Sé que en el 2019 publiqué una historia Reddie con este mismo nombre, pero en mi defensa, ésta sí está completamente inspirada en esa bella canción de Interpol :D Lo que se traduce en amores tóxicos.

Disclaimer: Ni Naruto ni "Obstacle 1" me pertenecen. Pero al escuchar la canción, solo pensé en Itachi y Shisui.

Advertencias: Yaoi, OoC, relaciones tóxicas, ja. Y tantas referencias a otras canciones de Interpol porque, en serio que no puedo con ellos.


Obstacle 1

~ ShiIta ~

And we can find new ways of living

Make playing only logical harm

[ Interpol, Obstacle 1 ]

.


Itachi se halla frente a mí como todas las noches en las que soñé verlo al pie de la puerta, pretendiendo que nunca se fue. Cuánto deseé escucharlo decir una excusa simple y barata: «Estaba molesto. Necesitaba despejarme. Traje la cena». Y ahora que sucede, simplemente debería cerrarle la puerta en la cara.

—Tomaré mis libros. Tú puedes irte.

Su expresión alicaída crece y me hace pensar en un cachorro herido. Su bufanda cubre la mitad de sus mejillas, pero verlas roja me impulsa a querer resguardarlo del frío.

Mi dignidad, sin embargo, me obliga a mantenerme quieto.

—Por favor—insiste, extendiendo la lonchera térmica que lleva consigo—. Hice tu favorito. Sé que no has cenado.

Sus ojos, su forma de verme nunca fue ni será diferente. En el pasado, yo procuraba mantenerlo dentro durante cada nevada, pues Itachi suele pescar resfriados durante estas épocas. Él me lee perfectamente, por eso sabe que lo dejaré entrar.

Debería detenerme. Oh, por supuesto que debería optar por el plan inicial: Tomar mis libros y cerrar la puerta en su cara (¿no fue él quien la azotó en la mía cuando se marchó?). Pero al final, toda mi cordura se desmorona cuando una estúpida pregunta emerge en mi cabeza y manda a volar mi razón: "Si te dejo pasar, si ceno contigo, ¿qué tan malo puede ser?".

Le quito la bolsa con los libros, me hago a un lado. Itachi aguarda un momento, tanteándome. Cuando se siente seguro, entra a la casa y se quita el gorro, permitiendo que un montón de copos blancos se derrame sobre su cabellera oscura.

En silencio, Itachi observa la estancia, la barra de la cocina, el sillón. Los muebles, el reproductor de música y la televisión. Mis planos están desparramados sobre la mesa de centro (seguramente se guarda las ganas de reclamarme). Al reparar en la repisa donde estaban las fotos, un halo de melancolía cubre su mirada.

"¿Ya no te resulta familiar? ¿Te duele que éste ya no sea tu espacio?"

—Lamento el desorden—le digo, dejando los libros sobre el suelo, junto al sillón—. No esperaba visitas.

—Te dije que vendría a dejarte tus cosas.

—No esperaba visitas, Itachi.

Le doy la espalda, diciéndole que iré por los platos. Él se queda callado en el recibidor, sus manos sosteniendo la correa de la lonchera y los ojos perdidos en el vacío… en los recuerdos que se esfumaron y ahora son nada.

Lo entiendo, es fácil sentirse ajeno. Así sucedió conmigo los primeros días después de limpiar. No importa que haya dejado todo lo demás en su lugar, las cosas de Itachi se llevaron todo lo que esta casa significó alguna vez: Nuestras fotos, su ropa en el armario, sus trastes de porcelana en la alacena, su shampoo de hierbas, su olor en las sábanas y en su lado de la cama.

Después de nueve años, me encargué de desechar cada pequeño objeto que la comadreja eligió para esta casa. Y me hice acostumbrarme a ello.

—Veo que has tenido trabajo…—Lo escucho escombrar en la mesa. Lo imagino viendo con detenimiento mis planos, su ceño fruncido y las pequeñas arruguitas que se le forman en el puente de su nariz cuando algo lo abstrae.

Yo saco dos platos, un par de cubiertos y dos vasos.

