Salvatore" –acotó el pocionista, como si hubiera dado un buen trago de poción tóxica-. Morir es un peligro que corren los héroes, y... ¿ellos son héroes... no?

Albus tomó su varita, ahora sí viéndolo en franco escándalo.

-¡Por el Dragón de Manchuria, no seas malo, Severus...! –exhortó, alarmado y dolido– ¡Me sorprende lo mortífago que te pones, repámpanos!

Snape cerró los ojos, fastidiado.

-¡Si, hay qué ver lo desalmado! –continuó Albus, en amable reproche- ¿Qué te enseñó tu mamá, Severus, dónde están los modales, la consideración? ¡Sólo te pido que localices a los tres, los cuides, veles su sueño, los salves de peligros, aniquiles a sus atacantes y si se requiere, que des tu vida por ellos!

Snape asintió, lento, alzando las cejas.

-Claro... -cayó en cuenta- No sé cómo fui tan egoísta de olvidar ese último detalle.

Dumbledore extendió los brazos a los lados.

-¡Eso y ya, Severus, caray, ni que fuera para tanto, hombre!

-Sí... pues… sí -Snape se levantó, rascándose la frente de inconformidad-. Sin duda, puede contar conmigo.

El pocionista tuvo el feo presentimiento que Albus lo abrazaría, pero afortunadamente éste pasó de largo rumbo a la puerta y se detuvo, preguntándose:

-¿Qué me falta?

Snape alzó una ceja:

-¿Tal vez, "gracias"?

-¡Ah! –Albus se puso un dedo en la sien- ¡Colocar un hechizo defensivo en el puente, para seguridad de la escuela!

-Grandioso –Snape alzó el índice-. Eso detendrá para siempre al Mismísimo.

Albus le sonrió ante lo que creyó elogio, le dio unas palmadas en un brazo, ambos salieron, y Dumbledore cerró y se marchó a rápidos pasos.

Una vez solo, Snape miró hacia afuera por una ventana... Aspiró largamente la frescura de la noche, sintiendo una nueva libertad, fluyendo por la vastedad del castillo y suspiró. Vaya. No era tan malo que el director se fuera. Es decir, qué mal, pero qué bien.

Pudo pensar más libremente. Y ya sin el peso del, llamemos a las cosas por su nombre Ladies and Gentlemen, chantaje, Snape lo consideró... Bien, localizaría a esos inútiles, pero bebería un trago.

Para contradecirlo, llegó una lechuza de Minerva aleteándole cerca, a la que arrebató un trozo de pergamino con el mensaje de requerirse su presencia urgente con la subdirectora. Snape detuvo por una pata a la lechuza ignorando sus aleteos frenéticos, dejándole ir luego de darle un trozo de pergamino donde se leía:

No estoy.

Atte.

Yo

Y dejó Hogwarts, casi apagando antorchas por lo veloz de su huida.

2. Al fin… ¿solo?

En la sala de su casa en penumbra, mirando por la ventana hacia los edificios melancólicos de tarde, dio un sorbo a un nutrido vaso de whiskey de fuego.

Mañana, se dio insólito permiso disfrutando el calor de la bebida al pasarlo. Esta noche, déjenme en paz.

Llamaron a su puerta con repetidos e imperiosos golpes, golpazos para ser sinceros, como de mortífago con síndrome de abstinencia de sangre.

¿Albus?, pensó Snape, ¿se fue sin galeones?

Snape no se la pasaba haciendo legeremancia a todo mundo, pero sabiendo que era Dumbledore o Bellatrix por el modo de llamar, fue a la puerta decidiendo gritar que lo dejaran en paz, tomando un sorbo de whiskey para aclarar garganta en vistas de la maldición que soltaría y cuando abrió lo saludaron:

-¡Profesor Snape, buenas noches!

Hermione Granger lo miraba fija y furiosamente, de uniforme, con mirada firme, despeinada y acalorada, puños en las caderas.

Snape estuvo a punto de escupir el whiskey, pero como tampoco era capaz de hacerlo sobre la Insoportable por muy Insufrible que fuera, se pasó el trago y como además tomó aire, los vapores del alcohol le cerraron súbitamente la garganta.

Dio un paso atrás buscando afanosamente respirar, lo que Granger tomó como permiso de pasar y en cuatro zancadas llegó a la sala.

-¡... y esto es el colmo! –soltó la Gryffindor, girando hacia él– ¡Les estoy diciendo que no tomen ese atajo, que es una trampa, y cuando caen en ella los tengo qué sacar, pero hasta eso lo estropean...!

Hermione fue de aquí allá, como si viniera de correr, enojada, en tanto Snape se atragantaba y a la vez que maldecía, lo cual dificultaba un poco cosas como respirar. El whiskey se la atragantó.

-¡… Y claro! –Hermione exasperada se posó los puños en las caderas, pisoteando con una suela repetidamente- ¡Y como suele ser, el tonto de Ron...! ¡Le digo que a la derecha y toma a la izquierda y después me reclama que no supo la derecha de cuál! ¿Cómo se le ocurre? ¡Por eso le dije que él no distinguía arriba de abajo! ¡Ni su cara, de un sapo!

Snape logró tomar aire, desesperadamente, soltando unos silbiditos miserables.

-¡... y claro, en la carrera...! –Hermione estaba fúrica- ¡En la carrera cada uno toma por su lado, en fin, yo sola por uno, y esos dos idiotas juntos por el otro!

Snape, rojo de la cara, se dobló en la mesa hipando diríase como un roedor.

-¡... casi me ahoga... Granger! –vociferó, tomando aire a bocanadas.

Hermione parpadeó lento, extrañada. No estar en el colegio quitaba a Snape mucho de su aura de poder, por lo que estando en su casa (¡já!, se dijo ella al ver en torno, ¡Su casa, en esa alacena hay tazas que debieron ser de su mamá!), era no más que un profesor inaguantable y aunque tal vez un mortífago demente sin redención, requería comprensión y ella la mostró.

-En fin, que bueno que no murió –Hermione se despejó esas feas ideas de la cabeza parpadeando rápido, y dio un trago del vaso que dejó Snape en la mesa.

Snape no logró avisarle.

