Engañifa.

Por: Vampisan86.


Capítulo I.


Disclaimer: Nada me pertenece, todo es propiedad del mangaka Akira Toriyama. Únicamente la trama es de mi autoría.

Engañifa: Cosa que tiene una apariencia de calidad, valor o utilidad y resulta engañosa.

No sé si lo han notado pero todos los títulos de mis historias tienen un significado que resume la trama en general.


Siempre se consideró una genio. Amaba inventar grandes avances tecnológicos. Adoraba construir máquinas revolucionarias. Le complacía ser la imagen de la Corporación Cápsula. Mantenía contacto con personalidades de inmensa relevancia. Participaba en las reuniones intergalácticas para los tratados en que su planeta era parte.

Bulma Brief era importante.

La heredera siempre estaba a dos pasos de todos. Su anticipación a los eventos era envidiable. Tenía una respuesta para cada cosa. No había nada que se le escapara. Todo lo mantenía bajo control.

Excepto aquel fatídico día.

Su subconsciente lo supo antes que ella. Bulma ignoró por primera vez su intuición. Confío irónicamente en su fortuna, aún cuando la ciencia era su religión. La única vez que había decidido hacer caso omiso a la sensación de advertencia fue lo que le produjo su prematura muerte.

Ella estaba en proceso de construir una nave con la capacidad de aumentar la velocidad para reducir el lapso de los viajes espaciales. Sería una creación que beneficiaría a todos. Sin embargo, algo en unos mecanismos estaba dañado; era tan notorio que sospechó la intención de quien lo había dejado así. Buscaban asesinarla.

Lo concluyó demasiado tarde.

Nunca previó que aquel día iba a morir. No lo aceptó, aún cuando la explosión fue instantánea. Aún cuando fue arrojada violentamente hacia la pared detrás de ella, golpeándole la cabeza en el proceso, y sintiendo como su respiración se detenía.

No pudo eludir la verdad sobre la finalización de su vida cuando las llamas lentamente cubrieron el lugar hasta alcanzarla. Las imágenes de su vida le golpearon a una velocidad inimaginable, como si se tratara de una película.

Bulma era una mujer demasiado joven. Morir a los veintinueve años sin haber cumplido todos tus sueños era sumamente triste. Aún le quedaba mucho camino por recorrer. No negaba que su vida había sido cómoda y feliz, era después de todo multimillonaria, tenía amigos que la querían y una familia que la amaba, pero aún así no era del todo satisfactorio. Era una joven soltera, sin hijos, con un trabajo que amaba pero que la mantenía lo suficientemente ocupada para sostener una vida social adecuada. Aunque tuvo el impacto que siempre deseó en el mundo y en el exterior, no se sentía completa.

Su único novio había sido Yamcha, el maldito malagradecido que no dudó en meterse a la cama de cuanta mujer conocía con la lamentable excusa de que era hombre y necesitaba placer carnal. Bulma debió darse cuenta que el hecho de que ellos no tenían nada en común era una inequívoca señal para haberlo dejado desde antes. No lo hizo. Ella había aprendido a quererlo pero al parecer no fue lo suficiente para él. Ahora no mantenían el contacto y solo se veían en las reuniones de los amigos en común o cuando Goku iba de visita a la Tierra.

Bulma siempre deseó ser madre, pasar por todas las etapas que solo una mujer podía experimentar, como lo era el parto. Incluso cuando veía a Milk con Gohan en brazos le pedía cargarlo. Instintivamente se tocaba con frecuencia el vientre plano imaginando que una vida se estaba formando. Desafortunadamente, Yamcha era estéril, así que tuvo que aceptar sacrificar la maternidad por él creyendo que permanecerían juntos. Mira que hasta ahora se daba cuenta que fue la decisión más estúpida e inteligente que había tomado. Estúpida por aceptar limitarse por un hombre, e inteligente haber evitado un embarazo ya que ahora muerta el niño sería huérfano.

Yamcha pareció pensar que ser estéril era sinónimo de ser infiel porque no tenía que cuidarse y preocuparse por dejar embarazada a alguien que no fuera ella. Habían terminado hace un año y Bulma sintió que se liberaba de unas ataduras invisibles. Se había hundido en el trabajo. Y las dos únicas citas que había tenido con un hombre, él se la pasó mirándola lascivamente. Después de eso decidió dejar las cosas en paz. El amor podía esperar.

¡Rayos! Si hubiera previsto su muerte habría hecho las cosas de mejor manera. Se hubiera despedido adecuadamente. Habría pasado más tiempo con su familia. Mil cosas que debió hacer y que pospuso. Palabras que debió haber dicho. Se arrepentía.