—Sí. Los planos son para mañana, antes de las nueve—Cuando regreso a la sala, veo que Itachi viene de mi estudio. Ha dejado los planos ahí y me regala una sonrisa temblorosa, como disculpándose por tomarse tanta confianza (aunque él sabe… es decir, cree que todavía tiene el derecho, ¿verdad?) —. Ya son las diez de la noche. Supongo que me desvelaré hasta terminarlos.

"Por favor, vete".

Pero no. Itachi se sienta frente a mí. Deja la lonchera sobre la barra de la cocina y, por un momento, yo me pierdo en sus movimientos de gato. Tiene una manera muy particular para acomodar las cosas, siempre fue experto en los detalles y esa es una de las cosas que más me gustaban (gustan) de él.

La nieve se ha derretido en su cabello, un mechón se le escapa, pero él lo esconde tras su oreja.

Sus labios tiemblan. Su cara, ligeramente pálida, tiene chispazos de rubor. Se muerde los labios partidos de vez en cuando.

—Katsudon—digo el nombre del platillo—. Y té verde.

—Se enfrió un poco durante el camino, lo siento.

—Está bien, no importa.

"Nada de esto importa".

—Shisui…—Ese el tono que Itachi usa en su voz para darle la espalda a todos los problemas que él mismo ocasiona. Es su manera de enmendarse—. ¿Cómo has estado?

Estoy cansado de este juego. Ya nada me obliga a seguirlo. No podemos volver a los viejos tiempos pretendiendo que nada entre nosotros ha cambiado.

—¿Podemos cenar en silencio? —Él expande la mirada, aturdido. Yo no voy a suavizar mi expresión. No le daré otra oportunidad—. ¿Sabes? Ya es bastante incómodo estar cenando con mi exesposo. Sé que te tomó tiempo preparar esto, así que… simplemente vamos a comer, Itachi.

Me llevo un trozo de comida a la boca. No quiero mirarlo, pero él desea que lo haga. Es una de sus mejores estrategias: Aguardar en silencio y cargar la tristeza en sus ojos para que yo vea cuánto lo he lastimado.

Que me dé cuenta de lo egoísta que soy.

«¿Por qué piensas solo en ti, Shisui?»

«¿Por qué solo te importa lo que sientes?»

—¿Por qué me tratas así? —mustia. Puedo ver sus manos picando la comida en su plato—. Que hayamos firmado el divorcio no significa que las cosas entre nosotros cambiarán.

—Que hayamos firmado el divorcio—replico—, significa que ya no hay nada más que nos una, Itachi.

» Haberte aceptado la cena fue simple cortesía.

Esta vez no puedo evitarlo, levanto la mirada y me topo con sus ojos acuosos. Esto ha empezado más temprano que tarde e Itachi intenta dominar el juego. Todas las otras veces le ha funcionado. Gana a medias y recupera otro poco de su felicidad.

—No, Itachi, esta vez no—le digo, frunciendo el ceño, prestando atención en el pedazo de carne en el plato antes que en su expresión—. No vamos a seguir con esto. Estamos divorciados. Ya no quiero.

—Yo te quiero—declara él, subiendo el tono de su voz.

Se escucha herido.

A veces me parece que lo ha estado durante toda su vida y no conoce nada más.

Esa idea, de hecho, me causa una risa espontánea. Itachi nunca fue feliz, él es como el elefante que creció con la pata atada a una cadena, sin saber a donde ir cuando lo liberan. Así que se queda ahí, porque le gusta el encierro, le hace bien servir a otros y a eso se ha acostumbrado.

—Te amo, Shisui—me dice—. Un simple papel no va a cambiar eso.

—Pues tienes qué. Estamos hablando de matrimonio. Le dimos fin a nueve años de culpas y arrepentimientos. Ahora te acabas de comprometer.

» ¿Quieres tener a todo el mundo feliz? Entonces enfócate en amar a la chica.

—La persona a quien le entregué mis votos fue a ti—Puedo ver cómo se esfuerza por mantener la calma. Itachi tiene un don extraordinario para controlar sus emociones, pero también sabe perfectamente lo débil que soy cuando lo veo llorar. Él recurre a ese chantaje cada vez que lo asalta el incontrolable miedo a perderme—. Siempre fuiste tú, Shisui. Y siempre serás tú. No me importa si nuestros caminos se han separado.