-¡Granger! –él se alarmó y enfureció.

Ella abrió mucho los ojos con el vaso en los labios, pero terminó de pasarse lo que quedaba.

-Tenía sed –comentó ella, poniendo en vaso en la mesa-, pero este té sabe raro.

Tanto se descolocó Snape, que olvidó la sorpresa principal y se sentó.

-¿No se le cerró la garganta, no... ardió? -no daba crédito.

Ella desdeñó y se sirvió otro tanto con fluidez.

-No, ¿por qué?

-¡Gran...! –él se levantó, pero ella ya lo había bebido.

Me va a decir que soporta el whiskey de fuego mejor que yo, rumió Snape al verla inmutable. Para rematar su insufribilidad.

Hermione se sirvió otro tanto y llevó el vaso a su boca.

-Corrí y como me perseguían hice el hechizo de Desaparición –tomó aire-, salí a las orillas de esta localidad y me dije –habló con el borde del vaso en los labios, haciendo un sonido hueco-: "ah... es aquí."

Snape iba a preguntar por el desdén del "ah", pero no se reponía del medio ahogamiento y aunque fuera obvio, tampoco se recuperaba de ver a Granger en su casa… ¡Qué insólita presencia! Le parecía que ella no acababa de entrar, que esto era una mezcla extraña de lugares y de personas incompatibles.

Pero al mismo tiempo, notó cómo Granger posaba sus labios rosas en el borde del vaso donde él había posado los suyos, y cómo ella miraba el líquido ámbar, bebiendo el whiskey de él.

Snape no entendió que sentía, pero no apartó los ojos de Hermione, preso de volutas de niebla que ascendían desde su tórax, abrazando sus sienes... Los labios de Hermione, donde él puso sus labios... Sus dedos en torno del vaso, dedos rosas, gráciles, sobre el cristal pulido. La luz de atardecer en el cristal y en los cabellos de Granger.

Él trajo otro vaso con un movimiento de varita y se sirvió un buen tanto, que se pasó acomodándose en la silla al otro extremo de la mesa. Muy interesado en el efecto en Granger.

-Qué extraño té –opinó Hermione, dejando el vaso vacío

Snape casi se atraganta de nuevo, pero únicamente tosió.

-Sírvase más –invitó él, paladeando de su vaso- Es un té... nutritivo.

Ella así lo hizo, pasándose la bebida de un trago, haciendo la cabeza hacia atrás.

Choque del vaso en la mesa.

-¿Y cómo… llegó... aquí? –quiso saber él, deleitándose con el efecto, aunque para no verse menos bebió con la misma técnica de carretonero de Granger.

-¡Es el colmo! -gritó ella, pegando en el mueble con ambos puños.

Snape quedó atónito, a la vez que interesado de nuevo.

Hecha un poco hacia delante, Granger tenía los ojos cerrados exhibiendo sus largas pestañas, ruborizada por el whiskey de fuego que la hacía efecto sin darse cuenta, resaltando sus pecas sobre nariz y mejillas, encuadrada en sus bucles, y a Snape ella le pareció que ella era... Era... No supo definir ese revuelo invisible, pues la Gryffindor soltó una retahíla:

-¡Harta, hasta de esos dos! –afirmó- ¡Sí, de acuerdo, yo quiero hacer bien las cosas, aportar al mundo, pero en ocasiones es demasiada la responsabilidad de protegerlos! ¿Quién me dijo a mí? ¿Quién me dijo a mí que tomara esa responsabilidad? ¡Si uno de esos tontos, muere, yo moriré de la vergüenza! ¡No podré con eso!

Snape la contempló con un interés inédito. Le pareció que esas palabras podría haberlas dicho él mismo. Y disimuló.

-Y en esas... misiones... –bebió otro largo trago- ¿Cómo dio con mi puerta?

Hermione lo vio con extraña fijeza, muy fija, si se entiende lo que pasa cuando el té sacude el suelo.

-No sé por qué, pero ahora me dieron ganas de fumar –comentó la castaña.

Él sacudió la varita, encogiéndose de hombros y alzando las cejas.

-Faltaba más –y trajo por los aires una caja metálica verde.

La castaña apreció la serpiente en relieve sobre el rótulo Serpens, que debía ser la marca, y fluidamente sacó un cigarrillo de la serie unida por un resorte pequeño; era tabaco conseguido en el mercado negro de Knockturn. Le dio dos golpes en la boquilla.

-Sabe fumar, entonces –aventuró Snape.

-Primera vez –ella se puso el cigarrillo en los labios-, pero he visto hacerlo, no es una ciencia mistérica de los druidas.

-Por supuesto –convino él, asintiendo y torciendo un lado de la boca.

Granger oprimía el tubo con los dientes, mirándolo al sacar su varita. Snape de nuevo algo sintió ante ese cigarrillo un poco mordido por ella y silenció ideas nacientes con otro trago.

-¿Cómo llamé a su puerta? –se preguntó Hermione, encendiendo el cigarrillo con su varita, sacando humo– Preguntando, claro, en la calle y tocando con sus vecinos- "¿Vive en una de estas casas, un señor con nariz de buitre?"

Snape alzó una ceja. Estaba loca. Y medio ebria. Seguro al día siguiente no recordaría nada.

-Pero reconoció estar en... -Snape sondeó- Estar en...

Hermione aspiró y exhaló el humo, con una mano bajo el codo del lado donde sostenía el cigarrillo.

-¡En Cokeworth, claro! ¿A dónde iba a ser? –el humo subió- En tercero supe el nombre de la ciudad donde usted vive y en cuarto vi un grabado. ¡Al rato me va a preguntar qué se obtiene al poner polvos de asfódelo a una infusión de ajenjo! –inhaló, entrecerrando los ojos, acalorada, con indignación e ironía– ¡Qué petulante! Yo sí entendí que usted lamentaba la muerte de la mamá de Harry, la que seguramente lo tuvo en la friendzone. Pero, ¿cómo preguntarle eso a un chico de primero?

Snape se acomodaba, entre trago y trago, en una cómoda incredulidad. No sabía cómo esto sucedía, ni por qué él no decía nada donde en condiciones normales habría sido un cataclismo.

