UNA TARTA PARA MEROPE

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Me he apuntado con la lista de situaciones absurdas y el número 2 y me ha tocado lo siguiente:

Morfin Gaunt es un niño con trastornos de la personalidad, y pese a su lengua viperina y que se pasa los días incordiando a su hermana, el día del sexto cumpleaños de Merope se levanta con la determinación de hacerle su tarta favorita. Para ello va a recoger frutos silvestres al bosque, mientras habla con las serpientes y canta y ríe. Cuando su padre lo pilla en las tareas culinarias no puede consentir que su hijo varón ande en tales menesteres y le da una charla, un poco agresiva, sobre lo que significa ser un descendiente de Slytherin. Las tartas son para los elfos.


Érase una vez que se era, en un país no tan lejano, en una cabaña en un bosque vivía un brujo con sus dos hijos. La niña no era una bella princesita que fuera a romper corazones en el futuro. El niño no era un apuesto caballero que derrotara dragones. Y el brujo no era un tipo precisamente amable. Más bien todo lo contrario. Pero centrémonos en Morfin Gaunt, el protagonista de esta historia.

Morfin era un niño de belleza exuberante, inteligencia inexistente y modales primitivos. Tan sólo existían dos cosas en el mundo que adoraba hacer: hablar en pársel y educar a Merope, su hermana. Cada día se levantaba muy temprano, corría a todo correr por la casa y sus alrededores y le recordaba a Merope que debía cocinar, limpiar y satisfacer a padre en el sentido más amplio de la palabra. Después, se marchaba al bosque, cazaba animales y atormentaba muggles. Lo habitual en un joven brujillo sangre pura como él.

Aquella mañana se levantó antes que nadie. Estaba contento. Era el cumpleaños de Merope. La muy tonta se había pasado toda la noche llorando y Morfin consideraba que cuando un niño cumplía seis años, debía estar feliz. ¿Cómo lograr tal cosa? Su hermana era una criatura que vivía en un constante estado de melancolía. Debía ser estúpida porque no comprendía cuál era su lugar en el mundo y eso la entristecía. Cualquier otro día del año se lo hubiera reprochado, pero no en esa ocasión. Lo que hizo Morfin Gaunt fue tomar una decisión.

Si bien es cierto que se le olvidó ponerse las botas, salió al bosque armado con una pequeña navaja y una cesta. La cesta era para guardar los frutos silvestres que pensaba recolectar. La navaja por si se encontraba con alguna criatura que Merope pudiera meter en el puchero. Sonriente y más contento que unas castañuelas, Morfin daba saltitos y canturreaba una canción muggle. Se la había escuchado a esas bestias que vivían en el pueblo y le gustaba. En cualquier caso, como cantaba en pársel nadie podía entenderlo que decía salvo las serpientes, esas adorables criaturas.

Shaaashaaabaaaa —dijo la serpiente.

—¡Gracias, amiga!

El chaval era agradecido. Cantaba fatal, pero tenía la autoestima por las nubes. A Morfin le hubiera encantado seguir con la charla, pero tenía mucho trabajo por delante. Localizó unos cuantos arbustos repletos de frutillos redondos e intentó recordar lo que padre le dijo una vez. ¿Cómo era? ¿Las bayas rojas son venenosas? ¿O eran las moradas? ¡Bah! Qué más daba. Morfin cogió todos los que pudo, hasta que la cesta empezó a pesar demasiado y volvió a casa. Una vez allí, buscó entre las recetas de cocina de su hermana y preparó los ingredientes. Merope estaba limpiando las cuadras y padre encerrado en su habitación, como siempre. Padre era un hombre capaz de dormir durante veinticinco horas al día sin demasiada dificultad.

Morfin sacó la harina, los huevos y el azúcar. Cocinar no podía ser tan difícil si Merope, que era más tonta que un troll, era capaz de hacerlo. Silbando y canturreando en pársel, el niño echó los huevos en un bol y frunció el ceño cuando crujieron al ser aplastados. Tal vez debió quitarles la cáscara. No recordaba que sonaran así cuando Merope los preparaba. ¡En fin! Tampoco podía ser para tanto. Y puesto que no tenía ni idea de qué significaba la palabra tamizar, Morfin echó la harina sobre los huevos y mezcló y mezcló hasta que…

—¡Morfin Corvinus Gaunt! ¿Qué estás haciendo?