—A mí sí—trato de mantener la calma. Me apoyo sobre los codos, en la barra, haciendo un lado el tazón del que apenas tomé un bocado—. De eso se trata el divorcio. De separación, de tomar caminos diferentes porque uno está dando más de lo que recibe—sus labios se hacen una fina línea—. Nuestra relación nunca fue recíproca, Ita, y aun así es gracioso que fueras tú quien me pidiera el divorcio.

» Comenzaba a creer que nos quedaríamos así para siempre.

» Y gracias, porque si no lo terminabas tú, yo con gusto hubiera seguido el juego. Con sacrificios rutinarios, complaciéndote en tu intento por complacer a otros.

—¿Cómo podría estar bien con todos los problemas de mi familia? ¿Y tú con los de tu padre? ¿Cómo estabas bien con las notas desagradables que encontrabas en tu escritorio o los comentarios de tus compañeros cada que llegabas al trabajo?

Claro que, si lo pinta de esa forma, entonces nunca estuvimos bien.

Y tiene razón.

Mi mirada viaja hasta su mano desnuda.

—Amatista—digo. La comadreja enarca una ceja, pero entonces capta rápido a lo que me refiero y aprieta el puño. Sabe que si no controla su tentación por esconder las manos, lo empeorará todo, porque eso (esconder la mano) es justo lo que siempre hacía en el pasado—. Hice que incrustaran una amatista en tu anillo de compromiso porque lo nuestro me parecía un amor equilibrado, puro, sincero.

» Me traías paz, Itachi.

» Todas las tensiones con las que cargué a lo largo de mi vida se esfumaron en el momento en el que te conocí.

» Decías que te sucedió lo mismo conmigo: «Somos como una válvula de escape. Me siento afortunado de haber encontrado a una persona que me conozca mejor que yo mismo».

—Yo no mentía…

Aquello me causa una risa ahogada. Me enderezo. Quiero girarme, quiero irme de ahí. Quiero correrlo. Pero solo atino a sobarme las sienes.

Me está doliendo la cabeza.

—¿Entonces por qué no lo usabas? —"Duele preguntarlo hasta ahora, ¿lo sabes, Itachi? Duele un infierno"—. Corrección: ¿Por qué solo lo usabas cuando estabas conmigo?

"¿Lo hiciste para complacerme?"

» ¿Por qué me dijiste que sí querías casarte conmigo?

—¡Porque quería! —exclama, y de pronto parece que a él ya tampoco le importa la cena, pues ha dejado caer los cubiertos al piso—. ¡No te atrevas a decirme que todos estos nueve años fueron una mentira!

"Vamos, di toda la verdad"

—¿Por qué no lo usabas cuando estábamos frente a tus padres? ¿Por qué tus compañeros de trabajo solo me conocían como "tu pareja"? ¿Por qué te quitabas el anillo de matrimonio cuando salías con la mujer con la que ahora te vas a casar?

Silencio.

—¿Por qué te hago esta pregunta nueve años después, Itachi?

Como si eso hubiese encendido la llama en el imperturbable hombre que tengo en frente, Itachi se abalanza sobre mí, por sobre la barra me sujeta y se estrella contra mi boca. Sé que le dolió, pues suelta un quejido, pero se empecina en demostrar su punto y yo me doy cuenta de que estoy perdiendo la segunda parte del juego.

Sus labios tienen el olor de ella.

—¿Por qué duramos tanto tiempo?

—No te atrevas a decirme que no te amo—masculla—. Podemos encontrar nuevas maneras para que esto funcione. Siempre vuelvo a ti, Shisui. Siempre.

Hago una pequeña sonrisa contra esos labios traicioneros.

—Pero ese no es el problema—le digo—. Tu problema, cariño, es que quieres complacer a todos.