... Un modo, ese modo en la forma de Granger, impertinente (¿linda...?), le agradaba. Punto. ¿Por qué? Imposible admitir la razón, pero le gustaba que Granger irrumpiera en su casa, le agradaba la voz de Granger tejiendo una red de campanas en su casa, le maravillaba su presencia inaudita de pie al otro lado de la mesa, ella a la luz de la tarde que caía como si fuera la chica fuera intima, ella en su sala que teñía las ventanas con tonos de luz gris y ámbar, Hermione entre los sillones, dando una sensación de vitalidad al silencioso lugar; la Gryffindor y sus bucles delante de las ventanas que esa tarde de sol que encendía la distancia, mostraban la monótona arquitectura de Cokeworth.

La Cokeworth del eterno letargo. Y Hermione hablando en su casa.

-Así que sabe el nombre de esta ciudad –dijo él.

Hermione se apartó el cigarrillo de los labios, y Snape atendió los labios de ella, después sus ojos marrones.

-Cokeworth –respondió, entre dócil y casual-. Ya se lo dije... ¿por qué me pregunta de nuevo? ¿Cree que miento?

El negó, cerrando los ojos un segundo, y prosiguió:

-No... Y volviendo al pasado, usted sabía lo del asfódelo y ajenjo –reviró.

-Yo soy yo –ella sostenía el cigarrillo con dos dedos, apoyando el codo en la otra mano.

Ella soltó el humo.

-¿Y por qué me llamó niña tonta esa vez? –apagó el cigarrillo, molesta, presta a rodear la mesa.

-Es usted... rencorosa... -dictaminó Snape.

-¡Y me tiene harta con sus apodos! –lo interrumpió- ¡Usted es más insoportable que yo!

Era mucho para Snape, que al levantarse recibió una subida del whiskey a la cabeza, y para colmo, le parecía que Granger aguantaba más que él.

-... ah, eso no... -masculló él- Su inssopotra... su instoprobable...

Inhaló, para llevar aire a las neuronas:

-¡Su insporporta...!

La castaña alzó las cejas, con extrañeza:

-¿...bilidad?

Snape se sentó frente a ella.

-Oh, no importa... –suspiró, recobrando la lucidez– No es eso lo que quiero decir...

-¿Y qué es? –Hermione tuvo curiosidad.

-Que esta casa no la merece.

Eso ella no lo esperaba.

-¿Cómo?

3. VERDADES POR VERDADES

Snape abrió las manos, hacia el techo,

-Esta casa no la merece –miró a todas partes, con labios de resignación-. Los minutos que lleva aquí me lo han hecho ver, en forma clara, simple. Esta casa, este lugar, es demasiado corriente para que usted esté aquí.

Hermione, auténticamente asombrada, recorrió la casa con mirada extrañada, pero él seguía, lleno de repentina y profunda conciencia sobre lo gris de su propia vida.

-No me había percatado hasta qué grado esta casa es oscuridad –siguió él, pasando la mirada por el librero, la mesa de la cocina-. Debe ser porque usted es luz, y así noto cómo aquí todo sabe a pasado, uno no muy bueno, y es una casa deteriorada, en una ciudad herida.

Tal vez el whiskey lo había colocado en un estado donde, ebrio sin notarlo, se sinceraba.

-Mi casa no la merece, Granger. Y creo que yo, tampoco. Le ofrezco una disculpa.

Hermione Granger en su casa... La presencia era increíble.

Y pensó que la Gryffindor había sido una desconocida, primero una alumna más, después una antipática y que colocado en sus malas ideas sobre su Casa y por su amistad con Potter y Weasley, pasaba al plano de la inexistencia. Pero en una parte de ese camino se le olvidó valorarla. Y eso era injusto.

La chica era brillante. Con los extremismos de un carácter fuerte, con las obstinaciones de sus ideas firmes, pero era brillante. Y lo que antes no existía, se revelaba. Ese perfume de su manera de desenvolverse. Y esta locur, de llegar a su casa para refugiarse pese a todo, con su consabida autosuficiencia, le hizo sentir que ella era... que ella era...

-No diga eso, profesor –negó la castaña, con un vaivén de rizos-. Yo no lo veo así.

Ella se giró hacia las ventanas, contemplando las edificaciones, iguales excepto por el cortinaje de distintos motivos, iluminados en cada una, su sucesión recta a izquierda y derecha, los tejados yéndose a lo lejos.

-Alguna vez me pregunté cómo era su ciudad, profesor –dijo ella, con voz de nuevo serena–. Se diría que la lluvia la visita continuamente.

Snape se levantó, yendo a un paso al lado de ella. La noche caía.

-Sí, es así, el sol se ve poco.

Ella atendió hacia la derecha y luego al frente.

-¿Conoció a alguien antes de Hogwarts? ¿Quiero decir, amigos?

-Tenía vecinos –afirmó él, ambiguo, de cara a las casas de creciente penumbra, enfrente-. Pero eso ya no existe.

Hermione volteó hacia él. Nunca habían conversado, jamás se trataron antes, pero esta vez era como si hubieran tenido confianza desde siempre. Poco té, mediano whiskey y muchos caminos entrecruzados.

-¿Se fueron, sus vecinos?

Snape alzó una ceja y esbozó una imperceptible sonrisa de lado.

-Todo se ha ido de Cokeworth.

Él fue unos pasos a la derecha y volteó hacia la castaña.

-Todo: el sol, el día, el calor, las voces, la calidez de las manos, los anhelos, la memoria de las ilusiones. Todo se ha ido –afirmó, con su voz grave-. En Cokeworth sólo habitan recuerdos. Algunos ensueños. Y el adiós cae con la lluvia cuando sale la Luna.

Hermione se preocupó.

-¡Oh, profesor, pero eso es triste! ¿Ha pensado buscar otro lugar?

-No tengo a dónde ir –aceptó él, tranquilo, y de nuevo contempló el sitio de huellas-. Esta casa contiene lo que soy. Y aunque no tenga a dónde ir, un día la abandonaré.

-No debería ser así –opinó ella.

Hermione fue a uno de los sofás de espaldas a la ventana, sentándose.

-Tengo un poco de sueño –dijo, recargándose-. Fue un día muy largo.