Sabía que los únicos que le llorarían serían sus padres, la familia de Goku y los residentes de Kame House. De ahí en fuera, la comunidad científica se limitaría a ofrecer su pésame y la olvidarían como quien borra un contacto del móvil. Pasaría a ser solo un nombre que no sería recordado por mucho tiempo. Su existencia no había representado nada, se dió cuenta.

Ahora estaba muerta. Esto era todo. Su destino acababa ahí. Su libro de vida se cerraba en ese momento. El hilo de su mortalidad se cortaba con el filo de las tijeras. Su muerte fue aquel día. Todo esto lo pensó en el segundo antes de que su mundo se volviera negro.

Para siempre.

Lo último que hizo antes de caer en la inconsciente fue rezar, una ironía de alguien que siempre se jactó de no creer en alguna deidad.


Según diversas religiones, teorías y especulaciones se creía que tras la muerte solo había oscuridad total. La paz se presentaba y te cubría como una manta. En otros casos, era como apagar una televisión, un momento estás apreciando las cosas y al siguiente no hay nada más que el vacío de la pantalla digital. Bulma siempre creyó que tras morir habría una luz al final de un túnel y que ella se vería caminando hacia la iluminación para refugiarse en lo que estuviera del otro lado.

Sin embargo, de una manera extraña Bulma podía sentir. No refiriéndose en un aspecto espiritual, intangible. Ella podía percibir de forma corpórea, tangible. Pues el dolor en la cabeza era intenso. El olor era abrumador, como si alguien hubiera utilizado mucho desinfectante. Le provocaron náuseas. Después sus oídos captaron una infinidad de sonidos. Era como si muchas personas estuvieran hablando en coro. Si eso era el paraíso entonces Bulma iría a quejarse y si no existía buzón de quejas, crearía uno.

Tuvo que desviar sus pensamientos cuando el dolor se intensificó. Se sentía tan real. Bulma estaría estupefacta si descubría que casualmente había podido sobrevivir a tal evento. Aunque preferiría que no porque no había forma alguna de que no le quedaran cicatrices en el cuerpo, seguramente luciría desfigurada, recordándole el accidente por el resto de sus días.

Con tal dolor decidió entregarse nuevamente a la oscuridad. Aunque fue momentáneo porque la dolencia no parecía querer dejarla. Incluso se sorprendió cuando se escuchó gemir. Nunca había muerto antes pero suponía que no era normal poder percibir las cosas como cuando estaba viva ¿Dónde estaban esas chorradas de un plano espiritual?

—¿Princesa? —escuchó una voz masculina, algo rasposa— ¿Cómo se siente?

No pudo identificar de quién era aquella voz. Ella conocía al personal médico de la Corporación, se sintió tan extraña ¿Se encontraba en otro lado? Lo dudaba. El ala médica que tenían implementado en la Corporación Cápsula contaba con todo el equipo necesario para cubrir cualquier posible eventualidad trágica. No había forma de que la hubieran trasladado a un hospital de mejor equipamiento.

Como era típico en ella, su curiosidad imperó. Con sobreesfuerzo abrió los ojos dispuesta a despejar sus dudas. Si no tuviera aquel intenso martirio habría fruncido el ceño. No conocía aquel espacio que observaba. De hecho no se parecía a algún hospital o ala médica. El lugar era una habitación enorme, con muebles de decoración de recámara en vez de instrumentos médicos como todo hospital normal. Ni siquiera la clínica de alto nivel de exclusividad en el planeta tendría una habitación de tal diseño. Bulma notó lo elegante de la estancia, era bonito pero no era su estilo. Si efectivamente aquel espacio era un dormitorio y por desdicha debía permanecer más tiempo ahí, pediría una remodelación.

Tardó algunos minutos antes de que se percatara que una cosa parecida a una rana estaba a lado de su cama. Quiso gritar pero no tuvo fuerzas para hacerlo. Únicamente sus ojos expresaron todo.

—¿Princesa? —Inquirió la criatura de color mostaza con genuina preocupación.

Bulma negó, incrédula. El miedo y la confusión cubrieron su cuerpo.

— ¿Le duele su cabeza? —Cuestionó mientras sacaba de su capa un recipiente.

Entonces cayó en cuenta que probablemente se trataba de un médico. Bulma se sorprendió pues no tenía idea de que la Tierra había comenzado a emplear a alienígenas para trabajos de ese tipo. Más tarde discutiría con sus padres por haber dejado que fuera atendida por esas criaturas exteriores. Bien sabían que había un médico familiar al que bien podían acudir. No obstante, se limitó a asentir.

—Usted recibió su propio ataque ayer durante su entrenamiento. Se golpeó fuertemente la cabeza y quedó inconsciente mucho tiempo —explicó creyendo que no recordaría.

Bulma quiso decir que no fue accidental, que alguien había sido el autor intelectual de aquel incidente para hacerlo parecer un accidente para que resultase muerta. La querían fuera del camino. Sin embargo, algo en las palabras del médico la descolocó.