» Anda, dilo. ¿No es así? Para ti, soy el amor de tu vida. Para tus padres, era tu mejor amigo. Para ella, ¿qué soy ahora? ¿El error que superaste? ¿Y qué es ella? ¿Tu salvación, o solo un instrumento para complacer a papá?

» Eres un experto en ajustar las cosas a beneficio de todos.

El silencio tras mi voz se rompe con el sonido de su bofetada. Sus ojos están empapados de agua salada, furiosos. Sin embargo, no es capaz de pronunciar nada.

—¿Sabes cómo han funcionado las cosas en nuestro matrimonio? —inquiero—. Un día nos enamoramos, otro, dijimos que nos íbamos a casar. Pero tú no podías tener a tus padres molestos todo el tiempo, Ita. Así eres tú. Lo ocultaste hasta el día de la boda, e incluso después de eso, hacías hasta lo imposible por complacerlos en cada mísero capricho que te pedían. Como si estuvieras pidiendo perdón, redimiéndote por el terrible pecado de haberte casado conmigo.

Él niega con la cabeza, se levanta de la silla, rodea la barra, se detiene y vuelve sobre sus pasos. Soy yo quien acorta la distancia para finalmente encarar el rostro que pensé (dios, lo deseaba tanto) que nunca volvería a ver.

—Y yo te entendía—continúo—. Te entendía porque te amaba. Porque sé cuánto te importan tus padres. Quise dejarlo pasar. Intenté que no me afectara si no usabas el anillo o si quitabas de la sala nuestra foto de matrimonio cuando teníamos visitas. ¡Lo soporté porque cuando estábamos solos, todo era maravilloso!

—No todo puede ser siempre así—replicas—. El mundo no funciona como en las películas de amor, Shisui. No puedo dar la espalda a mi familia y dedicarme solo a ti. Si entendieras eso…—Abre la boca y la cierra. Las lágrimas le resbalan por la cara y él sorbe mientras se aferra a mis brazos—. Si lo entendieras, estarías de acuerdo en que esta es la única forma en la que podemos amarnos…

He escuchado todas estas explicaciones hasta el cansancio. Son las mismas que suele poner en mi cabeza desde que estamos separados, con las que siempre caigo y lo acepto nuevamente, pensando que es verdad, que soy egoísta. Que debo compartir a mi Itachi y que solo tengo derecho a amarlo por un rato.

—Odio esta forma—Un nudo me crece en la garganta al sentir la cabeza de la comadreja hundirse en el hueco de mi cuello. Me está abrazando. Se aferra a mí como si temiera que al momento de soltarme fuese a desmoronarse en mil pedazos—. Odio que no nos permitas ser egoístas.

» Odiaba fingir que no me dolía cuando te reunías con ella. Odiaba la forma en la que me lo compensabas después. «Con ella solo trato asuntos de la compañía, cariño», decías, mientras te colocabas el anillo de matrimonio e ibas a besarme. Luego me amabas, te entregabas y aliviabas tu sentimiento de culpa y tu deuda conmigo.

» Odié cuando te lo pregunté directamente y me dijiste que querías el divorcio porque la maldita compañía importaba más que tu vida de nueve años junto a mí.

Las palabras se me quiebran al igual que el hombre refugiado en mi pecho. Recuerdo que una vez, diez años atrás, cuando teníamos veinticinco, ya estuvimos así: Itachi llorando en mis brazos y yo buscando una manera para deshacerme del nudo en mi garganta después de que sus padres lo despreciaran por llevar un varón a la casa.

Mis manos quieren abrazarlo. Quiero limpiar las lágrimas que afligen a esta persona que debería convertirse en un extraño (por el bien de ambos). A esta persona que amo tanto.

—¿Qué querías que hiciera? —siento su respiración húmeda en la clavícula.

—Que dejaras de pensar que podías tener contento a todo mundo—murmuro—. Maldita sea, ya no vengas más, Itachi. Me has acusado de egoísta, me has dicho que nuestro amor importa menos que los trabajos de mil personas y que la reputación en la que te esfuerzas por encajar.

» ¡Te vas a casar! Y, aun así, sigues viniendo. ¡Encuentras cualquier maldita excusa, llegas con libros que sabes que nunca más ocuparé y una lonchera con el platillo que siempre me cocinabas para compensarme!