Snape trajo un edredón con la varita.

-Por supuesto –asintió-. Estoy siendo descortés. ¿Quiere un poco de agua?

Hermione se cubrió con el edredón, apoyando una sien en el respaldo, de cara a Snape.

-Me gustaría.

La expresión hizo sentir a Snape la posibilidad de dar a Granger algo por vez primera. Un gesto, un detalle, y le fue importante.

Le llevó un vaso de agua limpia, que ella bebió y se lo devolvió.

-Gracias, profesor –dijo ella, cerrando los ojos-. Si me permite...

Snape era una sombra de pie, con un rayo de luz en sus manos, con el vaso.

-Está bien. Descanse.

La respiración de Hermione se relajó.

Y Snape, sin poder evitarlo, sin quererlo evitar, se sentó delicadamente al lado de ella para no despertarla, y volteando a su lado, apoyó también la sien en el respaldo del amplio sofá, y contempló las dulces facciones de Hermione, dormida a la luz de la Luna.

4. BARCOS

A través de la ventana, las estrellas brillaban sobre Cokeworth, dominando los tejados, y la tenue Luna se posaba apenas sobre ojos cerrados de Hermione.

A su lado, Snape contemplaba las largas pestañas de Hermione, sobre los ojos de delicado dibujo.

Snape pensó que Granger se veía... La palabra emergió, alzando un velo... Angelical...

La expresión hizo un revuelo en su interior, una lluvia que reveló a la Luna acariciando los ojos de pestañas curvas, la expresión beatífica de Hermione, delicada, como la grácil curva de sus pómulos y el punteo de lunares sobre su nariz y mejillas, de piel fina...

Angelical... así dicen en otros mundos... Sí, es eso... Y cuán perfecto es el dibujo de los rizos de sus cabellos, consideró al dejar ir su silenciosa admiración por los nutridos bucles castaños, su descenso en ires y venires armoniosos, rítmicos, que desprendían un perfume floral.

¿Era el whiskey, la ausencia de cadenas, el parecer que no sucedía nada alrededor?

Granger había tenido mil y un peripecias, por ambientes muy diferentes, pero ahora tenía la oportunidad de verla en una de sus travesías. Y no dejó de pensar en lo valiente que ella era. Tal vez eso, el paréntesis, el silencio, la noche, permitían que la viera con ojos nuevos.

Hermione Granger, en su casa, hablando como hacía rato, le hizo sentir que el lugar era más real, como si cobrara solidez al escuchar la voz de la Gryffindor, como si al caminar en la sala, por primera vez en años el sol se anunciara y ella misma atrapara la luz. Snape pensó que los cuadros y los libros y las ventanas giraban en torno de ella, que con las palabras de Hermione y por su presencia, la casa se hermoseaba.

Lo nunca pensado, un encuentro fortuito, haber ido él y que ella apareciera en las cercanías. Muchas otras veces pudieron haberse cruzado en otros lugares, sin haberse visto, él en el torreón de un viejo castillo, y Hermione viéndose en una fuente entre los árboles al otro lado de la fortaleza.

Hermione Granger, durmiendo ahora, en su sofá... Respirando tranquilamente... Su expresión... Adorable... pensó Snape recorriéndola con una mirada que se aterciopeló, evocando impresiones no sentidas antes, con nadie.

Una etérea plata tocaba los labios de Hermione, apenas entreabiertos, y una ondulación de sus cabellos rondaba su matiz de rosas... y Snape dejó ir el alud anunciado cuando ella hablaba sobre tantas cosas ahí, en su casa, y pensó que su vehemencia era parte de su ser, como lo era esa paz, el conjunto de su voz y de su razón, trayendo el soplo de la belleza de sus rasgos... Snape se dijo que la chica era hermosa...

Su corazón se acongojó admirando sus labios rojos, intocables, sus ojos cerrados, la red perfumada de las ondulaciones de sus cabellos, y se dijo que alguien afortunado podría tocarla, acariciarla, pero que no tocaría su espíritu si no sabía entenderla, no vería los ensueños ocultos tras sus finas pestañas si no los compartía, acaso apenas podría vislumbrar quién era ella, en la armonía de un claro en el bosque, rodeando un lago, y en ese cuadro sondear el infinito de su sonreír.

El pocionista bajó la mirada por su figura... Granger no se había cubierto del todo, y una de sus piernas quedó al descubierto, con la falda arriba de la rodilla.

Snape, no sin reproche, un poco culpable por sentirse a ocultas, pero cautivado, admiró la sedosa piel de Hermione... Su rodilla, su color de pétalos de rosa, la curva de la pantorrilla, la sugerencia de su bello cuerpo, el enigma debajo de su falda.

Es verdad, se dijo. Esta casa era demasiado poco para ella, era demasiado ordinaria para una chica hermosa como ella, pues esto era un depósito de recuerdos crueles y de soledad.

Snape se sentía, como lo dijo, indigno de tenerla ahí, lo supo al poco de hablar con ella esa tarde, de sentir su aura de luz irrumpiendo.

Granger era para mucho más, para un castillo, para un palacio, o si no, para un jardín con rosas doradas para ella y Granger, como la ninfa de la magia.

Snape, con la varita hizo que el edredón cubriera a la Gryffindor, y volvió a observarla... Pensó que estos momentos serían los únicos en que la vería en estas circunstancias, y como temió que el tiempo le borrara el recuerdo, quiso atrapar un poco, aun sabiendo que era imposible.

El edredón no cubrió una de las manos de ella, palma arriba.

Snape acercó, apenas, unos de sus dedos, y rozó los de Hermione.

La piel causó en Snape un inesperado estremecimiento. Los dedos de elegantes curvas de Granger, ágiles, tenían un tacto fresco, de sedosidad que lo llevaron a verla al rostro, como si pudiera preguntarle si esto era posible.

Y se filtró en él, una idea loca... Que Hermione Granger volviera otra vez... Que no fuera la única ocasión en que estuviera en su casa... Que viniera y estuviera donde quisiera, y así él podría embellecer el lugar, convertirlo en algo nuevo, lo suficientemente digno de tener la presencia de ella. Verla posar esas manos en el cristal de las ventanas y contemplar la lluvia sobre Cokeworth.