Padre no parecía muy contento. Morfin sonrió, demostrando poseer un nulo instinto de supervivencia.

—Preparo una tarta para Merope. Hoy es su cumpleaños.

A Sorvolo Gaunt se le había olvidado por completo esa fecha tan señalada. No era de extrañar, puesto que nunca fue un hombre particularmente detallista. Se rascó la nuca, preguntándose si sería adecuado hacerle algún obsequio a su hija, y pronto sacó la conclusión de que no, de que todo estaba mal y no podía consentir que su primogénito, el heredero de su ancestral estirpe, anduviera ocupado en esos menesteres.

—¡Los Gaunt no preparamos tartas de cumpleaños! —vociferó, escupiendo babas y con los ojos fuera de sus órbitas.

—Pero, padre.

—¡Los Gaunt no ponemos peros! Hacemos las cosas y punto. O no las hacemos, en este caso. ¡Deja eso!

—Pero si sólo falta hornear la tarta. Ya la tengo hecha.

Sorvolo se revolvió entero y agarró al chico por los hombros, zarandeándole con brusquedad.

—Vamos a ver, tonto del boto. Eres Morfin Gaunt, descendiente del venerable Salazar Slytherin. Tus ancestros mágicos se remontan hasta los tiempos de Matusalén. Tienes la sangre tan pura porque nosotros, tus antecesores, nos hemos encargado de no mezclarla con otros brujos inferiores. Durante generaciones nos hemos casado con otros Gaunt y, míranos. Somos fabulosos. Guapísimos, inteligentes, poderosos. ¡Y hablamos pársel! Eso es la hostia, Morfin. ¿Y tú me vienes ahora con éstas? Durante generaciones, ningún Gaunt ha cocinado jamás. Para eso están los elfos domésticos. O las mujeres, puesto que no es tarea para hombres. ¿Sabes qué hace un hombre? ¿Qué hace un brujo? ¿Qué hace un Gaunt?

Era una pregunta con trampa. Morfin se mordió el labio inferior y se aventuró con una respuesta.

—¿Dormir durante todo el día?

Era lo que hacía padre. Sorvolo se puso rojo y siguió gritando. Las babas estaban destinadas a convertirse en un ingrediente más de la tarta de Merope.

—¡No! Nosotros dominamos el mundo. Tomamos lo que queremos y cuando queremos. Somos los mejores entre los brujos y estamos destinados a la grandeza.

Morfin frunció el ceño. No parecía que su padre fuera demasiado grande en ese momento.

—Las mujeres están ahí para servirnos. Tú no tienes que hacer ninguna tarta para Merope porque ella debería estar haciendo esa tarta para ti. Algún día seguirás el ejemplo de nosotros, tus ancestros, y la tomarás por esposa. Tendréis hijos de sangre pura y, ¿vas a hacerle regalos? ¿De verdad, Morfin? ¿Así quieres demostrar quién manda aquí? Somos los herederos de Salazar Slytherin. Somos astutos y grandiosos. No somos cocineros. ¿Lo has entendido?

Morfin agachó la cabeza. ¡Cómo para no hacerlo!

—Sí, padre.

—En ese caso, deja esa tarta y haz cosas de hombres.

—Pero, padre. ¿No puedo hornearla? Ya casi está.

Sorvolo puso los ojos en blanco. Sí. Definitivamente tenía un hijo idiota. Chasqueó la lengua y dejó que hiciera lo que quisiera. Confiaba en que mandara esa masa repugnante a la nada más absoluta, pero la metió en el horno. Idiota.

Un día después, una tarta de aspecto delicioso apareció en las puertas de Hogwarts. Era un regalo para Albus Dumbledore, pero la interceptó un elfo llamado Pombu. Un elfo muy glotón que no se pudo resistir a la tentación y murió de sopetón. Alguien había usado bayas venenosas para hacer la tarta. Nunca se supo quién fue el responsable, pero la tragedia sacudió al colegio. Lo peor de todo fue que la tarta ni siquiera estaba tan buena.


Hola, holita.

No ha sido fácil sacar esta historia. El reto era complicado, pero al final he podido hacer algo.

Besetes y hasta la próxima.