—No quería perderte—De pronto, Itachi se separa. Sus ojos negros me encaran, rodeados por hilos rojos de dolor—. No quiero perderte, Shisui.

Me planta un beso suave, sus manos se hunden en mis mejillas para no dejarme ir. Toda la cordura se me está escapando entre su aliento.

—Sin embargo, estamos divorciados.

"Sin embargo, tú no me permites soltarte".

He perdido la tercera parte del juego.

E Itachi sabía que lo haría. No, no con malicia. Él verdaderamente sabe cuánto lo necesito y cuánto me necesita él también. Es parte de su complejo de mártir: encontrar la forma para mantener contentos a todos, aunque sea con migajas.

Yo me he estado alimentado de ellas desde que me dejó en esta casa donde solo quedaron recuerdos de los que no me pude deshacer hasta que firmamos el acta de divorcio.

Como todas esas noches, le arranco besos en los labios y en cada parte de su cuello, poniéndome a su merced de su cuerpo que me empuja hasta mi habitación para destrozarla. Se siente como si fuéramos náufragos, rogando por dos gotas de agua dulce.

De esa manera funciona el juego donde ambos perdemos (pero nos sentimos ganadores por un momento, ¿no?).

Por ahora, yo puedo desnudarlo sin temor a que la culpa le gane y se marche, pues sé que se quedará hasta la mañana.

—Te amo, te amo, Shisui—se reafirma mientras pasa las manos por mi espalda. La trenza se le ha deshecho y su cabello baña las cobijas como una cascada de carbón. Habla en susurros suaves, cerrando las piernas alrededor de mi cintura—. Siempre te amaré a ti.

"Yo nunca he puesto en duda eso, comadreja".

«¿No sería bueno que nos perdiéramos en una jungla solo nosotros dos, Shisui?» Itachi dijo eso después de nuestra primera vez. Yo no pude sentirme más feliz. No obstante, el enternecimiento duró hasta que, semanas después, cuando sus amigos de la universidad se lo preguntaron, él dijo que era soltero.

«¿Por qué tendrías que deshacerte del resto del mundo para estar conmigo?»

Pero supongo que no puedo culparlo por eso. Itachi siempre fue así. Lo criaron para ser el hombre perfecto, el que no levanta rumores ni reproches. El tipo de hombre que no le abriría las piernas a otro, por supuesto.

Su paraíso nunca fue suficiente.

Él pega las caderas a mi pelvis, se arquea hasta que su espalda se eleva de las sábanas y su mirada en un mar de emociones. Tanta represión que se esfuma como el agua de un río cuando está conmigo, olvidando lo mucho que le preocupan los comentarios que sus padres hicieron dure ante el tiempo que duró nuestro matrimonio.

Yo, sin embargo, absorbo todo lo que hay en esas migajas. Lo que puedo tomar, teniendo en cuenta que nunca volverá a esta casa como mi esposo.

"¿Por qué no solo te cerré la puerta en la cara, Itachi?"

—Yo también te amo.

Quizá el acta de divorcio no era el problema. Quizá es verdad que nada cambiará lo que sentimos y solo debemos encontrar una manera para que esto funcione.

—¿Estarás aquí en la mañana? —le pregunto en el olido, hundiéndome en el calor que emana de su cuerpo.

Su respuesta se hunde en el silencio y en sus exhalaciones, aumentando el vacío dentro de mi pecho y la forma tan egoísta en la que lo amo.

Itachi no estará mañana. Itachi no volverá a dormir conmigo más de tres noches seguidas. Él ya no tendrá que usar un anillo de matrimonio que lo haga sentir culpable con todo el mundo excepto conmigo.

Pero tampoco me abandonará del todo, pues ha encontrado el equilibro perfecto para hacer frente a sus problemas sin dejar de satisfacer los caprichos de la gente que ama.

—Podemos con esto, cariño—me murmura entre besos tiernos—. Podemos con todos los obstáculos que nos impidan estar juntos.

Y eso curioso, porque justo ahora, el número uno es él.


¡Muchísimas gracias por leer!