El viento sopló por las calles de la doliente localidad, revelando el amanecer de los labios de Hermione Granger, cuando al acomodarse, dormida, colocó el rostro a la luz directa de la luz lunar.

Snape entrecerró los ojos, lleno de una intensa y diamantina emoción, observando los labios de Hermione y apenas entreabriendo los suyos, como si imaginara un beso...

Apenas rozando sus dedos, era Granger en la plata de la Luna besando a la noche, sus labios granates pintados por una Selene que dibujaba las curvas de una boca que Snape deseó acariciar en realidad; quizá despertarla con un beso apenas dibujado, un beso de cuidadosa presión para conocer el sabor de las fresas y del nocturno.

Snape habría deseado ser cualquier otro, no él, no éste que le admiraba los labios y rozaba sus dedos como un espectro, sino otro, más cercano, otro que tuviera la posibilidad de acercarse a ella, sin verse como un enemigo.

Y pensar que ella se iría... Ella iba a estar, para su sorpresa lo iba a encantar y después insólitamente, la iba a extrañar.

Hermione se acomodó de nuevo, y Snape dejó pasar un momento, soltándola y yendo a su sillón. ¡No tenía por qué pensar, ni por qué sentir todo esto! ¡Era un absurdo! Para él cada cosa soñada era cada cosa perdida. Era una debilidad este momento. Aun así le costó soltar ese contacto, aun a ocultas y aun inadecuado.

Mientras él iba a su sillón, Hermione abrió apenas los ojos, sin sueño, pensando en que acababa de sentir la mano de Snape y que quizá la había mirado.

Snape estuvo en la oscuridad, en el sillón de siempre, sin hacer nada, sin ver nada, lleno de deseos confusos, de ideas absurdas y de intentos de olvidarlo de inmediato.

-¿Profesor?

La voz de Hermione inundó la estancia con la caricia de su musicalidad.

-¿Profesor Snape?

Él pareció desear que los ecos flotaran unos instantes por la casa.

-Dígame, Miss Granger.

Ella anunció:

-Me gustaría volver a Hogwarts.

Snape asintió en la oscuridad.

-Por supuesto.

La castaña se quitó el edredón, poniéndose de pie.

-Sin embargo, no necesita ser justo ahora. Harry y Ron ya están allá. ¿Le importaría si camino por su ciudad? No sé si vuelva otra vez. –lo pensó- O podría acompañarme. Si no le molesta, claro.

Él se levantó.

-No me molesta. Aunque le anticipo que no hay mucho por ver.

5. MOLINO DE ANHELOS

Los recibió el aire fresco de la localidad, y caminaron por una Hilandera sin transeúntes, flanqueados por casas de ventanas iluminadas, entre marcos que aun sin cortinas, no dejaban ver el interior.

Snape supo que ese instante permanecería en él, perfectamente intacto... Eterno, en la eternidad del sentimiento que se proyecta sobre cada segundo de la existencia, el instante de Hermione caminando por La Hilandera, de Hermione andando a su lado por las calles de su historia, una sílfide en los secretos reinos olvidados de las casas silenciosas de Cokeworth.

Dieron vuelta en varias calles. Snape habló de uno u otro lugar, y eso hizo comentar a la castaña:

-Me gusta conocer el sitio donde nació. Y sitios que fueran o sean importantes.

Snape no supo qué decir, y al hacerlo únicamente mostró su extrañeza.

-¿En serio, cree que pueda interesarle?

-Oh, claro –afirmó ella–. Es misterioso.

Llegaron a un abandonado parque de juegos, de despintados y casi desarticulados columpios, resbaladillas, sobre un suelo de hojas de árboles apelmazadas.

Pasaron por el tiovivo, ladeado, un poco enlodado y oxidado.

-¡Oh, esto es... interesante! –exclamó ella.

La castaña pasó una mano por el metal.

-Ningún niño viene –aclaró Snape-. Hace muchos años los juegos se desvencijaron, y este tipo de diversiones pasó de moda. En realidad, son juegos más bien muggles.

Ella empujó la rueda.

-¿Usted venia?

-Tal vez –aventuró él–, no lo recuerdo bien.

La castaña sonrió un poco.

-Ya veo... Entonces, quizá sí.

El parque, caviló Snape... Aquel mundo había desaparecido, consumido en la hoguera del pesar y de la exaltación. Y con él, cada persona que lo tuvo por cotidiano. Tobías, Eileen. Lily. James y los demás.

Hermione captó una mirada en él y no tuvo reparo en preguntar. Esta noche todo parecía permitido.

-¿Qué ocurre, profesor?

Él se acercó.

-¿Ocurrir? Nada, Miss Granger.

Ella tiró del tiovivo en sentido contrario. Snape estaba atento a la forma de moverse de ella, a su aire de elegancia jovial.

-¿Recordó a alguien que extrañe? –quiso saber ella, una pregunta de pura curiosidad.

Snape lo pensó, y respondió sinceramente:

-Recordé, sí. Pero no fue añoranza.

-¿Qué fue, qué le trae este lugar?

Snape miró a las estrellas en el manto sobre las casas de la ciudad, y luego a Hermione, cómo su presencia hacía rescatar lo que tuvo vida y se olvidó.

-Pensé que es tan... gratamente desconcertante verla, en este parque, señorita Granger –admitió-. En esta ciudad. En mi ciudad de soledades. Que caminara usted conmigo por La Hilandera. Y a la vez, siento que es correcto.

Ella soltó el tiovivo y dio unos pasos atrás, sonriendo con aire un poco tímido.

-Me ocurre igual, ¿sabe? Estar en su casa, conversar un poco, aun de esa forma rara como pasó.

Con sus pasos gráciles, de una belleza que ella no percibía, Snape no lograba verla como antes de llegar a su casa; no entendía cómo pudo decir que no deseaba verla; tampoco entendía los años pasados; ahora la chica se revelaba y lo sacudía; percibía que por hablar con él, por caminar con él, por mirarlo, Granger dejaba caer una imparable marea, y por eso no le importó decir lo que pensaba:

-Y creo que habría sido mil veces mejor que, antes, fuera usted en ese tiovivo.