—¿Entrenamiento? —dijo confundida. Si con entrenamiento se refería a su trabajo como ingeniero, entonces sí. Aunque definitivamente no se había imaginado el fuego que se produjo y del que no se hizo mención.

El alienígena asintió.

—Le suministraré medicación para el dolor. Deberá sentirse mejor dentro de unas horas… El golpe fue brutal —le hizo saber antes de acercarse a ella.

Bulma asintió agradecida. El dolor era insoportable y quería que desapareciera cuanto antes.

—Quiero un espejo —demandó. Necesitaba ver su estado físico. Si el médico no había dicho nada al respecto era porque no quería darle la noticia trágica, supuso. Inconscientemente tuvo miedo.

El alienígena la ignoró y procedió a inyectarle.

—No hemos usado las máquinas de recuperación porque el Príncipe no lo consideró relevante —explicó cuando sacó la jeringa del brazo de la mujer.

La científica bien pudo enfadarse por estar siendo ignorada descaradamente, pero nuevamente aquella información la descolocó.

— ¿Príncipe?

¿Príncipe? ¿Qué Príncipe? ¿El doctor a cargo? Ella no estaba de humor para soportar los términos extraños utilizados por aquella criatura. Necesitaba hablar con su médico de familia.

—Si, el Príncipe ¿Quiere que lo haga llamar? —Ofreció mirándola con evidente confusión.

—Sí, dígale que necesito hablar con él. —Dijo con un hilo de voz. El medicamento empezaba a darle sueño. El alienígena se retiró.

Bulma aún tenía náuseas por el pestilente aroma. No sabía porque había una necesidad para excederse de desinfectante. Entendía que era preciso mantener el lugar esterilizado pero tampoco se requería llegar a los extremos.

Quiso incorporarse para dirigirse al baño. No vomitaría en la cama. Al despojarse de las sábanas se sintió desnuda. No le otorgó mucha importancia porque estaba en un hospital después de todo.

Al contrario de lo que creía, no sentía ninguna dificultad para caminar. Se sorprendió al no percibir secuelas del incendio. Llegó a pensar que se lo había imaginado.

Al introducirse en el baño no pudo evitar sorprenderse. Era inmenso ¿En qué clase de hospital estaba? ¡No eran vacaciones! El gran tamaño era innecesario.

Antes de dirigirse al excusado tuvo la necesidad de voltear al gran espejo. Entonces gritó.

¡¿Qué rayos?!

De una manera algo estúpida dirigió su vista hacia atrás, como esperando encontrarse con la persona reflejada en el espejo. No había nadie. Volvió su vista nuevamente al gran cristal que le devolvía la imagen de una mujer de mediana estatura, esbelta, con los ojos y el cabello oscuro; sumamente hermosa.

Eso era una sorpresa para Bulma, las náuseas pasaron de lado. Evidentemente comenzó a hiperventilar por el shock. Era mucho para procesar en tan poco tiempo. Lívida, tuvo el tiempo suficiente para observar sus brazos bronceados y con un poco de musculatura.

Esto no está sucediendo, pensó mientras luchaba por respirar adecuadamente.

Se llevó ambas manos un tanto frenética para tocar su rostro. O era real lo que estaba viendo en el espejo o se trataba de una nueva creación que producía una imagen contraria a tu aspecto. Ella no lo sabía pero necesitaba respuestas. Oh, juraría que él que le haya jugado tal broma lo pagaría. Esto no iba a quedar impune.

Después de unos minutos de conmoción inicial, se tranquilizó, o lo intentó. Mirándose mejor, se percató que era más baja de lo que medía originalmente. También su pecho y el trasero no eran de la proporción a la que estaba acostumbrada, era un poco plana. Ese cuerpo era hermoso pero ella prefería el suyo con sus atributos resaltantes en su lugar y sobre todo, con su tonalidad que la distinguía de las demás.

Entonces, saliendo de sus pensamientos se dio cuenta que llevaba una especie de cinturón de un pelaje bonito. Parecía una cola. No entendía porque le habían dejado aquello. Al intentar quitárselo otro grito se escuchó.

No, no, no, se dijo algo asombrada.

Solo conocía a una raza en todo el universo que poseía aquel apéndice de mono. Repentinamente se sintió débil. Cayó al suelo por la revelación. Aquella imagen era real, aquella cola era real. Ella no estaba en el cuerpo de Bulma.

¿Qué había pasado? ¿Quién era ella? ¿Dónde estaba?

Sintiendo que de pronto el pánico cubriría a su persona, decidió buscar respuestas. Emprendió camino hacia la gran habitación que supuso le pertenecía a la mujer a la que estaba poseyendo. Mejor dicho, en el cuerpo en que estaba atrapada. Miró hacia el armario pero no le vio el caso ponerse otra ropa, el atuendo que llevaba era ligero y ajustado, parecía una segunda piel. Lo importante es que no estaba desnuda y poco le interesaba. No era ella de todos modos.