La castaña le sonrió un poco más, ladeando la cara, intuyendo un significado de tiempo y de vivencias.

-¿Y otro sitio ha sido importante para usted? –se intrigó- Siento que esta noche tengo tiempo de ver lo que nunca habría conocido.

Él la condujo al molino, a la vera del río, que corría plácido.

Hermione analizó el molino con placer, lo rodeó, tocándolo, contempló las aspas que colocaban en el cielo la encrucijada donde ella y el profesor se encontraban, unas horas de equilibrio donde podían ser de otra manera, sin preguntarse la razón.

Hermione y Snape se pararon al lado del yerto molino de sombras, a la vera del río cuyas aguas se desplazaban en ondas.

No era temporada de tréboles, pero era tiempo para barcos de papel.

La castaña sonrió y extendió los brazos arriba.

Y en eso, llegó una ventisca.

La castaña hizo un poco la cabeza hacia atrás, permitiendo a sus cabellos ondear, acariciada por el viento, al lado del gigante en sueños del molino, frente al río que lavaba los ayeres.

Y entonces, Hermione Granger, con sus rizos ondulantes en el viento, de cara a las estrellas que narraban historias de seres fantásticos, de héroes, de quimeras, que tejían castillos luminosos desperdigados en torno al disco de la Luna, llenó el alma de Severus Snape con idéntico resplandor.

Hermione Granger apareció para Snape en un paisaje dorado de la vida, Hermione en la escena de una época soñada, en el recuerdo de un tiempo no vivido, en el presente de esta noche como si fuera cada una de las que restaran por delante.

Las nubes grises, claras, a tramos en el cielo azul marino fresco, la sonrisa de Hermione y sus rizos al viento desgranando los latidos de Severus Snape.

Hoy descubro lo hermosa que siempre ha sido, o lo hermosa que se vuelve, pensó Snape, con esa certeza que viene de mirar de frente al destino, o a una sentencia. Es una belleza que puede atrapar el alma, y no soltarla nunca.

Hermione volteó a él, cautivando a Snape con sus labios en alas de placer, sus cabellos ondulantes:

-¡Cokeworth! –le dijo ella– ¡Cokeworth...! ¡Profesor Snape! ¿No lo ve? ¡Es una bella ciudad de historias, de enigmas, y de ensueños por liberar!

Ella giró sobre sí como bailarina, y con la varita hizo aparecer en su mano, un barco de papel.

-El barco de papel de los sueños –ella se lo entregó.

Snape lo tomó y con su varita lo llevó al río, donde flotó, conservó el equilibrio, tomando la corriente.

-En el río de la vida -afirmó.

Los ojos de Hermione se conmovieron.

-¿En lo que nunca ha sido? –la duda la estrujó- Oh, profesor Snape, de pronto me parece que a pesar de lo que he visto, de los horizontes donde he estado, siento que no he visto nada.

Él se inclinó un poco hacia ella, unido a la profundidad de los ojos marrones.

-Yo tampoco he visto nada, Hermione –admitió-. Creo que lo hermoso, lo veo hoy por primera vez. Las estrellas, en el cielo de una mirada. Una flama, en mi corazón.

6. ASTROS

Las palabras de Hermione se convirtieron en un brillo de sus ojos en luz de Luna: cristales, perlas y revelaciones silenciosas.

Snape escuchó las frases que la castaña le dirigía con sus ojos marrones, y cada palabra desde de su ser, solo para él, lo exaltaron, inundándolo con su callada revelación.

Y creyó que ella iba a tocarlo, pero en cambio, meditabunda, dio unos pasos alejándose del río, el molino a su izquierda y la Luna todo recto en el cielo.

-Cokeworth –se dijo, paladeando el nombre sobre el suelo sin hierba–. No pensé estar aquí alguna vez. No de esta manera.

Snape caminó hacia ella, sin acercársele mucho.

-Su presencia lo ha hecho cambiar, Miss Granger –opinó–. Nunca lo vi en la forma que lo ve usted.

Ella volteó hacia él.

-Es una ciudad enigmática –interpretó, sus ojos amables–. Un laberinto de recuerdos, deseos, tormentas, poder. Un secreto en la noche. Como usted.

Snape esbozó una sonrisa lenta, apenas dibujada, por la grata comparación inesperada.

-Lo que yo sea, ahora, es por usted –e hizo un trazo amplio con la varita.

El amplio terreno seco se llenó, en súbita alfombra, de pétalos púrpuras que corrieron de un lado a otro, maravillando a la castaña y dejándola rodeada de cientos de azafranes.

-¡Profesor! –exclamó ella- ¿Cómo...?

Y su gesto, el dibujo de sus ojos admirados, el matiz de su voz, el fugaz juego de su cabello al dejar ir la mirada por los azafranes, igualmente lo atraparon.

-No son un espejismo –dijo él–. Están formadas a partir de vestigios de otros azafranes, en éste, que fue prado.

-Como revivir un sueño –fue semejante para ella.

A Snape le hicieron pensar su belleza, su fugacidad.

-Son un sueño, una gracia. Vivirán esta noche. Los pétalos no son perennes en Cokeworth.

Hermione se adentró en el campo de pétalos violeta, entre los tallos sin espina, rozando las flores con las palmas extendidas, el campo de estrellas sobre sus rizos.

Snape jamás pensó que Cokeworth pudiera llenarse de azafranes; que se reunieran las estrellas en el sereno caminar de Granger, bajo el cielo azul. Que ella llegara en el nocturno, para adueñarse de donde caminara; no supo, hasta ahora, que Hermione en medio de pétalos de sagradas tonalidades se convertía en una sacerdotisa de las revelaciones, con su intensidad silente, de luz de estrellas. Pero esta noche Snape descubría que amaba los rizos de Hermione, ah, ese oro agitado por la ventisca, haciendo sonar una música de viento y de caricias en el alma.

-¿Nunca, siempre? –preguntó Hermione a propósito de las flores, melancólica, bajo el ancho brazo de los astros azules y dorados- ¿Cuándo sería siempre, profesor Snape?

-Hoy es siempre –el pocionista lo tenía ante sí.

Hermione observó la floresta a un lado y a otro, las flores que sólo vivirían esa noche.

-Y aun así –opinó ella–, siempre, parece poco tiempo.

El aire agitaba los pétalos.

-Es verdad... Siempre no es suficiente para nuestros deseos –descubrió Snape, ante el movimiento de ella-. Pero si existe un sentimiento, siempre puede estar en un solo día.

-Entonces, esta noche es siempre –afirmó ella, admirando los azafranes–, me quedo con esta noche. Para mí, para usted. El fugaz siempre de la floresta.

Y Hermione extendió los brazos, girando lentamente sobre sí, a la luz de las estrellas y el susurro de las flores.

Severus Snape, lleno de silenciosa emoción, admiró el lento ballet de Hermione Granger, su brazos extendidos de danzarina, los pasos que dio hacia un lado, el dibujo curvo de sus dedos, las olas de sus brazos al danzar bajo la Luna, sobre ella los astros multicolores en la Vía Láctea trazando un mar que iluminaba sus hermosas facciones, que para Snape eran de ensueño.

Y el cuerpo de Hermione, aun el leve aleteo de su falda que revelaba sus rodillas, causó en Snape el dolor del anhelo, la suave angustia del que se enamora, el fuego de mirarla a los ojos y acariciar sus rizos atestiguando esa danza de música silenciosa y concierto para dos, ambos encontrándose cuando no esperaban nada y nunca como extranjeros.

Astros en el firmamento oscuro, perlado de nubes claras, y en el campo, azafranes... Hermione girando entre los pétalos y sus bucles perfumados acariciados por la ventisca... Para Snape aquel abrazo de terciopelos con la mirada de Granger, el cuadro de sílfide acariciada por el céfiro, fue la maravilla de contemplar un cuadro como una conjunción de belleza, gracia, eternidad al danzar entre pétalos incursionando entre flores y la vida...

Y Snape, al verla en ballet de azafranes y de noche, rindió su corazón a Hermione... Supo que era ella, ella esa presencia anhelada con los primeros sueños de amor, la persona insinuada en el secreto del primer deseo, el alma que se imagina como la depositaria de las luces del alma, esa imagen de niebla que reúne un ideal, aquella que se sabe que existe en algún mapa y será la persona perfecta para el sueño de amar y de ser amado.

Snape había atesorado una imagen, un alma en sus ilusiones, un alma a la que amara sin medida; y aquí, en el molino que era una efigie conmemorativa del olvido, el ensueño arribaba y de manera tan natural como si desde siempre hubiera sabido que una noche fresca Hermione danzaría con pétalos púrpura, en la silueta de la danza de Hermione en los azafranes, y así cada ilusión inatrapable cobró forma, se hizo realidad para él al estar frente a Hermione Granger, y Snape entendió que Hermione era todo lo que pudo haber deseado, lo que pudo imaginar y aun aquello que soñó.

Un golpe de viento desprendió pétalos cuando Hermione avanzaba con los brazos en aspas, y los colores violetas revolotearon en lluvia cálida por la floresta entintada de luz de Luna, flotando en torno de la Gryffindor.

El pocionista alzó un poco las palmas recibiendo la lluvia de flores, alzando un poco el rostro, para dejarlo acariciar en púrpura.

Hermione tendió una mano hacia Snape.

Snape fue, veloz, hacia ella, también en la nube de pétalos, yendo... ¡a la mano de Granger! Snape tomó la palma de Hermione, apretándola y estremeciéndose de nuevo al sentir el tacto suave, fresco de su palma. Y su contacto de mediodía en la noche encendió soles en los ojos del pocionista.

Veloz, con una mano tomó azafranes, que le tendió.

-¿Para mí? –la castaña volvió a sonreírle, al tomar las flores con ambas manos, y un breve gesto en sus ojos relevó que se dio cuenta de la emoción que causó en Snape, al tocarlo apenas.

La floresta mágica se esfumaría con el alba; desde ahora, para Snape no habría otro corazón que ese contacto de Hermione, ni otra callada noche donde ella no volviera a su mente.

-Para usted –asintió Snape, lleno de intensa, dolorosa emoción-. Las flores, las florestas, este campo entero, las estrellas, lo que usted quiera. Lo que deseara, lo pondría a sus pies.

Hermione sopesó las palabras de Snape, su actitud de entregar todo.

-¡Lo que yo quiera...! –consideró la castaña, abrazado el ramo contra sí, impresionada por la vastedad de la sugerencia– ¡Mire este campo, profesor, mírese usted, míreme a mí... ¡Podría desear tantas cosas...! ¡Los tesoros del viento, cada enigma, o desear solamente una cosa...!

Ella miró hacia arriba.

-¿Me daría las luces del cielo, acaso? –caviló– Están lejos, profesor, como nuestros deseos más queridos.

-Otros cielos, más lejanos que el de esas estrellas, se acarician –opinó él, perdido en el tono rosado de la boca de Hermione–. Se acarician, sin tocarlos. Basta con verlos. La mirada es un deseo cumplido.

Sonriéndole, ella bajó la mirada por un segundo... Y Snape quedó prendado.

Snape se fascinaba con el movimiento de ojos de Hermione, encantado con el aire de amanecer de su sonrisa, con las páginas en blanco de su manera de moverse.

Llevando su ramo en ambas manos, Hermione y Snape a su lado dejaron correr la mirada por el cielo azul marino, encendido de estrellas en camino largo, de astros rojizos y oros, azules claros en la serenidad de la noche.

-Y se pueden escuchar –completó ella.

Intercambiaron una mirada, de sereno arrebato, de verse realmente por vez primera como si antes no hubiera existido Hogwarts, ni ese cielo de Luna y perlas, ni la vida misma.

-Sí –dijo ella, sosteniéndole la mirada–. Antes de esta noche, yo no sabía.

-Y yo creía saber, pero lo desconocía todo.

-¿Cómo qué, profesor?

Snape recorrió las facciones de ella, sus ángulos, sus recodos, sus curvas, el brillo de sus ojos recónditos, sus labios de cereza.