Lo único que se molestó en tomar fueron los zapatos. Una botas blancas algo feas para su gusto pero era lo único que había para calzar y no tenía ganas de ponerse a buscar otra cosa. De igual manera sorprendió porque también eran ligeros. Aún así, preferiría sus zapatillas normales.

Cuando estaba lista para caminar a la puerta y recorrer el lugar, abruptamente se abrió en silencio. El médico ingresó con un semblante serio.

—El Príncipe dijo que a menos que esté muriendo, no ve la importancia para presentarse. —Informó omitiendo que dejó en claro su deseo de que ojalá se hubiera muerto.

Bulma se molestó.

— ¿Dónde está este supuesto Príncipe? —Inquirió poniéndose de pie. Aún se sentía algo mareada por el shock inicial.

—Él se encuentra en su sala de entrenamiento revisando los desperfectos ocasionados por el incidente de la noche pasada —contestó.

—Perfecto —dijo mientras salía de esa habitación —iré a decirle lo que pienso de este trato y que me explique lo que está sucediendo —musitó enfadada.

El médico la miró sin entender pero no la siguió. Bulma quiso decirle que le indicara dónde se suponía que estaba esa sala de entrenamiento pero no lo hizo. En cambio, caminó a ciegas, deleitándose con la inmensidad de los pasillos. Si ella creía que su mansión era innecesariamente enorme estaba profundamente equivocada pues al ver lo espacioso de aquella edificación su casa se reducía a una simple sala.

Pasó un tiempo determinado para aceptar que no tenía idea de a dónde se estaba dirigiendo. Ella siguió caminando, entrando a distintos corredores y eligiendo al azar qué dirección tomar. Apostaría a que se llevó una hora sin rumbo. Cuando estuvo a punto de pedir ayuda y decir que estaba perdida se dio cuenta que no se había topado a ninguna persona. Eso la preocupó. Viendo la inmensidad del terreno ella podía permanecer perdida una semana hasta que alguien la buscara.

El pánico la invadió nuevamente hasta que una ola de olores la golpeó de nuevo. No sabía si era una habilidad de ese cuerpo o si en aquel sitio ahogarse en aromas era normal pero descubrió que de cualquier manera no le gustaba. Aún así, atinó a dirigirse al lugar donde el aroma impregnaba. Debió admitir que olía delicioso aunque no tenía hambre.

Conforme el olor se hacía más fuerte, se detuvo frente a una puerta de madera elegante. No lo pensó dos veces para entrar como si fuera la dueña de lugar. El dolor y las náuseas habían vuelto, así que deseaba volver a recostarse pero no sabía el camino. Optó por preguntar a las personas dentro del lugar ya después iría a buscar a ese grosero médico, pero al mirar con atención solo vió una enorme mesa, como todo en ese lugar, y la comida servida sobre ésta. Parecía un banquete.

Caminó un poco y descubrió que en la cabeza del comedor, al final y sobre una silla parecida a un trono, estaba un hombre.

Ella lo conocía.

Se trataba nada más y nada menos que del Príncipe de los saiyajins. Él levantó su vista de la comida y la aniquiló con la mirada. Bulma quedó congelada y más confundida que antes.

— ¿Qué? —Preguntó sin poder crear pensamientos coherentes para explicar la situación. Lo único que sabía era que el médico se había referido siempre a él cuando le hablaba del Príncipe.

—Lettuce —correspondió el hombre sin cambiar su expresión. —Veo que has decidido honrarme con tu presencia.

¿Lechuga? ¿Quién es Lechuga? Se cuestionó. Luchó contra el impulso de darse la vuelta para saber si se había dirigido a otra persona.

De repente sintió como su cabeza se quemaba y asustada se llevó ambas manos a su nuca. Al no percibir fuego, miró hacia el hombre que la observaba inmutable y antes de que le pidiera ayuda sintió una horrible corriente eléctrica en su pecho.

No podía respirar.


N/A: Bueno, debo admitir que le copié a "La usurpadora" para crear esta historia. Solo en la parte donde usurpa el lugar. Por más que lo pensé no logré hallar una justificación adecuada del porqué Vegeta estaría casado con Maron para que así Bulma entrara a la escena. Por lo que decidí adaptarla a esta versión. De todos maneras, no se trata de la trama de "La usurpadora".

Pd: Estaba entre el nombre de "Celery" para ponerle a Bulma pero me gustó más "Lettuce". Noté que buscar nombres para los saiyajins es complicado. Creo que Alira debió escoger mejor en basarse en otra cosa para identificarlos.

¿Me dejan un review?

¡Un gusto!