-No había probado el sabor de la noche, y lo paladeo ésta, en su voz –le confió, arrebatándose, en susurros roncos–. No sabía nada, Miss Granger... No sabía que el aire tiene perfume hasta que aspiré el de sus rizos... No sabía que sus ojos revelan los secretos de la alquimia. Ignoraba que el color de sus labios es el fuego de las noches. Que en sus manos brillan amaneceres. Y ahora que lo sé, Hermione, también me doy cuenta que creí saber de magia, pero estaba errado. Hasta hoy conocí la magia. La magia... es usted.

Los labios de la castaña se entreabrieron, revelando que ella también descubría, que igualmente encontraba y así como navegó en ballet por los azafranes, tomó a Snape de una mano, y sonriéndole, lo llevó de regreso al molino.

Al lado del molino y sus brazos pintados de Luna, Hermione puso con cuidado sus flores sobre una roca cubierta de musgo, y con la varita hizo traer decenas de azafranes por el aire.

Realizó un movimiento con la varita, y cada una de las flores emitió un breve destello en el aire, que al desvanecerse mostró que cada flor se había convertido en un barco de pétalos violeta.

En cascada, Hermione las condujo al cauce del río en movimiento, en cuyas aguas se posaron, flotando.

-El río de la vida –dijo Hermione, recordando las palabras de Snape.

Éste, con su varita, encendió una luz en cada pequeño barco, encendiendo perlas de luz flotantes a lo ancho y a lo largo de las aguas.

-Y sobre ellas un deseo –completó.

Hermione le obsequió una sonrisa de emoción, de ver que Snape entendía lo que ella hacía, que ambos se completaban.

-Y, ¿qué mensaje llevarán?

Snape la sonrió levemente.

-Los deseos de nuestro corazón.

Los ojos de Hermione brillaron de c0ntento.

-¡Que naveguen, profesor!

Y Hermione con la varita hizo un movimiento de un lado a otro, sobre el río, haciendo soplar una corriente de aire.

Los barcos de pétalos se empujaron, cada uno portando una luz brillosa en luciérnagas de deseos, que fueron escribiéndose conforme ellos los pronunciaban.

-El amor –deseó ella.

-La verdad –dijo Snape.

Las palabras se escribían en los pequeños barcos, avanzando para pasar frente al molino, y seguir su camino.

-La belleza –deseó la castaña.

-La paz–dijo Snape.

Y una pléyade de luces y de navíos violeta navegó por el río, desplazándose resplandecientes, portando palabras escritas pasando frente al molino y yendo con rumbo al mar

Emocionada, Hermione apretó su ramo contra su pecho y dijo, sonriéndole con sentimiento:

-¡Oh, profesor Snape, yo desearía que esta noche no terminara nunca!

Arrebatado, el pocionista llegó a ella.

Snape rodeó a Hermione con sus brazos, apretándola contra él, lleno de emoción, de alivio, sacudido ante la forma de su cuerpo, su delicada figura. Hundió el rostro en sus bucles y bebió el aroma de su misterio, de pétalos, de maderas de ondulaciones de deseos siguiendo los brazos de la castaña que lo rodearon por la nuca, reteniéndolo contra sí, ambos sin saber que sucedía y sin ser necesario preguntárselo.

Hermione tomó a Snape de la mano.

-Vamos, Severus... –le susurró, llenándolo de una emoción única- Ven, vamos, para verlos partir.

¡Severus! Trastornado, dejándose llevar de la mano, se acercaron más al molino, hasta la vera del río, donde la brisa empujaba a los barcos de azafranes por la corriente, abriéndose paso en luciérnagas.

Los barcos pasaban frente a ellos, bamboleantes, pero en ruta segura, y he aquí que Hermione descubrió uno, que se desviaba hacia aguas más lentas frente a ellos.

-Lo haré tomar su camino –decidió la castaña-, como cada cual toma el suyo.

Ella no quiso empujarlo con magia, sino que se arrodilló y metiendo la mano en el agua, lo hizo volver a los otros, con un envío de agua.

Y Snape introdujo la mano en el río, entrelazando sus dedos con los de Hermione.

La castaña se sobresaltó, interrogándolo con la mirada.

-¿Y si ya no te vas? –le pidió Snape.

Hermione no soltó a Snape.

-¿Y si te quedas? –quiso saber él.

Ella le susurró a los labios, con aire de deseo, pero inesperado:

-¿Quieres que me quede...?

Snape se acercó más a ella, susurrándole cerca de los labios, intenso, anhelante:

-Con toda mi alma... –se perdió en los labios de ella– Con mi ser...

Y sacando las manos del agua, ella lo tomó de las muñecas como si temiera ser herida en sus sentimientos, pero él le acarició el mentón.

-¡Quédate...! –le pidió él, en voz baja y grave- ¡Quédate, Hermione, quédate conmigo!

-¿Y volver a ti? –Hermione le tomó la corbata- ¿Tú a mí? ¿Quieres hacerlo?

-¡Sí! ¡Quédate en mi alma! ¡Quédate en Cokeworth...!

Sus bocas se unieron, terciopelo, fuego, apretándose delicada, amorosamente... Revelándose uno al otro su secreto, venciendo la lejanía, encontrándose en su calor y su humedad, su fundirse en un beso inesperado que se hizo deseoso, de darse tiempo...

Un beso inesperado hasta esta noche a la vera del río, a la sombra lunar del molino silencioso y en el murmurar del campo violeta...

El nuevo día llegó. Snape abrió los ojos, cuando Hermione, con la corbata suelta, dormida sentada en el sofá, cubierta con el edredón, recargada en un hombro de Snape, despertó.

Snape se cautivó: Hermione estaba maravillosamente despeinada por dormir en su sofá, a su lado, simplemente abrazados; la luz de la primera mañana, fría, entraba por la ventana.

Snape pasó un dedo por el mentón de la castaña.

-Buenos días, Hermione... –susurró.

Los ojos somnolientos, risueños de Hermione, al abrirse para Snape fueron hermosos, adorables... La complicidad acompañó al susurro alegre de la Gryffindor, que animó el gris claro de la mañana de Cokeworth y al inicio de su pasión:

-Buenos días, Severus... -Hermione le acarició una mejilla con los dedos- Pensé que había soñado contigo, pero el sueño sigue al despuntar el sol.